VII

Cuando Kagome se desahogó y lloró todas las lágrimas que le quedaban en el inventario, Inuyasha —mucho más aliviado luego de llorar—, la alzó y la llevó en brazos hasta la cama. Le secó las lágrimas con caricias suaves y permitió que se durmiera a su lado. Sin embargo, él no se sentía capaz de dormir. Luego del llanto, la angustia y el dolor producto de la historia de Kagome se transformaron en una ira inconmensurable. Agradecía que Kagome durmiera, porque necesitaba tiempo para tranquilizarse y ponerse una máscara, volver al escenario a actuar. Si no se tomaba ese tiempo, estaría bien claro para Kagome que no estaba tranquilo, y él quería brindarle toda la seguridad que pudiera. Sentía la sangre latir con fuerza en sus venas. La parte de sí más salvaje solo tenía un propósito: vengarse.

Lo único que podía pensar era en todo lo que había sufrido Kagome en tan poco tiempo; en menos de una hora le arruinó días, semanas enteras, la alejó de su lado, le hizo sufrir… jamás se lo perdonaría. Todo el odio que sentía hacia ese tal Kaage (detestaba que tuviera un nombre) era, en parte, para desviar la atención del propio dolor y culpa que sentía. Era claro que el hombre había sido responsable de lo que ocurrió, pero Inuyasha no podía no sumarse su propia culpa. Él había hecho una promesa, y la había roto. Necesitaba reparar la situación. Y el único modo que veía era encontrar a ese tipo y hacerle pagar por lo que había hecho, pero sin descuidar a Kagome entre tanto.

Miró a Kagome de reojo, mientras intentaba controlar su propia respiración y esa parte de sí que solo quería (y sabía) matar. El modo en que su esposa se abrazaba a él le reconfortaba. Ser alguna especie de salvavidas estaba bien por él. Habían avanzado, aunque hubiera salido herido de esa batalla. Y la parte más básica de él le decía que eso estaba bien, que era lo correcto. Que doliera era solo un efecto secundario. No podía explicarlo, pero suponía que la parte que era un demonio (un animal) en él tenía instintos. Los instintos no necesitaban una explicación, bastaba con sentirlos y seguirlos.

Le acarició la mejilla y luego acomodó un mechón de rebelde cabello negro fuera del rostro de su mujer. Compartiría más con ella, cada cosa que había sentido en esos días. Le haría hablar, escucharía, diría lo que tenía que decir, pero nunca mencionaría su plan. No podía echarse atrás ahora. Sus instintos hablaban y era hora de escucharlos. Sabía lo suficiente. Se llamaba Kaage y tenía quemaduras en el rostro y brazos, que la propia Kagome había provocado gracias a su gran poder espiritual. Si acaso se cambiaba el nombre, aquellas cicatrices ayudarían a Kōga y a los suyos a dar con él. Y luego el mismo Inuyasha se encargaría. Les daría a los lobos los restos para que se alimentaran. Kaage sería suyo.

A pesar de que había pensado que jamás lograría conciliar el sueño, pronto cayó rendido. Seguía con un brazo alrededor de Kagome, con su mejilla sobre la coronilla de su mujer, y sueños que rozaban las pesadillas. Kagome despertó antes, con dolor de cabeza y los ojos hinchados. Había llorado mucho, sin duda. Pero, como antes había pensado, estaba mejor así.

Los últimos días solo se acercaba a Inuyasha si la noche (y las pesadillas) se hacía demasiado intransitable para ella, pero el contacto con su esposo no dejaba de ser un abrazo o tomarle la mano. Ahora se había acercado a él porque había roto alguna especie de barrera entre ellos. El modo de abrazarse a él era diferente, más natural. Sentía el peso de la cabeza de Inuyasha sobre la suya y temía despertarlo si acaso se movía un ápice. Decidió quedarse un tiempo más abrazada a él, escuchando el latir de su corazón y viendo las sombras que se formaban en el piso de su casa. Estaba tranquila, y el dolor de cabeza desaparecería en cuestión de minutos. No se había sentido tan a gusto desde hacía rato.

Casi al tiempo que el dolor de cabeza desaparecía, Inuyasha comenzó a despertar. No se suponía que se sintiera nerviosa o ansiosa cuando él despertara (no lo había creído así de todos modos), pero eso mismo ocurrió. Contuvo la respiración entre tanto escuchaba las nuevas inspiraciones de Inuyasha y se permitió levantar la cabeza para verlo cuando él cambió un poco de posición. Inuyasha no tardó nada en percatarse de que estaba despierta y se dedicó únicamente a devolver la mirada. Se atrevió mostrar una tímida sonrisa que Kagome correspondió de forma lenta.

