V

Los días transcurrían con una lentitud anormal, especialmente para Inuyasha. Kagome se sumía en un silencio profundo del que era difícil sacarla, y ni siquiera las constantes visitas de Sango y Miroku lograban obtener alguna respuesta que no fuera monosilábica o realizada como si estuviera detrás de un velo, tal vez un poco más allá de la vida. Sumado a esto el hecho de que él era un pésimo conversador, las tardes no dejaban de pasar con una calma sobrenatural donde Inuyasha podía ver con facilidad que la mente de Kagome se ponía en blanco y sus ojos miraban sin ver. Poco a poco, comenzaba a creer que se convertiría en un fantasma, y lo llenaba de un terror que no podía controlar hasta no verla reaccionar de nuevo.

A pesar de esto, los cuidados de medio demonio y el uso de las hierbas provistas por Jinenji comenzaban a hacer efecto. Kagome volvía a lucir bien físicamente. Las marcas de golpes comenzaban a desvanecerse y la sacerdotisa podía moverse sin dolores que le afectaran, aunque sea eso era lo que podía apreciarse a simple vista. Inuyasha lo había intentando de manera cautelosa, pero había retrocedido de inmediato al ver el temor en los ojos de su esposa: las heridas que quedaban cubiertas por las ropas eran atendidas únicamente por Kagome.

Las noches eran incluso peores, si es que aquello podía clasificarse en alguna escala. Se había acostumbrado, con el paso del tiempo, a tener un sueño reparador. Se sentía seguro en la aldea, donde Sango y él habían hecho milagros en el entrenamiento de los aldeanos, y donde el poder espiritual de Miroku y Kagome reinaba y proyectaba paz sobre sus mentes… en fin, que había podido dormir más de tres horas de corrido desde que había despertado mucho tiempo atrás aún clavado en el Árbol Sagrado. Pero con los últimos acontecimientos, apenas lograba conciliar el sueño. Se recostaba junto a Kagome y permanecía (sumido en la oscuridad y el silencio) mirando el techo y escuchando la acompasada respiración de su compañera. Se tomaban las manos hasta que ella caía rendida en sueños que se convertían en pesadillas en cuestión de minutos. Kagome no quería hablar de eso, no importaba cuántas veces se despertara sobresaltada o llorando, incluso cuando muchas veces él mismo la había despertado con zarandeos y una visible preocupación. Ella solo se aferraba a él y dormía entre sus brazos. Su sueño era mucho más tranquilo a partir de ese momento de la noche, y era en esos momentos que —tal vez— él lograba dormir un poco.

Durante los días no hacían gran cosa a pesar de la gran agitación en la aldea. Mientras Kagome se perdía en el País de las Maravillas (o eso esperaba Inuyasha, por los cielos), Inuyasha no le quitaba la vista de encima. Entre tanto, su desarrollado oído estaba atento a las noticias del exterior. Los aldeanos no dejaban de trabajar con ahínco en las últimas reparaciones de la aldea, además de la construcción de nuevas viviendas. Algunos (aunque eran la minoría) aún dedicaban un par de horas al día al entrenamiento de exterminador, aunque no era Sango quien estaba impartiendo esas clases de momento, de modo que se dedicaban a practicar lo que ya sabían. Las aldeanas —aunque sea, la gran mayoría— estaban encargadas del cuidado de los enfermos. Estos incluían a la parte de la aldea aún afectada por la última enfermedad y también a los ocasionales soldados que huían con heridas sangrantes de batallas alrededor de la aldea.

El cuidado respecto a los visitantes de fuera de la aldea se había intensificado. Sango había apostado al menos a tres aldeanos bien entrenados en cada punto de entrada a la aldea. Se encargaban de custodiar quién entraba y quien salía, y, desde el ataque a Kagome, Miroku había decidido y ordenado que solo los forasteros que estuvieran heridos tuvieran permitido el acceso (y ni Kagome ni Kaede se habían negado). Así mismo, tenían instrucciones de mantenerlos bajo observación y, una vez estuvieran lo suficientemente recuperados para moverse, debían irse. En caso de querer quedarse, tendrían que seguir bajo observación, y tanto Sango como Miroku se estaban tomando eso en serio… sin contar a Inuyasha, que tenía los sentidos alertas no solo sobre su mujer, sino también sobre lo que acontecía en la aldea de Kaede.

