Disclaimer: Los personajes y el libro son de Rick Riordan.
Solo las intervenciones son mías.
*-x-*
Malcolm iba a comenzar a leer, cuando la barrera oscura desapareció.
Ethan estaba recostado en el pecho de Hades con una sonrisa satisfecha.
Ambos estaban totalmente vestidos y como si nada hubiera pasado.
Si no fuera porque tenían en el cuello varias marcas rojas y los labios hinchados, se podría pensar que allí no había pasado nada.
-¿Qué tal ha ido? -Quiso saber Afrodita.
Hades solo sonrió.
-Quiero detalles. -Se quejó la diosa.
-Creo que no. -Contestó el dios del inframundo.
-Dime al menos si has disfrutado.
-(Vaya si he disfrutado.) -Pensó. -(Pero no es algo que le vaya a decir a nadie.) -Se ponía duro de solo recordarlo.
Flashback.
Hades estaba ansioso. Hacía mucho tiempo que no tomaba a un hombre, en este caso chico, y no quería esperar.
Así que en cuanto se besaron y se acariciaron un poco, hizo desvanecer la ropa del hijo de Némesis dejándole solo con la ropa interior.
El dios veía satisfecho como el pene del joven ya estaba duro.
Ethan estaba muy excitado. Deseaba con ganas que el dios le hiciera suyo. Él siempre había sido el activo en las relaciones, así que en ese aspecto era virgen.
Nakamura se levantó para poder apreciar mejor el cuerpo de Hades.
Le miró de arriba abajo detenidamente.
Sus ojos oscuros le contemplaban con deseo, sus labios estaban rojos e hinchados por los besos y mordiscos, su cuello pálido era perfecto para dejar marcas que se notarían bastante.
Su torso, estaba muy bien esculpido, perfecto para ser lamido a conciencia. Tenía algo de bello en el pecho, cosa que le encantaba.
Se acercó con lentitud y acarició el cuerpo del dios con ambas manos.
Después, unió sus labios en un beso brusco, antes de bajar por el cuello dejando algunas marcas por la fuerza con la que le mordía y succionaba.
Hades se dejaba hacer encantado.
El joven tomó uno de los pequeños pezones con la boca y lo lamió haciéndo círculos con la lengua y de vez en cuando, lo sujetaba con los dientes y tiraba levemente. Cuando estaba de un llamativo color rojo, se dispuso a hacer lo mismo con el otro pezón.
El dios acariciaba al chico por donde podía, perdido en el placer.
Ethan aprobechó de arañar el torso de Hades, disfrutando de las marcas que dejaba.
Llegó a los boxers del dios, y éste, adivinando sus intenciones, se levantó un poco para dejar que se los quitara.
Su miembro, largo y grueso, se erguía orgulloso entre una mata de bello púbico muy oscuro y rizado.
El hijo de Némesis se relamió ante aquella visión.
El dios, chasqueó los dedos e hizo desaparecer la ropa interior del joven para que ambos estuviesen en igualdad de condiciones.
Nakamura echó un breve vistazo a las fuertes y largas piernas del dios antes de arrodillarse en frente del mayor y mordisquearle el muslo derecho.
Subió sus labios por la pierna, hasta sumergir la nariz en el bello púbico.
Le encantaba el olor que desprendía el dios.
Dio un lametazo al gran miembro desde la base hasta la punta.
Hades dejó reposar las manos en la cabeza del mestizo.
Dejó escapar un gemidito cuando esa lengua traviesa lamió por primera vez su dolorosa erección.
Cuando metió la punta de ese delicioso pene en su boca, el dios movió las caderas de forma involuntaria.
Ethan sonrió y se apartó.
-Siéntate al borde del trono.
Hades obedeció.
El asiático volvió a agachar la cabeza, y esta vez metió uno de los testículos en su boca mientras con su mano derecha masageaba el miembro que ya había empezado a soltar líquido preseminal.
Después, se metió el otro testículo y disfrutó de los gemidos del dios.
cambió su mano por la boca, y engulló todo lo que pudo.
Lo que no consiguió tragar, lo cubrió con una de sus manos.
Un rato más tarde, dejó que Hades llevara el ritmo. Entraba y salía de la boca del joven con movimientos rápidos.
Hades sabía que estaba a punto de eyacular e intentó retirar al chico pero éste se negó. Quería probar la esencia del dios.
Con unas estocadas más, el mayor terminó en la boca de Ethan que logró tragarse todo el líquido.
Cuando acabó, levantó la cabeza y sonrió con los labios manchados de blanco.
Hades se levantó un rato después.
-Siéntate aquí. -Ordenó.
El mestizo dio un salto y se sentó en el trono del rey del inframundo.
Hades procedió a devolverle el favor a Ethan que maullaba y gemía incontrolablemente.
El dios succionaba, lamía y mordía toda su extensión sin detenerse.
El chico, llevaba mucho tiempo aguantando, así que expulsó su semilla en la boca del contrario, el cual la saboreó como si fuera néctar.
-A cuatro patas. -Ordenó Hades cuando el mestizo se recuperó del orgasmo.
Ethan obedeció.
-Agárrate al trono con ambas manos.
Cuando estuvo justamente como el dios quería, Ethan dijo:
-N nunca he sido el pasivo.
-Es bueno saberlo. -Contestó el más mayor.
Nakamura sintió algo húmedo y caliente en su entrada, haciéndole jadear por la sorpresa.
El dios introdujo la lengua en el apretado anillo haciéndo círculos para dilatarlo.
Después, estimuló el miembro del chico para que se concentrara en el placer, y cuando le tenía gimiendo, se aventuró a meter un dedo.
El joven no notó el primer dígito del dios, y apenas sintió el segundo.
Cuando introdujo el tercer dedo, Ethan sintió una punzada de dolor.
Hades se inclinó sobre el chico para capturar sus labios y así distraerlo.
Entonces, el señor de las riquezas tocó un punto que hizo gritar al hijo de Némesis debido al placer que sintió.
Hades envistió unas cuantas veces más con sus dedos, y cuando estuvo seguro de que estaba bien dilatado, los sacó obteniendo un gemido de protesta del semidiós.
