Disclaimer: Los personajes y el libro son de Rick Riordan.

Las intervenciones son mías.

*-x-*

Lee bajó del regazo de Poseidón para disgusto de éste.

-¡Lee! -Se quejó.

-Es que, si no no voy a poder concentrarme en lo que leo.

El dios del mar gimoteó.

El rubio se sentó al lado de su hermano que estaba muy cariñoso con Tommy.

Blake se acercó muy contento a su amo y se tumbó a su lado.

-Y a todo esto, llevamos leídos diecisiete capítulos, y nadie se ha preguntado ¿Por qué podemos leerlos? -Cuestionó Percy.

Todos los semidioses se miraron.

-¿Ni si quiera tú chico listo?

Malcol se ruborizó.

-Fácil. -Contestó Apolo. -Las moiras lo han hecho posible.

-Pues ya podían hacer que pudiésemos leer todos los libros. -se lamentó Malcolm.

Percy le miró como si fuese la misma Equidna.

-¿Estás loco? -Se estremeció Luke.

-Bien. Quiero que Lee vuelva pronto conmigo así que, callaos ya y dejadle leer de una vez.

Atenea y Apolo suspiraron aliviados. Su tío no se acordaba de la apuesta, y si se acordaba, puede que la dejara pasar para que su chico volviese con él cuanto antes.

Pero la suerte no les sonreiría esta vez al dios del sol y a la diosa de la sabiduría.

-¿Y la apuesta? -Quiso saber Hermes.

Apolo y Atenea le miraron como si quisieran pulverizarlo.

Poseidón se acarició la barbilla en actitud pensativa.

-Solo te falta un gato para parecer un mafioso. -Comentó Chris.

El dios del mar sonrió.

-Bien, bien, bien… Lo que debe de hacer Apolo, es pasar este capítulo en brazos de…

Un retumbar de tambores se escuchó.

Era Hermes que lo había hehcho aparecer de a saber donde.

-¡En brazos de Ares!

El dios de la guerra sonrió sádicamente.

-¿Qué? ¿Y si me desmiembra? ¿Y si corta mi maravilloso pelo rubio?

-Ven aquí Apolo. -Dijo Ares.

El dios del sol obedeció.

El dios de la guerra alzó a Apolo en sus brazos y le mandó una sonrisa de suficiencia a un enfurruñado Hermes.

-Si lo sé, no le recuerdo la apuesta al tío P. -Murmuró.

-Y tú Atenea, no corregirás, ni explicarás… En resumen, no hablarás durante este capítulo. Te pondría más penitencia, pero no me apetece. De momento.

-¿Y no sería mejor amordazarla? -Inquirió Afrodita.

-No. Cada vez que hable, una de estas amiguitas, se posará en alguna parte de su cuerpo. Y no podrá quitárselas. -Respondió Poseidón.

Atenea miró a las arañas con temor.

-Y tú Apolo, déjate mimar por Ares. Te hace falta. -Dijo el dios de los caballos.

Ares, le estaba mordisqueando el cuello con algo de fuerza.

Afrodita miraba la escena sumamente entretenida.

-Comienza a leer. -pidió Hestia.

Lee abrió el libro y empezó.

*-x-*

Capítulo 18. Malcolm, escuela de adiestramiento para perros.

*-x-*

El hijo de Atenea se entristeció pensando en Cerbero.

Muchos se miraron entre ellos con curiosidad.

*-x-*

Estábamos en las sombras del bulevar Valencia, mirando el rótulo de letras doradas sobre mármol negro: «ESTUDIOS DE grabación EL otro barrio.» Debajo, en las puertas de cristal, se leía: «abogados no, vagabundos no, vivos no.»

*-x-*

-Deberíais hacer caso de las advertencias. -Dijo Hades.

Percy sonrió.

-Mocoso insolente…

*-x-*

Era casi medianoche, pero el recibidor estaba bien iluminado y lleno de gente.

*-x-*

-Claro. Son gente muerta. -Comentó Hades.

-Qué bruto. -Se quejó Deméter.

-¿Qué? Es la verdad. son muertos.

*-x-*

Tras el mostrador de seguridad había un guardia con gafas de sol, porra y aspecto de tío duro.

*-x-*

-Caronte. -Aclaró el dios del inframundo. Solo por molestar a Atenea.

*-x-*

Me volví hacia mis amigos.

—Muy bien. ¿Recordáis el plan?

*-x-*

-¿Qué plan? -Quiso saber Charles.

-Tío. Ese plan. -Respondió Ethan.

-Ah vale. Tienes razón. -Dijo Beckendorf.

*-x-*

—¿El plan? —Grover tragó saliva—. Sí. Me encanta el plan.

*-x-*

-A nosotros también. -Ironizó Castor.

-Si ni siquiera sabéis de que trata. -Dijo Malcolm.

-Por eso mismo. -Apostilló Pólux.

Apolo ya lucía un collar de mordiscos gracias a Ares.

*-x-*

—¿Qué pasa si el plan no funciona? —preguntó Malcolm.

*-x-*

-Que os quedaréis en el inframundo para siempre, ya que estaréis muertos. -Comentó Bianca.

*-x-*

—No pienses en negativo.

—Vale —dijo—. Vamos a meternos en la tierra de los muertos y no tengo que pensar en negativo.

*-x-*

-Claro que no. -Dijo Michael con sarcasmo.

*-x-*

Saqué las perlas de mi bolsillo, las tres que la nereida me había dado en Santa Mónica. Si algo iba mal, no parecían de mucha ayuda.

*-x-*

-Lo que pertenece al mar, siempre regresa al mar. -Comentó Poseidón.

-(Te repites.) -Pensó Atenea.

*-x-*

Malcolm me puso una mano en el hombro.

—Lo siento, Percy, los nervios me traicionan. Pero tienes razón, lo conseguiremos. Todo saldrá bien. —Y le dio un codazo a Grover.

*-x-*

-De maravilla. -ironizó Chris.

