Disclaimer: Los personajes y el libro le pertenecen a Rick Riordan.
Solo las intervenciones son mías.
Yo solo me entretengo escribiendo.
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-¿Sabes leer? -Quiso saber Atenea.
-¿Y tú sabes mantenerte callada? -Devolvió el dios del vino.
-Venga sobrinito. Comienza a leer.
-¡No me llames sobrinito! -Gritó.
-Entonces… Sobrinazo. -Comentó Poseidón señalando la barriga de Dioniso.
Él le sacó el dedo corazón y comenzó a leer.
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Capítulo 17. Probamos camas de agua.
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-¿De agua? Entonces deben ser camas maravillosas. -Comentó Poseidón.
-Claaaroo. -Ironizó Malcolm en voz baja.
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Fue idea de Marlon.
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-¿Y ese quién es? -Preguntó Perséfone.
-Yo. -Contestó el hijo de Atenea.
-¿Pero tú no te llamas Malcolm? -Quiso saber Deméter.
-El señor D siempre cambia nuestros nombres a placer. -Respondió Michael.
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En Las Vegas nos hizo subir a un taxi como si realmente tuviéramos dinero y le dijo al conductor:
—A Los Angeles, por favor.
El taxista mordisqueó su puro y nos dio un buen repaso.
—Eso son quinientos kilómetros. Tendréis que pagarme por adelantado.
—¿Acepta tarjetas de débito de los casinos? —preguntó Meliorn.
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-Ese es un buen plan. -Felicitó Quirón.
-¿Pero quién narices es Meliorn? -Espetó Hera.
-Un caballero hada de la saga The mortal instruments, de Cassandra Clare. -Dijo Michael.
-¿Quién? -Interrogó Hermes.
-El cerebrito rubio. -Aclaró Dioniso.
-¡Haz el favor de leer los nombres adecuadamente! -Bramó la diosa del matrimonio.
-Haré el favor de leer como me dé la divina gana.
-¿Me estás desafiando?
-No. Solo estoy comentando lo que voy a hacer.
Hera iba a replicar pero Zeus la hizo callar con una mirada.
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Se encogió de hombros.
—Algunas. Lo mismo que con las tarjetas de crédito. Primero tengo que comprobarlas.
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-Espero que funcione. -Dijo Bianca.
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Aaron le tendió su tarjeta verde LotusCash. El taxista la miró con escepticismo.
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-Creo que este capítulo va a ser muy confuso para todos. -Se quejó Atenea.
-Será para ti. -Intervino Apolo. -Yo lo entiendo perfectamente.
-Lo que te pasa, es que estás demasiado distraída con los dedos de Hermes. -Comentó Afrodita.
La diosa de la sabiduría se sonrojó.
*-x-*
—Pásela —le animó Melchor.
*-x-*
-¿Eso no es un rey mago? -Preguntó Ethan.
-¿Un qué? -Quiso saber Castor.
-Los reyes magos visitan las casas de todos los niños del mundo al igual que Papá Noel. Lo único, que Santa, lo hace el día veinticuatro de Diciembre por la noche, y los tres reyes magos lo hacen el día cinco de Enero. -Contestó Chris.
Hera bufó molesta.
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Lo hizo.
El taxímetro se encendió y las luces parpadearon. Marcó el precio del viaje y, al final, junto al signo del dólar apareció el símbolo de infinito. Al hombre se le cayó el puro de la boca. Volvió a mirarnos, esta vez con los ojos como platos.
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-¡Yo quiero una tarjeta de esas! -Gritó Luke.
-¿Para qué? -preguntó Pólux. -
-Por el gusto de tenerla y poder presumir de ello. -Aclaró Castellan.
Castor bufó.
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—¿A qué parte de Los Ángeles… esto, alteza?
—Al embarcadero de Santa Mónica. —Marlon se irguió en el asiento, muy ufano con lo de «alteza»-. Si nos lleva rápido, puede quedarse el cambio.
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-No deberías haberle dicho eso. -Se quejó Luke.
Malcolm le sacó la lengua.
-Vaya desperdicio de tarjeta. -Gimoteó Chris.
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Creo que no debería haberle dicho aquello.
El cuentakilómetros del coche no bajó en ningún momento de ciento cincuenta por el desierto del Mojave.
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-¡Síiiiiiiiiiiiiii! ¡Velocidad! -Bramó Ares.
-Estoy contigo hermano. -Intervino Hermes.
Blake se tapó las orejas con las patitas de delante.
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En la carretera tuvimos tiempo de sobra para hablar. Les conté mi último sueño, pero los detalles se volvieron borrosos al intentar recordarlos. El Casino Loto parecía haber provocado un cortocircuito en mi memoria.
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-Yo también puedo provocarte uno de esos. -Dijo Thalia con voz inocente llenando su mano de estática.
-No gracias. Me gusta mi mente como está.
-Te conformas con poco cerebro. -Dijo Atenea.
Poseidón la miró mal. Iba a mojarla con una ola del ártico, pero no quería empapar a su sobrino Hermes.
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No recordaba de quién era la voz del sirviente invisible, aunque estaba seguro de que era alguien que conocía.
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Muchos miraron a Luke con disimulo.
El hijo de Hermes se había dado cuenta, pero fingió no notarlo.
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El sirviente había llamado al monstruo del foso algo más aparte de «mi señor». Había usado un nombre o título especial…
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Los dioses se estremecieron.
Zeus frunció el ceño molesto.
No quería pensar en aquella posibilidad de que el ladrón de Astrapí, fuese su "Padre".
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—¿El Silencioso? —sugirió Melón—. ¿Plutón? Ambos son apodos para Hades.
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Malcolm miró al dios del vino como si quisiera atravesarlo con su cuchillo.
Él no era ningún Melón.
-¡Que yo no he robado ese estúpido rayo! -Gritó Hades.
-Te repites hermano. -Espetó Hera.
-¡Cierra la boca vieja amargada!
-¡Hades! -Dijo Hestia escandalizada.
-¿Qué? Si tengo razón. Es una amargada.
Los semidioses le dieron la razón interiormente.
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—A lo mejor —dije, pero no parecía ninguno de los dos.
—Ese salón del trono se asemeja al de Hades —intervino Clover—. Así suelen describirlo.
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-¡Ese es nombre de chica! -Se quejó el sátiro.
Dioniso le quitó importancia con un movimiento de la mano.
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Meneé la cabeza.
—Aquí falla algo. El salón del trono no era la parte principal del sueño. Y la voz del foso… No sé. Es que no sonaba como la voz de un dios.
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-Porque no fui yo. -Dijo Hades con voz cansina.
