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N/A: Desde el inicio del relato y antes del final, Leo es una tortuguita de 7 años de edad, y al final, pues es quinceañero.
Disclaimer: LAS TORTUGAS NINJA no me pertenecen, es mi corazón el que le pertenece a Leo, hasta el fin de los tiempos; tampoco gano dinero por escribir este fic porque escribo por puro gusto, mi única recompensa son sus invaluables reviews.
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UN PEQUEÑO SECRETO
- ¿Estás seguro? -
Leonardo miró al oso de peluche que traía en brazos.
- ¿Y si llega mi papá y no me encuentra? No puedo dejar a mis hermanos solos. Yo soy el hermano mayor, y debo cuidar de ellos. -
Lo observaba como si esperara que comenzara a hablar y le dijera algo. Luego miró a otra parte, como pensando.
- Bueno… Vamos. – la tortuguita dijo finalmente.
Leonardo abrazó con fuerza a su oso de peluche, se levantó de la colchoneta en la que él estaba sentado (sus hermanos estaban durmiendo en otra colchoneta menos gastada), dejó la pequeña habitación sin hacer ruido, y se fue de su casa.
Corrió por las alcantarillas llevando a su oso consigo. Llegó a un entronque en el que nunca había estado, no sabía el camino; miró a su oso, luego supo por dónde ir. Se fue por la izquierda.
Corría tan rápido como podía para regresar cuánto antes a su casa y que su padre no encontrara solos a sus hermanos.
Llegó al final del túnel.
Vio unas escaleras que llevaban a la calle.
- ¡Pero no puedo subir a la superficie! -
Ya no dijo más, escuchó atento al silencio mientras miraba fijadamente esas escaleras que lo llevarían a un lugar prohibido.
- Confío en ti, pero sabes lo que dice papá. -
Escuchaba.
- Bueno, soy un ninja, pero aún no me desempeño bien en eso de la invisibilidad y… -
Y escuchaba…
- Pero… yo… -
Parecía que discutía con su oso, quien no decía ni una sola palabra.
- ¿Que si quiero? - miró a su oso.
O tal vez éste sí le hablaba, de algún modo.
- ¡Sí quiero! -
Leonardo volvió la vista hacia las escaleras. Empezó a temblar… Esa horrible sensación que tenía, cada vez que debía subir a un lugar alto, lo estaba acosando en ese instante.
- Lo… Lo intentaré. -
Tomó a su osito y lo coloco en su espalda. Muy lentamente, Leonardo subió peldaño por peldaño de la escalera que llevaba a la superficie, hacia el lugar prohibido. Cuando sintió curiosidad, o quizás era ese miedo que lo hacía temblar, fue que quiso mirar cuánto había escalado; se atrevió a mirar hacia abajo, pero no lo hizo, como si alguien le hubiera pedido que no lo hiciera.
- De acuerdo. No miraré hacia abajo. No miraré hacia abajo. No miraré hacia abajo… -
Siguió repitiendo, y antes de darse cuenta, ya estaba fuera de los túneles subterráneos.
- Tuviste razón. No fue tan difícil. -
La tortuguita sonrió al poner la tapa en su lugar. Entonces, observó a su alrededor: había llegado a un callejón. Vio las escaleras de emergencia de un viejo edificio.
- Por favor, no me digas que hay que subir esas escaleras de emergencia también… ¡Oh! Eso veo, un edificio abandonado; puedo entrar y subir las otras escaleras. Qué bueno. - suspiró la tortuguita de puro alivio.
Tomó a su osito de nuevo entre sus brazos y entró a la construcción. Era un edificio de veinte pisos de alto; menos mal que Leonardo estaba acostumbrado al esfuerzo extremo. Llegó al techo apenas exhausto.
- Bueno, ya llegamos. Ahora, si puedes decirme por qué me pediste venir hasta aquí, Ogima. -
Leonardo miró a su osito, luego echo un vistazo, allá a lo lejos, donde estaban los elegantes edificios, los que parecían estar construidos de cristal solamente.
Las ventanas de los edificios donde se albergaban esas corporaciones mundiales, reflejaban la luz blanquecina del sol que estaba descendiendo tras el horizonte.
