VI
A pesar de que el trabajo en la aldea sobraba (todos los aldeanos juraban que podían darse un descanso), Inuyasha decidió —por ambos— que yendo lento harían mejor. Kaede se mostró de acuerdo, y Miroku y Sango un tanto recelosos de la idea de que Kagome volviera a una versión reducida de sus actividades. Sin embargo, como el mar de trabajo había disminuido considerablemente en los días que la sacerdotisa había sido recluida, se sentía que el ambiente era, de algún modo, más seguro.
La vuelta al trabajo resultó un tanto abrumadora para Kagome, aunque sea al comienzo. Los aldeanos mantenían sus distancias y las aldeanas se mostraban más cuidadosas de lo habitual. No era difícil para ella notar las miradas que le dirigían o que a veces hablaban a sus espaldas. Pero Kagome respiró hondo varias veces y rememoró los primeros años en aquella tierra. Siempre habían hablado mal de ella. Ella era diferente, muy diferente a la gente de quinientos años en el pasado, y simplemente no podían comprenderla, de modo que le había sido difícil la adaptación al nuevo entorno. Se imagino que eso que estaba viviendo era solo un poco más de lo mismo. Era más fácil que pensar la alternativa.
La noche los encontraba cansados. Sobre todo a Kagome. Solía llegar, tomar algo caliente y acomodarse en la amplia cama de manera inmediata. Inuyasha estaba más cansado emocional que físicamente, lo que le daba mucho para pensar sobre cómo estaría Kagome. Intentaba no sobre analizar la situación. Le acompañaba en la cena y se recostaba junto a ella. Muchas veces su esposa terminaba buscando el calor de su cuerpo, abrazándose a él y dejando que le acaricie los cabellos. Hablaban poco. Nada, comparado a lo que solían hablar antes de eso. Le resultaba incómodo, pero de cuando en cuando Kagome hablaba de la situación en la aldea y las preocupaciones cotidianas y eso le hacía sentir mejor. Aunque no mucho.
Las cosas fueron de manera lenta y constante. En esos pocos días, Inuyasha no se había alejado demasiado de ella. Trabajaban en la misma zona, ayudando a trasladar enfermos o heridos, y cuidar de sus heridas. No era un gran enfermero, pero hacía un trabajo aceptable y la ayuda reconfortaba a Kagome; tener a su esposo a su lado era mucho mejor que tener a alguna aldeana que no podía mirarle a la cara. De modo que trabajaban codo a codo y bajo vigilancia de Miroku y Sango, que se pasaban con frecuencia a preguntar si acaso necesitaban ayuda. A pesar de que le molestaba un poco que siguieran tratándole como una niña (considerando lo que había pasado, dudaba que fuera por falta de confianza en sus habilidades), Kagome disfrutaba de verlos pasar por su trabajo. Le traían cosas, le ayudaban si acaso necesitaba algo y también le informaban los rumores de la otra parte de la aldea, incluyendo la noticia de que Kaede pronto estaría recuperada por completo.
Inuyasha estaba ansioso. Esperaba noticias, nuevas y concisas noticias. Sin embargo, Myōga aún no había regresado, lo que indicaba que andaba tras una pista o no había podido encontrar nada aún. Tan solo el día anterior, había percibido un fuerte aroma de lobo, y encontró a Kōga esperándolo en el bosque. Como su presencia hubiera resultado muy sospechosa en la aldea (los visitaba por contadas razones, y Kagome había preferido mantener ese dato en secreto), había decidido reunirse con Inuyasha en un lugar un poco más aislado. De cualquier modo, no le había llevado grandes noticias. Las violaciones no eran exactamente algo raro en esas épocas. Menos aún con tanta guerra, y con demonios rondando. Había montones de oportunidades para los depravados.
—Lo lamento —dijo Kōga, mirando hacia la aldea—. No hay nada que indique algo en particular. Con un nombre o una descripción… mis lobos y yo podríamos hacer algo.
