Agradezco a todas las personas que han comentado mis historias, aunque las tuviera pausadas por tanto tiempo, un abrazo grande a todos por su apoyo y buenos deseos.
También, agradezco los comentarios de los haters, que me dieron mucha gracia, de verdad, que hasta me dijeron: "qué vergüenza que escribas historias y no las termines, deberías de borrar tu cuenta". Recordemos que esto es algo que hacemos por gusto y gratis. En la vida pasan un sin fin de cosas que nos impiden seguir el ritmo que quisiéramos, pero lo importante es continuar y divertirnos.
Por mi pueden poner los comentarios de apoyo o disgusto que deseen, me hace sentir especial que a los haters les gusten tanto mis historias, que hasta les caigo mal por no escribir, ja ja ja.
oOoOoOoO
El lugar estaba completamente oscuro. La silueta de un pasillo se dibujaba por delante. -Más cliché de una película barata de detectives, no puede ser esto- pensó Candy para sí.
Las paredes estaban decoradas con pinturas de escenas en la naturaleza. ¿Cómo rayos había llegado ella ahí? Lo último que recordaba era la estación de policía, y no había rastro de Terry o Stear por ningún lado: era ella contra cualquiera que quisiera sorprenderla.
Tras avanzar unos cuantos metros, distinguió la figura de una puerta con el contorno iluminado
-Bingo, te encontré.
Pero ¿a quién? Por alguna extraña razón, sabía quién estaba detrás de esa puerta. Se acercó, tomó la perilla, giró un poco y… estaba cerrado.
-¡¿Pero qué?! Soy yo, Candy, ábreme.
Parecía como si estuviera viendo una película de sí misma, tratando de entrar por aquella puerta y viviendo la escena al mismo tiempo.
Por dentro de la habitación, se escuchaban unos pasos que se acercaban a la puerta. Sabía que él le abriría en cualquier momento. Escuchó la cerradura dar de sí, Candy giró la perilla y…
-Candy, ¡Candy! Ya llegamos.
Un golpe en su bota la despertó de aquel extraño sueño. La realidad llegó de repente y se encontró a sí misma envuelta en una manta y en la parte trasera de una carreta. De repente, recordó que en su camino a la mansión de los Ardlay en Lakewood. Ella y Terry habían abordado el tren y, posteriormente, un hombre de apellido Pérez los había recogido en su carreta, todo como parte de las órdenes de la matriarca familiar.
-Muchas gracias, señor-dijo Terry, mientras Candy se desperezaba; al bajar de la carreta inspeccionó de a poco los alrededores.
El chofer los dejó en el portón de la mansión, lo que significaba que tenían que caminar un buen tramo hasta la entrada principal. Su visita era más que esperada, ya que no hubo más ceremonias ni contratiempos por parte del personal de servicio.
-¡Wow! El bosque es inmenso.
-Así es, Terry. Es un espacio demasiado grande y lleno de naturaleza.
Candy hacía notas mentales mientras trataba de grabar en su memoria las imágenes de su sueño. Había algo que la intrigaba y que reflexionaría por la noche. Sin embargo, era difícil concentrarse con tantos árboles, pájaros trinando y el sonido de un riachuelo a lo lejos; si había algo que Candy amaba, era la naturaleza y su paz, algo que la vida en la gran ciudad y como detective le estaba robando.
Trató de apartar las ganas de correr al árbol más cercano y trepar como cuando era una chiquilla; es su lugar, comenzó a prestar extra atención al camino. A lo lejos, se alcanzaba a ver otra mansión, claro que más pequeña que Lakewood, pero mansión a final de cuentas.
-¿Te imaginas lo que sería vivir en un lugar como este, Candy?
-Una huérfana como yo no podría imaginarlo, pero he sido amiga de quienes se criaron entre lujos.
-Es verdad, Stear es parte del clan Ardlay.
-Él y otros cuantos son ejemplo de que, ni el dinero, puede arrebatarte tus sueños.
Candy conocía aquel lugar, o al menos, así lo había hecho desde los recuerdos de Anthony.
"...Y justo a la izquierda, cerca de la entrada de la mansión, está el jardín de rosas que solía cultivar. Hasta el día de hoy, lo siguen atendiendo y continua hermoso. Me encantaría que algún día lo pudieras conocer…".