Hades rió entre dientes.
Colocó la punta de su miembro en la entrada del joven y empujó levemente.
Poco a poco, fue entrando en la cavidad estrecha, teniendo que apretar los dientes para no correrse.
Ethan sentía dolor, pero Hades sabía muy bien como distraerlo.
Cuando estuvo totalmente dentro, esperó unos minutos hasta que el chico le pidió moverse.
Al principio, las estocadas eran lentas y profundas, haciendo que ambos gimieran incontrolablemente.
Hades tenía una de sus manos apoyadas en el respaldo de su trono, y la otra en la cadera de Ethan.
El rey del inframundo se detuvo y salió por completo del joven.
-Ven. -Dijo.
Ethan se sostuvo del trono para poder levantarse.
Después, Hades se sentó e invitó al joven a que se colocara a orcajadas sobre él.
Cuando ya estaban uno encima del otro sobre el trono, Hades le besó.
Levantó un poco al joven para poder posicionar su pene en la entrada del menor y así, hizo que el asiático lo montara.
El hijo de Némesis se sostenía de los hombros de Hades y éste, sujetaba al más pequeño por las caderas ayudándole a subir y bajar.
Ambos sudaban bastante, haciendo que el flequillo se les pegara en la frente.
El dios miraba a Ethan a los ojos. Ni siquiera le importaba que llevara un parche. Era simplemente hermoso.
Un par de estocadas más, y los dos se corrieron a la vez gritando el nombre del contrario.
Luego, se abrazaron exhaustos, con el miembro de Hades aún en el interior de Ethan.
Entre besos, fueron acompasando sus respiraciones.
Más tarde, Hades los limpió y los vistió con un par de chasquidos de dedos.
-Estoy cómodo aquí. -Dijo Ethan.
-Pues quédate.
-Eso haré.
Hades sonrió. El semidiós estaba frotando la cara contra su pecho como un gatito mimoso.
Nunca lo admitiría, pero le encantaban ese tipo de cosas.
Acarició con suavidad el pelo del semidiós durante unos minutos.
-Si por mí fuera, me quedaría contigo dentro de esta barrera. -Gimoteó Ethan.
Hades rió entre dientes.
-A mí no me importaría quedarme, pero hay que escuchar la lectura del mocoso de Poseidón.
-¿Y no le podemos pedir a Apolo que nos haga recordar después?
-Suena bien. Pero no quiero hacer enfadar a las Moiras.
-Vale. Pero me quedaré aquí un rato más.
-Me parece buena idea.
Compartieron un beso más, y Hades desvaneció la barrera.
Fin flashback.
-¿En serio no vas a darnos detalles?
-¿Sabías que eres un pervertido Apolo?
-Soy consciente de ello.
-Ahora, muéstranos lo que nos hemos perdido.
El dios del sol suspiró dramáticamente pero le hizo caso a su tío.
Hades acercó más a Ethan contra sí, para que su hermano no le lanzara una ola del Ártico o de cualquier otro océano.
-Comienza a leer. -Dijo Atenea.
Malcolm asintió y obedeció.
*-x-*
Capítulo 20. Me peleo con mi familiar cretino.
*-x-*
-Se refiera a ti. -Pinchó Hermes.
-Como si me importara. -Resopló Ares.
*-x-*
Una lancha guardacostas nos recogió, pero estaban demasiado ocupados para retenernos mucho tiempo o preguntarse cómo tres chavales vestidos con ropas de calle habían aparecido en medio de la bahía.
Había que ocuparse de aquel desastre.
*-x-*
Hestia le mandó una mirada fulminante al señor de los muertos.
-Aún no ha pasado. -Dijo.
-Luego te quejas de que tienes mucho trabajo, y eres tú quien mata gente.
-Lo siento hermanita.
Hestia le miró mal durante unos segundos más hasta que vio que su hermano se removía incómodo.
Sonrió satisfecha, y siguió prestando atención a la lectura.
*-x-*
Las radios estaban colapsadas con llamadas de socorro.
Nos dejaron en el embarcadero de Santa Mónica con unas toallas en los hombros y botellas de agua en las que se leía: «¡Soy aprendiz de guardacostas!» Luego se marcharon a toda prisa para salvar a más gente.
Teníamos la ropa empapada. Cuando la lancha guardacostas había aparecido, recé en silencio para que no me sacaran del agua con la ropa perfectamente seca, lo que habría provocado incredulidad y preguntas.
*-x-*
-Buena idea. -Aprobó Quirón.
*-x-*
Así que me esforcé en empaparme, y vaya si mi resistencia mágica al agua me abandonó.
*-x-*
Poseidón soltó una risita.
-Podrías secarte después.
-Aún no sabía como hacerlo.
*-x-*
También iba descalzo, pues le había dado mis zapatos a Grover. Mejor que los guardacostas se
preguntaran por qué uno de nosotros iba descalzo que por qué tenía pezuñas.
*-x-*
El centauro sonrió orgulloso de sus alumnos.
*-x-*
Nos desplomamos sobre la arena y observamos la ciudad en llamas, recortada contra el precioso amanecer. Me sentía como si acabara de volver de entre los muertos; cosa que había hecho literalmente.
*-x-*
Clarisse soltó un bufido de risa.
-Sesos de alga… -Rió Thalia.
*-x-*
La mochila me pesaba por el rayo maestro, pero el corazón aún me pesaba más después de haber visto a mi madre.
*-x-*
Poseidón le lanzó una de sus peores miradas a Hades que le ignoró concentrado como estaba en mordisquear la nuca de Ethan.
*-x-*
—No puedo creerlo —comentó Malcolm—. Hemos venido hasta aquí para…
—Fue una trampa —dije—. Una estrategia digna de Atenea.
*-x-*
-La diosa de la sabiduría le miró ofendida.
-Es rarísimo leer de ti en tercera persona. -comentó Malcolm.
*-x-*
—Eh —me advirtió.
—Pero ¿es que no lo pillas?
Bajó la mirada y se sosegó.
