Disclaimer: Los libros y los personajes son de Rick Riordan.

Solo Tommy y Blake son míos. Las intervenciones también.

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antes de que Perséfone comenzara a leer, una niebla oscura cubrió toda la sala tensando a casi todos los presentes.

Cuando la niebla se desvaneció, nadie excepto Hades, podía notar que hubiese habido algún cambio en la sala.

Con un movimiento de la mano por parte del dios del inframundo, los presentes pudieron ver un enorme perro de tres cabezas que miraba confuso hacia todos lados.

Hades chasqueó los dedos, y el perro pudo saber lo que sucedía.

Iba a acercarse a Malcolm, pero como era tan grande, temía tirar algún trono o destrozar alguna pared.

Suspiró fingiendo molestia, y se redujo hasta adoptar un tamaño más acorde.

Entonces, se acercó al hijo de Atenea y le lamió la cara con sus tres lenguas.

Luego, Hades hizo aparecer una pelota, y el semidiós jugó durante un rato con Cerbero.

Blake miraba interesado la escena.

No se había movido, porque estaba muy cómodo dejando que Michael le rascara detrás de las orejas.

Cerbero observó esto, y quiso que también le rascaran. Al perro amarillo parecía gustarle.

Ambos animales se acercaron el uno al otro y se olisquearon.

Se sintieron contentos con lo que fuese que buscaban, y volvieron cada uno a su sitio.

Blake al lado de Michael, y Cerbero cerca de Malcolm y Luke.

Ambos le rascaban detrás de las orejas, y por todos los vivos que se había comido, eso era la gloria.

Más tarde, Hades carraspeó y dijo:

-Ya sé cual será tu penitencia.

Percy esperó.

Entonces, con un chasquido de dedos, el dios hizo aparecer varias bandejas con todo tipo de dulces azules.

-No podrás comerlos. Todos tendrán derecho a comérselos menos tú. Incluso los perros.

-¿Qué? ¡No puedes hacer eso!

-Puedo, y lo haré.

-Con razón eres el que se ocupa de las peores torturas. -Gimoteó Percy.

-¿No serán del inframundo verdad? -Interrogó Malcolm.

No era tan tonto como para aceptar comida de allí aunque se encontraran en el Olimpo.

-Claro que no. -Contestó Hades ofendido.

Repartió las galletas a todo el mundo.

-Nadie puede darle ninguna. Al final del capítulo, me pensaré si dejo que comas algún dulce.

Percy miraba las galletas con cara de foquita abandonada.

Poseidón evitaba mirarlo porque esa mirada le encogía el corazón.

Hades se acomodó en su trono dispuesto a escuchar la lectura.

Perséfone carraspeó y comenzó a leer.

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Capítulo 19. Descubrimos la verdad, más o menos.

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-¿Qué quiere decir eso? -Inquirió Atenea.

-Creo que nadie ha echado en falta tus comentarios. -Dijo Apolo.

-¡Cierra la boca cerebro de gas!

Cerbero vostezó aburrido.

Blake le imitó.

Atenea miró a ambos perros muy ofendida.

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Imagínate el concierto más multitudinario que hayas visto jamás, un campo de fútbol lleno con un millón de fans.

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-Agobiante. -Comentó Charles.

-¡Fabuloso! -Rebatió Apolo.

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Ahora imagina un campo un millón de veces más grande, lleno de gente, e imagina que se ha ido la electricidad y no hay ruido, ni luz, ni globos gigantes rebotando sobre el gentío. Algo trágico ha ocurrido tras el escenario. Multitudes susurrantes que sólo pululan en las sombras, esperando un concierto que nunca empezará.

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-Suena realmente espantoso. -Se estremeció Apolo. -Lo de la multitud de gente está bien. Que estén en silencio, fantástico. Así podrían oír mi genialidad y mis haicus. Sin embargo, que haya pasado algo para que el concierto no empiece nunca… Me dan escalofríos solo de pensarlo.

-¿Quieres dejar de decir cosas sin sentido? -se exasperó Hera.

-Para mí tienen sentido. -comentó Dioniso. -Al menos un poco.

-¡Tú cierra el pico borrachuzo!

-Un respeto. Que llevo diez minutos sin beber. Todo un récord personal.

Poseidón intentó aguantarse la risa. Solo lo consiguió durante tres segundos.

Hera se sentó muy recta en su trono.

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Si puedes imaginarte eso, te harás una buena idea del aspecto que tenían los Campos de Asfódelos.

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-No quiero ir allí nunca. -Dijo el dios del sol.

Hades sonrió con malignidad.

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La hierba negra llevaba millones de años siendo pisoteada por pies muertos. Soplaba un viento cálido y pegajoso como el hálito de un pantano. Aquí y allá crecían árboles negros, y Grover me dijo que eran álamos.

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-Tétrico. -Comentó Afrodita.

-¿Y qué quieres? ¿Que haya flores y una cascada que lance pétalos de rosa? -Ironizó Hades.

La diosa miró a su marido.

-¿Puedes construirme una de esas?

Hefesto asintió.

Afrodita muy agradecida, le dio un beso profundo en los labios que hizo gruñir a Ares.

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El techo de la caverna era tan alto que bien habría podido ser un gran nubarrón, pero las estalactitas emitían leves destellos grises y tenían puntas afiladísimas. Intenté no pensar que se nos caerían encima en cualquier momento, aunque había varias de ellas desperdigadas por el suelo, incrustadas en la hierba negra tras derrumbarse.

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Hades sonreía ampliamente produciendo escalofríos a todos los semidioses.

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Supongo que los muertos no tenían que preocuparse por nimiedades como que te despanzurrara una estalactita tamaño misil.

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-Pero tú si deberías preocuparte. -Dijo Bianca.

Percy respiró hondo para no soltar lo que estaba pensando.

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Malcolm, Grover y yo intentamos confundirnos entre la gente, pendientes por si volvían los demonios de seguridad. No pude evitar buscar rostros familiares entre los que deambulaban por allí, pero los muertos son difíciles de mirar. Sus rostros brillan. Todos parecen enfadados o confusos. Se te acercan y te hablan, pero sus voces suenan a un traqueteo, como a chillidos de murciélagos. En cuanto advierten que no puedes entenderlos, fruncen el entrecejo y se apartan.

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-Por eso, los campos de Asfódelos, son aburridos. -Comentó Ethan.

-tal vez tú vayas allí. -Espetó Silena.

-Y tú a los Campos de castigo. -Devolvió él.

-(Ambos fueron a los Elíseos.) -Pensó Malcolm.

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Los muertos no dan miedo. Sólo son tristes.

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-No sé como puedes vivir allí durante medio año. -Refunfuñó Deméter.

-Ya lo hemos hablado mamá.

-Si no fuera por este maldito secuestrador…

-Ya empezamos. Siempre la misma canción. -Suspiró Hades. -Ya han pasado cuatro mil años.

-¡Por mí como si han pasado dos millones!

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Seguimos abriéndonos camino, metidos en la fila de recién llegados que serpenteaba desde las puertas principales hasta un pabellón cubierto de negro con un estandarte que rezaba: «Juicios para el Elíseo y la condenación eterna. ¡Bienvenidos, muertos recientes!»

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-Buen eslogan. -Rió Hermes.

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Por la parte trasera había dos filas más pequeñas.

A la izquierda, espíritus flanqueados por demonios de seguridad marchaban por un camino pedregoso hacia los Campos de Castigo, que brillaban y humeaban en la distancia, un vasto y agrietado erial con ríos de lava, campos de minas y kilómetros de alambradas de espino que separaban las distintas zonas de tortura. Incluso desde tan lejos, veía a la gente perseguida por los perros del infierno, quemada en la hoguera, obligada a correr desnuda a través de campos de cactus o a escuchar ópera.