-¿Y cómo lo sabes? -Inquirió Hera. -Si todavía no ha sucedido.
-Porque a mí no me llaman el "Retorcido". -Contestó el dios del inframundo.
Hera resopló.
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Los ojos de Deacon se abrieron como platos.
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-¡Es Malcolm! ¡M-A-L-C-O-L-M!
-Como si me importara. -Apostilló Dioniso.
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—¿Qué piensas? —le pregunté.
—Eh… nada. Sólo que… No, tiene que ser Hades. Quizá envió al ladrón, esa persona invisible, por el rayo maestro y algo salió mal…
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-Gracias por el apoyo. -Dijo el dios con sarcasmo.
El hijo de Atenea se ruborizó.
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—¿Como qué?
—No… no lo sé —dijo—. Pero si robó el símbolo de poder de Zeus del Olimpo y los dioses estaban buscándolo… Me refiero a que pudieron salir mal muchas cosas. Así que el ladrón tuvo que esconder el rayo, o lo perdió. En cualquier caso, no consiguió llevárselo a Hades. Eso es lo que la voz dijo en tu sueño, ¿no? El tipo fracasó. Eso explicaría por qué las Furias lo estaban buscando en el autobús. Tal vez pensaron que nosotros lo habíamos recuperado. —Brandon había palidecido.
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-Estoy cansado de esto. -Espetó Hades. -Si no fuera porque las Moiras no lo permitirían, ahora mismo me marcharía de aquí.
-Pues lárgate. Aquí solo estorbas.
-¡Basta Hera! ¡No voy a aguantar más tus insultos hacia los demás miembros de la familia!
El grito hizo que todos miraran sorprendidos al autor. Pero no había nadie tan sorprendido como Hades.
-¿Te atreves a gritarme? ¿Delante de esta escoria inferior? ¿Cómo te atreves Zeus?
-Porque me tienes hasta los cojones. ¡Así que cierra el pico!
-Literalmente. -Musitó Hermes. -Ya que su animal sagrado es el pavo real…
-Con lo hermosos que son esos animales y lo espantosa que es ella… -Suspiró Apolo.
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—Pero si ya hubieran recuperado el rayo —contesté—, ¿por qué habrían de enviarme al inframundo?
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-Buena pregunta. -Dijo el dios de los muertos.
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—Para amenazar a Hades —sugirió Glosser—. Para hacerle chantaje o sobornarlo para que te devuelva a tu madre.
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El sátiro abrió la boca muy indignado con Dioniso. iba a decirle cuatro verdades, cuando Clarise le lanzó una lata y se la metió en la boca.
Grover masticó enfadado pero decidió indignarse más tarde.
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Dejé escapar un silbido.
—Menudos pensamientos malos tienes para ser una cabra.
—Vaya, gracias.
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-Percy tiene razón. -Aportó Castor.
Grover baló molesto.
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—Pero la cosa del foso dijo que esperaba dos objetos —repuse—. Si el rayo maestro es uno, ¿cuál es el otro?
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-Yo también quiero saberlo. -Dijo Hades abrazando su yelmo.
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Roger meneó la cabeza. Gastón me miraba como si supiera mi próxima pregunta y deseara que no la hiciese.
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-¿podrías leer bien los nombres? -Espetó Atenea.
-Cuando dejes de ser virgen. -Contestó el dios del vino.
-Pues está a punto de no serlo a este paso. -Gruñó Apolo mirando a Hermes.
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—Tú sabes lo que hay en el foso, ¿verdad? —le pregunté—. Vamos, si no es Hades.
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-Alguien con sentido común. -Dijo el dios del inframundo contento.
-Emmm… No tiene mucho sentido común a decir verdad. -Rebatió Michael.
-Pero en estos momentos sí lo tiene y eso es lo que me importa ahora.
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—Daisy… no hablemos de ello. Porque si no es Hades… No; tiene que ser Hades.
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-¡Ese ni siquiera es nombre de chico! -Gritó el hijo del dios del mar.
-Ábrete una cuenta en el banco y ahórrate tus comentarios. -Contestó Dioniso.
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Dejábamos atrás eriales. Cruzamos una señal que ponía: «FRONTERA ESTATAL DE CALIFORNIA,20 KILÓMETROS.»
Tenía la impresión de que me faltaba una parte de información básica y crucial. Era como cuando miraba una palabra corriente que debía saber, pero no podía entenderla porque un par de letras estaban flotando. Cuanto más pensaba en mi misión, más seguro estaba de que enfrentarme a Hades no era la respuesta. Estaba pasando otra cosa, algo incluso más peligroso.
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-Tienes buenos instintos chico. -Alabó Ares.
Clarisse se tragó un gruñido.
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El problema era que estábamos dirigiéndonos al inframundo a ciento cincuenta kilómetros por hora, convencidos de que Hades tenía el rayo maestro. Si llegábamos allí y descubríamos que no era así, no tendríamos tiempo de corregirnos. La fecha límite del solsticio habría concluido y la guerra empezaría.
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-¡Guerra!
-Ares contrólate.
-Sí tía Hestia.
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—La respuesta está en el inframundo —aseguró Marco—. Has visto espíritus de muertos, Stacy. Sólo hay un lugar posible para eso. Estamos en el buen camino.
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Percy frunció el ceño en dirección a Dioniso.
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Intentó subirnos la moral sugiriendo estrategias inteligentes para entrar en la tierra de los muertos, pero yo no lograba concentrarme. Había demasiados factores desconocidos.
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-No os recomiendo ir al inframundo. -Comentó Hades.
-Taaardee. -Murmuró Grover.
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Era como estudiar para un examen del que no conoces la materia. Y créeme, eso lo he hecho unas cuantas veces.
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-Tan estúpido como el padre. -Musitó Atenea.
Hermes la miró molesto.
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El taxi avanzaba a toda velocidad. Cada golpe de viento por el Valle de la Muerte sonaba como un espíritu. Cada vez que los frenos de un camión chirriaban, me recordaban la voz de reptil de Equidna.
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Silena se estremeció de asco.
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Al anochecer, el taxi nos dejó en la playa de Santa Mónica. Tenía el mismo aspecto que tienen lasplayas de Los Ángeles en las películas, aunque olía peor. Había atracciones en el embarcadero, palmeras junto a las aceras, vagabundos durmiendo en las dunas y surferos esperando la ola perfecta.
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-Solo me gustan algunas de esas cosas. -Refunfuñó Poseidón.
Lee le dio un beso en el cuello relajándolo al instante.
A Percy aún le resultaba algo chocante que su padre y uno de sus amigos fueran pareja
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Golden, Arnold y yo caminamos hasta la orilla.
