CAPÍTULO 13

IMPORTANTE NOTA ACLARATORIA:

Se dice que los escritores deberían tener planeada o estructurada sus novelas antes de comenzar. Es una chorrada, una pendejada. Escribe como te de la gana y a tu estilo. Yo tengo un sistema donde sé qué quiero contar, armo una serie de eventos pero la mayoría de las veces ocurren situaciones o ideas en medio y me veo forzada a modificar para que todo encaje... la mayoría de las veces.

Cuando inicié "Carsten", iba a ser una historia independiente de la trilogía Destino, la historia de Verónica. Historia independiente pero ambientada en el mismo mundo, con cameos de personajes.

Alerta: ya no es así. Es a partir de este capítulo que "Carsten" tomará una importante conexión con la novela de Verónica. En teoría esto podría considerar un spoiler o adelanto para la segunda mitad de "Forjaré mi Destino", sin embargo creo que es un evento no tan relevante para las situaciones que se vendrán ahí y que no son mencionadas en esta trama de Carsten... Pienso que independientemente del orden en que leas las novelas, no debería afectar, sea si solo lees la historia de Carsten o la de Verónica.

Además que no voy a tocar la historia de Carsten con tanta profundidad, como aquí, en "Forjaré mi Destino". Si leyeron Cazadores de Sombras, en donde la autora entrelazaba la saga principal con la de Los Orígenes, (ya sé, suceden en distintas épocas) pero es casi lo mismo en este caso. Estos eventos de "Carsten" vendrían a ocurrir a mediados de la mitad de "Forjaré mi Destino".

Para que se hagan una idea, Verónica y Carsten tienen casi la misma edad cronológicamente (ella es unos 3-4 años menor).

En estos momentos, en otro lugar fuera de Ravenhill, están ocurriendo situaciones a los que ella sí le presta atención ("-_-). Vamos, que a Carsten le vale v* lo que suceda con el mundo y no tiene el mínimo interés que Annelie relate algo a profundidad. Lo típico.

Disculpen la muy larga nota.

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20 AÑOS EN EL PRESENTE

FINALES DE VERANO - RAVENHILL

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—Pe-pero. No voy a irme.

—El joven maestro Carsten Blaine murió hace veinte años, señorita Chadburn.

—Carsten Blaine se encuentra en esta casa y vendrá a detenerlos, así que les sugiero que se queden dónde están.

—¡Él murió quemado, sus cenizas dispersas por el viento! Lo único que queda es ese maldito muñeco que traes ahí.

Carsten Blaine podía escuchar toda la conversación desde el ático, sentado junto a una de las pocas ventanas, con las rodillas levantadas y uno de sus brazos apoyado en la rodilla derecha. Por mucho que lo intentase, no podía bajar del ático, tampoco el lobo se podía acercar ni el niño hacer movimiento. En esas dos extensiones, las cuerdas se hallaban cortadas, incapaces de mover los títeres. Sentía un poco de frustración ya que podía palpar el desespero que comenzaba a filtrarse en el tono de Annelie.

Definitivamente la subestimó. Creyó que ella podría lidiar bien con la plaga, y conforme la conversación avanzaba, el tiempo acababa, Annelie iba perdiendo más y más. Aún cuando lo intentase, aún cuando quería tanto quitar la trampilla de la puerta, no habría forma de que pudiera bajar. De inmediato vería suelo plano en donde debiera haber una escalerilla, como si ese ático fuese un piso único. Por lo tanto, Carsten solo pudo suspirar, cerrar los ojos, seguir escuchando con los puños cerrados, las venas sobresaliendo en sus manos tensas, maldiciendo uno a uno a esos imbéciles gusanos.

La espera se te hace eterna, ¿no es así? —susurró una voz gruesa, casi de ultratumba.

Carsten abrió los ojos, fijándose en la apariencia de aquel Gran Duque del Infierno.

—¿Qué haces aquí, Astaroth? —cuestionó con fastidio—. No tengo ánimos para alguno de tus malditos juegos.

El demonio soltó una suave risa.

Era un demonio de aspecto cambiante. Algunas veces ocupaba rostros de otras personas que Carsten desconocía o llegó a ver en alguna fugaz ocasión durante su infancia; en varias ocasiones se presentaba en su forma demoníaca, un rostro rojo de pómulos muy pronunciados, el mentón filoso sin labios, los ojos negros y un par de cuernos que apuntaban al interior de la cabeza sin cabello. Esta vez, el aspecto de Astaroth era más agradable, una versión más humana y propia de él, pues el rostro era pálido sin ninguna imperfección, con el mentón en punta y dientes filosos, conservaba unos ojos obsidianas en contraste con su cabello carmín que rozaban un par de pendientes negros colgando sus lóbulos.

Solo quise hacerte compañía mientras esperaba a que suceda la función...

Carsten, por fin, se dignó a verle el rostro, movido por la curiosidad y un pinchazo de alerta en su cabeza. Desde que se enteró de la verdad, no confiaba en Astaroth ni hacía caso a cada estupidez que saliera de su boca. No obstante, la presencia de Astaroth se volvió más habitual desde que Annelie llegó, así que empezaba a tomar consciencia de sus palabras más a menudo.

—¿Función? —Carsten se levantó—. ¿A qué tipo de función?

Mi joven señor, ¿ahora estás dispuesto a escuchar las palabras de este humilde servidor?

—Por favor, por favor, devuélvamelo. ¡No le hagas daño!

—¡Es un muñeco!

—Cierra la boca —Los dos escucharon el sonido de la piel siendo golpeada junto con un quejido femenino.

—¡Annelie...! —Carsten bajó la mirada, llamando a una magia que nunca vendría para hacerlo bajar—. ¡Mierda! ¿Cuántos minutos faltan?

Poco menos de veinte...

Cualquier palabra de Astaroth que pudiera añadir se vio interrumpida ante el agarre de Carsten en su cuello.