—Kagome no ha querido hablar de eso.
Kōga pasó a mirarlo.
—¿Cómo está ella?
—… Está mejorando.
Kōga volvió la vista hacia el este, donde Inuyasha miraba.
—Tu hermano tampoco te ha traído noticias.
Como no era una pregunta, Inuyasha no se gastó en responder. Solo apretó los puños, sintiendo sus garras clavarse en sus palmas. Qué inútil se sentía… ¿Cómo podía ese desgraciado seguir dando vueltas por ahí fuera, cómo nadie podía detectar nada?
—¿Piensas ir a buscarlo?
Inuyasha negó. No. No podía irse, aunque lo deseara con toda su alma. No podía ir a buscarlo y matarlo (él sabría quién sería, lo sentiría al mirar su asqueroso rostro, casi podía imaginárselo), no podía dejar a Kagome. Debía estar a su lado hasta que estuviera bien de nuevo. Hasta que ese episodio no fuera más que una pesadilla sin nombre, algo que sigue en el fondo de la memoria y te asusta algunas noches, pero algo con lo que podría vivir y seguir siendo feliz. De momento, la pesadilla la opacaba, el aire taciturno podría notarlo hasta un completo extraño. Kagome no era Kagome del todo. Él sentía que si mataba a aquella mierda, podría recuperarla… pero no… no se permitía abandonarla.
—Si Kagome… si sabes algo de ese tipo, dímelo. Mis lobos merodean la zona, avísales a ellos y vendré. Puedo encontrarlo si tengo algo más de información.
—De acuerdo.
Kōga no dijo más. Lo observó durante un momento y luego de alejó a su velocidad acostumbrada. Inuyasha no lo vio partir. Desenvainó a Colmillo de Acero y asestó un par de golpes a unos pocos árboles infortunados, con los dientes apretados y agarrando el mango de la espada con más fuerza de la habitual. Luego volvió a guardar su espada y se dirigió a la aldea, un poco más relajado. Debía encontrar la manera de calmarse, porque si realmente llegaba a encontrarse alguna vez con aquel hombre, no podía prometer que su sangre demoníaca siguiera tranquila como hasta entonces. No podía asegurar nada, sin importar cuánto control había logrado con el pasar de los años.
Encontró a Kagome enseguida. Estaba sentada junto a Sango y otras aldeanas, en lo que parecía ser un relajado descanso a la luz del sol de la tarde. Su esposa lo miró con extrañeza, pero enseguida su atención fue destinada a Sango, respondiendo a la pregunta sobre los enfermos.
—Oh, aquí están. —La voz de Miroku los sacó a todos de sus conversaciones. El monje se dirigía exclusivamente a su mujer y a sus dos amigos, de modo que las aldeanas se levantaron, se despidieron y marcharon conversando entre ellas de manera animada—. Quería hablar con ustedes.
—¿Qué ocurre?
Kagome y Sango lo observaron mientras tomó asiento cerca de ellos. Inuyasha se rindió y así mismo se dejó caer a un lado.
—Como sabrán, nuestra situación sigue siendo crítica —comenzó—. Aún queda mucho tiempo hasta el invierno, pero… La sequía parece no tener fin. No podemos depositar nuestras esperanzas en los cultivos ni pedir a los aldeanos que sigan trabajando sobre esa tierra. Incluso si en algún momento llueve, podría ser demasiado tarde. Luego el frío mataría todo.
—Estoy de acuerdo —dijo Kagome—. ¿Acaso has pensado en algo?
—Así es. Hachi acaba de darme la noticia. Hay una buena recompensa a medio día de aquí. Pienso que podemos lograr una recompensa generosa si utilizamos mis… habilidades. Sin embargo… he estado pensando en buscar a Kohaku para que me acompañe esta vez. Quisiera saber su opinión.
