II
Escuchaba a Miroku parlotear sin cesar. Era lo que más le gustaba hacer luego de exterminar demonios; aunque le molestaba, entendía que era para obtener mejores recompensas y hacerse cierta fama que no les venía mal (considerando que tenían un mitad demonio en el maldito equipo). Pero Inuyasha podía notar que lo hacía con cierto apremio, vagamente. Lo sabía porque era un parloteo que conocía a la perfección, de memoria incluso, sabía el tono de voz y la velocidad en que soltaba cada palabra. Después de todo, Miroku lo decía exactamente igual cada vez, usando exactamente las mismas palabras, realizando minúsculas variaciones según el tiempo, lugar y tipo de peligro.
Hizo varias pisadas consecutivas con el pie descalzo sobre el suelo, en clara señal de impaciencia. El gesto no pasó desapercibido por el monje, que salteó toda una parte de su verso para dirigirse a los párrafos finales. Inuyasha agradeció aquello, porque sabía que Miroku quería volver tanto como él a la aldea: de inmediato. El trabajo que les habían dejado a las chicas era tal vez demasiado, sobre todo al no contar con Kaede para ayudarles. Además, ese mal presentimiento aún no se alejaba de él. Lo que es más, se había acentuado con cada milla recorrida, hasta extenderse en la totalidad de su pecho. Lo positivo era que le había costado mucho menos acabar con las alimañas que estaban molestando a esos aldeanos, con toda esa impotencia y prisa encima.
Sus orejas se movieron inconscientemente en todas direcciones, intentando obtener un sonido que parecía sumamente importante de repente, escuchar. Se tensó sin siquiera intentarlo. Sus brazos cruzados pasaron a estar a ambos lados de su cuerpo, sus orejas alertas, sus ojos mirando en derredor por cualquier peligro que pudiera presentarse.
Miroku frenó la conversación con un gesto de la mano y dirigió la atención a su amigo, que había adoptado una posición claramente ofensiva. Sus poderes espirituales no le indicaban ningún peligro en la zona, pero por supuesto que él no tenía los sentidos de perro súper desarrollados.
Algo estaba mal. Algo iba mal, iba pésimo, solo que no podía saber qué. ¿Cuál era el peligro? ¿A quién, a quién tenía que atacar? ¿Hacia dónde dirigirse? Algo en su interior le gritaba que debía actuar, hacer algo de inmediato, pero sus sentidos no podían detectar ninguna amenaza cercana.
Hasta que escuchó que Kagome lo llamaba.
La Kagome con la que se encontró a mitad de camino de los cultivos era una muñeca rota. Se dejó acoger entre sus brazos, cayéndose de rodillas. Y Sango solo pudo hacer eso mismo: dejarse caer a su lado mientras la mecía y le acariciaba los cabellos y se preguntaba qué mierda había pasado, pero sabía qué había pasado, sabía todo eso bien. Solo hacía falta echar una mirada al estado de su amiga para conectar ideas.
—Todo está bien, todo está bien, todo está bien —repetía una y otra vez, con la voz más dulce que pudiera salir de su interior, la voz de madre que utilizaba cuando sus niños tenían una pesadilla, la voz de amiga comprensiva, la voz de compañera.
Kagome sollozó en sus brazos unos minutos, pero luego quedó en absoluto silencio. Sabía que seguía despierta, podía sentir su respiración y el modo en que su pecho subía y bajaba, a un ritmo que no se correspondía al de sueño o desvanecimiento. De modo que siguió susurrándole que todo estaba bien ahora, que estaba allí con ella y que arreglarían aquello. Entre tanto, ordenó con una seña a los aldeanos que registraran los alrededores.
Nunca había corrido un camino más largo que aquel, desde el borde de las casas hasta la mitad del campo, donde Kagome se acercaba despacio, con las ropas rotas y ese andar tan extraño.
Qué estúpida había sido. Qué inconsciente, qué imbécil. ¿Cómo había dejado que aquello ocurriera? ¿Cómo podía ser que…? Repasaba mentalmente el momento, como si acaso pudiera cambiar su accionar y llegar antes, evitar que la lastimaran. Le había preocupado lo mucho que estaba tardando. Según sus propios cálculos, no había demasiado para registrar. Cuando los minutos transcurrieron y no se presentó, pensó que tal vez estaba ayudando en otro parte de la aldea. Luego esa sensación comenzó a picarle en su interior, de modo que pidió a una de las aldeanas que fuera a buscarla. Pero no encontró a Kagome por ningún lugar, y fue recién entonces cuando la picazón de aquella sensación se hizo tan intensa que era imposible no hacer nada al respecto. Decidió ir a buscarla allí donde se suponía que estaba.
