CAPÍTULO 12
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MUCHÍSIMOS AÑOS ATRÁS.
Inicios de Otoño - Ravenhill.
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Aquella casa de otoño estaba ubicada cerca de un enorme lago que conectaba a las costas de Dovelush. Las altas montañas, cuyas faldas poseían un degradado de amarillo a naranja, transmitían un aire campestre. Dovelush, al estar muy cerca de Rasluan, conservaba un clima similar donde el otoño e invierno solían ser más largos en comparación a la primavera u el verano. Las ciudades eran mucho más frías contrario al verano que el aire se sentía más fresco. Por lo tanto, muchos nobles y señores se extendían a las costas y montañas, a las mansiones de invierno edificadas para soportar mucho mejor las altas temperaturas.
El marqués Heathwood había sido invitado junto a toda su familia a pasar el invierno en la mansión del duque Blaine ese año. Charles Heathwood y Artemius Blaine habían asistido a la misma academia, habían sido compañeros de habitación durante aquellos años. Coincidentemente, ambas mujeres que desposaron poco después de graduarse resultaron ser muy amigas de la infancia, por lo que resultaron ser un grupo bastante unido que asistían con frecuencias a las mismas fiestas sociales, se reunían muy seguido en paseos así como visitaban a menudo la casa del otro.
Sin embargo, en los últimos tres años, con el aumento de los ataques de quimeras oscuras, el marqués Heathwood y su familia permanecieron ocultos por protección. La última vez que visitaron a los Blaine fue poco después de que su pequeña hija cumpliera el primer año de nacida, celebración a la cual los Blaine fueron invitados junto a su primogénito. La marquesa, una encantadora mujer de rasgos definidos, habría aprovechado la ocasión para solicitar una fotografía junto a la duquesa Blaine.
Ambas, con la marquesa sentada sosteniendo a su bebé en brazos, posando en compañía de su mejor amiga y el hijo que concibió.
Aunque todavía no lo expresaba en voz alta, para la marquesa, quien observaba al guapo, si bien un poco taciturno, hijo de la mujer que veía casi como una hermana, anhelaba que en un futuro, este joven Carsten Blaine pudiera unirse en matrimonio con su pequeña Elaine.
Elaine. Aquella que ilumina como una aurora.
—¿Falta mucho para llegar, mami?
Nathalie Heathwood sonrió ante la pregunta de Elaine.
—Solo media hora más, cariño. Mira... —Sentó a la niña en su regazo para que ambas pudieran ver el camino a través de la carroza—. ¿Ves ese lago? Pertenece a nuestros amigos, los Blaine. Quizás Carsten y tú puedan jugar ahí, ¿no te gustaría?
—Quiero jugar con mis muñecas. —Elaine observó el lago sin mucho entusiasmo—. ¿Crees que él querrá jugar con mis muñecas?
La madre sonrió, un poco dubitativa.
Al salir de la ciudad se recorre una larga carretera rodeada de bosques muy poblados. Aproximadamente tres horas de camino para alcanzar una alta ladera de montaña que bordeaba dos de los cuatro montes principales de Ravenhill. Estos montes, o Alpes, se decía que en la antigüedad habían sido habitados por dragones que podían sentir las órdenes de los dioses, hasta que en algún momento de la historia, los dragones se marcharon para nunca más ser vistos. Algunos alpinistas y magos exploradores, durante el otoño, viajaban a los montes para buscar antiguas cuevas que, se creen, eran los nidos de esos dragones.
A través del bosque se podían ver los montes y, si observabas con atención, muy pequeños huecos que representaban a esas cuevas. Durante el trayecto habían jugado a encontrar las cuevas, o tratar de prestar atención a algún animal como ciervos, venados y lobos. De esa manera podrían distraer a Elaine del aburrimiento del largo viaje.
Luego, el inicio del fin con el descenso de la carretera hacia la entrada de un amplio territorio costero, un lujoso pueblo donde destacaban varias casonas de piedra, como pequeños castillos antiguos. El más imponente, en piedra caliza blanca, coronado con un lago que se extendía por más de la mitad del territorio, era la mansión de los Blaine.
Esta propiedad era el doble de grande que las otras casonas que poseían los nobles o nuveu riche que habitaban en Ravenhill. Contaba con cuatro pisos, construida con una fachada de piedra caliza de color beige. Al atravesar la reja principal, los visitantes de inmediato se maravillaban con las columnas de mármol blanco y una enorme puerta de madera tallada delicadamente a mano. Se podían observar grandes ventanales, por lo que era obvio la entrada de luz natural.
Incluso la gravilla del camino principal hasta la entrada de la propiedad era de gravilla clara, muy similar al color de la arena. La propiedad estaba envuelta en céspedes, estanques, flores y llamativas plantaciones. El marqués Heathwood fue el primero en salir, seguido por su esposa e hija, la mujer adulta respiró por primera vez aquel aire tan puro, muy opuesto al aire un poco contaminado por el humo de algunas fábricas de metal y cigarrillos de la ciudad.
—¡Vaya! —Elaine se maravilló con los jardines. Todo estaba recortado de formas rectangular, conservando aún sus hojas amarillas. Era muy posible que hubiera una magia que evitaba las hojas se cayeran—. Mamá, tienen las geralyas. —Elaine señaló unas flores exóticas naturales de las regiones del norte de Dovelush. Eran muy complicadas de conservar en Ravenhill, necesitaban cuidados especiales ya que eran muy sensibles al frío pero tampoco soportaban el calor del verano.
Madre e hija se acercaron a los jardines que decoraban ambos lados de la gran puerta principal, una hilera de geralyas otorgaban color a la propiedad. Estas flores poseían seis pétalos ovalados de color rojo rubí, y en el medio habían cuatro que acaban en una punta rizada en un tono casi perlado. Su aroma era muy dulce, como la vainilla, pero al cortarse secretaba una savia melosa que si bien olía a canela, resultaba muy venenosa al contacto con la piel. Era sumamente importante usar guantes gruesos al podarla e introducirla en agua salada de inmediato.
Las geralyas eran las flores favoritas de Elaine. Muy pocas veces podía tenerlas en su habitación, así que verlas en aquel lugar la emocionó bastante.
—Huelen tan bien, mamá... —Elaine cerró los ojos, disfrutando de aquel festín dulce que recibía su nariz.
—Se ven tan hermosas... Ven. —Nathalie colocó una mano en el hombro de Elaine—. Tenemos que saludar a nuestros amigos. Dime, ¿mamá se ve bien? —Trató de arreglar cualquier desperfecto a través de su reflejo en el cristal de la gran ventana.
Tanto madre como hija poseían un cabello rubio, excepto que Nathalie lo tenía liso y Elaine heredó en las puntas ondulaciones del cabello de su padre. Los ojos de Elaine eran azules como su madre, un azul similar al cielo claro de invierno. El rostro de corazón y labios pequeños ambas lo compartían, sin embargo la nariz de su madre era recta comparada a la adorable punta redonda de Elaine.