—Sí. Lo pillo.
*-x-*
-Explicación para los "no listos." -Pidió Michael.
*-x-*
—¡Bueno, pues yo no! —se quejó Grover—. ¿Va a explicarme alguien…?
*-x-*
-Estoy de acuerdo con el chico cabra. -Dijo Chris.
*-x-*
—Percy —dijo Malcolm—. Siento lo de tu madre. No te puedes imaginar cuánto…
*-x-*
-Bien, ¿Pero alguien puede explicar lo del plan digno de Atenea? -Protestó Pólux.
*-x-*
Fingí no oírle. Si me ponía a hablar de mi madre, me echaría a llorar como un crío.
*-x-*
-Niño de mamá. -Rió Ares.
-Como te he dicho antes, podrías aprender de él. -Espetó Hera.
*-x-*
—La profecía tenía razón —añadí—. «Irás al oeste, donde te enfrentarás al dios que se ha rebelado.»
Pero no era Hades. Hades no deseaba una guerra entre los Tres Grandes. Alguien más ha planeado el robo. Alguien ha robado el rayo maestro de Zeus y el yelmo de Hades, y me ha cargado a mí el mochuelo por ser hijo de Poseidón. Le echarán la culpa a Poseidón por ambas partes. Al atardecer de hoy, habrá una guerra en tres frentes. Y la habré provocado yo.
*-x-*
-Eso es trágico. -Comentó Dioniso muy aburrido.
*-x-*
Grover meneó la cabeza, alucinado. Luego preguntó:
—¿Quién podría ser tan malvado? ¿Quién desearía una guerra tan letal?
*-x-*
-Ares. -Dijeron Hermes y Apolo al unísono.
El mencionado les amenazó con su cuchillo.
*-x-*
—Veamos, déjame pensar —dije, mirando alrededor.
Y ahí estaba, esperándonos, enfundado en el guardapolvo de cuero negro y las gafas de sol, un bate de béisbol de aluminio apoyado en el hombro. La moto rugía a su lado, y el faro volvía rojiza la arena.
*-x-*
-Es Ares. -Volvieron a decir el dios del sol y el de los viajeros.
Atenea se frotó las sienes.
*-x-*
—Eh, chaval —me llamó Ares, al parecer complacido de verme—. Deberías estar muerto.
*-x-*
-Tú sí que vas a estarlo como me cabrees. -Espetó Poseidón.
*-x-*
—Me has engañado —le dije—. Has robado el yelmo y el rayo maestro.
*-x-*
-Si eso es verdad, te ganarás el castigo del siglo. -Dijo Zeus con un tono de voz frío y bajo.
Los semidioses se estremecieron.
-Pero si aún no ha pasado.
-¡No me repliques jovencito!
*-x-*
Ares sonrió.
—Bueno, a ver, yo no los he robado personalmente. ¿Los dioses toqueteando los símbolos de otros dioses? De eso nada. Pero tú no eres el único héroe en el mundo que se dedica a los recaditos.
*-x-*
-Bien. Elegiré un castigo para ti durante este capítulo.
-Pero padre… -Protestó.
-Así, en un futuro, te pensarás mejor eso de robar los objetos de otros dioses.
*-x-*
—¿A quién utilizaste? ¿A Clarisse? Estaba allí en el solsticio de invierno.
*-x-*
La mencionada se molestó.
-¡Eres un idiota Prissi!
-Me lo dicen mucho.
*-x-*
La idea pareció divertirle.
*-x-*
Clarisse miró a su padre con reproche.
*-x-*
—No importa. Mira, chaval, el asunto es que estás impidiendo los esfuerzos en pos de la guerra. Verás, tenías que haber muerto en el inframundo. Entonces el viejo Alga se hubiese cabreado con Hades por matarte. Aliento de Muerto hubiera tenido el rayo maestro y Zeus estaría furioso con él. Pero Hades aún sigue buscando esto…
*-x-*
-¡Vas a lamentar lo que has dicho! -Gritó Poseidón.
-Tío, hoy te las llevas todas juntas. -Rió Hermes.
*-x-*
—Se sacó del bolsillo un pasamontañas, del tipo que usan los atracadores de bancos, y lo colocó en medio del manillar de su moto, donde se transformó en un elaborado casco guerrero de bronce.
*-x-*
-Reza para que hoy salgas vivo de aquí. -Dijo el señor de los muertos mirando a Ares.
-Y tú, Perseus, come de una vez esas galletas. Pareces un jodido moribundo.
El hijo de Poseidón sonrió y pronto estuvo devorando los dulces azules.
*-x-*
—El yelmo de oscuridad —dijo Grover, ahogando una exclamación.
—Exacto —repuso Ares—. A ver, ¿por dónde iba? Ah, sí, Hades se pondrá hecho un basilisco tanto con Zeus como con Poseidón, ya que no sabe cuál le robó el yelmo. Muy pronto habremos organizado un bonito y pequeño festival de mamporros.
*-x-*
Afrodita le lanzó una flor al dios de la guerra muy enfadada.
La inofensiva planta, le atrapó en su interior cerrándose como un capullo de colores vivos.
Cuando la flor volvió a abrirse, el pelo del dios de la guerra era rosa.
*-x-*
—¡Pero si son tu familia! —protestó Malcolm.
Ares se encogió de hombros.
—Los enfrentamientos dentro de una misma familia son los mejores, los más sangrientos. No hay como ver reñir a tu familia, es lo que digo siempre.
*-x-*
-Qué vergüenza. -Dijo Hestia decepcionada.
*-x-*
—Me diste la mochila en Denver —dije—. El rayo maestro ha estado aquí todo el tiempo.
—Sí y no —contestó Ares—. Quizá es demasiado complicado para tu pequeño cerebro mortal, pero debes saber que la mochila es la vaina del rayo maestro, sólo que un poco metamorfoseada. El rayo está conectado a ella, de manera parecida a esa espada tuya, chaval. Siempre regresa a tu bolsillo, ¿no?
*-x-*
Zeus movía su rayo de manera amenazadora.
