HASTA EL FIN DEL MUNDO

VI: CONTROL DE DAÑOS

FLASHBACK

Año 13 del Nacimiento de Athena, antes de la batalla del Santuario

Aioria bufó y se pasó los dedos por los cabellos en un gesto fastidiado. ¡Cómo habían cambiado las cosas en los últimos meses! Sí, ya llevaban varios años en los que dejaron de molestarlo por lo sucedido con la traición de su hermano, pero no entendía bien que había cambiado en el Santuario. Parecía que matones como Cassius comenzaban a dominar el ambiente. Incluso otros santos que previamente habían sido muy amables como Argol de Perseo o Shaina de Ofiuco se habían vuelto crueles.

El santo de Leo suspiró, y miró hacia los Doce Templos. ¿Cómo podía Athena permitir toda esa malevolencia a su alrededor? ¿Sería el Patriarca quien estaba alentando esa conducta, o influenciando de alguna manera a los santos?

Ahora que lo pensaba, todo aquello había iniciado alrededor de la fecha en la que Seiya había ganado su armadura y se había ido. No, no había sido así. Incluso antes de ello, pues recordaba que Cassius había intentado sabotear la pelea y ganarle a Seiya con trampas. Aioria sacudió la cabeza. No sabía que era, pero no le gustaba.

De pronto, comenzó a escuchar gritos y risas provenientes del Coliseo. Aioria alzó las cejas y, curioso, comenzó a caminar hacia el edificio para ver de que se trataba, pues tenía un mal presentimiento de lo que estaba ocurriendo.

En la enorme arena del Coliseo estaba un gran grupo de guardias, aprendices y amazonas, quienes estaban mirando una pelea entre dos amazonas de plata. O mejor dicho, miraban como una de las amazonas golpeaba sin piedad a la otra, lanzando una y otra vez contra la barrera humana, y todas en esas ocasiones, la chica era lanzada de regreso hacia la que la estaba golpeando.

El corazón de Aioria dio un vuelco al ver que la chica que estaba siendo golpeada era Marin.

El santo de Leo bajó rápidamente a la arena e hizo a un lado a la mayoría de los mirones para llegar al centro del círculo donde estaban peleando. Entrecerró los ojos al ver que ya había un hilo de sangre manchando la máscara de la pelirroja. Mientras Shaina estaba ensañada golpeando a su compañera, Aioria dio un paso delante y alzó la voz.

-¡Ya fue suficiente!- dijo el santo de Leo con un tono autoritario, haciendo que efectivamente todo el Coliseo guardara silencio, y sí, que Shaina dejara de golpear a Marin.

-¿Qué te pasa, Aioria?- dijo la amazona con desdén- ¿defiendes a los cobardes?-

Y mientras hablaba, empujó a una cansada Marin hacia Aioria. Éste la detuvo para que no cayera, y tuvo que resistir la urgencia de abrazarla. No podía hacerlo delante de todos. Respiró hondo, haciendo un gesto indiferente, pero aún siguió mirando a la otra amazona con una expresión furiosa.

-Sabes que Marin es tan valiente como tú- dijo Aioria, sin dejar de mirarlo con una expresión molesta- lo que te molesta de ella es que su aprendiz derrotó al tuyo, ¿no?-

Shaina le dio la espalda, furiosa de no poder hacer nada más contra un santo dorado, y salió del Coliseo, seguida por la mayoría de los mirones. Una vez que se quedaron solos, Aioria se volvió a Marin y suavizó su mirada.

-¿Te encuentras bien, Marin?- dijo el santo de Leo.

-Estoy bien- dijo ella, intentando normalizar su respiración. Le dolía todo el cuerpo, pero sabía que iba a estar bien. Aioria nuevamente tuvo que pelear contra el impulso que tenía de abrazarla. Solo la ayudó a mantenerse de pie y la acompañó de regreso a su casa dentro del Santuario. Cuando se despidieron, el santo de Leo no pudo evitar acariciar suavemente su cabello. La chica le agradeció en voz baja, y desapareció tras la puerta de su casa.

