HASTA EL FIN DEL MUNDO
II: ARREGLOS
FLASHBACK
Coliseo, Santuario de Athena
Año 6 del nacimiento de Athena
Aioria sonrió ampliamente una vez que el combate terminó, y aunque estaba sumamente orgulloso de su querida amiga por haber vencido a su oponente, una parte de él aún estaba preocupada por la explosión de cosmo de Marin. Aunque a decir verdad, la otra chica fue la que terminó mucho más golpeada. Tan pronto como llego a la arena, la mayoría de los espectadores se habían retirado.
El santo de Leo bajó de las gradas hacia la arena a toda prisa y se acercó a Marin, quien recién estrenaba la armadura de Aguila, y acababa de vencer a Anika, con una enorme sonrisa. Marin sonrió hacia él bajo su máscara, pero no pudo mantenerse de pie por mucho tiempo y se sentó en el suelo primero, pero finalmente se dejó caer a la arena, con la espalda contra el suelo, para recuperar el aliento. Aioria se alarmó un poco, y notó una mancha de sangre en su costado.
-Marin, estás herida- dijo Aioria en un tono preocupado.
-¿Es en serio, Aioria?- dijo Marin en un tono un poco frustrado, un poco burlón- acabo de ganar mi armadura, ¿y te preocupas por ello?-
Aioria sonrió levemente.
-Te felicito- dijo el santo de Leo- pero por favor, déjame ayudarte-
Ambos levantaron la mirada, y no pudieron evitar notar que Shura se había acercado a la contrincante de Marin para consolarla por haber perdido. Aioria sacudió la cabeza, y se volvió hacia Marin de nuevo, tomando su mano.
-Ay… ¡oye!- se quejó Marin, intentando quitar la mano.
-Espera, déjame ayudarte- dijo Aioria- solo quiero… tu muñeca esta rota. ¡Pero si ella no te golpeó!-
-No lo hizo- dijo Marin, encogiéndose de hombros- pero al evadirla, puse la mano mal en el suelo, y me lastimé-
Aioria sonrió con simpatía mientras ponía su mano unos centímetros sobre la de Marin y encendía su cosmo. Algunas pequeñas chispas pequeñas brillaron desde la mano de él y se posaron sobre la de ella. Poco a poco la chica sintió alivio.
-Vaya, gracias- dijo Marin, sorprendida de las habilidades de su amigo de la infancia- gracias por todo, Aioria-
-No fue nada- dijo el santo de Leo- llevo años mirándote hacer tu mejor esfuerzo para poder lograr lo que acabas de conseguir el día de hoy. Te lo mereces-
Aioria extendió los brazos, con el claro impulso de abrazarla. Marin tuvo el mismo impulso. Ambos se acercaron y se abrazaron con un poco de ternura, pero al mismo tiempo ambos se avergonzaron y se separaron. Al final, el santo de Leo tomó su mano y la estrechó.
-Eh… bueno, felicidades- dijo Aioria- será un honor servir a Athena junto a ti-
-Igualmente- dijo Marin, apenada.
Y tras separar sus manos, ambos se separaron y caminaron en sentidos opuestos, Aioria rumbo a Leo, y Marin hacia el recinto de las amazonas.
FIN DEL FLASHBACK
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Terrenos del Santuario de Athena
Año 18 del Nacimiento de Athena
Esa mañana, sábado, Saga y Cecilia se había levantado hasta tarde, aprovechando que ninguno de los dos tenían que trabajar temprano ese día. Tras un agradable desayuno a media mañana, ambos decidieron salir un rato a los terrenos del Santuario. El gemelo mayor estaba fuera de sí de felicidad, las cosas estaban cada vez mejores. Su familia estaba unida de nuevo, Kostas estaba de lo más contento porque Cecy ya era oficialmente su mamá, y la chica estaba cada vez mejor adaptada a la vida en el Santuario. Aún le costaba algo de trabajo estar cerca que de algunas personas, principalmente Lydia y Tora, sobre todo porque la última se la pasaba siguiéndola y preguntando cosas sin cesar tan pronto como la veía. No lo hacía con mala intención, sino por curiosidad, pero lograba exasperarla en ocasiones.