Inuyasha intercambió una mirada con Sango. Sabía que hacía unos meses habían decidido que Sango no marcharía a misiones, dado que sus niños quedaban solos (considerando la situación, últimamente siempre requerían las ya mencionadas grandes habilidades de Miroku en la negociación de recompensas) e Inuyasha y Kagome no tenían experiencia con niños —y mucho menos si a su vez debían encargarse de la aldea, algo que todavía no descubrían cómo lograban Miroku y Sango.
—Tú ya sabías.
—Escuchen, lo último… creo que haremos bien en quedarnos en la aldea. Mi hermano es un gran guerrero. Estoy segura de que Kohaku y Miroku podrán con unos cuantos demonios, mientras nosotros tres nos encargamos de las cosas aquí. Y si hubiera alguna amenaza, sabremos defendernos sin problemas, sobre todo si tú te quedas aquí.
—¿Por qué… insisten de este modo? —preguntó Kagome, mirando a uno y luego a otro.
Miroku tragó. No quería decir su opinión en voz alta, pero de ningún modo consentiría que Inuyasha abandonara la aldea, de modo que la propuesta que les presentaba era la única viable. Para empezar, porque no creía que fuera bueno para Kagome. Y en segundo lugar, porque tampoco consideraba que fuera bueno para el mismo Inuyasha. Ni Sango ni Miroku eran idiotas. Ambos estaban al tanto de que Inuyasha intentaba localizar al desgraciado. Tenerlo en el "campo de acción" no sería beneficioso. Sería mucho más fácil para Inuyasha tomarse unas horas más y buscarlo.
—¿Cómo dices? —dijo—. Siempre tomamos las decisiones en conjunto. Me pareció que debía…
—Kagome, lo que queremos es… tomar las medidas correctas —agregó Sango.
—Lo hacen. Todo el tiempo.
Sus amigos la miraron sin comprender.
—Estoy de acuerdo con la idea. ¿Tenían miedo de que reaccionara mal?... ¿porque deben irse, o porque viene Kohaku y tal vez yo…? —Kagome suspiró. Estaba tan cansada de ser tratada de ese modo especial— Sé que me seguirán protegiendo. Y que todo lo que hacen, lo hacen por mí y por… por lo que pasó. Y lo agradezco. Solo quisiera que no estuvieran obligados, que no sientan una presión que no quiero imponer. No quiero que tengan que tratarme… Ya han hecho suficiente y aún así…
—Calla, Kagome —dijo la exterminadora. Le tomó una mano y la apretó—. No sentimos una presión de ningún tipo. Queremos que estés bien, nosotros queremos estar bien.
Por algún motivo que Kagome no lograba entender, sus ojos se habían llenado de lágrimas. Se obligó a no llorar, porque si lo hacía, sin dudas Sango también lo haría. Y no quería verla llorar.
—Ahora estamos pasando una mala racha —murmuró Miroku. Miró a Inuyasha, sentado a un lado mirando el piso con el ceño fruncido, y luego a Kagome y a su esposa—. Pero mejorará. Seguiremos tomando las decisiones que conciernen a la aldea entre todos, como lo hemos venido haciendo estos últimos años. Sin… tratamientos especiales. —Miró a Kagome y la chica le dedicó una débil sonrisa.— Todo mejorará.
—Por lo pronto, debemos encargarnos de las provisiones. Asegúrate de sacar una buena porción, ¿de acuerdo? No me importa qué terrateniente sea, exprímelo, Miroku —gruñó Inuyasha. Se irguió de su lugar y miró hacia el cielo. Seguía sin un rastro de tormenta, ni nubes cargadas, ni una puta buena señal—. Oscurecerá pronto. ¿Cuándo te marchas?
—Hachi intentaría localizar a Kohaku de inmediato. En cuanto llegue aquí…
—De acuerdo.
Kagome se incorporó también, visiblemente nerviosa.
—Debo visitar a Kaede antes del anochecer, ¿te veré en casa o quieres acompañarme?