*-x-*
No estaba seguro de cómo Ares sabía aquello, pero supongo que un dios de la guerra suele estar informado sobre las armas.
*-x-*
Ares no entendía por qué todo el mundo se reía al mirarle.
Entonces, miró su reflejo en su escudo y abrió la boca en una perfecta O.
-¡Afrodita!
-No me grites querido. Estoy justo aquí.
-¿Que no te grite? ¡Que no te grite! ¡Por las jodidas bombas atómicas! ¡Acabas de teñir mi pelo de rosa!
-Ya lo hemos visto, no hace falta que chilles. -Dijo la diosa.
-¿Me estás vacilando mujer?
-¿Mi istís vicilindi mijir? -Se burló ella.
-¡Quítame esto ahora mismo!
-Creo que no.
Ares gritó enfurecido.
-Sigue leyendo querido.
Malcolm obedeció la petición de la diosa del amor.
*-x-*
—En cualquier caso —prosiguió Ares—, hice unos pequeños ajustes mágicos a la vaina para que el rayo sólo volviera a ella cuando llegaras al inframundo. De ese modo, si hubieses muerto por el camino no se habría perdido nada y yo seguiría en posesión del arma.
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-Es una buena estrategia. -Comentó Atenea.
Zeus la miró muy enfadado.
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—Pero ¿por qué simplemente no conservaste el rayo maestro? —pregunté—. ¿Para qué enviarlo a Hades?
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-Porque quiere morir joven. -Espetó el dios del inframundo.
Los semidioses pensaron que Ares no era para nada joven. Pero ninguno dijo nada. Tal vez, para los estándares de Hades lo era.
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De repente Ares se quedó absorto y pareció estar escuchando una voz interior.
*-x-*
-¿Fue controlado? -Quiso saber Atenea.
-A mí nadie me controla cara pájaro.
*-x-*
—¿Por qué no…? Claro… con ese poder de destrucción… —Seguía absorto. Intercambié una mirada con Malcolm, pero de pronto Ares salió de su extraño trance—. Porque no quería problemas. Mejor que te pillaran a ti con las manos en la masa, llevando el trasto.
*-x-*
La diosa de la sabiduría miraba al dios de la guerra con intensidad.
-¿Qué pasa, tengo monos en la cara? -Espetó.
-No, pero tienes el pelo rosa.
-No me cabrees solecito, o verás.
*-x-*
—Mientes —dije—. Enviar el rayo maestro al inframundo no fue idea tuya.
—¡Claro que sí! —De sus gafas de sol salieron hilillos de humo, como si estuvieran a punto de incendiarse.
*-x-*
-El chico de Poseidón es listo. -Dijo Hermes.
-Cuando quiere. -Apostilló Thalia.
*-x-*
—Tú no ordenaste el robo —insistí—. Alguien más envió a un héroe a robar los dos objetos. Entonces, cuando Zeus te envió en su busca, diste con el ladrón. Pero no se lo entregaste a Zeus. Algo te convenció de que lo dejaras ir. Te quedaste los objetos hasta que otro héroe llegara y completara la entrega. La cosa del foso te está mangoneando.
*-x-*
-Eso suena lógico. -Intervino Atenea. -Me sorprende que la conclusión venga de un hijo del barba percebe.
*-x-*
—¡Soy el dios de la guerra! ¡Nadie me da órdenes! ¡No tengo sueños!
*-x-*
-Nadie ha dicho nada de sueños. -Comentó Perséfone.
*-x-*
Vacilé.
—¿Quién ha hablado de sueños?
*-x-*
-Te han pillado. -Canturreó Apolo.
-¡Eres tan malditamente insoportable! -Gritó Ares.
-No me afectan tus palabras. Las he oído lo suficiente como para que no me molesten.
*-x-*
Ares parecía agitado, pero intentó disimularlo con una sonrisa.
—Volvamos a lo nuestro, chaval. Estás vivo y no permitiré que lleves ese rayo al Olimpo. Ya sabes, no puedo arriesgarme a que esos imbéciles testarudos te hagan caso. Así que tendré que matarte. Nada personal, claro.
*-x-*
Zeus miraba indignado a uno de sus hijos.
Abrazó con fuerza su rayo maestro y miró mal a todo el mundo.
-¡Si matas a mi hijo, o le haces daño, te las verás conmigo! -Bramó el dios del mar.
-Bla… Bla… Bla… -Se burló Ares.
-Sí, tú búrlate. pero luego no te quejes. Ya te he avisado.
*-x-*
Chasqueó los dedos. La arena estalló a sus pies y de ella surgió un jabalí, aún más grande y amenazador que el que colgaba encima de la cabaña 5 del Campamento Mestizo. El bicho pateó la arena y me miró con ojos encendidos mientras esperaba la orden de matarme. De inmediato me metí en el agua.
*-x-*
-Bien hecho. -Aprobó Quirón.
*-x-*
—Pelea tú mismo conmigo, Ares —lo desafié.
*-x-*
Sally miró a su hijo como si de repente le hubiesen salido dos cabezas.
-Perseus Jackson se destaca por su impulsividad. -Recitó Lee.
*-x-*
Se rió con cierta incomodidad.
*-x-*
-¿Asustado sobrinito?
-¡Vete a dar un paseo al Tártaro tío P!
*-x-*
—Sólo tienes un talento, chaval: salir corriendo. Huiste de Quimera. Huiste del inframundo. No tienes lo que hace falta.
*-x-*
-¿Entonces, por qué no peleas con él y ya está? -Interrogó Artemisa.
-Es una pérdida de tiempo. -Contestó el dios de la guerra.
*-x-*
—¿Asustado?
*-x-*
-Te está desafiando. -Canturreó Apolo muy divertido con la situación.
Ares quería atravesar a todo el mundo con su cuchillo, hacerse un guardarropa con sus pieles, enmarcar sus cabelleras como trofeos y tejer una alfombra con sus entrañas y tal vez, bañarse en toda esa sangre e icor.
*-x-*
—Qué tonterías dices. —Pero las gafas habían comenzado a fundírsele por el calor que despedían sus ojos—. No me implico directamente. Lo siento, chaval, no estás a mi nivel.
