IV
El desayuno pasó en silencio. Inuyasha no se había sentado junto a ellos, simplemente se paró de pie en la puerta dándoles la espalda (se sentía más cómodo así, sin ver). Miroku se mostraba más cortés e incluso lo invitó a sentarse junto a ellos, cosa que Inuyasha rechazó de inmediato.
Sango intentaba animar un poco el ambiente (los niños podían darse cuenta que algo no iba bien), pero dejó de intentarlo luego de unos minutos, sobre todo porque Kagome parecía agotada. Tal vez no había dormido mucho la noche anterior, o tal vez la estaban atacando recuerdos, o tal vez era la sola presencia de Inuyasha. Pero Sango se inclinaba a pensar que tenía que ver con fingir que todo iba bien. De modo que decidió aceptar la situación como era: nada estaba bien. Y mucho menos con Kagome.
Luego de varios minutos, Inuyasha finalmente decidió cortar el silencio tranquilo de la cabaña de su única y particular manera. Se giró con un bufido cansado y enfocó la vista tan solo unos pocos segundos en el rostro de su esposa (demasiado concentrada jugando con la comida). Paseó a continuación la vista por el resto de los presentes, fijándose en particular en la mirada suspicaz de Miroku y la ligeramente preocupada de Sango.
—Creo que es hora de partir —gruñó. Kagome levantó la vista y la enfocó en Inuyasha, pero sólo pudo ver los ojos dorados durante unos segundos—. Vamos.
Kagome intercambió una mirada con Sango, encontrando en ella conformidad. La exterminadora le aseguró que pasaría luego a verla, le pidió que descansara y le volvió a repetir que todo estaría bien pronto. Kagome intentó sonreírle, pero no le salió tan bien como esperaba. Miroku agregó que él estaría cerca si necesitaban algo, y que se daría una vuelta en la cabaña al terminar el día.
La sacerdotisa aceptó todo eso, con un intento de sonrisa, y luego se incorporó del lugar. Intentó que no se notara demasiado que le dolía (¿qué no le dolía?) y les agradeció a todos sin especificar demasiado. Caminó hacia Inuyasha hasta alcanzarlo, pero no pudo encontrar su mirada ni una vez. Y si bien la esperó allí sin moverse ni un ápice, se apuró a cruzarse de brazos. Kagome entonces apuró el paso fuera de la cabaña. No creía poder estar en la misma habitación que Inuyasha y que la hiciera sentir tan ignorada.
—Inuyasha —llamó Sango antes de que el medio demonio comenzara a seguir a Kagome—. No seas idiota, por favor.
—Bleh. La cuidaré, mierda.
Se alejó luego, sin esperar a que dijeran más. No pudo notar cómo Miroku y Sango intercambiaban una mirada y tomaban aire luego. No era que no confiaran en él, pero el que no pudiera mirarla a la cara les decía mucho, y les daba también mucho pesar. Esa noche Miroku le susurró algo a Sango (mientras la tenía en sus brazos, incapaz de alejarse de su perfume y piel), y ella no pudo menos que darle la razón: «Es algo que deberán solucionar solos. Nosotros hemos estado ahí, ¿recuerdas?». Sango recordaba. No sería la misma situación, pero habían estado envueltos en dolor y culpa, sí que lo habían estado.
El trayecto hasta la casa fue silencioso. Kagome rememoró épocas viejísimas, aquellas en las que Inuyasha era tan odioso como esa asquerosa inquietud que la perseguía. Y era igual de distante. Le observó de reojo más veces de las que hubiera deseado. Iba a su lado, pero mantenía el rostro serio (incluso enojado) y los brazos cruzados como él solía hacer. No se giró a verla una sola vez y eso fue lo más doloroso.
Le abrió la puerta de la casa al llegar y la dejó pasar delante de sí. Su casa parecía de repente más fría y vacía que hacía tan solo un día atrás. Caminó unos pasos más adelante mientras escuchaba a Inuyasha cerrar la puerta detrás. Se mantuvo un tiempo viendo el orden de las sillas alrededor de la mesa y sintiendo frío entre el silencio y la soledad, hasta que finalmente se decidió a girarse y mirar a Inuyasha.
Él la observaba meditabundo y eso logró sorprenderla. Esperaba que siguiera haciendo de cuenta que no existía, o que existía pero que prefería estar en otro lado. Seguía mostrándose duro, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Luego de unos momentos, finalmente dejó de verle los ojos para recorrer su cuerpo. Kagome se sintió desnuda, expuesta ante él, completamente incómoda. Odiaba esa sensación, porque nunca antes se había sentido así ante él. Se abrazó a sí misma y esperó a que algo cortara el silencio en esa habitación.
