El escenario es tan parecido. Ella sentada en una de las butacas para visitas junto a los restos de un sándwich grasiento de Granny's, dos cervezas rubias sobre la mesa a medio morir, y Regina terminando de devorar su ensalada de kale y quinoa. Tanto tiempo despues y todo tan parecido. Se lleva la botella a los labios y casi echa el líquido sobre la alcaldesa al escucharla exclamar. "¡Delicioso!"
Se atraganta y tose, tapándose la boca para evitar derramar la cerveza.
Regina aguanta el tipo y aparta el bol de su ensalada con dignidad sólo para añadir: "Ya me había duchado hoy, así que te agradezco que hayas evitado el desastre."
"¡Culpa tuya! ¿Quién puede decir que eso está delicioso?"
"¿Yo?"
"Sólo tú. Claramente." Responde volviendo a respirar con normalidad. "Puedes decir, hhhmmm, que sano, qué refrescante, qué ligero, pero ¿delicioso?"
"Delicioso". Repite cruzándose de brazos. "Te acabas de comer un sándwich capaz de atascar las venas de un elefante, ¿de verdad quiere que hablemos de gustos cuestionables?"
"Te permito que te rías de mí si algún día, al terminar mi delicioso sándwich, exclamo: ¡oh, qué nutritivo!" responde con sorna.
"No me reiría, lloraría". Responde severa. Esta vez la cerveza está lejos de la boca de Emma y, cuando se echa a reír, puede hacerlo a pleno pulmón, sin peligro de escupir nada. Regina intenta reprimirse, pero va un segundo más tarde, con una risa tan dulce, tan genuina, tan cálida que Emma no puede apartar los ojos de sus labios.
La voz de Snow regresa a sus oídos. Como una cantinela. Una que no cesa en su empeño de resonar ante cada instante raro, confuso, encantador con Regina. Y la maldita voz está llenándola de dudas, de preguntas… de necesidad por respuestas. O quizás todo esto ya estaba dentro y las insistentes palabras de su madre sólo se dedican a escarbar y sacarlas.
Sea lo que sea, no soporta que siga retumbando en su cabeza, se rinde.
Y, aunque presente su sándwich atascándose a la altura de su pecho, las palabras lo apartan, suben y terminan por salir sin preguntar a nadie.
"Regina... ¿Me estás esperando?"
Se encoge de hombros, mientras se limpia la comisura de los labios con su servilleta antes de desecharla. "Tú traías el almuerzo, no me quedará otra".
La boca de Emma comienza a secarse. "No hablo de la comida."
"¿Entonces?"
"Yo…" respira hondo. "Me referí a nuestra vida juntas".
"¿Cómo…?" pregunta bajito inclinándose hacia la mesa. Emma no logra leer si ese cambio de postura es por interés o preocupación. Ni siquiera los ojos miel, ahora detenidos en los suyos, dejan entrever nada.
Abre la boca un par de veces antes de lograr acumular las fuerzas necesarias.
"Vivimos juntas, cuidamos a Hope, alimentamos a Henry entre viaje y viaje, y no te ves con nadie…" enumera de carrerilla, antes de perder impulso y susurrar muy lento: "¿Es porque… porque me estás esperando?"
Los ojos de Regina se abren con algo que solo puede ser miedo. "Emma, ¿temes que os quiero en la mansión para hacerte caer en mis redes?"
"¿Qué? No, no..." exclama atropellada. Pero Regina no se detiene y habla cada vez más angustiada.
"Porque jamás haría eso, te lo prometo. No hay intenciones ocultas, nunca intentaría aprovecharme de ti."
"Regina, Regina..." repite hasta que recupera la atención de la alcaldesa, que detiene su verborrea, muerde sus labios con nerviosismo y la mira con auténtico pánico. "Yo no… Regina, no me he explicado bien…" comienza con torpeza pero reclinándose también hacia la mesa, hacia ella. "Estuve hablando con Snow y yo… pensé… no sé… tenía miedo de estar aprovechándome de ti y de tu hospitalidad…"
"Jamás". Interrumpir contrariada.
"Ya…" musita y se muere de ganas de estirar su mano, de acariciar la de Regina, de tranquilizarla y tranquilizarse al mismo tiempo. Pero está aterrada y paralizada ya duras penas consigue seguir hablando. "Mi madre me hizo reflexionar y ver que me siento como en casa, no como una invitada. Y me hizo preguntarme por qué me siento así, si alguna vez lo había sentido. Y si no estaría dejando que el miedo a sufrir y el peso de mi pasado me robaran la oportunidad de ser feliz.
