VIII
El sol había salido apenas una hora antes. Había pasado la noche prácticamente en vela, primero esperando a que Kagome se durmiera y luego sin dejar de pensar en Kaage y en lo que le haría una vez que lo encontrara. Había considerado seriamente en dejar la casa de un momento para otro y buscarlo, pero no le parecía justo abandonar a Kagome así… aún cuando su esposa parecía saber, con exactitud, cuáles eran sus planes.
La visita de Kōga había sido breve y concisa. Se mostró molesto por no poder actuar él (más de una vez le dijo que podrían encargarse del tipo, a lo que Inuyasha se negó), pero le indicó dónde lo habían visto sus lobos y le aseguró que aún lo mantenían bajo vigilancia. Incluso procuró que uno de sus lobos le indicara el camino. Inuyasha no negó esa ayuda. Cuanto antes se deshiciera de Kaage, antes volvería con Kagome.
Con el sol ya iluminando la tierra, Inuyasha se sentía cómodo para salir. Se levantó de la cama y miró a Kagome, que se removió un poco en el lugar y se quedó tranquila otra vez. Tardaría por lo menos otra hora en despertar. Se acercó a ella y le dejó un beso en la frente. Le susurró que pronto estaría de vuelta; luego dejó la casa y se dirigió a la de Miroku.
No pretendía despertarlo, y tampoco tuvo que hacerlo. Miroku ya estaba parado en la puerta de su cabaña mirando el cielo. Inuyasha se paró a su lado y miró al cielo también, pensando si acaso su amigo tampoco había podido dormir, si acaso sabía que un lobo lo esperaba fuera de la aldea para ir en busca de Kaage. Suponía que sus pensamientos estaban en lo correcto. Suponía también que intentaría darle un nuevo sermón para que no matara a ese tipo. Pero Miroku solo le dirigió una triste sonrisa.
—Tal vez tengamos suerte y llueva pronto —dijo. Inuyasha observó nuevamente el cielo. Unas pesadas nubes grises se acumulaban sobre ellos, pero no era algo que no hubieran visto en el último tiempo. Fuera como fuera, nunca llovía allí. Miroku le dirigió una mirada de reojo antes de seguir—. ¿Vendrás pronto?
—Sí. Vigila a Kagome, ¿quieres?
Miroku asintió. Inuyasha comenzó a caminar hacia las afueras de la aldea entonces, con el corazón palpitando más rápido y las garras con ganas de afilarse contra carne humana. El monje tomó del hombro e Inuyasha se giró a verlo. Miroku tenía ganas de decirle muchas cosas, de volverlo a intentar… sin embargo, dudaba tener ya algún tipo de efecto en él.
—Ten cuidado, amigo.
Por primera vez en muchos días, Inuyasha le sonrió.
Asesinato.
Eso es lo primero que pudo pensar Kagome al despertar y no encontrar a su esposo a su lado. De alguna forma sabía por qué se ausentaba, aunque no necesitaba tener más pistas o ponerse demasiado en sus zapatos. Desde hacía tiempo que sentía la presencia de lobos por los alrededores, y no le cabía duda que Kōga y los suyos estaban bien enterados de lo que había pasado. Conociéndolos, no era impensable que quisieran encontrar al culpable y hacer justicia por mano propia.
Kagome no se había tomado mucho tiempo para pensar al respecto. Prefería obviar el tema, simplemente borrarlo, pero sabía que eso no era igual para personas como Inuyasha o Kōga. Kōga lo debió de haber encontrado por Inuyasha, e Inuyasha partía para acabar con él. No iba a mentir y decir que no quería que lo hiciera. No estaba cómoda con dejar que su esposo se manchara las manos con sangre por ella, pero ¿quién más iba a hacerlo si no él? Tal vez ella misma podría haberlo hecho… pero si estuviera en su poder, Kaage nunca habría llegado a lastimarla en primer lugar. No había podido matarlo entonces (se preguntaba si acaso con un arma hubiera podido), y no estaba segura de poder matarlo en ese momento.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Sango fue a buscarla. Lo agradeció, porque no creía que darle vueltas al asunto ayudara en nada. Sobre todo en ese momento, que se sentía la persona menos adecuada para ser sacerdotisa. No deseaba vengarse, no. Pero no deseaba salvar a Kaage de la furia de Inuyasha. ¿Y no era eso peor?