Aioria suspiró tan pronto como se quedó solo, y miró sus manos con tristeza. Estaba muy preocupado. Quizá debería asegurarse de que Marin estuviera bien, que Shaina no regresara en la noche a terminar lo que había empezado. Suspiró. Shaina no era así, ¿qué era lo que estaba pasando en el Santuario? No lo sabía, pero no iba a permitir que Marin sufriera a consecuencia de ello.

FIN DEL FLASHBACK

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Despacho de Shion, Templo del Patriarca, Santuario de Athena

Cerca de la medianoche

Shion se frotó repetidamente la frente mientras que Sara ponía sus manos en los hombros de él. La chica no había estado presente en los eventos de hacía un par de horas, pero para ese momento, Sara se había enterado de todo lo sucedido por Saori tan pronto como regresó de su trabajo en el Observatorio.

-Oh…- fue lo único que pudo decir Sara ante lo sucedido del intercambio entre Aioria, Marin y Lyfia.

Shion siguió frotándose la frente. Decididamente no había sido su mejor día de la semana. Mu y Lydia se miraron entre sí; la chica aún estaba cruzada de brazos, muy enojada por haber visto a esa chica abrazar a su hermano de esa manera. Aioros se cruzó de brazos también, no enojado sino un tanto incómodo por la situación. Podía sentir las explosiones de cosmo de su hermano desde ahí en el templo de Leo. Suspiró en voz alta.

-Bueno- dijo Shion, frotándose la frente de nuevo- con su permiso, señorita Athena, quisiera que Mu y Aioros nos dijeran de qué se trata todo este asunto-

Mu suspiró y comenzó a hablar, contándoles todo lo que sabía sobre la relación entre Aioria y Lyfia en los días que habían pasado en Asgard después de la destrucción del muro de los Lamentos. Cuando mencionó el hecho de que él había animado a Lyfia a acercarse a Aioria, Lydia le soltó la mano con un gesto molesto.

-¿Qué sucede, Lydi?- dijo Mu mortificado.

-¿Cómo pudiste hacer eso?- dijo Lydia- ¡si mi hermano y Marin siempre se han…!-

-Tienes que entender que yo no sabía nada sobre Marin en ese momento- explicó Mu con calma- yo no vivía en el Santuario antes de la batalla de las Doce Casas. De hecho, ahora que lo pienso, yo no la conocí hasta que la señorita Athena nos revivió después de la guerra santa contra Hades-

Lydia no pareció escucharlo, y persistió cruzada de brazos e ignorando los intentos de Mu de tomar su mano o abrazarla. Sofía se volvió a Aioros, y éste se encogió de hombros.

-Yo no sé nada al respecto- dijo el santo de Sagitario, temeroso de que también Sofi se enojara con él como parecía ser el caso de todas las chicas ese día- ese colgante era mío, lo tenía puesto cuando morí por primera vez, huyendo del Santuario con la señorita Athena. Y en Asgard no lo vi hasta que tuvimos esa batalla final contra Loki, y en esos momentos Aioria lo tenía puesto-

-Yo se lo di a Aioria, después de la batalla de las Doce Casas- recordó Athena de pronto.

-Seguramente le dio el colgante a Lyfia después de la pelea porque pensaba que iba a morir- dijo Mu, esta vez con una expresión derrotada- todos pensábamos que íbamos a morir y que no regresaríamos nunca-

Shion asintió levemente, y se volvió hacia Athena, que a diferencia de lo que los santos pensaban, no estaba nada contenta con la situación ni con el "chisme", sino que más bien estaba profundamente preocupada por Aioria y Marin.

-Bueno- dijo Athena finalmente tras pensar bien en lo que había pasado, volviéndose a su vez hacia Shion- no me agrada esta situación y, si hubiera sabido, jamás se me hubiera ocurrido invitar a las chicas de Asgard. Creo que lo mejor sería, a menos de que Shion tenga otra idea, mantener a Aioria lejos de Lyfia-

-Y de Marin- añadió Shion- creo que no sería buena idea que esos dos discutieran hasta que se les enfríe un poco la cabeza-

Todos los presentes estuvieron de acuerdo. Aioros se pasó los dedos por el cabello con un gesto nervioso, y se volvió hacia Sofi, abrazándola para regresar al templo de Sagitario, donde los mellizos estaban siendo cuidados por Tora y el maestro Dohko. Mu intentó hacer lo mismo, pero Lydia se lo impidió de nuevo y, tras despedirse de Saori y Shion, salió del templo del Patriarca. El santo de Aries suspiró, sin poder creer que lo que pasó con Aioria había hecho que Lydia se enojara con él.