Y la vio, a tantos y tan pocos pasos de ella, sosteniéndose las ropas rotas, con rastros de lágrimas y suciedad en su cuerpo, tan agobiada. No recordaba haber corrido tan rápido en su vida.
—Todo estará bien —volvió a repetir, acariciando los cabellos negros—. Debemos ir a la aldea, Kagome. A mi casa, estaremos bien ahí.
Y era necesario decir que estarían, porque sentía que estaba sufriendo en carne propia el dolor de Kagome. La chica no dijo nada, se dejó guiar. Aceptó la ayuda de Sango y otra aldeana para levantarla. La aldeana envolvió su cuerpo semidesnudo en una manta y la sostuvo de un lado, mientras la exterminadora lo hacía del otro. Caminaron despacio hacia las cabañas, mientras detrás un grupo de aldeanos (visiblemente molestos) revisaban cada casucha y todo alrededor. Por supuesto que no iban a encontrar nada, concluyó Sango. Por supuesto que no, ya era demasiado tarde y quienquiera que haya sido, estaba lejos ahora.
Una vez en el interior de la cabaña, Sango ordenó a las gemelas que se fueran a otro sitio con los niños más pequeños. Atadas allí por la curiosidad y la preocupación por quien siempre había sido su tía, tardaron varios segundos en acatar la orden de su madre.
—De acuerdo —comenzó Sango, tomando las manos de Kagome. Estaban frías. El día era bastante cálido para que tuviera esa temperatura en sus manos. Qué pensamientos estúpidos recorrían su mente en ese momento—. Kagome… necesitas decirme qué y quién te hizo esto. ¿Kagome?
Kagome negó con la cabeza. Nuevas lágrimas se acumularon bajo sus ojos y rodaron por sus mejillas. Ni siquiera podía recordar con exactitud dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Tenía una vaga visión de Sango, el rostro preocupado y sonrojado, sosteniéndole en brazos mientras finalmente había decidido dejarse ir durante unos momentos (realmente necesitaba solo desaparecer durante algunos momentos y dejar de sentir, de pensar, de todo). Seguramente Sango se había encargado de cuidarla, de llevarla a algún lugar donde
Todo está bien.
Todo está bien.
Todo está bien.
Todo está bien.
—No quiero hablar de eso —susurró. La voz le salía tan ronca y le dolía la garganta. Le dolían muchas partes del cuerpo y estaba realmente agobiada. Y quería dejar de pensar, quería dejar de hablar. Iba a repetir que no quería hablar de eso, pero Sango asintió y dijo que
Todo está bien.
La tomó de ambas manos y la guió con ternura donde pudiera tomarse un baño. La sentó a esperar mientras calentaba el agua para el lebrillo. La ayudó a quitarse de encima la manta y luego los vestigios de lo que fue su atuendo. Los tiró a un costado, lejos de ellas. Observó el cuerpo de Kagome, desnudo ante ella. Tenía cardenales en varias zonas, sobre todo en piernas, brazos y bajo las costillas. Algo de sangre seca en la cara interna de las piernas, un rastro que llegaba hasta rozar la rodilla. Tenía el labio cortado y posiblemente pronto le saldrían nuevas marcas en el rostro.
No quiso seguir haciendo un examen visual. De estar Kaede allí podría ayudarle, pero sufría aún de aquella enfermedad y prefería que descansara. Después de todo, cuando Kagome pudiera hablar sobre el tema, les indicaría todo lo que ocurrió y verían si había algo por hacer. Entre tanto, debía de cuidar de esa joven tan vencida allí.
Estiró los brazos hacia ella y Kagome los tomó, sosteniéndose para entrar en la fuente. Dejó que se sentara, abrazándose las rodillas. Con antiquísima paciencia, comenzó a dejar que el agua caliente recorra la espalda de Kagome, mojándole los cabellos negros. Le dedicaba alguna que otra caricia al cabello, entre tanto se aseguraba que el agua ingresara en su totalidad, hasta empaparlo. Se encargó de mojar todo su cuerpo y luego le alcanzó un trapo para que pudiera pasarlo por sobre la piel.
