X

En un principio creyó que los días comenzarían a sucederse uno detrás del otro a un ritmo exageradamente lento, y que seguiría sintiéndose incapaz de convivir con todos sus conocidos sin sentirse un intruso. Cuando el primer día pasó sin ningún contratiempo, creyó que, a partir de ahí, comenzarían a correr los días a velocidad vertiginosa hasta que todo estuviera bien, completamente bien de nuevo, algo que le parecía tan lejano como el propio fin del universo.

No pasó ni lo uno ni lo otro. Los días pasaban a un ritmo tranquilo. Las tareas seguían cansándolos tanto como siempre. Había vuelto a crearse entre ellos un trato jovial, con malos chistes y peleas domésticas que se convertían en la noticia del pueblo (sobre todo si se trataba de Miroku y Sango discutiendo, pues era la clase de pelea que todo el mundo lograba escuchar), y eso se sentía bien. Le gustaba ver las sonrisas en los rostros de sus amigos, y las mejillas sonrojadas de Kagome, y esa marca que se le hacía cerca de la boca al sonreír.

El humor de Kagome había mejorado. Sonreía casi tanto como siempre, y compartía unas buenas risas estando con Sango y Kaede. De vez en cuando seguía despertándose por las pesadillas y lloraba hasta quedarse dormida, abrazada a él. Solía mantenerse más cerca de él que antes, e Inuyasha se recordaba constantemente el dedicarle más caricias. Kagome las agradecía en silencio.

—Te ves animado —dijo Miroku de repente. Inuyasha giró la cabeza y la enfocó en su amigo, que en ese momento se limpiaba las manos magulladas. Habían trabajado toda la mañana en la reconstrucción de una casa y para ese momento solo tenían ganas de observar el resultado de ese trabajo y dejar reposar las ampollas.

Inuyasha se dedicó unos segundos a evaluar a su amigo. Lucía cansado, pero aun así le sonreía.

—¿Sí?

—Sí. Así es. Y la señorita Kagome también… Sango sigue preocupada, pero empiezo a creer que está pasando la tormenta.

Inuyasha miró arriba, más allá del techo reconstruido, al cielo azul.

—Supongo que sí.

Siguieron en silencio otro rato, mientras otros trabajadores comenzaban a dispersarse. Fue cuando estaban casi completamente solos que Miroku volvió a hablar.

—Sé que no pregunté en su momento… y sé que tal vez no debería preguntar ahora.

Ambos sabían exactamente de qué estaba hablando. El semblante de Inuyasha se oscureció y la mirada perspicaz de Miroku captó cada cambio.

—Supongo… que lo hiciste aquel día. Los lobos de Kōga ya no están por los alrededores como antes. Y tú no eres la clase de hombre que deja asuntos inconclusos.

—No soy ninguna clase de hombre —masculló Inuyasha. Aún a pesar de que comenzaba a enojarse, se tomó unos segundos para considerar con quién estaba hablando. Le debía mucho a Miroku y Sango, y sabía las intenciones de ambos—. Ese asunto ya quedó muy atrás. Ese tipo no volverá a lastimar a Kagome.

—Ni a ninguna otra persona, por el tono de tu voz.

Inuyasha no apartó la mirada, y el silencio habló muy bien por él.

—Lo imaginé. ¿Kagome…?

—Kagome sabe. Y dio por terminado el asunto el mismo día que ocurrió.

—Ya veo.

Inuyasha lo observó de hito en hito y luego le hizo un gesto con la cabeza. Para el momento, Miroku sabía que aquello significa "¿Qué más?" o bien "¿Vamos?". El monje le sonrió y comenzaron a caminar de regreso a los hogares, envueltos en un silencio tranquilo.

—Si algún día sientes la necesidad de hablar…

—Ya lo sé, Miroku.

—Y no dejes que Kagome se hunda en silencio tampoco.

Inuyasha prestó atención. Hundirse en el silencio, lo que habían estado haciendo en un principio. No es que ahora hablaran mucho más acerca del asunto, pero había momentos de dolor y comprensión. Ya no se dejaban de lado, ni se fingía estar bien.

—Todos necesitamos un tiempo para sanar, y un espacio para ser oídos. Sé que Kagome habla con Sango. Ella no me lo dice, pero lo sé. Y aun así… bueno, tú eres-

—Sí. Lo sé. No te preocupes.