"¿Y?" Una pregunta diminuta, casi imperceptible, con la voz justa para que no muera en el silencio.
Traga hondo, buscando palabras, entereza, algo. Pero no hay suerte y lo único que se le escapa es un simple: "¿Quién conoce a su hija mejor que una madre?"
Los ojos de Regina brillan, la garganta de Emma se seca y, por unos segundos, tal vez un minuto o una eternidad, el despacho permanece en un violento silencio.
"Creo que debo volver al trabajo." Anuncia Emma poniéndose en pie con torpeza y echando las manos a los envoltorios y restos del almuerzo.
"Sí, yo también. Deja que yo me encargue de recoger esto."
"Vale, vale..." responde la Salvadora girando sobre sí mismo, confirmando no dejarse nada atrás, al menos nada más que la dignidad. "Nos vemos en casa".
"Sí, claro, claro". Tartamudea poniéndose en pie y sin mirar a ningún lado. Emma camina hacia la puerta más rápido que en toda su vida y agarra el pomo como si quemara pero le fuera la vida en ello. Al girarlo, la voz de Regina se sobrepone al ruido metálico. Primero como un susurro muy suave, apenas una llamada desesperada. "Emma…" La Salvadora se gira y continúa: "Yo… no te estoy esperando."
"Ah…" Emma siente su corazón despeñándose contra el suelo, acompañando con tristeza a su dignidad.
"Pero porque esperaba que no había nada a lo que esperar". Tartamudea. "No porque jamás haya dejado de desear que lo hubiera..."
"Ah". repetir Y siente que de nuevo su corazón se detiene pero no está muriendo, sino resucitando en un mar de histeria.
"Emma, ¿tú querías que yo te estuviera esperando?"
Asiente. "Sí, eso creo".
"Oh."
"No sé si sobro o si quieres que traiga a cenar a los abuelos ya un par de amigos".
"¿What?"
"Vosotras. ¿Qué sucede?"
"¡Nada! ¿De qué hablas, Henry?"
"Oh, mamá, por favor. ¿Con esas estamos?"
"No sé a qué te refieres".
"El estofado de mami va a estar listo en dos segundos. No me obligues a sacar mi pluma y escribir: Y la Salvadora cantó como un ruiseñor."
"No serías capaz". Responde confiada, pero Henry eleva una ceja con su mejor cara de póker. "¿Verdad?"
"Si seguís poniéndome así de nervioso, estoy dispuesto a lo que sea necesario."
"No estamos haciendo nada".
"Bromeas". Responde ofendido, pero su madre no agrega nada. "Hola Regina, gracias Emma, a ti Regina, ¿está todo bien Emma?, todo perfecto Regina. Os falta empezar a usar los nombres compuestos y los dos primeros apellidos al hablaros entre vosotras. Y al mismo tiempo no podéis sosteneros la mirada, pero cuando lo hacéis hay que alejar las cosas inflamables de vuestro camino."
"¡Enrique!" mirando protesta hacia la cocina con terror.
"Mamá."
"Has hablado con tu abuela, ¿verdad?"
"Procuro hacerlo a menudo, sí, les tengo cariño".
"Enrique."
"Mamá."
"Me refiero a hablar recientemente y sobre… nosotras."
"Oh, mamá, llevo toda la vida haciendo eso".
"¿Cómo que toda la vida?"
"Toda la vida". Subraya asintiendo con fervor.
"Panda de cotillas".
"Panda de indecisas".
"¡Enrique!"
"¡Mamá!" se burla.
"Paraca." Suplica mortificada mirando hacia la cocina, donde los ruidos delatan los movimientos de Regina. "Está bien... nosotras... bueno, necesitamos tiempo."
"¿Más?"
"¡Enrique!" protesta, viéndole reírse.
"Mamá, tómate el tiempo que necesites. Estoy seguro de que Regina lo entenderá. Pero te garantizo dos cosas: primero, que ella no lo necesita." Murmura cabeceando hacia la cocina. "Y segundo que, como continuéis comportándonos tan raro, la siguiente que va a preguntar es Hope".
"Anda ya."
"Mamá, mi hermana es muy lista. Y vosotras está actuando como dos perturbadas. Suma los factores."