Al principio Kagome no sabía muy bien qué hacer con él, mientras Sango seguía mojándole la espalda. Finalmente, mirándose las piernas, encontró un rastro de sangre que comenzaba a desvanecerse. Al mismo tiempo que el torrente de recuerdos que quería olvidar volvía a golpearla con fuerza, comenzó a restregarse las piernas con el trapo hasta dejarlas roja.
Sango no interfirió. Creía que lo mejor que podía hacer era dejar que se limpiara del mejor modo que creyera posible. La observó pasarse el trapo una y otra vez sobre la misma zona, piernas, brazos, abdomen, incluso el rostro. No la detuvo ni siquiera cuando creyó que podría lastimarse de seguir. Por suerte, Kagome frenó a tiempo, dejando finalmente el trapo a un lado.
Sango siguió rellenando el pequeño recipiente que usaba para juntar agua y volver a dejarla caer sobre Kagome. Perdió la noción del tiempo de inmediato. Cuando notó que el agua comenzaba a perder temperatura, obligó a Kagome a salir de allí. Si bien en principio se resistió un poco, finalmente le hizo caso y permitió que le envolviera el cuerpo con una manta seca.
—Ahora dormirás un rato en mi cama —aseguró, frotando un poco los brazos de Kagome. La mirada siempre viva y alegre no estaba en ese momento. Parecía mirar a otro lugar, uno más lejano. La exterminadora se preguntó si debía traerla a la realidad o permitir que su mente se escapara del dolor del cuerpo durante unos momentos.
Al final se decidió por dejarla ser, indicándole el camino hasta su propia cama. Seguía desordenada, pero a Kagome no le importó. Sango la ayudó a recostarse sin sacarle la manta de encima y sobre eso la tapó con las sábanas que ella había usado tan solo la noche anterior.
La observó, parada al pie de la cama. Parecía incapaz de cerrar los ojos, dirigiendo la vista hacia la puerta con esa mirada perdida, incluso hipnotizada. Sango suspiró. Le volvía a doler el cuello, los hombros, la espalda. Le dolía también algo en el pecho y no tenía la más mínima idea de lo que tendría que hacer después.
—Sango —escuchó que la llamaba. Volvió la vista, de pie ante el umbral de la puerta. Se había decidido por pedir un consejo de Kaede, mientras esperaba por Miroku e Inuyasha—, ¿puedes quedarte conmigo?
La exterminadora no pudo menos que embozar una pequeña sonrisa. Y aunque era una sonrisa sincera, escondía mucho pesar detrás. Se acercó a paso lento y se recostó junto a su amiga, que no tardó en tomar sus manos.
Recién cuando tuvo a Sango a su lado, sosteniéndole las manos aún frías y tarareando una canción de cuna (aquella que había sido la favorita de las gemelas), Kagome pudo cerrar los ojos y dejarse ir.
Seguirle el paso a Inuyasha era algo que jamás podría lograr. Pero en cuanto lo vio alerta de esa manera, cuando escuchó que murmuraba el nombre de Kagome y luego le dirigía aquella mirada de pánico, entonces supo que era necesario lograrlo o intentarlo hasta morir.
Mientras Inuyasha se convertía rápidamente en una mancha roja que surcaba el aire, Miroku no se tomó las molestias de seguir con su discurso. De movimientos rápidos y efectivos, se subió a la carreta y obligó a los caballos a ir al máximo de su velocidad. La aldea de Kaede no quedaba mucho más lejos, pero de todos modos era un trayecto largo para lo que parecía ser esa urgencia.
A pesar de que exigía a los caballos más de lo que deseaba, y ellos cumplían a la perfección, no lograba alcanzar a Inuyasha. Podía verlo correr delante, a una velocidad extraordinaria. No dudaba de que estuviera asustado. Después de todo, un halo invisible de intranquilidad se expandió entre los dos, y los acompañó todo el camino de regreso a casa.
La aldea los recibió con una intranquilidad inusual. Los aldeanos y aldeanas seguían trabajando sobre sus respectivas tareas (reparaciones, comidas, enfermos, alimentos), algunos incluso se acercaron a ellos con intenciones de ayudarles con la carga de la carreta. Pero la evasión en su lenguaje corporal y miradas decía más que suficiente.