—Inuyasha ha pasado antes por casa —le comentó Sango una vez que estaban fuera de la cabaña de Kagome, mirando el cielo nublado y los niños jugando en las calles.
—Y les pidió que me vigilaran, ¿no?
—Pues claro. Ven, tenemos trabajo que hacer.
Sango le sonrió y tiró de su mano, sorprendida (y feliz) de la gracia que podía escuchar en la voz de su amiga. Parecía que todos ellos sabían lo que Inuyasha tenía planeado hacer. Miroku no estaba de acuerdo e imaginó que Kagome tampoco lo estaría, pero parecía ser que, o bien lo tenía asumido, o bien no le importaba. Cualquiera fuera la razón, por Sango estaba bien. Cuanto antes eliminaran a un monstruo en piel de ser humano, mejor.
A pesar de que la cantidad de trabajo seguía superando sus energías, la situación en la aldea estaba mucho mejor. Gracias a la regla que Miroku había impuesto, la actividad se había reducido considerablemente. Como solo los forasteros que estaban gravemente heridos ingresaban por atención médica, todos aquellos que estaban aptos para volver a la batalla o a donde pertenecieran abandonaban la aldea de inmediato. Esto disminuía la tarea de las aldeanas que estaban a cargo de la alimentación, y aliviaba los trabajos de los hombres que salían a cazar y recolectar alimentos. Así mismo, las batallas en los alrededores parecían haber mermado, porque cada vez se acercaban menos heridos.
Los enfermos de la aldea comenzaban a recuperarse, no solo gracias a las hierbas que en su momento Inuyasha había traído de los campos de Jinenji, sino también porque el mismo Jinenji había mandado a un aldeano de su pueblo para llevarle aún más. Junto a esas hierbas, también los proveyó de algunos alimentos, que fueron de gran ayuda. Kaede y Miroku aún estaban pensando en la mejor manera de pagar aquel enorme favor.
A pesar de que la situación seguía siendo crítica en el ámbito de los alimentos, la carga se había alivianado al no tener tantos enfermos y heridos. Los que se habían recuperado de la última enfermedad, ahora volvían a ayudar en las tareas con menos impacto físico, de modo que más aldeanos se encargaban de las guardias y también de la reconstrucción de unas pocas viviendas.
Las tareas de Miroku, Kagome y Sango tenían que ver mayormente con la administración y el control en la aldea. Sango instruía en el arte de la exterminación a algunos aldeanos dispuestos, pero eso era poco tiempo y si el día estaba tranquilo. Se mantenía alerta a los aldeanos que realizaban guardias, y también se encargaba de dar un par de vueltas en torno a la aldea si lo consideraba necesario. En general, la seguridad de los habitantes y la organización de los aldeanos encargados, recaía en sus manos.
Miroku, por otro lado, se encargaba de los aldeanos que obtenían nuevos recursos (elementos de construcción, o alimentos) y vigilaba que todo estuviera en orden en las edificaciones sobre las que trabajaban. El monje prácticamente no paraba de caminar en todo el día, y aún más en épocas de gran actividad.
Kagome se encargaba de la salud de los aldeanos. Recorría las enfermerías y ordenaba ciertas medidas de urgencia si era necesario. Junto a Kaede, preparaban menjunjes con las hierbas que tenían a disposición y la dejaban a aldeanas para que la administraran a los enfermos o heridos. También ayudaba en el ámbito espiritual si sus servicios eran requeridos.
Pasaron el día ocupados con sus respectivas tareas, de modo que ninguno tuvo demasiado tiempo libre como para pensar qué estaría haciendo Inuyasha. Al llegar la noche y no tener noticias de su amigo, Miroku invitó a Kagome a quedarse a dormir con sus hijos, ofreciéndose a dormir en su casa. Sin embargo, Kagome rechazó la oferta.