Shion se volvió a Athena, quien se encogió de hombros.

-De haber sabido que esto pasaría, jamás las hubiera invitado- repitió la joven diosa para sí misma, caminando hacia sus habitaciones- creí que Lyfia sería más responsable…-

Una vez solos, Sara se volvió a Shion, mientras que éste se volvía a frotar la frente.

-Ya- dijo Sara con cariño, inclinándose hacia él y besando su mejilla- vamos a descansar, realmente lo necesitas, darling. Así podrás pensar mejor-

Shion la tomó de la mano y la besó, para levantarse de su asiento y caminar junto a ella a sus habitaciones. El día había sido muy largo y fastidioso, y ambos estaban exhaustos.

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Templo de Leo

A la mañana siguiente

Aioria se revolvió los cabellos en un gesto de desesperación conforme se levantaba de la cama. La noche anterior no había podido dormir ni un minuto, y se la había pasado en silencio mirando insistentemente el techo, repitiendo en su mente una y otra vez lo que había sucedido con Marin y Lyfia. ¿Cómo había dejado que pasara?

Aioria y Marin habían pasado una hermosa tarde juntos en uno de los cafés de la ciudad, charlando y riendo. Habían recordado algunos episodios de sus vidas, sobre todo el día que se habían conocido, como Aioria había una vez curado las heridas de Marin, cómo él le había ayudado a asegurarse de que Seiya fuera bien entrenado, y como ambos se habían apoyado mutuamente desde que se conocieron.

Había sido tan hermoso y romántico, y Aioria había estado seguro de que las cosas entre ellos volvían a ser cálidas y amorosas, como debían ser. Ahora, todo aquello parecía tan lejano, como si hubiera pasado hacía varios años, y no el mismo día en el que todas las cosas habían salido mal.

Pero, ¿cómo habían salido mal?

Aioria arrastró los pies hacia el cuarto de baño y se lavó la cara, gruñendo en voz baja. ¡Por supuesto que no había visto venir nada de eso!

Primero que nada, no tenía ni idea que Lyfia iría al Santuario. Si lo hubiera sabido, primero hubiera evitado encontrarse en esa situación, y también habría preparado a Marin, explicándole de que se había tratado su relación con la chica en Asgard cuando pensaba que iba a morir, para que no pensara mal de él… como lo acababa de hacer.

Ahora que lo pensaba, él nunca había hecho nada malo. Había ayudado a Lyfia a resolver su problema en Asgard junto con sus compañeros, y le había regalado el colgante de Aioros para intentar animarla cuando pensó que iba a morir y que nunca iba a regresar. Jamás pensó que esa inocente decisión suya le causaría tantos problemas ahora. Y en cuanto al abrazo… ¿que rayos había sido eso? Se había sorprendido tanto que se había quedado helado, y tardó en reaccionar para quitarse a Lyfia. Cuando lo hizo, el daño ya estaba hecho.

Marin estaba enojada con él. Seguramente Lydia también. Incluso las otras chicas lo habían mirado con ansias asesinas, incluidas Lena y Shaina, quienes eran las amigas más cercanas de la pelirroja.

Aioria suspiró largamente y, tras vestirse, salió al pasillo de su templo a esperar a que llegara Kostas, extrañado de que al chiquillo se le hiciera tarde. ¿Porqué se le había hecho tarde? Si sabía Saga era bastante puntual en mandarlo a Leo cuando se quedaba a pasar la noche con él. Se cruzó de brazos, gruñendo, y apoyó la espalda en una de las columnas de su templo.