Elaine amaba a su madre. Opuesto a otras grandes damas de la sociedad, la piel de Nathalie no era tan blanca. No se tornaba roja como Elaine o el marqués, era de un tono beige el cual combinaba muy bien con el vestido de mangas anchas en color azul que llevaba puesto.
—Mamá luce bonita. ¡Mami es la mujer más bonita del mundo!
—Elaine tiene razón. —El marqués se acercó a su esposa, abrazando su cintura para robarle un dulce beso en los labios—. Mi amada esposa es incluso más bella que la propia diosa Naturae.
—Oh. Qué cosas dices... —Avergonzada, las mejillas de la marquesa estaban ardiendo—. Vamos ya. No hagamos esperar a nuestros invitados.
El hombre la liberó, guiñó un ojo gris a Elaine, sus mejillas cubiertas por una poblada barba se levantaron al sonreír.
Fueron recibidos por un mayordomo quien de inmediato daba órdenes para que llevaran sus equipajes a las respectivas habitaciones. En el vestíbulo era impactante a primera vista, revestida en piedra caliza por igual, madera y acero dorado, adecuada para mantener la calidez en invierno y la frescura en el verano. De inmediato la familia Heathwood se topó con amplio hall de entrada, cuyo techo abovedado se alzaba infinito sobre sus cabezas. La escalinata curva cubría una buena parte del espacio principal, decorado con jarrones con plantas verdes.
El duque Blaine se acercó a ellos desde una entrada a la derecha, una vestimenta un poco informal puesto que no llevaba el abrigo del traje sino un suéter a juego con el pantalón oscuro. El duque seguía siendo un hombre guapo, de oscuro cabello. Para Elaine era la primera vez que lo veía, y se cuestionó el parecido con su padre, porque el duque también tenía ojos grises.
—¡Charles! —El duque se acercó con los brazos abiertos que de inmediato rodearon los hombros de su padre.
—¡Artemius! Hombre, ha pasado tanto tiempo. ¿Cómo han ido los asuntos de la corte?
—No muy bien, no muy bien... —El duque se alejó, una expresión complicada en su rostro.
Elaine jaló la mano de su madre.
—Mami. El duque y papá se parecen...
—Mmh, hay un poco de parentesco a través de los tatarabuelos. El duque y tu papá son primos lejanos.
—¿Carsten y yo también lo somos?
—Nathalie. Querida, estás encantadora. —Las palabras del duque interrumpieron cualquier posible respuesta que pudiera recibir Elaine, puesto que las dos tenían ahora la atención del anfitrión.
Artemius era un hombre de aspecto agradable. Su voz era cálida, no tan grave como la de su papá. También era muy afectivo. Le dio un caluroso abrazo a la marquesa, hasta que se colocó de cuclillas frente a Elaine para estar a su altura. Este caballero, cuyos ojos transmitían cariño, astucia, junto a una pizca de diversión, logró atraer la simpatía de Elaine muy fácil.
—Y esta hermosa damita debe ser Elaine. Has heredado la belleza de tu madre. —Cuando el duque sonrió, se formaron un par de arrugas en el borde de sus ojos—. Benditos sean los hombres que lleguen tras de ti teniendo un padre como Charles. No envidio tu posición, amigo.
—Vamos, vamos. —Charles colocó las manos en su cintura—. Artemius, acabo de llegar tranquilo y de buen humor, hombre. ¿Pretendes que busque mi espada tan temprano?
Riéndose, el duque con gran educación extendió la mano para pedir la de Elaine, y cuando ella la cedió, besó su dorso. El duque no poseía barba como su papá, que cada vez que la besaba sentía el picor del vello, en cambio era delicado, suave, un toque húmedo de calidez.
—Bienvenida, mi señorita Elaine, a mi preciado hogar. —Al soltar a Elaine, se levantó—. Katriona bajará en un momento. ¿Por qué no pasamos al salón?
—¿Carsten está ahí? —preguntó Elaine, curiosa y, ¿por qué no decirlo?, ansiosa también. Estaba tan aburrida por el viaje que no quería estar entre otra charla de adultos. Quería tanto explorar alrededor, jugar con alguien.
—Elaine. Tenemos que saludar a la duquesa... —comenzó a reprender su madre, sin embargo el duque levantó la mano.
—No, no. No importa, seguro que estás emocionada por ir a jugar, ¿cierto? Josephine —llamó a una doncella que se apresuró a atender la orden—. Lleva a la señorita Elaine con mi hijo, debe estar en el jardín. Carsten goza mucho caminar por los terrenos...
La doncella, una joven mujer de pelo castaño, estiró la mano a Elaine para guiarla fuera de la mansión. Elaine apenas prestó atención a las siguientes palabras de su madre.
—Debe haber crecido mucho, ¿no es así? La última vez que vi a Carsten tenía dos años...
El patio de la mansión del duque era enorme. Mientras más veía Elaine el lugar, mucho más le gustaba. Su madre mencionó que esa solo era una propiedad en la que el duque pasaba el otoño-invierno, pues los Blaine poseían su mansión principal en otra zona, en la que probablemente ellos visitarían más a menudo el próximo año. No estaba cerca de la costa tampoco era tan amplio, su madre dijo que esa propiedad tenía una piedra gris y se sentía mucho más cálida, más íntima que esta enorme mansión en la que estaban.
—Sé que el joven maestro Carsten tomó este camino hacia el bosque. —Josephine señaló un caminito de tierra que bordeaba dos jardines—. El duque construyó una glorieta ahí, y también está la cabaña del jardinero. Vamos, señorita, yo la guiaré...
—No. Yo puedo ir sola. ¡Gracias!
—Pero, ¡señorita! Podría perderse. Déjeme guiarla, ¡señorita!
Elaine no obedeció. Era algo natural. Podría tener cinco años, sin embargo la doncella le dijo por dónde ir, ¿qué tan difícil sería?
Escuchaba a la doncella venir detrás en la distancia, Elaine era más rápida a pesar de su grueso vestido para soportar el clima. Solo tuvo que levantar la falda en tono borgoña, maravillada por al fin correr un rato, la brisa golpeaba sus mejillas que se coloreaban en un lindo tono rosado. Elaine disfrutaba de saltar, esconderse, imaginar increíbles historias de fantasía para jugar. Casi no tenía amigos, más bien, no tenía ningún amigo en casa. Al escuchar que en este viaje de vacaciones de invierno podría estar en compañía de otro niño, fue suficiente para entusiasmarla.