Otra cosa que había pasado era que Elsita había dejado de lloriquear y ponerse celosa por la eventual llegada de su hermanito. Saga veía a Kanon esforzándose para evitar hacerla sentir desplazada, y ellos dos ayudaban al gemelo menor a cuidar a Elsa y sí, hasta a consentirla de tanto en tanto.
También había noticias en su nueva familia. Diego y Beatriz, el hermano y cuñada de Cecilia, acababan de tener un nuevo bebé, una pequeña de un mes llamada Frida. Un día, Saga llevó a Kostas y a Elsita a conocer a la pequeña, y Kanon tenía la impresión que conocer a la bebé había ayudado a la niña a no solo resignarse a que tendría un hermanito, sino a esperarlo con las mismas ansias que sus papás.
Tras desayunar y bajar a los terrenos del Santuario para estirar las piernas y pasar un tiempo juntos, Cecy no pudo evitar notar que Aioria y Kostas se habían levantado temprano, y ya llevaban toda la mañana entrenando juntos por las pintas que tenían. El hijo de Saga se volvía cada vez más alto y fuerte, gracias al entrenamiento con el santo de Leo. Pero eso no era lo que había llamado la atención de la chica.
-¿Qué sucede?- le preguntó Saga en voz baja, al notarla mirando abstraída a Aioria, y volviendo su mirada a otra parte de los terrenos.
-Aioria- dijo Cecilia, señalando al santo de Leo- y Marin. ¿No se hablan por alguna razón?-
-No que yo sepa…- dijo Saga alzando las cejas, y miró alternadamente a los dos. Mientras que Aioria se encontraba abstraído aún entrenando a Kostas, Marin estaba a algunos metros de distancia de ellos dos, dirigiendo a algunas amazonas, incluidas Shaina y June, y sus aprendices. Los observó por algunos minutos, pero ninguno de los dos se volvió a mirar al otro en ningún momento. Ni una sonrisa, ni una mirada, nada.
Tras unos momentos observándolos, Saga entendió a que se refería Cecy.
-Oh, ya veo…- fue lo único que comentó el santo de Géminis.
-¿Pasó algo entre ellos?- dijo la chica.
-No lo sé- dijo Saga, encogiéndose de hombros, aún sin dejar de mirarlos- no que yo sepa-
Saga frunció el entrecejo, meditado sobre lo ocurrido entre esos dos los últimos meses. Marin había tenido que cumplir las funciones de Lena, además de las suyas, y tratar de mantener corriendo el recinto de las amazonas con una chica menos entre ellas. Aioria no solo había tenido que entrenar a Kostas, sino quedarse con él por tiempo completo durante la luna de miel de Saga, y además tuvo que acompañar a Argol a Moscú y otras cosas.
Ahora que lo pensaba, ambos habían estado muy ocupados por separado, pero no estaban haciendo esfuerzos por tener más tiempo juntos, como lo estaban Shaina y François, quienes a pesar de tener diferentes obligaciones en distintos lugares, cada uno encontraba al menos una manera de evadir el deber por un rato para ver al otro.
Marin y Aioria no habían hecho eso, y algo había comenzado a dañarse en su relación. O quizá estaba pensando demasiado en ello.
-¿Crees que tengamos que decirles algo?- dijo Cecilia en voz baja, aunque por su tono de voz, Saga pudo adivinar que la idea de decirles algo le costaría mucho estrés.
-No creo que sea prudente meternos en sus asuntos- dijo Saga en voz baja- a esos dos es mejor dejarlos solos, nada bueno sale de presionarlos. Aunque quizá podría comentarle algo a Aioria-
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Giudecca, Inframundo
Esa tarde
A Shion no le gustaba dejar sola a Sara en el Santuario, pero esta vez no tenía opción. Tenía que acompañar a la señorita Athena en una misión muy importante: llevar el cofre sellado que contenía a Deimos al Inframundo, y entregarlo a Hades para que éste lo guardara en un sitio seguro. Y no había otro sitio más seguro para el dios que el Tártaro.
Death Mask usó las ondas infernales, y los tres aparecieron en la colina de Yomotsu Hirasaka. Tan pronto como llegaron fueron inmediatamente rodeados por un grupo de espectros, entre ellos Kagaho.