Inuyasha se encogió de hombros, pero caminó junto a Kagome hacia la cabaña de Kaede, que había vuelto hacia el lado de la aldea que estaba libre de la última enfermedad. Aún había muchos enfermos, y muchos estaban graves, pero si Kaede se había recuperado, había esperanzas… aunque Inuyasha decía que la vieja resistía porque era la más fuerte del grupo luego de él.
Miroku y Sango los siguieron con la mirada. Siempre se habían visto bien uno junto al otro, hasta los colores de sus prendas se complementaban.
—Desde ese día… nunca volvió a hacer mención de lo que sucedió —dijo Sango, acercándose a su esposo. Miroku le tomó la mano con cariño.
—Es una estupenda señal que lo haya mencionado entonces. De todos modos… mantente atenta a Inuyasha, ¿de acuerdo? Estoy seguro de que Kōga estuvo aquí hace un rato, me pareció sentir… No tengo una buena sensación respecto a este tema. Sango, yo tampoco deseo que ese hombre esté suelto, pero... no creo que encontrarlo y matarlo, como hará Inuyasha si lo conozco bien, solucione algo. Inuyasha nunca estuvo cómodo con hacer daño a humanos e inocentes.
—Ese hombre no es inocente. Si lo mata, estará haciendo un bien.
—La violencia nunca ha solucionado nada. No ayudará a Kagome, no mejorará la situación. Sango… ¿alguna vez has visto que matar a alguien ayude? ¿Crees que se sentirá mejor luego de eso?
—¡Sí! ¡Sentiría que hizo lo correcto! Cuando creí que Inuyasha había matado a toda mi familia, realmente quería matarlo… con mis propias manos. Era lo único que sentía… lo único que sentía que podía hacer, lo que debía hacer. Comprendo ese deseo. Inuyasha no ha tenido a alguien en gran parte de su vida, Miroku. Lo sabemos bien todos nosotros. Y han lastimado a la persona a la que más ha amado en mucho tiempo. Esa herida también afectó sus vidas. ¿Por qué no puedes comprender que quiera matarlo? ¿Qué se sentirá bien con eso? ¿Por qué no puedes comprender que eliminándolo de este mundo las cosas estarán mejor?
—Porque no lo estarán. ¿Crees que si hubieras matado a Inuyasha te hubieras sentido mejor? Hubieras tenido sangre en tus manos y tu familia seguiría muerta. Y no hubiera quedado para ti nada más en este mundo. Estarías llena de odio y serías una asesina. Inuyasha está en ese punto, Sango. Matar a ese tipo, por más hijo de puta que sea, no le ayudará. Aún tendrá a una mujer que necesita tiempo para curarse y compañía que le haga bien. No creo que necesite a su lado a una persona que no se siente capaz de nada más que de matar, no necesitará un asesino.
—Será asesino de un malnacido.
—Será asesino igual. Olvídalo, no cambiarás de opinión.
—Por lo visto, tú no puedes comprenderlo. ¿Por qué no le preguntas a Inuyasha lo que siente que debe hacer? ¿Por qué no le preguntas a Kagome si no se sentiría más segura sabiendo que ese hombre no existe? Miroku, tal vez ambos quieran eso.
Miroku la observó con sincera preocupación.
—Si ambos quieren eso… yo… no puedo comprender que una muerte solucione algo.
—Es curioso que lo digas. La muerte de Naraku permitió que te quedaras a mi lado y criaras a nuestros hijos. Hay gente que no merece vivir, Miroku.
Inuyasha observó cada movimiento de Kagome desde su silla. Estaba exhausto. Le dolía la cabeza, no sabía por qué. Ni siquiera podía pensar con claridad. Era como si hubiera llegado al límite de sus fuerzas, y la verdad es que aún no podía llegar al límite de sus fuerzas.
—Inuyasha —dijo Kagome. El mitad hombre enfocó la vista. Su mujer se estaba sentando en la silla continua a la suya, trayendo dos tazas de té humeante—, debo decirte algo.
—¿Qué cosa?