—Creo que hemos dormido de más —dijo, de algún modo para acallar sus nervios—. Tenemos trabajo que hacer…

—Olvida el trabajo. Miroku y Sango pueden encargarse de todo hoy. Además, Hachi está buscando a Kohaku y vendrán muy pronto, tal vez hoy mismo.

Kagome lo miró durante un rato, sin saber qué decir. Decidió sentarse en la cama e Inuyasha hizo lo mismo como acto reflejo a una velocidad inhumana. La joven respingó, y antes de que él pensara que nuevamente se había precipitado con un acto estúpido, ella sonrió.

—Entonces…

—Entonces hoy es día de remoloneo.

Mañana de remoloneo. Hay mucho que hacer en la aldea y…

Inuyasha cortó la oración al sonreírle de medio lado, con ese colmillo a la vista. Era la sonrisa que usaba cada vez que elegía ser un cargoso y la molestaba por cualquier cuestión que se le ocurriera en el momento. Era tan casual, tan natural y tan de ellos, que Kagome quedó sin habla y se dedicó a verlo, cosa que a él no le pasó desapercibida.

—Me siento bien hoy —confesó ella. Le dedicó una sonrisa sincera y se acercó a él. Apoyó una mano en su pecho, sintiendo el bombear de su corazón. No sabía qué quería hacer o decir. Pero lo de la noche anterior le había ayudado. No sabía cómo agradecer que hubiera estado para ella, sin hacer más que escucharla, que comprenderla, que acompañar su llanto. Había necesitado eso, mucho.

—Yo igual —mintió. Había algo que se había borrado de la noche a la mañana, se notaba en el modo en que Kagome se comportaba, y en cómo de repente no había hielo, no había barreras, ni nada entre ellos, más que una horrible pesadilla y bastante miedo, cosas que podrían combatir. Sin embargo, no estaba bien. La ira seguía bullendo, con fuerza, esperaba ser liberada y tenía un blanco determinado. A simple vista, parecía que Kagome no había detectado eso, pero no había nada que Inuyasha pudiera esconder de Kagome, absolutamente nada.

—¿No hay nada que quieras decirme…? —preguntó ella—. ¿De anoche tal vez?

Inuyasha la miró, intentando lucir extrañado, pero Kagome no se perdió detalles de sus ojos dorados, ningún matiz, ninguna sombra, ninguna duda. Aún a pesar de saber el poder que tenía sobre él, no podía ser tan sincero con ella como debería; sentía que, de hacerlo, dañaría algo. De alguna forma, debía ser su secreto. Si Kagome nunca lo sabía, mucho mejor. Esos deseos de venganza que poco a poco ocupaban el total de sus pensamientos, desaparecerían una vez que desapareciera Kaage también. Pero, dada la situación, decidió brindarle una verdad. Y se la merecía, porque sin duda estaría preguntándose qué hizo entre tanto ella sufría sola.

—Hay algo —aseguró. Tomó su mano con cautela y acarició de nuevo los nudillos. Su mente viajó varios días atrás. Cuando el dolor y el odio hacia sí mismo y hacia los demás era tan fuerte que apenas era capaz de hablar. Cuando se alejó de todos, incluida Kagome—. Cuando Sango me dijo lo que había pasado, cuando comprendí eso… me fui.

Kagome lo miraba. Sabía que se había huido, pero siempre se había preguntado de qué. No quería preguntar, no quería hablar (ya había hablado tanto, había hablado lo suficiente). Esta vez quería escuchar. Quería tener algunas respuestas y quería compartir el peso de él, porque había visto que no era la única sufriendo, aunque no dejara de ser la más lastimada.

—Me fui —siguió—. Lejos de la cabaña de Miroku, en dirección al pozo. Me escondí entre los árboles y pensé…

Pensó que todo hubiera estado mejor si Kagome nunca hubiera regresado hacia él. Que todo hubiera estado mejor si hubieran podido vivir en la época de ella, donde podría defenderla siempre porque no estaría ocupado exterminando demonios. Incluso con el dolor de estar separados por siempre, tenían la ventaja de que aquello jamás hubiera ocurrido. Jamás hubiera faltado a su promesa, jamás tendría que verla golpeada y humillada, con miedo incluso de él (quien no se atrevería siquiera a arrancarle un cabello). Pero no dijo nada de eso, porque no podía decirle que preferiría tenerla lejos. Eso sería mentir, sería mentir descaradamente y ya le había mentido lo suficiente.