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-La ópera no es horrible. -Se quejó Apolo. -Hay óperas maravillosas como "La traviata."

-Ahí tengo que darte la razón. -Dijo Afrodita.

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Vislumbré más que vi una pequeña colina, con la figura diminuta de Sísifo dejándose la piel para subir su roca hasta la cumbre.

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-Eso le pasa por haber intentado burlar la muerte. -Espetó Hades.

Thalia recordó aquel día en el que tuvo que hacer rodar aquella misma roca.

El castigo te impulsaba a intentarlo una y otra vez aunque no quisieras hacerlo. Pensando que esa vez, lo conseguirás.

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Y vi torturas peores; cosas que no quiero describir.

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-para algo divertido… -Murmuró Ares. -Va y no lo describe.

-Por eso los Campos de castigo son mi parte favorita del inframundo. -Intervino Hades.

Los semidioses se echaron hacia atrás.

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La fila que llegaba del lado derecho del pabellón de los juicios era mucho mejor. Esta conducía pendiente abajo hacia un pequeño valle rodeado de murallas: una zona residencial que parecía el único lugar feliz del inframundo. Más allá de la puerta de seguridad había vecindarios de casas preciosas de todas las épocas, desde villas romanas a castillos medievales o mansiones victorianas. Flores de plata y oro lucían en los jardines. La hierba ondeaba con los colores del arco iris. Oí risas y olor a barbacoa. El Elíseo.

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-Esa es mi parte favorita. -Se autointerrumpió Perséfone.

-Ahí es donde todos quieren ir, y muy pocos logran merecerlo. -Dijo Hades.

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En medio de aquel valle había un lago azul de aguas brillantes, con tres pequeñas islas como una instalación turística en las Bahamas. Las islas Bienaventuradas, para la gente que había elegido renacer tres veces y tres veces había alcanzado el Elíseo. De inmediato supe que aquél era el lugar al que quería ir cuando muriera.

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-A ver si lo logras. -Comentó Hades.

-Lo intentaré. Aunque preferiría no tener que morir joven.

Luke pensó que él también querría ir allí. Pero siguiendo a quien seguía, dudaba que pudiera hacerlo.

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—De eso se trata —me dijo Malcolm como si me leyera el pensamiento—. Ése es el lugar para los héroes.

Pero entonces pensé que había muy poca gente en el Elíseo, que parecía muy pequeño en comparación con los Campos de Asfódelos o incluso los Campos de Castigo. Qué poca gente hacía el bien en sus vidas. Era deprimente.

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-Eso es cierto. -Concordó Hestia con aflicción.

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Abandonamos el pabellón del juicio y nos adentramos en los Campos de Asfódelos. La oscuridad aumentó. Los colores se desvanecieron de nuestras ropas. La multitud de espíritus parlanchines empezó a menguar.

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-Yo me conformaría con no ir a los Campos de castigo. -Murmuró Silena.

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Tras unos kilómetros caminando, empezamos a oír un chirrido familiar en la distancia. En el horizonte se cernía un reluciente palacio de obsidiana negra. Por encima de las murallas merodeaban tres criaturas parecidas a murciélagos: las Furias. Me dio la impresión de que nos esperaban.

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-Tenlo por sentado. -Comentó el dios de los muertos.

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—Supongo que es un poco tarde para dar media vuelta —comentó Grover, esperanzado.

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-Muy tarde. -Refunfuñó Sally.

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—No va a pasarnos nada. —Intentaba aparentar seguridad.

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-no lo lograste del todo. -Dijo Malcolm.

Percy seguía mirando las galletas azules con deseo.

Michael quiso darle una, pero no quería arriesgarse a que la ira del dios de los muertos cayera sobre él.

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—A lo mejor tendríamos que buscar en otros sitios primero —sugirió Grover—. Como el Elíseo, por ejemplo…

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-Voto por eso. -Dijo Frederic.

Sally asintió de acuerdo.

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—Venga, pedazo de cabra. —Malcolm lo agarró del brazo.

Grover emitió un gritito. Las alas de sus zapatillas se desplegaron y lo lanzaron lejos de Malcolm.

Aterrizó dándose una buena costalada.

—Grover —lo regañó Malcolm—. Basta de hacer el tonto.

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El sátiro miró a Luke con rencor.

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—Pero si yo no…

Otro gritito. Sus zapatos revoloteaban como locos. Levitaron unos centímetros por encima del suelo y empezaron a arrastrarlo.

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Algunos miraron extrañados a Luke.

Al fin y al cabo, él le había dado esas zapatillas al hijo de Poseidón.

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—Maya! —gritó, pero la palabra mágica parecía no surtir efecto.

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-¡Maya! -Gritó Hermes.

Cuando las alas de sus zapatillas se plegaron, se cayó de culo en su trono de manera estrepitosa.

Algunos se echaron a reír como locos.

-¿Y tú de qué te ríes idiota?

-la pregunta de Hermes hirió a Apolo.

-De lo mismo que todos. -Respondió el dios del sol encogiéndose de hombros.

-Gilipollas… -Murmuró.

Una flecha plateada se le clavó en el brazo.

-Que estés cabreado, mejor dicho celoso, no significa que tengas que pagarlo con mi hermano. -Espetó Artemisa.

-Yo no estoy celoso. ¿Por qué iba a estarlo? él no signi…

-Si no lo estás, entonces yo he dejado de ser virgen. Y te diré algo. piensa bien en tus palabras, porque lo que digas puede pasarte factura algún día.

Apolo miraba a Hermes con dolor en sus facciones.

El dios de los viajeros iba a discutir, pero se quedó en silencio.

Unos segundos más tarde, se levantó de su trono y se encaminó al de Apolo.

El dios de la poesía fingió indiferencia cuando Hermes se acercó a él.

-Lo siento. -Susurró el dios mensajero.

-Perdona, pero no te he oído.

Hermes sabía que Apolo se estaba haciendo el difícil.

-He dicho que lo siento. ¿De acuerdo? Lamento haberte insultado y haberte hablado mal. Pero es que no soporto verte en brazos de otro dios que no sea yo.

El arquero siguió mirándole sin expresión.

Hermes gimió para sí. Esto iba a requerir mucha paciencia.

Se acercó hasta que sus narices se rozaban, colocó una de sus manos en la mejilla de Apolo y la otra en el respaldo del trono.

-No he actuado justamente y me siento mal por ello. Ya sabes que soy inmaduro e impulsivo.

-Eres un invécil. -Comentó Apolo después de un rato.

Hermes se pegó aún más al otro dios hasta que sus labios se tocaron.

-Lo sé, joder si lo sé. Soy muy consciente de ello. Pero en serio siento mucho lo que te he dicho. No eres nada mío como para reprocharte algo.

-¿O sea que admites que eres un invécil?

-Sí, pero solo te lo admito a ti.

-Te han escuchado todos. -Comentó Apolo sonriendo.

Hermes le miró muy serio y dijo:

-No importa. Ahora mismo, solo me importas tú.

Y juntó sus labios con los del otro dios en un beso necesitado y lleno de pasión.

Las lenguas danzaban juntas sin intentarse dominar la una a la otra, solo disfrutando de tocarse y saborearse.

El beso acabó unos minutos después de forma tierna.

Hermes se alejó para sentarse en su trono. Pero ambos no dejaban de lanzarse miradas llenas de cariño. Y no precisamente fraternal.

Por otro lado, Lee y Poseidón estaban compartiendo uno de los dulces azules.

la cara del semidiós había quedado enbarrada de chocolate y azúcar glass, y Poseidón se lo limpiaba gustoso con la lengua y los labios.

Minutos más tarde, Perséfone siguió leyendo.

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—Maya! ¡Por favor! ¡Llamad a emergencias! ¡Socorro!

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-¡Maya! -Gritó Hermes.

Esta vez cayó espatarrado al suelo.

