III
Kagome durmió largo y tendido. Había sido difícil en principio que conciliara el sueño, pero se había entregado a él de lleno luego. Estaba cómoda entre las sábanas de sus amigos, que arropaban el cuerpo desnudo y magullado. El aroma familiar de Sango parecía proteger sus sueños de cualquier invasión.
Miroku la observó desde la puerta de su habitación, de brazos cruzados y con semblante serio. No le gustó nada lo que podía ver. Era apenas aquel rostro blanco y tan familiar, pero pudo notar signos de que había sido lastimado. Y si su rostro había recibido golpes, ¿qué podía esperar de otras partes de su cuerpo? No entendía como la culpa podía aferrarse tanto a él.
Sango posó una de sus cálidas manos en su brazo, haciendo que girara a verla. Los ojos café le trajeron paz, cosa que solían hacer con frecuencia y eficacia. Desanudó sus brazos para permitir abrazar el cuerpo menudo de su esposa, sentir el perfume de su cabello y agradecer que se encontrara a salvo, agradecer aunque se sintiera mal de todos modos.
—Se pondrá bien —murmuró Sango. Sin embargo, pudo notar ese titubeo en su voz, la conocía demasiado bien. Se alejó tan solo un poco para observarle a los ojos—. Lo sé. Es fuerte. Y nos tiene a nosotros…
—Tenemos que traer a Inuyasha.
Sango no opuso resistencia alguna. Por supuesto que necesitaban a Inuyasha, lo necesitaban ahí, abrazando a Kagome y consolándola. Diciéndole que todo estaría bien. Ya se lo había repetido un millar de veces (a Kagome, a ella misma), pero eso no parecía tener más que un efecto pasajero. Después de todo, no hacía falta más para darse cuenta: Kagome había decidido que estaba mejor durmiendo que despierta. Y no podía ser una buena señal.
—¿Has hablado con Kaede?
—No me he movido de aquí.
Miroku suspiró. Ambos observaron a Kagome removerse en sueños, preocupados por la expresión en su rostro. Pero pronto volvió a estar tranquila, con el rostro relajado.
—¿Sabes quién lo ha hecho? —preguntó. Tal vez eso era lo que más quería saber, más que cualquier otra cosa. Temía, en parte, que haya sido algún aldeano. Alguien a quien hubieran ayudado, a quien le hubieran abierto las puertas de su casa. Pero, en verdad, ¿acaso importaba? ¿No había Kagome ayudado a todo aquel que lo necesitaba? No importaba en realidad, cualquiera que sea, había hecho mal, muy mal.
—No. No ha querido hablar de eso —respondió—. Tal vez nunca quiera. Pero no encontramos a nadie que pareciera sospechoso.
Miroku pareció meditar durante un momento, pero no lograba encontrar en su mente nada que ayudara. No podía hacer nada. Tenían tanto por hacer y no podía hacer nada. Cerró los ojos con fuerza y miró alrededor, esperando encontrar una respuesta.
—Miroku… ¿qué ocurre?
—Ocurre que…
Tomó aire y se detuvo. ¿Qué podía decirle, en realidad? Cualquier cosa que saliera de su boca era inválida. Y no tenía caso buscar consuelo en su esposa, porque lo encontraría. Lo que necesitaba era un perdón, de la boca de Inuyasha, de Kagome. Necesitaba que lo disculparan porque había sido un idiota y había permitido que aquello sucediera.
—No es nada. Iré a hablar con Kaede —siguió, intentando que Sango no volviera sobre el tema—. Quédate con Kagome.
Sango asintió. Miroku le dejó un dulce beso en los labios y partió fuera de la cabaña, en dirección a la parte de la aldea más afectada por la última enfermedad. Debía preguntarle a Kaede si había algo por hacer, alguna medida en especial que tomar, un cuidado… unas palabras le servirían; cualquier cosa. Intentó encontrar en el camino a Inuyasha, pero, por supuesto, no estaba allí. De seguro los escuchaba y estaba al tanto de la condición de Kagome, atento a cualquier cosa que pudiera necesitar, pero se mantenía al margen. No creía que alguna vez lograra hacerle entrar en razón al respecto. Posiblemente solo Kagome pudiera.