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-Cada vez, los nombres son peores. -Se quejó el sátiro.
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—¿Y ahora qué? —preguntó Waldo.
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-un nombre espantoso. -Se quejó Afrodita.
-Soy el mejor. Cada día me supero a mí mismo. -Dijo Dioniso con aires de suficiencia.
-Creía que el del ego desmesurado era Apolo. -Dijo Charles.
-La verdad, es que todos los dioses somos algo egocéntricos. -Aclaró Deméter.
-Pero no más que Apolo y Zeus. -Rebatió Hefesto.
-Zeus es una reina del drama. -Apostilló Poseidón.
El rey de los cielos fulminó con la mirada a los que se reían.
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El Pacífico se tornaba oro al ponerse el sol. Pensé en cuánto tiempo había pasado desde la playa de Montauk, en el otro extremo del país, donde contemplaba un océano diferente.
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Poseidón suspiró recordando sus playas favoritas.
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¿Cómo podía haber un dios que controlara todo aquello? Mi profesor de ciencias decía que dos tercios de la superficie de la tierra estaban cubiertos por agua.
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El dios de los caballos levantó el puño.
Zeus resopló disgustado.
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¿Cómo podía yo ser el hijo de alguien tan poderoso?
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-Porque soy genial. -comentó el dios del mar.
Atenea resopló.
Iba a decir algo, pero Hermes se lo impidió besándola en los labios.
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Me metí en las olas.
—¡Tessy! —llamó Ramón—. ¿Qué estás haciendo?
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-Meterse en el agua. -Contestó Pólux mirando a Malcolm como si fuera tonto.
-Eso ya lo sé.
El hijo le mandó una mirada dubitativa al rubio hijo de la diosa de la sabiduría.
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Seguí caminando hasta que el agua me llegó a la cintura, después hasta el pecho.
Él gritaba a mis espaldas:
—¿No sabes lo contaminada que está el agua? ¡Hay todo tipo de sustancias tóxicas!
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Poseidón frunció el ceño molesto.
Lee se lo alisó con el pulgar.
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En ese momento metí la cabeza bajo el agua.
Al principio aguanté la respiración. Es difícil respirar agua intencionadamente. Al final ya no pude aguantarlo. Tragué… No había duda, respiraba con normalidad.
Bajé hasta los bancos. No se veía nada con aquella oscuridad, pero de algún modo sabía dónde estaba todo. Sentía la textura cambiante del fondo. Veía las colonias de erizos en las barras de arena. Incluso distinguía las corrientes, las frías y las calientes, así como los remolinos que formaban.
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-Eres muy poderoso. -Alavó Poseidón.
Zeus apretó los dientes disgustado.
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Sentí una caricia en la pierna. Miré hacia abajo y por poco subo hasta la superficie como un misil.
Junto a mí había un tiburón mako de un metro y medio de longitud.
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-No te hará daño.
-Lo sé papá.
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Pero el bicho no atacaba. Tan sólo me olisqueaba. Me seguía como un perrito. Le toqué la aleta dorsal con cautela y el tiburón corcoveó un poco, como invitándome a agarrarme con fuerza. Me así a la aleta con las dos manos y el escualo salió disparado, arrastrándome con él. Me condujo hacia la oscuridad y me depositó en el límite mismo del océano, donde el banco de arena se despeñaba hacia un enorme abismo. Era como estar al borde del Gran Cañón a medianoche, sin ver demasiado pero consciente de que el vacío está justo ahí.
La superficie brillaba a unos cincuenta metros por encima.
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-Suena hermoso. -Suspiró Lee.
-Algún día te llevaré conmigo para que lo veas por ti mismo. -Dijo Poseidón.
El hijo de Apolo sonrió ampliamente.
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Sabía que la presión debería haberme aplastado y que, desde luego, tampoco debería estar respirando. Sin embargo… Me pregunté si habría algún límite, si podría zambullirme directamente hasta el fondo del Pacífico.
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-Sin problemas. -respondió Poseidón.
-Estás hablando con un libro. -Dijo Atenea.
-Tú haces lo mismo cada vez que lees. -Comentó Apolo. -Discutes con la información de algunos libros como si éstos pudieran entenderte.
la diosa frunció el ceño muy molesta.
Hermes reía silenciosamente pero Atenea lo sintió porque estaba encima de él.
-¡Tú no te rías estúpido!
El dios de los viajeros rió a carcajadas.
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Entonces algo brilló en la oscuridad de abajo, algo que se volvía mayor a medida que ascendía hacia mí. Una voz de mujer muy parecida a la de mi madre me llamó:
—Peter Johnson.
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Percy quiso atravesar al dios del vino con Anaklusmos.
Dioniso se dio cuenta y sonrió por detrás del libro.
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Siguió acercándose y su forma se hizo más clara. La melena negra ondeaba alrededor de la cabeza y llevaba un vestido de seda verde. La luz titilaba en torno a ella, y sus ojos eran tan bonitos y llamativos que apenas reparé en el hipocampo que montaba.
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-El caballo podría ofenderse. -Comentó Poseidón.
Percy gimoteó. no quería ver un hipocampo molesto. No otra vez. podrían llegar a ser muy teperamentales. Peor que Clarisse cuando estaba de mal humor.
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Desmontó. El caballo marino y el tiburón mako se apartaron y empezaron a jugar a algo similar al tú la llevas. La dama submarina me sonrió.
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El dios del mar sonrió. le encantaba el mar y sus criaturas.
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—Has llegado lejos, Pinky Jonason. Bien hecho.
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-¡Es Percy Jackson! ¡P-E-R-C-Y J-A-C-K-S-O-N!
-Pero eso a mí me da igual. -Dijo el dios del vino con tranquilidad.
-¡Pero a mí no!
-Ajá. Dímelo de nuevo cuando me importe.
-¡Dioniso…! Te estás pasando. -Advirtió Poseidón.
-¿Por qué? Si ni siquiera le he amenazado con convertirle en delfín.
-Y espero que no se te ocurra hacerlo.
El dios de las fiestas murmuró algo como: (Estúpidos padres sobreprotectores…)
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No estaba muy seguro de cómo comportarme, así que hice una reverencia.
—¿Sois la mujer que me habló en el río Mississipi?
—Sí, niño. Soy una nereida, un espíritu del mar. No fue fácil aparecer tan río arriba, pero las náyades, mis primas de agua dulce, me ayudaron a mantener mi fuerza vital. Honran al señor Poseidón, aunque no le sirven en su corte.
*-x-*
-Soy popular. -Dijo el dios del mar.
-Idiota… -Murmuró Atenea.
-Frígida. -Devolvió él.