En cuanto a sus amigos… no habían estado bajo tanta presión desde hacía mucho tiempo, pero Inuyasha no veía cómo podía solucionar esa parte de la historia. Miroku se paseaba por la aldea controlándolo todo, y Sango estaba mayormente a cargo de los recién llegados, mientras las gemelas cuidaban de sus hermanos más pequeños. A pesar de que el cansancio adornaba los rostros de sus amigos, Inuyasha creía que esa situación no iba a durar mucho tiempo más. Los soldados heridos venían en menor cantidad, ya sea porque los conflictos se habían solucionado o porque la mayoría yacían muertos. Los enfermos estaban recuperándose, a pesar de que seguían tomando medidas para controlar la enfermedad o evitar una nueva ronda de enfermos. Kaede estaba casi completamente recuperada y sin secuelas, y ayudaba a los enfermos bajo cuarentena, entre que intentaba estar atenta a lo que ocurría fuera de esa zona de su pueblo.

Inuyasha suspiró. La situación no era prometedora (aún no se veía rastros de una lluvia, los cultivos seguían muertos, aún tenían muchos enfermos y heridos y casi nada de suministros), pero las cosas estaban mejorando poco a poco. Bueno, ahí fuera aunque sea. Dentro de su hogar las cosas seguían como hasta el momento: dolorosas y en silencio.

Kagome se había sentado con un nuevo té entre las manos, que se había enfriado para entonces. Inuyasha miraba por la ventana, ensimismado, pensando cuándo tendría noticias. Incluso había caído tan bajo como para pedir ayuda a su medio hermano, quien le había visto con cierta suspicacia y había desaparecido sin decirle más que "Veré por ahí". Necesitaba más que eso, necesitaba un maldito sabueso. Pero Sesshōmaru nunca había sido un aliado muy confiable, y por lo visto no podía confiar tanto en él como para darle esa tarea. Era un idiota por solo haber considerado eso.

Se giró. Kagome seguía revolviendo el té frío, retrasando el momento de beberlo. No le cabían dudas del porqué: la bebida era asquerosa, amarga y parecía quemarte por dentro. Sin embargo, por un momento temió que aquella forma de actuar se debiera a otra cosa, ya sea que estuviera visitando de nuevo el País de las Maravillas o se ahogara más en los terrenos pantanosos del País de la Tortura… y realmente no se creía capaz de sacarla de ninguno de esos dos lugares.

Había intentado acercarse a ella de diferentes maneras. Había intentando ser todo lo dulce y delicado que nunca había sido, sintiéndose fuera de su propia piel. Kagome le dijo que lo estaba forzando demasiado. Le dolió, no podía decir que no. Le dijo entonces que hablara con él, le dijo eso más de una vez. Le pidió que le dijera quién lo había hecho, pero Kagome volvió a encerrarse en un mundo que cada vez frecuentaba más. Dejó esa táctica e intentó ser indiferente, haciendo de cuenta que nada había pasado, intentando retomar la normalidad en su hogar. Pero eso no estaba funcionando. ¿Cómo iba a hacerlo, cuando aún podía ver los efectos que el malnacido había provocado? Se sintió estúpido solo por intentarlo, porque temía que Kagome le odiara más por eso.

Pero nada. Nada de lo que había hecho había logrado algún efecto positivo en ella. La indiferencia fue agradecida en silencio, porque era lo único que no le obligaba a pensar en lo que había pasado, algo que se combinaba bien con la mejora en su estado físico; sin embargo, verla perderse en algún lugar lejos de él no le gustaba en lo absoluto. Lo de esposo ideal fue rechazado de plano. Algo en los ojos de Kagome pedía a gritos que volviera el verdadero Inuyasha. Sin embargo, pensaba él con abatimiento, el verdadero Inuyasha estaría tras la pista del hijo de puta con el objetivo de desmembrarlo y dárselo de comer a los lobos. El verdadero Inuyasha no tenía ni una puta idea de qué hacer con ella en ese estado. Porque el verdadero Inuyasha, el mitad-demonio con el que se había casado, no servía como esposo.

Pero bueno. Ahí estaba él. ¿Dónde más podía estar que frente a ella e intentando develar cómo mejorar esa situación? Miroku había intentando ayudar, y Sango lo había intentado más de una vez, pero… pero sus ideas no iban a la par de Inuyasha. Sus ideas no eran algo que Inuyasha haría, y haciendo cualquier cosa diferente a la que haría lo hacía sentir como un estúpido embaucador. Quería ser sincero y útil, pero parecía que las dos cosas al mismo tiempo eran imposibles en ese contexto.