—Esperaré a Inuyasha en mi casa.
—¿Estás segura?
—¿Quieres que me quede contigo? —preguntó Sango. Kagome negó con la cabeza, con una tímida sonrisa.
—Creo que hoy… terminará todo.
Miroku la observó seriamente. Estaba claro que Kagome estaba al tanto de lo que Inuyasha estaba haciendo o ya había hecho; y, lo que era peor, estaba de acuerdo con eso. Y a pesar de que moralmente era malo ser cómplice del asesinato de otra persona (como, entendía, Kagome lo era), no podía sentir que hiciera algo mal, ni ella ni Inuyasha. Luego de ponerse en los zapatos de su amigo, no podía pensar diferente. Tal vez, su mujer tenía razón después de todo… hay gente que no merece vivir.
Dado lo que sentía en esos momentos, decidió que rezaría un poco al llegar a su casa. Pero antes siquiera de ir camino a ella, se acercó a su amiga y le tomó la mano. Observó aquella mano blanca durante unos segundos, pensando en cómo habían evolucionado las cosas en ese último tiempo, pensando en qué podría haber hecho él para ayudar un poco. No se le ocurrió más. Hizo todo lo que estaba a su alcance, estaba seguro, así como Sango, Kaede e Inuyasha. Actuaron tal como sabían hacerlo.
—Espero que todo termine bien, Kagome —le dijo con completa sinceridad. Kagome le soltó la mano y él tuvo que alzar la cabeza, sin poder evitar que la sorpresa en su rostro fuera obvia. Entonces Kagome lo abrazó.
—Gracias.
El viaje duró prácticamente toda la mañana. El lobo de grueso pelo negro corrió varios metros por delante de él, superando incluso su máxima velocidad. Anduvieron horas enteras sin frenar, algo que hubiera sido imposible de estar acompañado de algún humano —si acaso Sango o Miroku hubieran decidido escoltarle en ese viaje—. En todo ese tiempo, no pudo dejar de pensar en una sola cosa: en tenerlo frente a frente.
La sangre bombeaba a buena velocidad por su cuerpo, al punto de que casi parecía hablarle. Aunque seguía junto a Colmillo de Acero y era lo suficientemente fuerte como para controlarse, sentía que su sangre demoníaca podía pedir el control de su cuerpo al estar frente a Kaage. También creía capaz de aceptarlo, pero descartaba la idea porque sabía que era demasiado peligroso para todos alrededor.
Pasado el mediodía, el lobo comenzó a aminorar la marcha y no fue difícil para Inuyasha alcanzarlo enseguida. Hasta ese momento aún no había pensado una sola vez en sus amigos o en Kagome. No dejaba de pensar que el lobo parecía no saber dónde se dirigían y él solo quería atrapar al maldito y darle una lección.
—¿Por qué frenas? ¿Ya hemos llegado o qué?
El lobo aulló y con su hocico apuntó al frente. No estaban lejos de un asentamiento humano, precario y —en su opinión— improvisado, posiblemente creado por aldeanos que escapaban de guerrillas. Inuyasha calculaba que no podía haber más de unas doscientas personas. Encontrarlo sería pan comido. Sonrió sin poder evitarlo, una sonrisa llena de sed de sangre, más parecida a la de un Inuyasha dominado por su sangre demoníaca que la propia del hanyō.
Inuyasha miró al lobo y comprendió que no lo acompañaría, pero tampoco se alejaría demasiado. De seguro cumplía órdenes de Kōga. Por él, bien, tenía asuntos que atender y no necesitaba ayuda, cómplices o espectadores para lo que se proponía hacer. Despidió a la criatura con un movimiento de cabeza, y observó al lobo esconderse entre los árboles. No le era difícil percibir aún su presencia por los alrededores.
