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UN PEQUEÑO SECRETO

Una tarde no pudo ir a contemplar la estrellita porque su maestro le dijo que regresaría muy noche, así que Leonardo no tuvo el valor de dejar a sus hermanos esa vez. La estrella seguiría ahí, pero sus hermanos pudiera ser que no.

Ya era muy noche, y Splinter no había regresado. Sus hermanos no estaban dispuestos ir a dormir por el hambre que tenían.

- Leo, tengo hambre. -

- Lo siento Miguel, pero Sensei no ha regresado con la comida. -

Los cuatro estaban en un rincón de la casa, esperando el regreso de su padre.

- ¿A qué hora te dijo que regresaría? - Rafael preguntó.

- Dijo que regresaría un poco tarde. Podemos aguantar el hambre hasta que regrese. -

- Yo no puedo aguantar. - dijo Miguel Ángel.

- Yo tampoco lo creo, Leo. - dijo Donatelo.

Todos estaban cansados y hambrientos, y alguien más estaba por perder la paciencia.

- ¡'Ni mangos'! Yo voy a buscar algo de comer. -

- ¡Rafa! - Leonardo se interpuso en su camino - No se nos permite ir a la superficie, lo sabes. -

- Yo me muero de hambre. No voy a esperar a que Splinter se acuerde de nosotros. -

- Debe de estar en algo importante, por eso se ha atrasado. -

- No me importa. ¿Vienen? - les preguntó a los dos más pequeños.

Miguel Ángel y Donatelo se pusieron de pie sin pensarlo dos veces.

- Por favor, hay que esperar un poco más… – dijo Leonardo, pero un fuerte gruñido delató lo hambriento que estaba también.

Se avergonzó de sí mismo por no poder resistir hasta que regresara su padre.

- ¡Oye! Tu estómago quiere venir con nosotros. - dijo Miguel Ángel.

- Ven si quieres, pero no puedes delatarnos porque Sensei va a castigarte, otra vez. - dijo Rafael en un tono de voz triunfante.

Sus tres hermanos ya no esperaron ni su respuesta.

- ¡Oigan! - de pronto dijo Leonardo.

- Ya decídete, Leo: o vienes, o te quedas a morirte de hambre. -

- Yo… puedo prepararles algo de comer. -

- ¿Sabes cocinar? -

- He visto cómo cocina papá, puedo hacerles unos huevos estrellados. Creo que hay una docena… - fue a la cocina.

Sus tres hambrientos hermanos lo siguieron.

Más que cocina, era una habitación chica donde había una pequeña estufa asentada sobre ladrillos, una mesa y cinco sillas, y un pequeño mueble de madera corroída, de donde Leonardo sacó un empaque te cartón y lo abrió.

- ¡Sí! Hay huevos y… - se volvió a asomar al mueble - un poco de catsup. -

- Pero es peligroso para nosotros acercarnos a la estufa, Leo. - dijo Donatelo - Si no sabes cómo manipular los cerillos, cómo encender la lumbre del fogón, puedes quemarte. -

- Puedo hacerlo. -

Sin esperar más argumentos contradictorios de su hermano el sensato, dejó el empaque de cartón y la salsa de tomate sobre la mesa, buscó y colocó una sartén de tamaño chico en la estufa, buscó los cerillos, se fue a la estufa, tomó uno y lo encendió.

- ¡Y se hizo la luz! - Miguel Ángel gritó victorioso.

Con cuidado, Leonardo giró la manija y ¡puf!, una llamita color azul brotó del fogón; no tardó el niño en hacer lo que había visto hacer a su padre: colocar la sartén, verter un poco de aceite de cocina, regular la llama y esperar un poco para que se calentara; tomó un huevo y con mucho cuidado…

Sus hermanos contuvieron la respiración, lo que Leonardo agradeció para sus adentros.

… con mucho cuidado y con el pulso bien firme, Leonardo golpeó la cáscara del huevo y lo rompió lo justo, lo tomó con ambas manos, y terminó de abrir el cascarón sobre la sartén para vaciar su contenido en ésta, y la yema y la clara cayeron, y de inmediato comenzaron a saltear y a despedir un aroma delicioso; rápido echo otro huevo a la sartén y les agregó una pizca de sal.