-¡yo no soy ninguna frígida! El que haya decidido permanecer virgen, no quiere decir que…
-Atenea. -interrumpió Apolo.
-¡Qué!
-¿Que cuándo te callas?
La diosa le miró muy enfadada y cuando iba a lanzarle algo, Hermes le atrapó las manos.
-¡Suéltame!
-Me parece que no.
Hades miraba la escena divertido.
Dioniso se aburrió y siguió leyendo.
*-x-*
—¿Y vos sí le servís en su corte?
Asintió.
—Hacía mucho que no nacía un niño del dios del mar. Te hemos observado con gran interés.
De repente recordé los rostros en las olas de la playa de Montauk cuando era un niño, reflejos de mujeres sonrientes. Como en tantas otras cosas raras en mi vida, no había vuelto a pensar en ello.
—Si mi padre está tan interesado en mí —dije—, ¿por qué no está aquí? ¿Por qué no habla conmigo?
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-Eso ha dolido. -Se quejó Poseidón.
Percy le sacó la lengua.
Un rato más tarde, el dios del mar hizo lo mismo.
-Muy maduros. -Dijo Atenea.
-Muy pesada. -Comentó Apolo.
-¿Qué te pasa conmigo? -Inquirió la diosa de la sabiduría.
-¿No es obvio? -Preguntó Afrodita.
-Pues no.
-¡Increíble! ¡La diosa de la sabiduría desconoce algo! -Gritó Apolo.
-Hasta yo lo sé. -Intervino Poseidón.
-A ver, oh gran iluminado, alúmbranos con tu sabiduría. -Espetó Atenea.
-Nop.
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Una corriente fría se alzó de las profundidades.
—No juzgues al Señor del Mar demasiado severamente —me aconsejó la nereida—. Se encuentra al borde de una guerra no deseada. Tiene muchos problemas que resolver. Además, se le prohíbe ayudarte directamente. Los dioses no pueden mostrar semejantes favoritismos.
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Poseidón bufó molesto mirando a Zeus que se hizo el desentendido.
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—¿Ni siquiera con sus propios hijos?
—Especialmente con ellos. Los dioses sólo pueden actuar por influencia indirecta. Por eso yo te doy un aviso, y un regalo.
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-Aún así, siempre hago lo que me da la gana. -Se jactó Poseidón.
Zeus le frunció el ceño.
-Te saldrán arrugas hermanito. -Pinchó Hades.
El dios de los cielos se alisó el entrecejo con el índice de la mano derecha.
*-x-*
Extendió la mano y en su palma destellaron tres perlas blancas.
—Sé que te diriges al reino de Hades —prosiguió—. Pocos mortales lo han hecho y sobrevivido para contarlo: Orfeo, que tenía una gran habilidad musical; Hércules, dotado de enorme fuerza; Houdini, que podía escapar incluso de las profundidades del Tártaro. ¿Tienes tú alguno de esos talentos?
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Chris silvó impresionado.
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—Yo… pues no, señora.
—Ah, pero tienes algo más, Percy. Posees dones que sólo estás empezando a descubrir. Los oráculos han predicho un futuro grande y terrible para ti, si sobrevives hasta la edad adulta. Poseidón no va a permitir que mueras antes de tiempo. Así pues, toma esto, y cuando te encuentres en un apuro rompe una perla a tus pies.
*-x-*
-Lo que es del mar, siempre vuelve al mar. -Dijo Poseidón.
Percy sonrió.
*-x-*
—¿Qué pasará?
—Eso dependerá de la necesidad. Pero recuerda: lo que es del mar siempre regresará al mar.
—¿Qué hay de la advertencia?
Sus ojos emitieron destellos verdes.
—Haz lo que te dicte el corazón, o lo perderás todo. Hades se alimenta de la duda y la desesperanza. Te engañará si puede, te hará dudar de tu propio juicio. En cuanto estés en su reino, jamás te dejará marchar voluntariamente. Mantén la fe. Buena suerte, Perses Jipson.
*-x-*
Hades sonrió con malignidad.
-Cuando alguien entra al inframundo, debe saber a qué atenerse. Sobretodo los vivos.
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Llamó a su hipocampo, montó y cabalgó hacia el vacío.
—¡Espera! —grité—. En el río me dijisteis que no confiara en los regalos. ¿Qué regalos?
—¡Adiós, joven héroe! —se despidió mientras su voz se desvanecía en las profundidades—. ¡Escucha tu corazón! —Se convirtió en una motita de luz verde y desapareció.
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-Menos mal que le ha dicho que siga su corazón y no lo que le diga su mente porque si no… -Comentó Thalia.
Percy gruñó.
*-x-*
Quise seguirla y conocer la corte de Poseidón, pero miré hacia arriba, al atardecer que oscurecía la superficie. Mis amigos esperaban. Teníamos tan poco tiempo…
Nadé hasta la superficie.
Cuando llegué a la playa, mis ropas se secaron al instante
*-x-*
-Ese es un pribilegio que agradezco enormemente. -Dijo el hijo del dios del mar.
*-x-*
. Les conté a Kooper y Mario todo lo ocurrido y les enseñé las perlas.
Él hizo una mueca.
—No hay regalo sin precio.
—Éstas son gratis.
—No. —Sacudió la cabeza—. «No existen los almuerzos gratis.» Es un antiguo dicho griego que se aplica bastante bien hoy en día. Habrá un precio. Ya lo verás.
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Poseidón resopló molesto.
Sally se hacía una idea de cual sería ese precio.
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Con tan feliz pensamiento, le dimos la espalda al mar.
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-Muy feliz. -Ironizó Charles.
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Con algunas monedas que quedaban en la mochila de Ares subimos a un autobús hasta West Hollywood. Le enseñé al conductor la dirección del inframundo que había sacado del Emporio de Gnomos de Jardín de la tía Eme, pero jamás había oído hablar de los estudios de grabación El Otro Barrio.
—Me recuerdas a alguien que he visto en la televisión —me dijo—. ¿Eres un niño actor o algo así?
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-Lo que faltaba. -Suspiró Artemisa.
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—Bueno, actúo como doble en escenas peligrosas… para un montón de niños actores.
—¡Oh! Eso lo explica.
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La diosa de la caza resopló enfadada.
-Hombres… -Murmuró.
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Le dimos las gracias y bajamos rápidamente en la siguiente parada.
Caminamos a lo largo de kilómetros, buscando El Otro Barrio. Nadie parecía saber dónde estaba.
Tampoco aparecía en el listín. En un par de ocasiones tuvimos que escondernos en callejones para evitar los coches de policía.