*-x-*
-O quizá, tú no estás al suyo. -Comentó Hermes.
-Que te den.
*-x-*
—¡Percy, corre! —exclamó Malcolm.
El jabalí gigante cargó con sus afilados colmillos. Pero yo ya estaba harto de correr delante de monstruos. O de Hades, o de Ares, o de quien fuera. Así que destapé el boli y me aparté a un lado un segundo antes de que la bestia me atropellase, al tiempo que le lanzaba un mandoble. El colmillo derecho del jabalí cayó a mis pies, mientras el desorientado animal chapoteaba en el agua.
*-x-*
-¡Bien hecho Perseus! -Celebró Poseidón.
Sally preferiría que su hijo no tuviera ese estilo de vida.
*-x-*
—¡Ola! —grité.
Una ola repentina surgió de ninguna parte y envolvió al jabalí, que soltó un mugido y se revolvió en vano. Al instante desapareció engullido por el mar.
*-x-*
-El primer jabalí acuático. Perfecto para mi colección.
Percy sonrió ante lo dicho por su padre.
*-x-*
Me volví hacia Ares.
—¿Vas a pelear conmigo ahora? —le espeté—. ¿O vas a esconderte detrás de otro de tus cerditos?
*-x-*
Clarisse empuñaba su lanza con furia.
-¡No son cerditos Prissi estúpido!
-Son cerditos con colmillos. -Comentó Michael.
-Enormes y puntiagudos colmillos. -Murmuró Tommy.
*-x-*
Ares estaba morado de rabia.
*-x-*
-Es una remolacha divina. -Intervino Deméter sonriendo.
Al mencionado no le hizo ninguna gracia y clavó su cuchillo con furia en una pared. luego, con un movimiento de muñeca, hizo que el cuchillo volviera a sus manos.
*-x-*
—Ojo, chaval. Podría convertirte en…
—… ¿una cucaracha o una lombriz? Sí, estoy seguro. Eso evitaría que patearan tu divino trasero, ¿verdad?
*-x-*
-Ten cuidado con esa lengua tuya. Podría cortártela.
-Esa insolencia no me gusta. -Refunfuñó Zeus.
-Es igual que Poseidón. -Dijo Hestia.
*-x-*
Las llamas danzaban por encima de sus gafas.
—No te pases, niño. Estás acabando con mi paciencia y te convertiré en una mancha de grasa.
*-x-*
-Esto es aburrido. -Se quejó Dioniso.
*-x-*
—Si ganas, conviérteme en lo que quieras y te llevas el rayo —propuse—. Si pierdes, el yelmo y el rayo serán míos y tú te apartas de mi camino.
*-x-*
-No puedes vencerme niña. -Dijo el dios de la guerra muy seguro de sí mismo.
-Eso ya lo veremos. -Musitó el semidiós.
*-x-*
Ares resopló con desdén y esgrimió su bate de béisbol.
—¿Cómo lo prefieres? ¿Combate clásico o moderno?
Le mostré mi espada.
—Para estar muerto tienes mucha gracia —contestó—. Probemos con el clásico.
Entonces el bate se convirtió en una enorme espada cuya empuñadura era un cráneo de plata con un rubí en la boca.
*-x-*
-Seguro que esa espada es impresionante. -Comentó Castor.
Ares la hizo aparecer en sus manos y vio con satisfacción como los ojos de algunos semidioses se desorbitaban por el asombro.
*-x-*
—Percy, no lo hagas… —me advirtió Malcolm—. Es un dios.
—Es un cobarde —repuse.
*-x-*
-Eso no va a gustarle. -Dijo Hefesto.
-Claro que no me gusta.
*-x-*
Él tragó saliva y dijo:
—Por lo menos lleva esto, para que te dé suerte. —Se quitó el collar de cuentas y el anillo de su padre y me lo puso al cuello—. Reconciliación —añadió—. Atenea y Poseidón juntos.
*-x-*
-¡Percalcolm! -Chilló Afrodita extasiada.
-¡Que lo han dejado! -Gritó Atenea.
-Pero pueden volver.
-O puede que no.
*-x-*
Me ruboricé un poco, pero conseguí sonreír.
*-x-*
-¡Qué monada! -Gritó la diosa del amor.
Blake gimió y se tapó las orejas con sus patitas.
Cerbero juntó sus tres cabezas y luego se tapó las orejas también con sus patas.
*-x-*
—Gracias.
—Y toma este amuleto de la suerte —terció Grover, y me tendió una lata aplastada que llevaba en el bolsillo—. Los sátiros estamos contigo.
*-x-*
-Eres una buena cabra. -Dijo Castor.
Grover le amenazó con una de sus pezuñas.
-Calma cabra salvaje. -Rió Pólux.
El sátiro acabó riendo con los hijos de Dioniso.
-Ni que se fuera a la guerra. -Dijo Bianca.
-Emmm… Ares es el dios de la guerra así que… -Comentó Michael.
La hija de Hades se ruborizó.
*-x-*
—Grover… no sé qué decir.
Me dio una palmada en el hombro. Me metí la lata en el bolsillo trasero.
—¿Ya has terminado de despedirte? —Ares avanzó hacia mí. El guardapolvo negro ondeaba tras él, su espada refulgía como el fuego al amanecer—. Llevo toda la eternidad luchando, mi fuerza es ilimitada y no puedo morir. ¿Tú que tienes?
*-x-*
-Su fuerza será ilimitada, pero su paciencia no. -Comentó Hestia.
-También tiene un gran ego. No tan grande como el mío, porque una persona tan genial como yo necesita tener un gran ego, pero Ares tiene ego de sobra.
-Apolo tiene razón. Si Ares y su ego lucharan, no sé cual de los dos ganaría. -Rió Hermes.
-A mi hermanito le ganaría su ego.
-¡Arty! -Se quejó el dios del sol.
*-x-*
«Menos ego», pensé, pero no dije nada. Mantuve los pies en el agua y me adentré un poco hasta que me llegó a los tobillos. Volví a pensar en lo que Malcolm me había dicho hacía ya tanto tiempo: «Ares tiene fuerza, pero nada más. Y a veces la fuerza debe doblegarse ante la inteligencia.»