—Estás muy callado —dijo Kagome levantando la mirada. Sorbió otro trago de aquel amargo té mientras esperaba su respuesta. Inuyasha se sentó en alguna silla desocupada no muy cerca de ella, sin mediar palabra—. Hoy no has intentado nada.

Inuyasha la miró de manera inquisitiva, juntando ligeramente las cejas. ¿Qué significaba con intentar nada?... bueno, Kagome no era ninguna estúpida. Sin duda para el momento había descubierto lo que tramaba. Hacer contacto.

—No me has preguntado cómo amanecí, ni has intentado consolarme… ni siquiera intentas actuar como si nada hubiera pasado —agregó. Había cierto frío en su mirada, cierta resignación. Inuyasha comenzó por apretar los puños—. Ya no te has aburrido de esto, ¿cierto? Inuyasha… nada te impide irte de aquí.

—¿Quieres callarte? ¿Por qué insistes? ¡No intento irme a ningún lado! ¡No sé qué se supone que haga en este caso! ¡No sé qué hacer, Kagome! ¡Nadie me enseñó a curarte!

Kagome lo miró durante un momento, vacilante. Inuyasha había actuado de manera errática durante esos días, pero hasta el momento no había estallado del modo en que Kagome predijo que lo haría. Se había comportado tranquilo, cariñoso, en paz, incluso con la indiferencia habitual. No hubo ningún estallido que indicara que la ira le gobernara por lo que había sucedido, algo que Kagome pensó que ocurriría muy deprisa. Las veces que había intentando sacar el tema a colación, preguntándole quién le había hecho daño, ella se negó y él lo aceptó, sin replicar ni una sola vez.

Le sorprendía que finalmente comenzara a mostrar algo de sangre caliente, no podía dejar de observar los ojos dorados, manchados de animosidad y dolor. Ese se parecía un poco más al Inuyasha que conocía.

—No estoy enferma —aseguró entonces. Quería decir algo más. Como decirle que estaba dolida, que se sentía inútil, que estaba cansada… cansada de pensar en lo que le pasó, en pensar en lo que podría haber hecho, cansada de estar allí sentada sin hacer nada, sintiendo pena de sí misma y esperando a que todo desapareciera. Cuantas más horas pasaba en ese estado, más se intensificaba la sensación de que nada iba a desaparecer. Que tendría que aprender a vivir con eso, así como había aprendido a vivir en la era Sengoku lejos de su familia. Sin embargo, no dijo nada. No le salían las palabras.

Inuyasha la miró durante unos instantes que parecieron extenderse durante minutos.

—Ya sé que no estás enferma. Lo siento…

—No empieces de nuevo con eso —le interrumpió con voz clara—. No quiero que empieces de nuevo con eso.

—¿Con qué?

—Con eso que haces, no lo quiero.

—¿Qué cosa? ¿Ser amable? ¿Preocuparme por ti? ¿Intentar que estés mejor?

—¡Sentir lástima!

—¡No siento lástima, Kagome! ¡No es eso! ¡Me duele y odio que estés así! ¡Odio no poder hacer nada que te haga sentir mejor! ¿Crees que esto me gusta? No importa cuánto hago, nada sirve. Intento dejarte tu espacio e intento… intento ser… útil. Intento ver si me odias por lo que ocurrió, si me culpas, si hay algo que hacer para arreglarlo. ¡No encuentro nada que hacer para arreglar esta mierda!

Para el momento, Inuyasha se había incorporado de su lugar. Entonces decidió alejarse. No quería decir esas cosas. No quería que Kagome supiera cómo se sentía, aunque lo que había dicho apenas alcanzaba a cubrir una minúscula parte de sí. No había hablado de la impotencia, de la furia que sentía, de cómo no podía esperar a que Sesshōmaru, Kōga o Myōga le trajera noticias del hombre que estaba buscando, porque creía que la única forma de hacer algo útil era encontrar a ese pequeño pedazo de mierda sin nombre y matarlo. Porque no servía para nada más que luchar y matar, y perdía su tiempo ahí, intentado mejorar una situación que era más probable que mejorara sin su infructuosa ayuda. No quería que Kagome supiera nada de eso… no quería porque no se atrevía siquiera a comparar lo que ella había vivido a lo que él sentía, no quería minimizar nada de lo que estuviera sintiendo y sin embargo… ahí estaba, recriminándole y poniéndose como víctima. Era un imbécil.