Luego se dirigió al asentamiento. A pesar de la urgencia que sentía en acercarse al hombre y desmembrarlo, sabía que debía controlarse, aunque sea por el bien de los inocentes. Ya no era el mismo hombre (o mitad hombre) que había sido durante gran parte de su vida, sin piedad ante otros que no fuera él. El cariño que, en primera instancia, había desarrollado por Kikyō (la primera humana por la que había desarrollado afecto, sin contar a su madre), se fortificó al conocer a Kagome y enamorarse de ella. No fue demasiado difícil luego de conocer al resto de su familia, amar y sentirse uno con los humanos. Miroku alguna vez se lo había dicho, que existían demonios buenos y malos, y esas categorías también existían para los humanos. Inuyasha conocía de los dos lados, desde su más tierna infancia. Por eso mismo, se controlaría lo suficiente como para no dañar más que al que lo merecía.
Los aldeanos del pequeño asentamiento se giraron a verlo. Se preguntó si verían todo lo que sentía en su interior, el remolino de ira que iba creciendo de manera desmedida. Supuso que sí, porque varios niños se alejaron a esconderse bajo las faldas de sus madres. Un anciano alzó la voz entre su pequeño grupo.
—Criatura, somos pocos y tenemos poco para ofrecer también. Le pedimos que nos deje en paz.
—Y así lo haré, anciano. Solo estoy buscando a un hombre. Indíquenme dónde está Kaage.
El anciano parpadeó e intercambió unas miradas con los hombres a su alrededor. Otro aldeano, mucho más joven que el que había hablado, dio un paso adelante. A pesar de que el miedo vibraba en sus ojos castaños, habló con voz clara. Inuyasha notó que más de una vez su mirada se dirigía a sus orejas de perro.
—No conocemos ningún Kaage. Pero tampoco conocemos a muchos. Somos diferentes grupos que hemos escapado de diferentes desgracias.
—No tienen que conocerlo —gruñó Inuyasha, observando más allá de ellos al resto de las personas de los alrededores, que lo miraban con cierto temor—. Basta con haberlo visto. Tiene quemaduras en su rostro y en sus brazos.
Una nueva ola de murmullos dio a entender a Inuyasha que conocían a un hombre con esa descripción, y no parecían dispuestos a decirle dónde se encontraban. Ingenuos… creían que él era más peligroso que Kaage, solo por mostrar unas orejas de perro. Bueno, por supuesto que era más peligroso, pero solo para ese humano en particular.
—Díganme donde está —ordenó. El anciano con el que había hablado en un principio, titubeó—. Es un peligro, sobre todo para sus mujeres. Acabaré con la amenaza y me iré. No hagan mi trabajo más difícil.
—¿Cómo que un peligro? Parece un soldado honrado que ha salido lastimado de una guerra… no sé cómo podremos confiar más en alguien como tú que en un soldado.
Inuyasha frunció el ceño. Ya estaba cansado de que le hicieran perder el tiempo. Si el rumor de su presencia en ese lugar se extendía demasiado, podía perder la pista de Kaage. Quería terminar con ese asunto cuanto antes.
—Lo vi más adelante, estaba relajándose y bebiendo —habló otro aldeano, que hasta el momento, estaba varios metros más atrás junto a otro grupo de personas. Se levantó un murmullo general de desaprobación, pero la mirada de Inuyasha los acalló de inmediato—. Yo confío en él —siguió luego, hablando a los aldeanos—. Él es Inuyasha, nos salvó de un demonio en mi aldea. Si Inuyasha lo quiere,… pues, yo ayudaré en lo que pueda.
—Eso es suficiente. ¿Cuánto más adelante?
—No más de mil pies de distancia, en esta misma dirección.
Inuyasha asintió y se alejó sin siquiera despedirse. Aún así, aunque todos pudieron notar cuán enojado el hanyō se encontraba, el aldeano que una vez había sido salvado por él, se sentía a salvo con Inuyasha alrededor. Ninguna mujer estaría en peligro por ese Kaage, eso era seguro. Ninguna mujer, ni ningún hombre. Hoy era un pésimo día para Kaage. Posiblemente el último, pero eso no era asunto suyo. Solía pensar que todos pagaban por sus pecados…
El aldeano no se había equivocado, a Inuyasha solo le llevó unos ochocientos pies encontrarlo. Había ido todo ese trayecto en silencio, esquivando las miradas temerosas de numerosos niños y mujeres, aunque parecía que ya se sabía la razón de su presencia y por eso le dejaban en paz. Se encontró con Kaage bebiendo alcohol y rodeado de mujeres y otros borrachos.