La glorieta era de madera, se dio cuenta que estaba muy cerca del lago, razón por la que esta construcción tenía doseles en tela blanca, construido sobre una plataforma de un piso y el bordillo tenía diseños que simulaban ramas blancas a juego. No había nadie sentado en los sillones del interior, Elaine se decepcionó... sin embargo, más allá de la glorieta, junto a un grueso árbol de abedul, sobre unos arbustos vio una figura agachada. Mientras más caminaba, Elaine reconoció la figura de un niño.
Un niño. ¡Ese debe ser Carsten!
Elaine se apresuró, luego se detuvo a mitad de camino, alisó su falda, sacudió cualquier polvo. Eliminó la distancia al caminar los pasos que restaban hasta detenerse a un lado de Carsten.
—¡Hola! Me llamo Elaine Heathwood, acabo de llegar. —Elaine estiró la mano para un saludo—. Tu papá el duque me dijo que estabas aquí así que vine para que jugáramos. ¿Quieres jugar?
No recibió un saludo. Tampoco su pequeña mano fue estrechada. Carsten ni siquiera le dio una mirada, todo el tiempo la ignoró a favor de lo que sea veía entre los arbustos. Ser ignorada de esa manera no agradó a Elaine, un sentimiento frío, amargo, revolvió su estómago, su pecho.
—¿Hola? Me llamo Elaine... —Se acercó más al niño, sacudiendo su hombro—. ¿No vas a saludarme?
—Lárgate. Me molestas.
Elaine frunció el ceño. La voz de Carsten fue fría, despreciativa. Se atrevió además a apartar de un manotón la mano en su hombro.
—Eres un niño malo. ¡Estoy saludándote! —Elaine hinchó las mejillas en un berrinche—. Soy una invitada... —Sintió que sus ojos picaban, agraviada. Ella aceptó venir ahí porque tenía la ilusión de jugar con otro niño, y ahora que por fin encontraba a alguien con quien jugar, esta persona la despachaba como si no fuera interesante.
Todos en casa la hacían sentir querida y escuchada. ¡Por qué esta persona la trataba así!
—¿Qué estás viendo ahí? —Elaine preguntó, aferrando su falda con ambas manos, de esa manera esperaba no soltar el llanto.
—No es tu problema. Vete.
Esas palabras solo hicieron enojar a Elaine. Sin pensarlo un poco, ella empujó a Carsten, quien perdió su equilibrio para caer de costado entre las hojas caídas de los árboles, y se acercó para ver qué tanto era merecedor de la atención de este grosero niño.
—¡AH! —Elaine gritó, espantada.
Había una ardilla muerta entre los arbustos, su cabeza ya estaba siendo devorada por gordos gusanos blancos que se retorcían alrededor de la carne y diminutas hormigas de tierra, la sangre seca pegada al pelaje del cuello indicaba que fue víctima del ataque de algún animal salvaje. Debía llevar algún tiempo ahí, porque el estado putrefacto era notorio, sobre todo cuando Elaine por fin captó el pútrido aroma de la descomposición.
Elaine volvió a gritar, cubriendo sus ojos para no ver al animal otra vez.
—¡Cállate! —Carsten exigió, irritado por su llanto—. Es solo una ardilla muerta, ¿por qué lloras? Miedica.
—¡Cállate! —repitió Elaine, sus ojos llorosos y de nuevo empujó a Carsten, aunque no llegó a tirarlo de nuevo—. Es asqueroso. ¡Tiene gusanos! ¡La ardilla está muerta y tiene gusanos! —Elaine volvió a llorar, puesta de cuclillas y de espaldas al arbusto.
Carsten rodó los ojos, fastidiado.
—Está muerta y los gusanos se la están comiendo. Así pasa con los muertos. —Regresó hacia la glorieta, sin importarle dejarla ahí.
Aún con sus mejillas húmedas, Elaine vio a Carsten irse. Echó un vistazo a la ardilla para de inmediato volver tras el niño.
—Hay que decirle a papá y mamá para que la entierren. —Elaine tomó el brazo de Carsten—. ¡Mamá dice que las personas que mueren necesitan ser enterrados!
—Es una tontería.
Carsten se zafó de su agarre, entró a la glorieta, se sentó en un sillón en la que ya había un libro colocado. Elaine avanzó un poco más lento, sin dejar de verlo.
Carsten usaba una camisa blanca con un suéter grueso similar al duque, el pantalón y zapatos eran negros. Opuesto al duque, los ojos de Carsten eran de un verde como la esmeraldas que mamá usaba en uno de sus collares, contrastando con el cabello negro que era herencia del duque. Sí, Carsten tenía los rasgos de su papá... Era muy parecido a su papá, pero lo que Elaine sentía era que la mirada de Carsten se comparaba al frío de aquella temporada.
Sin emociones. Sin calidez. Sin brillo. Sin vida.
Le transmitían a Elaine el invierno, la tranquilidad, el silencio y soledad. Carsten estaba ahí, sentado frente a ella, luciendo tan ajeno a la presencia de la niña como si ella misma no existiera en esos instantes. Ni siquiera reaccionó cuando Elaine, con las mejillas ya secas, aparentemente ya olvidando la ardilla, ocupó asiento cerca de él.
Elaine no dijo nada, Carsten tampoco dijo algo. Los ojos del niño se fijaban en las páginas en tanto los ojos de la niña se fijaban en él. Incluso cuando Carsten terminó su sesión de lectura, cerró el libro y se levantó para irse, Elaine lo seguía de cerca por cualquier camino que él tomase.
Carsten hasta se atrevió a cruzar el estanque, el cual había piedras que se podía pisar para atravesarlo, deliberadamente con la esperanza de que Elaine dejase de seguirlo. Era un largo estanque rectangular que el jardín poseía, llenado con agua extraído del lago. Para su desgracia, Elaine pudo saltar sobre las piedras, en algún momento estuvo a nada de caer no obstante logró con éxito recuperar el equilibrio y alcanzarlo.
Para ese punto, Carsten ya estaba harto de este inesperado pequeño patito que llegó corriendo hacia él.
—¡Deja de seguirme! —exclamó, girando el cuerpo para enfrentarla—. Eres una molestia. ¿Qué tanto quieres?
—Quiero jugar. Estoy aburrida... —Los ojos dulces de Elaine fueron enfocados en el rostro de Carsten, también harta de esperar—. ¿Tienes juguetes?
—No juego con niñas tontas. Y tú eres una niña... ¡tonta! —completó, sus manos empujando el cuerpo de Elaine quien tropezó y cayó en el césped.
Fue esa la oportunidad que tomó Carsten para por fin alejarse y perderla con éxito. Viendo que ya no era capaz de alcanzarlo, Elaine gruñó en una rabieta. Esa era la primera vez que alguien la llamaba "niña tonta", y Elaine estaba teniendo problemas para soportarlo.
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—¿Otra vez estás aquí? —Carsten gruñó, irritado.