Miroku estuvo a punto de decir algo más cuando se escucharon el griterío de sus hijos. Inuyasha observó cómo el monje, con una sonrisa, era atacado por un montón de niños. Luego de abrazar a su padre, todos atacaron con el mismo ímpetu a Inuyasha, que los recibió de brazos abiertos y luego levantó a un par en el aire tomándolos de sus ropas, mientras el resto, entre risas, intentaban bajarlos. Era el juego de siempre. Luego se dispersaron y comenzaron a hacer carreras hasta la casa. Las únicas que se quedaron rezagadas fueron las gemelas. Cada una se colgó de un brazo diferente de Inuyasha, sonrientes. Era imposible que fuera de otro modo. Inuyasha siempre fue el favorito de ellas, de entre todas las personas que conocían.

—¿Qué quieren, monstruos?

—¡Quédate a comer, tío Inuyasha!

—La tía Kagome ya está en casa con mamá. Cocinan algo riiiico.

—No sabes cuánto nos gustaría a todos que se quedaran a comer hoy.

—Es que ya hace rato que no vienen.

—Y la tía Kagome se ve mucho mejor…

—¿Qué dices?

—Yo digo —interrumpió Miroku—, que dejen de hostigar a Inuyasha.

—Y yo que veremos que decide Kagome.

—Vaya —dijo Miu, riendo. Su hermana asomó la cabeza para verla y asintió, ambas pensaban lo mismo—. Ya estás listo para ser padre.

—Sí, es lo que siempre dice papá: "veremos que decide tu madre".

Comenzaron a reír y escaparon con un pequeño trote, mientras Miroku negaba con la cabeza. Inuyasha fruncía el ceño, pero no pudo evitar relajarlo y dejar escapar una sonrisa. Era una idea tonta, de todos modos.

—No les hagas caso —dijo Miroku, palmeándole la espalda—, si no quieres. Pero tienen razón. Sango siempre decide. Y así lo hará Kagome.

Inuyasha sonrió, pero no dijo nada. Dejó que Miroku pasara primero y, de repente, pensó que él podría verse rodeado de varios niños. Pensó también que ese mismo pensamiento lo había tenido muchas veces antes; que nunca se lo había dicho a Kagome, y también que no lo haría por un buen tiempo. Sabía esperar muy bien, pero de todos modos se dedicó unos segundos a imaginar su futuro. Agradeció por todo lo que tenía en silencio y siguió los pasos de Miroku al interior de la cabaña.

El bullicio no tardó en llenar cada espacio de la casa. Los niños iban de aquí para allá acomodando los utensilios sobre la mesa. Kagome charlaba con Sango y Miroku, y había de fondo un ruido constante de risas. Se abrió paso hasta sus amigos y posó una de sus manos en la espalda de Kagome. La chica se giró y lo miró con esos grandes ojos marrones, sonriendo. Él se preguntó si acaso conocía el tamaño de su mano, el peso o acaso el calor que producía.

—¿Quieres que nos quedemos a comer hoy? —preguntó ella sin más. Inuyasha asintió.

—¡Perfecto! —dijo Sango—. ¡NIÑOS, PONGAN DOS LUGARES MÁS!

—Tal vez deberíamos invitar a Kaede —agregó Miroku.

—¡TRES LUGARES MÁS!

—¿EL TÍO, SHIPPŌ O LA ANCIANA KAEDE? —gritó Mei desde la otra punta de la sala.

—¡KAEDE!

Kagome intercambió una mirada divertida con Inuyasha. A Kagome (que se le habían sonrojado hasta las orejas), no le pasó inadvertida la palmada que Miroku le regaló a Sango justo en el trasero. La mujer le dedicó una sonrisa y un "ya vete a buscar a Kaede", que Miroku correspondió con una limpia carcajada y un "vuelvo enseguida". A Inuyasha tampoco le pasó inadvertida, pero de alguna forma eso ya no le afectaba. Supuso que era porque tuvo que aguantar de eso (y cosas peores) tres años más que Kagome. No tardaría en acostumbrarse.

El almuerzo duró un poco más de lo que Inuyasha había calculado, pero no le molestaba porque las risas habían sobrado. Habían hablado de todo un poco, incluidas noticias sobre Shippō y Kohaku, y habían tenido que soportar algunas de esas incómodas preguntas curiosas que hacen los pequeños. Sango tuvo que insistir en que las respondería luego, cuando Miroku había comenzado a ponerse pálido ante las preguntas que relacionaban a sus niñas con sexo.

