Una semana había pasado desde la discusión dada a lugar en la oficina de la directora, y los miembros de la Élite Diez se preparaban para asistir al Blue. El anuncio sobre el evento se hizo un mes antes de la fecha de apertura, por lo cual debían practicar, mejorar sus recetas y establecer un plan a seguir.
Ocho estudiantes de la Élite tenían bien claro su objetivo, sin embargo, también tenían presente la situación ocurrida entre los dos restantes la semana anterior y se daban cuenta de que, probablemente, no estaban dando su cien por ciento en la cocina desde ese entonces.
Kuga siempre tuvo complicaciones para compartir espacio con otras personas y hacer equipo, pero Isshiki solía mantener una sonrisa en su rostro mientras charlaba con tranquilidad o se mantenía en un silencio armonioso escuchando al resto de la gente.
Ahora, no obstante, Kuga parecía pelearse hasta con los cubiertos y el silencio de Isshiki era frío, no parecía estar escuchando nada a su alrededor, a pesar de que sí lo hacía, y la sonrisa en su cara no lucía tan amable como siempre. Kuga luchaba por alejar el pensamiento de que extrañaba un poco el ambiente que esa sonrisa solía generar.
Se sentía tan extraño, ¿qué demonios le pasaba a Isshiki? ¿Se ofendió ante la sospecha de Kuga respecto a que Isshiki se burlaba o jugaba con él? La posibilidad molestaba a Kuga, el ofendido debía ser él, no Isshiki. Aún así, una sensación de remordimiento lo invadía de vez en cuando, y ni siquiera sabía el porqué.
Tan sólo veía entre sus recuerdos intrusivos esos ojos aguamarina con algo parecido a la decepción grabada en ellos. Nunca, pero nunca pensó ver una expresión así en esa cara, de entre todas, y menos por algo relacionado a Kuga. Ese tipo, el que siempre estaba feliz y energético, el que era amigo de todos, tan callado y discreto ahora, casi apagado o tímido.
Ojalá Kuga tuviera una mínima idea de qué pasaba por la cabeza de Isshiki. No sabía si quería entenderlo o no, pero si lo hiciera, quizás la atmósfera no sería tan densa como ahora. No ayudaba que la gente a su alrededor notara esa anormalidad y, en el caso de Kinokuni, miraran a Kuga como si fuera responsable de todo lo malo.
Para rematar, tampoco era como si Isshiki le hubiera retirado el habla. Sólo se sentía diferente, como si fuera otra persona y no él. En ocasiones pasadas, Kuga podía recordar sentirse un poco abrumado por Isshiki, como si aquel estuviera mirándolo o intentado acercarse de más, y lo único que Kuga quería era mantener la distancia y evitar el contacto visual.
Ahora, no obstante, casi tenía la expectativa de que Isshiki dijera algo más que "¿me pasarías la sal, por favor?" cada vez que estiraba la mano en dirección a Kuga y lo miraba de frente sin mirarlo de verdad. No sabía por qué, pero Kuga podía sentir una barrera en medio de los dos, un gesto perdido o distante en esa cara radiante.
Era jodido, porque podría parecer que Isshiki estaba triste, pero no. Esa barrera sólo se alzaba con Kuga, ¡hasta había vuelto a llamarlo así! Kuga, su apellido. Y sin embargo, tampoco estaba molesto. Volvía a ser el mismo apenas miraba a otra parte que no fueran los ojos terracota de Kuga.
Por ejemplo, Kinokuni se le acercaba e Isshiki le sonreía con calidez, ahora parecía como si Isshiki tuviera más interés en charlar con ella que ella con él. Demonios, Kuga ya había tenido esta sensación de ser invisible antes, pero se negaba a asimilar esa asociación mental.
«Desconozco por qué creíste que me estaba burlando de ti, haciéndote menos o algo equivalente. Yo no soy Eishi.»
Era difícil creer en esas palabras. ¿Que Isshiki no tenía intención de hacerlo sentir mal? ¿Entonces por qué lo estaba ignorando ahora, de esta manera? ¿Que Isshiki no era igual que Tsukasa? Tonterías. En este momento, Kuga tenía la misma opinión sobre ambos, es decir: eran un par de idiotas a los que odiaba, aunque en el fondo no lo hacía.