-Buenas tardes, señorita Athena- dijo el espectro con una expresión gruñona- bienvenidos al Inframundo. Por aquí, por favor, el señor Hades los está esperando-
-Gracias- sonrió la diosa, y se dispuso a seguir a Kagaho junto con el Patriarca y el santo de Cáncer por los caminos hacia el mismo centro del Inframundo. A pesar de que ahora eran aliados, Shion y Death Mask se mantenían alertas. No pasó mucho tiempo cuando el pequeño grupo llegó a Giudecca.
Al llegar al palacio de Hades, Athena no pudo evitar admirar los ricos adornos de la sala del trono. La última vez que había ido, el rey del Inframundo aún había estado buscando a Perséfone, y todo había estado un poco triste y gris. Ahora que estaba con ella, la joven diosa se había dedicado a decorar Giudecca y algunas partes del Inframundo, y se notaba su influencia, añadiendo color al palacio. Athena sonrió y levantó la mirada.
Hades y Perséfone estaban ahí, sentados en los tronos de la sala, y discretamente tomados de la mano con sumo cariño. Athena acentuó su sonrisa: le daba gusto ver a su amiga de la infancia, Elizabeth, tan mejorada y feliz junto a Hades. A los lados de los reyes del Inframundo estaban de pie Hypnos y Thanatos, ambos con expresiones aliviadas al saber la naturaleza de la visita de Athena, y junto a ellos estaban Pasithea y Agatha, respectivamente.
El rey del Inframundo les dio la bienvenida tan pronto como los vio entrar.
-Bienvenida, Athena- dijo Hades, besando el dorso de la mano de su esposa, y poniéndose de pie- me alegro de que hayas decidido aceptar la propuesta de encerrar a Deimos en el Tártaro-
-No existe una mejor opción, dadas las circunstancias- dijo Athena- Deimos y Phobos ya escaparon una vez del Olimpo-
Pasithea tembló levemente al recordar la manera en la que la habían manipulado para liberar a los dos dioses de la prisión del Olimpo, a lo que Hypnos respondió abrazándola con una ternura que Athena o los santos jamás habían visto en alguno de los dioses. Hades y Poseidón habían hecho las pases con sus esposas, y habían tratado de compensar las malas experiencias que habían tenido, pero jamás las habían tratado con tanto cariño entre ellos.
Hades caminó hacia Athena, y tomó de sus manos el cofre con el dios del terror encerrado dentro, y encendió su cosmo. De pronto, el pequeño cofre desapareció de sus manos, y el rey del Inframundo respiró aliviado.
-Esta hecho- dijo Hades por fin.
Todos los presentes lo imitaron en respirar aliviados, ya que no había ninguna persona presente que no hubiera sufrido directamente por culpa de ese dios y de su gemelo.
-Uno menos- dijo Athena- y nos falta uno-
-Dos, señorita- la corrigió Shion con una expresión entristecida- recuerde que Ares también presenta una amenaza para nosotros-
Todos los presentes asintieron.
Athena miró a su alrededor y alzó las cejas. No solo estaban los dioses gemelos y Kagaho, sino también estaban dos de los tres jueces del Inframundo. Aiacos y Violate estaban de pie de un lado de la sala, hombro con hombro y cruzados de brazos de manera amenazante. Del otro lado de la sala estaba Radamanthys, con las manos en la cintura, su esposa Victoria unos pasos atrás, con la pequeña Lucy en sus brazos. Athena sonrió al ver a la pequeña, ¡era una niña hermosa! Y tendría más o menos la edad de los mellizos de Aioros. Y también estaba Pandora, con su tridente en mano y de pie junto a un chico que la joven diosa ya había visto antes, el hermano menor de Pasithea, Cyrus.
Al ver que en el sitio del tercer juez estaba Lune de Balrog, Athena no pudo evitar notar que había un par de personas ausentes.
-¿Está todo bien?- dijo la joven diosa. No olvidaba que había escuchado de Sofi que Aria había estado en el hospital de Atenas hacía unos meses- ¿dónde están Minos y Aria?-
Los jueces se miraron entre sí, Cyrus bajó la cabeza, y Lune se aclaró la garganta.