—Está cansándome este maldito juego. Deshaz el bloqueo en este instante. ¡Astaroth, es una orden, obedéceme!

Pero aquel demonio, en vez de doblegarse, de realizar el mandato, tan solo empezó a reírse cada vez más fuerte. Era como si cada palabra de Carsten lo hiciera regodearse de placer, encantado con verlo enloquecido por el desespero y la furia. No importaba cuánto Carsten apretase el agarre, cuán duro pudiese golpearlo o intensa fuese su ira, habían ocasiones como esa en la que Astaroth solo lucía complacido. Un objetivo logrado, eso era.

Mi joven señor finalmente comienza a hacer uso de su derecho propio para intentar doblegarme —dijo el demonio con voz sedosa, su cabello un poco desordenado por haber sido sacudido—, pero olvida que todo esto que está pasando es para cumplir sus deseos, amo.

—Mis deseos... —Carsten lo soltó, con mucha calma en su rostro, ignorando que todavía estaba apretando fuerte las dos manos—. Mis inútiles deseos, dices...

—¿Olvida mi señor que mañana se cumplirán veinte años exactos?

El día de su muerte.

En su intento de traer a Elaine, el infierno fue puesto en la tierra. Poco después, el lobo y el muñeco entraron en escena.

Tenía ocho años cuando Vita se presentó ante él, ante un pequeño niño que protegía entre sus brazos un cuerpo humano artificial que había logrado atrapar un alma...

—Tú... ¿cómo has podido hurtar esta alma de mis dominios?

Carsten, cuyo pequeño núcleo todavía seguía exhausto por el esfuerzo, aferraba el cuerpo artificial de Elaine entre sus brazos.

Había reunido los ingredientes en sus habitaciones privadas del ala noreste de la mansión, dibujado una runa nigromántica en un círculo de alquimia antiguo luego de volver cenizas cada uno de los muebles. Por una semana se encerró en aquel lugar, apenas dejando entrar la comida, levantando una barrera de maná para evitar la invasión de intrusos, incluso de sus propios padres. Ese último día fue su última oportunidad de recuperar a Elaine antes de que desapareciera para siempre. Las almas permanecen por siete días antes de internarse en el plano astral y pasar a la siguiente vida, a la próxima reencarnación.

Carsten no quería un reemplazo.

Quería a Elaine de regreso. Era suya, malditamente suya.

—¡Lárgate! —Aunque las odiaba, gruesas lágrimas empezaron a deslizarse por las mejillas redondas de Carsten, haciéndolo ver como una cría de animal herida que sostenía el cadáver de lo último que le quedaba—. No pienso dejar que Ellie muera, ¡no dejaré que te la lleves!

Esa alma abandonó su cuerpo terrenal hace seis días —respondió Vita, su voz calmada en un sutil eco en aquellas cuatro paredes—. Ha sido lastimada, recibía su descanso kármico antes de proceder a su nueva vida, sin embargo tuviste la osadía de corromperla, de secuestrarla y encarcelarla en este... muñeco... Solo contaminas su esencia. Contaminas la tuya por igual.

—¡No me importa! Es mía... ¡Es mía!

Junto a aquel grito, Carsten cerró los ojos, desatando una onda de energía demoníaca que asombró a Vita de tal forma que apenas le dio tiempo de reacción suficiente para protegerse. Por más que el Dios intentaba analizar a Carsten, entender cómo una pequeña alma podía generar tal oscuro maná, las constantes olas de poder que atacaban una tras otra imposibilitaba que Vita pudiera estudiarlo mejor.

Si no hacía algo, esta alma errante se volvería un peligro.

—¡Ya es suficiente! —Con un gesto de su mano, hilos carmínes atraparon el alma de Carsten, congelando su poder, permitiéndole apenas dominar el núcleo de magia de su cuerpo. Por primera vez, Vita sintió que esta alma no era común. Él, cuyas almas había creado, no podía recordar el alma de este niño entre los millones que dio nacimiento—. Aquel cuyo Dios ha atacado, se verá condenado a un castigo sagrado.

El cuerpo que Carsten sostenía alcanzó a levantar la cabeza, esos ojos falsos de color azul que Carsten trató de imitar a los hermosos de Elaine lo observaron con partes de confusión, partes de reconocimiento y partes de miedo. Si bien las lágrimas continuaban escapando de su control, Carsten se negó a sollozar, a llorar como cualquier otro niño haría mientras veía a esa vida siendo arrebatada por una segunda vez.

El alma de su Elaine se derramó de ese cuerpo falso como el agua entre sus dedos, fluyendo en un riachuelo hasta los pies de Vita.

—Elaine... ¡Elaine! ¡ELAINE! Carsten trató de gatear hasta esa débil luz blanca que desaparecía de su agarre.

Amiga. Compañera. Cómplice. Prometida. Tesoro.

Amante.

Esposa.

Cada una, lo que fue y lo que pudo ser, todo se hizo añicos ese día. El espíritu del lobo había sido anclado a su alma, limitando parte de su núcleo. Textos antiguos indicaban que el lobo era el animal representativo de Vita ya que simbolizaba la vida, la moral y la fe, volviendo este ser espiritual el Maestro de Maestros entre los animales. Con solo ocho años, Carsten fue sometido al castigo de volverse a voluntad un espíritu lobo...

—... AAAH.

Esa noche, observando el aspecto del espíritu lobo en un espejo, el núcleo de Carsten explotó sobrepasando incluso las cadenas sagradas de Vita, incendiando todo el ala noreste de la mansión. Y entre las llamas, Carsten vio aquella figura que se le acercó.

Poco después, su yo adulto, el espíritu lobo y un muñeco fue lo que quedó entre las cenizas. Y el juego comenzó.

—¡Carsten! —gritó Annelie, aterrada—. ¡Blaine, por favor, ya ven!

El hombre parpadeó, volviendo al presente donde todavía seguía frente a Astaroth y no frente a aquel hombre.