En el fondo, Kuga veía con admiración cada shokugeki en el que antiguamente Tsukasa blandió una espada de caballero, mientras que sentía un poco de orgullo por su otro compañero, Isshiki, cada vez que el cuchillo tradicional japonés del que Kuga nunca se tomó la molestia en preguntar el nombre, se deslizaba a través del pescado con una velocidad más alta que la del sonido.
Kuga nunca los iba a alcanzar. Tsukasa se fue sin que Terunori lo venciera, y ahora Isshiki ya tampoco lo consideraba digno de dirigirle la mirada. Perdió el interés en Kuga. Qué patético se sentía de no haber podido descifrar ni siquiera las últimas palabras que Isshiki le dirigió hacía una semana. Daba igual. Kuga nunca iba a decir cómo se sentía.
No tenía tiempo para lamentaciones, después de todo. Quizás se quejara al momento, pero después se levantaría y continuaría cocinando, como siempre. ¿Qué iba a hacer, si no? Una terrible idea cruzó su mente: venganza. Jamás le perdonaría a Isshiki la humillación por la que lo hizo pasar, no importaba si tuvo esa intención o no.
«¡Te desafío a un shokugeki, Isshiki!»
Las caras de asombro dentro del aula no se hicieron esperar, especialmente la de Satoshi. Casi podía saborear una pequeña victoria antes de tiempo, Isshiki lo estaba mirando de verdad otra vez, pero Kuga se dio cuenta de que algo era diferente a la reacción que él esperaba.
La vez que Isshiki se le acercó tras derrotar al padre de Erina, cuando Kuga le reclamó qué le había visto a Kinokuni y esa vez que lo jaló de las solapas del saco la semana pasada, Kuga pudo ver un brillo casi emocionado en los ojos de Isshiki. Ese era el tipo de sorpresa que esperaba observar ahora. Pero no.
«Paso»
Decir que se oyó un «¡¿qué!?» colectivo era poco. La forma en que la sorpresa de Isshiki se transformó en resignación y decepción era más parecida a la vez en que Kuga le preguntó a modo de respuesta qué quería que le viera a Kinokuni, también cuando Kuga lo soltó del saco y salieron de la oficina de la directora, y finalmente, Ishikki también hizo esa cara seria y dolida hacía una semana, antes de irse del aula-comedor en donde hablaron.
«¿Por qué no? ¿No me consideras tan hábil? ¿No me crees capaz de vencerte? ¿No soy lo suficientemente bueno para ti?»
Algo no salió como Kuga pensaba. Creyó que, quizás, Isshiki se reiriría discretamente o que volvería a ignorarlo y confirmaría indirectamente alguna de las sospechas de Kuga sobre verlo como un cocinero inferior. Estaba acostumbrado a esas reacciones, Kuga podía sobrellevar el rechazo o la indiferencia, no así con el enojo.
Isshiki se estaba conteniendo, pero Kuga y posiblemente la mayoría de los estudiantes en el aula pudieron ver la mano derecha de Satoshi apretar el cuchillo con el que estaba rebanando los ingredientes antes de que Kuga lo interrumpiera.
Terunori parpadeó dos veces, ¿estaba viendo bien? Las únicas veces que Isshiki se molestaba era durante un shokugeki, cuando insultaban a la gente de La estrella polar o ambas cosas a la vez. Estaba seguro de que no era el único en tener fresca la imagen de Julio Shiratsu antes y después de enfrentar a Isshiki.
Conociendo esta información, Kuga no volvió a decir nada, sólo mantuvo la mirada fija en las reacciones corporales de Isshiki. Unos segundo después, los ojos aguamarina sí que lo miraron. Había una intensidad extraña en ellos; Kuga se estremeció. Mientras tanto, pareció magia o algo similar cuando sus pies se sincronizaron con los de Isshiki.