*-x-*

—¡Oh, claro que sí! —dijo él, asintiendo con la cabeza—. Hemos llegado hasta aquí. Encontraremos el rayo maestro y salvaremos a tu madre. Ningún problema.

*-x-*

Sally sonrió. Tenía el mejor hijo del mundo.

*-x-*

Los miré y me sentí agradecido. Sólo unos minutos antes, por poco habían muerto en unas lujosas camas de agua, y ahora intentaban hacerse los valientes por mí, para infundirme ánimos.

*-x-*

-Por lo menos, eran camas de lujo. -Comentó Ethan.

-Vaya consuelo. -Se quejó Grover.

*-x-*

Me metí las perlas en el bolsillo.

—Vamos a repartir un poco de leña subterránea.

*-x-*

Hades bufó.

-¿No puedes quedarte arriba? ¿Tienes que venir a darme el coñazo?

-Sí tío H. -Dijo Percy sonriendo ampliamente.

El dios respiró varias veces para contenerse y no ponerse a gritar.

-Ui mira. Le palpita una vena en la sien.

-¡Percy! Que es el dios de los muertos. -Se escandalizó Malcolm.

-¿Y qué? No pasa nada. Es inofensivo.

Hades enrojeció de furia.

-Anda mira. Otra vena. -Rió el hijo de Poseidón.

-Si Nico se entera, te rebanará con su espada de hierro estigio. -Advirtió el hijo de Atenea.

-Vale, vale, ya le dejo en paz.

-Oh no Percy Jackson. Ahora harás lo que yo te ordene. -Espetó Hades.

-¡De ninguna manera! -gritó Poseidón.

-¡Claro que sí! Afrodita ha podido. ¿Por qué yo no? -Se quejó el dios como un niño pequeño.

-Es lo justo. -Intervino Zeus.

-O sea. Que si nosotros molestamos a un dios, debemos hacer lo que él desee. Pero si un dios nos ofende a nosotros, no le pasa nada. -Intervino Thalia.

-Exacto. -Contestó Hera.

-Cuando ofendéis a un dios, debéis saber a qué ateneros. -Dijo Hades.

Percy estaba sonriendo.

-¿Y qué he de hacer, oh gran tío H?

-¡No me llames tío H!

-Vale tío H.

-¡Percy! -Gritó Poseidón divertido.

-Al final del capítulo, te diré lo que debes hacer.

-Mientras no vuelva a ser Perséfone Jackson… -Murmuró el hijo del dios del mar.

Un rato más tarde, el hijo de Apolo siguió leyendo.

*-x-*

Entramos en la recepción de EOB.

Una música suave de ascensor salía de altavoces ocultos. La moqueta y las paredes eran gris acero. En las esquinas había cactus como manos esqueléticas. El mobiliario era de cuero negro, y todos los asientos estaban ocupados.

*-x-*

-Bonita decoración. -Escupió Hermes.

-¿Y a este qué le pasa? -Quiso saber Deméter.

-¿No es obvio? -Preguntó Afrodita.

-¡Deja de shippear a todos con todos! -Gritó el dios de los viajeros.

-Yo shippeo lo que me da la gana.

Hermes lanzó su caduceo con rabia y se levantó.

Trató de avandonar el salón de los tronos pero no pudo hacerlo.

Intentó teletransportarse, pero no había manera de salir de la sala.

Tres risitas se escucharon por todo el lugar.

El caduceo había atravesado el salón de punta a punta, y se dirigía a gran velocidad hacia Luke.

El chico se quedó muy quieto esperando el golpe. Sabía que si se movía, el caduceo golpearía a su madre.

Chris miró con horror cómo el objeto sobrevolaba las cabezas de los presentes.

Luke colocó las manos por delante y trató de atraparlo.

Por suerte, tuvo éxito.

El caduceo brilló plateado, y delante del semidiós se materializó un anillo que tenía grabadas un par de alas que parecían moverse muy levemente.

Hermes se acercó corriendo a su futuro hijo que miraba asombrado lo que tenía en las manos.

Convocó su caduceo de vuelta, y dijo:

-Hazlo girar.

Luke le miró sin comprender.

El dios le señaló el anillo.

El chico obedeció.

Al girarlo, el anillo se transformó en una reluciente espada de bronce celestial con empuñadura de cuero recubierta de zafiros.

-Para ti.

Luke miró a su padre con los ojos humedecidos.

-(Seguro que cuando averigües lo que haré, no querrás regalármelo.) -Pensó.

Cada vez estaba más convencido de que seguir a Cronos no era tan buena idea.

-(Pero es que había tantos mestizos sin reclamar…)

-G gracias. -Murmuró el joven.

Hermes le señaló algo.

En un lado de la espada ponía: "Grígora"

-Veloz. -Tradujo Luke.

Hizo girar la espada convirtiéndola de nuevo en un anillo.

Se lo puso en el dedo corazón de la mano derecha.

Hermes le revolvió el pelo y regresó a su trono.

May sonrió ampliamente.

Mientras tanto, Ares tenía la mano dentro de los pantalones de Apolo que estaba tratando de no gemir

Lee al ver que todos prestaban atención, aunque fuese mínima, siguió leyendo.

*-x-*

Había gente sentada en los sofás, de pie, mirando por las ventanas o esperando el ascensor. Nadie se movía, ni hablaba ni hacía nada. Con el rabillo del ojo los veía a todos bien, pero si me centraba en alguno en particular, parecían transparentes. Veía a través de sus cuerpos.

*-x-*

-Claro. Porque están moridos. -Explicó Hades.

Atenea jadeó como si la hubiesen pegado. Aquel era un error gramatical espantoso.

Quiso intervenir, pero aún seguía viendo la araña que el caratentáculo tenía colgando en el tridente.

*-x-*

El mostrador del guarda de seguridad era bastante alto, así que teníamos que mirarlo desde abajo.

*-x-*

-Caronte y sus aires de superioridad.

-Como si los dioses no os creyérais superiores. -Murmuró Luke.