Un día como mañana, hace veinte años, usted, mi señor, le pidió recuperar el alma de su prometida. —La expresión de Astaroth cambió a una más estoica—. Él le dio un tiempo estimado de veinte años para recuperarla y, a cambio, tenía que ir pagando su precio.

El precio fue lo de menos para Carsten.

Solicitar niñeras, jugar con ellas y disfrutar viéndolas perder el control hasta cometer el más estúpido de los errores, permitiéndole de esa forma destruirlas. Usó el espíritu del lobo para ejecutarlas, se encargó de atrapar sus almas, haciéndolas desaparecer de las vidas de otros. Le entregaba esas almas a cambio de recuperar a Elaine. Pero los días se volvían semanas, meses, con los años olvidaba las cosas, perdiéndose a sí mismo, se transformaba en parte del juego como si fuera una realidad, enloqueciendo. Ya no las mataba por cumplir un objetivo, matarlas se volvió una adicción. Su corazón, su alma se oscurecía.

Cuando recuperaba la cordura, se veía al espejo y se preguntaba: ¿Elaine lo querría otra vez si viera en lo que se convirtió? ¿Viendo que amaba ver el terror en los ojos de otros, que no dudaba en dañar a quien sea, no tenía remordimiento incluso cuando torturaba a Annelie? No le importaba jugar con la sangre de otros, no le importaba remover con sus manos los intestinos, disfrutaba escuchar los gritos de espanto, las súplicas por vivir, las peticiones por piedad, manejar como un titiritero al niño o al espíritu lobo para enloquecer la psique, para desmembrar.

Era un monstruo. Un sádico obsesivo que aún quería poner sus manos sobre la única persona que le daba algo de cordura.

Viendo todo lo que era, en una ocasión, ni siquiera titubeó antes de usar su propia cabeza para quebrar aquel espejo, lleno de furia, de ira contenida, de frustración y una muy oculta ansiedad.

Dudaba si... ¿Elaine lo aceptaría otra vez?

Muy bien. Entonces. ¿Seremos amigos?

Carsten Blaine bajó la mirada a su palma, todavía recordando la pequeña, cálida y suave mano de Elaine contra la suya cuando ambos estrecharon sus manos aquel día de otoño.

—¿Qué es lo que tienes planeado para Annelie? —cuestionó Carsten a Astaroth, sus ojos desviados hacia el demonio cuando finalizó su pregunta. Pero Astaroth solo tuvo que sonreír para iniciar su respuesta...

—¿En verdad quieres recuperar esta cosa?

—Sí. Regrésame a Carsten.

—Entonces recógelo tú misma.

Carsten demoró un par de segundos para comprender lo que Astaroth intentaba decir.

—¡NO! —Quiso ir abajo, evitarlo.

No pudo, no podía ni podrá.

Annelie pudo verlo y él solo podía escuchar. El crujido de la porcelana quebrarse contra una superficie, las grietas aparecer en cada parte de sí mismo iniciando por el área más vulnerable, el núcleo central de acertijo que inició hace veinte años.

Cuando Carsten, envuelto en su yo adulto pero aun conservando una esencia infantil, vio por primera vez al muñeco, estaba un poco receloso. Él mismo estaba atrapado en un cuerpo adulto, pero su aspecto real para esa fecha se vio moldeada en un ser artificial hecho en porcelana y relleno. Era desagradable. No obstante, una parte de su consciencia le recordó que una hora atrás él mismo había creado un cuerpo artificial para almacenar el alma de Elaine en su interior.

¿Cuán posible no habría sido que la reacción de Elaine haya sido un reflejo de su propia reacción al ver el muñeco? Porque ese cuerpo moldeado que hizo para ella mantenía su aspecto infantil, iba a mantener ese aspecto infantil por siempre, ya que no era real biológicamente y por lo tanto nunca se desarrollaría como un cuerpo común, jamás crecería. Cayó en cuenta que su Elaine, si hubiese tenido éxito, permanecería como una niña por siempre...

Y Elaine podría odiarlo viéndolo crecer en tanto ella jamás podría estar a la par que él.

—¿Qué es esto?

Esa persona, que todavía sostenía el muñeco en brazos, levantó una mano para acariciar el cabello falso. Incluso el muñeco usaba el mismo peinado y color de hebras que Carsten solía usar.

—Esto será parte de nuestro trato. Hay un trozo de tu alma en él, una extensión más. Un títere más. —Unos ojos como la obsidiana se clavaron en el rostro de Carsten, un brillo de conocimiento que Carsten no podía interpretar por completo—. Esta será tu pieza más valiosa. No puede ocurrirle nada, porque de él podría depender traer a tu prometida...

—¿Cómo puedes atreverte a anclar nuestro trato a esta cosa? ¡¿Es una maldita broma?!

Esa persona se carcajeó, y en contra de su deseo, le traspasó el muñeco a sus brazos. En sus brazos, el muñeco era liviano, transmitía calidez, parte de su percepción gritaba que en verdad lucía como un niño real.

Protege al muñeco —sentenció la otra persona— si en verdad quieres ver a tu prometida otra vez. Tendrá un propósito, y una vez que lo cumpla, ya no tendrás que preocuparte de él...

—¿Un propósito? Carsten no quería sostener esa cosa, era confuso como causaba una doble reacción entre el rechazo y el mantenerlo a salvo—. ¿Cómo sabré cuándo haya cumplido el propósito?

—No lo sabrás, solo va a ocurrir...

Con la mano en la perilla de la trampilla, aun sabiendo que no iba a poder bajar con magia o sin ella, Carsten recordó ese día para poco después enfrentar a Astaroth de nuevo.

—... Tú... ¿has hecho esto? —Poco a poco, el rostro de Carsten fue perdiendo el color, sus ojos abiertos, su cuerpo temblando, su corazón latiendo duro, rápido, contra su pecho y la dificultad para respirar lo dejó jadeando—. No se puede confiar en un demonio.