-Otra vez no. -Gimoteó el dios muy avergonzado.

Apolo se levantó y ayudó a Hermes a ponerse en pie. Sabía que no era necesario, pero así aprovechaba para darle otro dulce beso en los labios.

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Evité que su brazo me noqueara e intenté agarrarle la mano, pero llegué tarde. Empezaba a cobrar velocidad y descendía por la colina como un trineo.

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Luke se preguntaba qué había hecho con esas zapatillas.

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Corrimos tras él.

—¡Desátate los zapatos! —vociferó Malcolm.

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-Es una buena idea. -Comentó Quirón. -Pero no sé si podrá hacerlo mientras vuela a toda velocidad.

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Era una buena idea, pero supongo que no muy factible cuando tus zapatos tiran de ti a toda velocidad.

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El centauro le sonrió a Percy.

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Grover se revolvió, pero no alcanzaba los cordones.

Lo seguimos, tratando de no perderlo de vista mientras zigzagueaba entre las piernas de los espíritus, que lo miraban molestos. Estaba seguro de que Grover iba a meterse como un torpedo por la puerta del palacio de Hades, pero sus zapatos viraron bruscamente a la derecha y lo arrastraron en la dirección opuesta.

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-Mierda. -Murmuró el dios adivinando la dirección que habían tomado esas dichosas zapatillas.

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La ladera se volvió más empinada. Grover aceleró. Malcolm y yo tuvimos que apretar el paso para no perderlo. Las paredes de la caverna se estrecharon a cada lado, y yo reparé en que habíamos entrado en una especie de túnel. Ya no había hierba ni árboles negros, sólo roca desnuda y la tenue luz de las estalactitas encima.

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-(¿Qué pretendía el hijo de Hermes al darle esas zapatillas a Percy?) -Se preguntaba Hades.

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—¡Grover! —grité, y el eco resonó—. ¡Agárrate a algo!

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-Buena idea. -Dijo Castor muy tenso.

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—¿Qué? —gritó él a su vez.

Se agarraba a la gravilla, pero no había nada lo bastante firme para frenarlo.

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-Vaya suerte. -Gruñó Pólux.

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El túnel se volvió aún más oscuro y frío. Se me erizó el vello de los brazos y percibí una horrible fetidez. Me hizo pensar en cosas que ni siquiera había experimentado nunca: sangre derramada en un antiguo altar de piedra, el aliento repulsivo de un asesino.

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-(¿Y si el servidor de Cronos, porque estaba seguro de que el ladrón del rayo era su "querido padre", es el chico Castellan?) -Se preguntó Hades. (¿Y si de alguna forma retorcida, trucó esas zapatillas para que fueran directas al Tártaro de manera que Percy Jackson cayera en él?) -Meneó la cabeza intentando no pensar en esa posibilidad.

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Entonces vi lo que teníamos delante y me quedé clavado en el sitio.

El túnel se ensanchaba hasta una amplia y oscura caverna, en cuyo centro se abría un abismo del tamaño de un cráter.

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-¿El Tártaro? -preguntó Sally con la voz temblorosa.

Hades asintió.

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Grover patinaba directamente hacia el borde.

—¡Venga, Percy! —chilló Malcolm, tirándome de la muñeca.

—Pero eso es…

—¡Ya lo sé! —gritó. —¡Es el lugar que describiste en tu sueño! Pero Grover va a caer dentro si no lo alcanzamos.

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Los semidioses sabían que el sátiro estaba allí, pero no podían evitar mirarle de vez en cuando, como si fuera a desaparecer de un momento a otro.

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—Tenía razón, por supuesto. La situación de Grover me puso otra vez en movimiento.

Gritaba y manoteaba el suelo, pero las zapatillas aladas seguían arrastrándolo hacia el foso, y no parecía que pudiéramos llegar a tiempo.

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-¿Por qué le diste esas zapatillas a mi hijo? -Preguntó Poseidón. -¿Sabías lo que pasaría?

-N no lo sé señor. En mi tiempo no ha pasado aún. -Contestó Luke.

Pero el semidiós tenía claro que su yo futuro sí sabía lo que pasaría.

-Déjalo en paz. -Intervino Hermes.

-Pero ha…

-No lo ha hecho aún. -Declaró el dios de los viajeros.

Y con esas palabras, zanjó la discusión.

Aunque no pudo evitar que Poseidón le lanzara miradas asesinas a su hijo.

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Lo que lo salvó fueron sus pezuñas.

Las zapatillas voladoras siempre le habían quedado un poco sueltas, y al final Grover le dio una patada a una roca grande y la izquierda salió disparada hacia la oscuridad del abismo. La derecha seguía tirando de él, pero Grover pudo frenarse aferrándose a la roca y utilizándola como anclaje.

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muchos suspiraron aliviados.

Hera iba a decir algo despectivo, pero Poseidón la estaba mirando fijamente retándola a hablar.

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Estaba a tres metros del borde del foso cuando lo alcanzamos y tiramos de él hacia arriba. La otra zapatilla salió sola, nos rodeó enfadada y, a modo de protesta, nos propinó un puntapié en la cabeza antes de volar hacia el abismo para unirse con su gemela.

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-No quería irse sola. Qué pena. -Comentó Lee con sarcasmo.

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Nos derrumbamos todos, exhaustos, sobre la gravilla de obsidiana. Sentía las extremidades como de plomo. Incluso la mochila me pesaba más, como si alguien la hubiese llenado de rocas.

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-No eran rocas precisamente. -Musitó Percy mirando aún como todos comían galletas azules.

-¿Por qué miras con tal intensidad los dulces? -Preguntó Deméter.

-Porque así, puede que aparezca uno mágicamente en mi boca.

Muchos se rieron.

La diosa de la agricultura chasqueó los dedos y delante del semidiós, se materializó un plato de brócoli, repollo y coliflor.

Percy miró esas cosas con horror.

-Debes comértelas. ¿No querrás ofender a una diosa verdad? -Interrogó Hades.

El joven suspiró pero se comió las verduras sin rechistar.

-Deberías aprender de él. -Le espetó Deméter a su yerno.

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Grover tenía unos buenos moratones y le sangraban las manos. Las pupilas se le habían vuelto oblongas, estilo cabra, como cada vez que estaba aterrorizado.

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-No, si quieres estoy calmado y en paz. Como si no hubiese estado a punto de caer al Tártaro. -Ironizó el sátiro.

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—No sé cómo… —jadeó—. Yo no…

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-Fue ese semidiós. -Espetó Poseidón muy enfadado. -Y apuesto a que también fue quien robó el rayo.

Zeus miró a Luke queriendo pulverizarlo.

May abrazó a su hijo en señal de apoyo. Ella era su madre pasara lo que pasase y siempre le querría sin importar lo que hiciera.

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—Espera —dije—. Escucha.

Oí algo: un susurro profundo en la oscuridad.

—Percy, este lugar… —dijo Malcolm al cabo de unos segundos.

—Chist. —Me puse en pie.

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-Esa curiosidad tuya va a matarme. -Gimoteó Poseidón.

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El sonido se volvía más audible, una voz malévola y susurrante que surgía desde abajo, mucho más abajo de donde estábamos nosotros. Provenía del foso.

Grover se incorporó.

—¿Q-qué es ese ruido?

Malcolm también lo oía.

—El Tártaro. Ésta es la entrada al Tártaro.

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Frederic estaba casi verde al igual que Sally.

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Destapé Anaklusmos. La espada de bronce se extendió, emitió una débil luz en la oscuridad y la voz malvada remitió por un momento, antes de retomar su letanía. Ya casi distinguía palabras, palabras muy, muy antiguas, más antiguas que el propio griego. Como si…

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Clarisse por primera vez sintió un escalofrío.

Le lanzó una lata a Grover para ahullentar esa sensación.