En aquella semana, se había vuelto rutina que Elaine lo buscara o siguiera la mayor parte del día para jugar, acción que Carsten ignoraba, rechazándola tajante e incluso respondiendo de tan mala forma que cualquier otro niño habría llorado aterrado. Sin embargo, Elaine, aunque a veces llegaba al punto de formar lágrimas en sus ojos, era testaruda, reacia a rendirse, doblegando sus intentos que muchas veces Carsten tenía que contenerse para no usar la magia por órdenes de sus padres.
El niño ya había perdido la cuenta de cuántas veces al día recibía comentarios de los duques sobre Elaine.
—¿Por qué no juegas con ella, Carsten?
—Hijo, sé un poco más amable.
—Carsten, ¿qué tal si le muestras la mansión a Elaine?
—Cariño, ¿no les gustaría a Elaine y a ti dar un paseo en bote por el lago?
El duque o la duquesa, no importaba quien, ambos estaban tan insistentes como la niña que iba tras él por el jardín. Carsten solo quería que lo dejaran en paz. No quería compañeros de juegos, no quería salir a pasear en el bote, tampoco quería jugar a las muñecas ni a ninguna otra tonta actividad que se les ocurriera.
Cuánto maldecía el día en que decidieron invitar a los Heathwood. El marqués y la marquesa no eran tan molestos, no obstante la hija que concibieron parecía haber recibido toda esa molestia que expresaba en cada insistente acoso.
Lo que era peor para Carsten, era el hecho de que su madre, la duquesa Katriona, expresaba lo mucho que Elaine le gustaba. Como si estuviera encantada con la presencia de Elaine, y no paraba de lanzar alabanzas o elogios hacia ella, muy en especial durante aquella primera cena.
—Nathalie, tu hija está tan bien educada —dijo a la marquesa, sus ojos brillando hacia los modales de Elaine, quien sostenía a la perfección los cubiertos y ni siquiera pidió ayuda para picar la carne de su cordero—. A excepción de Carsten, nunca había visto un niño de cinco años que pudiera comer tan bien por sí solo.
—Una prima me recomendó una excelente tutora en etiqueta a la que contacté para que educaran a Elaine. —La marquesa sonrió, orgullosa por aquel elogio hacia su bebé—. Elaine también tiene un poco de orgullo para ser tan pequeña, no quería que la ayudaran a comer.
—No soy un bebé. —Elaine intervino, viendo a ambas mujeres—. Puedo comer sola.
Desde su lado de la mesa, Carsten solo pudo rodar los ojos.
¿Qué hay de impresionante en sostener un cuchillo y tenedor? Él ya podía hacerlo bien a partir de sus dos años. Aprendió a leer y escribir demasiado pronto, muchos de sus maestros lo consideraban un prodigio, un genio. Era capaz de leer textos complicados, ya conocía más de cuatro idiomas, podía preparar pociones de nivel avanzado y su magia casi rivalizaba con la de maestres de la torre negra.
¿Qué acaso no eran así todos los niños, o eran unos inútiles sin cerebro?
—Si no fuera nuestro temor de tener otro niño, Artemius y yo ya estaríamos a la espera de una niña. —La duquesa suspiró, lamentando las leyes de Dovelush.
Por el asunto de los herederos varones y la lucha de poder, en la cual solo se permitía un hijo varón para que continuara la línea, evitando así las guerras civiles de qué hijo será la cabeza de familia, la duquesa no habría dudado para volver a quedar embarazada. Sería una mentira para sí misma que no anhelaba una niña, por mucho que amara a Carsten. Cuán satisfecha no se vería si pudiera tener un hijo y una hija en la vida.
Carsten ni siquiera prestó atención al resto de la charla, aburrido de tanta tontería dicha. Y ahora, en los siguientes días, debía tolerar a la "encantadora" hija de los Heathwood yendo tras él.
—Carsten, vas muy rápido.
—Perfecto para que te quedes atrás —escupió, avanzando más deprisa, sosteniendo el nuevo tomo sobre magia pura que tomó de su biblioteca.
Estaba con mucha tranquilidad en la glorieta, ensimismado en los textos delante de sus ojos cuando aquel terremoto de cabello rubio llegó. Elaine usaba un vestido verde menta cuyas faldas de muchas capas alcanzaban hasta sus rodillas. Usaba una chaqueta gruesa de corte bajo y medias completas para resguardarse del frío. Quedaban pocas semanas para el otoño, así que conforme avanzaba el tiempo, el clima iba en colapso. Él no usaba tantas prendas, al tener afinidad completa con el fuego, Carsten dejaba que su núcleo mantuviera cálido su cuerpo.
Esa era una de las razones por las que dejó de tolerar a Elaine ese día.
Debido a que estaba haciendo más frío de lo usual, Elaine debió sentir la calidez que exhumaba su cuerpo, así que se había sentado muy apegada a Carsten en el sillón de la glorieta, comenzando a hacer demasiadas preguntas molestas luego de que empezara a leer a su lado.
—¿Qué son los chakras de maná?
—¿Por qué esto se contrarresta con la energía sagrada?
—No entiendo, ¿qué significa materializar el núcleo de pureza?
—Que aburrido. ¿Por qué no hay más dibujos?
—Carsten, ¿qué es la magia sagrada?
Fue entonces que Carsten solo cerró el libro de un golpe, se paró y caminó lejos, siendo alcanzado por Elaine...
Y habíamos regresado al principio de todo.
—¡Espérame!
—¡Ya déjame en paz! —La paciencia de Carsten estaba llegando al límite, se giró para enfrentar a aquella plaga molesta, quien por las prisas casi tropezaba con él de frente—. Desde el primer día no has dejado de seguirme, de ser una pulga molesta de la que no puedo deshacerme. He tratado de ser paciente, de decirte que te quiero lejos de mí, ¡y sigues siendo una maldita cucaracha insistente! ¡¿Por qué sigues viniendo?!
—Porque quiero que seamos amigos —respondió Elaine, apretando sus faldas con fuerza, sin apartar la mirada de Carsten.
...
—¿Amigos? —repitió él, una vez que la inesperada rigidez desapareciera de su cuerpo. Comenzó a reírse—. ¿Crees que necesito amigos?
—Sí.
La risa en el niño se detuvo poco a poco, una fea expresión de desagrado fue dirigida hacia Elaine.
—Si quisiera tener amigos, definitivamente tú no estarías entre ellos.
—¿Por qué no? —Elaine se sintió ofendida, sus mejillas adquirieron un tono rosado de enojo—. ¡Puedo jugar bien cualquier juego!
—Ese es el asunto. No necesito a un bebé para jugar.
—¡No soy un bebé! ¡Tengo cinco años!