—Kaede me ha revisado hoy. Sí, ya sabías eso —siguió. Le sonrió de manera tímida e Inuyasha se sentó mejor en su silla. Había despertado su atención el modo en el que hablaba—. No sé si escuchaste.
—Creí que… creí que preferirías un poco de privacidad.
Así que Inuyasha había estado fuera de la cabaña esperando, pero había desenchufado sus orejas. Kagome sintió algo muy cálido en el pecho. Eran esas pequeñas acciones que hacían que Inuyasha le gustara tanto. Suponía que por ese tipo de cosas se había enamorado de él en primer lugar.
—¿Qué debía escuchar? —preguntó luego. Comenzaba a desesperarse un poco. Kagome no parecía nerviosa, pero de todos modos no le gustaba ni el suspenso ni las sorpresas. Menos aún luego de lo que había ocurrido.
—Mis heridas están curando bien. Todas.
—Eso es bueno.
—Y… no estoy embarazada.
Inuyasha se quedó momentáneamente sin respiración. Vio en los ojos marrones cierta preocupación, pero había un sincero alivio. Luego soltó el aire. Él también estaba aliviado. Durante el tiempo que había estado con Kagome, muchas veces tuvieron relaciones con la intención de tener un hijo, pero… A lo mejor su parte consciente no le había dado muchas vueltas al asunto, en un intento de no seguir lastimándose. Si bien esa noticia hubiera sido una desilusión alguna otra vez, esta vez era algo bueno. Kagome no estaba embarazada de él, pero tampoco lo estaba de quien le había hecho daño —alguien que, aunque le pesara, tenía más posibilidades de embarazarla que él.
—Eso…
No dijo nada más. Se apuró a tomar una mano de Kagome y acariciar sus nudillos con el dedo pulgar. No podía hablar. No había pensado demasiado en la posibilidad de que estuviera embarazada, ya tenía suficientes problemas lidiando con las cosas como estaban. Hubiera deseado no tener siquiera que recordar que esa posibilidad existía, pero saber la respuesta (negativa) tenía su lado bueno. Podían tachar una consecuencia de la lista.
—Kaede me preguntó si quería hablar de… eso.
Inuyasha levantó la vista de la hipnótica mano de su esposa.
—¿Y lo hiciste?
Kagome negó con la cabeza.
—Es difícil. La verdad… la verdad es que temía que escucharas.
—¿Qué? No seas tonta. No escucharé si quieres hablar con Kaede. Me iré lejos si te sientes más cómoda, puedo…
Kagome sonrió e Inuyasha calló. La observó, curioso. Kagome sonreía más durante esos últimos días, pero no solía sonreír en la intimidad. Se dedicaban a estar en silencio, en tocarse poco y delicadamente. Un muy leve contacto, nada demasiado profundo de ninguna manera. Una sonrisa dedicada completamente a él era algo que no veía seguido desde aquel día.
—Sí —dijo. Pensó "lo harías. Te alejarías solo para que pudiera hablar tranquila. Lo que sea que me haga sentir mejor". Y se sintió más llena—. Puedo hablar con ella luego.
—Sí. Puedes hablar con ella mañana.
Inuyasha le sonrió, sin dejar de acariciar los mismos nudillos una y otra vez. A Kagome le raspaba porque el dedo de Inuyasha era áspero, pero igual le gustaba. Se quedaron en silencio largos segundos, un silencio un poco más calmo que otras veces, un poco más agradable. Kagome se dijo que lo que seguía iba a doler mucho. La iba a asustar y de seguro le haría mal, a ambos. Pero sentía que era tiempo de sacar ese veneno fuera. Deshacerse de algo que hace daño siempre duele, como si intentara protegerse diciendo "no, oye, que lo malo en realidad es dejarme atrás".
—Fui a buscar vendas a las casas más allá de los cultivos —comenzó. Inuyasha alzó la vista, su cuerpo se había paralizado, pero aún sostenía la mano de Kagome—. Tenía tantas cosas en la cabeza que no lo oí detrás de mí. Y tampoco llevé armas de ningún tipo.