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—Magia —dije.

—Tenemos que salir de aquí —repuso Malcolm.

Juntos pusimos a Grover sobre sus pezuñas y volvimos sobre nuestros pasos, hacia la salida del túnel.

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-Esto no es bueno. -Susurró Hades. -Nada bueno.

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Las piernas no me respondían lo bastante rápido. La mochila me pesaba. A nuestras espaldas, la voz sonó más fuerte y enfadada, y echamos a correr. Y no nos sobró tiempo.

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Luke miraba horrorizado a Percy.

-(¿En qué Furias estaba pensando?) -Se preguntó.

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Un viento frío tiraba de nuestras espaldas, como si el foso estuviera absorbiéndolo todo. Por un momento terrorífico perdí el equilibrio y los pies me resbalaron por la gravilla. Si hubiésemos estado más cerca del borde, nos habría tragado.

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Sally palideció aún más.

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Seguimos avanzando con gran esfuerzo, y por fin llegamos al final del túnel, donde la caverna volvía a ensancharse en los Campos de Asfódelos.

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-Por muy poco. -Dijo Poseidón.

Atenea miraba consternada a su hijo.

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El viento cesó. Un aullido iracundo retumbó desde el fondo del túnel. Alguien no estaba muy contento de que hubiésemos escapado.

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-Pues yo me alegro de que lo hayáis hecho. -Dijo Frederic abrazando con fuerza a su hijo.

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—¿Qué era eso? —musitó Grover, cuando nos derrumbamos en la relativa seguridad de una alameda —. ¿Una de las mascotas de Hades?

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-¡Por las torturas más horribles de los Campos de castigo! ¡Claro que no! -El dios del inframundo estaba muy alterado.

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Malcolm y yo nos miramos. Estaba claro que tenía alguna idea, probablemente la misma que se lehabía ocurrido en el taxi que nos había traído a Los Ángeles, pero le daba demasiado miedo para compartirla. Eso bastó para asustarme aún más.

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Malcolm se refugió aún más entre los cálidos brazos de su padre.

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Cerré la espada y me guardé el bolígrafo.

—Sigamos. —Miré a Grover—. ¿Puedes caminar?

Tragó saliva.

—Sí, sí, claro —suspiró—. Bah, nunca me gustaron esas zapatillas.

Intentaba mostrarse valiente, pero temblaba tanto como nosotros. Fuera lo que fuese lo que había en aquel foso, no era la mascota de nadie.

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-Es obvio que no. -Dijo Atenea.

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Era inenarrablemente arcaico y poderoso. Ni siquiera Equidna me había dado aquella sensación. Casi me alivió darle la espalda al túnel y encaminarme hacia el palacio de Hades. Casi.

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-El palacio es mucho más preferible que el Tártaro. -Comentó Grover.

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Envueltas en sombras, las Furias sobrevolaban en círculo las almenas. Las murallas externas de la fortaleza relucían negras, y las puertas de bronce de dos pisos de altura estaban abiertas de par en par.

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-Tienes que añadirle algo de color. -Intervino Afrodita.

-Tonterías. -Rebatió el dios de los muertos.

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Cuando estuve más cerca, aprecié que los grabados de dichas puertas reproducían escenas de muerte.

Algunas eran de tiempos modernos —una bomba atómica explotando encima de una ciudad, una trinchera llena de soldados con máscaras antigás.

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Ares sonrió ante esas escenas.

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Una fila de víctimas de hambrunas africanas, esperando con cuencos vacíos en la mano—, pero todas parecían labradas en bronce hacía miles de años.

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Hestia puso una mueca de dolor y tristeza.

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Me pregunté si eran profecías hechas realidad.

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-por desgracia, sí. -Musitó Apolo.

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En el patio había el jardín más extraño que he visto en mi vida. Setas multicolores, arbustos venenosos y raras plantas luminosas que crecían sin luz. En lugar de flores había piedras preciosas, pilas de rubíes grandes como mi puño, macizos de diamantes en bruto. Aquí y allí, como invitados a una fiesta, estaban las estatuas de jardín de Medusa: niños, sátiros y centauros petrificados, todos esbozando sonrisas grotescas.

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Perséfone se estremeció un poco.

Grover gruñó interiormente acordándose de su tío.

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En el centro del jardín había un huerto de granados, cuyas flores naranja neón brillaban en la oscuridad.

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Percy recordó a Nico. El chico tenía semillas de esas cuando fue encerrado en aquel jarrón.

Se preguntó cómo estarían los tripulantes del Argo II.

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—Éste es el jardín de Perséfone —explicó Malcolm—. Seguid andando.

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-Muy inteligente. -Bufó Clarisse.

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Entendí por qué quería avanzar. El aroma ácido de aquellas granadas era casi embriagador. Sentí un deseo repentino de comérmelas, pero recordé la historia de Perséfone: un bocado de la comida del inframundo y jamás podríamos marcharnos. Tiré de Grover para evitar que agarrara la más grande.

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-Me sorprende tu capacidad de pensar. -Dijo Atenea. -Viendo el padre que tienes…

-¿No puedes estarte calladita? A nadie le interesa lo que tengas que decir. -Espetó Poseidón.

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Subimos por la escalinata de palacio, entre columnas negras y a través de un pórtico de mármol negro, hasta la casa de Hades. El zaguán tenía el suelo de bronce pulido, que parecía hervir a la luz reflejada de las antorchas. No había techo, sólo el de la caverna, muy por encima. Supongo que allí abajo no les preocupaba la lluvia.

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Algunos soltaron risitas.

-Sesos de alga… -Suspiró Thalia.

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Cada puerta estaba guardada por un esqueleto con indumentaria militar. Algunos llevaban armaduras griegas; otros, casacas rojas británicas; otros, camuflaje de marines. Cargaban lanzas, mosquetones o M —16. Ninguno nos molestó, pero sus cuencas vacías nos siguieron mientras recorrimos el zaguán hasta las enormes puertas que había en el otro extremo.

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-Menuda guardia tan fantástica. -Comentó Chris.

-Este chico me cae bien. -Dijo Hades.

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Dos esqueletos con uniforme de marine custodiaban las puertas. Nos sonrieron. Tenían lanzagranadas automáticos cruzados sobre el pecho.

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-Yo quiero uno. -Intervino Clarisse.

Todos la miraron horrorizados.

A saber que sería capaz de hacer con uno de esos.

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—¿Sabéis? —murmuró Grover—, apuesto lo que sea a que Hades no tiene problemas con los vendedores puerta a puerta.

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-Eso es cierto. -Dijo el dios.

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La mochila me pesaba una tonelada. No se me ocurría por qué. Quería abrirla, comprobar si había recogido por casualidad alguna bala de cañón por ahí, pero no era el momento.

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-Estúpido Ares… -Susurró el hijo de Poseidón.

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—Bueno, chicos —dije—. Creo que tendríamos que… llamar.

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-Qué educado. -Comentó Hades con sorna.

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Un viento cálido recorrió el pasillo y las puertas se abrieron de par en par. Los guardias se hicieron a un lado.

—Supongo que eso significa entrez-vous —comentó Malcolm.

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-Francés, el idioma de la sexualidad… -Suspiró Afrodita.

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La sala era igual que en mi sueño, salvo que en esta ocasión el trono de Hades estaba ocupado. Era el tercer dios que conocía, pero el primero que me pareció realmente divino.

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El mencionado sonrió con arrogancia.

-Soy divino. -Dijo.

-Ya está en modo diva. -Se quejó Zeus.

-Y te molesta, porque la verdadera diva aquí eres tú. ¿No es así? -Preguntó Poseidón.

-Sí. Quiero decir… ¡No! ¡Yo no soy ninguna diva!

Hermes reía sin poder parar.

-Tal vez no seas una diva, pero eres una reina del drama. -Comentó Hades.