Elaine odiaba que la comparasen con un bebé. Se esforzaba para aprender a ser independiente, para que nadie la ayudase y la tomaran como una adulta. No podía evitar que otros adultos se rieran y dijeran lo linda que se veía, no obstante que destacaran su baja edad, su pequeño tamaño, su inmadurez, era vergonzoso.
—Juegas con muñecas y lees libros infantiles —se burló Carsten, alzando una ceja—. Eres una bebé.
—¡No! —Elaine se adelantó, furiosa, arrebatando el libro de las manos de Carsten—. ¡Yo también puedo leer libros como este!
—¡Devuélveme mi libro! —gruñó Carsten, iracundo.
—¡Tú también eres un niño, solo tienes un año más que yo! —Elaine retrocedió, evitando el agarre del otro—. ¿Por qué lees libros que solo leen los ancianos?
—¡Eso es algo que alguien con poco cerebro como tú no entendería! ¡Regrésamelo!
Elaine le mostró su lengua, girando el cuerpo para correr lejos. No le devolvería el libro, ¡lo destruiría! Carsten la trataba inferior porque no era capaz de entender nada de lo que decía entre sus páginas, porque no podía ser tan inteligente. ¡Lo odiaba! Odiaba este libro, odiaba esa biblioteca, odiaba no poder entender nada más, ¡y odiaba a Carsten!
¿Por qué no podían ser amigos?
No había otros niños en ese lugar. Era solitario y aburrido. ¡¿Cómo alguien como él podía estar tan cómodo?! Carsten no tenía problemas con ese ambiente, parecía disfrutar vivir así, sin jugar, ni charlar demasiado, sin divertirse con otros niños, sin extrañar ser acompañado por alguien. Todo lo que hacía era leer, memorizar textos y escribir cosas en un diario.
Elaine lo odiaba.
¡Lo odiaba!
—¡Devuélveme mi libro! —Carsten gritó detrás de ella, finalmente deteniendo sus pasos después de correr.
Estaban cerca de aquel estanque de piedras, Elaine también se detuvo. Un suave brillo llamó la atención de Carsten en el césped, viendo que se trataba de un collar con una piedra blanca muy luminosa. Parecía condensar maná puro en un cristal transparente. Lo reconocía; este collar era de Elaine, probablemente debió caérsele al correr. El chico lo desechó, alzando la vista hacia aquella mocosa bast...
Los ojos de Carsten se abrieron con sorpresa.
Alrededor del cuerpo de Elaine la cubría un resplandor muy débil. Eso lo hizo enfadar aún más, ¡porque esta niña era una maga también!
—¡También eres un mago, ¿y no entiendes algo tan simple como la magia pura?!
Elaine se tocó su cuello, descubriendo que no tenía su collar.
—Yo no hago magia... Mi collar, ¿dónde...?
—¡Eres una mentirosa! —Carsten levantó su mano, invocando una llamarada de fuego en forma de círculo, ese espectáculo de poder iluminó los ojos de Carsten hasta tal punto que el verde parecía cambiar a rojo, una muestra de su furia siendo expresado en el maná que formaba aquella esfera de llamas—. ¡Un fraude de mago! ¿Para qué finges no saber sobre magia? Oh, ya veo, ¡es porque eres tan débil e inútil que no entiendes hasta lo más simple!
Carsten lanzó la esfera como si estuviera lanzando una pelota. Esa esfera había crecido tanto, no obstante Elaine solo necesitaba atraer el agua del estanque detrás de ella para apagar aquella llamarada que iba en su dirección. A los niños magos siempre comienzan enseñándoles a controlar los elementos, era lo principal.
Pero Elaine no se movió. Estaba congelada, con la mano en su cuello, como si palpara en busca del collar, como si no creyera que no lo tenía puesto. Fue ahí que Carsten notó que algo no iba bien; el aura mágica de Elaine era apenas notorio, demasiado frágil...
—¡Elaine! —llamó Carsten, buscando que la niña reaccionara.
Esa esfera de fuego... ¡la iba a quemar viva si no se movía!
—¡ELAINE!
Carsten solo dio un paso adelante antes de desaparecer y reaparecer a un lado de la niña, tomándola de los hombros a pocos instantes de que la esfera los golpeara a los dos, tirándolos al suelo. La llamarada de fuego cayó al estante, causando una reacción que salpicó agua caliente por todos lados, secando por completo el pozo.
Carsten, que cayó sobre el cuerpo de la niña, hizo caso omiso a las gotas de agua caliente que cayeron en su cabello y nuca, atento a Elaine. Se había desmayado, su cuerpo ardía como si tuviera fiebre pero temblaba por completo similar a que sufriera hipotermia.
—¡Pero qué pasó! —La voz del marqués atrajo la atención de Carsten.
El marqués Charles, la marquesa, sus propios padres y algunos sirvientes corrían hacia ellos, la marquesa aterrada al ver a Elaine en el suelo.
Tuvieron que llamar a un par de magos sanadores de la torre más cercana para atender a Elaine. Carsten ni siquiera quiso explicar, solo estaba atento a los magos, a los sirvientes que iban y venían de la habitación a donde llevaron a Elaine. La marquesa se había vuelto una mujer llorosa llena de angustia, tanto que la duquesa ordenó le preparasen una taza de té con un calmante. Carsten, fastidiado de no tener respuestas sobre el estado de Elaine, se acercó a su padre y el marqués quienes estaban fuera de la habitación.
Carsten miró a su padre.
—Señor. —Levantó la mirada al duque—. Marqués... —dijo luego al padre de Elaine—. Encontré esto... Es de Elaine, ¿cierto? —Extendió el collar que se le cayó a Elaine, objeto que Charles tomó entre sus manos—. Es un artículo de maná, ¿no es así? ¿Puedo preguntar por qué Elaine lo usa? Es un mago...
—Carsten. No es momento para preguntar eso... —objetó el duque, su expresión muy estoica.
—No, está bien, Artemius. —Charles suspiró, guardando el collar de su hija en el bolsillo del pantalón—. A ver, Carsten... Sí, Elaine tiene un núcleo de maná, pero la magia que procrea es tan débil que es peligroso que la use...
»Cuando Elaine tenía dos años, visitábamos la región del este y poco después hubo un ataque de magos oscuros. Uno de ellos persiguió a Nathalie hasta la habitación de Elaine, a quien fue a rescatar y que en ese instante dormía en su cuna. La cuna de Elaine estaba protegida por una barrera antimaná pero, no estamos seguros qué ocurrió, era posible que la magia de aquel mago fuera tan potente que destruyó la barrera, parte de esa magia impactó en Elaine lastimando su núcleo interno...
Fue el duque Blaine quien continuó el relato.
—Seguro sabrás, hijo, que el núcleo de los bebés es demasiado delicado. Genera mucho maná a diario, por eso algunos bebés o niños provocan accidentes mágicos sin ser conscientes hasta que son llevados a una torre de magia para aprender a controlar su maná... —Palmó la cabeza oscura de Carsten, quien estaba atento al relato—. La delicada magia recién nacida de Elaine fue impactada por aquel hechizo, rompiendo su núcleo.