—Olvídalo. No quise decir eso —dijo luego. Sin embargo, las palabras habían salido de su boca y Kagome ya las estaba digiriendo, no era difícil darse cuenta de ello. Quería agregar algo más, pero antes de que pudiera hablar (siquiera antes de que se le ocurriera algo que valiera la pena decir) alguien golpeó la puerta.

Kagome dio un respingo e Inuyasha olfateó el aire. Claro que era difícil determinar quién de todo el montón de gente que conocía y transitaba por delante de su casa podía estar allí afuera, pero… lo más probable era que fueran Miroku y Sango. Después de todo (apenas se percataba de ello), estaban casi completamente a oscuras. La luz que entraba por la ventana estaba muriendo poco a poco. La tarde estaba llegando a su fin y, con eso, también el trabajo de Miroku y Sango que, como siempre, se tomaban un momento para pasar a verlos.

Intercambió una mirada con Kagome, que volvía a mostrar una expresión ausente, y luego comenzó a caminar hacia la puerta. Le hubiera gustado arreglar las cosas con Kagome antes, pero… de todos modos, no creía posible que algo mejorara. A lo sumo volverían al estado anterior, a esa nueva rutina que se había instalado, algo que se le hacía imposible de seguir tolerando. Aunque sea con esta confrontación algo cambiaría, o eso quería creer. No, confiaba en eso. Miroku le había dicho una vez que nunca obtendría resultados diferentes si siempre hacía lo mismo. Era, aunque sea, una pizca de esperanza.

Miroku y Sango se percataron de inmediato que algo había pasado. A lo mejor su rostro lo delataba (un rostro que mostraba cansancio, fastidio y algo de culpa), y, a lo mejor, la expresión en su rostro se combinaba bien con el silencio y la habitación a oscuras. Tal vez todo eso los delataba. Sango le dirigió una mirada indagadora, pero Inuyasha ni siquiera se encogió de hombros. Encontraba aquella situación muy privada como para pedir auxilio a su amiga. Miroku pasó a su lado con una mirada muy similar.

Kagome se apresuró a sonreír ante la oscuridad que comenzaba a adueñarse de la sala y a encender algunas velas con ayuda de Sango. Aprovechando la distracción de Sango, Miroku acorraló a Inuyasha sin dejarle escapatoria.

—¿Acaso han discutido?

Inuyasha le miró con el ceño fruncido, a punto de soltar alguna exclamación al estilo "¿Cómo te atreves a preguntar algo así? ¿Realmente crees que pelearía con Kagome teniendo en cuenta lo que pasó?". Adivina qué, Miroku, sí, lo había hecho.

—Algo así. No ha sido nada.

—¿De veras? —La mirada de Miroku era severa. No estaba acostumbrado a que Miroku se mostrara tan inflexible con él. Su amigo siempre había sido el más sensato, tranquilo y el más dispuesto a arreglar las cosas de la manera más inteligente y menos belicosa posible. Pero desde aquel día, no le daba descanso—. Creí haberte dicho que la señorita Kagome…

—No vengas a decirme tú lo que necesita mi esposa, ¿de acuerdo? —gruñó Inuyasha, asegurándose de seguir hablando en susurros—. Mira, no tengo idea de cómo manejar esta situación, pero tus consejos no han servido de mierda. Intentaré hacer las cosas a mi manera ahora.

—Inuyasha…

—¡Eso es todo!

Sabía lo que le diría. Que su manera de hacer las cosas no podía traer ningún bien, porque su manera de hacer las cosas rozaba lo violento. Bueno, no podía encontrar otra forma de hacer frente a lo que sentía. En su vida había lidiado con sus problemas y dolores solo de dos formas: olvidándose de ellos o enfrentándolos. La primera no funcionaba y la segunda dolía. Las opciones eran una mierda, pero aunque sea eran opciones. Las formas que había llevado hasta el momento no le habían servido ni a él ni a Kagome. ¿Para qué seguir con la calma que solo los hundía más en la miseria?

Kagome y Sango se giraron a observarlos cuando Inuyasha habló, sorprendidas por la exclamación y un tanto asustadas por el tono usado. Inuyasha parecía molesto, con la cara cerca a la de Miroku. El monje parecía un poco inquieto, pero algo resignado. Como ya no se oían los murmullos de las mujeres conversando, ambos hombres se giraron a verlas.