Zeus fulminó a todos con la mirada.

*-x-*

Para empezar, medía por lo menos tres metros de altura, e iba vestido con una túnica de seda negra y una corona de oro trenzado. Tenía la piel de un blanco albino, el pelo por los hombros y negro azabache. No estaba musculoso como Ares, pero irradiaba poder. Estaba repantigado en su trono de huesos humanos soldados, con aspecto vivaz y alerta. Tan peligroso como una pantera.

*-x-*

-muy sexi. -Comentó Ethan sin pensar.

Al darse cuenta de lo que había dicho, se tapó la boca y abrió mucho el ojo.

-Tranquilo chaval. No me molesta que digan que soy sexi. No me lo dicen mucho, cosa que no entiendo, pero tú, puedes decirme todo lo que quieras.

Perséfone miraba divertida al semidiós.

Un rato más tarde, el hijo de Némesis se recompuso pero decidió mirar hacia otro lado.

*-x-*

Inmediatamente tuve la certeza de que él debía dar las órdenes: sabía más que yo y por tanto debía ser mi amo.

*-x-*

-¿Te va ese tipo de cosas? -Preguntó Afrodita.

-¿A qué se refiere? -Quiso saber Percy.

-Lo de amo/sumiso.

El semidiós se ruborizó y vio como Hades se relamía con lascivia.

*-x-*

Y a continuación me dije que cortase el rollo. El aura hechizante de Hades me estaba afectando, como lo había hecho la de Ares.

*-x-*

El dios del inframundo rió encantado.

*-x-*

El Señor de los Muertos se parecía a las imágenes que había visto de Adolph Hitler, Napoleón o los líderes terroristas que teledirigen a los hombres bomba. Hades tenía los mismos ojos intensos, la misma clase de carisma malvado e hipnotizador.

*-x-*

-Siempre me comparan con el malo de la película. -Se quejó.

-Es que lo eres. -Comentó Deméter. -Vas por ahí secuestrando gente…

-¡Solo fue una vez! ¿Qué pasa, que si matara a un perro me llamaríais mata perros?

Blake le miró espantado.

Cerbero gimoteó.

-No quise decir que fuera a mataros.

Blake se escondió detrás del trono de Apolo.

*-x-*

—Eres valiente para venir aquí, hijo de Poseidón —articuló con voz empalagosa—. Después de lo que me has hecho, muy valiente, a decir verdad. O puede que seas sólo muy insensato.

*-x-*

-¿Qué te ha hecho? -Inquirió Poseidón con voz amenazante.

-No lo sé. Aún no ha pasado.

-Eso de insensato, es muy cierto. -Dijo Hermes.

Percy rió.

-Me conoces bien.

*-x-*

El entumecimiento se apoderó de mis articulaciones, tentándome a tumbarme en el suelo y echarme una siestecita a los pies de Hades. Acurrucarme allí y dormir para siempre.

*-x-*

Poseidón respiró hondo varias veces para no cometer diosicidio.

Era muy susceptible con respecto a sus hijos.

*-x-*

Luché contra la sensación y avancé. Sabía qué tenía que decir.

—Señor y tío, vengo a haceros dos peticiones.

*-x-*

-Sí, Prissi puede ser educado si quiere.

-Ya te lo dije Clarisse.

*-x-*

Hades levantó una ceja. Cuando se inclinó hacia delante, en los pliegues de su túnica aparecieron rostros en sombra, rostros atormentados, como si la prenda estuviera hecha de almas atrapadas en los Campos de Castigo que intentaran escapar.

*-x-*

-Esas son las peores almas. -Dijo el dios del inframundo.

-No desearía estar ahí. -Se estremeció Charles.

*-x-*

La parte de mí afectada por el THDA se preguntó, distraída, si el resto de su ropa estaría hecho del mismo modo.

*-x-*

Hades sonrió misteriosamente.

-¿Quién sabe? -Preguntó.

-Perséfone lo sabrá. -Contestó Afrodita.

*-x-*

¿Qué cosas horribles había que hacer en la vida para acabar convertido en ropa interior de Hades?

*-x-*

En ese momento, varias personas estaban comiendo dulces, y a causa de la risa, les salieron por la nariz.

-Apuesto a que Ethan, querría formar parte de la ropa interior del señor del inframundo. -Comentó Chris.

-Más bien, desearía verle totalmente desnudo todito para él. -Soltó Michael.

El hijo de Némesis no sabía donde meterse.

Hades se levantó y se acercó a Percy.

-¿Quieres comprobar si mis calzones están hechos de almas?

-No gracias. Esa exploración se la dejo a Ethan.

El dios ignoró al joven y se quitó la túnica que llevaba muy despacio.

El semidiós pensó que estaba bastante bien formadito y tuvo ganas de lamer ese torso.

A Ethan se le caía la baba.

-¿No vas a hacer nada? -Inquirió Hera.

Perséfone la miró.

-¡Se está quitando la ropa delante de otras personas!

La hija de Deméter le quitó importancia con un gesto de la mano.

Con un chasquido de dedos, el dios del inframundo hizo desaparecer sus pantalones.

-Y dime perseus Jackson. ¿Hay almas en mi ropa interior?

Hades estaba tan cerca, que su miembro casi estaba en la cara del semidiós.

-N no señor.

-Buen chico. -Dijo. Y le acarició la cabeza como si se tratara de un perro desobediente.

Ethan estaba muy excitado. Sentía envidia de Percy en ese momento.

El dios, aún en ropa interior, se sentó en su trono y le hizo señas a Ethan para que se acercara.

El chico obedeció, y pronto estuvo sobre el regazo de Hades.

El mayor hizo una serie de movimientos con las manos, y quedaron cubiertos por una barrera oscura que no permitía a nadie escuchar ni ver lo que sucedía al otro lado.

Luego le pediría a Apolo que le mostrara la parte del capítulo que se perdería.

En ese momento, quería disfrutar de ese semidiós con total libertad.

Ethan sabía por la mirada de Hades, que llegarían hasta el final y él no sería el que se quejara.

El dios comenzó a besarlo con brusquedad y deseo, tocando todo lo que podía.

Más tarde, con un gruñido, hizo desaparecer la ropa del chico dejándolo solo con unos boxers negros y rojos. Los de Hades eran totalmente negros con calaveras.

*Al otro lado de la barrera.*

-¿vas a permitir que haga aquello? -Interrogó Hera incrédula.

-No me importa.

Y después de decir aquello, siguió leyendo.

*-x-*

—¿Sólo dos peticiones? —preguntó Hades—. Niño arrogante. Como si no te hubieras llevado ya suficiente. Habla, entonces. Me divierte no matarte aún.

*-x-*

Poseidón frunció el ceño en dirección a la barrera.

Su hermanito no se libraría de un bañito oceánico.

*-x-*

Tragué saliva. Aquello iba tan mal como me había temido.

Miré el trono vacío, más pequeño que el que había junto al de Hades. Tenía forma de flor negra ribeteada en oro. Deseé que la reina Perséfone estuviese allí. Recordaba que en los mitos sabía cómo calmar a su marido.

*-x-*

La mencionada sonrió con suficiencia.

*-x-*

Pero era verano.

Claro, Perséfone estaría arriba, en el mundo de la luz con su madre, la diosa de la agricultura, Deméter.

*-x-*

-Y ahí es donde deberías estar siempre. Conmigo.

Perséfone suspiró.

*-x-*

Sus visitas, no la traslación del planeta, provocan las estaciones.

Malcolm se aclaró la garganta y me hincó un dedo en la espalda.

—Señor Hades —dije—. Veréis, señor, no puede haber una guerra entre los dioses. Sería… chungo.

*-x-*

-No me digas. -Resopló Atenea.

-Estás acabando con mi paciencia. -Gruñó Poseidón.

*-x-*

—Muy chungo —añadió Grover para echarme una mano.