—Los magos no pudieron repararla —siguió Charles, extrayendo el collar que encontró Carsten. Era similar a un pedazo de cuarzo transparente, anclado a una cadena de plata. Cuando absorbía la magia de Elaine se sentía casi vivo, en esos instantes era frío como un pedazo de hielo diminuto—, así que aconsejaron drenarla lo más posible, que Elaine luego usara esta piedra de desviación la cual envía cualquier posible maná que genere a un cristal de magia conectado a la Fuente mágica de Menevras. Dicho cristal se encuentra controlado por un mago de confianza de la familia.
—¿Qué sucede si Elaine se quita el cristal? —Los ojos de Carsten observaban el cristal, su rostro incapaz de mostrar alguna emoción, como una máscara sin expresión; los labios cerrados, las cejas quietas, el iris verde sin transmitir nada que no fuese una fría neutralidad.
—Su cuerpo creció sin acostumbrarse a recibir maná. Es tan poca la que recorre sus venas, como un pequeño hilo. Aún estando dañado, el núcleo generaría tanto maná de golpe como una cascada... Si no se controla, en pocas horas el núcleo... explotaría.
Artemius colocó una mano en el hombro de su mejor amigo, apretando. No era necesario saber a qué se refería con "explotar". Carsten lo conocía bien. En uno de sus libros explicaba que, cuando el núcleo de un mago explotaba desde el interior, los órganos del cuerpo se desintegrarían por completo, los huesos del tórax se derretirían como si una lava recorriera el interior del torso, destruyendo al individuo de dentro hacia fuera. No solo eso, sería una muerte tan lenta como tortuosa, pues el mago en cuestión sentiría la agonía de sus órganos desaparecer poco a poco hasta que sea incapaz de tolerar ese sufrimiento.
Los ojos de Carsten se dirigieron a la habitación donde Elaine era atendida. Las manos que mantenía tras su espalda se volvieron rígidas, incapaz de mantener sus pensamientos en calma.
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Pasaron unos días desde que Elaine se recuperó. Los magos volvieron a hacerle un nuevo artefacto de piedra de desviación, esta vez en forma de brazalete. Si antes la duquesa consentía a Elaine, ahora lo hacía el doble, movida por la culpabilidad de que un accidente así hubiera ocurrido mientras estaban en su propiedad. En especial cuando, a su perspectiva, creía que tal vez podría haber sucedido por provocación de Carsten.
—Katriona, no seas tan dura con él... —Nathalie, tomando el té en el saloncito de la habitación de su hija junto a Elaine y la duquesa, bajó la taza un poco agraviada—. Carsten es un niño, estoy segura de que no lo hizo a propósito.
—Aun así, les pido mis más honestas disculpas a ambas. Carsten puede ser un poco difícil, a veces hasta impulsivo. Es solitario y muy inteligente, sin embargo es esa soledad en la que se envuelve, no interactúa con otros niños... —Katriona, apenada, sacudió la cabeza con algo de apatía.
Deseaba que Carsten fuera un niño más sociable. Temía tanto del futuro que pudiera tener, después de todo era el futuro heredero al ducado, era su deber dialogar con otros nobles, dirigir el ducado, presentarse en la cámara para discutir los asuntos internos de la región. ¿Cómo podría hacerlo si ni siquiera le gustaba desenvolverse con otros niños de su edad?
—Está bien, tía Kat... —Elaine dijo luego de morder un trozo de galleta con chismas de chocolate—. Yo molesté a Carsten. Quería que él fuera mi amigo y jugáramos juntos, pero no le agrado... Ya no quiero molestar a Carsten. —Elaine bajó la cabeza, la resignación con un poco de tristeza se veía reflejada en sus ojos apagados, el bajo ánimo que transmitía su tono de voz—. Por favor, no te enfades con él.
—Oh, cariño... —La duquesa estiró la mano, tomando la pequeña y de suaves dedos de Elaine—. Te debes sentir tan sola en este lugar tan grande... Deja que tu tía Katriona te ayude a ser feliz, ¿te parece?
Aquellas palabras parecieron despertar el interés de Elaine.
—¿En serio?
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No tenía idea de cuántas veces Carsten había mirado en dirección al camino de tierra que llevaba a la glorieta, sitio en el que él se encontraba sentado, leyendo. O al menos, intentaba leer. Desde el primer día que Elaine pudo salir de su habitación, Carsten había esperado escuchar los pequeños pasos de la niña venir detrás de él. Solo que no era así. Como en el pasado, nada más dejaba atrás el silencio por excepción de algún sapo, grillos y la maleza moverse por el viento.
Incluso cuando llegó a la glorieta y esperó un par de minutos, Elaine no apareció. Paso una hora, y Elaine no llegó. Pasaron dos, tres, toda la tarde sin que una molesta cabeza llena de mechones rubios destellara como el oro frente a su rostro.
Para entonces, toda la concentración que Carsten podría tener en la lectura se esfumó. Tal fue así, que solo se levantó para regresar a la mansión, sin darse cuenta buscaba a Elaine por toda la casa.
—Tú —llamó a una doncella que llevaba una charola con tazas de té.
—¿Sí, joven maestro?
—... ¿Dónde está la hija de los Heathwood?
—Oh. La señorita Elaine está con su madre y la duquesa en el saloncito privado de la señora, disfrutando del té y viendo catálogos de vestidos para la celebración de fin de año, joven maestro.
Carsten hizo una mueca.
Claro. Cuando su madre veía catálogos de vestidos, se ensimismaba tanto que era difícil que hiciera otra actividad. Elaine era una niña, seguro que actuaba igual y por eso no salió al jardín para buscarlo. Un tanto huraño, el joven heredero Blaine subió a su habitación para esperar a la cena. Con suerte, al día siguiente Elaine vendría.
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De nuevo, no vino. Ni al día siguiente, ni al próximo.
—¿La señorita Elaine? Pasó la tarde con su madre y la señora probándose vestidos.
—Oh. La señorita Elaine estuvo paseando en el lago con la marquesa y su madre, joven maestro.
—La señorita Elaine visitó el pueblo con los marqueses, joven maestro.
Primero fue a gotas, para ese último día la ira de Carsten fue derramada a chorros como si vertieran una jarra llena de fuego líquido. En el día número seis, Carsten se aseguró que no hubiera nada en la agenda para Elaine, no solo preguntando a los sirvientes, también cuestionó a su padre y a su madre. No habrían paseos, no habrían vestidos, no habrían visitas al pueblo, nada. Ese día nada debería suceder que ocupase la atención de Elaine. Por lo tanto, la niña vendría tras él, requiriendo su compañía para jugar. Satisfecho, Carsten, contrario a otras ocasiones, no llevó un texto académico con él para leer en la glorieta, no. En sus manos estaba un libro de cuentos infantiles de un autor propio de la región, así que dudaba que fueran cuentos que Elaine hubiera leído antes. Revisó con atención que ese libro en cuestión fuera tan colorido, repleto de dibujos que pudieran agradar a Elaine.