—¿Dónde está Kagome? —gruñó Inuyasha, aunque ni siquiera le era necesaria tener una respuesta. Los aldeanos observaron alrededor, alertas. Inuyasha lo sentía en el aire, Kagome estaba cerca, junto al aroma de Sango.
—Está con la señora Sango —respondió una aldeana. Se acercaba a ellos con timidez—. Pero necesita descanso, de verdad.
Inuyasha no dijo una palabra. Apretó los puños y los dientes, intentando contenerse. No sabía cómo, pero comenzaba a creer que explotaría. Corrió a una buena velocidad hasta la cabaña de Miroku, no mucho más lejos de allí. Miroku lo observó alejarse con una mueca de preocupación. Aldeanos intentaban detener su paso al interior de la cabaña, lo que era obviamente una empresa inútil. Intentó obtener una respuesta concisa de la aldeana que les había hablado, pero aquello fue incluso más complicado. Sin intenciones de perder más tiempo, se acercó a evitar un altercado violento que terminara con varios aldeanos lastimados (como si necesitaran más).
—Detente, Inuyasha —ordenó, sosteniéndole el brazo y deteniendo su avance. Inuyasha se desligó de su agarre con un empujón—. ¡Detente!
—¡¿Detenerme?! ¡Ella me llamó! ¡Está ahí y no me dejan verla! ¡¿Crees que voy a detenerme?! ¿Tú te detendrías?
—Es suficiente. —La voz de Sango hizo que ambos hombres se giraran. Miroku lucía seriamente preocupado, pero nada en comparación de Inuyasha, que estaba francamente fuera de sí.— Kagome duerme. Necesita descansar.
—¿Se ha enfermado? —preguntó el monje, aunque sabía que Inuyasha no estaría así si fuera eso. Sango negó con la cabeza, mirando de reojo a Inuyasha, que la observaba impaciente. Sabía que contaba con poco tiempo antes de que aquello terminara mal (no encontraba de qué otra forma podría acabar, conociendo a Inuyasha), así que necesitaba contenerlo antes de que perdiera el control.
—No, no está enferma —aseguró. Tomó aire y enfocó sus ojos en Inuyasha, que para entonces estaba a un punto de correrla a un costado e ir a ver a su esposa—. La han atacado.
Inuyasha tragó. ¿Atacarla? Juntó las cejas aún más y se removió inquieto en el lugar. Estaba intentando encontrarle un sentido a esas palabras.
—¿Está herida? —preguntó Miroku. Había optado por aferrar el brazo de Inuyasha, como si quisiera demostrarle que estaban justo allí, a su lado y listos para enfrentar aquello juntos.
—No… tanto. Espera —siguió, poniendo ambas manos en el pecho de Inuyasha cuando el hanyō dio un paso adelante con claras intenciones de entrar a esa cabaña por la fuerza—. Ella… Inuyasha.
Era imposible intentar encontrarlo. En ese momento, la vista de Inuyasha y el resto de sus sentidos estaban enfocados en una sola persona en todo el mundo. Sango lo empujo despacio, intentando que la mirara.
—La lastimó un hombre —le murmuró. Intentaba no alejar sus ojos de los dorados de Inuyasha. No le gustó lo que encontró en aquella mirada, el dolor y la repugnancia, el odio—. ¿Me entiendes?
El medio demonio se quedó quieto simplemente, observándola impávido. Dejó de oponer resistencia, dando un paso atrás. El monje le sostuvo del brazo, temeroso de cualquier posible reacción. En parte consternado, incapaz de entender, de aceptar lo que Sango les decía. A pesar de mantenerse atento a Inuyasha, intercambió una rápida mirada con su esposa. Sango meneó la cabeza con cansancio.
—Ahora duerme —siguió, con la misma voz suave. No podía encontrar la mirada de su amigo, que observaba el piso—. Estuve con ella todo el tiempo. Puedo… ¿Quieres que la llame? ¿Quieres verla?