*-x-*

-La guerra es divertida. -Intervino Ares.

-Tú estás loco, así que tu opinión no cuenta. -Dijo Artemisa.

-Aguafiestas…

*-x-*

—Devolvedme el rayo maestro de Zeus —dije—. Por favor, señor. Dejadme llevarlo al Olimpo.

*-x-*

-Eso no va a gustarle. -Canturreó Apolo.

-Apuesto a que ahora te estaría mandando una de sus miradas asesinas. -Aportó Hermes.

*-x-*

Los ojos de Hades adquirieron un brillo peligroso.

—¿Osas venirme con esas pretensiones, después de lo que has hecho?

*-x-*

-¿De qué habla? -Quiso saber Atenea.

-¡Por amor a mí! ¡no lo sabemos! -Exclamó Zeus exasperado.

*-x-*

Miré a mis amigos, tan confusos como yo.

—Esto… tío —dije—. No paráis de decir «después de lo que has hecho». ¿Qué he hecho exactamente?

*-x-*

-Por fin una pregunta de la que sí queremos saber la respuesta. -Comentó Chris.

*-x-*

El salón del trono se sacudió con un temblor tan fuerte que probablemente lo notaron en Los Angeles.

*-x-*

-Se está cabreando. -Canturreó Dioniso.

-¿En serio? No lo habíamos notado.

-Cállate Hera. Me está dando migraña. -Protestó Zeus.

-No eres el único. -Murmuró Thalia.

*-x-*

Cayeron escombros del techo de la caverna. Las puertas se abrieron de golpe en todos los muros, y los guerreros esqueléticos entraron, docenas de ellos, de todas las épocas y naciones de la civilización occidental. Formaron en el perímetro de la sala, bloqueando las salidas.

*-x-*

-Esto no pinta bien. -Se lamentó Sally.

*-x-*

—¿Crees que quiero la guerra, diosecillo? —espetó Hades.

Quería contestarle «bueno, estos tipos tampoco parecen activistas por la paz», pero la consideré una respuesta peligrosa.

*-x-*

-¡Pero si está siendo sensato por una vez! -Se sorprendió Thalia.

*-x-*

—Sois el Señor de los Muertos —dije con cautela—. Una guerra expandiría vuestro reino, ¿no?

*-x-*

-Eso le cabreará aún más. -Rió Zeus.

-Es lo que solemos decirle siempre. -Secundó Poseidón.

*-x-*

—¡La típica frasecita de mis hermanos! ¿Crees que necesito más súbditos? Pero ¿es que no has visto la extensión de los Campos de Asfódelos?

—Bueno…

—¿Tienes idea de cuánto ha crecido mi reino sólo en este último siglo? ¿Cuántas subdivisiones he tenido que abrir?

Abrí la boca para responder, pero Hades ya se había lanzado.

*-x-*

-Ahora no se callará. -Protestó Deméter. -Y empezará a hablar de sus problemas.

*-x-*

—Más demonios de seguridad —se lamentó—. Problemas de tráfico en el pabellón del juicio. Jornada doble para todo el personal… Antes era un dios rico, Percy Jackson. Controlo todos los metales preciosos bajo tierra. Pero ¡y los gastos!

*-x-*

-En eso tiene razón. -Comentó Hestia.

*-x-*

—Caronte quiere que le subáis el sueldo —aproveché para decirle, porque me acordé en ese instante.

*-x-*

-Eso va a hacer que se enfurezca aún más. -Dijo Hermes.

-Tienes suerte de que esté haciendo a saber qué cosas ahí dentro. Porque si no… -Apostilló Ares.

*-x-*

Pero al punto deseé haber tenido la boca cosida.

—¡No me hagas hablar de Caronte! —bramó Hades—. ¡Está imposible desde que descubrió los trajes italianos! Problemas en todas partes, y tengo que ocuparme de todos personalmente. ¡Sólo el tiempo que tardo en llegar desde palacio hasta las puertas me vuelve loco! Y los muertos no paran de llegar. No, diosecillo. ¡No necesito ayuda para conseguir súbditos! Yo no he pedido esta guerra.

*-x-*

-Creo que si ese fuera mi reino, haría mucho tiempo que me habría estresado. -Se quejó Poseidón. -Con lo poco que me gusta la responsabilidad…

Atenea le miró de forma burlona.

Lee quería lanzar una de sus flechas a la diosa, pero no quería que se repitiera la escena d las lechuzas.

*-x-*

—Pero os habéis llevado el rayo maestro de Zeus.

*-x-*

-Se está enfadando. -Canturreó Hermes.

-Eres idiota. -Se burló Atenea.

-¡Cállate ya! ¡O te juro que te llenaré el trono de arañas metálicas! -Chilló Hefesto.

*-x-*

—¡Mentiras! —Más temblores. Hades se levantó del trono y alcanzó una enorme estatura—. Tu padre puede que engañe a Zeus, chico, pero yo no soy tan tonto. Veo su plan.

*-x-*

-¡Oye! -Se quejó Poseidón.

*-x-*

—¿Su plan?

—Tú robaste el rayo durante el solsticio de invierno —dijo—. Tu padre pensó que podría mantenerte en secreto. Te condujo hasta la sala del trono en el Olimpo y te llevaste el rayo maestro y mi casco. De no haber enviado a mi furia a descubrirte a la academia Yancy, Poseidón habría logrado ocultar su plan para empezar una guerra. Pero ahora te has visto obligado a salir a la luz. ¡Tú confesarás ser el ladrón del rayo, y yo recuperaré mi yelmo!

*-x-*

Al dios del mar eso le pareció tan absurdo, que se echó a reír. Incluso se le saltaban las lágrimas.

*-x-*

—Pero… —terció Malcolm, desconcertado—. Señor Hades, ¿vuestro yelmo de oscuridad también ha desaparecido?

*-x-*

-Eso le ha tocado la fibra sensible. -Rió Zeus.

-Habló… -Apostilló Poseidón.

El rey de los cielos abrazó su rayo con fuerza.

*-x-*

—No te hagas el inocente, niño. Tú y el sátiro habéis estado ayudando a este héroe, habéis venido aquí para amenazarme en nombre de Poseidón, sin duda habéis venido a traerme un ultimátum. ¿Cree Poseidón que puede chantajearme para que lo apoye?

*-x-*

-Esto se está poniendo interesante. -Intervino Ares.

-Para nada. -Protestó Sally.

*-x-*

—¡No! —repliqué—. ¡Poseidón no ha… no ha…!

*-x-*

Percy y su padre se sonrieron.

*-x-*

—No he dicho nada de la desaparición del yelmo —gruñó Hades—, porque no albergaba ilusiones de que nadie en el Olimpo me ofreciera la menor justicia ni la menor ayuda. No puedo permitirme que se sepa que mi arma más poderosa y temida ha desaparecido. Así que te busqué, y cuando quedó claro que venías a mí para amenazarme, no te detuve.

*-x-*

Los dioses se miraron entre ellos avergonzados.

Hestia les lanzaba miradas de reproche por dar de lado a un miembro de la familia.

*-x-*

—¿No nos detuvisteis? Pero…

—Devuélveme mi casco ahora, o abriré la tierra y devolveré los muertos al mundo —amenazó Hades —. Convertiré vuestras tierras en una pesadilla. Y tú, Percy Jackson, tu esqueleto conducirá mi ejército fuera del Hades.

*-x-*

-Escalofriante. -Dijo Chris.

-Te bañaré con el Antártico. -Espetó Poseidón señalando la barrera con el dedo muy enfadado.

*-x-*

Los soldados esqueléticos dieron un paso al frente y prepararon sus armas.

En ese momento supongo que debería haber estado aterrorizado. Lo raro fue que me ofendió.

*-x-*

-Percy ofendido no es nada agradable. -Comentó Malcolm.