Se aseguraría de mantener la atención de Elaine de regreso a él, de manera que nada más pudiera atraer su interés. Así que, cuando llegó a la glorieta, se sentó en el sillón, esperando con paciencia. Luego se percató que el clima ya había bajado mucho para esas fechas, por lo que recordó envolver la construcción con un poco de maná de fuego, era un especie de encantamiento que elevaba la temperatura del ambiente, así Elaine no sentiría frío y estaría un poco más cómoda.
Con todo listo, Carsten comenzó a esperar. Su cabeza estaba inclinada hacia el camino de tierra, atento a un vestido de terciopelo a doble capa de color azul oscuro, era el que Elaine llevaba puesto durante el almuerzo. Pasaron minutos, media hora, una hora completa. La glorieta se tornó casi un horno, el maná sincronizado con las emociones del portador, cuyo enojo crecía.
¡¿Por qué Elaine tardaba tanto en aparecer?! ¡Ella sabía que él estaba ahí, siempre estaba en la glorieta esperándola!
El libro de cuentos no soportó las temperaturas, y en un arranque, el maná incendió el lomo, devorando las frágiles hojas de aquel volumen.
Los pasos de Carsten fueron duros, determinantes, dirigiéndose en busca de la niña. Sentía que, de ser posible, sería capaz de arrastrarla a la glorieta.
¡¿Qué le pasaba, acaso no estaba ansiosa buscando su compañía?! No tenía a nadie más a quien acudir, se aseguró primero que no ocurriría ninguna otra actividad esa tarde a la cual ella pudiera unirse. Tampoco tenía ninguna otra persona con quien jugar, Elaine solo podía ir hacia él...
Carsten se detuvo de golpe cuando llegó al jardín. Primero fueron las risas infantiles, después conforme se acercaba, los veía.
Unas niñas, casi de la edad de Elaine, jugaban con la niña en los estanques. Colocaron un mantel en el césped, tenían muñecas y tacitas de té de juguete, jugando con ellos. Aquellas niñas interactuaban con Elaine, que sonreía. Carsten no reconoció a esas niñas, por los vestidos no debían ser de familias de gran rango, ya que eran muy sencillos en comparación a los elegantes que usaba Elaine. Le molestaba, le enfadaba enormemente ver a Elaine sonreír tanto, reírse tanto, hablar y jugar con esas niñas. Se quedó ahí, oculto tras unos arbustos, observando, vigilando en absoluto silencio sin ser detectado. Abandonaron las muñecas para jugar al pilla-pilla, la ira de Carsten creciendo cada vez que una de esas sucias manos ensuciaban, infectaban lo que era suyo. Se imaginó cortando aquellos pequeños dedos uno a uno para dar de comer a las ratas, triturando esos brazos, extrayendo los glóbulos oculares, esos ojos que nunca debieron posarse en lo que le pertenecía.
¿Quiénes eran esas niñas? ¿Cómo se atrevían a hablar, a interactuar o tocar a Elaine?
En algún momento, comenzaron a jugar a las escondidas siendo Elaine la que le tocaba buscarlas. Ambas niñas decidieron esconderse juntas, corriendo detrás de los estanques, muy cerca del camino de tierra. De pronto, sintieron una presencia helada detrás de ellas que levantó un instinto de alerta, como si algo malo, terriblemente malo, las estuviera observando. La mayor de las niñas se volteó.
Un muy guapo niño de seis años estaba detrás. La piel de porcelana era pálida, sus labios delgados, contrastando con un cabello negro como si hubiera absorbido toda la oscuridad del mundo. El par de ojos verdes transmitían una frialdad que congeló sus corazones. Tenían conocimiento que en esa mansión había un único niño varón, quien era el hijo de los dueños, los duques de Blaine. Aunque les tomó un tiempo reaccionar, supusieron que este niño era aquel hijo.
—H-hola... Me llamo Beatrix, y ella es mi hermana Amathea... —respondió la niña que debía ser dos años mayor que él—. Nuestro padre es el caballero Hender...
Carsten observó de una niña a otra. Beatrix y Amathea compartían unas hebras del color de la ceniza, cuya mirada de tono ámbar transmitía algo de pavor. Ver su miedo le dio cierta satisfacción a Carsten, aunque no tuvo la más mínima gana de sonreír.
—¿Por qué están aquí?
—Pa-papá dijo que la duquesa buscaba niñas para jugar con la señorita Elaine.
—Oh... ¿Así que ustedes vinieron para jugar con ella? —Carsten recibió como respuesta un par de asentimientos. Luego las vio temblar, imaginó que ya no podía ocultar más su ira así que le importó poco si se espantaban—. Elaine ya me tiene a mí para jugar con ella. Ustedes son un desperdicio inútil, una basura innecesaria. No quiero volver a ver sus caras cerca de Elaine, o me encargaré de matarlas una a una y darle sus cuerpos de comer a los lobos salvajes... —La voz de Carsten fue helada, susurrante, dando un paso más de cerca a las aterradas niñas que casi se abrazaron de miedo—. Y si dicen algo sobre esto, sus padres se volverán carbones para mi chimenea. ¿He sido claro?
Tanto Beatrix como Amathea comenzaron a llorar, temblando sin control. Incapaces de dar respuesta, Carsten se irritó tanto que invocó de nuevo la misma esfera de fuego, las llamas rojas danzando en sus ojos. No podía ver la forma en que esas llamas volvieron escarlata su iris como si un demonio mismo emergiera de los infiernos para posarse frente a ese par de infantes.
—He dicho, ¿he sido claro?
—¡Sí! —Para entonces, Amathea lloraba y Beatrix tuvo que responder por las dos. No tuvo chance de esperar respuesta, no quería provocar de manera accidental a este niño, solo pudo tomar la mano de su hermana menor con fuerza para correr juntas fuera del jardín, esperando que su padre las llevara a casa, lejos de esa propiedad. Lejos de Carsten.
Este, sintiendo un placer inimaginable, estaba pletórico. No sentía remordimiento ni culpabilidad alguna, realmente estaba dispuesto a desaparecer a cualquier persona que le arrebatase la atención de Elaine. Le importaba una mierda lo que dijeran sus padres o los de Elaine.
No sabía en qué momento ocurrió, Elaine era ahora de su completa propiedad. Iba a dejarlo claro a cualquiera, las veces que fuera necesario.