Inuyasha y Kagome permanecieron en la casa de Sango y Miroku hasta que se hizo hora de volver a las tareas. Si bien la cantidad de trabajo había disminuido considerablemente en las últimas semanas, aún quedaban cosas por hacer. Tan solo unos pocos días atrás, se habían incendiado unas cabañas, por lo que ahora debían trabajar (una vez más) en reconstrucción. El clima no ayudaba a evitar los incendios, ni tampoco a mejorar la situación con los cultivos. Aún a pesar de que las nubes grises se acumulaban sobre sus cabezas, no había caído una sola gota de agua en todo ese tiempo. Parecía que nunca llovería otra vez, aunque sabían que era imposible. Por suerte, luego de la recompensa de ese trabajo pendiente de Miroku y Kohaku, la situación estaba mucho mejor. Sin duda, Miroku le había sacado todo lo humanamente posible al inocente terrateniente.

Al caer el sol, Inuyasha se dirigió a su cabaña y se encontró con que Kagome ya estaba allí, masajeándose los cansados pies. Él se dejó caer a su lado y suspiró. No era tanto el agotamiento físico lo que lo aplacaba, sino el calor. Esa tarde había sido simplemente insoportable.

—¿Cómo ha estado eso?

—Madera. Cabañas. Por todos lados. Y calor. ¿Y tú?

—Enfermos, varios. Descompensaciones por el calor, sobre todo. Incluida Kaede.

—Es que ya tiene como doscientos años.

Kagome sonrió, pero no dijo mucho más. Estaba ensimismada, masajeándose una y otra vez los pies.

—¿Ocurre algo?

—No, es solo…

Guardó silencio e Inuyasha no insistió. Por la mirada que tenía, podía sospechar que algo se estaba gestando en su cabeza, un plan de esos que jamás abandonaba. Pero por lo que sentía alrededor de ella, tenía que ver con lo que había pasado. Por eso no insistió. Se la quedó observando durante un tiempo hasta que volvió a hablar.

—Últimamente… he estado hablando con aldeanas. Las enfermeras, y las mujeres que van a hacerse ver. Y muchas ancianas hablan conmigo... de lo que me paso. Tenemos muy buena gente en la aldea.

—No cabe duda que Kaede tiene que ver con eso.

—Y Kikyō —sonrió Kagome—. La gente buena se rodea de gente buena, y los malos se largan. Supongo que así funciona.

—Supongo. Así que… ¿hablan contigo?

—Sí.

Kagome calló durante otro rato. Estaba pensando en el mejor modo de presentar la información, pero de pronto se dio cuenta de que Inuyasha debía saber. Es decir, él era un hombre. Y había vivido en ese tiempo mucho más que ella. Tenía que saber lo que ocurría.

—Hablan conmigo y ellas… ¿tú sabes cuán común son aquí las violaciones?

Inuyasha parpadeó y luego frunció el ceño. Se dio cuenta de que Kagome había dicho violaciones, y eso le afectó, y luego finalmente se dio cuenta de lo que estaba diciendo.

—¿Qué quieres decir?

—Que son comunes. Muchas aldeanas, sobre todo ancianas, han venido a hablar conmigo, a darme su apoyo. Inuyasha, ellas saben por lo que pasé… porque han pasado por lo mismo. Muchas vienen de otros poblados. Y creo que es porque aquí no son comunes los ataques de bandidos. Pero en otros lugares sí lo son, y tú sabes lo que hacen.

Inuyasha frunció el ceño, y asintió. Era cierto que era raro que bandidos vinieran a atacar la aldea, y aún si lo hacían, no conocían un buen final.

—Incluso si no es bandido, muchas de las aldeanas han escapado de sus maridos. Y me refiero a irse muy, muy lejos. De cambiar totalmente de vida… con niños.

—¿Hay casos así aquí?

—¡Es lo que te digo! Bueno, tú sabes cómo funcionan las mentes de los hombres en esta época…

Inuyasha vaciló un momento, momentáneamente ofendido.

—¿A qué te refieres?

—A que las mujeres son pertenencia. Y pueden hacer con ellas lo que desean. Es decir, no puedes no saberlo. Has vivido aquí toda tu vida.

—Yo… nunca he visto a las mujeres como pertenencia. No…

Kagome lo observó seriamente. Sabía que Inuyasha no era así, no la veía a ella como una propiedad. Pero él no era todos los hombres.