*-x-*

Era un negro alto y elegante, de pelo teñido de rubio y cortado estilo militar. Llevaba gafas de sol de carey y un traje de seda italiana a juego con su pelo. También lucía una rosa negra en la solapa bajo una tarjeta de identificación. Intenté leer su nombre.

*-x-*

-Seguro que lo lee mal. -Rió Dioniso.

Percy le sacó la lengua.

El dios del vino hizo lo mismo.

*-x-*

—¿Se llama Quirón? —dije, confundido.

*-x-*

-Eso no va a gustarle. -Rió Hades.

-A mí tampoco. -Gruñó Quirón.

Percy se ruborizó.

-Si no fuera porque eres disléxico, te hubiera dado una coz.

Algunos rieron.

-A vosotros os la daré si no os calláis.

La sala quedó en silencio. Solo se escuhchaban los jadeos de Ares y los gemidos contenidos de Apolo para desgracia de Hermes.

*-x-*

Él se inclinó hacia delante desde el otro lado del mostrador. En sus gafas sólo vi mi reflejo, pero su sonrisa era dulce y fría, como la de una pitón justo antes de comerte.

*-x-*

-Mmm. Caliente. -Dijo Afrodita relamiéndose.

-Quería comerte a ti. -Intervino Grover mirando a su mejor amigo.

Percy se puso más rojo que las vacas sagradas de Apolo.

*-x-*

—Mira qué preciosidad de muchacho tenemos aquí.

*-x-*

-Le gustas. -Comentó Ethan.

-Es que es muy atractivo. -Intervino Tomy.

-¿No le vas a decir nada a tu novio? -Inquirió Percy mirando a Michael.

-¿Por qué? Si ha dicho la verdad.

*-x-*

—Tenía un acento extraño, británico quizá, pero también como si el inglés no fuera su lengua materna.

*-x-*

-Porque es griego. -Dijo Malcolm.

-ya lo suponía chico listo.

-(Sí claro) -Pensó Atenea.

*-x-*

—Dime, ¿te parezco un centauro?

—N-no.

—Señor —añadió con suavidad.

*-x-*

Percy gruñó acordándose.

*-x-*

—Señor —repetí.

Agarró su tarjeta de identificación con dos dedos y pasó otro bajo las letras.

—¿Sabes leer esto, chaval? Pone C-a-r-o-n-t-e. Repite conmigo: Ca-ron-te.

*-x-*

-¡Es disléxico idiota! -Espetó Thalia.

-¿Idiota quién? ¿Percy o Caronte? -Quiso saber Malcolm.

-Ambos. -respondió la teniente de Artemisa.

-¡Oye! -Se quejó el hijo de Poseidón.

*-x-*

—Caronte.

—¡Impresionante! Ahora di: señor Caronte.

*-x-*

-Lo que me sorprende, es que Prissi no esté siendo impertinente. -Comentó Clarisse.

Muchos estuvieron de acuerdo con ella.

-Puedo ser educado si quiero.

Malcolm rió.

*-x-*

—Señor Caronte.

—Muy bien. —Volvió a sentarse—. Detesto que me confundan con ese viejo jamelgo de Quirón. Y bien, ¿en qué puedo ayudaros, pequeños muertecitos?

*-x-*

-¡Tú si que eres un jamelgo! ¡Recepcionista de pacotilla! ¡Estúpido creído! ¿Te crees importante? ¡Pues deja que te diga algo! ¡No lo eres!

Todos contemplaron a Quirón muy sorprendidos.

-¡Y vosotros qué miráis! -Espetó.

-¿Y no se ha dado cuenta de que están vivos? -Quiso saber Michael.

Hades bufó.

*-x-*

La pregunta me golpeó en el estómago como un puño. Miré a Malcolm, vacilante.

—Queremos ir al inframundo —intervino él.

*-x-*

-¿En serio? Creí que queríais ir al zoo. -Comentó Dioniso.

Atenea le miró mal.

*-x-*

Caronte emitió un silbido de asombro.

—Vaya, niño, eres toda una novedad.

*-x-*

Algunos no pudieron evitar reír.

*-x-*

—¿Sí? —repuso él.

*-x-*

-Creo que está siendo sarcástico. -Intervino Silena.

*-x-*

—Directo y al grano. Nada de gritos. Nada de «tiene que haber un error, señor Caronte». —Se nos quedó mirando—. ¿Y cómo habéis muerto, pues?

*-x-*

-De aburrimiento. -Dijo Hera.

-Tenéis que reconocer, que esa ha sido buena. -Opinó Zeus.

Muchos asintieron.

*-x-*

Le solté un codazo a Grover.

—Bueno… —respondió él—. Esto… ahogados… en la bañera.

*-x-*

-¿Los tres? -Inquirió Hades.

El sátiro se ruborizó.

-Yo diría que nos han asesinado los monstruos. -Comentó Ethan.

*-x-*

—¿Los tres?

Asentimos.

*-x-*

-Menuda bañera. -Se jactó el dios del inframundo.

*-x-*

—Menuda bañera. —Caronte parecía impresionado.

*-x-*

-Dices las mismas frases que Caronte y eso me preocupa. -intervino Perséfone.

Él se ruborizó.

*-x-*

—Supongo que no tendréis monedas para el viaje. Veréis, cuando se trata de adultos puedo cargarlo a una tarjeta de crédito, o añadir el precio del ferry a la factura del cable. Pero los niños… Vaya, es que nunca os morís preparados. Supongo que tendréis que esperar aquí sentados unos cuantos siglos.

*-x-*

-Menos mal que les quedan dracmas. Espera. ¿Os quedaban dracmas verdad? -Interrogó Michael.

Percy asintió.

*-x-*

—No, si tenemos monedas. —Puse tres dracmas de oro en el mostrador, parte de lo encontrado en el despacho de Crusty.

—Bueno, bueno… —Caronte se humedeció los labios—. Dracmas de verdad, de oro auténtico. Hace mucho que no veo una de éstas… —Sus dedos acariciaron codiciosos las monedas.

*-x-*

-Ya estamos. -Se quejó Hades.

*-x-*

Entonces Caronte me miró fijamente y su frialdad pareció atravesarme el pecho.

