Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 24: Deseos de cumpleaños
23 de agosto
Si nunca vuelvo a ver otro niño, moriré feliz.
Incluso mientras se quejaba mentalmente, Kagome sabía que en realidad no lo decía en serio. De hecho, estaba deseando tener hijos propios algún día. Con suerte, con lindas orejitas de cachorro.
Sin embargo, mientras limpiaba glaseado azul del bonito suelo de madera de su madre (sin preocuparse por el glaseado azul que manchaba su pelo, combinaba muy bien con el glaseado rosa que se agrupaba allí), estaba debatiendo seriamente si debería o no haber una ley que prohibiera tantos niños de menos de cinco años en un único edificio. Seguro que iba en contra de algún código de incendios. Seguro que había alguien ahí fuera buscando proteger la cordura de los demás. ¿Encajaba esto en los castigos crueles e inusuales?
Es que, ¿por qué los niños tenían que tener fiestas de cumpleaños? ¿Y quién era el tonto que pensaba que dos docenas de pequeños demonios gritones, berrinchudos, babeantes y gritones cabían todos dentro de la casa de su madre? ¿Y quién creía que darles azúcar era buena idea? Tarta, galletas, helado, caramelos… ¿Qué pasa, acaso estaban todos locos?
¿Y había mencionado los gritos?
¡Por todos los cielos! ¡Los gritos! Gritos de alegría. Gritos de enfado. Gritos de emoción. Gritos de miedo. Gritos de exigencia. Gritos de tristeza. La única que no estaba gritando era Kaede. Pero esa no era gran sorpresa.
Kagome hizo una pausa en su misión por evitar que el azúcar seco estropease el suelo (y las paredes… y los muebles…) y miró a la pequeña. Estaba mirando cómo jugaban los demás niños, pero ella no dejó su sitio en la alfombra. Estaba rodeada de regalos, pero no parecía interesada en ellos en lo más mínimo. No les hablaba a los otros niños a menos que le hablaran ellos primero. Y, siendo realistas, los otros niños no estaban muy interesados en hablar con la niña. La mayoría se negaba a reconocer que estaba allí siquiera y los demás parecían mirarla con recelo. Nadie hablaba con ella sin mucha persuasión parental.
Mocosos despreciables. Si sólo están aquí por la comida gratis y los dulces, entonces ni siquiera deberían haberlos invitado, gruñó Kagome en silencio. Sí, sabía que la niña era peculiar, pero odiaba el hecho de que los demás niños la tratasen como si fuera una suerte de enfermedad fúngica. Si ella fuera la madre de Kaede, haría marchar a todos estos monstruos.
Kagome suavizó la mirada. Tal vez Kaede sólo estaba tan callada, tan introvertida, porque ya no tenía a su madre. Pobre Kaede. Y pobre Kikyo. Hoy debía de estar pasándolo fatal sabiendo que era el cumpleaños de su hija y que no podía estar aquí.
—Hola, pequeña —saludó Kagome mientras gateaba hacia la niña, abandonando su proyecto de limpieza. Simplemente iba a ensuciarse dentro de dos segundos, de todas formas, así que se preguntó por qué se molestaba siquiera.
—Hola, Kagome.
—Shhh, me llamo Kikyo, ¿recuerdas?
Kaede la miró arqueando una ceja. La seca expresión sobresaltó por completo a Kagome. Era una expresión demasiado adulta para una niña tan pequeña. Ni después de todo este tiempo se había acostumbrado a ella.
—Nadie nos oye.
Y a nadie le importa, pensó Kagome con tristeza.
—Pusiste el trozo de tarta de mamá en el congelador, ¿verdad?
Kagome asintió.
—Claro que sí. Lo envolví dos veces en papel de aluminio. Y lo metí en una bolsa de congelación. Incluso usé palillos para levantar el papel para que no se aplasten mucho las flores.
Kaede había detenido a Hojo cuando estaba cortando la tarta al principio de la fiesta, pidiendo que apartase el trozo de la esquina con las rosas más grandes. Sabía que era para Kikyo. Era algo que no planeaba quitar del congelador sin importar lo mucho que se congelase. Al menos, era algo que podía hacer por ellos.
Kaede asintió con solemnidad. Kagome sintió la necesidad de animarla. Nadie debería estar tan… tan sola… en su cumpleaños. Y menos una niña.
—Apuesto a que sé lo que deseaste —bromeó.
La niña sonrió. Era un buen comienzo.