—Tú has conocido a otro tipo de mujeres, de acuerdo. Kikyō, Kaede, Sango, Kagura… son otro tipo de mujeres. La mayoría de las mujeres no son así, no tienen la mentalidad ni el poder suficiente para hacer frente a lo que ciertos hombres pretenden de ellas. Y la mayoría de los hombres no son como Miroku o como tú. Tienen otras creencias, otra construcción…

—Comprendo.

Kagome finalmente dejó de masajearse los pies y se tiró hacia atrás en el asiento, pensando. Sentía que debía hacer algo. No era la única, no era la primera, y no sería la última. La idea no dejaba de darle vueltas desde que hacía tan solo cuatro días atrás, la primera anciana se había animado a hablar del tema directamente. "Niña", le había dicho, "lo estás manejando mucho mejor que yo". Le tomó la mano y le apretó con fuerza. "Todo mejorará". Se le había escapado una lágrima que la anciana borró con una mano temblorosa. Luego de eso, las historias no dejaron de llegar. Fue como si la anciana hubiera abierto una puerta.

—¿En qué piensas?

Kagome volteó a verlo.

—En que tal vez… debamos hacer algo. Defensa personal, charlas, grupos de ayuda… Creo que debo hablar con Sango. ¿Tú qué crees?

Inuyasha la observó un momento. El modo en que sus ojos brillaban, la intensidad en su voz, el movimiento de sus manos… Kagome tenía un propósito. No la había visto entusiasmada con una idea desde hacía mucho, mucho tiempo atrás. Sintió que su pecho se encogía y se ensanchaba al mismo tiempo. No podía definir la clase de sensación que le producía.

—Creo que es una muy buena idea.

Kagome le sonrió. Las ideas no dejaban de dar vueltas en su cabeza, de salir una detrás de otra. Pensó en toda la clase de cosas que se hacía en el futuro, y cuánto había cambiado la situación para las mujeres (y cuánto faltaba aún…), y sabía que tenía un muy largo y duro camino para lograr una quinta parte de lo que había en el futuro tan solo en esa aldea. Pero quería hacerlo. Y creía con todas sus fuerzas que lo lograría, contaba con mucha ayuda. Además, Sango y ella no dejaban de ser buenos ejemplos para las mujeres de la aldea.

—Me gusta verte así —dijo él de pronto. Se sonrojó, como solía pasarle cada vez que algo que bullía en su mente salía de su boca sin permiso. Kagome le dedicó una larga mirada y una tímida sonrisa—. Creo que me gusta verte, simplemente.

Kagome dejó escapar una risita y se acercó a él. Fuera todo era oscuridad, ni siquiera la luz de la luna, oculta tras las negras nubes, entraba por la ventana. Tampoco había rastro de fuego de antorchas, pues los guardias ya no hacían el recorrido tan cerca de esa casa, no con Inuyasha presente. Inuyasha sintió cómo los latidos de su corazón se disparaban, a mayor velocidad cada vez que Kagome se acercaba más. Cuando finalmente se unieron sus bocas, el corazón se salteó un latido y comenzó a bombear más fuerte.

Kagome inició el beso. Inuyasha sintió la necesidad de cambiar de posición, porque era incómodo, así como estaban, de costado. Quería impulsarse sin dejar de besarla sobre ella, o bien tomarla y dejar que se sentara a horcajadas sobre él, si por el fuera podrían estar incluso tirados en el piso… No apuró nada, dejó que siguiera besándolo porque incluso así dulce se sentía muy bien.

Se separaron unos segundos para respirar y se miraron. Los ojos brillaban y los corazones seguían acelerados. Se sonrieron. Inuyasha le regaló una caricia a la sonrojada mejilla, luego su caricia se extendió a los labios. Estaba ansioso por volver a besarlos, pero había aprendido a esperar muy bien, a esperarla.

—Mm… podríamos preparar un baño. ¿Qué dices?

—Estaría bien.

Dejó de acariciar su piel porque Kagome se incorporó y caminó al baño. Él siguió sus pasos segundos después. Tenía una llama que calentaba su corazón entre que seguía a Kagome por el pasillo en penumbras, silencioso. Se bañarían, se secarían, se recostarían luego, y caerían en un sueño profundo, merecido luego del esfuerzo del día. Un descanso sin pesadillas.