—A ver —dijo—. No has podido leer mi nombre correctamente. ¿Eres disléxico, chaval?

*-x-*

-Y ahora se da cuenta. -Espetó Perséfone. -La edad le hace un incompetente.

*-x-*

—No —mentí—. Soy un muerto.

*-x-*

-Claro que sí. -Comentó Hades. -Sobre todo un morido.

Atenea estaba ansiosa por replicar.

-(¿Cómo se atrevía a pronunciar mal una palabra?)

*-x-*

Caronte se inclinó hacia delante y olisqueó.

*-x-*

-Ni que fuera un perro. -Se quejó Malcolm.

Blake le miró ofendido.

*-x-*

—No eres ningún muerto. Debería haberme dado cuenta. Eres un diosecillo.

—Tenemos que llegar al inframundo —insistí.

Caronte soltó un profundo rugido.

*-x-*

-Ahora se cree un león o algo así. -Dijo el hijo de Atenea.

Dioniso le fulminó con la mirada.

*-x-*

Todo el mundo en la sala de espera se levantó y empezó a pasearse con nerviosismo, a encender cigarrillos, mesarse el pelo o consultar los relojes.

—Marchaos mientras podáis —nos dijo Caronte—. Me quedaré las monedas y olvidaré que os he visto.

*-x-*

-No creo que lo hagan. -Se lamentó Frederic.

-Me temo que tienes razón. -Suspiró Sally.

*-x-*

—Hizo ademán de guardárselas, pero yo se las arrebaté.

—Sin servicio no hay propina. —Intenté parecer más valiente de lo que me sentía.

*-x-*

-Eso no va a gustarle. -Dijo Hades.

-Júralo. -Musitó Percy.

*-x-*

Caronte volvió a gruñir, esta vez un sonido profundo que helaba la sangre. Los espíritus de los muertos empezaron a aporrear las puertas del ascensor.

—Es una pena —suspiré—. Teníamos más que ofrecer.

*-x-*

-buen plan. -Aprobó Quirón.

*-x-*

Le enseñé la bolsa llena con las cosas de Crusty. Saqué un puñado de dracmas y dejé que las monedas se escurrieran entre mis dedos. El gruñido de Caronte se convirtió en una especie de ronroneo de león.

—¿Crees que puedes comprarme, criatura de los dioses? Oye… sólo por curiosidad, ¿cuánto tienes ahí?

*-x-*

-no se ha notado ni nada que quiere esas monedas. -Ironizó Castor.

-Hombres. -Refunfuñó Artemisa.

*-x-*

—Mucho —contesté—. Apuesto a que Hades no le paga lo suficiente por un trabajo tan duro.

*-x-*

El dios del inframundo le lanzó una mirada asesina al hijo de su hermano.

-Estoy acostumbrado a las miradas furibundas de Nico. -Dijo el semidiós con una sonrisita.

*-x-*

—Uf, si te contara… Pasar el día cuidando de estos espíritus no es nada agradable, te lo aseguro. Siempre están con «por favor, no dejes que muera», o «por favor, déjame cruzar gratis». Estoy harto. Hace tres mil años que no me aumentan el sueldo. ¿Y te parece que los trajes como éste salen baratos?

*-x-*

Hades rió con amargura.

-Estúpido barquero…

*-x-*

—Se merece algo mejor —coincidí—. Un poco de aprecio. Respeto. Buena paga.

A cada palabra, apilaba otra moneda de oro en el mostrador.

Caronte le echó un vistazo a su chaqueta de seda italiana, como si se imaginara vestido con algo mejor.

*-x-*

-Aunque quiera mandarte al inframundo por decir esas cosas, reconozco que es una buena idea decirle ese tipo de cosas a Caronte.

*-x-*

—Debo decir, chaval, que lo que dices tiene algo de sentido. Sólo un poco, ¿eh?

Apilé unas monedas más.

—Yo podría mencionarle a Hades que usted necesita un aumento de sueldo…

*-x-*

-Apuesto a que lo has hacido. -Refunfuñó el dios.

Percy sonrió.

Atenea quería cargarse a su tío.

Poseidón reía ante la cara horrorizada de su sobrina.

*-x-*

Suspiró.

—De acuerdo. El barco está casi lleno, pero intentaré meteros con calzador, ¿vale? —Se puso en pie, recogió las monedas y dijo—: Seguidme.

*-x-*

-Así, entra cualquiera. -Dijo Perséfone.

*-x-*

Se abrió paso entre la multitud de espíritus a la espera, que intentaron colgarse de nosotros mientras susurraban con voces lastimeras.

Caronte los apartaba de su camino murmurando: «Largo de aquí, gorrones.»

Nos escoltó hasta el ascensor, que ya estaba lleno de almas de muerto, cada una con una tarjeta de embarque verde.

Caronte agarró a dos espíritus que intentaban meterse con nosotros y los devolvió a la recepción.

—Vale. Escuchad: que a nadie se le ocurra pasarse de listo en mi ausencia —anunció a la sala de espera—. Y si alguno vuelve a tocar el dial de mi micrófono, me aseguraré de que paséis aquí mil años más. ¿Entendido?

*-x-*

-Ese trabajo debe ser muy aburrido. -Comentó Pólux.

*-x-*

Cerró las puertas. Metió una tarjeta magnética en una ranura del ascensor y empezamos a descender.

—¿Qué les pasa a los espíritus que esperan? —preguntó Malcolm.

—Nada —repuso Caronte.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Para siempre, o hasta que me siento generoso.

*-x-*

Hades rió entre dientes.

*-x-*

—Vaya —dijo Malcolm—. Eso no parece… justo.

Caronte arqueó una ceja.

—¿Quién ha dicho que la muerte sea justa, niño? Espera a que llegue tu turno. Yendo a donde vas, morirás pronto.

*-x-*

-Gracias. -Ironizó el hijo de Atenea sintiendo un escalofrío.

*-x-*

—Saldremos vivos —respondí.

—Ja.