Entre tanto, Sango se quedó en su cabaña. Algunos aldeanos y aldeanas se acercaban a preguntarle tareas específicas, decisiones que normalmente ellos tomaban. Todo se estaba descontrolando un poco. Sabían de la condición de Kagome y de la desaparición de Inuyasha, de modo que solo podían consultar a ella y Miroku, pero tampoco lograban encontrar al monje tan fácilmente. De modo que tuvo que responder todo tipo de consultas diversas. Le ayudaban, de igual forma. Le permitían mantenerse atenta a otros asuntos, algunos que no dolieran tanto.
Entre tanto, Kagome ya había despertado. Lo había hecho largo tiempo atrás, pero simulaba dormir. Era más sencillo que hablar con Miroku. Miroku siempre quería hablar, siempre quería solucionar las cosas y ayudar, y no estaba segura de poder hacer frente a eso. Lo bueno de hacerse la dormida era que pudo escuchar sus palabras. La preocupación sincera por su bienestar, el cansancio en sus voces. Lo único malo es que aparentemente Inuyasha había desaparecido. Kagome no quería pensar mucho en eso. No quería pensar, encontrar un motivo por el cual Inuyasha se alejara gustoso de su lado. Si sabía que… que aquello le había ocurrido, ¿por qué…?
Suspiró, limpiándose la lágrima que bajaba por su rostro. Escuchaba a Sango hablar con las aldeanas. Incluso controlando el tono de voz, lograba escuchar los murmullos. En ese momento, quería estar con Inuyasha. Sentir los brazos fuertes y cálidos abrazarla, estar a salvo de nuevo. Se conformaba con la silenciosa compañía de Sango, acariciándole los cabellos y contándole tonterías.
Luego se hizo de nuevo el silencio y escuchar el caminar despacio de su amiga. Imaginó que se sentaba finalmente a descansar un segundo, tal vez pensando en todas las tareas que tenían por delante. Kagome sabía que tenían mucho por hacer. Tanta gente que dependía de ellos. Pero no podía evitar sentirse del modo que se sentía. Adolorida, sucia, realmente insignificante.
Se envolvió en una sábana y se obligó a ponerse de pie. Necesitaba pararse y servir, volver a ser útil, volver a ser la misma mujer. Sintió un poco de dolor al caminar. De repente ya no creía lograrlo. Pero podría fingir. Era buena fingiendo que
Todo estaba bien.
Todo estaría bien.
Tal vez no. Tal vez solo necesitaba no estar sola y confiar, entregarse sabiendo que estaba a salvo, como al caer en brazos de Sango.
Se acercó a la abertura de la puerta y se plantó allí, sosteniéndose aquel kimono improvisado, intentando que aquella molestia en su entrepierna desapareciera rápidamente, que no volviera a ella, que no le atacara ningún recuerdo. Con rapidez, observó que Sango estaba sentada, con los codos en la mesa y tapándose el rostro con las manos. Se enfocó en ella, en el cabello castaño, en la tez blanca, en su respiración. Posiblemente estuviera agotada. Se podía seguir enfocando en ella, pensar solo en ella de momento. Sería más fácil que pensar en sí misma, o en ese tipo. Quería olvidar su rostro, su aliento, el modo de llamarle, el nombre…
—¿Sango? —la llamó. La exterminadora alzó el rostro con premura y la observó, con la sorpresa reflejada en su rostro. Se incorporó, sin saber ni qué decir ni qué hacer. Apenas había luz en la casa, el día había dado paso a la noche, y ella había traído consigo un frío que correteaba al ras del suelo y le daba frío en los pies. Qué tontería—. ¿Me podrías dar ropa?
Sango asintió. No tardó demasiado en ayudarle a vestirle, con paciencia, con manos expertas. Aprovechaba toda ocasión para dejarle breves caricias. No cambiaban muchas palabras, pero no hacían falta. Cuando Kagome finalmente vestía ropas de Sango (que le quedaban apenas un poco más grande), la exterminadora se permitió sentarse a su lado y tomar su mano.