Kagome despertó primero, sin motivo aparente. Parpadeando y aún con el cuerpo cansado, se percató de inmediato que estaba abrazada a Inuyasha. La sábana separaba sus cuerpos, enroscada a su alrededor como solo lo lograba una noche de calor intermitente, pero estaban completamente desnudos y eso hizo que sonriera. Recordó que la noche anterior le dijo con timidez que no era necesario que se vistiera si no lo deseaba así. Él la había mirado durante un rato con cautela, pero no dijo nada al respecto. Se dejó caer en la cama, desnudo, y se tapó con la sábana (Kagome sabía, en respeto a ella), esperando, observando sus movimientos. Nunca se habían vestido después de un baño, pero luego de su ataque, las barreras que imponían la ropa se habían convertido en una costumbre. Para un cambio, la noche anterior se habían acostado desnudos, y nada más que eso había pasado, pero había sido tanto también.

Levantó la vista hasta su rostro y lo encontró aun profundamente dormido. Tenía su brazo rodeándola y el calor de su cuerpo la hacía sentir bien. Tardó en darse cuenta que sonreía y que su corazón martilleaba contra su pecho a un buen ritmo. Le hacía bien ese pequeño cambio, no sentirse atacada ante la desnudez de su compañero, que volviera a ella el sabor de la travesura, de códigos compartidos, de rutina. Lo saboreó en silencio y se dedicó a ver por la ventana durante unos segundos, al cielo aún encapotado.

Atrapó la pierna de Inuyasha con la suya, risueña. Acarició el pecho desnudo, intentando no despertarlo, solo endulzar sus sueños. Se sentía plena ese día. En algún momento había dejado caer la pesada mochila que llevaba sobre su espalda, pero no sabía en qué momento, y sinceramente no le importaba.

Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al notar cuánto había mejorado día a día, al notar su pecho lleno, al sentir amor simplemente.


El día había seguido los pasos del anterior. Un calor agobiante, trabajo suficiente como para cansarlos y buena compañía. Las nubes no abandonaron el cielo ni un momento, de modo que llevaban dos días sin ver la luz del sol directamente. Kagome levantaba la vista al cielo de cuando en cuando, preguntándose acaso si llovería alguna vez. Inuyasha olfateaba el aire y percibía ese olor a humedad, a petricor, pero, ¿dónde estaba el agua? Esperaba un diluvio y aún no se presentaba. Hacía tiempo que no veía el cielo de ese color, con ese espesor de nubes. Tiempo que se rememoraba a una tarde tranquila junto a Kikyō, tantísimos años atrás, cuando Kaede era apenas una niña. Si todo se desarrollaba como en ese momento, llovería días enteros; como si el cielo quisiera compensar aquel largo período de sequía.

Ninguno de los dos les prestó mayor atención, porque seguían siendo líderes de la aldea y muchos se acercaban a ellos exclusivamente para ver si hacían sus tareas del modo correcto o para pedir ayuda. Ambos lo disfrutaban enormemente. Lo mismo ocurría con Miroku y Sango. Incluso las niñas de Sango habían comenzado a ganarse un enorme respeto entre los aldeanos, y prometían ser unas increíbles exterminadoras (aún con el miedo que eso generaba en su padre); incluso muchas veces habían quedado a cargo de los entrenamientos cuando la presencia de Sango se requería en otro lado.

Siguieron igual de ocupados al mediodía (apenas teniendo un momento libre para almorzar), y el resto de la tarde. Con el sol oculto tras las nubes, se les hizo imposible darse cuenta qué tan tarde se les había hecho. Solo cuando fue necesario prender las antorchas por lo difícil que era ver en derredor, los aldeanos dieron la jornada por finalizada y volvieron a sus hogares. Lo mismo ocurrió con Miroku, Sango y Kaede, y Kagome e Inuyasha.

No tardaron en llegar cada uno a su hogar, en especial Inuyasha, que apuró el paso para dejarse caer en un asiento tal como hizo el día anterior. Kagome ocupó el lugar a su lado, tranquila. Ella estaba ensimismada y él se preguntó si acaso ya había hablado con Sango acerca de esa idea. Supuso que sí. Kagome no perdía demasiado tiempo cuando se le ocurría algo. Kagome se percató entonces que él estaba ensimismado, y pronto se dio cuenta que era por ella.

—¿Qué tanto ves, eh? —preguntó en el mismo tono dulce que había usado durante la segunda semana de aquella lejana primer luna de miel.