"¡Enrique!" grita entre dientes, con los pasos de Regina resonando en su espalda y erizando la piel de su nuca. Su hijo sonríe, sabiéndose a salvo y venedor, y exclama:
"¡Qué bien huele, mami!"
"Gracias, Enrique". Sonríe dejando la cazuela en el centro de la mesa.
Emma se hace con el cazo de madera, dispuesta a servir y, mientras mueve el asado, respira hondo y musita: "Tiene una pinta espectacular".
Busca los ojos color miel esforzándose por no añadir el nombre de la alcaldesa ni sonar como un contestador automático. Y, frente a ella, juraría que los hombros de Regina se relajan y que su voz suena más calmada al bromear: "Espero cumplir con las expectativas".
"Siempre lo haces". Responde sin pensarlo.
Henry aguanta una carcajada mordiéndose sin disimulo la mano. Regina cierra su boca mordiendo sus labios para no soltar ninguna sonrisa nerviosa. Y Emma siente cómo todo su esfuerzo se va por el retrete y los nervios regresan para estrangularle las tripas sin compasión. Pero, de alguna forma, aunque se quiera morir, el ambiente parece otro. Y, aun con las mejillas rojas y el cuello ardiendo, sirve la cena y siente que han superado algo. Aunque no sepa ponerle el nombre.
"¡Buenas noches, mamá, buenas noches, mami!" vocea Henry asomándose al salón. Desde el sillón más grande, ambas mujeres le observan con sendas sonrisas. Cada una tiene su propio libro, pero mientras que Regina permanece en un extremo y con los pies sobre la mesa, Emma está tumbada a lo largo, descansando sus piernas sobre las de la alcaldesa. "Volveré tarde, no me esperéis despiertas". Anuncia con prisa.
"Espera, ¿dónde vas?" pregunta Regina.
"A tomar algo con los amigos."
"¿Hoy también?"
"Tengo que aprovechar el tiempo antes del próximo viaje."
"¿Y con nosotras qué?"
"Prometo reservaros una noche para que nos vayamos juntos de copas".
"Muy gracioso".
"¡Nos vemos mañana!" canturrea guiñándoles un ojo y saliendo discretamente.
Emma regresa a su libro tras oír la puerta de la calle cerrarse, pero algo ha cambiado. Los dedos de la mano izquierda de Regina se pasean renqueantes sobre su pierna. Cuando la alcaldesa se concentra en su novela y el relato se vuelve más oscuro y misterioso suele recorrer su pierna casi arañando su piel con la suave caricia. Y cuando está a punto de desentrañar un enigma o los protagonistas se salvan de un peligro, las yemas de los dedos se pasan casi volátiles. Pero en ese instante la mano de Regina no es ni una ni otra versión. Los dedos registran su rodilla dispersos, mientras que la mano que sostiene el libro no pasa de hoja. Ni a los minutos.
Espera unos instantes más, pero nada cambia y la mirada de Regina está a punto de atravesar el libro. No se aguanta más y baja su propio libro antes de hablar.
"¿Qué sucede?"
La pregunta saca de su ensimismamiento a Regina, pero responde en apenas dos segundos con voz intranquila. "Henry tiene novia".
"¿What?" Emma abre los ojos. Estaba preparado para cualquier respuesta menos esa.
"Como lo oyes".
"¿De dónde te ha sacado eso?"
"Emma…" farfulla virando los ojos. "No soy sheriff, pero sé seguir las pistas. Lleva casi dos semanas saliendo todas las noches después de cenar y diciendo que va con "los amigos", por el amor de dios."
"Regina... Henry no se va de citas." Se quiere morir.
"¿Cómo estás tan segura? ¿Ya le has seguido?"
"Lo sé porque yo le pido que se vaya…" Se quiere morir tanto y tan rápido.
"¿Qué? ¿A dónde?"
"A donde él quiera… Pero que nos deje a solas." Responde y no entiende ni por qué sigue hablando ni por qué continúa viva.
Regina frunce el ceño, perdida. "¿A solas tú y yo para…?" Cierra la boca y Emma está segura, ahora sí, de que va a morir. Causa de la muerte, infarto por cantidad importante de vergüenza y mortificación. "Oh, ah, oh…" tartamudea y su cuerpo entero parece congelarse, especialmente la mano que permanece sobre la pierna de Emma.
"Soy idiota". Es cuanto responde, dejando caer su libro sobre su cara. Como si asi magicamente desapareciera.