—¡Beatrix! ¡Amathea! —Carsten escuchó la voz de Elaine llamando, buscando a las niñas. Él simplemente se retiró, dejando a Elaine en el jardín, tratando de encontrar a un par de personas que nunca aparecerían a partir de ese instante.
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Elaine estaba triste, también enfadada. La duquesa había llegado acompañada de un guardia, este hombre llevaba dos niñas de las manos que eran sus hijas. Beatrix y Amathea llegaron esa tarde de sorpresa para jugar con ella, algo que encantó de sobremanera a Elaine. Había tenido una tarde entretenida, jugaron a cuidar a las muñecas, también como damas de la nobleza que disfrutan de una tarde de té, todo iba de maravilla hasta que empezaron a jugar a las escondidas. Las dos hermanas no solo se escondieron bien, simplemente se fueron. No se despidieron, por el contrario, a Elaine le dijeron que ya no querían volver ni tampoco explicaron por qué. Elaine comenzaba a odiar tanto haber venido a esa mansión, habría deseado quedarse en la ciudad donde al menos tendría más juguetes, podría recibir la visita de... nadie.
—Odio este lugar... —Estaba recostada en el alféizar de la ventana, sus rodillas descansaban en el suelo sobre una almohada, sus brazos cruzados contra los paneles del cristal. Al decir esas palabras, su rostro se escondió en los antebrazos—. Quiero ir a casa... Aquí no es divertido...
Alguien tocó su puerta, así que Elaine alzó el rostro. La madera se abrió, revelando el cuerpo de Carsten quien entró, tras de él, usando maná, iba un conjunto de juguetes condensados. Cayeron de manera un tanto ruidosa en el centro de la habitación, para entonces Elaine ya se había puesto en pie y avanzó como tal.
Ambos niños se observaron, luego Elaine bajó la cabeza a los juguetes. Eran muchos; trenes, peluches, muñecas, cubos, pelotas, rompecabezas. Eran tantos como si Carsten hubiese traído la tienda entera. Ella vio con ilusión una muñeca con cabeza de porcelana, de rizados mechones castaños y vestido azul claro. Siguiendo su mirada, Carsten tomó la muñeca entre el montón, dio un par de pasos, para colocar la muñeca en brazos de Elaine.
—Si te gusta, es tuya.
—...
—Si quieres otro de los peluches, también es tuyo.
—...
—O si prefieres los rompecabezas, también puedes tomarlo.
—... ¿Todo lo que está ahí es mío?
—Sí. Todo.
Elaine no dijo nada, Carsten tampoco.
Había cesado en su persecución a Carsten. El niño no quería su compañía, lo dejó en claro después de lo ocurrido en el estanque con la esfera de fuego. En alguna ocasión estuvo a nada de seguirlo poco después de recuperarse, sin embargo tuvo miedo que Carsten volviera a atacarla, así que optó pasar la tarde viendo vestidos un día, probarse vestidos otro día, rodeada de su madre y la duquesa. Sí, siempre tenía el impulso de buscarlo, no obstante se detenía a sí misma, como si recordase que ya no debía perseguir a Carsten. Pero, ahora él aparecía en su habitación durante la noche, los dos vistiendo pijamas, trayendo una montaña de juguetes, clamando que todos eran de Elaine.
—¿Por qué? —Elaine sostuvo la muñeca del brazo, bajándola—. No te agrado. Dijiste que era una molestia.
—... Yo... estaba equivocado —balbuceó Carsten, desviando el rostro. Equivocarse. Era difícil decir esas palabras para él, porque él nunca se equivocaba en nada. No obstante, de alguna manera no quería que Elaine buscara a alguien más.
Llegó ahí, buscándolo primero, queriendo que él fuera su compañero de juegos, no importaba cuánto él tratara de mandarla lejos, Elaine no se fue. Resultó ser obstinada, desafiándolo, no importaba cuán hosco él fuera, y aunque a veces demostraba tenerle miedo, Elaine insistió una y otra vez.
En retrospectiva..., resultaba fascinante. Otros niños, tales como Amathea y Beatrix, habrían huido despavoridos, para nunca más acercarse.
—Puedes jugar conmigo. Pero solo conmigo. —Carsten regresó su mirada a Elaine, usando un tono determinante—. No puedes jugar con otros niños.
Elaine levantó el mentón, sin mostrar intimidación.
—¿O si no, qué?
—Me desharé de ellos. —El niño entrecerró los ojos, la amenaza real, como una promesa que se cumpliría sin falta—. Los mataré y haré que no encuentren sus cuerpos jamás.
Los ojos azules de Elaine se abrieron mucho, Carsten temía que el impacto desencadenara en el terror, que Elaine quisiera alejarlo. Esa perspectiva le hizo apretar los dientes, pero se juró que aunque Elaine quisiera alejarlo, sería él quien la perseguiría, y muy por el contrario de Elaine, no la dejaría en paz por mucho que—
Risa.
Elaine comenzó a reírse.
Se reía como si lo que Carsten dijo resultase gracioso, y él vio que poco le importaba a ella la amenaza. ¿Le traía sin cuidado o en verdad no creía que él lo cumpliría?
—¡Eres muy raro! —Las mejillas de Elaine adquirieron un adorable tono rosa, limpió sus ojos de diminutas lágrimas—. ¿Es por eso que no tienes amigos? —Elaine apretó los labios, haciendo un puchero—. Dices cosas que dan miedo, así los otros niños no querrán jugar contigo.
La mano de Carsten aferró la muñeca de Elaine, presionando y manteniéndola muy cerca de él.
—¡Lo digo en serio! Solo tú puedes jugar conmigo y solo yo puedo jugar contigo —gruñó con los dientes apretados, hacía un gran esfuerzo para mantener su furia—. Si otro niño se acerca...
—Lo sé, lo sé, ya lo dijiste. Lo matarás... —Elaine suspiró y mencionó algo similar a "Es un juego muy extraño"—. Muy bien. Entonces, tú y yo seremos amigos. —Dejando la muñeca, Elaine tomó las dos manos de Carsten.
El cuerpo del niño se mostró rígido. Los dedos de Elaine eran cálidos contrario a sus manos frías, también eran muy suaves como un par de plumas. Elaine estaba muy cerca por lo que Carsten percibía un dulce aroma a campanillas y vainilla. Y, por sobretodo, era la primera vez que Elaine dirigía una sonrisa radiante únicamente en su dirección. Era la primera sonrisa que solo iba para él; los pómulos de Elaine se acentuaban, se formaba un diminuto hoyuelo en su mejilla derecha, los labios se extendieron, mostrando una hilera de dientes de leche que tenían una linda línea, los dos dientes frontales eran un poco más grandes del resto, resultando adorables.
Por primera vez, Carsten se dio cuenta que su madre tenía razón.
El rostro de Elaine... era bonito. Elaine era bonita.
—Sí, seremos amigos.
Y era toda suya.