La brisa matutina llevó hasta Carry y Terry el dulce aroma de rosas. A unos cuantos metros, estaba la entrada de la mansión y, a su izquierda, el hermoso jardín de exuberantes rosas rojas.
"Anthony, ya estoy aquí".
-Buenos días, detective. Lo estábamos esperando.
Candy volvió a la realidad y se topó con el mayordomo de la mansión, un hombre de edad, con cabello cano y facciones rígidas, ataviado con un traje de pingüino negro y pantalones grises.
-Buenos días, disculpe la tardanza- dijo Candy.
El mayordomo la vio de reojo, carraspeó un poco y prosiguió.
-Por aquí, Madame Elroy le espera.
Mientras el mayordomo avanzaba y le daba paso a Terry, Candy inspiraba hondo y trataba de recordad que, en la alta sociedad, prácticamente todas las mujeres viven para ser desposadas, por lo que ninguna tenía que tener un trabajo al estilo de oficina, ¿qué culpa tenía el mayordomo de creer que Terry era quien llevaba las riendas de esto?
Fueron conducidos hacia un amplio vestíbulo, adornado con sendos muebles y retratos antiguos. Unas grandes escaleras de caracol daban forma al primero y segundo piso. Al fondo, enormes vitrales dejaban pasar la luz de día, dando paso a una vista hacia los jardines y el bosque a su alrededor.
-Me alegro de que haya llegado, detective White.
Una voz severa y potente resonó desde el piso superior. Pertenecía a una dama de aproximadamente 60 años. Ella bajaba por las escaleras a paso firme. Llevaba un vestido magenta oscuro, con brazos y cuello completamente cubiertos. Su cabello, recogido hacia arriba, dejaba ver unos pequeños pero elegantes pendientes. Su aura, por otro lado, era de total autoridad. "Así que esta es la famosa tía Elroy" pensó Candy "justo como Anthony solía describirla: temible".
-Buenos días, Madame.- Contestó Candy ante el saludo.
Una vez que la tuvieron de frente, Elroy hizo menos a Candy y se dirigió por completo a Terry. La chica rió para sus adentros.
-Soy la matriarca de la familia Ardlay, me alegro de por fin conocerlo. Sé que usted fue compañero de mi querido sobrino, Anthony. Stear nos ha hablado mucho de usted, y sé que lo tenía en alta estima. Gracias por estar pendiente de él.
Mientras la señora Elroy estiraba su mano en forma de saludo y Terry la sacudía sin poder protestar, Candy trataba de no estallar en risas. Estaba acostumbrada a esto, ser vista como una asistente y no como detective. Incluso solía seguirle el juego a la gente, algo totalmente planificado ya que le permitía encontrar pistas con mayor facilidad. Pero en esta ocasión, era mejor dejar las identidades claras.
La joven carraspeó y Elroy volteó hacia ella, nada complacida.
-Disculpe, Madame Elroy, temo que se confundió de detective.- A veces Candy no podía entender cómo la gente no conectaba a+b (en este caso, gabardina larga y sombrero de copa, sus atuendos diarios ¿o acaso sólo ella conocía el uniforme casi que reglamentario de los detectives?).- Permítame presentarnos, él es Terrence Grandchester, mi aprendiz de detective, y yo soy la detective White, Candy White.
Elroy volteó su cabeza hacia Candy, sosteniendo aún entre sus manos las de Terry. El joven parecía atrapado y sin poder siquiera hablar.
-Tú eres el detective White.
-La detective White- corrigió Candy.
La dama se acercó dos pasos a Candy, la observó de arriba abajo y levantó la cabeza altivamente.
-Quieres decir que el compañero de mi sobrino, ¿siempre fuiste tú?
Candy asintió calmadamente y sonrió de manera triunfal. Podía ver como Elroy creaba conexiones mentales de hechos, momentos y conversaciones.
-Pues ahora entiendo todo mucho mejor- dijo mientras les daba la espalda y caminaba hacia los vitrales.- No me malinterprete, señorita, estoy de acuerdo en que la liberación femenina comience, pero sinceramente no creo que este trabajo sea para una joven.
-Entiendo su preocupación, Madame Elroy, pero creo que mi reputación en los casos que ya usted conoce, son mi carta de presentación ante cualquier duda.
-Casos en los que, si no mal recuerdo, mi sobrino trabajó con usted.