Astaroth resopló, mientras sonreía.

Mi joven señor, recuerde que aunque usted maneje las cuerdas, hay un director por detrás del escenario. —Aquella mano fantasmal barrió el suelo, cuya madera se difuminó para volverse un espejo, permitiendo que ambos pudieran ver cada acción que ocurría en la planta baja.

Annelie aferrando una pieza del muñeco...

Corriendo a la cocina, llamándolo.

Atacada. Atacando.

Dejando un cadáver tras de sí mientras huía fuera de la casa.

Para la perspectiva de Carsten, en verdad se sentía como estar arriba de un escenario, sosteniendo los hilos, moviendo los muñecos a su antojo.

Solo que nada de aquello le daba placer.

El corazón humano está lleno de sueños y ambiciones, de virtudes y defectos —habló Astaroth—. No son seres blancos, tampoco son seres negros, son un perfecto equilibrio en la cual tan solo un simple susurro, un simple pensamiento puesto en sus mentes podría impulsarlos a ir en busca de lo que más anhelan. Nosotros no dudamos, no pensamos en consecuencias, nos divierte mientras más catastróficas sean. Pero ellos tienen esta moral que los frena... ¿No es satisfactorio cuánto más pecador es un anhelo? Los mortales no lo ven de esa forma. Por eso es que les empujamos...

Carsten no quiso seguir observando, mucho menos ahora que Annelie estaba fuera de su vista. Algo iba terriblemente mal, en especial desde que ya no tenía idea de qué ocurrió con aquel trozo de su alma dentro del muñeco. Su control en el espíritu lobo estaba bloqueado, como si estuviera puesto en una jaula de plata de la que no podía escapar.

—¿Qué... has... hecho? ¡QUÉ HAN HECHO!

Mi señor, esta noche le traeremos a su prometida, tal y como lo solicitó hace veinte años.

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Sus ojos se abrieron.

Se incorporó, recorriendo con la mirada el entorno en el que yacía. Estaba al fondo de una zanja vacía, su vestido sucio de tierra, sus manos, brazos, rostro, cabello, todo bañado en sangre seca, barro. Con pies temblorosos, logró ponerse en pie, comenzó a escalar ayudada por las raíces incrustadas en la pared de tierra. Sus uñas rotas punzaban por la tierra que se incrustaba en la carne. Una mano apareció desde arriba, ella solo la tomó, recibió un impulso hasta salir fuera de aquel hueco.

La persona que la ayudó a salir era alto, una cabeza por encima de ella. Tenía una capa negra sobre su cuerpo, cubriendo su cabeza, por lo que el rostro estaba en total oscuridad.

—¿Qué es lo último que recuerdas? —Un tono sedoso acompañó las palabras, era la voz de un hombre joven, maduro, no tan grave, que podría aparentar unos veintitantos, casi treinta de edad. No transparentaba mucha emoción, una tranquilidad helada teñida de una leve curiosidad.

—... Ella me mató... —susurró ella con voz rota, un tono quebrado producto de las cuerdas vocales lastimadas con anterioridad—. La medicina... me asfixié mientras dormía. Creí que me amaba... ¿Por qué?

—Pregúntale —respondió mientras levantaba una mano envuelta en cuero negro para acariciar su mejilla—. ¿Recuerdas quién fuiste?

—... Elaine Heathwood.

—¿Y recuerdas quién eres?

—... Annelie...

El hombre asintió.

—Eres Elaine y eres Annelie. ¿Sabes por qué? —Ella negó—. Calixto imprimó su alma en ti, solicitó que se te fuera devuelta, sin importar si era necesario robar tu alma de los dominios de mi hermano...

—¿Calixto?

—Cierto. Tú seguro lo conoces con su nombre mortal, con la identidad de Carsten.

Entonces los ojos de la joven se fijaron mejor en el hombre frente a ella, en el lugar donde estaba. Había una luz iluminando esa área del bosque, pero no podía ver la luna sobre ella. Tampoco había luz fuera de esa zona, como si el resto del bosque estuviera inundado en las tinieblas.

—Este lugar...

—Esto es Infratierra —respondió él, e hizo un gesto a su brazo izquierdo.

Cuando ella levantó el brazo, descubrió que un par de marcas negras fueron impresas en su piel. No como un tatuaje, sino como si sus venas fuera teñidas de tinta, dibujando líneas en forma de un rosal negro. En el centro de la rosa, que se ubicaba en el dorso de su muñeca, vio que se dibujó un símbolo de dos líneas formando la punta de una flecha descendente, dentro de un círculo más pequeño por lo que las puntas sobresalían.

Ella recordaba ese símbolo, lo vio en uno de los libros de Carsten sobre magia antigua. Tres símbolos representaban a los dioses sagrados, a Vita, Naturae y Mors.

Y ella portaba el símbolo de este último, el Dios de la Muerte.

—¿Qué significa esto?

—Para proteger a Calixto, oculté cualquier indicio de su origen —explicó esa persona frente a ella—, sin embargo, por fin completé la última parte que me permitió apropiarme por completo de tu alma. Debido a que es mi regalo para él, transferí su marca de nacimiento a tu esencia. —Hubo un toque de frialdad en su tono para entonces—. Eres la única alma que es de nuestra propiedad ahora...

—Quiere decir... ¿eres el Dios Mors?

La capucha fue levantada, revelando a un hombre de piel muy pálida. Unos largos mechones que cayeron como cascada tras su espalda igual a un manto negro, mimetizándose con la capa oscura. Ese rostro era similar a Carsten, de labios finos, una nariz recta, no obstante los ojos eran por completo negros como una obsidiana, un par de perlas negras que la veían con fijadez.