-¡Aioria!- la furiosa voz de su hermana menor resonó en el templo de Leo. El chico puso los ojos en blanco. Si bien con Marin no tenía opción, no iba a soportar que Lydia se pusiera así con él, cuando no había tenido ningún motivo. Él estaba seguro de que no había hecho nada malo, y que su único error había sido no haber hablado con Marin sobre lo ocurrido en Asgard.

Aioria plantó los pies y se volvió a Lydia.

-¿Quién te has creído gritando así en mi templo?- gruñó Aioria de regreso.

Lydia, quien estaba furiosa con él y con Mu por lo ocurrido con Lyfia en Asgard, se detuvo por un momento, sorprendida de las duras palabras de su hermano. Solo duró un segundo, porque la chica volvió a entrecerrar los ojos.

-¿Qué rayos fue eso, Aioria?- dijo Lydia, apretando las manos con furia- ¿qué te pasa?¿Porqué lastimaste a Marin así?-

Aioria se enrojeció.

-¡Yo no hice nada!- gritó el santo de Leo de regreso- ¡no he hecho nada malo! ¡Todo fue un maldito malentendido!-

-¿Que no hiciste nada malo?- dijo ella- ¡le diste el colgante de Aioros a esa mujer!-

-¡Pensé que iba a morir!- volvió a gritar Aioria- y aunque no hubiera sido así, no veo como esto es tu problema. ¡Vete de aquí, y métete en tus propios asuntos!-

Lydia parpadeó, sorprendida de ver a Aioria gritarle. No se había esperado eso para nada. Una parte de ella sabía que se merecía que Aioria se enojara con ella por meterse en asuntos ajenos, pero aún así le dolió escucharlo gritar así.

-Aioria…- dijo ella, bajando la voz y cayendo en cuenta de su error. Lo mismo había dicho Mu: creía que iba a morir, y quería consolar a la chica, no significaba nada más.

Pero era demasiado tarde: el santo de Leo estaba furioso, y no iba a dejar pasar ese detalle.

-¡Puede que seas mi hermana, Lydia, pero sigues siendo una aprendiz, y yo soy un santo dorado!- continuó gritando Aioria, irguiendo su espalda y encendiendo su cosmo de manera amenazante, cosa que hizo que la chica diera un paso atrás- ¡no te permito que me hables así! Vete de aquí y déjame en paz. ¡Es una orden!-

Lydia lo miró con ojos llorosos, pero no le dio oportunidad a su hermano de ver el efecto que habían tenido sus palabras. Le dio la espalda y salió de regreso al templo de Aries, siseando la palabra "idiota" lo bastante alto para que su hermano la escuchara. Aioria no dijo nada, solo se dejó caer en el suelo, apoyado en una columna, y tirando de sus cabellos.

¿Qué acababa de hacer? Sí, Lydia lo había provocado, pero no tenía que haberle hablado así. ¡Era su hermanita! Aioria se cubrió la cara con las manos y suspiró largamente.

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Templo de Géminis

Saga salió de su habitación ajustándose la camisa cuando vio que Kostas seguía sentado a la mesa de la cocina, mientras que Cecilia sacaba un pie de manzana del horno. El santo dorado parpadeó, y se volvió a mirar al reloj. No, no se había equivocado, ya era tarde, y Kostas aún no subía a Leo para su entrenamiento.

-Kostas, ¿qué haces aquí si…?- comenzó a decir Saga.

-Oh, yo le dije que se quedara- intervino Cecy antes de que Saga terminara de hablar- perdona, pero creí que Aioria necesitaría un poco de espacio después de lo que pasó ayer-

Saga parpadeó, pero sonrió y asintió al darse cuenta de que su esposa tenía razón. Se acercó a la cocina para ayudarle a servir el desayuno, pensando que Cecy era lo bastante sensible para entender cuando una persona necesitaba un poco de espacio. Canuto siguió a Saga, y éste supo que el pequeño perro iba detrás de él por el ruido de su collar.

No pasó mucho tiempo cuando Satu y Kanon salieron de su habitación también, seguidos de Elsita, quien ya estaba vestida y sonriendo al oler el delicioso aroma del pastel de manzana que había horneado su tía, que era su favorito. Los gemelos habían pensado que la afinidad de los Escorpión por las manzanas eran un estereotipo, pero Elsita lo cumplía a la perfección.