-Está todo bien, Athena. Los envié a Narvik por este fin de semana, a visitar a la madre de Minos- dijo Hades, borrando su sonrisa aliviada. Estaba preocupado tanto por su espectro como por la chica- necesitaban un poco de tiempo a solas esos dos-
Athena alzó las cejas, pero decidió no discutir con Hades. Una vez que el asunto terminó, y tras conversar un rato de otros temas, la diosa se despidió y, junto a Shion y Death Mask, regresaron a Atenas.
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Narvik, Noruega
Al mismo tiempo
La madre de Minos bajó las escaleras a toda prisa mientras se echaba un chal en los hombros, y se apresuró a abrir la puerta, dejando pasar a los dos bultos de ropa y abrigos que eran Minos y Aria. Tan pronto como pasaron los dos, la mujer cerró la puerta para evitar que la casa se enfriara, y sonrió al escuchar que ambos estaban riendo en voz alta cuando entraron a la casa.
Minos comenzó a ayudar a Aria a quitarse su abrigo y a quitarle los copos de nieve que habían quedado atrapados en sus cabellos castaños. Una vez que colgó el abrigo y la bufanda de Aria en el perchero, Minos se quitó su propio abrigo, lo colgó y se sacudió la cabeza distraídamente.
-Buenas noches, mamá- dijo Minos.
-Bienvenidos- dijo la mujer, sonriente- ¿cómo les fue?-
-Muy bien- dijo Minos, mostrándole la mochila vacía que llevaba con él- íbamos a quedarnos a ver las auroras, pero nos acabamos el chocolate caliente. Finalmente solo fuimos a la farmacia a comprar unas cosas que necesitábamos-
La mujer sonrió y se cruzó de brazos.
-¿Ya cenaron?- dijo la madre de Minos.
-Ya, gracias, señora- dijo Aria, sonriendo y tomando tímidamente la mano de Minos.
La mujer sonrió cariñosamente hacia Aria, y luego a su hijo. Los notaba un poco ansiosos de alguna manera. No preocupados, pero sí ansiosos por estar solos. Alzó las cejas, pero no dijo nada al respecto.
-Bueno, en ese caso será mejor que los dos se vayan a descansar un poco- dijo la mujer, guiñándoles un ojo- hace frío, y de seguro querrán entrar en calor-
El rostro de Aria se encendió casi al instante por la insinuación de su suegra, pero Minos se echó a reír. La madre de Minos lo besó en la mejilla y le revolvió el cabello, y después abrazó cariñosamente a Aria, antes de retirarse a su cuarto a dormir. Aria se volvió a Minos, y éste sonrió, mostrándole los colmillos y ofreciéndole una mano.
-¿Y bien, hjertet mitt?- le dijo el espectro- ¿estás lista?-
La chica tomó la mano de Minos, y ambos se apresuraron a la habitación de huéspedes, donde habían estado quedándose desde hacía unos días. Su madre había arreglado que el fuego de la pequeña chimenea estuviera encendido, así que la pequeña habitación estaba tibia y agradable. Minos se sentó en el borde de la cama y comenzó a quitarse la camisa, mientras miraba de reojo a Aria quitándose el grueso suéter que tenía puesto. La miró un poco embobado. ¡Cómo la adoraba!
La chica se inclinó hacia él, y le dio un beso en la mejilla.
-Ya regreso- dijo la chica en voz baja.
Minos la siguió con la mirada mientras desaparecía en el cuarto de baño. La chica no estuvo ausente más de un minuto, cuando regresó con un pequeño objeto alargado, de color blanco, en su mano.
El espectro la abrazó y se tumbó sobre la cama sin soltarla, tumbándola junto a ella. Aria rió, y Minos amplió aún más su sonrisa. ¡Llevaba meses sin escucharla reír tan sinceramente como ese día! Era de lo más agradable.
-¿Cuánto tarda?- dijo Minos en voz baja.
-Cinco minutos- le dijo Aria.
Esa mañana, tan pronto como habían despertado, Minos cayó en cuenta de algo muy importante. Cuando le hizo una observación a su chica, ésta lo apoyó completamente, y ambos se habían escapado a la farmacia a conseguir lo que necesitaban para estar seguros.
Ambos esperaron pacientemente los cinco minutos. Cuando vieron que los cinco minutos pasaron en el reloj, ambos se incorporaron, y miraron el objeto que Aria tenía en la mano. Dos líneas de color rosa. No una, dos.