—¿Todo está bien? —preguntó Sango, mirando a Miroku y luego a Inuyasha, y vuelta a empezar. Inuyasha frunció el ceño, pero no dijo nada. Le dedicó una mirada de reojo a Miroku y luego se concentró en la expresión de Kagome. Mostraba sorpresa, pero no más. Sango seguía esperando una respuesta.

—Sí, todo está bien —aseguró Miroku entonces, pero no volvió a mirar a Inuyasha. Posiblemente no quería volver a encontrarse con esa mirada de determinación, o tal vez no quería iniciar ninguna pelea como estaban las cosas.

—¿Por qué no se acomodan? Haré algo de té —dijo Kagome.

—Yo lo hago —gruñó Inuyasha antes de que ella pudiera moverse. Kagome y Sango caminaron luego hasta la mesa y se sentaron una junto a la otra. Miroku se acomodó frente a su esposa y, a pesar de que intercambiaron una mirada significativa, ninguno de los dos dijo algo al respecto de Inuyasha.

—¿Cómo están las cosas ahí fuera? —preguntó Kagome. Estaba ansiosa por saber lo que ocurría en la aldea. En parte porque la sacaría de ese lugar intermedio en donde se encontraba (intermedio entre el infierno que había vivido y la vida a la que estaba acostumbrada), y en parte porque desde hacía varios días que no hacía nada a sabiendas de que allí afuera haría falta la ayuda de una sacerdotisa.

—Ya sabes, está bien.

—No me mientas, Sango. Me gustaría saber, de verdad.

La mirada de Kagome no era suplicante, pero tampoco pedía una negativa. Dejando eso de lado (tal vez tanto Sango como Miroku se podrían seguir negando a su pedido), la mirada que les dirigió Inuyasha no dejaba lugar a dobles interpretaciones. Por alguna razón, Inuyasha quería que compartieran esa información. Ni a Miroku ni a Sango les había parecido inteligente, razón por la que la chica permanecía a "oscuras" en ese sentido (solo podía imaginar en base a lo que ya sabía de antes de su ataque). ¿Tal vez era esa la nueva "táctica" de Inuyasha? Miroku pensaba que ella no necesitaba más preocupaciones, que lo que necesitaba era contención y tiempo para aceptar y curar. Sin embargo, Inuyasha había dejado claro que él decidiría que era lo mejor para su pareja. Así como Inuyasha nunca había intentado pretender saber más de Sango que Miroku, Miroku no pretendería saber más de Kagome que Inuyasha. Le parecía justo.

—De acuerdo —dijo la exterminadora al cabo de algunos segundos, y tomó aire antes de exponer la situación en la aldea. Evadió algunos detalles, pero lo cierto es que no estaban tan mal como aquel día que Inuyasha y Miroku viajaron a cazar, de modo que incluso si dijera los detalles, la situación no se vería tan mal. Aún había mucho trabajo por hacer, pero estaba todo mucho mejor.

Kagome se mostró conforme con los avances que habían hecho, interesada en las tareas por realizar y un poco ensimismada cuando terminaron de contarle todo lo que era importante saber. Para el momento, Inuyasha había puesto una taza de té delante de cada quien y se había sentado al lado de Miroku. A pesar de que ya no parecía molesto, estaba tenso.

—¿Y tú, Kagome? —preguntó Sango—. ¿Cómo estás tú?

Kagome estuvo a punto de mentirle, pero dado que había pedido la verdad, no podía entregar menos que la verdad. O aunque sea una versión resumida. Después de todo, Sango y Miroku habían hecho mucho por ella. Se merecían que fuera sincera. De hecho, creía que hasta les iba a gustar la respuesta.

—Estoy… mejor.

Sango le tomó una mano con cariño. Miroku observaba a las mujeres con aprensión. Kagome se veía mejor físicamente, eso lo habían notado durante las últimas visitas, pero eso había sido todo. Se había mostrado indiferente a los intentos de conversación, no hablaba mucho y tampoco parecía interesada en nada, algo que cambiaba única y ligeramente cuando estaban los niños presentes. Sin embargo… Miró a Inuyasha de reojo. A lo mejor sí habían discutido, o tal vez solo habían tenido un "algo" cercano a una discusión. Lo que fuera, parecía haber sacado a Kagome de la somnolencia. Para empezar, generalmente les decía que estaba bien. Que les dijera que estaba mejor era, en sí mismo, una mejoría. Tal vez, las cosas mejorarían pronto. Tendría que confiar en que Inuyasha hiciera las cosas bien, a su manera.