—Pues a ti.

Kagome rio recordando exactamente lo mismo que él, el cómo normalmente el que la viera durante aquel tiempo solo significaba una cosa… y que normalmente esa cosa implicaba un hijo en los próximos nueve meses… eso si Inuyasha hubiera tenido la misma puntería que Miroku, claro está. Pero Inuyasha no dejaba de ser un híbrido, de modo que nunca se produjo el milagro (pero no perdía las esperanzas; algo le había dicho Kaede de intentar en las noches de luna nueva).

Borró esas ideas de su mente y le sonrió a Kagome. Ella simplemente le respondió la sonrisa y se acercó a él para besarle. Le dedicó un beso largo, suave y lento; de bocas grandes, lenguas pegadas y movimientos pausados. Todo sin importarle que ambos corazones quisieran escapárseles por la boca. Se separó cuando le faltó la respiración, sin alejar demasiados sus bocas, y notó que Inuyasha seguía con los ojos cerrados. Y a pesar de que normalmente amaba ver esos grandes ojos dorados (que escondían tantos sentimientos), aquella vez lo agradeció así. Con los ojos cerrados y esperando por un poco más, en silencio, con el cuerpo un poco inclinado hacia ella.

El mismo sentimiento de plenitud que la había embargado esa mañana, la llenó por completo en ese mismo instante. El despertarse y encontrarse abrazada a su pareja, como si hubiera buscado su calor de noche de manera inconsciente; cuerpos desnudos, y el corazón al descubierto desde tanto tiempo atrás. Y ahora allí, de alguna forma había conseguido a una persona que la amaba y cuidaba, y se encontraba tan anhelante como la primera vez. Una vez más todos esos sentimientos quisieron desbordarse por sus ojos.

Habían bastado esos microsegundos de completa comprensión para decidirse. Con ambas manos tomó el rostro de Inuyasha, que ya había movido las orejas (¿acaso consciente ya de las lágrimas que querían salir?), y se acercó a él para volver a besarlo. Esta vez el beso no fue lento. Fue ansioso, deseoso de unirse una vez más a aquella boca tosca.

A Inuyasha aquello le quitó el aliento de una sola vez. Lo repentino del beso le impidió reaccionar en primera instancia, pero pronto se recobró lo suficiente como para corresponder todas las ansias de Kagome. Su mano se dirigió de manera automática a la cintura de ella y la atrajo hacia sí, con la suficiente fuerza como para arrepentirse al instante. Se redimió dirigiendo la mano al cabello negro y acariciándolo. Pronto se vio tentado a acariciar su cuello, la tersa piel y el nacimiento del pelo, concentrándose allí y desparramando cosquillas que Kagome agradeció. Entre tanto ella siguió con las manos en su quijada, donde la barba incipiente le raspaba los dedos. No dejó de besarlo. Le gustaba el calor de sus labios y el cómo le hacía sentir.

Entre que Kagome disfrutaba del cosquilleo en su bajo vientre y el cómo se sentía Inuyasha contra ella, él sintió golpear la primera gota de lluvia contra su ventana. Un ensordecedor trueno le continuó, tan atronador que los sobresaltó a ambos y les obligó a separarse. Miraron con curiosidad hacia la ventana. En cuestión de segundos ya no podía observarse hacia fuera. La lluvia repiqueteaba con fuerza. La tormenta finalmente se había desatado. El viento hacía golpear puertas y ventanas, y la brisa que lograba hacerse camino por las hendiduras tenía varios grados menos que la temperatura agobiante a la que venían acostumbrados.

—Wow —atinó a decir Kagome, con el corazón aún desbocado y a unos centímetros de Inuyasha. Él no dijo nada, sonrió sin dejar de observar la ventana. Entonces se incorporó, tomando la mano de Kagome con delicadeza y tirando de ella.

—Vamos fuera.

Kagome vaciló. Parecía que esa completa compresión quería escapársele, pero el sentimiento de plenitud, de seguridad, de destino, le obligó a plantarse en ese mismo lugar sin soltar la mano de Inuyasha.

—No… quedémonos aquí… ¿por ahora?

Mientras la lluvia seguía golpeando a ritmo más acelerado, ellos se dedicaron a mirarse a los ojos durante lo que pareció un muy largo rato. Los latidos del corazón de Inuyasha se habían disparado. Los de Kagome, a pesar de que había estado segura que sentiría un miedo atroz, no. Se hallaba en paz.