Minos estaba boquiabierto, sin poder creer lo que estaba pasando. Aria dejó caer al suelo la prueba de la impresión. Los dos se miraron por unos segundos, aún sin lograr registrar lo que estaba pasando.
Cuando por fin volvió a la realidad, el espectro volvió a rodearla con sus brazos, y la cubrió de besos, sin dejarla ir mientras la escuchaba reír nerviosamente, aún sin poder creer lo que estaba pasando.
-Vamos a ser papás, Ari- dijo Minos repetidamente- ¿puedes creerlo? Vamos a ser papás-
Mientras tanto, apoyada en la puerta de la habitación, estaba la madre de Minos, aún cubierta con el chal que se había puesto para abrirles la puerta y con una taza de chocolate caliente entre sus manos. Los había notado algo sospechosos cuando llegaron, y sus sospechas estaban bien fundadas. Sonrió enternecida, y se separó de la puerta, caminando hacia su propia habitación con una sonrisa enorme.
-Vaya- dijo la mujer, abriendo la puerta de su habitación- parece que pronto voy a ser abuela-
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Palacio de Valhalla, Asgard
Frodi terminó su día arrastrando los pies hacia sus habitaciones en el palacio de Valhalla. Desde que Lyfia había tomado el sitio de Hilda como representante de Odín en Asgard, cada vez más se convencía de que la chica no lo registraba para nada. Él, que toda su vida había estado enamorado de ella, que se había unido a los guerreros de Asgard para poder protegerla, y finalmente había caído en cuenta de que a Lyfia no le importaba. Y todavía…
¡ZAPE!
-¡Ay!- se quejó Frodi, frotándose la cabeza repetidamente y mirando molesto de donde había venido el zape. No se sorprendió al ver que había sido uno de sus compañeros- ¡Sigmund!¿Porqué?-
-Porque estás tristeando, y francamente ya me cansaste- dijo Sigmund, haciendo un gesto de fastidio- en serio, estás peor que mi hermano cuando también lloriqueaba por la señorita Hilda-
Frodi gruñó en voz baja, pero no le respondió. Sigmund no tenía idea de lo que estaba pasando. Si Lyfia había sido su amiga desde la infancia, y él se había enamorado de ella desde que ambos eran un par de niños.
Ah, pero solamente llegó Aioria a Asgard hacía un par de años, y la chica había caído de cabeza por él. Todavía era fecha que a Lyfia se le iluminaban los ojos cuando el santo de Leo era mencionado. Frodi bufó, molesto. ¿Qué tenía ese santo dorado que no tuviera él? Al ver la expresión sombría que tenía su compañero, Sigmund suspiró.
-Ya, no te atormentes por esto, Frodi- dijo Sigmund, dándole unas palmadas en el hombro- tu trabajo es proteger a la señorita Lyfia, y nada más. No te hagas ilusiones de que algo más puede llegar a pasar-
Frodi bajó la mirada, y suspiró resignado, mientras continuaba el camino hacia sus habitaciones.
Desapercibido para los dos guerreros de Asgard, Hilda y Freya iban pasando por ahí mientras había ocurrido esa conversación. Las dos chicas habían bajado a las cocinas por una taza de chocolate caliente, y se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo.
-Pobre Frodi- comentó Freya en voz baja, calentando sus dedos con la taza caliente.
-Lo sé, pero no podemos hacer nada al respecto- dijo Hilda tristemente- solo podemos esperar que eventualmente Lyfia entienda lo que ella significa para Frodi-
-¿Y si nunca sucede?- dijo Freya.
Hilda suspiró. ¡Pobre Frodi! La verdad creía que el chico debería buscar a alguien más, una chica que lo quisiera de verdad.
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Punta Arenas, Chile
Esa tarde, después del trabajo, Julieta estaba caminando hacia su casa, y tuvo que recogerse el cabello con una mano conforme sentía que el viento soplaba con más fuerza. ¡Qué horror! Tenía que llegar a casa antes de que se pusiera feo. Mientras seguía sosteniendo todo su cabello con una mano, se llevó la otra mano al cuello para evitar que la corbata de su uniforme se saliera de su sitio y apresuró el paso.