Después de una charla trivial sobre los niños de Miroku y Sango, la pareja decidió volver a su propio hogar. Se despidieron con breves saludos (aunque Sango decidió darle un abrazo a Kagome que duró más de lo habitual) hasta el próximo día.

Volvieron a sumergirse en un silencio inquietante durante algunos minutos, donde Kagome observaba cómo se movían las llamas en las velas e Inuyasha miraba a Kagome, buscando las agallas para volver a hablar.

"Oye, Kagome…" e "Inuyasha", dijeron al mismo tiempo. Se encontraron sus miradas y se quedaron así un momento.

—Quería… lo que dije antes —habló él. Tuvo que hacer silencio durante un momento, que usó para buscar las palabras adecuadas para seguir.

—Quiero volver ahí fuera. Quiero trabajar.

Inuyasha la miró, de repente sin nuevas palabras. Trabajar… sí, había trabajo ahí fuera, pero, ¿era buena idea que Kagome volviera al trajín de la vida de la aldea tan pronto? Inuyasha no estaba seguro de eso. De hecho, si se lo hubiera dicho aquella mañana, sin duda hubiera intentado hacerla entrar en razón, o de lleno le hubiera dicho que no, pero ahora… No estaba muy seguro de qué había cambiado, pero algo se había movido de lugar, y ni podía ni quería volverlo a su sitio.

—¿Inuyasha? Yo también quiero ser útil. Quiero ayudar. Quiero estar bien y… Lo he estado pensando durante estos días. Estar aquí, pensando en todo lo que está… —Había estado a punto de decir "mal", pero había callado a tiempo.— En todo lo que pasó, no está ayudándome. Si volviera a ser parte de la aldea,…

¿Qué más podía decir? Había planeado un buen discurso un par de veces, pero cuando llegaba el momento de hablar, cuando finalmente tenía que afrontar su mirada y el modo en que su boca se movía por gestos involuntarios… entonces era más difícil. Pero necesitaba decirlo, y necesitaba —de veras que sí— que él estuviera de acuerdo.

—Seguro… —comenzó él—. Seguro que encontraremos algo para hacer.

Kagome intentó sonreír. Parecía que tenía los músculos de la cara atrofiados, le costaba horrores ser sincera. Pero el intento fue suficiente para Inuyasha, que la miró con intensidad unos segundos y luego se acercó a ella. Estaba acostumbrada a ver los lentos (precavidos, por demás cuidadosos) movimientos de Inuyasha cuando se acercaba, pero estaba vez él se movió de manera confiada hasta quedar frente a ella.

—Pero… tendrás que estar cerca. Posiblemente Sango no se separe de tu lado y yo estaré… y también Miroku…

—Ya sé.

—Kagome —murmuró. Se habían mantenido en un silencio tranquilo por primera vez en días. Sus cuerpos estaban cerca, pero no lo suficiente para rozarse. Temía hacer algún movimiento que la asustara, le había visto sobresaltarse más veces de las deseadas. Acercó su mano para rozar la de ella, y Kagome tardó algunos segundos en tomarla—. No será suficiente con que vuelvas. Debemos…

—¿Hablar?

Inuyasha asintió.

—¿Podríamos aplazar eso otro poco? ¿Por favor?

Inuyasha la miró. Su mano era cálida, se aferraba a la suya. Los ojos de Kagome le miraban con impaciencia. Él volvió a asentir.

Más tiempo. Tenía todo el maldito tiempo del mundo.


—Nota de la autora

Estuve a punto de olvidar que debía actualizar hoy, y eso que esta vez tenía listo el capítulo desde el sábado. Me dije 'ah, ya, dejo la última revisión para antes de publicar'... pero tengo un compromiso en el foro (¡Siéntate!, link en mi perfil, cof cof) y no llegué a revisarlo. Espero que no tenga demasiados errores. Dado todo lo que les hice esperar, esta vez prefiero entregarlo a tiempo aunque tenga unos dedazos por aquí y por allá.

¿Qué opinan del capítulo? ¿Cómo creen que seguirá esto? Estamos a mitad de la historia y aún quedan cosas por hacer...

¡Gracias por sus reviews! Es su apoyo el que me anima a seguir cada vez :) Espero que sigan disfrutando (¿o torturándose?) con el fic.

Hasta el siguiente,

Mor.