*-x-*
-Yo soy inteligente. -Dijo el dios de la guerra.
-Sí, tanto como un trol. -Rió Artemisa. -Es lo que pasa cuando eres hombre.
-Ya estamos. -Suspiró Hermes.
-Para tu información, ha habido hombres muy inteligentes a lo largo de la historia. -Rebatió Atenea.
-pero seguro que en su interior se sentían mujeres. Eran doncellas encerradas en cáscaras masculinas.
-¿Está sugiriendo lady Artemisa ¿que el chico listo es una mujer en su interior? -Quiso saber Clarisse.
-Que no te quepa duda. -Contestó la diosa de la caza muy segura.
-Yo no me siento mujer. -Susurró Malcolm con los ojos abiertos como platos.
-No te preocupes querida, si lo deseas, yo puedo otorgarte lo que más anhelas. un cuerpo femenino.
-No gracias lady Artemisa. Prefiero quedarme con mi cáscara masculina. -Dijo el rubio con un hilo de voz.
La diosa de la luna suspiró con pesar.
-Está bien, pero si algún día deseas ser mujer, no dudes en acudir a mí.
-Lo tendré en cuenta.
-¿Entonces, las mujeres tontas son hombres encerrados en el cuerpo de una fémina? -Preguntó Atenea.
-No hay mujeres tontas, solo hombres demasiado estúpidos como para apreciar su inteligencia. -Respondió Artemisa.
Los chicos se removieron incómodos.
-Sigue leyendo. -Pidió Apolo.
Malcolm se apresuró a obedecer.
*-x-*
Un mandoble dirigido a mi cabeza silbó en el aire, pero yo ya no estaba allí. Mi cuerpo pensaba por mí.
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-No es muy inteligente por tu parte enfrentarte a un hijo de Poseidón en el agua. -Dijo Perséfone.
-¿Y tú qué sabrás de pelea?
-Lo suficiente para no arriesgarme a luchar con Jackson en zonas donde haya agua.
*-x-*
El agua me hizo botar y me catapultó hacia mi adversario, y cuando bajaba descargué mi espada. Pero Ares era igual de rápido: se retorció y desvió con su empuñadura el golpe que debería haberle dado directamente en la cabeza.
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-No va a ser tan sencillo. -Comentó Hefesto.
la mayoría de dioses creía que Percy no lograría hacerle ni un arañazo a Ares, pero no lo dijeron en voz alta.
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Sonrió socarrón.
—No está mal, no está mal.
Volvió a atacar y me vi obligado a volver a la orilla. Intenté regresar al agua, pero Ares me cortó el paso y me atacó con tal fiereza que tuve que concentrarme al máximo para no acabar hecho trizas.
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-Hasta que se da cuenta de su error. -Espetó Dioniso mirando a Ares con sumo aburrimiento.
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Seguí retrocediendo, alejándome del agua, mi único territorio seguro. No encontraba ningún resquicio para atacar, pues su espada era más larga que Anaklusmos.
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-Acércate, si su espada es más larga que la tuya, lo mejor que puedes hacer es acercarte. -Comentó Luke.
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«Acércate —me había dicho Luke una vez en nuestras clases de esgrima—. Cuando tu espada sea más corta, acércate.»
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El hijo de Hermes sonrió.
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Me metí en su campo de acción con una estocada, pero Ares estaba esperándolo. Me arrancó la espada de las manos con un brutal mandoble y me dio un golpe en el pecho.
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Poseidón miró a su hijo con preocupación al igual que Sally.
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Salí despedido hacia atrás, ocho o diez metros. Me habría roto la espalda de no haber caído sobre la blanda arena de una duna.
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El dios del mar empapó a su sobrino de pies a cabeza conjelando el agua convirtiendo a Ares en una enorme escultura de hielo.
Solo le dejó libres la cara y las orejas.
-¿Lo quieres para tu jardín?
Perséfone sonrió.
-¡Más te vale que me saques de aquí!
-Me gustas más como escultura. -Dijo Poseidón.
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—¡Percy! —chilló Malcolm—. ¡La policía!
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-Fantástico. Lo que faltaba. -Dijo Atenea con sarcasmo.
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Veía doble y sentía el pecho como si acabaran de atizarme con un ariete, pero conseguí ponerme en pie.
No dejé de mirar a Ares por miedo a que me partiera en dos, pero con el rabillo del ojo vi luces rojas parpadear en el paseo marítimo. Se oyeron frenazos y portezuelas de coche.
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-Esto no me gusta. -Gimoteó Sally.
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—¡Están allí! —gritó alguien—. ¿Lo ve?
Una voz malhumorada de policía:
—Parece ese crío de la tele… ¿Qué diantres…?
—Va armado —dijo otro policía—. Pide refuerzos.
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-Deberíais salir de allí. -Opinó Lee.
-Si Percy hiciese lo que le dicen, no sería él. -Comentó Thalia.
El hijo de Apolo asintió de acuerdo con ella. Ya no recordaba cuantas veces le había atendido en la enfermería.
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Rodé a un lado mientras la espada de Ares levantaba arena.
Corrí hacia mi espada, la recogí y volví a lanzar una estocada al rostro de Ares, quien volvió a desviarla. Parecía adivinar mis movimientos justo antes de que los ejecutara.
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-Porque es el dios de la guerra. -Aclaró Ethan.
-Dinos algo que no sepamos. -Murmuró Silena.
Hades la fulminó con la mirada.
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Corrí hacia el agua, obligándolo a seguirme.
—Admítelo, chaval —gruñó Ares—, no tienes ninguna posibilidad. Sólo estoy jugueteando contigo.
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-Yo haré que los tiburones jugueteen contigo. -Espetó Poseidón.
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Mis sentidos estaban haciendo horas extra. Entendí entonces lo que Malcolm me había dicho sobre que el THDA te mantenía vivo en la batalla. Estaba totalmente despierto, reparaba en el más mínimo detalle. Veía cómo se tensaba Ares e intuía de qué modo atacaría. Asimismo, en todo momento era consciente de que Malcolm y Grover se hallaban a diez metros a mi izquierda.