-¿Quieres pastel, Elsie?- dijo Cecy, inclinándose y sentando a la pequeña a la mesa- sé que que gusta-

-Sí, por favor, tía- dijo Elsita, tomando su tenedor y esperando pacientemente a que Cecy le sirviera un trozo. Kanon sonrió. Su pequeña era cada vez más educada y amable.

-¿Crees que deba ir con mi maestro, mamá?- preguntó Kostas.

-Creo que será mejor que lo dejemos en paz un rato- dijo Cecy en voz baja.

-Concuerdo- dijo Saga- no te preocupes, Kostas, yo le diré a tu maestro que estarás ocupado el día de hoy con nosotros-

Satu se sentó con dificultad junto a Elsita y puso las manos sobre su crecido abdomen. Faltaban tres meses para que naciera el nuevo bebé. La pequeña dio una enorme mordida al pastel, y extendió su manita para acariciar la panza de su mamá.

Saga miró a su alrededor, notando sonriente que toda su familia estaba ahí.

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Templo en los terrenos del Santuario

Frodi tampoco estaba nada feliz por los eventos de la noche anterior. Se había dado cuenta, bastante dolorosamente, de que a Lyfia se le había iluminado la mirada tan pronto como había visto llegar al santo de Leo de la ciudad, y sin importarle que otra chica estuviera tomada de su brazo, se lanzó hacia él para abrazarlo.

Al pobre chico le habían retorcido las tripas al ver aquello.

No solo eso. Frodi se sentía mal, no solo por él mismo, sino también por la chica pelirroja que había estado con Aioria. Desconocía si era su novia o no, pero ella se veía genuinamente herida por lo que había sucedido, quizá tanto como él mismo, Frodi, se había sentido en ese momento.

El chico tomó aire, y dio unos pasos a donde se encontraba Lyfia, tumbada en un diván y absorta en un libro.

-Lyfia- dijo Frodi en voz baja- ¿tienes un minuto? Necesito hablar contigo-

-Claro, Frodi- dijo Lyfia alegremente, sin quitar su vista del libro que tenía en las manos- ¿de qué quieres hablar?-

-Pues…- dijo el chico dudoso- de lo que sucedió ayer cuando llegamos. Si no te diste cuenta, Aioria venía de la ciudad con…-

-Oh, sí, lo recuerdo bien- dijo Lyfia, bajando su libro e interrumpiendo a Frodi- ¡la verdad estoy muy contenta de haber venido a Atenas! Tenía muchas ganas de ver a Aioria, desde que supe que Athena los habían revivido-

-No es eso, Lyfia, lo que te quería decir era que…-

-En serio lo sorprendí, ¿no lo crees?- continuó diciendo la chica- ah, estoy muy agradecida contigo y con los otros dos chicos, Frodi. Si no fuera porque ustedes me acompañaron, esto jamás podría haber sido posible…-

-Lyfia, escúchame, por favor- dijo Frodi, subiendo un poco su tono de voz- creo que fue un error lo que pasó anoche. Creo que la chica que vimos ayer con Aioria es su novia. No creo que debas volver a…-

Pero Lyfia no parecía estarlo escuchando, lo ignoró completamente y volvió su atención a su libro. Frodi suspiró largamente y, tras disculparse, decidió salir del pequeño templo hacia los terrenos del Santuario. Sigmund miró a Frodi con algo de tristeza. El pobre no la estaba pasando nada bien con ese asunto, y por un momento pensó que debió haber convencido a su compañero de quedarse en casa con la señorita Hilda.

Por su parte, mientras que se quedó sola, Lyfia finalmente sí había escuchado lo que había dicho Frodi sobre Marin siendo la novia de Aioria, y comenzó a pensar que debía buscar al santo de Leo y ganárselo de alguna manera. La chica dejó su libro a un lado y se apresuró a salir a buscarlo.