- Doni, ¿puedes poner platos y cubiertos, por favor? -

- ¡Sí! -

- Miguel, ayúdale, por favor. -

- ¡Sí! -

- Y Rafa, - le entregó la botella con la salsa de tomate - agítala para que la catsup se vierta mejor. -

- Sí, porque luego está bien difícil que salga. -

Leonardo regresó a poner una tapa de acero a la sartén, para que se cocinaran mejor los huevos estrellados.

La comida estuvo pronto, y desapareció pronto.

- Bien, ahora a dormir. -

- Yo no tengo sueño. - mintió Rafael; se veía cansado.

- Yo todavía tengo hambre. - dijo Miguel Ángel en un bostezo.

- Tú siempre tienes hambre. -

- Gracias por la comida, Leo. - Donatelo dijo, también se veía que tenía mucho sueño.

Leonardo se levantó de su asiento, fue con Miguel Ángel y Donatelo, los tomó de la mano y los condujo a la colchoneta.

- Ni creas que voy a hacer la 'meme'. - dijo Rafael viendo cómo Leonardo les ayudaba a los más chicos a despojarse de su indumentaria y los arropaba. - Yo puedo quedarme despiertooooooouuuhhhhmmmm… hasta muy tarde. -

Leonardo fue por el más quejumbroso, tomó su mano y lo condujo a la cama, entre protestas e insultos fingidos, porque Rafael realmente no hizo nada para no ir a dormir; lo recostó. Rafael pudo él solo en quitarse su atuendo de ninja para descansar mejor.

La colchoneta estaba junto a la pared. Miguel Ángel era quien prefería dormir junto a ésta, Donatelo quedaba en medio y Rafael quedó a la orilla. Leonardo permaneció de pie esperando a que se durmieran sus hermanos, pero ninguno podía dormir, estaban intranquilos.

- ¿Por qué no llega papá, Leo? - Miguel Ángel preguntó.

- Debe ser que trae consigo muchas cosas. -

- ¿Mucha comida? - volvió a preguntar entre emocionado y cansado.

- Es inusual que se demore - dijo Donatelo - ¿Y si le ocurrió algo? -

Rafael y Miguel Ángel se asustaron, igual Donatelo.

- No puede pasarle nada malo a un maestro ninja. - aseguró Leonardo con mucha confianza - Él puede vencer a Rhino fácilmente, por ejemplo. -

- Si a ese le gana hasta Spiderman. - dijo Rafael.

- Es para que tengan una idea de cuán fuerte es papá. -

- ¡Tan fuerte como Superman! -

- Tal vez no tanto, Miguel, pero puede acabar con cualquier malo que se interponga en su camino. -

Sus hermanos estaban más calmados.

- Traten de dormir. -

Miguel Ángel comenzó a moverse para estar más cómodo, pero no se podía poner cómodo.

- Así no… Así menos… -

- ¡Hey! ¡Me destapas! - se quejó Rafael, y es que compartían la misma manta.

- Por favor, trato de dormir. - imploró Donatelo, jalando su porción de manta.

- Me descobijas. - protestó Miguel Ángel, que de un tirón, de quedó con toda la manta.

Estaban irritados por no poder conciliar el sueño, aunque les confortó saber que a su padre no podía sucederle nada malo, pero estaban inquietos, y comenzaron a pelear por la manta.

Leonardo intentó calmarlos, pero no funcionó, entonces se le ocurrió algo, lo que lo puso nervioso. No estaba seguro de que funcionara, pero no sabía que otra cosa hacer para que sus hermanos pudieran dormir. Se sentó al lado de Rafael, cerró los ojos, se concentró en la letra de la canción de la estrella, pensando también en el sentimiento que le provocaba al contemplar a su linda estrella que le daba valor; inspiro profundo, y comenzó a cantar, con calma y seguridad.

Los jaloneos y las disputas cesaron, y los niños escucharon muy atentos a su hermano.

Cuando cae la tarde,

y se pone el sol,

todas las montañas

cambian de color.