Me quedé atónito delante de una tienda de electrodomésticos: en la televisión estaban emitiendo una entrevista con alguien que me resultaba muy familiar: mi padrastro, Gabe el Apestoso. Estaba hablando con la célebre presentadora Barbara Walters; quiero decir, en plan como si fuera famoso.
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Sally miró el libro muy enfadada como si allí hubiese algo sumamente horrible.
-Como odio a ese hombre.
-Estoy con usted lady Artemisa. -Secundó Percy.
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Ella estaba entrevistándolo en nuestro apartamento, en medio de una partida de póquer, y a su lado había una mujer joven y rubia, dándole palmaditas en la mano.
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-Te arrancaré los testículos. -Dijo la madre de Percy con calma.
Muchos la miraron con terror.
Sally sonrió dulcemente.
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Una lágrima falsa brilló en su mejilla. Estaba diciendo:
«De verdad, señora Walters, de no ser por Sugar, aquí presente, mi consejera en la desgracia, estaría hundido. Mi hijastro se llevó todo lo que me importaba. Mi esposa… mi Cámaro… L-lo siento. Todavía me cuesta hablar de ello.»
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-¡Consejera y una mierda! ¡Esa pu… es su amante! Aunque no sé que le ve a ese gordo. -Espetó Percy.
-Tal vez le interese porque sale en la tele. -Especuló Michael.
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«Lo han visto y oído, queridos espectadores. —Barbara Walters se volvió hacia la cámara—. Un hombre destrozado. Un adolescente con serios problemas. Permítanme enseñarles, una vez más, la última foto que se tiene del joven y perturbado fugitivo, tomada hace una semana en Denver.»
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-Algo perturbado y loco sí que está. -Dijo Thalia.
Percy sonrió.
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En la pantalla apareció una imagen granulada de Robert, Barton y yo de pie fuera del restaurante Colorado, hablando con Ares.
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-¡Salgo en la tele! -Bramó el dios de la guerra levantando su lanza en señal de celebración.
Artemisa se frotó las sienes.
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«¿Quiénes son los otros niños de esta foto? —preguntó Barbara Walters dramáticamente—. ¿Quién es el hombre que está con ellos? ¿Es Ricky Jameson un delincuente, un terrorista o la víctima de un lavado de cerebro a manos de una nueva y espantosa secta? Tras la publicidad, charlaremos con un destacado psicólogo infantil. Sigan sintonizándonos.»
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-El psicólogo se autoingresaría en un manicomio si te conociera. -Comentó Malcolm.
-Es que soy increíble.
Artemisa quería saber por qué su teniente se llevaba tan bien con Jackson.
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—Vamos —me dijo Homer. Tiró de mí antes de que destrozara el escaparate de un puñetazo.
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¿Homer? ¿Simpson? -Preguntó Ethan.
Percy le amenazó con su bolígrafo.
-¿Vas a escribirle una cartita de amor? -Preguntó Ares con sorna.
-Sí. Pero con tu icor. -Contestó el semidiós. Y destapó el bolígrafo mostrando su verdadera forma.
El dios de la guerra, en vez de molestarse, aplaudió con regocijo.
-¡Así se habla Pringado!
Clarisse se tragó varios comentarios que quería hacer.
El hijo de Poseidón devolvió a Anaklusmos a su forma de bolígrafo y la guardó en su bolsillo.
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Cayó la noche y los marginados empezaban a merodear por las calles. A ver, que no se me malinterprete. Soy de Nueva York y no me asusto fácilmente. Pero Los Angeles es muy distinto de Nueva York, donde todo parece cerca. No importa lo grande que sea la ciudad, se puede llegar a todas partes sin perderte. La disposición de las calles y el metro tienen sentido. Hay un sistema para que las cosas funcionen. En Nueva York, un niño está a salvo mientras no sea idiota.
Los Angeles no es así. Es una ciudad extensa y caótica en la que resulta difícil moverse. Me recordaba a Ares. No le bastaba con ser grande; tenía que demostrar que era grande siendo además escandalosa, rara y difícil de navegar.
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-Así soy yo.
-Otra referencia al mar. -Comentó Poseidón.
-Ya nos hemos dado cuenta. -Se exasperó Atenea.
Hermes tenía ganas de que se acabase el capítulo. Ya no quería tener a la diosa encima.
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No sabía cómo íbamos a encontrar la entrada al inframundo antes del día siguiente, el solsticio de verano.
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-No suena muy alentador. -Musitó Tommy.
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Nos cruzamos con miembros de bandas, vagabundos y gamberros que nos miraban intentando calibrar si valía la pena atracarnos. Al pasar por delante de un callejón, una voz desde la oscuridad me llamó.
—Eh, tú. —Como un idiota, me paré.
Antes de que nos diéramos cuenta, estábamos rodeados por una banda. Seis chicos con ropa cara y rostros malvados. Como los de la academia Yancy: mocosos ricos jugando a ser chicos malos.
*-x-*
Chris miró el libro con molestia.
Odiaba a ese tipo de personas.
Tenían de todo, pero siempre querían más.
*-x-*
Instintivamente destapé el bolígrafo, y cuando la espada apareció de la nada los chavales retrocedieron, pero el cabecilla era o muy idiota o muy valiente, porque siguió acercándoseme empuñando una navaja automática.
*-x-*
Poseidón respiró hondo varias veces para no gritar como un padre histérico.
*-x-*
Cometí el error de atacar.
El chico gritó.
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-Cerebro de placton… -Suspiró Malcolm.
-Eh, esa es nueva. -Se quejó Percy.
Thalia y el hijo de Atenea rieron.
*-x-*
Debía de ser cien por cien mortal, porque la hoja lo atravesó sin hacerle daño alguno. Se miró el pecho.
—¿Qué demo…?
Supuse que tenía unos tres segundos antes de que la consternación se convirtiera en ira.
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-Percy Jackson, odiado por monstruos, dioses, titanes, gigantes y mortales. -Anunció Castor.
Poseidón le miró consternado.
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—¡Corred! —grité a Magno y Coller.
Apartamos a dos chavales de en medio y corrimos por la calle, sin saber adonde nos dirigíamos.
Giramos en una esquina.
*-x-*
Clarisse resopló y murmuró algo ininteligible.
-Semidioses que huyen de simples mortales. -Espetó Hera. -Vaya héroes de hoy en día.
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—¡Allí! —exclamó Rambo.
Sólo una tienda del edificio parecía abierta, los escaparates deslumbraban de neón. En el letrero encima de la puerta ponía algo como: «alpacio ledas sacam de augade crstuy.»
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-¿What? -Cuestionó Ethan.