—¿Por qué no quiere verme?
Sango movió la cabeza de lado a lado. Kagome apretó el agarre. Le hacía bien estar con ella, pero necesitaba…
—Olvídalo. Lo entiendo —murmuró la sacerdotisa. Sango tiró un poco de su mano, obligándole a verla—. De verdad —aseguró—. Ahora estoy sucia, de algún modo.
—¡No! No es eso, Kagome. Tú más que nadie sabes cómo es Inuyasha: un imbécil. Es un imbécil que te ama, y que cree que todo esto es su culpa.
Los ojos de la chica del futuro se clavaron en los de Sango con fuerza, queriendo creer sus palabras. Si tanto la amaba, ¿por qué no la había ido a ver? Más que nunca necesitaba tenerle cerca. Era la primera persona en la que había pensado cuando aquello… involuntariamente le había llamado. Lo quisiera o no, consciente o inconscientemente, Inuyasha siempre era su guía y protector.
—Le tomará un poco de tiempo, pero estará contigo pronto. Lo traeré de las pelotas si es necesario, Kagome.
No pudo evitar embozar una pequeña sonrisa. Su amiga hizo eco y le dejó un beso en la mejilla luego, abrazándola con fuerza. En ese momento tenía muchos más calificativos para Inuyasha que simplemente imbécil, pero no podía soltárselos a Kagome así como así. Sin embargo, era cierta su promesa. Si tenía que agarrarle de los testículos para traerlo ante su amiga, lo haría. Por su honor.
De momento, solo necesitaba que Kagome mejorara. Había sido bueno verla parada en la puerta, esperando por ella. Pero ese dolor, ese pesar, ese miedo en sus ojos… no podía seguir soportándolo. Debía hacer lo que estuviera a su alcance.
—Quédate con nosotros esta noche. Con los niños y conmigo. Miroku puede ocupar tu casa.
—¿Lo dices de veras?
Sango asintió. Kagome no vio muchas más opciones. Si le invitaba a estar con ella era porque Inuyasha no estaba esperando en su casa, estaba lejos, quién sabía dónde. Y ella no podía pasar la noche sola. No ahora que todo estaba oscuro y algunos miedos aparecían con más fuerza. ¿Cómo iba a enfrentarse a la oscuridad de su casa, a esos espacios vacíos y a las pesadillas que seguramente vendrían si Inuyasha no estaba allí con ella? Pero Sango estaba allí, y aquellos dulces niños que amaban dormirse en sus brazos. Podría abrazarse al calor de alguno y usarlo de amuleto contra las pesadillas. Tanto amor serviría.
Tenía que servir.
Miroku se reencontró con Sango varias horas después, cuando la oscuridad en el exterior era tan pronunciada como el frío. Traía antorcha en mano y se alegró de entrar en el calor del hogar. Más se alegró de ver a Kagome con uno de sus pequeños a upa y hablando con las gemelas con calma. Le dedicó una sonrisa y Kagome la correspondió (y, aunque sabía que todo eso era una farsa, estuvo bien por un momento).
Acompañó a Sango a la cocina para susurrarle lo que había pasado en las horas fuera. Se había reencontrado con Kaede, que tenía mucho mejor aspecto, y le había contado lo sucedido. De más estaba decir que no parecía más que triste y enfadada con el asunto. Le habló de varias hierbas que podrían servir, pero no tenían ninguna. Posiblemente podrían encontrarse en la aldea de Jinenji, pero era un viaje que de momento no podían hacer.
—He estado pensando en comunicarnos con Kohaku y Shippō. Si estuvieran aquí…
—Sí. Sí, hagamos eso. Tal vez Kohaku podría buscar las hierbas. Con Kirara es más sencillo.
Miroku le tomó una de las manos y la besó. La había extrañado durante esas horas. Recorrer los enfermos y revisar posteriormente los trabajos en el otro lado de la aldea lo había agotado incluso más de lo que estaba. Entre el viaje, lo ocurrido con Kagome y todo los pensamientos en su mente (tal vez la culpa ayudara) no daba más consigo mismo.