De repente sentí un mareo. No bajábamos, sino que íbamos hacia delante. El aire se tornó neblinoso. Los espíritus que nos rodeaban empezaron a cambiar de forma. Sus prendas modernas se desvanecieron y se convirtieron en hábitos grises con capucha. El suelo del ascensor empezó a bambolearse.

*-x-*

-Suena espantoso. -Se quejó Silena.

Clarisse la miró ceñuda.

*-x-*

Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, el traje de Caronte se había convertido en un largo hábito negro, y tampoco llevaba las gafas de carey. Donde tendría que haber habido ojos sólo había cuencas vacías; como las de Ares pero totalmente oscuras, llenas de noche, muerte y desesperación.

*-x-*

-Siento escalofríos. -Murmuró Bianca.

*-x-*

Advirtió que lo miraba y preguntó:

—¿Qué pasa?

—No, nada —conseguí decir.

Pensé que estaba sonriendo, pero no era eso. La carne de su rostro se estaba volviendo transparente, y podía verle el cráneo.

*-x-*

-Todo un bellezón. -Ironizó Afrodita.

*-x-*

El suelo seguía bamboleándose.

—Me parece que me estoy mareando —dijo Grover.

Cuando volví a cerrar los ojos, el ascensor ya no era un ascensor. Estábamos encima de una barcaza de madera. Caronte empujaba una pértiga a través de un río oscuro y aceitoso en el que flotaban huesos, peces muertos y otras cosas más extrañas: muñecas de plástico, claveles aplastados, diplomas de bordes dorados empapados.

*-x-*

-Tened cuidado no os caigáis. -Comentó Hades con una sonrisa siniestra.

*-x-*

—El río Estige —murmuró Malcolm—. Está tan…

—Contaminado —le ayudó Caronte—. Durante miles de años, vosotros los humanos habéis ido tirando de todo mientras lo cruzabais: esperanzas, sueños, deseos que jamás se hicieron realidad. Gestión de residuos irresponsable, si vamos a eso.

*-x-*

-Joder. Ya hasta contaminan el estige. -Comentó Poseidón.

*-x-*

La niebla se enroscó sobre la mugrienta agua. Por encima de nosotros, casi perdido en la penumbra, había un techo de estalactitas. Más adelante, la otra orilla brillaba con una luz verdosa, del color del veneno.

*-x-*

-Creo que vomitaré. -Intervino Silena.

-Exagerada… -Dijo Thalia.

*-x-*

El pánico se apoderó de mi garganta. ¿Qué estaba haciendo allí? Toda aquella gente alrededor… estaba muerta.

*-x-*

-A buenas horas te lo planteas. -Refunfuñó Sally.

*-x-*

Malcolm me agarró de la mano. En circunstancias normales, me habría dado vergüenza, pero entendía cómo se sentía. Quería asegurarse de que alguien más estaba vivo en el barco.

*-x-*

Afrodita dio un chillido de emoción.

-¡Percalcolm!

-Pero si lo han dejado. -Espetó Atenea.

Entonces, sintió algo moverse por su pierna y casi soltó un grito de horror.

Una araña se paseaba por su pantorrilla como si le perteneciera.

*-x-*

Me descubrí murmurando una oración, aunque no estaba muy seguro de a quién se la rezaba. Allí abajo, sólo un dios importaba, y era el mismo al que había ido a enfrentarme.

*-x-*

Hades seguía sonriendo con malignidad.

*-x-*

La orilla del inframundo apareció ante nuestra vista. Unos cien metros de rocas escarpadas y arena volcánica negra llegaban hasta la base de un elevado muro de piedra, que se extendía a cada lado hasta donde se perdía la vista. Llegó un sonido de alguna parte cercana, en la penumbra verde, y reverberó en las rocas: el gruñido de un animal de gran tamaño.

*-x-*

-Mi cachorrito. -Comentó el dios de los muertos. -Mi inofensivo Cerbero.

-Siii claaaroo. Cachorrito… -Dijo Percy sarcástico.

*-x-*

—El viejo Tres Caras está hambriento —comentó Caronte.

*-x-*

-¡No le llames tres caras! -Gritó Hades. -Es un animal muy sensible y podría deprimirse.

-Estás hablando con un libro. -Dijo Zeus.

-¡Déjame! ¡Este es un país libre y puedo opinar si me apetece!

-Hablar de Cerbero le pone susceptible. -Comentó Perséfone.

-Ya se nota. -Intervino Poseidón.

*-x-*

Su sonrisa se volvió esquelética a la luz verde—. Mala suerte, diosecillos.

La quilla de la barcaza se posó sobre la arena negra. Los muertos empezaron a desembarcar. Una mujer llevaba a una niña pequeña de la mano. Un anciano y una anciana cojeaban agarrados del brazo. Un chico, no mayor que yo, arrastraba los pies en su hábito gris.

*-x-*

-Desolador. -Murmuró Tommy.

Michael le abrazó con fuerza.

*-x-*

—Te desearía suerte, chaval —dijo Caronte—, pero es que ahí abajo no hay ninguna. Pero oye, no te olvides de comentar lo de mi aumento.

*-x-*

Hades resopló con molestia.

*-x-*

Contó nuestras monedas de oro en su bolsa y volvió a agarrar la pértiga. Entonó algo que parecía una canción de Barry Manilow mientras conducía la barcaza vacía de vuelta al otro lado.

Seguimos a los espíritus por el gastado camino.

No estoy muy seguro de qué esperaba encontrar: puertas nacaradas, una reja negra enorme o algo así.

La verdad es que la entrada a aquel mundo subterráneo parecía un cruce entre la seguridad del aeropuerto y la autopista de Nueva Jersey.

Había tres entradas distintas bajo un enorme arco negro en el que se leía: «está entrando en erebo.»

Cada entrada tenía un detector de metales con cámaras de seguridad encima. Detrás había cabinas de aduanas ocupadas por fantasmas vestidos de negro como Caronte.

*-x-*

-Impresionante. -Silvó Chris.

-¿Quieres ir de visita? -Preguntó Hades sonriendo con falsa dulzura.