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—¿Al Palacio de las Camas de Agua Crusty? —tradujo El sátiro rarito.
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-¡Oye! -Se quejó Grover.
-Es que se me han acabado las ocurrencias con tu nombre. -Se justificó Dioniso.
*-x-*
No sonaba como un lugar al que yo iría a menos que me encontrara en un serio aprieto, pero de eso se trataba precisamente. Entramos en estampida por la puerta y corrimos a agacharnos tras una cama de agua. Un segundo más tarde, la banda de chicos pasó corriendo por la acera.
*-x-*
A Poseidón entonces se le iluminó una lucecita en el cerebro.
Esperaba equivocarse con su suposición. Pero con la suerte de Perseus, lo dudaba mucho.
-(Otro de mis hijos tendrá que enfrentarse a Procrustes)
Las camas de agua ya no le parecieron tan maravillosas.
*-x-*
—Los hemos despistado —susurró Corner.
Una voz retumbó a nuestras espaldas.
—¿A quién habéis despistado?
Los tres dimos un respingo.
Detrás de nosotros había un tipo con aspecto de rapaz y ataviado con un traje años setenta. Medía por lo menos dos metros y era totalmente calvo. De piel grisácea, tenía párpados pesados y una sonrisa reptiloide y fría. Se acercaba lentamente, pero daba a entender que podía moverse con rapidez si era preciso.
*-x-*
-Creo que sé de quien se trata.
-¿Tú qué vas a saber pelo de pulpo? -Rió Atenea.
-¿Apostamos algo?
-Bien. -Contestó la diosa.
-Si ganas la apuesta, no me metas a mí en ella. -Pidió Hermes. -A no ser, que sea para algo humillante.
Atenea le dio un puñetazo muy ofendida.
El ojo del dios se estaba poniendo negro.
Apolo miró a la mujer muy enfadado.
Saltó de su trono y se acercó al de su hermano.
Pasó la mano con delicadeza por el ojo hinchado.
Hermes se inclinó instintivamente para acercarse más a la mano del dios del sol.
Un rato más tarde, Apolo volvió a su sitio.
-¿Tú sabes de quién se trata? -Preguntó Hades a su sobrina.
-No. -Admitió ella ruborizándose.
-Bien. Entonces, Poseidón escribirá en un papel su suposición, y si acierta, habrá ganado. -Comentó Apolo.
-¿Y cómo sé que no la cambiará después?
-Porque mi hermanito le dará el papel a Hestia. -Contestó Deméter.
la diosa del hogar asintió de acuerdo.
El dios del mar hizo aparecer un trozo de papel en blanco, una pluma y escribió algo.
Después dobló el papel y se lo lanzó a Hestia.
La diosa lo cogió, lo abrió y lo guardó.
-Bien. Sigamos leyendo. -Dijo Zeus.
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El traje, del todo propio de los setenta, habría podido salir del Casino Loto. La camisa era de seda estampada de cachemira, y la llevaba desabrochada hasta la mitad del pecho, también lampiño.
*-x-*
-No me gustan los hombres lampiños. Me gusta que tengan pelo en el pecho. -Comentó Afrodita.
*-x-*
Las solapas de terciopelo eran casi pistas de aterrizaje y llevaba varias cadenas de plata alrededor del cuello.
—Soy Crusty —gruñó con una sonrisa manchada de sarro.
*-x-*
-Encantador. -Ironizó Silena.
-Una belleza. -secundó la diosa del amor.
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—Perdone que hayamos entrado en tropel —le dije—. Sólo estábamos… mirando.
—Quieres decir escondiéndoos de esos gamberros —rezongó—. Merodean por aquí todas las noches. Gracias a ellos entra mucha gente en mi negocio. Decidme, ¿os interesa una cama de agua?
*-x-*
-De ninguna manera. -Espetó Poseidón.
*-x-*
Iba a decir «no, gracias», pero él me puso una zarpa en el hombro y nos condujo a la zona de exposición. Había toda una colección de camas de agua de las más diversas formas, cabezales, ornamentos y colores; tamaño grande, tamaño supergrande, tamaño emperador del universo…
*-x-*
-Ese soy yo.
-Ya está Zeus con sus aires de grandeza. -Se quejó Hades.
*-x-*
—Éste es mi modelo más popular. —Orgulloso, Crusty nos enseñó una cama cubierta con sábanas de satén negro y antorchas de lava incrustadas en el cabezal. El colchón vibraba, así que parecía de gelatina—. Masaje a cien manos —informó—. Venga, probadlo. Tiraos en plancha, echad una cabezadita. No me importa, total hoy no hay clientes.
*-x-*
-Suena maravillosa. -Gimió Chris.
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—Pues… —musité— no creo que…
—¡Masaje a cien manos! —exclamó Gommer, y se lanzó en picado—. ¡Eh, tíos! Esto mola.
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Poseidón bufó exasperado.
-Muy listo. -Dijo Thalia sarcástica.
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—Hum —murmuró Crusty, acariciándose la coriácea barbilla—. Casi, casi.
—Casi ¿qué? —pregunté.
Miró a Balto.
*-x-*
-¡Ese es nombre de perro! -Chilló el hijo de Atenea muy indignado.
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—Hazme un favor y prueba ésta, cariño. Podría irte bien.
—Pero ¿qué…? —respondió Fluffy.
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-¡Lo has hecho aposta!
-muy listo cerebrito. -Contestó Dioniso.
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Él le dio una palmadita en la espalda para darle confianza y le condujo hasta el modelo Safari Deluxe, con leones de madera de teca labrados en la estructura y un edredón de estampado de leopardo.
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-Esa me gusta. -Comentó Dioniso autointerrumpiéndose.
-¡No te acuestes ahí! -Exclamó Atenea dándose cuenta de quién era el tipo del traje de los setentas.
-(Espero que el barba percebe se haya equivocado y haya puesto otro nombre en el papelito.) -pensó.
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Aldo no quiso tumbarse y Crusty le empujó.
—¡Eh, oiga! —protestó él.
Crusty chasqueó los dedos.
—Ergo!
Súbitamente, de los lados de la cama surgieron cuerdas que amarraron al cerebrito rubio al colchón. el sátiro torpe intentó levantarse, pero las cuerdas salieron también de su cama de satén y lo inmovilizaron.
*-x-*
-¡Un respeto! -Espetó Atenea.
Dioniso bufó.
-No sé el significado de esa palabra.
Hermes besó a la diosa antes de que se pusiera a explicar lo que significaba.
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—¡N-n-no m-m-mola-a-a! —aulló, la voz vibrándole a causa del masaje a cien manos—. ¡N-n-no m-m-mola na-a-a-da!