Mantuvo el silencio unos segundos sin apartar la vista de la mano de Kagome.

—Me dediqué a atacar y romper,… a destruir cada árbol que se ponía en mi camino. Eso fue lo que hice cuando estuve lejos de ti, hasta que Miroku mencionó a Jinenji...

Hasta que pude ser útil en algo.

—Y cuando conseguí esas hierbas, volví… porque me necesitabas. Quería verte.

Quería decir más, quería que se entendiera la intensidad con la que deseaba verla cuando tenía ese montón de hierbas consigo, pero no lo logró. No pudo decirle que necesitaba verla, porque no era hombre de palabras, sino de acciones. No le dijo cuánto deseaba gritar en el momento de notar los moretones, lo pálido de su piel o los indicios de que había estado llorando. No le confesó el montón de árboles que destruyó al escucharle hablar con Sango, al escuchar lo que todos decían alrededor. Ni cuánto gritó, al punto de que su voz no servía para nada.

El viaje hacia los campos de Jinenji le ayudó, así como hablar con él. Las palabras del hanyō, su gran manota tocando su hombro, el cuidado con el que envolvió las hierbas para Kagome, la aureola de la lágrima que cayó sobre ese envoltorio. Eso también ayudó. Y pudo volver con Kagome de nuevo, con provisiones, con lo que intentara que fuera fuerza para estar a su lado, para servir.

No dijo nada. No era bueno con las palabras. No podía confesar cuanta debilidad había en él, cómo lo lastimaba que le hicieran daño. Como le dolía no haberla protegido. O el pánico que sintió al oír sus llamados, al creer que la había perdido. Tal vez Kagome podía ver todo eso, ojalá pudiera. Ella se dedicó a devolver el apretón de mano y a mirarle con aprehensión.

—Menos mal que volviste. Sango pensaba matarte. Creo que hasta Miroku lo pensó…

—Lo sé. ¿Y tú?

—También lo pensé —sonrió. ¿Qué otra cosa podía hacer, o decirle? ¿No estaba claro cuán feliz estaba de tenerlo a su lado? Tal vez no. Inuyasha era tonto a veces—. Me alegro que estés aquí. Eso es todo.

El silencio reinó en la casa. Aunque afuera la actividad en la aldea había comenzado a toda máquina, había paz allí, como si hubiera un escudo alrededor de ellos dos, con los cuerpos juntos y las manos entrelazadas. Inuyasha creía que tenía que decir algo más. Algo como "Y yo de estar aquí". O que la amaba. Que nunca había amado a alguien de ese modo. Eso estaría bien.

Se acercó un poco más, sin soltarle la mano. Kagome no se alejó. Miraba sus ojos, tan cálidos y atentos. Cuando sus narices chocaron, ya estaba todo dicho. No pudo esperar más a besarla. Unir sus labios al fin, algo que había esperado tanto. Kagome lo recibió con timidez, pero las ansias pudieron más que temores que de repente parecían estúpidos y lejanos.

Hacía calor. Los labios de Inuyasha estaban calientes y sus manos ardían también. Le gustaba cómo su lengua jugaba con ella, le gustaba mucho, le hacía sentir cosas lindas en todo el cuerpo. Estaba bien. Le gustaba de verdad.

Inuyasha apretaba sus manos. La besaba con la intensidad de un hombre que bebe agua en el desierto. Había extrañado eso. La adicción que generaba, lo que provocaba en él. Su mano voló hacia su cuello y acarició la suave piel ahí. Su otra mano atrapó la cintura. Se sentía bien tenerla tan cerca de él.

Kagome gustó de todos los movimientos, de ese calor que emanaba el cuerpo masculino, del cosquilleo en el vientre, de esa sensación en la planta de los pies que él le había enseñado que podía sentirse. Tuvo que frenar para recuperar aire. Tenía las manos de Inuyasha abrazándola y sus propias manos estaban en la nuca de su marido. Se habían extrañado, no había duda de eso.