—Por ahora… —murmuró él.

Kagome le sonrió. Apretó su mano y volvió otra vez a la caza de su boca favorita. Inuyasha correspondió, dejándose llevar de momento. La seguridad de los movimientos de Kagome le generaba algo que nunca sería capaz de explicar, una sensación poderosa que le generaba ansias de tomar el control y llegar al punto que más le interesaba; pero dejó todo lo que sentía de lado y se concentró plenamente en ella.

El ruido de la lluvia acompañaba, cada vez más fuerte su repiqueteo. Los truenos en intervalos regulares, los relámpagos iluminándolos por la ventana.

Kagome disfrutaba. Disfrutaba besándolo, sus labios, y las caricias que le regalaba. Le gustó que la tomara de la cintura, que la apretara contra él, como si necesitara tanto de su contacto como ella. Sus respiraciones eran cada vez más agitadas, y su corazón latía tan fuerte… no le extrañaría que incluso un Inuyasha humano pudiera escucharlo.

En algún momento, Kagome le dio un pequeño mordisco en su labio inferior. De modo que, si quedaban dudas, estas se disiparan. Él sabría qué significaba eso, porque era ese código que conocían tan bien. E Inuyasha lo supo. A pesar del miedo repentino, siguió con seguridad y con un único objetivo. Comenzó a desvestirla, aprovechando cada momento para acariciar su piel desnuda. Kagome disfrutó la caricia, y también todas las veces que Inuyasha aprovechaba para besar su boca, su cuello y sus hombros. Ayudó ella también desvistiéndolo. Esas tareas no eran difíciles. Apenas llevaban una capa de ropa encima, con el terrible calor de todo el día.

Se sentía nerviosa. Había desnudado a Inuyasha muchas veces antes, pero sabía lo que quería que pasara, y sentía que le daría miedo en algún momento, y de verdad quería el miedo fuera de su vida. Tal vez fue la mirada que le dirigió Inuyasha justo en ese momento la que le hizo olvidar que algo como el miedo existía.

Él le dejó otros rápidos besos en los hombros, y ella le regaló caricias en la espalda. En un rápido movimiento, Inuyasha la sostuvo por la cintura para recostarla sobre el piso. El contacto del piso ahora frío le hizo soltar un suspiro. "Así es más cómodo", le susurró él, y vaya si ella sabía que era verdad. Le sorprendió la excesiva seguridad de Inuyasha, normalmente se comportaba tan nervioso y ansioso como ella, o eso recordaba. Pero esta vez, se movía de manera experta. A Kagome le comenzaba a faltar el aliento, seguramente a causa de esa seguridad repentina, de tener su cuerpo sobre ella, de las pocas prendas, del intenso calor que sentía. De lo que estaba segura era que el que le faltara el aliento era algo bueno.

Inuyasha iba a paso lento. Le dedicó infinidad de caricias de piel rasposa, que dibujaban sinsentidos sobre su piel, quemándole allí donde tocaba. Kagome se sentía dentro de un horno, todo su ser parecía en llamas, y un lindo cosquilleo se había expandido por todo el cuerpo desde su bajo vientre. Inuyasha se concentró en sus pechos. Dibujó el contorno con una garra, mientras su boca se entretenía de más en sus pezones. Saboreaba su piel con cada beso y cada lamida

el cuello, el esternón, el borde de sus pechos

; parecía repasar todos los lugares que habían sido lastimados alguna vez, de la forma que fuera. Volvió a dejar lamidas aquí y allí, y siguió luego dejando un rastro de besos por su abdomen, sus manos en torno a sus pequeños pechos.

Kagome sentía que perdía el control. No había lugar para otra cosa que no fuera el placer, pues el cosquilleo que producía su boca contra la piel, lo rasposa de su barba y la dureza de sus manos, todo eso la volvía loca. Atinó únicamente a acariciar sus cabellos, porque era lo único que alcanzaba de Inuyasha cuando él se detuvo a dejar besos por sus caderas. Las piernas habían comenzado a temblarles cuando Inuyasha siguió con el interior de sus muslos, besos primeros, pequeños mordiscos después.