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-A mí sí. Si no fuera por las cuerdas… -Dijo Ethan.
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El gigante miró a Warlock, luego se volvió hacia mí y me enseñó los dientes.
—Casi, mecachis —lamentó. Intenté apartarme, pero su mano me agarró por la nuca—. ¡Venga, chico!
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-¡Estúpido monstruo…! -gritó Poseidón.-Suelta a mi pequeño hipocampo.
Percy se ruborizó.
-Ya viene papá oso. -Canturreó Apolo.
*-x-*
No te preocupes. Te encontraremos una en un segundo.
—Suelte a mis amigos.
—Oh, desde luego. Pero primero tienen que caber.
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-¡Te va a caber mi tridente por el culo cuando te encuentre!
Lee le puso una mano en la nuca y juntó sus labios para darle un beso lento y largo.
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—¿Qué quiere decir?
—Verás, todas las camas miden exactamente ciento ochenta centímetros. Tus amigos son demasiado cortos. Tienen que encajar.
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-¡Voy a encajarte una llave inglesa en un ojo! -Gritó Hefesto.
Afrodita le miró con lujuria.
Ares frunció el ceño y de la fuerza con la que sujetaba su hacha, la partió.
*-x-*
Mammon y jorge seguían forcejeando.
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-¿Ha dicho mamón? -inquirió Bianca horrorizada.
-Mammon. -M-a-m-m-o-n. Es el nombre de un príncipe del infierno de la religión cristiana. O algo así. -Contestó Percy.
Bianca suspiró aliviada.
*-x-*
—No soporto las medidas imperfectas —musitó Crusty—. Ergo!
Dos nuevos juegos de cuerdas surgieron de los cabezales y los pies de las camas y sujetaron los tobillos y hombros de Clover y Magno. Las cuerdas empezaron a tensarse, estirando a mis amigos de ambos extremos.
*-x-*
-Eso no suena nada bien. -Comentó Luke.
-Fue algo muy desagradable. -Dijo Malcolm.
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—No te preocupes —me dijo Crusty—. Son ejercicios de estiramiento. A lo mejor con ocho centímetros más a sus columnas… Puede que incluso sobrevivan, ¿sabes? Bien, busquemos una cama que te guste.
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-¡Yo te fabricaré una cama de clavos y haré que te tumbes! -Gritó Hefesto.
Poseidón levantó el pulgar en su dirección.
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—¡Tracy! —gritó Hunter.
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-Esos nombres ni siquiera se parecen a los originales. -Dijo Atenea.
-A mí me da igual. Solo los cambio porque me apetece. No tienen por qué ser similares.
-Idiota…
-Amargada…
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La cabeza me iba a cien por hora. Sabía que no podía enfrentarme solo a aquel grandullón. Me rompería el cuello antes de que la espada se desplegase.
—En realidad usted no se llama Crusty, ¿verdad?
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Poseidón miró a Atenea con una sonrisa de suficiencia.
-No cantes victoria cerebro salado.
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—Legalmente es Procrustes —admitió.
—El Estirador —dije. Recordaba la historia: el gigante que había intentado matar a Teseo con exceso de hospitalidad de camino a Atenas.
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-¡Sí! -Celebró Poseidón.
Después miró a su hijo y añadió:
-Lo siento por ti, pero he ganado a la estúpida de Atenea.
Percy solo sonrió.
Atenea miró a Hestia.
-Ha acertado. -Comentó la diosa del hogar.
Sacó el papelito y se lo mostró a los dioses.
-Al final del capítulo, te diré lo que harás. -Dijo Poseidón muy contento.
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—Exacto —respondió el vendedor—. Pero ¿quién es capaz de pronunciar Procrustes? Es malo para el negocio. En cambio, todo el mundo puede decir «Crusty».
—Tiene razón. Suena bien.
Se le iluminaron los ojos.
—¿Eso crees?
—Oh, desde luego —contesté—. Y estas camas parecen fabulosas, las mejores que he visto nunca…
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Quirón rió ante las ocurrencias de su alumno.
*-x-*
Esbozó una amplia sonrisa, pero no aflojó mi cuello.
—Yo se lo digo a mis clientes. Siempre se lo digo, pero nadie se preocupa por el diseño de las camas. ¿Cuántos cabezales con antorchas de lava incrustadas has visto tú?
*-x-*
-Su talento está desperdiciándose. -Dijo Thalia con ironía.
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—No demasiados.
—¡Pues ahí lo tienes!
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-Tal vez, si no se empeñara en estirar a sus clientes… -Intervino Michael.
-A ti si que tendría que estirarte. -Rió Clarisse.
Una flecha se le clavó en el hombro.
-¿De qué vas Yew?
-No sé de que me hablas la Rue.
Entonces, la hija de Ares miró a su alrededor.
-¡Fletcher! Tú otra vez.
Lee tenía el arco tenso listo para lanzar otra flecha si era necesario.
-Te salvas por ser el protegido de Poseidón. -Espetó la chica.
-No necesito que nadie me proteja.
-Por supuesto. -Ironizó ella.
Dioniso se aburrió y siguió leyendo.
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—¡Verdy! —vociferó Danco—. ¿Qué estás haciendo?
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-Hablando con el gigante. ¿Es que no lo ves? -Interrogó Castor.
-¿Vas a seguir poniéndome nombres de perro? -Cuestionó Malcolm ignorando el comentario del hijo del dios del vino.
-Puede ser. -Respondió Dioniso.
Blake ladró.
-Ha dicho que deberías sentirte honrrado de que te nombre como a un perro. -Tradujo Grover.
El rubio bufó con desdén.
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—No le hagas caso —le dije a Procrustes—. Es insufrible.
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Malcolm le lanzó a su ex un trozo de mandarina.
-¿De dónde sacas las frutas? -Se quejó el chico.
-No sé.
Perséfone soltó una risita.
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El gigante se echó a reír.
—Todos mis clientes lo son. Jamás miden ciento ochenta exactamente. Son unos desconsiderados. Y después, encima, se quejan del reajuste.
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-Oh sí. Qué desconsiderados. -Ironizó Charles.
-Pobre Procrustes. -Comentó Silena.
Beckendorf la miró con dagas en los ojos.
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—¿Qué hace si miden más de ciento ochenta?
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-Y esa, señores, es la típica pregunta de Percy de la cual jamás, repito, jamás, quiero saber la respuesta. -Comentó Grover.
-Estoy contigo. -Dijeron los hijos de Dioniso a coro.
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—Uy, eso pasa a todas horas. Se arregla fácil. —Me soltó, pero antes de que yo pudiera reaccionar, del mostrador de ventas sacó una enorme hacha doble de acero—. Centro al tipo lo mejor que puedo y después rebano lo que sobra por cada lado.