Inuyasha volvió a buscar su boca y ella lo aceptó gustosa. Pero cuando la mano de su esposo comenzó a buscar el contacto con su piel, de repente sintió que no podía seguir con eso. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza, junto a la sensación de que algo iba mal. Inuyasha debió de haber captado algo, porque frenó de inmediato y la observó con atención.

—Lo lamento, yo… —empezó Kagome, poniendo sus manos en el pecho de su marido, una protección inútil. ¿Qué iba a decirle? ¿De qué podía tener miedo, si estaba junto a la persona a quien se había entregado en cuerpo y alma la primera vez, la segunda y todas las que le siguieron a esas? Estaba junto al hombre a quien más amaba y sin embargo la sensación de nauseas no se alejaba. Quería que alejara sus manos de ella, pero al mismo tiempo no quería estar lejos, no de él.

Ni siquiera sabía qué decirle. Ni siquiera sabía qué sentir.

—Shh —soltó él. Le dejó un suave beso en los labios y le sonrió. Como si todo lo que provocara en él pudiera dejarse de lado, haciendo de cuenta que ese beso no había sido igual a ese montón de besos que se habían dado cada vez que querían un poco más del otro. Kagome no se preguntó cómo se había enamorado de él, pero si se lo hubiera preguntado, sin duda se respondería "por esto mismo".

Se dedicaron a estar uno junto al otro un rato más antes de levantarse de la cama, y Kagome no tardó demasiado en sentirse cómoda de nuevo. Inuyasha comenzó a preparar el desayuno como hacía siempre, pero enseguida tuvo a Kagome ayudándole. Armaron todo en perfecta coordinación, y se sentaron a comer en silencio. Se miraban y sonreían, y eso parecía ser todo lo que necesitaban ese día.


Luego de un rápido almuerzo, Kagome decidió que era tiempo de volver a trabajar en la aldea. En contra de lo que ella esperaba, Inuyasha se mostró de acuerdo y la acompañó hasta la cabaña de la anciana Kaede, que había vuelto a un buen ritmo de trabajo por lo que pudieron apreciar por el intenso movimiento en los alrededores de la cabaña.

—¿Quieres que me quede contigo? —preguntó Inuyasha. Kagome observaba a los aldeanos entrar y salir de la cabaña de Kaede, asombrada por la actividad a pesar de la hora del día. La joven volteó a verlo.

—¿Quieres ayudar en la construcción hoy?

Inuyasha le sonrió. No era eso lo que tenía en mente en realidad, pero era una buena excusa. Iría, en la última instancia, a trabajar en la construcción, pero tenía una importante parada en las afueras de la aldea primero.

—Ese era el plan. Pero si quieres que…

—No. Estaré bien aquí, y Kaede necesita ayuda.

Inuyasha asintió. No estaba seguro de que fuera un buen plan mantenerse lejos de Kagome tan pronto, pero estaba bien resguardada. Además, Miroku estaba cerca, sentía su intenso y tan conocido aroma rondando. De todas formas, solo se ausentaría de la aldea unos pocos minutos. Tomó la mano de su mujer y tiró de ella, haciendo que Kagome trastabillara hasta chocar sus cuerpos. Ella rió. Inuyasha solía hacer eso con frecuencia. Le besó los labios luego, y esperaba que hiciera eso con frecuencia, con mucha frecuencia entonces.

—Nos vemos pronto.

—Nos vemos pronto. —Hizo eco de su frase y lo observó marchar, con el traje rojo de siempre y ese andar rápido y despreocupado. Luego se dio vuelta y siguió con lo suyo, porque tenía cosas por hacer y prefería intervenir antes de que Kaede recayera en su enfermedad por exceso de trabajo.

Inuyasha no dejó de tener los sentidos puestos en Kagome. Escuchó cada palabra que le dirigió a Kaede y otros aldeanos —incluso a Sango cuando se le acercó (y captó el tono de asombro al no verlo a él alrededor)— y también todos los movimientos que era posible reconocer mediante el oído. Sin embargo, perdió toda la concentración al cruzar la primera línea de árboles del bosque que llevaba su nombre.

No hizo falta que llamaba a Kōga o a algún demonio de su clan; dos lobos de un intenso pelaje marrón hicieron acto de presencia de manera casi inmediata. Mantenían una buena distancia, pero se veían confiados y atentos a él, como si fuera otro líder o algo similar. A Inuyasha se le cruzó por la cabeza que tal vez Kōga había dado órdenes muy precisas respecto a ese tema, pues era bien sabido que el lobo guardaba un cariño muy grande por Kagome, así como lo hacían también Ayame y el resto de los lobos.