Inuyasha monitoreaba todo. El ritmo del corazón, el lenguaje corporal, incluso las expresiones de su rostro, todo sin dejar de besar y lamer allí donde pudiera. Kagome olía bien y su piel sabía salada a esa altura del día. Le gustaba. Pudo deshacerse de sus bragas con facilidad, aunque era probable que Kagome se quejara de eso luego. Kagome tembló, y él irguió la cabeza para verla. Tenía una de sus manos en su cabello, parecía prendida, vehemente, y le hizo sonreír. Volvió a su trabajo dejando unos pocos besos primero en torno a su sexo, y unas suaves lamidas luego. La respiración de Kagome no tardó en dispararse, yendo y viniendo sin seguir ritmo alguno. El cuerpo se erguía, sus manos jugaban con su cabello y tiraban de él. No dejó de jugar hasta que no logró que se arqueara, algo que lo obligó a sonreír.

Las manos de Kagome lo llamaban, tomaban su rostro y tiraban de él hacia arriba, de modo que subió con una sola lamida desde el bajo vientre hasta el esternón, y luego otra vez cara a cara. Kagome estaba sonrojada, vulnerable, y su boca pedía a gritos que la besara. No llegó a tomar la iniciativa, pues Kagome lo atrapó primero, uniendo sus bocas ávidamente. Le gustaba cómo se sentía cuando estaban así, tan juntos, sus pechos apretándose contra él, y su obvia erección tan cerca del lugar donde correspondía, palpitando.

A Kagome también le gustaba. Le gustaba todo el calor que sentía y que el solo hecho de tenerlo sobre ella le hiciera tan bien. Y lo necesitaba, de algún modo. Entonces le mordió el labio una vez más. Ese era el código, ese era el momento. Inuyasha la besó, y también le regaló unos suaves mordiscos. Finalmente se acomodó mejor para ingresar en ella, chocando sus frentes. La boca de Kagome estaba entreabierta y sus ojos cerrados, a la espera, deseosa. Le gustaba su aliento, y el palpitar de su corazón, y cómo sus manos se aferraban a él.

—Tú solo dime, ¿de acuerdo? Frenaremos de inmediato.

Kagome abrió los ojos y le sonrió. Su respiración aún era entrecortada, pero cuando habló, lo hizo con seguridad.

—Lo sé. Pero todo está bien.

Inuyasha la observó un momento. Le gustó la confianza en sus ojos, y cómo el latir de su corazón llenaba su mundo. La piel quemaba y ella palpitaba contra él, así era como lo sentía, así como debía ser.

La besó, ingresando en ella despacio. Kagome dejó escapar un suspiro contra su boca, interrumpiendo el beso. Se sentía bien. Conocido. Natural. Inuyasha plantó la cabeza en el cuello de Kagome, controlándose y disfrutando su olor. Sin aumentar el ritmo al principio, dejó que se acostumbrara a él. Y él disfrutó ese reencuentro que tanto ansiaba, moviéndose despacio, disfrutando la respiración de Kagome, y lo cómodo que se sentía así, el modo en que se sentía todo.

Y todo se acomodaba al fin. Las piezas del rompecabezas se unían, y quería quedarse allí para siempre, volverse eterno junto a ella, sobre ese piso frío de manera, y tan cansado como lo estaba del trabajo del día. Así, por siempre.

La lluvia siguió cayendo. Los relámpagos siguieron iluminando la tierra. Los truenos siguieron sonando, la vibración haciendo eco en sus pechos de ritmo acelerado. Ninguno de los dos le prestó atención a nada de eso. Simplemente se siguieron amando.

FIN


Nota: Me llevó un año y dos meses, pero finalmente puedo decir que terminé este fic.
Si este capítulo no es pura mierda, es gracias a Jaz. (L) El lemon me cuesta horrores (estoy segura que no podemos llamar a eso lemon... pero shh), y esta vez me costó mucho más de lo que esperaba. Es que todo es tan delicado. Pero Jaz supo guiarme... así que gracias, Jaz~
Así mismo, medio que me convenció de hacer un epílogo para cerrar el círculo, y contar un poquito de este trabajo de Kagome con el resto de mujeres abusadas. No prometo nada, porque ya saben cómo soy, pero no descarten de todo una pequeña viñeta más, ¿eh?

A pesar de que seguramente hay errores, espero haber manejado este tema lo mejor posible. Espero también que ustedes hayan disfrutado todo el camino (o... ¿lo contrario a disfrutar? ¡Yo sufrí banda!) Y solo me resta decir gracias por acompañarme en lo que resultó un largo año.

Nos estaremos leyendo pronto~
Morgan.