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-Eres buen observador. -Felicitó su padre.
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Un segundo coche de policía se acercaba con la sirena aullando. Los espectadores, gente que deambulaba por las calles a causa del terremoto, habían empezado a arremolinarse. Entre la multitud me pareció ver algunos que caminaban con los movimientos raros y trotones de los sátiros disfrazados. También distinguía las formas resplandecientes de los espíritus, como si los muertos hubieran salido del Hades para presenciar el combate.
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-Esto no pinta bien. -Suspiró Sally.
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Oí un aleteo coriáceo por encima de mi cabeza.
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-¿Las Furias? ¿Has mandado a las Furias? -Se indignó el dios del mar.
-Aún no ha pasado. -Se justificó Hades.
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Más sirenas.
Me metí más en el agua, pero Ares era rápido. La punta de su espada me rasgó la manga y me arañó el antebrazo.
Una voz ordenó por un megáfono:
—¡Tirad las escopetas! ¡Tiradlas al suelo! ¡Ahora!
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-mortales. -Resopló Hera con desdén.
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¿Escopetas?
Miré el arma de Ares, que parecía parpadear: a veces parecía una escopeta, a veces una espada. No sabía qué veían los humanos en mis manos, pero estaba seguro de que, fuera lo que fuese, no iba a ganarme muchas simpatías.
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-En eso concuerdo contigo. -Rió Chris.
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Ares se volvió para lanzar una mirada de odio a nuestro público, lo que me dio un respiro. Había ya cinco coches de policía y una fila de agentes agachados detrás de ellos, apuntándonos con sus armas.
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Frederic se acercó a una pálida Sally y la abrazó. Ella se aferró a él.
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—¡Esto es un asunto privado! —aulló Ares—. ¡Largaos!
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-¿Qué vas a hacer? -Preguntó Hestia muy seria.
-N no lo sé. Aún no ha p pasado.
El dios de la guerra estaba tiritando.
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Hizo un gesto con la mano y varias lenguas de fuego hicieron presa en los coches patrulla. Los agentes apenas tuvieron tiempo de cubrirse antes de que sus vehículos explotaran.
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-Eres un animal. -Espetó Artemisa.
-Sí, en la cama. -Concedió Ares.
La diosa de la caza lanzó una flecha que arañó la cara del dios.
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La multitud de mirones se desperdigó al instante.
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-No, si te parece, se iban a quedar ahí. -Comentó Clarisse.
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Ares estalló en carcajadas.
—Y ahora, héroe de pacotilla, vamos a añadirte a la barbacoa.
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Poseidón apretaba la mandíbula con fuerza.
Lee acariciaba sus brazos para calmarlo.
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Atacó. Desvié su espada. Me acerqué lo suficiente para alcanzarlo e intenté engañarlo con una finta, pero paró el golpe. Las olas me golpeaban en la espalda. Ares estaba ya sumergido hasta las rodillas.
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-Utiliza el agua. -Sugirió Sally desde el pecho del padre de Malcolm.
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Sentí el vaivén del mar, las olas crecer a medida que subía la marea, y de repente tuve una idea.
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-Las ideas de Percy me encantan. -Comentó Michael.
-¿Aunque la mayoría sean suicidas? -Preguntó su hermano.
El más bajito asintió sonriendo ampliamente.
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«¡Retrocede y aguanta!», pensé, y el agua detrás de mí así lo hizo. Estaba conteniendo la marea con mi fuerza de voluntad, pero la presión aumentaba como la de una botella de champán agitada.
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Poseidón miraba a su hijo con los ojos brillantes.
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Ares se adelantó, sonriendo y muy ufano de sí mismo. Bajé la espada fingiendo agotamiento.
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El dios de la guerra frunció el ceño.
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«Espera, ya casi está», le dije al mar. La presión ya parecía incontenible. Ares levantó su espada y en ese momento dejé ir la marea. Montado en una ola, salí despedido bruscamente por encima del dios.
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El dios de los caballos soltó una carcajada.
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Un muro de dos metros de agua le dio de lleno y lo dejó maldiciendo y escupiendo algas. Aterricé detrás de él y amagué un golpe a su cabeza, como había hecho antes. Se dio la vuelta a tiempo de levantar la espada, pero esta vez estaba desorientado y no se anticipó a mi truco. Cambié de dirección,
salté a un lado y hendí Anaklusmos por debajo del agua. Le clavé la punta en el talón.
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-¡Síiiiiiiiii! ¡He ganado! -Gritó Poseidón.
Ares estaba tan cabreado que no podía hablar.
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El alarido que siguió convirtió el terremoto de Hades en un hecho sin relevancia. Hasta el mismo mar se apartó de Ares, dejando un círculo de arena mojada de quince metros de diámetro. Icor, la sangre dorada de los dioses, brotó como un manantial de la bota del dios de la guerra.
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Clarisse tenía la misma cara furiosa que su padre.
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Su expresión iba más allá del odio. Era dolor, desconcierto, imposibilidad de creer que lo habían herido.
Cojeó hacia mí, murmurando antiguas maldiciones griegas, pero algo lo detuvo.
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-¡No te atrevas a maldecir a mi hijo! -Gritó Sally.
Ares se extremeció pero no fue de frío.
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Fue como si una nube ocultase el sol, pero peor. La luz se desvaneció, el sonido y el color se amortiguaron, y entonces una presencia fría y pesada cruzó la playa, ralentizando el tiempo y bajando la temperatura abruptamente.
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Los dioses se miraron con idénticas expresiones de horror.
Sabían lo que era, o mejor dicho quien era esa presencia.
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Me recorrió un escalofrío y sentí que en la vida no había esperanza, que luchar era inútil.
La oscuridad se disipó.
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Muchos semidioses se estremecieron.
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Ares parecía aturdido.
Los coches de policía ardían detrás de nosotros. La multitud de curiosos había huido. Malcolm y Grover estaban en la playa, conmocionados, mientras el agua rodeaba de nuevo los pies de Ares y el icor dorado se disolvía en la marea.