- ¡Qué bonito! ¡Brillan como el diamante que usa la princesa Laurel en su cuello! -
Conforme el sol se ocultaba, el blanco resplandeciente fue torrándose a un intenso naranja, luego pasó a convertirse en un rojo refulgente, y el rojo fue apagándose poco a poco, hasta desenvolverse en un brillante rosa.
- ¡Qué hermoso! - exclamó la tortuguita, maravillado por ese arcoíris que jamás había visto.
Él no solía salir a la superficie sino hasta que la oscuridad reclamaba su territorio, y eso acompañado de su padre, por eso dudó mucho en ir a ese lugar, pero con tan maravilloso espectáculo, olvidó que había tenido miedo.
El rosa fue perdiendo color hasta que un azul tenue tomó su lugar.
- ¿Otra sorpresa? ¿Dónde? -
Leonardo buscó en el cielo con algo de desesperación, y fue cuando la vio; lo dejó boquiabierto: una pequeña y bella estrella que lanzaba tenues destellos azules. En el casi oscurecido cielo, era la primera estrella en titilar antes que sus hermanas.
- ¡Esa es la estrella a la que puedo pedirle mi deseo, como me dijiste! -
Miraba fascinado a la linda estrella.
- ¿Qué? ¿Sabes una canción sobre esa estrellita? -
Entonces oyó la más bella canción que había oído nunca jamás, la escuchó con atención sin dejar de ver a ese punto luminoso en el cielo.
El niño comenzó a llorar. Miraba con asombro y desconsuelo a la bonita estrella. No entendió cómo algo podía hacerle sentir bien y al mismo sentirse mal; era una canción bonita, pero le hizo sentir una profunda tristeza.
El canto cesó, pero Leonardo no dejaba de llorar.
- La música… puede aliviar el peso que aflige un corazón. Sí, tu canción fue… muy bonita, pero… -
Abrazó con fuerza al oso de peluche, no podía dejar de llorar.
No pudo.
. . .
- ¡Leonardo! - exclamó Splinter al encontrar a su hijo en una parte del inmenso laberinto que son las alcantarillas; corrió a su encuentro y lo abrazó - ¿Qué haces solo en esta parte del drenaje? Me tenías muy preocupado. -
- Lo siento Sensei. -
- Hijo, ¿qué tienes? -
Splinter se angustió mucho más al ver la carita de su hijo.
- Yo… -
- Hijo, cuéntame, ¿qué ha sucedido? ¿Te lastimó algún humano? -
- No. -
- ¿Entonces? -
- Ogima… me llevó a la superficie, me llevó a un lugar donde no hay humanos. Desde lo alto de una vieja construcción, vimos cómo cambiaba la luz… Los edificios de cristal cambiaban de color y… -
-Leonardo, me decepcionas. Te he pedido no subir a la superficie. Tus hermanos y tú no pueden subir a la superficie por las razones que ya te he explicado. Y no sólo eso, dejaste solos a tus hermanos. ¡Eres el hermano mayor, eres el responsable de la seguridad de ellos! ¿Cómo pudiste abandonarlos? Sabes que puede haber humanos merodeando aquí abajo, ¿y si un humano los hubiera hallado?
- Íbamos a regresar enseguida. Ogima sólo quería que yo viera el ocaso y la primera estrellita que aparece en el cielo, sólo que… que… Ogima me cantó una canción tan bonita… y lloré. No sé por qué me hizo llorar, y no pude… -
- Leonardo. - Splinter se irguió en toda su presencia autoritaria de padre - No tienes porque mentir diciendo que es culpa de tu oso que hayas subido a la superficie. Eres el mayor, y debes tener en claro las consecuencias de tus acciones. -
- No miento, papá. Yo me retrase porque… algo, aquí - señaló su pecho - dolió mucho y… -
- Gozas de buena salud Leonardo; tú no te enfermas con tanta frecuencia como tus hermanos. - tomó su mano - Lo lamento hijo, pero tendré que imponerte un castigo severo por haberme desobedecido. -
Iniciaron su regreso a casa.