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Templo del Patriarca, Santuario de Athena

Afrodita acompañó a Evelyn al templo del Patriarca. Con toda la conmoción del día anterior la chica se había olvidado por completo de hablar con Shion y Athena sobre la advertencia que había recibido de parte de su protectora, Nancy Habib, sobre el hecho de que malvado dios Seth se había vuelto a unir a Phobos para volver a atacarlos. Pero claro, lo que había sucedido en la entrada del Santuario, con Aioria, Marin y Lyfia los había desconcertado a todos.

El santo de Piscis miró a Evelyn, y la tomó de la mano con suavidad. Sabía que la chica estaba asustada por la advertencia de la diosa, así que le tomó su mano con cariño y la besó.

-Tranquila, no creo que te debas preocupar mucho por lo que dijo la señorita Habib- dijo el santo de Piscis- sabes que aquí conmigo estás a salvo, ¿verdad?-

-Lo sé, Afro- dijo ella nerviosamente- es solo que… tengo el presentimiento de que algo muy malo va a pasar, y que pronto no vamos a estar tan seguros como creemos-

Afrodita sacudió la cabeza.

-No creo que eso sea el caso- dijo él, intentando consolarla- no tengas miedo-

Llegaron al templo del Patriarca, y Afrodita apretó suavemente la mano de Evelyn mientras la chica contaba a Athena y Shion lo que Nancy Habib le había relatado.

-Gracias por decirnos eso, Evelyn- dijo Shion- ya me imaginaba que Phobos buscaría ayuda para atacarnos de nuevo, ahora que Deimos no está para ayudarle. Estaremos al pendiente-

-¿Qué piensa de estas advertencias, maestro?- dijo Afrodita en voz baja.

Shion no respondió, pero tampoco necesitó hacerlo, su expresión era lo bastante transparente para saber que no estaba nada contento con la situación.

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Recinto de las Amazonas

Esa tarde

June y Shaina ya se habían dado por vencidas. Marin llevaba encerrada en su habitación desde la noche anterior, y no sabían que más podían hacer o decir para que la chica abriera la puerta y saliera al menos a comer algo. Nada. De hecho, June había pedido a Edith que se quedara fuera de la puerta de Marin, y que esperara a que la chica abriera la puerta.

Pero no habían contado con Lena.

Por primera vez desde que Sai nació, Lena dejó al pequeño en brazos de Shaka en la entrada del recinto de las amazonas y se introdujo a él. Hizo a un lado a todas las chicas que estaban en su camino, y con la mirada hizo que Edith se levantara y se apartara de su camino. Golpeó la puerta de la habitación de Marin varias veces con su puño cerrado.

-¡Marin!¡Abre de una vez esta maldita puerta!- dijo Lena en voz alta.

-No tiene caso, Lena, Marin es de lo más testaruda, no te va a…- comenzó a decir Shaina.

-Calla, mocosa- dijo Lena en voz alta, haciendo parpadear sorprendida a Shaina y volviendo a golpear la puerta repetidamente- ¡abre la puerta en este minuto, Marin! Es la última advertencia-

Al no recibir respuesta de Marin, Lena dio un paso atrás y de una patada tumbó la puerta. No era que las amazonas no pudieran hacer lo mismo, pero ninguna de ellas se había atrevido a hacerlo. La pelirroja, por supuesto, estaba furiosa por lo que había hecho Lena.

-¡Lena!¿Qué demonios?- dijo Marin, levantándose furiosa. Shaina y June siguieron a Lena hacia la habitación de su amiga. La chica se veía pálida, con las mejillas y los ojos enrojecidos.

-Deja de hacer el ridículo y sal de ahí de una vez por todas- dijo Lena- ¿puedes dejar de preocupar a tus compañeras de una vez?-

-Francamente no es tu asunto, Lena- dijo Marin, cruzándose de brazos- como nosotras no nos metimos en tus asuntos cuando Shaka y tú…-

-Cuidado con lo que estás a punto de decir, mocosa- la interrumpió Lena, entrecerrando los ojos- puede que estés muy enojada con el tarado de Aioria, pero no te desquites con tus amigas. Además, nunca creí que fueras de las que lloran por las estupideces de un hombre…-

-Yo no…-

-Pues demuéstralo entonces- dijo Lena.