Candy sabía que Anthony sería nombrado constantemente. Es por eso que debía actuar con inteligencia.
-Aprendí de Anthony; sin duda, el mejor.
Elroy Ardlay suavizó su gesto al oír aquel nombre; sin embargo, inspiró hondo y recobró la compostura, así como su rostro rígido e inexpresivo.
-Ya veo que tienes tus métodos de rapport, chiquilla. No estoy de acuerdo en que tú estés a cargo de este caso, pero sé que mi sobrino Stear vendrá. Confío plenamente en él.
-Entiendo, Madame. Por lo pronto, me gustaría que me hablara un poco de la persona que está desaparecida, el señor William A. Arlday. Podría decirme ¿cuál es su parentesco con el señor? También me intriga, ¿qué significa la A. en su nombre? Y también, su edad, estatura o…
Elroy enderezó su cuerpo por completo, una expresión defensiva, sin duda.
-Hay algo que tiene que quedar claro, detective. Y estoy segura que el señor Brown ya te lo hizo saber desde Chicago. No puedo darte más información. Su labor se debe de limitar a encontrar posibles pistas, es todo, e informarnos de las mismas a la brevedad. La identidad de William se reserva a las más altas esferas de la familia, todo por su seguridad. Y aún así, con todo ese celo, mira lo que ha pasado.
"Con que la identidad del patriarca es lo más preciado ¿me pregunto sí…?"
-¿Hay algo que me pueda contar, en el contexto de su desaparición?
-William se esfumó hace seis meses. Como puedes imaginar, tenemos diversas residencias a lo largo de Estados Unidos. Había ido a Chicago. Fue a vigilar los negocios de los bancos y hacer visitas personales, como al señor Brown. Su asistente sabía que William debía llegar al día siguiente a Lakewood, pero no pasó.
De sobra está decir que, en principio, no nos preocupamos. Me arrepiento tanto ahora. William tiende a ser un espíritu un poco inquieto, por decirlo de una forma.
-Un hombre tan mayor y saliendo solo, en verdad que suena a peligro- comentó Terry.
-Un hombre tan millonario y solo, suena aún más peligroso- agregó Candy.
Elroy exhaló ante esta última aseveración.
-La realidad es que William suele ausentarse por largos periodos, pero nunca como este. Nuestras alarmas se encendieron a la semana, ya que nunca había pasado tanto tiempo sin comunicarse con nosotros. Su asistente, el señor Georges, buscó en los aposentos de William y encontró una carta. Ahí, decía que se estaría tomando un largo tiempo fuera del país. Sin embargo, la hicimos analizar por expertos grafólogos, y todos coincidieron en que esa no era la letra de William, por más similar que pareciera. Fue así que supimos que alguien lo desapareció. Sin embargo…
-No han pedido rescate- sentenció Candy.
Elroy bajo la cabeza, en señal de derrota.
-Es por eso que están ustedes aquí. Tal vez hay algo que no hemos visto y que nos serviría para ampliar nuestra perspectiva. No se equivoquen, jóvenes, tenemos a mucha gente trabajando en esto, pero no se puede saber que el patriarca ha desaparecido.
-Por supuesto, eso no vendría bien al negocio- dijo Terry sin pensarlo mucho.
La matriarca volteó y lo vio con desdén: -Hay cosas mil veces más importantes que el dinero.
Con este punto final, Elroy dio la media vuelta y se encaminó fuera de la estancia.
-Ya está hecho. El mayordomo los llevará a sus habitaciones. Les pido que por favor esperen a que Stear llegue a la mansión para comenzar a investigar, él conoce muy bien estos viejos pasillos.
Y justo como llegó, Elroy Ardlay desapareció entre los rincones de la mansión Lakewood.
-Pues solo nos queda esperar a Stear- comentó Terry.
-Terry, ¿qué te parece si damos un paseo por los jardines? - dijo Candy, mientras le guiñaba un ojo en señal de complicidad.
-Pero si el mayordomo vendrá a buscarnos.
-Bueno, hay que ser rápidos, entonces.
Salió disparada por los vitrales hacia el fresco aire de la mañana, preguntándose cómo encontraría al señor William A. Ardlay sin ninguna pista, si los pasillos de su sueño serían los mismos que los de aquella mansión, y también si Terry se molestaría si se tomaba uno o dos minutos en trepar aquel bello árbol que le saludaba desde lejos…