En un principio pensó que no lograría contenerse, que tendría que correr hasta él y meterle la mano en la garganta hasta arrancarle el maldito esófago. Tenía la piel clara, pero levemente colorada en las diferentes marcas de quemadura en su rostro y brazos, donde la piel se levantaba y el pelo no crecía. La barba no era uniforme, pues tenía largas partes de su rostro irreconocibles. El cabello marrón le llegaba entonces hasta los hombros, desprolijo. Inuyasha sintió una leve sensación de nauseas, ¿o era acaso la ansiedad que lo carcomía, el dolor que sentía o la furia que le hacía crujir las garras?
El hombre levantó la vista de ojos oscuros hasta enfocarla en él. Tenía la mirada nublada a causa del alcohol, pero pareció despejarse de inmediato al verlo. Inuyasha supo que lo reconocía. Mierda, probablemente lo había visto marchar el mismo día que le hizo daño a Kagome. Después de todo, Inuyasha era un rostro familiar en la aldea de Kaede.
Hasta entonces, su risa fácil le había llenado los oídos, pero al tenerlo al frente, las risas desaparecieron y las mujeres se levantaron con grititos y salieron corriendo de allí, a ponerse a salvo. Inuyasha no se detuvo a pensar que todas esas acciones se debían a cómo se veía. Ni siquiera pensó que su rostro estaría desfigurado, que parecía un monstruo. No le importó entonces ni después.
—Tú eres Kaage.
Pretendía que fuera una pregunta, pero no lo logró, porque era por demás obvio que lo era. El hombre soltó una risa nerviosa, pero se sirvió otro trago y se encogió de hombros.
—Y tú Inuyasha, te recuerdo. Estuve en tu aldea varias semanas atrás…
—Acompáñame —ordenó. Señaló los frondosos árboles que rodeaban el asentamiento. Los bosques siempre estaban listos para ser testigos de un crimen, y a Inuyasha eso le parecía bien. No quería dar un espectáculo sangriento frente a niños y mujeres.
—¿Y qué tal si no?
—Entonces tendré que llevarte. Y ese paseo no te gustará.
Nada de lo que tenía planeado le gustaría. Pero estaba siendo bueno, estaba comportándose muy bien por los niños y las mujeres que veían la escena con terror. Kaage pareció evaluarlo, con la mano aún en la jarra con la bebida. Inuyasha recorrió de nuevo las marcas en su rostro y brazos, y otra vez sentía que la paciencia lo abandonaba.
—De acuerdo, Inuyasha, como desees.
Se levantó y demostró que el alcohol no le había ganado del todo. Caminaba bien, varios pasos por delante en dirección al bosque. Inuyasha observó alrededor a los aldeanos y les ordenó que no intervinieran. La orden también iba para los lobos en el bosque, cuyo olor no le había pasado desapercibido.
A medida que más se internaban en el bosque, más sentía Inuyasha que perdía control sobre quién era. Solo podía ver la nuca de ese tipo delante, el olor a alcohol que emanaba, y lo poco que parecía importarle lo que había hecho. La desfachatez con que se dirigía a él, el poco respeto que había demostrado hacia otra persona al hacerle todo aquel daño a Kagome. Nunca creyó que odiaría tanto a un humano como lo odiaba a él en ese momento.
—Creo que ya hemos caminado bastante, ¿no? —dijo Kaage, dándose la vuelta y enfrentándolo. Ciertamente, habían caminado mucho. El aroma de los aldeanos había quedado muy atrás, e Inuyasha solo podía sentir la presencia de lobos alrededor. Se preguntó si acaso Kōga creía que no sería capaz de lograr esa tarea solo, o si estaba allí para proteger a los humanos si terminaba perdiendo la cordura.
—Por mi está bien así.
—Genial. ¿Qué querías? ¿Vienes aquí e interrumpes mis actividades… para qué?