-No gracias señor.

*-x-*

El rugido del animal hambriento se oía muy alto, pero no vi de dónde procedía. El perro de tres cabezas, Cerbero, que supuestamente guardaba la puerta del Hades, no estaba por ninguna parte.

*-x-*

-Ya lo veréis. -Intervino Perséfone.

*-x-*

Los muertos hacían tres filas, dos señaladas como «EN SERVICIO», y otra en la que ponía: «MUERTE RÁPIDA.» La fila de muerte rápida se movía velozmente. Las otras dos iban como tortugas.

*-x-*

-Por eso se llama muerte rápida. -Comentó Malcolm.

-Es como las cajas de los supermercados. -Comentó Luke. -Algunas son normales, y otras son cajas rápidas.

-Las colas de esas cajas siempre son enormes. -Se quejó Castor.

*-x-*

—¿Qué te parece? —le pregunté a Malcolm.

—La cola rápida debe de ir directamente a los Campos de Asfódelos —dijo—. No quieren arriesgarse al juicio del tribunal, porque podrían salir mal parados.

*-x-*

-Buena suposición. -Aprobó Hades.

*-x-*

—¿Hay un tribunal para los muertos?

—Sí. Tres jueces. Se turnan los puestos. El rey Minos, Thomas Jefferson, Shakespeare; gente de esa clase. A veces estudian una vida y deciden que esa persona merece una recompensa especial: los Campos Elíseos. En otras ocasiones deciden que merecen un castigo. Pero la mayoría… en fin, sencillamente vivieron, son historia. Ya sabes, nada especial, ni bueno ni malo. Así que van a parar a los Campos de Asfódelos.

*-x-*

-Aburriiido. -Se quejó Ethan.

*-x-*

—¿A hacer qué?

—Imagínate estar en un campo de trigo de Kansas para siempre —contestó Grover.

*-x-*

-Qué horror. -Se quejó Charles.

*-x-*

—Qué agobio —respondí.

—Tampoco es para tanto —murmuró Grover—. Mira. —Un par de fantasmas con hábitos negros habían apartado a un espíritu y lo empujaban hacia el mostrador de seguridad. El rostro del difunto me resultaba vagamente familiar—. Es el predicador de la tele, ¿te acuerdas?

—Anda, sí. —Ya me acordaba. Lo había visto en la televisión un par de veces, en el dormitorio de la academia Yancy. Era un telepredicador pelmazo que había recaudado millones de dólares para orfanatos y después lo habían sorprendido gastándose el dinero en cosas como una mansión con grifos de oro y un minigolf de interior. Durante una persecución policial su Lamborghini se había despeñado por un acantilado.

*-x-*

-¡Será hijo de puta…! -Bramó Artemisa muy indignada.

Hestia estaba igual que ella.

Sally y May también.

*-x-*

—Castigo especial de Hades —supuso Grover—. La gente mala, mala de verdad, recibe una atención personal en cuanto llegan. Las Fur… Las Benévolas prepararán una tortura eterna para él.

*-x-*

Artemisa sonrió sádicamente.

Hades la imitó.

*-x-*

Pensar en las Furias me hizo estremecer. De pronto caí en la cuenta de que en aquel momento me hallaba en su territorio. La buena de la señora Dodds estaría relamiéndose de la emoción.

*-x-*

-No lo dudes. -Dijo el dios del inframundo.

*-x-*

—Pero si es predicador y cree en un infierno diferente… —objeté.

Grover se encogió de hombros.

—¿Quién dice que esté viendo este lugar como lo vemos tú y yo? Los humanos ven lo que quieren ver. Sois muy cabezotas… quiero decir, persistentes.

*-x-*

-El sátiro tiene razón. -Intervino Perséfone.

*-x-*

Nos acercamos a las puertas. Los alaridos se oían tan alto que hacían vibrar el suelo bajo mis pies, aunque seguía sin localizar el lugar del que procedían.

Entonces, a unos quince metros delante, la niebla verde resplandeció. Justo donde el camino se separaba en tres había un enorme monstruo envuelto en sombras.

*-x-*

-¡No le llames monstruo! Es un tierno perrito. -Espetó Hades muy enfadado.

Percy pensó, que fuera lo que fuese lo que tendría que hacer en el siguiente capítulo, sería bastante malo o humillante. O puede que ambas cosas.

*-x-*

No lo había visto antes porque era semitransparente, como los muertos. Si estaba quieto se confundía con cualquier cosa que tuviera detrás. Sólo los ojos y los dientes parecían sólidos. Y estaba mirándome.

Casi se me desencajó la mandíbula. Lo único que se me ocurrió decir fue:

—Es un rottweiler.

*-x-*

-¿Habéis vido? Lo que yo decía. Un perro tierno e inofensivo.

-(¡Es visto. No vido!) -Gritó Atenea en su mente.

Estaba a punto del colapso nervioso.

*-x-*

Siempre me había imaginado a Cerbero como un enorme mastín negro. Pero evidentemente era un rottweiler de pura raza, salvo por el pequeño detalle de que también era el doble de grande que un mamut, casi del todo invisible, y tenía tres cabezas.

*-x-*

-Magnífico. -Suspiró Michael.

Blake lloriqueó.

-Tú también eres hermoso. -Intervino Lee.

El golden meneó la cola muy contento.

*-x-*

Los muertos caminaban directamente hacia él: no tenían miedo. Las filas en servicio se apartaban de él cada una a un lado. Los espíritus camino de muerte rápida pasaban justo entre sus patas delanteras y bajo su estómago, cosa que hacían sin necesidad de agacharse.

*-x-*

-Bastante aterrador. -Musitó Tommy.

*-x-*

—Ya lo veo mejor —murmuré—. ¿Por qué pasa eso?

—Creo… —Malcolm se humedeció los labios—. Me temo que es porque nos encontramos más cerca de estar muertos.

*-x-*

-Eso es cierto. -Comentó Hades muy contento.

*-x-*

La cabeza central del perro se alargó hacia nosotros. Olisqueó el aire y gruñó.