Una estrella solitaria

brilla para mí.

Su luz frente a mí

aleja el temor.

Cuando miro su luz

me siento ya mayor.

Cuando en su camita,

mudo está Mikey,

y papá dice:

"Tienes que dormir."

Una estrella solitaria

brilla para mí.

Su luz frente a mí

aleja el temor.

Cuando miro su luz

me siento ya mayor.

Cuando abrió los ojos, no podía creer que había funcionado el cantarles una canción para arrullarlos.

- No creí que iban a quedarse dormidos. No canto tan bonito como Ogima. –

- Pero si cantaste maravillosamente, hijo. -

- ¿Papá? -

Splinter llevaba demasiadas cosas consigo, las dejó en el suelo menos una manta, se acercó a la tortuguita.

- Fue una hermosa canción. - lo cubrió con la manta, visiblemente menos desgastada que con la que se cubría; lo cargó y lo llevó a la colchoneta.

- Me la enseñó Ogima. -

-¿De verdad? -

- Sí. - lo recostó – Oh… Me olvido de él. –

- Yo te lo traigo. -

Splinter fue hacia una repisa que había hecho él para que Leonardo tuviera un lugar donde colocar su pequeña colección de libros: El Principito, Cuentos para leer en una noche de Insomnio, La niña de los fósforos, El Príncipe Feliz, La Señora más mala del Mundo; también tenía el primer libro que leyó, y ahí junto, estaba el oso de peluche.

- Toma. -

- Gracias. -

Leonardo ya se había quitado su atuendo, se recostó y tras un largo bostezo, no tardó nada en quedarse dormido.

Splinter contempló un momento al juguete de su hijo.

No podía comprender del todo que su hijo el mayor todavía conservara ese oso de peluche.

- Su promesa. Hizo una promesa y piensa cumplirla, aunque creo que hay algo más que un compromiso. -

Sin desearlo, Splinter evocó las antiguas leyendas niponas sobre seres mágicos que protegían a los niños, y por un segundo, le pareció ver que el oso le sonreía.

Sacudió la cabeza.

El oso sonreía, pero era esa sonrisa eterna que tenía cocida con hilo en la cara.

Se incorporó, tomó las cosas y fue a guardarlas. Lamentó haberse demorado, pero eran demasiadas cosas para traerlas él solo: trajo dos colchones individuales y mantas más abrigadoras, ropa también. Sus hijos habían crecido tanto, que ya no cabían juntos en la vieja colchoneta, ni la vieja manta no los cubría a todos; la ropa que usaban para poder salir, ya no les quedaba; además trajo comida. Pensó que tal vez era tiempo para pedirle a su hijo mayor que le ayudara con esos menesteres, que fuera con él cuando iba por cosas que necesitaban. Al entrar a la cocina, vio que había trastes sucios sobre la mesa; no le fue difícil suponer que su hijo mayor le había dado de comer a sus hermanos por su larga ausencia. Con esto, fue definitiva su decisión: Leonardo lo acompañaría en la siguiente ocasión.

En la siguiente noche, Splinter llevó a sus hijos a un día de campo nocturno: la comida que no pudieron disfrutar en la cena de anoche la aprovecharon para hacer un picnic. Tuvo que ser de noche, ya que ellos no podían mostrarse durante el día, pero a los niños no les importó; comieron cerca de unos juegos; jugaban y comían, comían y jugaban, tomaban un bocado y salín corriendo hacia el columpio o al pasamanos o a la resbaladilla, terminaban de comer el bocado y regresaban por otro. Tuvieron sobre sus cabezas una noche inusualmente estrellada. A Splinter le complació que su hijo Leonardo jugara felizmente; últimamente notaba que se estaba haciendo cada vez más torpe durante los entrenamientos, especialmente cuando el ejercicio requería ejecutarlo desde un lugar alto. Durante el picnic, notó que él, constantemente miraba hacia arriba, a la noche estrellada, como si buscara algo. No se preocupó más. Miró con dicha a sus hijos que crecían tan rápido como la hierba.

La pasaron estupendamente esa noche.

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