Inuyasha apretó los dientes. No sabía por qué lo dejaba hablar tanto. Tal vez debía arrancarla la lengua primero, pero consideraba que disfrutaría mucho de oírle gritar y suplicar por su vida.
—Discúlpate por lo que has hecho.
Quería la disculpa, no por él, sino por Kagome. Por las buenas personas que perdonarían una vida tan ruin como la de ese bandido (por monjes como Miroku), por las mujeres que habían sido dañadas tanto como Kagome por tipos como aquel. Quería una disculpa, quería una disculpa sincera antes de verlo morir.
—¿Me perdonarás si me disculpo? ¿Lo hará Kagome? Porque realmente no creo que me perdones. Y, la verdad, no tengo ganas de disculparme por la zorra que me hizo esto en la maldita cara.
Por un momento, solo vio rojo. Tanto Inuyasha como él. El puño de Inuyasha chocó con tal fuerza contra el rostro del bandido, que Kaage voló varios metros más allá y tuvo que escupir un par de dientes mientras intentaba ponerse de pie de nuevo.
—Ya veo —dijo, escupiendo otro poco de sangre. Veía doble ya, y ese había sido un solo golpe del medio demonio—. Me darás una buena paliza. Tendría que haberlo imaginado.
—¿Fuiste tan estúpido como para creer que no te encontraría?
—No creí que la chica hablara, ya ves. Nunca hablan.
—Voy a matarte. Eres una escoria y no mereces seguir viviendo.
Kaage lo miró, con su rostro deformado por las quemaduras que Kagome había ocasionado. Inuyasha sintió otra vez que su sangre hervía. Esas quemaduras demostraban lo que Kagome había sufrido debajo del cuerpo de ese hombre, quemando todo lo que estaba a su alcance con su poder espiritual en intentos desesperados de alejarlo de ella. Sentía que la bilis subía por su garganta, pero no tenía tantas ganas de vomitar como de sacarle los órganos para afuera.
—¿Y tú quién eres para decidir quién merece vivir? ¿Por qué te sientes en el derecho de matarme? ¿Por qué no viene ese lindo pajarito a saldar cuentas? Me gustaría golpearla un poco más por esto que me hizo, la muy zorra.
—¡Cierra la maldita boca, hijo de puta!
Otro golpe le hizo rodar por el suelo. Inuyasha apretaba tanto los dientes que había comenzado a sentir el sabor de la sangre en su boca. Estaba conteniéndose en la fuerza que usaba. Quería saborear cada golpe, no quería matarlo rápidamente. Quería que sufriera, y mucho.
—Te conozco… no me matarás.
Inuyasha rió. La sangre latía en sus venas. Latía algo detrás de sus ojos, y sentía el sabor de la sangre en su boca. Sus garras pedían afilarse, su corazón bombeaba con fuerza. Se acercaba un frenesí en él, algo muy parecido a la sed de sangre que no creía poder frenar.
—Eres un buen hombre. Eres bueno, como el monje y el pajarito chillón.
Otro golpe. Se sentía bien tenerlo a su merced. Estando parado a su lado podía ver el estado deprimente en el que se encontraba. Golpeado, sangrando y deformado por las antiguas heridas que Kagome provocó. Le gustaba verlo a sus pies, donde siempre podía patearlo un poco más, hacerlo sangrar un poco más.
Le haría suplicar. Le haría suplicar porque lo dejara en paz.
Le haría suplicar porque lo matara de una vez.
Siguió pateando un poco más, con un poco más de fuerza. Aunque se encontraba en la cuerda floja —debatiéndose entre el hanyō que era o dejarse llevar por esa sangre demoníaca que disfrutaba mucho más el sadismo— podía controlarse lo suficiente como para no matarlo de inmediato. Así estaba bien, se decía, así debe ser.
Lo pateó de nuevo y escuchó el crujir de los huesos. ¿Cuántas costillas había roto? Daba igual. Kaage se agarraba y gritaba de dolor, pero de ahí a un tiempo, comenzó a reír, sin dejar de sostenerse el torso lastimado. La sangre caía por los orificios de su nariz y por su boca, lastimados de los golpes en la cara.