—Se quedará con ustedes hoy, ¿no?
Sango asintió y agregó que lo mejor sería que él se quedara en la casa de Inuyasha. No estaba muy segura de que Kagome se sintiera cómoda con otro hombre bajo el mismo techo (a excepción de Inuyasha), incluso aunque muchas otras veces hubiera compartido el sueño con Miroku a escasos metros de distancia.
—Sí, será lo mejor —aceptó él. No importaba cuánto iba a extrañar el calor de su mujer aquella noche en especial, o escuchar la respiración de sus hijos durante su sueño. Miró de reojo a Kagome, que estaba varios pasos más allá. No importaba nada de eso—. ¿Has tenido noticias de Inuyasha?
—No. El muy imbécil —acentuó la palabra, rogando que el medio demonio estuviera muy atento escuchándole— no ha aparecido en todo el día. Lo necesita.
—Lo sé.
No agregó más. No creyó que contarle que le había estado llamando, e incluso hablándole (quién sabe si siquiera lo escuchaba), y que no había tenido ningún tipo de señal de él. Podía entender el dolor y la impotencia, incluso si sentía culpa, podía entenderlo. Pero Inuyasha iba un poco más allá de eso y comenzaba a comportarse como un terrible estúpido.
—Miroku —llamó Kagome entonces, y ambos giraron la cabeza—. Te quedarás a comer, ¿cierto? Sango ha preparado un estofado que huele de maravilla.
—No me lo perdería por nada del mundo —aseguró él. Cuando Kagome volvió la vista a los niños, intercambió una preocupada mirada con Sango—. ¿Ha estado comportándose así todo el día?
Sango asintió. Eso no estaba bien, guardarse las cosas así no estaba bien. Le preguntó si no creía conveniente que se llevara a los niños con él, que sería más cómodo para ella, para desahogarse y estar mal el tiempo que necesitara junto a Sango. Pero su mujer le dijo que Kagome misma había insistido para que los niños se quedaran con ellas cuando le propuso la idea. Que le hacían bien. Y tal vez fuera cierto, pero tal vez solo la distraían un rato.
Luego de cenar y conversar poco y nada (y trivialidades en su mayoría), Miroku decidió que era tiempo de irse. Se despidió de sus niños, besó a Sango y saludó a Kagome con un movimiento de cabeza y una cálida mirada. No estaba seguro de cómo comportarse, de modo que consideró que eso era lo mejor. Confiaba en que Inuyasha estaría vigilando la cabaña, pero aún así se decidió por dirigirle una significativa mirada a Sango y pedirles a los aldeanos de guardia que principalmente merodearan la cabaña… solo por precaución (dudaba mucho que nadie quisiera acercarse a Kagome, Sango o los niños en ese momento, pero si Kagome de repente estallaba y requerían ayuda, quería que fuese lo más rápido posible).
Mientras caminaba hacia la cabaña de Inuyasha y Kagome, con mirada pensativa y el ceño fruncido, habló en voz alta.
—Ahora mismo te estás comportando como un cabrón —dijo al aire. Su voz gruesa, fría, completamente calma. No quería ser rudo, pero a veces el zopenco de su amigo no le dejaba otras opciones. A veces simplemente necesitaba escuchar lo que no quería—. No sé qué crees ni puedo imaginarme lo que sientes,… pero estoy seguro de que Kagome está peor. Deja de ser un estúpido y vuelve con ella, Inuyasha.
Llegó hasta la cabaña y la abrió con familiaridad. Su amigo no lo esperaba dentro, todo estaba en silencio, desordenado y vacío. Suspiró y cerró la puerta detrás de sí. Era una casa fantasma, estaría llena de tristeza durante los próximos días y no le gustaba ni un poco.
La noche pasó. Pareció eterna, infinitamente interminable, pero pasó. Un infierno de silencio, pero había quedado atrás. Las primeras luces del día iniciaron la actividad de muchos aldeanos, así como el descanso de aquellos que velaban por la seguridad durante las noches. Así mismo, reanudó las tareas de Miroku y Sango, que se incorporaron de inmediato. Sin embargo, ninguno de los dos parecía muy seguro de querer realizar algo.