Al llegar por fin a casa Julieta se quitó los zapatos tan pronto como entró, haciendo un inmediato gesto de alivio, sonriendo y suspirando, y después comenzó a desabrochar la parte superior de su uniforme.
-¡Ya llegué!- dijo en voz alta mientras cerraba la puerta de la entrada tras de sí y se deshacía la corbata de su traje militar.
Casi al mismo tiempo que se escuchó la puerta cerrarse, unos desesperados pasitos resonaron en el piso de duela del apartamento, acercándose a la puerta, seguida de una serie de locos ladridos desesperados.
-¡Juliiiiiiii!-
-Ruff ruff ruff ruff….-
Julieta se frotó el cuello mientras que la niña pequeña se acercaba a ella y la abrazaba por la cintura. La chica se puso en cuclillas y la abrazó también. Mientras ambas se abrazaban, un enorme pastor alemán corrió hacia ellas, intentó en vano frenar en el pasillo, pero resbaló con el suelo de duela y chocó contra ambas, tumbándolas al suelo.
-¡Capi!- dijo Julieta en tono de regaño, pero el pastor alemán se incorporó y comenzó a lamerle la cara- basta, Capi, solo fui a trabajar, no me fui a la guerra- añadió, acariciando la cabeza del perro.
-Ve con tía Martha, Capi- dijo la niña, dandole unas palmaditas, mientras que Julieta se levantaba y le daba las manos a la pequeña para ayudarla a levantarse. El perro movió la cola y se echó a correr a la cocina.
-¿Cómo estás, cariño?- dijo Julieta, mirando a la niña con cariño, mientras ésta la miraba con enormes ojos- ¿te portaste bien?¿ya cenaste?-
-Sí, Juli- dijo la pequeña- ayudé a tía Martha a preparar la cena-
La chica tomó la manita de la pequeña, para caminar junto con ella hacia la cocina, donde una mujer mayor estaba terminando de secar los trastos. Capi, el pastor alemán, estaba orgullosamente sentado junto a la mesa, meneando la cola de contento y conteniéndose para no saltar encima de ella.
-Buenas noches- sonrió la mujer.
-Buenas noches, mamá- dijo Julieta- ¿tuviste algún problema hoy?-
-Para nada, cariño- dijo la mujer- Rayen se porta muy bien. Ya cenó, y ya está bañada-
-Yo solita me puse el pijama, Juli- dijo la niña, dándose la vuelta y sonriendo orgullosa- mira, es rosa-
-Ya veo- sonrió Julieta- que bueno que no le causaste problemas a tu tía-
-Vamos, cariño, siéntate a cenar- dijo la señora Castillo, empujando a su hija hacia un asiento. Rayen tomó el plato que la mujer sirvió, y lo puso frente a la chica. Julieta sonrió y sentó a la pequeña en su regazo mientras cenaba.
-Gracias, mamá. Mientras ceno, necesito que me cuentes todo lo que hiciste hoy, Rayen- dijo Julieta.
La chica conocía esa mirada en los ojos de la pequeña, quien no dejó de hablar mientras que Julieta cenaba.
Rayen era la pequeña recién nacida que Julieta y Barbara habían encontrado en ese ejercicio en la montaña. Tan pronto como pudieron la habían llevado al hospital más cercano, desde donde la habían enviando con la mayor urgencia a un centro especializado. La pequeña estaba muy deshidratada, con una infección y tuvo que ser operada un par de veces. Pasó al menos un año en el hospital, y durante ese tiempo, Julieta supo que las autoridades habían buscado por todas partes algún familiar de la pequeñita, pero no habían encontrado ninguno, y nadie más quiso adoptarla, siendo una niña que ya no era recién nacida, que estaba enferma y que probablemente necesitaba muchos cuidados. Finalmente Julieta y su familia se habían animado a adoptarla, y la señora Castillo casi todos los días se la pasaba en el apartamento de su hija, cuidándola después de la escuela.
Claro que Rayen sabía que Julieta no era su verdadera mamá, y que la señora Martha Castillo no era su abuela o su tía, pero a veces, en público, gustaba de llamarlas así. En casa, las llamaba por sus nombres.