—Entiendo si no quieres verme —habló el medio demonio. Kagome alzó la vista, sorprendida. Su voz no era dura ni tampoco parecía enojado; lo que era más, podía escucharse el dolor en sus palabras—. No me acercaré a ti si así lo quieres. Pero debes decírmelo para… Miroku y Sango pueden ayudarte.
—¿Qué?
Inuyasha movió las orejas. El tono que usaba no dejaba lugar a dudas de que estaba totalmente confundida. Frunció un tanto el ceño y luego lo relajó, como si eso le sirviera para enfocar los pensamientos. Había soltado la frase lo más sincera y simple posible (¿qué otra cosa podía decirle?), pero ella no parecía comprender. Sentía un pesar tan grande en su pecho que parecía que pronto iba a caerse de culo en el suelo.
—Que si no quieres…
—¿Crees que quiero que te vayas?
Inuyasha se encogió de hombros, y a pesar de intentar demostrar confianza y seguridad, Kagome pudo detectar el titubeo, tanto en sus movimientos como expresiones en el rostro. Inuyasha nunca había sido muy habilidoso para ocultar lo que sentía o pensaba, pero para Kagome aquella tarea era incluso más simple.
—No quiero… yo… solo quisiera que vuelvas.
Kagome bajó el rostro. ¿Qué más podía decir? Se abrazó un poco más. No estaba segura de si sentía frío —o si sentía algo aparte de ese miedo y abandono. Por su parte, Inuyasha se incomodó en el lugar. Había registrado rápidamente el estado de Kagome (la piel al descubierto demostraba maltratos, cosa que no solo le irritó, sino que le obligó a apretar los dientes al punto de que le doliera la mandíbula a fin de controlarse).
—No me he ido a ningún sitio.
Ella levantó la mirada. Inuyasha no parecía mentir (el ligero tono de reproche; el leve color rosado en sus mejillas, aún a pesar de estar solos…), era tan simple leerlo. Aún se abrazaba así misma intentando encontrar la mejor manera de darle una respuesta. Porque, si no se había ido a ningún sitio, ¿por qué estaba tan sola? ¿Por qué todo el espacio entre ellos, cuando antes Inuyasha no perdía oportunidad para rozar su piel de cualquier forma posible?
—Pues eso siento yo —murmuró. Apenas logró escuchar su propia voz. Sentía una vergüenza tan grande como el nudo en su garganta. No tardaría en llorar. Se apretó más fuerte los brazos, intentando controlarse. Había demasiado silencio en la casa, hacía tanto frío y él estaba tan lejos. No sabía cómo reaccionar.
Lo cierto es que se sentía sucia, sentía que no estaba a la altura de esa situación, que no era lo suficientemente buena ahora para estar junto a Inuyasha. Sentía que todos la observaban con pena, pensando qué hacer a continuación, pensando en cómo reaccionar, en qué decir, qué hacer para que esté mejor. Y no importaba nada de eso, y no importaba cuánto se lo repitiera, ella no sentía que las cosas estuvieran bien ni mejor ni que mejoraran eventualmente. Estaba en el fondo del pozo, sin lograr viajar a ninguna época donde alguien que la quisiera la estuviera esperando. De momento, estaba en un infierno congelado y paralizado en el tiempo.
No escuchó los pasos silenciosos —temerosos— de Inuyasha al acercarse. No lo percibió hasta tener sus brazos alrededor de ella, mientras un calor conocido la envolvía de nuevo. No se percató del temor de cada paso que dio, del modo en que el dolor decoraba su rostro, no se enteró de la tormenta de pensamientos en su cabeza, arremolinándose y recriminándole cosas, o el modo en que le hizo sentir el verla tan vulnerable, con ese miedo a flor de piel, ese asco, ese algo que no podía sacarse de encima. No vio nada de eso, no se enteró de nada más. Dejó que la envolviera, con esos brazos fuertes que siempre le protegieron, y se permitió dejar de abrazarse a sí misma para enterrar su rostro en el pecho fornido de Inuyasha, mientras sus manos se aferraban con fuerza al haori, aspirando el aroma fuerte de su esposo, porque desde que se había marchado no había extrañado otra cosa que esa presencia a su lado.