Miroku se aseguró de observar alrededor (sin rastros de Inuyasha) y luego pasar por su casa para asegurarse de que todo estuviera bien (sin rastros de Inuyasha, y con una Kagome aún más retraída que el día anterior). Sango le comentó rápidamente que había decidido pasar con Kagome el día, aunque la sacerdotisa había insistido en retomar sus actividades.
—Dejen de cuchichear, sé que hablan de mí —interrumpió la chica apareciéndose en la misma sala con cara demacrada—. No pongan esas caras.
—Lo lamento, Kagome —respondió con simpleza Miroku—. Espero que sepas que buscamos lo mejor para ti.
Kagome vaciló en el lugar, observándolo con cansancio.
—No creo que tengan que cuidarme como si fuera una chiquilla.
—Cariño, has pasado por algo… horrible y nosotros… nosotros solo queremos cuidarte.
—¡No lo entienden! ¡No quiero quedarme todo el día encerrada y sintiendo lástima de mi misma! ¡Quiero olvidar que algo pasó y no puedo estando aquí!
Los gritos terminaron en llanto. Sango miró de reojo a Miroku antes de correr a abrazarla, sintiendo las convulsiones entre sus brazos mientras Kagome peleaba consigo misma por algo de autocontrol. Entre Sango la contenía, Miroku intercambiaba miradas con su esposa. No creía que aquello fuera a mejorar pronto.
—Lo lamento —masculló contra Sango. Se separó un tanto y se enjugó las lágrimas, aún intentando controlar el ritmo de su respiración—. Es que tenemos tanto que hacer en la aldea y yo… esto…
—Kagome —habló Miroku, eso la acalló por completo mientras se sorbía la nariz. Al final, él se decidió por hacer contacto, no podía seguir perdiendo tiempo. Se acercó a ella y le agarró una de las manos, atrapándola entre las suyas. Kagome parpadeó y observó aquellos ojos azules profundos que siempre parecían tener respuestas—, siempre tendremos tiempo para ti. Siempre.
Kagome estaba por replicar cuando la puerta se abrió de par en par e Inuyasha ingresó detrás. Las gemelas tuvieron que acallar a sus hermanos menores (contentos de ver al «tío Inuyasha»), dado que podían comprender mucho mejor la situación actual. Entre que ellas controlaban a sus hermanos para que permanecieran en el lugar, Miroku, Sango y Kagome se giraron a ver al recién llegado.
Las mejillas se le colorearon hasta llegar a sus orejas y observó a Kagome apenas unos segundos, para ladear luego la cabeza. Para empezar, no podía creer que esta sería la primera vez que la veía desde que había partido de viaje. Eso sin contar lo notorias que eran las marcas en su cuello y parte del rostro. No podía con eso de momento.
Miroku fruncía un poco el ceño y Sango le observaba con recelo. La única que parecía un poco desorientada era Kagome. Antes de que alguien pudiera decir algo, levantó la mano y mostró el pequeño paquete que llevaba consigo.
—He traído hierbas. Estas son para Kagome, y hay más fuera —aseguró. Observó a Miroku durante un momento con expresión agria—. Jinenji no es un cabrón.
Sango observó a Miroku con suspicacia y luego intentó solucionar algo el denso clima de la sala. Se acercó a Inuyasha y sostuvo el pequeño paquete con hierbas, observándolas con curiosidad. A pesar de las intensas ganas de mirar a su esposa, no quitó la vista de las manos de Sango. No podía enfrentar ninguna mirada en ese momento, pero mucho menos la de Kagome. Se concentró en escuchar el latido de su corazón y la respiración tranquila. No podía hacer más que eso. Le dolía verla.
—¿Te ha dado indicaciones?
—Pues claro —gruñó—. Las recuerdo bien. Yo me encargaré de cuidar de mi esposa, y tú y Miroku pueden volver a…
—De acuerdo —le interrumpió Miroku. Tenía la mirada fija en su amigo, pero no era la cálida mirada que Inuyasha conocía bien. Era gélida, y no le estaba permitiendo completar la frase por alguna razón—. Será mejor que Kagome desayune con mis niños y Sango antes.