-Bueno, chicas- dijo la señora Castillo, haciendo que Julieta y Rayen levantaran la mirada- creo que ya es hora de irme-
-¿No quieres quedarte por esta noche, mamá?- dijo Julieta, levantando la mirada al reloj de la cocina y viendo que ya pasaban de las diez de la noche- ya es un poco tarde-
-Vivo a un par de cuadras, cariño- dijo la mujer- y no quisiera dejar solo a tu papá. No te preocupes. Nos vemos mañana-
Una vez que se quedaron solas y Julieta terminó de cenar, la chica se fue a su habitación, acompañada de su hija, y se terminó de quitar el uniforme para ponerse su pijama. Miró hacia el reloj, y tras frotarse la nuca levemente de nuevo, acompañó a Rayen a su habitación y deshizo la cama para dejar que la pequeña se metiera.
-¿Juli?-
-¿Uh?- dijo Julieta, mientras la pequeña se metía a la cama, y ella la acomodaba las mantas sobre la niña.
-¿Alguna vez vas a tener novio?- dijo Rayen en voz baja.
La chica casi se echa a reír ante la sugerencia de su pequeña. ¿Ella, un novio? No, nada de eso le había causado curiosidad. No estaba negada a la idea, pero en su experiencia a los hombres no les atraía una mujer como ella, así que no se hacía ilusiones.
No, ya había tenido varias experiencias desagradables. Chicos mirándola con desdén o con desprecio cuando se enteraban de la existencia de Rayen, creyendo que era madre soltera, lo que era algún sentido. No, gracias, no podía soportar a esas personas groseras, egoístas y…
Cuando levantó la mirada, vio que Rayen la miraba con enormes ojos.
-No lo sé, cariño- dijo la chica, revolviéndole los cabellos.
La niña pareció un poco decepcionada con la respuesta de la chica, pero no dijo nada más. Julieta sonrió levemente y se dispuso a darle sus medicamentos, los que la niña tomó sin chistar. Finalmente, para terminar su rutina de la hora de dormir, tras hacer una seña a Capi, éste se dejó caer sobre su cama en una esquina de la habitación de Rayen.
-Buenas noches, Rayen-
-Buenas noches, Juli- respondió la niña, un poco somnolienta.
Julieta apagó la luz de la habitación de la niña y salió con cuidado.
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Habitaciones de Artemisa, Olimpo
A la mañana siguiente
Touma entró, dudoso, a las habitaciones de la diosa, quien ya se había levantado esa mañana, y se disponía a desayunar. Artemisa vio entrar al favorito de sus ángeles, ruborizado y con una expresión preocupada, y alzó las cejas.
-¿Touma?- dijo la diosa- ¿qué sucedió?-
-No suceda nada malo, señorita, no se alarme- dijo el pelirrojo- solo venía a… pedirle permiso de bajar a la tierra-
-¿Oh?-
-Sí, señorita, quería visitar a mi hermana en el Santuario de Athena- dijo Touma, apenado- ya casi es mi cumpleaños y… quisiera pasarlo con ella, aunque sea solo este año-
Artemisa sonrió benévolamente y asintió.
-Bien, si eso quieres- dijo la diosa, y de pronto pareció recordar algo. Se levantó y se puso a buscar en el cajón de su peinador, hasta sacar de él una pequeña cajita de madera, pintada de color verde y rojo, y lo puso en las manos de Touma- ya que vas a ir al Santuario, ¿podrías darle esto a Liliwen?-
Touma tomó la cajita, sorprendido.
-¿Que se la dé a quién?- dijo el pelirrojo, sorprendido. Teseo y Odiseo, quienes estaban a un lado de él, también parpadearon sin entender.
-A Liliwen… ¿mi sobrina?¿La piojita?- dijo Artemisa, y de pronto comenzó a hacer una expresión de fastidio, al ver que ambos tenían la misma expresión sorprendida- ¡ah!¡Ya saben de quien hablo!-
-Por… por supuesto que se lo llevaré, señorita- dijo Touma, sonriendo levemente y guardándose la cajita que la diosa le había dado.
-Y deja de sonreír- siseó la diosa, molesta, haciendo reír a los otros dos ángeles- y ustedes también-
Touma sonrió, un poco enternecido de que el corazón de Artemisa se hubiera suavizado al respecto de su sobrina, pero prefirió no decir nada. El pelirrojo tomó la mano de la diosa y la besó antes de salir de las habitaciones de Artemisa rumbo a la tierra.