—Ajá. Cuando se vayan, puede hacerse realidad.
¿El deseo de Kaede también era que estos monstruos indisciplinados se fueran? Tal vez podría desear un bote de aspirinas, ya que estaba. Y tal vez un servicio mágico de limpieza para que no tuviera que quedarse limpiando todas las paredes y los muebles. ¿Sería más fácil darle a todo con la manguera? ¿O usar una cerilla? No, no, no, su madre estaría devastada si incendiaba la casa. Tal vez podrían mudarse, en vez de eso.
Kaede sonrió y le brillaron los ojos, haciendo que Kagome se preguntara si había cavilado sus cavilaciones en voz alta. Miró a su alrededor para ver si había algún padre airado por allí listo para arrancarle la cabeza por hablar mal de sus preciados ángeles. Nop. Estaba a salvo.
—Deseé ver a mamá esta noche para que pueda contarme un cuento antes de dormir. —Entonces, le dio una palmadita a Kagome en la mano con empatía—. Pero sólo a mamá.
—Sólo a mamá… espera… ¿quieres decir que a Inuyasha no?
—Lo siento.
—Cómo… ¿cómo sabes que se va a cumplir? ¿Cómo sabes que sólo estará Kikyo? —La niña sonrió misteriosamente, haciendo que Kagome quisiera retroceder unos cuantos pasos—. ¿Controlas el espejo?
Kaede apartó la mirada.
—¡Kaede Kanna, contéstame! ¿Controlas los espejos? —Estaba sacando la artillería pesada al usar su segundo nombre. Su madre siempre hacía eso cuando se ponía seria y exigía una respuesta.
—Mamá tenía que irse —dijo con sencillez mientras miraba por la ventana.
—¿Qué? —La sangre de Kagome pareció congelarse en sus venas. Seguro que Kaede no se refería a lo que pensaba que se estaba refiriendo. No era posible.
—Tenía que comprender cosas y no podía hacerlo aquí.
—¿Qué?
Kaede negó tristemente con la cabeza.
—Mamá no volverá hasta que lo comprenda.
—Comprender, ¿qué?
—Tú también tienes que comprenderlo.
—COMPRENDER, ¿QUÉ?
Para su exasperación, Kaede se encogió de hombros. Después, se puso de pie y se sacudió la falda de su vestido azul y blanco. Kagome contuvo la necesidad de agarrarla y sacudirla.
—¡Sabes qué está pasando! ¡Sabes cómo arreglarlo! —Sabía que estaba alzando la voz, probablemente bordeando en la histeria, pero realmente no le importaba en ese momento—. ¡Dímelo! ¡Por favor, Kaede! ¡Tienes que decírmelo!
Kaede la miró con ojos ancestrales, provocando que le subieran escalofríos por la espalda. Negó solemnemente con la cabeza y le dirigió a Kagome otra mirada compasiva.
—Si te lo digo, entonces no habrás aprendido. Todas las historias de mamá tienen una lección que aprender. Mamá y tú tenéis que aprender vuestra lección. Tienes que comprenderla sola.
—¡Esto no es una historia! —le gritó Kagome a la niña, ganándose varias miradas de extrañeza por parte de los padres—. ¡Es mi vida! ¡Dime cómo arreglar esto!
Kaede simplemente se dio la vuelta y fue a la habitación que usaba en casa de su abuela. La antigua habitación de Kagome.
—¿Qué has hecho? —le preguntó al aire, sin saber si realmente quería preguntárselo a Kaede. Sin saber si estaba lista para la respuesta.
Kagome se quedó sentada donde estaba, temblando. ¿Qué era Kaede? ¿Y cuál era la lección que se suponía que debía aprender? ¿Qué era lo que se suponía que debía aprender Kikyo? Si la niña se lo CONTARA y punto, entonces podrían aprender sus lecciones y acabar de una vez con ello. Pero seguro que no podía ser tan sencillo. Seguro que no las habría torturado durante tanto tiempo manteniéndolas separadas cuando había tenido las respuestas desde un principio. Seguro que ni Kaede podía ser tan malvada.
¿Verdad?
Nota de la traductora: Para quienes supusisteis que fue Kaede quien narró la última escena del capítulo anterior, ¡habéis acertado! ¡Muchísimas gracias por vuestros comentarios!
Estos capítulos están saliendo un poco más rápidos de lo habitual por pura suerte. Simplemente me ha resultado fácil traducirlos y el hecho de que sean más cortos ayuda.
¡Quedan seis más para el final!