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-Te ha herido un crío. -Se jactó Artemisa.
-¡Cierra la boca frígida!
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Ares bajó la espada.
—Tienes un enemigo, diosecillo —me dijo—. Acabas de sellar tu destino. Cada vez que alces tu espada en la batalla, cada vez que confíes en salir victorioso, sentirás mi maldición. Cuidado, Perseus Jackson. Mucho cuidado.
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Poseidón miró a su sobrino con los ojos brillando por la furia contenida.
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Su cuerpo empezó a brillar.
—¡Percy, no mires! —gritó Malcolm.
Aparté la cara mientras el dios Ares revelaba su auténtica forma inmortal. De algún modo supe que si miraba acabaría desintegrado en ceniza.
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-Ya me gustaría. -Musitó el dios de la guerra.
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El resplandor se extinguió.
Volví a mirar. Ares había desaparecido. La marea se apartó para revelar el yelmo de oscuridad de Hades. Lo recogí y me dirigí hacia mis amigos, pero antes de llegar oí un aleteo. Tres ancianas con caras furibundas, sombreros de encaje y látigos fieros bajaron del cielo planeando y se posaron frente a mí.
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-Entrégaselo a ellas. -Dijo Hades.
Atenea iba a decir algo, pero prefirió callarse. Todos estaban muy tensos.
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La furia del medio, la que había sido la señora Dodds, dio un paso adelante. Enseñaba los dientes, pero por una vez no parecía amenazadora. Más bien parecía decepcionada, como si hubiera previsto comerme aquella noche y luego hubiese decidido que podía resultar indigesto.
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-Mejor resultar indigesto para los monstruos. -Dijo Lee.
Muchos estuvieron de acuerdo.
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—Lo hemos visto todo —susurró—. Así pues, ¿de verdad no has sido tú?
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Poseidón bufó.
-Furia estúpida…
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Le lancé el casco, que agarró al vuelo, sorprendida.
—Devuélvele eso al señor Hades —dije—. Cuéntale la verdad. Dile que desconvoque la guerra.
Vaciló y la vi humedecerse los labios verdes y apergaminados con una lengua bífida.
—Vive bien, Percy Jackson. Conviértete en un auténtico héroe. Porque si no lo haces, si vuelves a caer en mis garras…
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-más quisieras. -Rió Percy.
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Estalló en carcajadas, saboreando la idea. Después las tres hermanas levantaron el vuelo hacia un cielo lleno de humo y desaparecieron.
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-una cosa menos. -Suspiró Sally.
-Ahora solo falta que devuelvan el rayo. -Secundó May.
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Grover y Malcolm me miraban flipados.
—Percy… —dijo Grover—. Eso ha sido alucinante…
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-Es que soy alucinante. -Intervino el hijo de Poseidón.
Artemisa no entendía por qué su teniente se llevaba tan bien con ese muchacho.
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—Ha sido terrorífico —terció Malcolm.
—¡Ha sido guay! —se obstinó Grover.
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-ha sido un poco de las dos cosas. -Opinó Charles.
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Yo no me sentía aterrorizado, pero tampoco me sentía guay. Estaba agotado y me dolía todo.
—¿Habéis sentido eso… fuera lo que fuese? —pregunté.
Los dos asintieron, inquietos.
—Deben de haber sido las Furias —dijo Grover.
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-No han sido ellas. -Murmuró Hades.
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Pero yo no estaba tan seguro. Algo o alguien había evitado que Ares me matara, y quien quiera que fuese era mucho más fuerte que las Furias. Observé a Malcolm, y cruzamos una mirada de comprensión. Supe entonces qué había en el foso, qué había hablado desde la entrada del Tártaro.
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-Un ser horrible. -Dijo Hestia.
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Le pedí la mochila a Grover y miré dentro. El rayo maestro seguía allí. Vaya menudencia para provocar casi la Tercera Guerra Mundial.
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-¡Astrapí es muy importante! ¡No es ninguna menudencia!
-Ya está la reina del drama. -Suspiró Poseidón.
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—Tenemos que volver a Nueva York —dije—. Esta noche.
—Eso es imposible —contestó Malcolm—, a menos que vayamos…
—… volando —completé.
Se me quedó mirando.
—¿Volando?… ¿Te refieres a ir en un avión, sabiendo que así te conviertes en un blanco fácil para Zeus si éste decide reventarte, y además transportando un arma más destructiva que una bomba nuclear?
—Sí —dije—. Más o menos eso. Vamos.
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-No te lo aconsejo chico. -Dijo el dios del trueno.
-¿En serio vas a ir volando? -Inquirió Sally.
Su hijo no contestó.
-Otra idea suicida. -Suspiró Lee.
-Ya ha acabado el capítulo. -Comentó Malcolm.
-Yo leeré el siguiente. -Dijo Hades.
Y con un chasquido de dedos tuvo el libro en sus manos.
Ethan le mordisqueó el cuello y fue a sentarse al lado de Luke.
-Me sorprende que leas. -Comentó Deméter.
Hades bufó molesto.
-Tengo que decidir qué hacer contigo. -Dijo Poseidón mirando al dios de la guerra.
-Deberías retirar la capa de hielo. -Musitó Lee.
El dios no quería hacerlo, pero no le negaría nada a su chico.
Hades abrió el libro y se preparó para leer.
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Nota: ¿Qué castigo queréis que Zeus le dé a su hijo? ¿O preferís que no le dé ninguno puesto que había sido controlado?
¿Qué queréis que Poseidón le mande hacer a Ares? Después de todo, perdió la apuesta que hicieron en el cap anterior.
¿Queréis que aparezcan algunos dioses menores?
¿Qué os parece un Zeus/Leo? Se me acaba de ocurrir.
El infiel y arrogante dios del cielo, se queda encandilado con el pequeño latino, pero éste no le hace caso.
No sé si ponerlo en este fic, en uno de los libros más adelante, (Si me acuerdo), o escribirlo en otro fic diferente.
¿Qué opináis?