Odiseo se cruzó de brazos, apoyado en el marco de la puerta.
-Así que su sobrina, señorita…-
-Oh, calla- dijo Artemisa, cruzando los brazos enfurruñada.
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Narvik, Noruega
Esa noche, los dos apenas pudieron dormir de lo emocionados que estaban. Se pasaron la noche charlando sobre lo que acababan de descubrir. Minos no cabía en sí de felicidad, y no había soltado a Aria ni un segundo durante toda la noche. Estaba tan contento, que tan pronto como amaneció, quería correr a darle a su mamá las buenas noticias.
-Espera, Minos- dijo Aria, aunque ella también quería correr a su suegra y contarle- es muy temprano, vamos a despertarla-
-Mi mamá se levanta temprano- dijo Minos con una sonrisa traviesa- vamos, quiero decirle-
Aria finalmente sonrió y asintió, y Minos, tras ponerle encima una gruesa bata, la tomó de la mano y ambos salieron juntos de la habitación de huéspedes, y se dirigieron a la habitación de la madre de Minos. Estaba vacía, y ambos se miraron entre sí, confundidos.
-¿Tu mamá habrá salido?- preguntó Aria, un poco decepcionada.
-No lo sé- dijo Minos, mirando a su alrededor, y aspirando un poco- ¿hueles algo extraño?-
-Huele como a…- dijo Aria, aspirando también- desayuno-
Olía a waffles, su desayuno favorito. ¿Su mamá acaso se había levantado temprano a cocinar? Minos volvió a tomar la mano de Aria, y ambos bajaron a la cocina juntos, siguiendo el delicioso aroma de la comida. Cuando llegaron ahí, encontraron a la madre de Minos, usando un delantal en la cintura y sonriéndoles.
-Vaya, hasta que se despertaron los dos- dijo la mujer, poniéndose las manos en las caderas- vamos, vayan al comedor a sentarse, todos los están esperando- añadió, poniendo énfasis en la palabra "todos".
-¿Uh?¿Mamá?- dijo Minos, confundido- ¿quienes son…?-
-¡Minos!¡Apúrense!- dijo una voz femenina desde el comedor, haciendo que ambos dieran un respingo de sorpresa- morimos de hambre, y tu mamá no nos ha dejado empezar a comer sin ustedes-
Minos y Aria se miraron, confundidos, y caminaron hacia el comedor, seguidos por la madre de Minos, quien llevaba con ella una enorme torre de wafles recién hechos para ponerlos en la mesa. Los dos chicos se quedaron helados.
En el comedor los esperaban los compañeros de Minos, Aiacos y Radamanthys, éste último con su familia. También Pandora y Cyrus, quienes estaban más o menos tímidos y confundidos de porqué estaban ahí. Y Violate, que había sido quien les había gritado cuando estaban en la cocina.
-¿Mamá?- dijo Minos, alzando las cejas, más confundido que nunca. ¿Cómo…?¿qué rayos?¿Qué estaba pasando ahí? ¿Cómo habían llegado los jueces a casa de su mamá? ¿Y…? No importaba, no se explicaba que estaba pasando.
-Señora, ¿qué está pasando?- dijo Aria, tan sorprendida como Minos.
-Nada malo, hija- dijo la madre de Minos, con una sonrisa curiosa- ¿y ustedes?¿No tenían algo que decirme?-
Minos y Aria se miraron entre sí, parpadeando confundidos, pero finalmente sonrieron.
-Mamá, te tenemos una noticia- sonrió Minos, poniendo sus manos sobre los hombros de Aria- vas a ser abuela. Chicos, vamos a tener un bebé- añadió, mirando a sus compañeros que estaban en la mesa-
La madre de Minos abrazó a su hijo y a su nuera al mismo tiempo, tan contenta como estaba. Aiacos y Radamanthys se miraron entre sí, el primero sonriendo ampliamente y el otro dando un pequeño gruñido de aprobación. Las chicas aplaudieron, emocionadas. Y Lucy también aplaudió, imitando a los presentes.
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CONTINUARÁ…
¡Hola a todos! Espero que les haya gustado esta introducción. Muchas gracias a todos por seguir leyendo, y por sus reviews. Les mando un abrazo a todos.
Abby L.