—Yo… —comenzó Inuyasha, frunciendo el ceño—. Ella me llamó —dijo en un susurro. Miroku suspiró y Sango se miró las manos entrelazadas. ¿Qué podía decir? Era obvio que Inuyasha se culparía por esto, pero ella encontraba una culpable más cercana. Alguien que podría haber hecho algo, pero que estaba simplemente observando otro lugar…
—Volveré con ella hasta que despierte y… —tomó aire, volviendo a enfrentar la mirada ambarina de Inuyasha—. Te llamaré entonces.
Inuyasha no respondió. Observó cómo Sango giraba y volvía a ingresar en su cabaña. Vio brevemente el interior. Dentro, en alguna cama, estaba Kagome. Lastimada. No había podido llegar a tiempo. No había logrado protegerla. No había llegado a tiempo ante su llamado, había escuchado a su voz clamando su nombre y no había estado ahí para evitar que aquello le ocurriera, no había cumplido su promesa.
Bufó, cabizbajo, incapaz de reaccionar de otra manera. ¿Cómo podría verle a la cara? ¿Cómo podría permitirse ver sus ojos castaños, cómo podría soportarlo?
—Inuyasha —le llamó Miroku. Giró el rostro. Seguía a su lado, no se había movido un ápice. Seguía incluso sosteniéndole el brazo, como si acaso un mitad bestia como él podría caer simplemente, o si podría detenerle de lo que quisiera hacer. Los ojos azules de su amigo lo inspeccionaban. Se preguntó vagamente qué vería. ¿Dolor? ¿Vergüenza? Estaba abatido. No había nada que su presencia híbrida pudiera hacer en aquella aldea. Ni por los soldados, ni por los enfermos, ni siquiera por su esposa, la mujer que amaba hasta la médula—. Esto es terrible, lo sé…
—No me importa lo que digas.
Su voz también estaba dolida. Miroku tomó aire, llenándose de fuerzas para continuar esa batalla, la que tenía que ver con recuperar a Inuyasha de ese pozo en donde habitualmente le gustaba esconderse cuando dolía demasiado. El mismo pozo en el que estuvo los tres años que Kagome permaneció separado de ellos. No podía permitirle volver ahí.
—Escúchame —insistió. Apretó el agarre hasta que los dedos le dolían. Sabía que todo ese esfuerzo físico era en vano, Inuyasha no lo sentiría del modo que él quería que lo hiciera—. Es necesario que estemos aquí para Kagome, y…
—Kagome no querrá verme.
—Eso no es así —aseguró el monje, negando con la cabeza. Pero antes de que pudiera decir más, Inuyasha se deshizo de su agarre con brusquedad. Estaba perdiendo la batalla con rapidez.
—Yo no querría verme, y tú no te atrevas a decir lo contrario. Solo… vigílenla. ¿De acuerdo?
—Inuyasha, por favor, no es momento de que…
—Da las gracias a Sango.
Inuyasha se alejó antes de que pudiera reaccionar. Incluso si lo hubiera hecho, no hubiera logrado nada. Era el tipo de escena a la que estaba acostumbrado. Inuyasha huía, se escondía, y pretendía de ese modo cuidar a los suyos. Solía creer que estarían mejor así, sin él. Miroku suspiró. Estaba cansado de la situación, un cansancio que se sumaba a todo lo demás sobre sus hombros.
—No es momento de que huyas —dijo de todos modos, con una voz alta y clara. Donde sea que Inuyasha decidiera esconderse, lograría escucharlo—. Kagome te necesita.
Miró alrededor, intentando encontrar esa ropa roja que le indicara que volvía hacia ellos, pero Inuyasha estaría posiblemente en el bosque. Cerca, tal vez, del pozo de Kagome. Suspiró. Posó una mano con cuidado sobre la puerta de su casa. Si Inuyasha decidía esconderse de momento, bien. Él sí estaría ahí.
Nota
Hola otra vez :) Quería actualizar ayer, pero se me hizo imposible. Y de momento, tampoco me es posible contestar los reviews, pero quiero agradecerles inmensamente por ellos. Seguro pronto-pronto los voy a responder a todos y cada uno.
Volviendo al capítulo en sí... ajá, lastimaron a Kagome. Pero de esto iba el reto, no podía evitarlo. Ahora Kagome deberá luchar con el dolor que tiene, e Inuyasha también. Tienen mucha suerte de contar con Sango y Miroku, ¿no creen?
¿Qué opinan del capítulo? ¿Cómo creen que continuará esto? Espero sus comentarios con ansias :)
Mor.