Ni siquiera se había dado cuenta cuándo se durmió. Lo último que recordaba era que había llorado largo rato en los brazos de Inuyasha, de repente aliviada de encontrar ese calor que había extrañado y aún sintiéndose insegura, como si de alguna forma ya no fuera parte de sí misma. Cuando pudo controlar su llanto, dejándose acariciar los negros cabellos por su esposo, Inuyasha la había alzado en brazos para llevarla hasta su cama, a paso lento. La dejó sobre las mantas con delicadeza y Kagome tuvo que sujetarle las manos con fuerza, temerosa de que volviera a huir. Inuyasha no dijo palabra, ni siquiera la observó con aquellos grandes ojos dorados, simplemente tomó sus manos de vuelta y se recostó a su lado. Y eventualmente ella se durmió, con la cabeza en el pecho masculino.
Se refregó la cara con una mano e hizo una mueca al rozar una herida —porque aunque no fueran grandes, de todos modos dolía. Miró alrededor, buscando a Inuyasha con la vista. Pensó que tal vez por fin había decidido marcharse, que no podía soportar verla, o tener que escuchar sus lamentos. Era un idiota, porque en verdad ella no quería lamentarse más. El llanto había sido producto de estar con él, del cansancio general. No tenía ganas de hablar, no, de verdad no quería hablar del tema. No quería que nadie lo supiera tampoco, ni siquiera él. Si fuera por ella, ese hecho dejaría de existir, en su mente y en la de otros, así de simple.
No estaba muy segura de qué haría entonces. Comenzaba a sentirse nuevamente asustada, sola, con demasiadas cosas en las que pensar. Pero Inuyasha se asomó en la puerta y la observó con cautela. Los ojos de Kagome brillaron. La visión de Inuyasha la llenó de una paz que era difícil de explicar, aunque de todos modos estar cerca de él fuera para ella (aunque sea entonces) tan difícil.
—Has dormido mucho —masculló. Pareció medir la reacción de su pareja antes de decidirse a caminar hacia ella. Se dejó caer con cansancio sobre la cama, mirándole de cuando en cuando y ocultando sus ojos detrás de su flequillo la mitad de las veces.
—¿De verdad?...
Era una afirmación que no iba a ningún lado, y tampoco era del todo cierta. No había dormido tanto. Era solo el hecho de verla dormir mientras él tenía que seguir torturándose despierto, sin poder alejarse de ella y aquella cabaña. No es como si quisiera estar lejos. Solo quisiera espantar algunas culpas. O encontrar al hijo de puta. No había podido tomarse el tiempo hasta el momento, y Kagome no tenía ningún aroma ajeno en ella (un poco de los niños y de Sango únicamente), nada que pudiera hacerle la tarea más fácil. Como si pudiera alejarse de Kagome, de todos modos.
—Creí… —comenzó ella, pero calló. ¿Por qué iba a decirle que creyó que estaría lejos? ¿Qué bien haría a la situación? Pero Inuyasha pudo leer esos pensamientos aún cuando ella no pudo decirlos en voz alta. Lo pudo notar por el brillo en sus ojos, ese relámpago de dolor que ocultó enseguida mirando hacia otro lado.
—¿Quieres comer algo?
Kagome asintió y lo siguió luego. Se sentaron en torno a la mesa envueltos en un silencio tranquilo, pero no del todo natural. Ninguno comió demasiado. Inuyasha pensaba continuamente en qué decir, pero no encontraba nada, era como si su mente se hubiera vaciado, como si todos los temas de conversación se hubieran esfumado de repente. Miraba a Kagome con regularidad, que parecía taciturna y no dejaba de tocar la comida sin llevarla a la boca. Podría intentar hablar sobre los niños de Miroku y Sango, o sobre cómo iban las cosas en la aldea (que iban mal, por cierto, pero tenía pinta de mejorar pronto), o incluso mencionar a Jinenji, pero ninguna de esas ideas serviría, según él. Kagome había pasado tiempo con los niños de Sango por un motivo, que era el mismo que había acontecido entre tanto la aldea parecía estar en llamas, y el cual había logrado que él visitara finalmente a Jinenji. Y no quería sacar el tema a flote. Aún no, aunque sea.