Por cada paso que Satoshi daba en dirección a Terunori, este último daba uno hacia atrás al mismo tiempo. Fue así hasta que Kuga sintió algo frío en su espalda baja y comprendió que había tocado alguno de los muebles de cocina detrás de él. Entonces, alzó la vista y notó cómo Satoshi recargó una mano en dicho mueble.
«Yo no soy Eishi»
Kuga sintió ganas de llorar de pura frustración. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Por qué Isshiki no podía ser claro por una vez en su vida? Lo peor era que, cada vez que lo veía rodeado de otras personas, sobre todo de los de segundo, parecía que todos lo entendían a la perfección y Terunori era el único idiota que aún no aprendía el lenguaje codificado de Satoshi.
«Sigues diciendo eso, pero te niegas a enfrentarme»
No tuvo ni que voltear a ver, Kuga sintió la mano de Isshiki apretar un poco el borde del mueble. ¿Se lo estaba imaginando o Satoshi estaba más cerca? El chico parecía concentrado en sus propios pensamientos, así que, al parecer, se inclinó inconscientemente. Pensar en esa opción hizo que Terunori se emocionara un poco sin querer.
¿Así que Isshiki de verdad no era consciente de que se ponía a la altura de las demás personas por instinto? La posible explicación de que eso indicaba una altanería llevada a otro nivel era tentadora, pero la obviedad del porqué asumir eso era un error era entendible hasta para Kuga.
El tipo vivía felizmente rodeado de plebeyos en el dormitorio más horrible de la escuela, incluso con el apellido que arrastraba. Kuga casi podía sonreír ante la metáfora: razonó, o más bien intuyó, que el hecho de que Satoshi se pusiera a la altura de la persona a quien le hablaba era muy elocuente y muy… Satoshi de su parte.
Una luz tenue alcanzó a esclarecer la bruma de sus pensamientos, o mejor dicho, la de su corazón.
«Él nunca se interesará por lo que opinen o sientan las personas a las que sobrepasa, gente sencilla como en La estrella polar. ¿No crees que, para la forma en que vivo, pienso y soy yo, Eishi sería mi rival perfecto en cuestión de ideología?»
¿De verdad comparó a Isshiki con Tsukasa?
«Kuga»
La voz suave de Isshiki, pero engrosada a voluntad, casi hace que Kuga sacuda la cabeza de un lado a otro. Entonces, se dio cuenta de que llevaba un buen rato con la mirada fija en los ojos de Satoshi y éste último también lo miraba a él.
Kuga recordó demasiado tarde que era mala idea ver directamente el par de joyas aguamarina. La mezcla armoniosa entre iris claros y pupilas oscuras era demasiado para la salud mental de Terunori, porque, a pesar de todo, Isshiki seguía reflejando sinceridad.
«¿Qué quieres?»
«Si te enfrento ahora, ¿dejarás de verme como a Eishi?»
Terunori contempló, impresionado, la seriedad en el rostro de Satoshi, pero no pasó demasiado tiempo antes de que Kuga desviara el suyo. La coraza rodeando y protegiendo su corazón tenía una grieta que dejaba asomar un atisbo de calidez… No. Más bien era un calor ardiente y agresivo, como el de la cocina de Satoshi, que invadía el cuerpo de Kuga como nunca lo pudo hacer el picante de sus propios platillos.
Un calor que llegó a su pecho, sus manos y sus pómulos.
«Yo no te veo como a Tsukasa, eres totalmente distinto»
Los gestos que Satoshi hizo reflejaron, por fin, la sorpresa que Terunori quiso ver en un comienzo, cuando le propuso el shokugeki. Por supuesto, no iba a admitir el alivio que sintió ahora que la atmósfera tensa se relajó un poco; tan sólo hizo como que no vio nada por el rabillo del ojo, continuó con la cara a medio girar y produjo un ruido de hartazgo.
«¿Vas a aceptar o no?»
Isshiki recobró la expresión serena por la que era conocido, enderezó su postura, alzó los hombros en un gesto de fugaz ignorancia y dijo en un tono inofensivo que ni Kuga podría malentender:
«De acuerdo, ¿por qué no? Podemos llevarnos una sorpresa. Quizás sea yo quien no es lo suficientemente bueno para ti.»