Inuyasha no habló. No se movió ni un milímetro. Kagome encontró su mirada ámbar, expectante. Veía cierto dolor, pero lo esquivó. Miró sus manos entrelazadas. El pulgar de Inuyasha parecía amenazar con volver a rasparle.
—Pasé por varias chozas antes de que apareciera. Se encerró conmigo… y cantaba… —Kagome guardó silencio. Las imágenes volvían a ella. El hombre que antes parecía adolorido, desorientado, ahora era un lobo encerrando a su víctima y ella no era más que— Kagome, Kagome… el pájaro en la jaula.
Sus ojos se anegaron en lágrimas. Sentía que pronto le faltarían las palabras. Podía escuchar su voz. Era un martirio. Volvía a estar en ese lugar, encerrada, con ese hombre cantando, volviendo a susurrar su nombre…
Inuyasha volvió a acariciar los nudillos, con fuerza, como si quisiera recordarle que estaba allí y escucharía el resto de la historia si quería contarla, que no se iría, no importaba cuánto doliera, cuantas ganas de no escuchar lo que venía, cuantas ganas de correr y encontrarlo…
Kagome cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir. Una lágrima cayó por su mejilla, pero no se molestó en limpiarla. Inuyasha la observaba.
—Kaage. Era un sold… no, un bandido que acompañaba soldados heridos y se aprovecha luego de la situación. Parecía que había hecho lo mismo otras veces. Kaage… me tomó del cabello cuando quise escapar, me tomó la boca cuando quise gritar. Tenía las manos grandes y ásperas.
» Intenté liberarme, pero me tiró contra el suelo.
Recordaba el golpe. La había zarandeado con fuerza. Intentó incorporarse, pero antes de darse cuenta lo tenía sobre él. Sentía el peso del cuerpo masculino sobre ella, los sexos pegados. Intentó zafarse, pero sostenía sus manos.
Inuyasha otra vez pasó el pulgar sobre sus nudillos. Las lágrimas caían por el rostro de Kagome. No se había dado cuenta que lloraba, incluso cuando su voz se quebró y sus manos temblaban. Era como contar una pesadilla, no, como si la contara alguien más.
—Lo tenía sobre mí. Lo golpeé, pero me golpeó de vuelta. Varias veces. Lo intenté empujar, pero no tenía tanta fuerza.
Los dientes de Inuyasha estaban tan apretados que le dolían. Intentaba controlarse. Él podía controlarse.
—Me decía que era
Un mal pajarito. Si te portas mal, me portaré peor.
Kagome usó su fuerza espiritual para empujarlo lejos, y quemó parte de su cara, quemó sus brazos. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones, y su grito se mezcló con el de Kaage, que se soltó de su agarre y luego volvió a golpearla con la mano en puño. En las costillas, en la cara. Se levantó, llevándose las manos a la cara que le ardía y Kagome intentó aprovechar el momento, dejar de lado el dolor que sentía para escapar, porque debía escapar, pero él estaba furioso…
—… me pateó estando en el suelo.
¿Cuántas veces había llamado por ayuda? Le gritó que era una estúpida, que nadie le ayudaría, porque todos estaban lejos. Le pateó otra vez. Le dijo que a nadie le importaba. Y luego intentó acomodarle. Se volvió a poner encima, sostuvo sus brazos. Le arrancó las ropas.
Kagome le mordió, pero todo lo que hacía solo parecía molestarle más. Era inútil. Y le dolía la garganta de gritar. Le ardían los ojos. Sentía que no podía respirar. Le dolía el cuerpo.
—Entonces…
Se quedó callada. Entonces él la había denigrado aún más. No le había bastado con golpearla e insultarle, también la había desvestido y se había introducido en ella. Le sostenía los brazos y le susurraba que guardara silencio, que nadie vendría…
Sh, sh, pa-ja-ri-to.