- Lo siento. Ogima no tenía malas intenciones al llevarme lejos, es mi culpa por haberme retrazado. -
- Basta Leonardo. Si insistes en afirmar que tu oso fue quien te indujo a alejarte de casa, me veré obligado a quitártelo. Me parece que ya eres mayor para que tengas un oso de peluche. Ninguno de tus hermanos tiene el suyo consigo. -
- ¡No! ¡Por favor! ¡Prometí cuidarlo siempre! -
- Es cierto. Gracias por recordármelo. -
- Ellos no les prestaron la suficiente atención a sus ositos, no escucharon a sus amigos. Ellos te cuentas hermosas historias, te cantan bonitas melodías, ellos… -
- Leonardo. -
El niño calló, temeroso de que le pudiera arrebatarle su oso.
Splinter pensó que quizás, debido a los libros que leía su hijo, había desarrollado demasiado su imaginación.
- Ya hablaremos después, pero debo imponerte un castigo. Debes ser el ejemplo a seguir de tus hermanos; en la disciplina, la subordinación y en el escarmiento, deben aprender que hay reglas por una razón, así como hay castigos por una razón. -
- Sí Sensei. -
Leonardo aceptó su castigo, después de todo había tardado en regresar a cuidar a sus hermanos.
Su castigo duró una semana: el entrenamiento fue el doble así como los deberes, tanto los de la casa como los de su enseñanza escolar, y por toda una semana Rafael, Miguel Ángel y Donatelo se preguntaron por qué Leonardo había desobedecido de esa manera a su maestro si era quien mejor se portaba; pero con todo y regaño y castigo, Leonardo quería ver de nuevo la estrella. Se sintió muy triste por la canción, pero la estrella le hacía sentir feliz, pero sobretodo, sentía que le ayudaba a no temer a lo que más le angustiaba.
Regresó a verla, a la siguiente tarde, y no porque se le había revelado un secreto: la primera estrella que veas al ocaso, puedes pedirle un deseo y se te concederá; regresó porque quería verla.
Estaba de nuevo en el techo del edificio abandonado, mirando el cielo, a su estrella. Se sentía muy feliz al contemplarla.
- ¿Mi deseo?... Mi deseo. -
El destello de la estrella parecía hipnotizar al niño.
- Sé que hago mal en venir sin el permiso de papá… ¿Un secreto? -
Comenzó a soplar una agradable brisa.
- Creo que tienes razón, no hacemos nada malo, es nuestro secreto y no es malo, pero quisiera que mis hermanos pudieran subir también y ver el ocaso, que puedan ver a esa bonita estrella, pero, ¿cómo les explicó que supe de este lugar? Tal vez puedo traerlos, pero no me van a creer que tú me trajiste aquí, si papá no me creyó. No puedo entender por qué no me creyó. -
Dejó de ver el cielo para mirar a su oso.
- Que por alguna razón, los adultos dejan de creer en muchas cosas en las que creían de niños, y hay niños que están tan ansiosos por ser mayores, que dejan de creer demasiado pronto. -
Volvió la vista al cielo. Estaba preocupado.
- ¿Yo dejaré de creer en ti cuando crezca? -
La brisa se detuvo.
La respuesta que sólo él pudo oír fue desalentadora.
Suspiró.
La luz del día iba retirándose para darle paso al azul oscuro de la noche.
- ¿Sabes? - le sonrió a su osito - Mejor le voy a pedir a la estrella que mis hermanos puedan ver un ocaso tan bonito como el que he visto, en vez de pedirle mi deseo. Me puede ser bastante útil repetir "no mires hacia abajo". -
Leonardo cerró los ojos y pensó, dijo con su mente y su corazón, dijo con todas sus fuerzas las palabras que una vez ya había aprendido.
- ¡Ya! - abrió los ojos.
Para entonces, había más estrellas acompañando a su hermana.
- Me gustaría quedarme un poco más. - no quitaba la vista del cielo - Ahora entiendo porque tu canción habla sobre una estrella. Veo la estrellita… y me siento muy feliz, hasta olvido que… hay algo que me da mucho miedo, pero su luz frente a mí aleja el temor. -
Por unos momentos más, contemplo la estrella, y se fue.
Continuó yendo a verla, se las ingenió para salir y poder ver a la estrellita: aprovechaba que sus hermanos hacían alguna travesura, o dormían la siesta, o salían a explorar, o estaban haciendo los deberes escolares; cualquier pequeña distracción de su familia la aprovechaba para salir. No pidió si deseo, no le importó no pedirlo, porque era feliz al ver la estrella.
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