Inuyasha no dijo nada, pero apretó los dientes y cerró las garras en puños. Para Sango nada de aquello pasó desapercibido, de modo que se acercó a Kagome aún con las hierbas en mano y le instó a ir a desayunar antes de volver a su casa, consciente de que Miroku e Inuyasha tenían que hablar. Si bien en principio Kagome puso algo de insistencia, de inmediato cambió de opinión. Le dirigió una última mirada al rostro incómodo de Inuyasha (que no fue devuelta) y luego caminó junto a Sango lejos de la sala.
Miroku e Inuyasha intercambiaron una larga mirada en silencio. Ninguno de los dos dio el brazo a torcer. Sin embargo, el medio demonio finalmente no puedo mantener la boca cerrada.
—¿Qué mierda te ocurre? ¿No querías que estuviera aquí?
Miroku dio un paso adelante, hasta estar frente a frente con Inuyasha. Por supuesto, el hanyō no retrocedió y no fue capaz de romper el contacto visual tampoco.
—No voy a permitirte que nos hables así —aseguró Miroku, con voz clara a pesar de querer ocultar la conversación del resto de las personas en la casa—. Ni que nos dejes al margen de esto. Tú te has comportado como un imbécil, no nosotros. Así que cierra la maldita boca y hazte cargo.
Inuyasha mantuvo el silencio durante otros largos segundos. Miroku no se había movido del lugar. Necesitaba que aquello estuviera claro como el agua para Inuyasha. Que comprendiera que ni él ni Sango querían sacarse a Kagome de encima como si fuera una carga, sino que comprendían que necesitaba de Inuyasha como solo las almas gemelas lo hacían (como él a Sango, por ejemplo).
—Estoy aquí ahora —rumió Inuyasha finalmente, cortando el contacto visual para observarse las pies descalzos. Había escuchado a Kagome llorar y lamentarse el día anterior, había escuchado la charla de Miroku con Kaede, y las palabras de su amigo directamente hacia él. Todos los comentarios de su ausencia. Y luego había decidido correr hacia Jinenji y conseguir todo lo que Kagome pudiera necesitar.
—Y eso está bien. Sigue aquí por ella.
No hacía falta que agregara el «Por supuesto» que se había formado en su mente. Por supuesto que se mantendría allí por ella. No iba a permitirle pensar que estaba «sucia», o que ya no la quería. No se lo iba a permitir. No podía.
—Y nosotros seguiremos aquí también.
La mano de Miroku se extendió hasta que se apoyó con fuerza sobre el brazo de Inuyasha, acompañando sus palabras. Luego le dedicó un pequeño agarre, lo suficientemente fuerte para trasmitir lo que deseaba. Inuyasha entonces alzó la vista y asintió.
Nota
¡Hola, gente hermosa! (:
¿Qué tal este capítulo? Podemos notar algunas cosas. Kagome está hecha un lío (justificadamente). Inuyasha parece oculto detrás de una máscara (¿dónde está toda tu ira?). Miroku y Sango están sobrepasados. Y todos, todos, sienten culpa. Y esto posiblemente tarde en pasar. Finalmente, en el siguiente capítulo tendremos un acercamiento entre Inuyasha y Kagome (que las cosas están bien indiferentes, frías y con culpa y vergüenza), y nos enfocaremos mucho más en ellos dos.
Otras noticias. Intentaré actualizar todos los lunes. Si ven que me tardo: no teman, tendré razones. Además, tengan por seguro una cosa, terminaré el fic a como de lugar.
Gracias, gracias, gracias por los follows, favs y reviews; sobre todo estos últimos. Los aprecio muchísimo, me ayudan a seguir y notar mis errores y aciertos. No teman dejar su opinión, acá gustosa leeré todo lo que tengan para decirme. (:
De momento, me despido hasta el próximo lunes (crucen los dedos~). Feliz Halloween para todos ustedes, espero que estén pasando un gran día lleno de sustos *O*
Mor.