—Cuando mi hermano apareció para recuperarte de las manos de Calixto, de manera inconsciente debiste haberte aferrado a él. —Mors entrecerró los ojos, comenzando a rondar alrededor de ella como si estuviera analizando su alma—. Ya estabas dañada para entonces, Vita no debió notar que algo seguía quebrándose contigo. Y, luego que Calixto perdiese el control, en el momento en que me presenté ante él, tomé ese trozo de ti junto a su esencia infantil, y los introduje a ambos en el muñeco...

—¿Por qué?

—Ese trozo de ti guardaba los recuerdos de tu vida, Elaine. Pero la otra parte los perdió por completo al poder pasar a la reencarnación... ¿Sabes cuán difícil fue hallarte y traerte aquí? —Mors se paró justo detrás de ella, se inclinó para susurrar en su oído izquierdo—. ¿Sabías que un alma rota tiende más a sufrir penurias en sus próximas encarnaciones? —Una mano masculina se posó en su cintura, aferrando su cuerpo, mientras la izquierda tomaba el rostro por su mentón—. Cuánto más interactuabas con el muñeco, ambas partes del alma entraban en consonancia. Le dejé claro a Calixto que el muñeco debía ser protegido únicamente porque almacenaba esa parte de ti...

Ella cerró los ojos, inmóvil. La voz de Mors, su toque y presencia era casi similar a la de Carsten. No tenía idea exacta en dónde estaba, por lo que solo bajar sus párpados era suficiente para que su mente pudiera imaginar que él estaba ahí con ella, dándole compañía.

—El muñeco se rompió...

—Así es. Pero absorbiste tu pieza faltante. —Los labios de Mors jugaron con el lóbulo de su oreja, los dientes mordieron juguetones esa zona.

—¿Lo hice? —Con sus ojos cerrados, frunció el ceño, confundida.

—¿Sabes por qué te aferraste a Calixto? —Enseguida, el agarre en su mandíbula se apretó, Mors giró su rostro lo suficiente para que pudiera lamer su mejilla izquierda—. Porque estabas sedienta de venganza por las personas que te mataron, por la persona que te separó de él. Annelie no sería capaz de clavar ese pedazo de porcelana en aquel mortal... pero Elaine sí.

Mors la empujó, alejándola, las tinieblas rodearon aquel cuerpo por completo, destruyendo el vestido, eliminando el barro, curando las heridas. El cuerpo desnudo quedó a la vista, la piel tersa, limpia; una sonrisa se formó en los labios de Mors cuando se evidenció un cambio relevante. En aquel cabello pelirrojo de Annelie, un tono naranja como la puesta del sol, se tornó una cortina de mechones pálidos similares al cabello rubio de Elaine desde los mechones frontales, bajando tras la oreja hasta su nuca.

Despierta, Elaine... —Mors abrió sus brazos, regocijado en tanto la veía, veía a aquellos cabellos tornarse rubios por completo debido al maná que acompañaba las tinieblas, todo el cuerpo temblaba a causa de sollozos que salían de ella—. Lo recuerdas, ¿no es así? Cuánto la amabas, la familia que estaban siendo, después de tanto dolor. En un par de años más, ibas a casarte con quien amabas... —Mors caminó alrededor de Elaine, reviviendo cada uno de los recuerdos de su vida anterior conforme hablaba—. Las promesas que Calixto y tú se hicieron, viéndose destruidas. ¿Viste cómo es ahora? Porque te separaron de él, ya viste en lo que se ha convertido...

—Encerrado... Un lobo... Carsten no era así... —Elaine se llevó ambas manos al rostro, húmedo por las lágrimas que se deslizaban desde sus cuencas a las mejillas.

—Cuántas vidas tuvo que matar para traerte de regreso... —Mors caminó, lento, cuidadoso, y cuando llegó a ella, sostuvo su rostro en un gesto casi paternal, sus cejas se curvaron en una expresión tan llena de lástima y pena, emociones que no sentía en el interior—. Mi niña. —La mano derecha de Mors descendió por su clavícula hasta posarse en el centro de los pálidos senos, hundiendo la mano—. Este cuerpo yace sin poder... pero necesitas destruirlos. —Inclinó la cabeza, murmurando en el oído de la chica—. Destrúyelos, Elaine. A cada persona que causó Calixto y tú se separasen por veinte años. Acábalos. —Mors giró el rostro, enfrentando la mirada acuosa de Elaine—. Mátalos.

—¿Ma...tarlos? ¿Yo puedo...?

—Toda tu alma nos pertenece, a mi hijo y a mí. —Mors sonrió, liberando una encantadora, una tétrica y oscura risa conforme se alejaba de ella, siendo envuelto en las sombras, en las neblinas, las tinieblas—. El poder de la muerte y la magia nigromántica se te fue cedido, Elaine. Libera a los muertos y hazles pagar a los vivos.

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Mis ojos se abrieron.

Estaba sola, no estaban las serpientes, pero todavía conservaba sus mordidas, todavía tenía la herida de aquella espada. Moví mi mano, la posé en mi pecho, y esperé.

No había nada.

Mi corazón no latía.

Mi cuerpo estaba sin vida, sin embargo todo mi ser funcionaba. Movía mis manos, podía ver, podía pensar, podía hablar, podía sentir. Todo continuaba normal excepto por la falta de mis latidos y mi respiración.

La risa, el llanto, ambas emociones de tristeza y alegría explotaron de mí. No sé, no sé la razón, solo lloraba, solo reía, incluso mientras me levantaba para ponerme en pie. Escalé la zanja ayudada por las raíces, y me di cuenta que mi cabello aún era rubio.

Ah... Mi anterior apariencia es distinta. Annelie no iba a despertar hasta que el sol saliera. No quedan muchas horas, por lo que debo apresurarme.

—Annelie es débil... No tiene sentido. Ella es yo, yo soy ella, pero me repugna tanto. —Caminé en dirección a la casa de Carsten—. Es tan repulsiva que sea tan débil.

Morimos por su culpa.

Y también debido a él.

Estoy molesta con ambos.

¡Estoy-muy-enfadada!