-Tú si que me conoces bien chico listo.

*-x-*

Nada me cabrea más que me acusen de algo que no he hecho. Tengo mucha experiencia en eso.

*-x-*

-A mí tampoco me gusta que me acusen de algo que yo no he hecho. -Comentó Poseidón.

-Creo que a nadie le gusta eso. -Dijo Quirón.

*-x-*

—Sois tan chungo como Zeus —le dije—. ¿Creéis que os he robado? ¿Por eso enviasteis a las Furias por mí?

—Por supuesto.

—¿Y los demás monstruos?

Hades torció el gesto.

—De eso no sé nada. No quería que tuvieras una muerte rápida: quería que te trajeran vivo ante mí para que sufrieras todas las torturas de los Campos de Castigo. ¿Por qué crees que te he permitido entrar en mi reino con tanta facilidad?

*-x-*

El dios del mar escondió la cara en el cuello de Lee para aspirar su aroma. Eso le calmaba. Tenía ganas de cortarle sus partes a Hades y lanzárselas a los tiburones.

-(Aunque tal vez de allí, nazca otro dios o diosa. Al igual que pasó con los genitales de Urano.) -Reflexionó Poseidón.

*-x-*

—¿Tanta facilidad?

—¡Devuélveme mi yelmo!

—Pero yo no lo tengo. He venido por el rayo maestro.

—¡Pero si ya lo tienes! —gritó Hades—. ¡Has venido aquí con él, pequeño insensato, pensando que podrías amenazarme!

*-x-*

-¿Cómo es eso de que tienes a Astrapí? -Preguntó Zeus con voz calmada.

-Espera a que se aclaren las cosas antes de sacar conclusiones precipitadas. -Dijo Hestia.

El rey de los dioses se enfurruñó pero le hizo caso a su hermana.

*-x-*

—¡No lo tengo!

—Abre la bolsa que llevas.

Me sacudió un presentimiento horrible. Mi mochila pesaba como una bala de cañón… No podía ser.

Me descolgué la mochila y abrí la cremallera. Dentro había un cilindro de metal de medio metro, con pinchos a ambos lados, que zumbaba por la energía que contenía.

*-x-*

-¡Ese es mi bebé! Quiero decir… ¡Ese es mi rayo maestro!

-¡Zeus siéntate! -Gritó Hestia.

El dios obedeció.

*-x-*

—Percy —dijo Malcolm—, ¿cómo…?

*-x-*

-Un momento, un momento… -Pidió el dios del mar. -¿Esa no es la mochila que Ares le dio? ¿Y no le había parecido raro que después de salir del casino, volviera a tener la mochila cuando la había tirado?

Todos miraron a Ares.

-("Ten cuidado con los regalos.") -Recordó Lee.

-Pero si sabe pensar con lógica. -Se sorprendió Atenea.

-Para ser la diosa de la sabiduría, nunca sabes cuando callarte. -Espetó el padre de Percy.

*-x-*

—N-no lo sé. No lo entiendo.

—Todos los héroes sois iguales —apostilló Hades—. Vuestro orgullo os vuelve necios… Mira que creer que podías traer semejante arma ante mí. No he pedido el rayo maestro de Zeus, pero, dado que está aquí, me lo entregarás. Estoy seguro de que se convertirá en una excelente herramienta de negociación. Y ahora… mi yelmo. ¿Dónde está?

*-x-*

-Como se lo des, juro por el río Estigio que te mataré tres veces. -Dijo Zeus.

Un trueno retumbó haciendo temblar el salón de los tronos.

Poseidón amenazó a su hermano con el tridente.

*-x-*

Me había quedado sin habla. No tenía ningún yelmo. No tenía idea de cómo había acabado el rayo maestro en mi mochila. De alguna forma, Hades me la estaba jugando. El era el malo.

*-x-*

-Los prejuicios no son buenos. -Intervino Sally.

Percy tuvo que darle la razón a su madre.

*-x-*

Pero de repente el mundo se había puesto patas arriba. Reparé en que estaban jugando conmigo. Zeus, Poseidón y Hades se enfrentaban entre sí, pero azuzados por alguien más. El rayo maestro estaba en la mochila, y la mochila me la había dado…

*-x-*

Los dioses y semidioses miraban a Ares, el cual se estaba limpiando las uñas con un enorme cuchillo sin prestarles atención.

*-x-*

—Señor Hades, esperad —dije—. Todo esto es un error.

—¿Un error? —rugió.

Los esqueletos apuntaron sus armas. Desde lo alto se oyó un aleteo, y las tres Furias descendieron para posarse sobre el respaldo del trono de su amo. La que tenía cara de la señora Dodds me sonrió, ansiosa, e hizo restallar su látigo.

*-x-*

-La tienes loquita. -Rió Chris.

-No sabes cuanto. -Suspiró Percy.

*-x-*

—No se trata de ningún error —prosiguió Hades—. Sé por qué has venido; conozco el verdadero motivo por el que has traído el rayo. Has venido a cambiarlo por ella.

De la mano de Hades surgió una bola de fuego. Explotó en los escalones frente a mí, y allí estaba mi madre, congelada en un resplandor dorado, como en el momento en que el Minotauro empezó a asfixiarla.

*-x-*

-Eso es jugar sucio. -Se indignó Thalia.

-¿Y a ellos qué les importa? -Preguntó Luke con amargura. -A los dioses solo les importa una cosa, ellos mismos.

Las divinidades iban a replicar, pero aunque les molestara, sabían que el hijo de Hermes tenía razón.

Ellos se preocupaban por sus hijos, pero a veces no era suficiente.

*-x-*

No podía hablar. Me acerqué para tocarla, pero la luz estaba tan caliente como una hoguera.

—Sí —dijo Hades con satisfacción—. Yo me la llevé. Sabía, Percy Jackson, que al final vendrías a negociar conmigo. Devuélveme mi casco y puede que la deje marchar. Ya sabes que no está muerta. Aún no. Pero si no me complaces, eso puede cambiar.

*-x-*

Poseidón apretó los puños al igual que su hijo.

Ambos miraban la barrera como si quisieran pulverizarla con el pensamiento.

*-x-*

Pensé en las perlas en mi bolsillo. A lo mejor podrían sacarme de ésta. Si pudiera liberar a mi madre…

—Ah, las perlas —prosiguió Hades, y se me heló la sangre—. Sí, mi hermano y sus truquitos. Tráemelas, Percy Jackson.

*-x-*

-¡No se las des! -Chilló Charles.

-Estás hablando con un libro.

-Cierra la boca Beauregard. -Espetó el hijo de Hefesto.

*-x-*

Mi mano se movió en contra de mi voluntad y sacó las perlas.

—Sólo tres —comentó Hades—. Qué pena. ¿Te das cuenta de que cada perla sólo protege a una persona? Intenta llevarte a tu madre, pues, diosecillo. ¿A cuál de tus amigos dejarás atrás para pasar la eternidad conmigo? Venga, elige. O dame la mochila y acepta mis condiciones.

*-x-*

-Su defecto fatídico le impedirá dejar a alguno atrás. -Murmuró Poseidón con un nudo en la garganta.

*-x-*

Miré a Malcolm y Grover. Sus rostros estaban sombríos.

—Nos han engañado —les dije—. Nos han tendido una trampa.

—Sí, pero ¿por qué? —preguntó Malcolm—. Y la voz del foso…

—Aún no lo sé —contesté—. Pero tengo intención de preguntarlo.

—¡Decídete, chico! —me apremió Hades.

—Percy —Grover me puso una mano en el hombro—, no puedes darle el rayo.

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-Hazle caso al sátiro. -Dijo Zeus.

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—Eso ya lo sé.

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-Me alegro de que lo sepas. -Intervino el dios de los cielos.