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-Voy a vomitar. -Se quejó Tommy.
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—Ya —dije tragando saliva—. Muy práctico.
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-Muchísimo. -Refunfuñó Thalia.
-No te preocupes Grace. A ti no te rebanaría. -Comentó Clarisse.
-Muy alentador. -Gruñó la hija de Zeus.
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—¡Cuánto me alegro de haberme topado con un cliente sensato!
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-El día que ese chico sea sensato, mi marido le ofrecerá la inmortalidad. -Dijo Hera.
Algunos semidioses se miraron entre sí.
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Las cuerdas ya estaban estirando de verdad a mis amigos. Waldo había enrojecido. Gavin hacía ruiditos de asfixia, como un ganso estrangulado.
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Grover le lanzó una pera al hijo de Poseidón.
-¿Por qué me lanzáis frutas?
-Porque es lo que tenemos a mano. -Contestó Malcolm.
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—Bueno, Crusty… —comenté, intentando sonar indiferente. Miré la etiqueta con forma de corazón de la cama especial Luna de Miel—. ¿Y ésta tiene estabilizadores dinámicos para compensar el movimiento ondulante?
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-Mi hijo es fantástico. Está ganando tiempo para que Procrustes confíe en él. -Dijo Sally.
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—Desde luego. Pruébala.
—Sí, puede que lo haga. Pero ¿funcionan incluso con un tío grande como tú? ¿No se advierte ni una sola onda?
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-No caerá en la misma trampa. -Comentó Apolo.
-¿Seguro? -Preguntó Poseidón.
-Al noventa y nueve por ciento.
-¿Quieres apostar?
-Lee le hacía señas a su padre para que no lo hiciera, pero el dios no le hizo caso.
-De acuerdo.
-Si cae en la trampa, tendrás que hacer lo que yo te diga sin rechistar. -Dijo Poseidón.
-Y si no lo hace, tú tendrás que hacer lo que yo desee.
Ambos dioses cerraron el trato.
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—Garantizado.
—Venga, hombre.
—Que sí.
—Enséñamelo.
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-no lo hagas gigantito. -Pidió el dios del sol con un puchero adorable.
-No tiene sentido que le pongas un diminutivo. -Apostilló Atenea.
-Deja de corregir a todo el mundo. -Se quejó Hermes.
*-x-*
Se sentó gustoso en la cama y le dio unas palmaditas al colchón.
—Ni una onda, ¿ves?
Chasqueé los dedos.
—Ergo.
Las cuerdas rodearon a Crusty y lo sujetaron contra el colchón.
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-Perdiste. -Canturreó Poseidón.
-No seas malo conmigo tío P. Sabes que te adoro.
El dios del mar sonrió con malicia.
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—¡Eh! —chilló.
—Centradlo bien —ordené.
Las cuerdas se reajustaron rápidamente. La cabeza de Crusty entera sobresalió por la parte de arriba y sus pies por la de abajo.
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-Percy es muy inteligente. -Comentó Bianca.
El chico la sonrió.
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—¡No! —dijo—. ¡Espera! ¡Esto es sólo una demostración!
Destapé el bolígrafo y Anaklusmos se desplegó.
—Bien, prepárate… —No sentía ningún escrúpulo por lo que iba a hacer. Si Crusty era humano, no podría hacerle daño. Si era un monstruo, merecía convertirse en polvo durante un tiempo.
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-¿Por qué los monstruos son tan idiotas? -Se quejó Atenea.
-Porque si no, el mundo sería muy aburrido. -contestó Ares.
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—Eres un regateador duro, ¿eh? —dijo—. ¡Vale, te hago un treinta por ciento de descuento en modelos especiales!
Levanté la espada.
—¡Sin entrega inicial! ¡Ni intereses durante los seis primeros meses!
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-No me interesa. muchas gracias. -Dijo Percy.
*-x-*
Asesté un golpe. Crusty dejó de hacer ofertas.
Corté las cuerdas de las otras camas. Lacon y Rubén se pusieron en pie, entre temblores, gruñidos y maldiciones.
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-Ya era hora. -Espetó Thalia.
Percy se rascó la nuca mientras sonreía nerviosamente.
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—Parecéis más altos —comenté.
—Uy, qué risa —resopló Marco—. La próxima vez date un poquitín más de prisa, ¿vale?
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-Por lo menos os ha salvado. -Dijo Michael.
Malcolm le lanzó una mirada asesina.
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Miré en el tablón de anuncios detrás del mostrador de Crusty. Había un anuncio del servicio de entregas Hermes, y otro del Nuevo y completo compendio de la Zona Monstruo de Los Angeles: «¡Las únicas páginas amarillas monstruosas que necesita!» Debajo, un panfleto naranja de los estudios de grabación El Otro Barrio ofrecía incentivos por las almas de los héroes. «¡Buscamos nuevos talentos!»
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-No, gracias. Prefiero ir al Hades más tarde que temprano. -Comentó Castor.
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La dirección de EOB estaba indicada justo debajo con un mapa.
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-Algo de suerte. -Suspiró Lee.
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—Vamos —dije.
—Danos un minuto —se quejó Rupert—. ¡Por poco nos estiran hasta convertirnos en salchichas!
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Blake se relamió.
-¡No me mires como si fuera comestible! -Gritó Grover.
El cachorro ladró arrugando su naricita.
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—Venga, no seáis quejicas. El inframundo está sólo a una manzana de aquí.
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-Tengo ganas de pegarte. -Dijo Malcolm.
Percy se escondió detrás del trono de su padre.
-El capítulo ha acabado. -Intervino Dioniso.
Hermes empujó a la diosa de la sabiduría para que se largara a su trono.
Ella, muy aliviada, se sentó en su sitio.
Poseidón miró a Apolo y Atenea con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
-Yo leeré el siguiente. -Dijo Lee.
Dioniso lanzó el libro que el hijo de Apolo atrapó al vuelo sin problemas.
-En un rato, os diré lo que tenéis que hacer. -Intervino el dios de los mares.
*-x-*
Nota: Estaba pensando en cambiar a Malcolm por Annabeth de nuevo para que en la casa de Hades todo concuerde. Porque si no, nico no tendría por qué sentirse obligado a ocultar su homosexualidad.
Pero si no queréis, no lo haré y dejaré a Malcolm. Todo depende de lo que opinéis vosotros. Dependiendo de vuestros comentarios, dejaré a Malcolm, o lo cambiaré por Annabeth.
¿Qué queréis que haga Atenea?
¿Qué os gustaría que hiciera Apolo?