Al escucharle la risa, Inuyasha sintió deseos entonces de arrancarle las uñas, una por una. Le arrancó un par de las manos, de esos dedos que habían dejado rasguños en la piel de Kagome, con sus gritos de dolor haciendo eco entre los árboles. Luego recordó que esos mismos dedos intentaron estrangular a Kagome, que le dejaron marcas en su lindo cuello, y los quebró sin cambiar de expresión. Para entonces, la sangre se mezclaba con las lágrimas que caían de los ojos oscuros. A Inuyasha le gustó mucho la sangre, los mocos y las lágrimas, y el miedo en sus quejidos.
—Es… es suficiente… entiendo, entendí…
—Cállate. Si no vas a disculparte, no abras la maldita boca.
—¡Por favor, detente!
Inuyasha quiso decirle que no importaba cuánto gritara, nadie vendría a rescatarlo. Porque ahora entendía por qué los lobos de Kōga estaban allí. Kōga no había ordenado que estuvieran alrededor por si Inuyasha no lograba su cometido, estaban alrededor para evitar que alguien intentara interrumpir su tarea.
—¡Cállate!
Otro par de dedos que se quebraban como ramitas. Qué débiles eran los humanos, incluso aquellos que se sentían con el poder suficiente como para dominar y lastimar a otros. Era débil y patético, estaba indefenso, a su merced. Podría hacer de ese intento de hombre cualquier cosa que quisiera… no le faltaba imaginación tampoco.
—¡Lo lamento! ¡Lo… lo siento!
—¿Lo sientes? —susurró Inuyasha. Lo había tomado del cuero cabelludo y había acercado aquel rostro deforme al suyo, lo suficiente para que pudiera oírle susurrar. Los brazos de Kaage parecían inútiles, caían a cada lado de su cuerpo. Parecía que el dolor de unos cuantos golpes y un par de quebraduras habían hecho mella—. Tal vez te hace falta sentirlo un poco más.
—No…
—Creo que hace falta que entiendas una cosa, Kaage. Jamás le volverás a hacer daño a Kagome. Ni a ninguna otra mujer.
Las garras de Inuyasha encontraron la entrepierna de Kaage y aferraron con fuerza su miembro. Kaage lanzó un alarido de dolor entre que Inuyasha destrozaba lo que había hecho daño a su mujer y a tantas otras jóvenes, sin siquiera un poco de piedad.
—¡No te atrevas a desmayarte ahora, hijo de puta!
Lo zarandeó, obligándole a mantenerse consciente. Inuyasha estaba enfadado, había actuado impulsivamente y ahora el daño que le había provocado (los pantalones de Kaage estaban tiñéndose de rojo) podía acabar con la vida de ese bandido en pocos minutos. Decidió entonces que serían los pocos minutos más horribles que alguien pudiera tener.
Abrió el torso de Kaage de punta a punta. La sangre de su interior saltó hacia su rostro y se mimetizó en su traje de rata de fuego. Podía ver parte de sus órganos, que buscaban escapar de ese saco de huesos, ese traje de piel que ese monstruo llevaba. Kaage lo miraba atónito, sin ver. El dolor había llenado cada parte de su ser.
¿Alcanzaría a sacarle el corazón antes de que terminara su vida? Lo dudaba.
Kaage murió, un rostro deforme y un cuerpo destrozado, y su última visión fue la de Inuyasha pensando que todo eso había sido muy poco. Había sido insignificante.
‣ nota de la autora:
No solo porque era parte del reto, sino porque también creo que así hubiera sucedido: Inuyasha finalmente lo mata. Gente de salud me puede corregir si se encuentran errores en lo que una persona puede permanecer consciente o viva con este tipo de heridas. Para los fines del fic, espero que esté bien.
¿Qué sucederá ahora, Inuyasha tendrá más sed de sangre? ¿Qué ocurrirá cuando vuelva a su hogar y deba enfrentar a Kagome? ¿Qué opinan? Dejen sus comentarios abajo :) Como siempre, gracias.
Mor.