—¡Carsten Blaine! —clamé mientras me acercaba a la casa, manteniendo mi pasos uno a uno—. ¡Eres un idiota!

Éramos amigos. ¿Por qué no viniste a ayudarnos? Esa otra parte de mí fue tan inútil, nos llevó a la muerte, ¡¿pero tú, por qué no hiciste nada?!

Me daba tanta gracia que no podía dejar de reír. Porque Carsten cambió mucho, había matado niñeras porque quería recuperarme, sin embargo yo, la 'persona que quería recuperar' terminé siendo su niñera, ¡y morí igual! ¡Qué gracioso, qué gracioso!

—Carsten Blaine, ¿por qué terminaste siendo tan tonto?

La casona se alzó ante mí.

Pasaron muchos años desde que estuve en ella, siendo 'Elaine' y no 'Annelie'. En los tiempos de mi infancia anterior, la mansión Blaine era una de las propiedades más ilustres de Ravenhill. No solo porque era la casa principal del ducado Blaine, sino por la arquitectura. Era una construcción de piedra ancha en tono gris, ahora la piedra se volvió oscura, llena de hierba alta y moho. La mayoría de las propiedades solían tener muchos ventanales que permitieran el paso de la luz solar, no obstante esta mansión de los Blaine era muy cerrada, imposibilitando ver al interior de la casa. Era muy estrechamente rodeada de arbustos que no permitían el acceso al patio trasero.

También solía hacer mucho más frío en este sitio. Hacía mucho más maldito frío por la noche.

—Marie caminaba por el pasto-to-to, buscando la más bella flor. Pero una cruel abeja la picó, y Marie se enfermó...

Mientras continuaba tarareando la melodía que escuchaba mucho en mi infancia, avancé hacia la casucha del jardinero. Busqué entre las herramientas, encontrando también algunas de carpintería. Tomé un martillo, sopesándolo en mi mano, lo azoté un par de veces, antes de desecharlo. En su lugar opté por un pequeño pico, era un poco más liviano si bien todavía era filoso, un lado en punta y el otro era plano.

—Su mamá llamó al doctor-tor-tor, y con un remedio la curó. Mamá a Marie regañó, y esa noche Marie se durmió.

Cuando entré a la casa, escuchaba un par de voces viniendo del vestíbulo. Reconocí la voz de Evenson, la voz del juez..., y tres voces más. Oh, una de ellas es la voz de Russel. ¿Cuándo llegó? Tsk, nunca me agradó ese idiota. Era una molestia pegajosa que nunca terminaba de dejarnos solos a Carsten y a mí. ¿Por qué estaba tan obsesionado en seguirnos? Era gracioso que el simplón hijo de un sirviente creyera que podría juntarse con Carsten y conmigo.

No entendía. Russel nunca entendió.

Fue tan satisfactorio aventarlo ese día por las escalerillas. Ella también pensó lo mismo, porque Russel solo decía mierda de Carsten. Aunque lo pensé, Annelie lo hizo, si bien luego empezó a lloriquear como una estúpida.

Suspiré, balanceando el pico mientras caminaba un poco más.

Ella es yo, yo soy ella. Dos partes de una misma alma.

—Hacen una reunión ¿sin el anfitrión? —reprendo, atrayendo la atención de tres hombres. ¡Ah, sí, esos extras eran los guardias! Tonta, tonta, tonta—. ¡Carsten! —Levanto la cabeza, mi rostro hacia el techo—. Carsten, ¡Carsten, mira, tus invitados esperan aquí!

—¡T-tú-tú! —Evenson me señala, pálido como la muerte, al igual que todos los otros hombres—. ¡Se supone que tú debes estar...!

—¿Muerta? Muerta, sí estoy muerta, ¿no me ves muerta? —Doy un giro por completo para que me vean.

Mi vestido sucio, lleno de tierra. Mi cabello pálido, un poco marrón. La sangre seca, tengo aún el corte de la espada del juez en mi vestido y hombro. Todo mi ser apesta a cadáver, a barro y sangre, a porquería y frialdad. Creía que ya debería ser obvio, ¿no?

—An-Annelie... —Russel susurró, sus ojos muy abiertos me recorrían, podía ver su frente sudar frío. Estaba segura que pronto empezaría a cagarse en sus pantalones.

—No. ¡NO! —Uso el martillo para tirar un jarrón cercano a mí, las piezas de cerámica rotas cayeron al piso para hacerse añicos, el agua y las flores derramándose a mis pies—. ¡No soy Annelie! ¡No es mi nombre! ¡Mira mi cabello, estúpido hijo de sirviente! —Levanté un enredado, pegajoso mechón rubio manchado de barro—. Debajo de toda esta mierda es rubio. —Fui hacia otro jarrón, quité las ridículas flores y eché el agua sobre mi cabeza, mojando mi cabello para deshacer la tierra—. ¿Lo ves? Ya no hay tierra, no hay barro, ¿ves el color?

—Está... ¡loca! ¡Lunática! ¡Una bruja! ¡Una bruja demoníaca! —Evenson, cobarde inútil, trató de posicionar a todos los demás hombres frente a él, como un escudo humano.

Imbécil.

—Uno de ustedes manden a llamar a los magos —ordenó el juez, desenvainando su espada. Todavía tenía un par de manchas de sangre, mi sangre—. Lo que sea ella es, necesita ser atrapada y destruida. Guardias, rodéenla.

Observaba su interacción con un cierto aburrimiento, pero al ver que los guardias comenzaban a venir, sonreí.

—Sí. Sí, sí, me gusta jugar. ¡Juguemos! —gruñí mientras me movía.

Mors me brindó un núcleo de magia demoníaca, solo puedo usarla cuando el sol se oculta, cuando la oscuridad y las tinieblas ronden alrededor. No es un núcleo de magia real como la de los magos, aparece en la noche, se alimenta de la noche y se desvanece con el día, como si nunca lo tuviera. Es más que suficiente para mí, porque sé que Annelie nunca podría sacarle provecho.