—Díganle a Kōga que se llama Kaage. Tiene quemaduras en su rostro y en sus brazos. Que me avise cuando lo encuentre.

Los lobos aullaron en respuesta, movieron su pesada cabeza y luego echaron a correr. Inuyasha los observó marchar, impaciente por verlos regresar. Porque cuando regresaran, tendrían noticias de Kaage, e Inuyasha se tomaría unas cortas vacaciones para dar con él y enseñarle las consecuencias de lastimar a su compañera.

Con pensamientos que solo tenían que ver con un monstruo en particular, Inuyasha se puso de lleno a trabajar en la construcción de las nuevas aldeas. Los aldeanos no pudieron entablar ningún tipo de conversación con él, ni siquiera el propio Miroku pudo sacarle más que respuestas monosilábicas, a pesar de haber notado un cambio muy positivo en Kagome que adjudicó a alguna mejoría entre ellos. No tenía dudas de qué era lo que ocupaba los pensamientos de Inuyasha, pues desde hacía días sentía la presencia de demonios lobos en los alrededores. Inuyasha podría haberse olvidado de sus habilidades, pero no por eso Miroku dejaba de ser un monje.

—Lo mejor será que lo dejes estar. Que olvides de una vez.

Fue esa frase lo que logró descolocar a Inuyasha y desviarlo de sus recurrentes pensamientos. Desde el techo que estaba edificando lo observó con el ceño fruncido. Miroku miraba hacia él con la expresión que Inuyasha identificó como "la cara que usa para fastidiarme".

—¿Qué dices?

—Tú sabes a qué me refiero. Él pagará por lo que ha hecho, pero tú…

—Sí que lo pagará.

—Inuyasha…

Miroku ni siquiera pudo armar una oración completa antes de tener a su amigo parado frente a frente. Quería evitar una confrontación, sea en ese momento o en otro lugar y con otra persona, pero, viendo el rostro de Inuyasha, estaba comenzando a creer que eso era imposible. Los ojos de su amigo estaban más oscuros de lo normal, tanto que casi parecían marrones. Por un momento creyó que sería un efecto de la luz, pero desechó la idea de inmediato al escucharlo.

—No permitiré que ese tipo siga viviendo. Lo último que verá será mi rostro. Y para ese momento, ya habrá deseado muchas veces estar muerto.

—Inuyasha, por favor…

—No hay nada que puedas decir que me haga cambiar de opinión.

Miroku suspiró. Posó una mano en el hombro de su amigo, que seguía mirándole con fiereza. No quería perder a Inuyasha, y sentía que eso ocurriría si dejaba que siguiera por ese camino. El hanyō había aniquilado a miles de demonios, pero nunca a un humano. ¿Cómo podía dejar que hiciera algo así? Debía intentar persuadirlo, aunque Sango no opinara igual.

—Inuyasha… piensa esto, por favor. ¿Crees que matarlo solucionará algo? Es muy distinto que exterminar demonios…

—Para mí no hay diferencia alguna.

—Inuyasha…

—Ya me harté de escucharte. Esto es una decisión tomada, y te mantendrás al margen si quieres que sigamos siendo amigos.

Miroku se mostró dolido, pero Inuyasha no dejó que eso le afectara. Era cierto que esa decisión estaba tomada, y se enojaría mucho si cualquier interrumpía lo que tenía planeado, sobre todo si lo hacían Miroku o Sango, porque ellos sabían lo que significaba Kagome para él. Kōga le daría la información. Era increíble que en momentos como ese confiara más en el lobo que en Miroku para cumplir con lo que debía hacer.

—No intervendré en tus planes. Tú sabes que solo deseo lo mejor para Kagome y para ti. Es solo que no creo que matarlo sea lo correcto.

—No sé si sea lo correcto, Miroku. No lo sé y no me importa. Pero, si estuvieras en mi lugar… si hubiera sido a Sango… o a una de tus niñas… ¿qué harías tú? Yo sé lo que debo hacer. Y sé que Sango estará de acuerdo conmigo.

Miroku lo observó sin habla hasta que Inuyasha lo abandonó. Se había quedado mudo por primera vez en mucho tiempo, algo a lo que no estaba acostumbrado a menos que se tratara de su mujer (Sango siempre encontraba el modo de callarlo, se le daba bien). Observó a su amigo alejarse hacia la zona donde Kagome estaría trabajando, perdido entre un montón de pensamientos que no podía identificar.