Lo único que quería con seguridad era poder borrar de Kagome todo rastro de maltrato; curar cada una de sus heridas, hacerla sonreír, lograr que sus ojos brillaran como antes. Quería también borrar la culpa que le embargaba. Olvidar lo desesperada que parecía al tomar sus manos, como si él fuera capaz de irse lejos. Hubiera deseado poder meterse en sus sueños y borrar las pesadillas de un plumazo. Pero no se creía capaz de hacer nada de eso. Ni siquiera una sola cosa bien. No había crecido exactamente como una sacerdotisa o un hombre cariñoso. Era bruto y torpe, y ahora más que nunca creía que Kagome tenía una compañía nada adecuada.
—Pasó Sango hace un momento —dijo. Kagome levantó la vista para verlo, pero no mostró demasiado interés—. Te vio dormir y luego volvió a las tareas.
—Sigue habiendo mucho trabajo. Pronto tendré que…
Kagome se volvió a concentrar en la comida ya fría y terminó la oración con un murmullo inentendible. Inuyasha frunció el ceño, pero no dijo nada. No se creía capaz de obligarle a seguir encerrada, aunque no quisiera que estuviera allí fuera trabajando. De todos modos, había notado lo adolorida que estaba al caminar. Eso sin contar que aún no había podido encontrar y medir otras heridas por su cuenta. Ni siquiera se animaba a tocarla, por un demonio.
Apretó las manos en puños e intentó respirar con normalidad, contando y volviendo a contar. No era el momento para perder los estribos, tenía que estar calmo. Tenía que concentrarse en lo que Kagome necesitaba, sin importar lo mucho que eso estaba afectándole. Debía comportarse, debía actuar como Miroku lo haría, como lo haría Sango. O debía encontrar el modo de actuar como lo haría él. Pero nunca se imaginó algo como eso, y lo único que podía pensar era que había fallado. Tal vez escucharlo de boca de Kagome no estaría mal, aunque no estaba seguro de si podría soportar algo como eso.
Volvió a mirarla durante otro momento y desvió la vista luego. ¿Cuánto tiempo más podría estar en la misma sala que ella sin dirigirle la palabra? ¿O sin sentir la imperiosa necesidad de romper algo al ver esos moretones en su rostro o esas marcas en su cuello? ¿Cómo podría mantenerse cuerdo si su esposa estaba tan deshecha delante de él y era incapaz de solucionar la situación? Qué patético era, inservible, completamente inútil. Estaría mucho mejor fuera batallando y dando muerte a demonios y bandidos por igual, no jugando a la casita, un juego que no estaba hecho para criaturas como él.
No tardó mucho en percatarse que las hierbas medicinales que Jinenji le había dado con tanto cuidado estaban en otra mesa esperando por su uso. Algunas se utilizaban para preparar ungüentos de aplicación tópica, otros podrían usarse para preparar té, y sabía vagamente qué finalidad tenía cada una. Sabía ni más ni menos que lo necesario para mejorar la condición de Kagome, aunque no creía que su esposa aceptara su ayuda de la manera que él deseaba.
Quisiera o no, debía sacar el tema de Jinenji a relucir.
—Anoche viajé a lo de Jinenji —masculló. No era capaz de mirar a Kagome a la cara entre que hablaba—. Me dio montones de hierbajos para la aldea. Y… otros para ti. Te… ya sabes, te extraña. Espera que podamos visitarlo pronto.
—¿Le… le has contado?
Inuyasha tuvo que mirarle entonces. Había cierto tono de súplica en su voz, alguna esperanza de que Inuyasha no hubiera hablado de más. Como si de verdad se enorgulleciera de decirle a medio mundo que habían lastimado a su esposa mientras él salía de caza por ahí. No se había sentido cómodo al detallarle a Jinenji las molestias que podía sentir, y la expresión en el rostro de su viejo amigo lo había dejado todo claro. No se lo había dicho directamente, pero, ¿había alguna diferencia?
—No. Le comenté lo que necesitarías, eso es todo.
Es lo mismo, pensó Kagome, sin dejar de sentir la incomodidad en su entrepierna. Si Inuyasha le había traído algo tan específico como lo que necesitaba, Jinenji tenía que saber. O aunque sea sospechar. No le agradaba ninguna de esas ideas, pero se obligó a no pensar en eso. ¿Qué más daba? ¿No lo sabía acaso toda la aldea en donde viviría por el resto de sus días? Eso siempre que Inuyasha no decidiera abandonarle, claro, en cuyo caso intentaría volver a su época.