Es magia. Es poder. Es vida. En mi anterior cuerpo, nunca pude hacer magia de verdad. Carsten me hacía continuas demostraciones, me daba obsequios, puede que muchas veces tratase de mostrarme cómo era, me enseñara como si en verdad fuera una maga, pero los dos sabíamos que yo era defectuosa. Mi núcleo era una burla total. Por el contrario, ahora, Mors me daba esta oportunidad temporal de sentirme como siempre debí hacerlo en mi vida anterior.

Era rápida. Pude transportarme como Carsten lo hacía desde mi lugar cerca del vestíbulo, hasta el centro justo al momento en que los guardias aparecieron. Mi risa acompañó el movimiento del pico de jardinero cuando la punta se clavó a un lado de la cabeza de otro, gozando el crujido del cráneo al verse atravesado por el filo. Usé la magia para imprimir la fuerza suficiente tanto en poder clavar el duro acero como en poder arrancarlo, para seguido valerme de la parte plana y cortar la carótida en el cuello del otro.

—Diez y diez, ¡gané veinte puntos! —Levanté mi pico en victoria—. Y mis premios serán... —Me agaché junto al cadáver de uno de los guardias. Usé el lado en punta para clavarlo en uno de los ojos—. Quiero sus glóbulos como premio. Tienen ojos bonitos... Los voy a cuidar muy bien.

No supe sacar el glóbulo, la punta lo dañó. Tsk, el siguiente tengo que...

—¡Muere!

Levanté la mirada para ver al juez venir con la espada levantada. Uy, ¿cómo se le ocurre interrumpirme mientras trato de pensar cómo sacar mi premio sin dañarlo?

Tinieblas... —conjuré, sacudiendo mi mano desde el suelo hacia el techo.

Un grueso filo de oscuridad condensado como una lanza curva salió del suelo bajo el cuerpo del juez. Lo atravesó desde su ano, subiendo por los intestinos, los órganos del pecho, pasó por la garganta hasta sobresalir desde el centro del cráneo. El cuerpo del juez se volvió un pincho humano estático, tembloroso mientras la sangre fluía.

Mis dedos juntos se abrieron mostrando la palma... y las tinieblas se separaron, destrozando, desmembrando cada parte del cuerpo del juez, expulsando sangre, viscosidad y restos por doquier. Acabé empapada, salpicada por las gotas rojas. El olor metálico de la sangre invadió mis fosas nasales, era intenso, si aún respirase era probable que ya no pudiera coger aire con normalidad, o vomitase. La espada que sostenía el juez cayó con un estrépito metálico. Usé una parte de mi falda pasa limpiarme los labios y ojos, de esa forma podía ver mejor. Me paré justo en el centro del charco de sangre, de restos, mis zapatillas aplastaron un grupo de intestinos sin que mostrase un cambio en mi rostro.

—Eso fue por quitarme la vida...

—Anne... ¿E-Elaine? —Russel.

Respiré hondo. Otra vez me interrumpían. Me giré para enfrentar a este hombre.

Debo admitir que ha cambiado mucho en estos veinte años que transcurrieron. Solía ser un niño un poco gordo, ahora por el contrario esa grasa de su cuerpo disminuyó para convertirse en masa muscular. No es que tuviera un buen cuerpo, seguía siendo un poco alfeñique. El ligero acné desapareció, reemplazada por vello facial. Russel era... normal.

Un tipo común, aburrido.

—Bien. Todavía conservas algo de inteligencia. ¿Me recuerda, Russie? —Sonreí, juntando mis manos que sostenían el pico tras de mí—. La última vez que te vi fue en aquel verano cuando tenía siete años, ¿lo recuerdas? Carsten y yo hicimos que te cayeras en el riachuelo, tus pantalones se mojaron. Lucían como si te hubieras orinado encima. —Me reí al rememorar ese día.

—Oh, Dios...

—'Oh, Dios' —imité con voz nasal, infantil, un poco burlona—. 'Oh, Dios'. Oh, sí. Soy yo, Russie. Todo el tiempo... —Fruncí los labios—. Lástima que no te partiste un brazo o una pierna al caer. Después de tanta basura saliendo de esa cloaca que llevas por boca, merecías al menos un par de huesos rotos.

Le vi coger aire.

—¿Fingías ser otra persona?

—No. Es un largo cuento la cual tu cabeza con poca materia gris podría comprender. —Me reí de mi mismo chiste. Carsten decía algo similar en el pasado, estoy segura que Russel lo recuerda, ya que se veía más enojado ahora. En ese momento, también me dio risa—. Pensé que después de tantos años podrías haberte vuelto alguien importante, Russie. Mírate, ¡qué patético! Hijo de un mayordomo a repartidor de víveres.

—Basta.

—¿No decías que, me decías que, ibas a trabajar duro para poder comprar un título? Lograrías obtener el título de conde. ¡Miembro de la alta sociedad! —Mis risas acompañaron mis pasos, acercándome a él.

No traté de ocultar mi desdén conforme veía su ropa. Pantalones de algodón barato en color marino, una camisa blanca de lino común acompañada de un chaleco a juego con el pantalón. Sus zapatos desgastados.

—Pretendías obtener el título de conde con la esperanza de solicitar mi mano a mi padre. ¿La hija de un marqués casada con un conde? Me ibas a rebajar a un nivel por debajo de mi estatus de nacimiento... —Al estar cerca, estiré mi mano, lanzando una bofetada a su rostro—. Desagradable.

—... ¿Y qué...? —Russel jadeó, sin regresar el rostro, mis dedos poco a poco marcados en la piel de su mejilla manchada con unas pocas gotas de sangre—. ¿Qué importa? Estás muerta. —Resopló, las comisuras de sus labios se alzaron—. Me alegré tanto cuando lo estuviste —susurró muy cerca de mi rostro.

...