Marin respiró hondo y asintió levemente. Sabía que, en el fondo, Lena tenía razón. Y sí, estaba muy enamorada de Aioria, y estaba furiosa porque el idiota se había dejado abrazar por la chica recién llegada de Asgard.

¡ZAPE!

-Ay… ¡Lena!-

-Quita esa cara- dijo Lena de nuevo- eres una amazona de Athena. Ve a hablar con el tarado de Aioria para que te dé las explicaciones pertinentes, y deja de estar lloriqueando-

-Pero yo…-

-Ah…- añadió Lena, levantando la mano de nuevo como si fuera a darle otro zape.

-De acuerdo- gruñó Marin, levantándose, pero Lena la detuvo otra vez.

¡ZAPE!

-¡Lena!¡Ya basta!- se quejó Marín.

-Primero ponte presentable- dijo Lena- no necesitas que el tarado sepa que pasaste una mala noche-

Lena salió del recinto de las amazonas, y tomó a Sai de manos de un sorprendido Shaka, quien había escuchado todo el intercambio desde la entrada sin ninguna dificultad, ya que ambas chicas habían estado gritando.

-Recuérdame nunca volver a hacerte enojar- dijo el santo de Virgo, devolviéndole a Sai, mientras el pequeño reía al ver la expresión de sus papás. Lena sonrió y, tras guiñarle un ojo, lo besó en la mejilla.

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Templo de Aries, Santuario de Athena

Mu salió de su habitación y se cruzó de brazos al ver que Lydia se había tumbado en el sofá en la salida dentro del templo de Aries. La chica estaba ovillada, con sus piernas encogidas y abrazando una almohada. El chico sonrió levemente, y a pesar de que sabía que la chica estaba enojada con él, se sentó a su lado, aunque mantuvo su distancia. Lydia lo miró. Tenía los ojos enrojecidos, pero siguió mirándolo molesta.

-Sé que estás enojada conmigo, Lydi, y lo entiendo- dijo Mu en voz baja- pero me preocupa verte así. ¿Porqué estas triste?-

Lydia volvió a mirar, y no pudo evitar echarse a llorar, y ambos acortaron la distancia. Mu abrazó a su esposa mientras ella lloraba. Vaya, si no tuviera mucho tiempo de conocerla se sorprendería. Sabía que era sensible. La chica le contó lo que había pasado con Aioria.

-Ya, no llores, Lydi- dijo el santo de Aries, abrazándola y acariciando sus cabellos- no pasa nada, sabes que es normal que Aioria esté enojado por lo que pasó. Y sabes que no quiso decir nada de lo que dijo, es solo que estaba frustrado por lo que pasó con Marin-

Lydia lo abrazó y hundió su rostro en su pecho, mientras él la seguía consolando. Odiaba que su mujer estuviera así, y estaba molesto con Aioria por ser la causa de que Lydia se enojara con él, y después por ser la causa de que llorara, pero también tenía que admitir que hasta cierto punto la chica se lo había buscado.

Mu la tomó de la barbilla y le limpió las lágrimas con el pulgar.

-Ya no llores, cariño- dijo él- todo está bien-

Lydia se terminó de limpiar los ojos con el dorso de la mano.

-Lo lamento- dijo la chica cabizbaja, una vez que se calmó- supongo que… me frustró ver que mi hermano y Marin hubieran… ya sabes-

-Ya sé- dijo finalmente Mu- pero lamentablemente no podemos meternos en sus asuntos. Es cosa de ellos dos, por más frustrante que sea-

Lydia sonrió levemente.

-Lo siento, Mu- dijo ella- perdóname por enojarme tanto. Y sé que eventualmente tendré que disculparme con Aioria también-

Mu rió en voz baja. Tanto Lydia y Aioria eran muy testarudos, así que era un gran paso que ella decidiera disculparse primero. Además, sabía que el santo de Leo tenía otra cosa muy importante en qué preocuparse en esos momentos.

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¡Hola a todos! Pues el consenso general parece ser querer asesinar a Lyfia, y yo estoy de acuerdo con ustedes. Espero que se armen de paciencia, pues ésta no es su primera ni su última maldad. Muchas gracias a todos por seguir leyendo, y por sus reviews. Les mando un abrazo.

Abby L.