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—Déjame aquí —dijo—. Usa la tercera perla para tu madre.

—¡No!

—Soy un sátiro —repuso Grover—. No tenemos almas como los humanos. Puede torturarme hasta que muera, pero no me tendrá para siempre. Me reencarnaré en una flor o en algo parecido. Es la mejor solución.

*-x-*

Sally miró a Grover con infinito amor.

Thalia tenía los ojos abnegados en lágrimas.

*-x-*

—No. —Malcolm sacó su cuchillo de bronce—. Id vosotros dos. Grover, tú debes proteger a Percy. Además, tienes que sacarte la licencia para buscar a Pan. Sacad a su madre de aquí. Yo os cubriré. Tengo intención de caer luchando.

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-Esos si son amigos de verdad. -Dijo Hestia con una sonrisa.

Percy seguía mirando las galletas azules.

*-x-*

—Ni hablar —respondió Grover—. Yo me quedo.

—Piénsatelo, pedazo de cabra —replicó Malcolm.

*-x-*

-No sé quien es más terco de los tres. -Comentó Michael.

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—¡Basta ya! —Me sentía como si me partieran en dos el corazón. Ambos me habían dado mucho.

*-x-*

Percy, Grover y Malcolm se sonrieron.

*-x-*

Recordé a Grover bombardeando a Medusa en el jardín de estatuas, y a Malcolm salvándonos de Cerbero; habíamos sobrevivido a la atracción de Waterland preparada por Hefesto, al arco de San Luis, al Casino Loto. Había pasado cientos de kilómetros preocupado por un amigo que me traicionaría, pero aquellos amigos jamás podrían hacerlo. No habían hecho otra cosa que salvarme, una y otra vez, y ahora querían sacrificar sus vidas por mi madre.

*-x-*

-Son unos buenos chicos. -Comentó Hestia.

Las llamas del hogar bailaban alegres.

*-x-*

—Sé qué hacer —dije—. Tomad estas dos. —Les di una perla a cada uno.

—Pero Percy… —protestó Malcolm.

Me volví y miré a mi madre. Quería sacrificarme y usar con ella la última perla, pero ella jamás lo permitiría. Me diría que mi deber era devolver el rayo al Olimpo, contarle a Zeus la verdad y detener la guerra. Nunca me perdonaría si yo optaba por salvarla a ella.

*-x-*

-Tienes razón. -Concordó Sally.

*-x-*

Pensé en la profecía que me habían hecho

en la colina Mestiza, parecía haber transcurrido un millón de años: «Al final, no conseguirás salvar lo más importante.»

—Lo siento —susurré—. Volveré. Encontraré un modo.

*-x-*

Sally le mandó una sonrisa cálida a su niño.

*-x-*

La mirada de suficiencia desapareció del rostro de Hades.

—¿Diosecillo…?

—Encontraré vuestro yelmo, tío —le dije—. Os lo devolveré. No os olvidéis de aumentarle el sueldo a Caronte.

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Poseidón sonrió con orgullo.

*-x-*

—No me desafíes…

—Y tampoco pasaría nada si jugaras un poco con Cerbero de vez en cuando. Le gustan las pelotas de goma roja.

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Cerbero estuvo de acuerdo con el vivo del libro. Puede que no se lo coma. Solo puede.

*-x-*

—Percy Jackson, no vas a…

—¡Ahora, chicos! —grité.

—¡Destruidlos! —exclamó Hades.

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-¡Eso sí que no! -Gritó Poseidón.

-Tranquilo, Percy está aquí. -Dijo Lee.

*-x-*

El ejército de esqueletos abrió fuego, los fragmentos de perlas explotaron a mis pies con un estallido de luz verde y una ráfaga de aire fresco. Quedé encerrado en una esfera lechosa que empezó a flotar por encima del suelo.

Malcolm y Grover estaban justo detrás de mí. Las lanzas y las balas emitían inofensivas chispas al rebotar contra las burbujas nacaradas mientras seguíamos elevándonos.

*-x-*

Todos suspiraron algo más aliviados.

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Hades aullaba con una furia que sacudió la fortaleza entera, y supe que no sería una noche tranquila en Los Ángeles.

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-Nada tranquila. -Suspiró Malcolm.

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—¡Mira arriba! —gritó Grover—. ¡Vamos a chocar!

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-Claro que no. -Protestó Poseidón ofendido.

El sátiro se ruborizó.

*-x-*

Nos acercábamos a toda velocidad hacia las estalactitas, que supuse pincharían nuestras pompas y nos ensartarían como brochetas.

*-x-*

-Cerbero ladró.

-Ha dicho: Mmm, brocheta de semidiós… -Tradujo Grover.

*-x-*

—¿Cómo se controlan estas cosas? —preguntó Malcolm a voz en cuello.

—¡No creo que puedan controlarse! —me desgañité.

Gritamos a medida que las burbujas se estampaban contra el techo y… de pronto todo fue oscuridad.

¿Estábamos muertos?

No, aún tenía sensación de velocidad. Subíamos a través de la roca sólida con tanta facilidad como una burbuja en el agua. Caí en la cuenta de que ése era el poder de las perlas: «Lo que es del mar, siempre regresará al mar.»

*-x-*

Poseidón sonrió ampliamente.

*-x-*

Por un instante no vi nada fuera de las suaves paredes de mi esfera, hasta que mi perla brotó en el fondo del mar. Las otras dos esferas lechosas, Malcolm y Grover, seguían mi ritmo mientras ascendíamos hacia la superficie. Y de pronto… estallaron al irrumpir en la superficie, en medio de la bahía de Santa Mónica, derribando a un surfero de su tabla, que exclamó indignado:

—¡Eh, tío!

*-x-*

-Estos mortales… -Rió Apolo. -no se enteran de nada.

*-x-*

Agarré a Grover y tiré de él hasta una boya de salvamento. Fui por Malcolm e hice lo propio. Un tiburón de más de tres metros daba vueltas alrededor, muerto de curiosidad.

—¡Largo! —le ordené.

*-x-*

-No debes ser grosero. -Dijo Poseidón.

Percy se ruborizó.

*-x-*

El escualo se volvió y se marchó a todo trapo.

El surfero gritó no sé qué de unos hongos chungos y se largó, pataleando tan rápido como pudo.

De algún modo, sabía qué hora era: primera de la mañana del 21 de junio, el día del solsticio de verano.

En la distancia, Los Angeles estaba en llamas, columnas de humo se alzaban desde todos los barrios de la ciudad. Había habido un terremoto, y había sido culpa de Hades.

*-x-*

Hestia miró ceñuda la barrera.

*-x-*

Probablemente acababa de enviar a un ejército de muertos detrás de mí. Pero de momento el inframundo era el menor de mis problemas.

Tenía que llegar a la orilla. Tenía que devolverle el rayo maestro a Zeus en el Olimpo. Y sobre todo, tenía que mantener una conversación importante con el dios que me había engañado.

*-x-*

Ares resopló.

-¿Vas a pelear conmigo o algo así?

-Puede ser. -Contestó Percy.

-Seguro que no me harías ni un rasguño pringado.

-En eso, tengo que darle la razón a Ares. -Dijo Dioniso.

-Yo creo, que al menos te hará una herida. -Intervino Poseidón.

-¿Quieres apostar tío P?

-Bien. Si gano, harás lo que yo quiera. Y si ganas, el que hará lo que quieras seré yo. -Dijo Poseidón.

Ambos dioses cerraron el trato con un apretón de manos.

-Ya ha acabado el capítulo. -Comentó Perséfone.

-A mí me gustaría leer. -Dijo Malcolm.

La diosa le pasó el libro y el joven lo abrió por el siguiente capítulo.

*-x-*

Nota: ¿Queréis que escriba el lemmon entre Ethan y Hades?

Dependiendo de los comentarios que reciba, lo escribiré o no.