—Podría prepararte un té. Tengo entendido… mejoraría, ya sabes, no dolería… —Guardó silencio. No sabía qué decir, ni cómo era el tono de voz que debía usar. Ni siquiera sabía si Kagome quería escucharle, o si quería saber de la existencia de esas hierbas. Seguramente ansiaba estar en su época, donde tendría doctores y medicina que la curarían de inmediato. ¿Habría también algo que le curara la memoria, le sacara el dolor o el peso que cargaba? ¿Algo que devolviera el brillo a sus ojos? Inuyasha lo dudaba, pero no estaba de más imaginar que sí para sumarse más culpa. En ese momento necesitaba odiarse más que a nadie más, porque de lo contrario tendría que partir a buscar y matar al bastardo que le había hecho eso, y no quería dejar a Kagome por su cuenta de nuevo.
—Un té. Suena bien.
Inuyasha se apresuró a levantar los restos de comida de la mesa, mirando con cierto pesar lo poco que había comido Kagome. Dejó los trastos sin cuidado sobre otra mesa, y se apuró a poner agua a calentar en el fuego que mostraba la pequeña chimenea de su casa. Se pasó una mano por la nuca sin dejar de observar las llamas que lamían el cazo.
—Inuyasha. —Se giró a verla para encontrarla revisando el montón de hierbas. Se sorprendió del largo de su cabello, que estaba desprolijo y de lo blanca que se veía su piel. Parecía enferma. Tal vez lo estuviera. Apretó los dientes.— Estas se utilizan para hacer una especie de crema, estas dos. Y esta… no sabía que Jinenji… la última vez que fuimos no tenía estas en su campo. Son maravillosas.
Inuyasha no pudo evitar embozar una tímida sonrisa. El maravillarse por hierbas medicinales era marca registrada de Kagome. Esa simple acción le hacía sentir más cerca de la normalidad. Se acercó a ella, y notó el breve respingo que hizo al percatarse de que estaba tan solo a centímetros. A pesar de que no pudo evitar la oleada de malestar que eso le causó, creyó enseguida que debía retroceder, darle espacio, pero Kagome le mostró las hierbas y ya no pudo huir. Era una invitación a una conversación más casual, era cálido y no, sobre todo, no quería alejarse.
—Puedo prepararte el ungüento si quieres —susurró. Kagome le dedicó una trémula sonrisa. Inuyasha levantó una garra y con ella acarició con cuidado el contorno de su cara. Seguía teniendo la piel tan suave como siempre, pero incluso con el cuidado con el que le había acariciado, Kagome no había podido reprimir un pequeño gesto de dolor. Inuyasha apartó la mano de inmediato, pero no se movió de su lugar—. Puedes aplicártelo luego en todas las heridas. Se supone que ayuda.
—Lo sé.
El ruido del borboteo del agua al comenzar a hervir interrumpió el silencio tranquilo en el que se habían sumido. Observaron sin interés hacia el fuego y luego volvieron a mirarse.
—Todo mejorará. Yo… haré lo que sea necesario.
Kagome no pudo sonreírle (algo dentro de ella ya no quería sonreír tanto, ni siquiera a esas palabras dulces o al modo en que la miraba), pero esperó que la lágrima que comenzaba a bajar por su mejilla pudiera decirle más de lo que su boca le permitía. Por favor, por favor, que así sea.
—Nota de la autora
Dije que nos leeríamos el próximo lunes... así que, ¿esto sigue siendo válido aún cuando pasaron diez lunes entre mi última actualización y esta? Ya sé que soy un desastre, pero si hubieran podido ver en el hiatus en el que me metí solita. Tenía más de la mitad de este capítulo escrito desde que actualicé aquella vez y nunca me sentía avanzar. Lo que escribía era basura, y probablemente ahora lo siga siendo. Espero que no, de verdad.
Lo que más espero es poder actualizar con regularidad. Creo que estoy recuperando el ritmo, pero bueno... me voy a abstener de prometer algo porque está claro que no sirvo para eso. De momento solo puedo decir:
• ¡Gracias por el apoyo! Sus reviews (aparte de provocarme orgasmos -?-) son mi combustible diario~
• Lectores veteranos y nuevos lectores (si acaso los hay): por favor, dejen su opinión debajo, destrocen el fic, muestrenme los errores, los aciertos, les estaré inmensamente agradecida. Ya saben que las críticas sirven para mejorar y a mi me queda un largo camino, y quiero hacerlo siempre mejor para su mayor disfrute :) Y si eso no los convence... si no dejan un review, Inuyasha jamás podrá sacarse esa culpa de encima (malditaquecrueldad).
Hasta el siguiente,
Mor.