No se sorprendió de que Inuyasha los conociera tan bien. De que supiera que Kagome y él eran más parecidos, personas dispuestas al habla y al perdón. De que supiera, por otro lado, que Sango e Inuyasha eran casi idénticos. Se preguntó si acaso su mujer y su amigo habían estado hablando sobre el bandido, si acaso Sango le había estado ayudando. Se preguntó si Kagome opinaba como él, si estaría dispuesta a perdonarle la vida a quien le había hecho daño, si intentaría evitar que Inuyasha hiciera lo que se había propuesto.

Luego se preguntó qué haría él si ese tipo, en lugar de lastimar a Kagome, hubiera lastimado a Sango. O a alguna de sus hijas.

Y luego ya no se hizo más preguntas.


La noche los encontró cansados. Pudieron volver a su casa cuando inició el nuevo turno de aldeanos para patrullar los alrededores. Habían cenado algo en la cabaña de Kaede, con un silencioso Miroku y una agotada Sango, y junto al montón de niños de la pareja que estaban al cuidado de las gemelas. No había noticias de Hachi ni de Kohaku. Y, para molestia de Inuyasha, de Kōga tampoco.

Al llegar a su hogar, tan silencioso como de costumbre, ni siquiera se preocupó por eso. Se dejó caer en la cama sin cuidado, agotado por los sentimientos encontrados, por la furia que no podía controlar y por el encuentro con Miroku. Le molestaban sus palabras, porque le hacían creer que podía estar equivocándose. Sin embargo, no podía no hacer lo que había decidido. No cabía en él la idea de dejar con vida a ese hombre.

Cuando Kagome se acostó a su lado pudo olvidar lo que le molestaba; sobre todo cuando, con cierta timidez, Kagome rodeó su torso con su brazo. Inuyasha la abrazó, intentando despejar su mente.

—Estás… raro. ¿Ocurre algo?

Inuyasha negó con un solo movimiento de cabeza, restando importancia al asunto al sonreír. Pero Kagome no parecía convencida en lo absoluto. Hablar con ella con esa normalidad luego de los últimos días le parecía extraño, y odió que fuera así. Nunca tuvo que romperse esa rutina, esa confianza.

—¿Has peleado con Miroku?

—No… no peleamos. No siempre estamos de acuerdo, es todo.

Kagome guardó silencio. La luz que entraba por las ventanas provenía de la luna, parcialmente cubiertas por rebeldes nubes, y de las antorchas que portaban los aldeanos.

—Siento… partirás pronto, ¿no es así?

Inuyasha la observó quedamente. No hacía falta mentirle, Kagome lo sabía ya… se había enterado de una forma o de la otra. Tal vez el mismo Miroku le había dicho algo al respecto, pero eso no lo detendría.

—No estaré fuera más que un día, Kagome. No estaré lejos mucho tiempo.

—… ¿y volverás?

—Sí.

Acarició su cabello negro y escuchó la voz de Kōga, que lo llamaba de entre los árboles. Cuando Kagome se durmiera, atendería el llamado. Partiría a primera hora del día siguiente. Y luego volvería junto a ella.


‣ nota de la autora:

Hola~ ¡Estoy de vuelta! Y eso es bueno :) Pensaba actualizar antes, pero me fui de vacaciones inesperadas y no pude escribir durante ese tiempo. Pero lo importante es que estoy acá, y este sigue siendo mi fic con mayor prioridad.

En este capítulo quise escribir sobre varias cosas. Un poco sobre Inuyasha, su ira y su determinación. Otro poco sobre Miroku (o cualquiera, en realidad) intentándose poner en los zapatos del otro. Algo sobre lo difícil que es para Kagome estar cerca de Inuyasha aún cuando lo quiere y sabe que puede confiar en él. Y sobre como ella sabe o sospecha los planes de su compañero.
El momento llegó, Inuyasha pronto partirá a buscar a Kaage. El fic está llegando a los últimos capítulos. ¿Qué opinan ustedes de todo esto?

Resta decir que agradezco inmensamente a quienes se toman el tiempo de comentar. Gracias. Y gracias también a quienes leen :)

Nos estamos leyendo pronto en el próximo capítulo,

Mor.

PD. Sí, me cambié el nick de nuevo, soy feliz con él y sigo siendo Mor, Mo, M, lo que sea. :)