—Ya no —respondí en el mismo bajo tono que usó—. Podría tanto hacerte tragarte los sesos que están dentro de tu cráneo, pero acabarías muriendo de hambre... porque ni siquiera tienes los suficientes. Y no lo haré por respeto a nuestra muy amada, inocente amistad, Russie.

—Sea lo que sea eres... —Russel susurró—, no durarás mucho.

—La muerte es eterna, Russie, y yo estoy muerta. —Usé el pico para empujarlo lejos de mí—. Ve a limpiar la cocina... Ah. Primo Evenson... —El hombre, que había estado en silencio esperando pasar desapercibido y huir, se quedó congelado.

Estaba acurrucado en una esquina junto a la puerta principal. Su camisa estaba húmeda de sudor. El cabello alborotado junto a su mirada aterrada, a los ojos tan abiertos que parecía saldrían de sus cuencas.

Patético.

—¡Aléjate! ¡Aléjate, aléjate! —Lleno de lágrimas, mocos y viscosidad, este puerco chillaba mientras se arrastraba contra la pared, creyendo que de esa forma podría huir de mí—. ¡No me mates, no me mates! ¡Yo no hice nada!

—Trajiste invitados no deseados, primo Evenson —dije usando una dulce voz, la voz que usaría para calmar a un niño pequeño que estaba cagado de miedo—. Y mataste al duque y la duquesa...

—Y-yo... ¡yo no maté a nadie! —clamó en medio de aquel rostro rojizo.

—Mentiroso.

—¡No...! —Evenson entonces sonrió, sus manos temblando levantadas en una posición de estar a nada de sujetarme—. No miento. Es-escúchame. Yo no ordené tu muerte, ¡fue el juez! E-eres Lonnie, ¿no? La sirvienta. Escucha, puedo contratarte, ¿sí? Puedes quedarte a vivir aquí, no la necesito—

Su palabrería me dio tanta gracia que solté una carcajada. Insistiendo que él no asesinó a los duques, ¡ofreciéndome empleo y dejándome la propiedad! En verdad creía que él iba a ser el dueño, que yo era tan tonta para dejarlo estar. Claramente pensaba que estaba tratando con la ingenua de mi otra yo, porque era obvio que quizá para evadir los conflictos, Annelie lo aceptaría de buena gana. Sin embargo, este hombre pretendía alejarme de este lugar. Este hombre pretendía arrebatarle a Carsten sus derechos, ¡insinuó que estaba muerto!

—Primo Evenson —llamé, una vez que me calmé—. Vas a morir, primo Evenson.

Tenía la mirada muy abierta, demostrando espanto puro y claro, congelado en su lugar con los labios separados en un intento de hablar que no fue permitido. Pero, de pronto hizo un gesto extraño, se veía plácido. ¿Le gustaba la idea de morir?

Hubo un rechinido metálico.

Espera...

—¡¿Russell?! —Traté de girarme, solo que fui muy lenta en reaccionar.

Este imbécil había tomado la espada del juez, ¡el filo iba en mi dirección!

Russell, mientras estaba distraída con Evenson, se aproximó con posibles silenciosos pasos hasta coger la espada que fue desechada no muy lejos de nosotros, la blandió hacia mí. No iba a poder evadirla, no sin salir herida. En otra circunstancia me estaría angustiando, aterrando la idea de morir, ¡pero estoy muerta! ¡Este grandísimo imbécil no tiene tanto cerebro para comprender que no puedes matar con una espada a un cadáver!

¡Adelante! ¡Ven, mátame otra vez!

Empezaba a reírme en el instante en que una mano atravesó el pecho de Russell.

Absolutamente todos nos quedamos quietos. Luego, la cabeza de Russell descendió centímetro a centímetro, separó sus labios en un intento de hablar, sin apartar la vista de esos dedos que sobresalían. Desde ese punto central en su pecho, todo el tórax comenzó a derretirse. La piel se chamusqueó, la carne se incendió, derritiéndose luego similar a un pedazo que era derretido en ácido. Los huesos se volvieron líquido, formando un charco de sangre, de fluidos y grasa quemada. La voz de Russell apenas pudo emitir un agónico, un agudo grito que se cortó, temblando en fuertes sacudidas al tiempo que todo su ser se volvía en nada. La mano que provocó todo aquello no sufrió ningún daño, solo se sacudió un poco para salpicar los restos de porquería, revelando detrás de lo que fue Russell la imagen de Carsten.

Él estaba aquí.

—Tú... Él... —Evenson chilló. Gritó, gritó y gritó, me empujó para quitarme de en medio.

—Cállate. —Antes de que pudiera irse más lejos, blandí el pico que se clavó en su cabeza, en esta ocasión no me importó recuperarlo devuelta, dejando que la herramienta se fuera abajo con el cadáver.

Todo el vestíbulo estaba plagado de cuerpos, de restos humanos, de mierda y sangre; la duquesa siempre ordenaba que todo luciera impecable pues amaba la limpieza. Decía que una casa se trataba como una vajilla, siempre había que limpiarla, que pulirla, pues era una carta de presentación más ante cualquiera que te visitara. Ahora, este vestíbulo, el primer lugar que pisan al entrar en la mansión, se veía como el patio de una carnicería. Lo gracioso era que, mientras yo estaba hecha un asco, húmeda por el agua del jarrón, por la sangre, con barro, Carsten se veía pulcro. Ni una sola gota de sangre, ni un solo pelo fuera de lugar, ni una arruga.

Y en ningún momento dejó de verme.

Me tambalee un poco, por un instante perdí el equilibro cuando intenté dar un paso. Recuperé la postura, avanzando hacia él.

—¿Me reconoces? —Carsten no responde, solo me está observando, su rostro en una expresión cerrada que no me dice nada. No puedo adivinar lo que piensa o siente—. Soy yo, Carsten. Soy Elaine... Tu mejor amiga.

Estoy aquí, y no me iré a ningún lado de nuevo.