No podía decirlo en voz alta. Pero no era necesario. Sabía que no era necesario relatarlo. El modo en que le había lastimado. No importaba que usara toda su fuerza espiritual, estaba drenada de energías. Su fuerza física tampoco era suficiente para moverlo lejos de ella. Estaba lastimada y le dolía el cuerpo, solo quería irse y estar a salvo, estar encerrada, estar oculta bajo las mantas de su cama. No quería estar ahí. No quería estar ahí.
El silencio duró mucho más esta vez. Ni siquiera se habían percatado de cuánto. El pulgar de Inuyasha había dejado de acariciar sus nudillos, pero su mano no se había apartado. Estaba mojada de las lágrimas de Kagome. No tenía idea de cómo había podido contar eso, o si acaso Inuyasha había podido entenderle algo. Creía que no. No por cómo le había temblado la voz.
En algún momento se animó a levantar la vista y se dio cuenta de que Inuyasha sí la había entendido. No sabía si había entendido cada palabra, pero sin duda le había entendido, del modo que ella necesitaba que le entendieran. Los ojos de Inuyasha aún estaban fijos en la mano de Kagome, y las lágrimas corrían por sus mejillas. Tenía los labios apretados, como si intentara no interrumpir, no soltar ni siquiera un quejido.
Kagome se sorbió la nariz.
Quería que dijera algo. Se sentía una tonta, se sentía indefensa. Se sentía…
Aliviada de un modo extraña. Sentía dolor, vergüenza, sentía un poco de miedo. Pero se iría poco a poco. No había que temer, porque Inuyasha le protegería. No había dolor, el dolor se iría. No había vergüenza, esa nunca debía existir. Había alivio, eso estaba bien.
—Lo lamento —murmuró él. Apretó su mano y levantó la vista. Ese par de orbes doradas que tanto conocía estaban empañados de dolor y de enojo, podría jurar que en proporciones casi iguales—. Lamento tanto no haber estado ahí para impedirlo. No haber llegado a tiempo… no haber cumplido mi promesa.
—No podías saber que pasaría.
—Perdóname, Kagome. Solo… acepta mis disculpas.
Apretaba sus manos con fuerza. Se sentía mal. No había forma de decirlo con otras palabras. Como si no fuera suficiente con haber pasado por eso, él se había comportado como un imbécil casi todo el tiempo. Llegando tarde, faltando a su promesa de protegerle y estar a su lado. Sentía tanta vergüenza de sí mismo.
Necesitaba tanto que le perdonara por fallar así.
Kagome se soltó de su agarre, e Inuyasha sintió que todo acabaría allí mismo, todo su camino que siempre había sido demasiado bueno para ser verdad. Pero Kagome alzó las manos y las apoyó en la cara de su esposo, limpiando las lágrimas en su rostro. Inuyasha aceptó la caricia cerrando los ojos, sintiendo que en realidad no merecía eso. No merecía ni siquiera la mirada dulce que le dirigía. No podía decirlo en voz alta, tenía miedo. La verdad era que Kagome tenía, desde hacía tiempo, su corazón en sus manos. Kagome tenía el poder de destruirlo y tenía mucho miedo de que lo usara.
—Aún quiero llorar —susurró Kagome, con una mueca. Quería llorar mucho rato, y quería decirlo en voz alta. Inuyasha abrió los ojos. Las manos de ella seguían en su rostro, tapando el rastro de lágrimas, pero el llanto de Kagome seguía donde antes. Inuyasha tomó las manos de su esposa.
—Entonces lloremos.
‣ nota de la autora:
Qué-difícil-fue-este-capítulo. Espero no haberla cagado. Siento que Inuyasha y Kagome aún tienen cosas que solucionar, pero han dado un paso gigantesco. Y aún faltan cosas por ver. ¿Está Kagome finalmente mejorando? ¿Irá Inuyasha a buscar a Kaage, ahora que tiene más información sobre él?, buenas cuestiones.
Gracias por su apoyo. Sus reviews valen oro :)
Les mando un saludo desde este lado de la pantalla,
Mor.