—Huele a los vivos —dije.

—Pero no pasa nada —contestó Grover, temblando a mi lado—. Porque tenemos un plan.

—Ya —musitó Malcolm—. Eso, un plan.

*-x-*

-Es verdad, el plan. -Dijo Michael.

-Ese plan. -secundó Chris.

-Un plan maestro, infalible. -Intervino Ethan.

Lee sonrió y siguió leyendo.

*-x-*

Nos acercamos al monstruo. La cabeza del medio nos gruñó y luego ladró con tanta fuerza que me hizo parpadear.

—¿Lo entiendes? —le pregunté a Grover.

—Sí lo entiendo, sí. Vaya si lo entiendo.

—¿Qué dice?

*-x-*

-Preguntas cosas de las que no queremos saber la respuesta. -Se quejó Castor.

-Yo sí quiero saberlo. -Intervino Clarisse.

*-x-*

—No creo que los humanos tengan una palabra que lo exprese exactamente.

Saqué un palo de mi mochila: el poste que había arrancado de la cama de Crusty modelo safari. Lo sostuve en alto, intentando canalizar hacia Cerbero pensamientos perrunos felices: anuncios de exquisiteces para perro, huesos de juguete, piensos apetitosos. Traté de sonreír, como si no estuviera a punto de morir.

*-x-*

Los semidioses no pudieron evitar reír.

*-x-*

—Ey, grandullón —lo llamé—. Seguro que no juegan mucho contigo.

*-x-*

-Eso es verdad. -Se lamentó Hades.

*-x-*

—¡ GRRRRRRRRR!

—Buen perro —contesté débilmente.

Moví el palo. Su cabeza central siguió el movimiento y las otras dos concentraron sus ojos en mí, olvidando a los espíritus. Toda su atención se hallaba puesta en mí. No estaba muy seguro de que fuera algo bueno.

*-x-*

Sally tenía los pelos de punta.

*-x-*

—¡Agárralo! —Lancé el palo a la oscuridad, un buen lanzamiento. Oí el chapoteo en el río Estige.

*-x-*

-Fallaste. -Comentó Charles.

*-x-*

Cerbero me dedicó una mirada furibunda, no demasiado impresionado. Tenía unos ojos temibles y fríos.

Bien por el plan.

*-x-*

-Le has desilusionado. Eso no te lo perdonaré. Ni él tampoco.

Percy tragó saliva.

*-x-*

Cerbero emitió un nuevo tipo de gruñido, más profundo, multiplicado por tres.

—Esto… —musitó Grover—. ¿Percy?

—¿Sí?

—Creo que te interesará saberlo.

—¿El qué?

—Cerbero dice que tenemos diez segundos para rezar al dios de nuestra elección. Después de eso… bueno… el pobre tiene hambre.

*-x-*

-Fantástico. -Murmuró Sally algo pálida.

*-x-*

—¡Esperad! —dijo Malcolm, y empezó a hurgar en su bolsa.

«Oh-oh», pensé.

—Cinco segundos —informó Grover—. ¿Corremos ya?

Malcolm sacó una pelota de goma roja del tamaño de un pomelo. En ella ponía: «waterland, denver, co.»

*-x-*

-¿Qué hacías con eso en la bolsa? -Quiso saber Thalia.

El rubio se encogió de hombros.

Ares seguía con la mano en los pantalones de Apolo, pero la tenía en la parte trasera.

el dios del sol sentía tanto placer, que no podía evitar gemir. Aunque preferiría que esa mano fuera la de otro dios.

-¿Qué tiene de divertida esta apuesta si lo está disfrutando? -Inquirió Hermes.

Poseidón se encogió de hombros.

El dios de los viajeros gruñó.

*-x-*

Antes de que pudiera detenerlo, levantó la pelota y se encaminó directamente hacia Cerbero.

*-x-*

-Ay madre. -Musitó Frederic abrazando más a su hijo contra su pecho.

*-x-*

—¿Ves la pelotita? —le gritó—. ¿Quieres la pelotita, Cerbero? ¡Siéntate!

Cerbero parecía tan impresionado como nosotros.

Inclinó de lado las tres cabezas. Se le dilataron las seis narinas.

—¡Siéntate! —volvió a ordenarle Malcolm.

Estaba convencido de que en cualquier momento se convertiría en la galleta de perro más grande del mundo.

*-x-*

-Gracias por tu fe en mí. -Ironizó.

*-x-*

En cambio, Cerbero se relamió los tres pares de labios, desplazó el peso a los cuartos traseros y se sentó, aplastando al instante una docena de espíritus que pasaban debajo de él en la fila de muerte rápida. Los espíritus emitieron silbidos amortiguados, como una rueda pinchada.

—¡Perrito bueno! —dijo Malcolm, y le tiró la pelota.

Él la cazó al vuelo con las fauces del medio. Apenas era lo bastante grande para mordisquearla siquiera, y las otras dos cabezas empezaron a lanzar mordiscos hacia el centro, intentando hacerse con el nuevo juguete.

*-x-*

Hades no pudo evitar sonreír.

*-x-*

—¡Suéltala! —le ordenó Malcolm.

Las cabezas de Cerbero dejaron de enredar y se quedaron mirándola. Tenía la pelota enganchada entre dos dientes, como un trocito de chicle. Profirió un lamento alto y horripilante y dejó caer la pelota, ahora toda llena de babas y mordida casi por la mitad, a los pies de Malcolm.

*-x-*

-Así parece adorable. -Susurró Tommy.

Michael sonrió.

*-x-*

—Muy bien. —Recogió la bola, haciendo caso omiso de las babas del monstruo. Luego se volvió hacia nosotros y dijo—: Id ahora. La fila de muerte rápida es la más rápida.

—Pero… —dije.

—¡Ahora! —ordenó, con el mismo tono que usaba para el perro.

Grover y yo avanzamos poco a poco y con cautela.

*-x-*

-Perritos buenos. -Felicitó Malcolm.

Percy y Grover gruñeron al unísono.

Thalia se rió a carcajadas.

*-x-*

Cerbero empezó a gruñir.

—¡Quieto! —ordenó Malcolm al monstruo—. ¡Si quieres la pelotita, quieto!

Cerbero gañó, pero permaneció inmóvil.

—¿Qué pasará contigo? —le pregunté a Malcolm cuando cruzamos a su lado.

—Sé lo que estoy haciendo, Percy —murmuró—. Por lo menos, estoy bastante seguro…

Grover y yo pasamos entre las patas del monstruo.

*-x-*

-¡Que no le llames monstruo! -Bramó el dios de los muertos. -Solo es un cachorro que necesita cariños y atención.

*-x-*

«Por favor, Malcolm —recé en silencio—. No le pidas que vuelva a sentarse.»

*-x-*

-No soy estúpido. -Dijo el rubio.

*-x-*

Conseguimos cruzar. Cerbero no daba menos miedo visto por detrás.

—¡Perrito bueno! —le dijo Malcolm.

Agarró la pelota roja machacada, y probablemente llegó a la misma conclusión que yo: si recompensaba a Cerbero, no le quedaría nada para hacer otro jueguecito. Aun así, se la lanzó y la boca izquierda del monstruo la atrapó al vuelo, pero fue atacada al instante por la del medio mientras la derecha gañía en señal de protesta.

Así distraído el monstruo, Malcolm pasó con presteza bajo su vientre y se unió a nosotros en el detector de metales.

—¿Cómo has hecho eso? —le pregunté alucinado.

—Escuela de adiestramiento para perros —respondió sin aliento, y me sorprendió verle hacer un puchero—. Cuando era pequeño, en casa de mi padre teníamos un doberman…

*-x-*

Frederic abrazó más fuerte a su hijo que estaba triste.

Le hizo círculos en la espalda con una de sus manos.

*-x-*

—Eso ahora no importa —interrumpió Grover, tirándome de la camisa—. ¡Vamos!

Nos disponíamos a adelantar la fila a todo gas cuando Cerbero gimió lastimeramente por las tres bocas.

Malcolm se detuvo y se volvió para mirar al perro, que se había girado hacia nosotros. Cerbero jadeaba expectante, con la pelotita roja hecha pedazos en un charco de baba a sus pies.

*-x-*

-Me dan ganas de llorar. -Dijo Tommy.

*-x-*

—Perrito bueno —le dijo Malcolm con voz de pena.

Las cabezas del monstruo se ladearon, como preocupado por él.

—Pronto te traeré otra pelota —le prometió Malcolm—. ¿Te gustaría?

*-x-*

-Y no lo he hecho aún. -Se lamentó.

-Más te vale que vayas a cumplir esa promesa. -Espetó Hades. -Cerbero tiene sentimientos.

Malcolm asintió de acuerdo con él.

*-x-*

El monstruo aulló. No necesité entender su idioma para saber que Cerbero se quedaría esperando la pelota.

*-x-*

-Pobrecito. -Dijo Bianca.

-(Seguro que tu lo abandonarías. Igual que a tu hermano.) -Pensó Percy con rencor.

*-x-*

—Perro bueno. Vendré a verte pronto. Te… te lo prometo. —Malcolm se volvió hacia nosotros—. Vamos.

Grover y yo cruzamos el detector de metales, que de inmediato accionó la alarma y un dispositivo de luces rojas.

«¡Posesiones no autorizadas! ¡Detectada magia!»

Cerbero empezó a ladrar.

Nos lanzamos a través de la puerta de muerte rápida, que disparó aún más alarmas, y corrimos hacia el inframundo.

*-x-*

-Eso no es bueno… O sí… -Intervino Hades sonriendo siniestramente.

*-x-*

Unos minutos después estábamos ocultos, jadeantes, en el tronco podrido de un enorme árbol negro, mientras los fantasmas de seguridad pasaban frente a nosotros y pedían refuerzos a las Furias.

—Bueno, Percy —murmuró Grover—, ¿qué hemos aprendido hoy?

*-x-*

-Que Malcolm es un escelente adiestrador de perros? -Preguntó Luke.

*-x-*

—¿Que los perros de tres cabezas prefieren las pelotas rojas de goma a los palos?

—No —contestó Grover—. Hemos aprendido que tus planes son perros, ¡perros de verdad!

*-x-*

Algunos rieron.

-Niño cabra… -Suspiró Thalia.

*-x-*

Yo no estaba tan seguro. Creía que Malcolm y yo habíamos tenido una buena idea. Incluso en ese mundo subterráneo, todos, incluidos los monstruos, necesitaban un poco de atención de vez en cuando.

*-x-*

Hades suspiró pensando en su querido Cerbero.

*-x-*

Pensé en ello mientras esperaba a que los demonios pasaran. Fingí no darme cuenta de que Malcolm se enjugaba una lágrima de la mejilla mientras escuchaba el lastimero aullido de Cerbero en la distancia, que echaba de menos a su nuevo amigo.

*-x-*

-Me da pena. -Murmuró Silena.

-Ya ha acabado el capítulo. -Comentó Lee.

Poseidón sonrió ampliamente y le hizo señas frenéticas para que se sentara con él.

El hijo de Apolo sonrió y acudió de inmediato.

-Yo leo el siguiente. -Dijo Perséfone.

Y con un chasquido de dedos, tenía el libro en sus manos.

Poseidón abrazó a su chico y le dio un largo e intenso beso en los labios.

Más tarde, Apolo saltó del regazo de Ares y se sentó en su trono.

El dios de los mares suspiró y retiró la araña de la pierna de Atenea.

-¿Y qué tengo que hacer yo? -Preguntó Percy resignado.

-En un rato te lo digo. Cuando me venga la inspiración divina.

Nota: ¿Qué queréis que haga Percy? ¿Es aburrido que en todos los capis alguien tenga que hacer algo mandado por otro dios? ¿Se os hace monótono o pesado? ¿O os gusta?

Muchas gracias por todas vuestras ideas.

¿Queréis que aparezca Cerbero?