"No, no, qué va. No lo eres".
Mueve la novela lo justo para mirar sobre ella. "Llevo días intentando atreverme a hablar contigo y, no solo soy incapaz, sino que ahora te he incomodado".
"¿Qué? No, no, no estoy incómoda." Tartamudea atropellada. "Solo sorprendida. Pero todo está bien, de verdad."
"No, no lo está. Míranos". Pide señalándose, apartando las piernas de Regina y sentándose con torpeza. "Ahora estamos las dos… raras. Esto es lo último que pretendía."
"Emma, de verdad, no pasa nada, todo está bien". Musita con una sonrisa nerviosa que combina con sus mejillas rojas y desmiente que no pasa nada.
"Ya…" suspira cargada de frustración y frotándose la frente.
"Emma…" murmura Regina, alargando su mano hasta tocar los dedos con los que la Salvadora amenaza con atravesarse la frente. El suave contacto paraliza a Emma y, aunque multiplica sus nervios, también calienta su corazón. "Nadie va a ir a ninguna parte. Hay tiempo. No pienso moverme de aquí."
No, no hay tiempo… piensa. Vivo con miedo a perder nuestro momento… oa abalanzarme sobre ti cuando eres tan dulce y comprensiva.
"¿Valle?" pregunta Regina, sin apartar su mano de la de Emma. Los dedos, tímidamente, vuelven a moverse sobre su piel, con la misma suave inocencia que hace unos minutos acariciaban su pierna. La Salvadora traga hondo y digiere las sensaciones que ese frugal contacto es capaz de provocar en su cuerpo entero. Su boca está cada vez más seca, su estómago se encoge, su corazón baila desenfrenado y su piel se eriza en medio de un calor casi apreciable a simple vista.
Y lo entiende. Lo entiende todo. Ahí tiene la invitación que necesita. La señal que la exhorta a dar el primer paso. El motivo por el que pide a Henry que cada noche salga de casa. Con tan sólo retener la mano de Regina, tirar de ella, acercarse a sus labios, decir algo… podría tener su final feliz. Eso dijo Snow y ella no lo ha olvidado.
Pero no puede. El vértigo sacude su cuerpo, la vergüenza lo estrangula y su corazón amenaza con llevar sus pasos de baile hasta precipitarse por la garganta directo al suelo. El pánico gana y Emma deja el momento morir.
"Vale..." responde con una torpe sonrisa, antes de mirar al suelo. "Creo que subiré a costarme…" suspira poniéndose en pie, dejando ir el contacto con la mano de Regina.
"All Right." Responde sin reproche alguno. Cuando sus ojos siguen esa voz hasta los labios de Regina, le recibe la más afable de las sonrisas. Y Emma, por un instante, se siente tranquila y reconfortada. Pero con la siguiente bocanada de aire, su mente comienza a estudiar lo irresistible que son esos labios precisamente con esa sonrisa, y la Salvadora regresa de cabeza al desastre.
"Buenas noches..." pronuncia atropellada, volviendo a mirar los preciosos listones del parqué y caminando acelerada hacia las escaleras.
"Buenas noches, Emma". Contesta mientras la Salvadora enfila las escaleras. Incluso desde los primeros escalones puede intuir el cuerpo paralizado de la alcaldesa y su nuca con un ligero color rojizo. Continúa subiendo mortificada, golpeándose la frente con la palma de la mano. Idiota, idiota, idiota.
"Alguien no aguanta más…" sonríe Snow, cabeceando hacia el regazo de Regina.
Emma mira a la alcaldesa solo para entender un vistazo a qué se refiere. En brazos de Regina, bajo las tenues luces del jardín que decoran el patio trasero de la mansión, Hope está luchando una guerra perdida contra el sueño. Ni la luz del atardecer ni los farolillos parecen ser un impedimento para que a la pequeña se le cierren los ojitos y, con un bostezo, se acomoda contra el hombro de Regina.
Está tan perdida en la escena, que casi pega un salto cuando Regina habla: "Emma, ¿subo a acostarla?"
"Sí, claro. Sería perfecto, Regina. Si no te molesta, claro."
"No, no es molestia, lo hago encantada".
"Perfecto, gracias".
"Un placer". Musita levantándose con la pequeña en brazos. Hope se recoloca aprovechando la inercia y ya ni se molesta en abrir los ojos. "¿Le deseamos buenas noches a todos?"
"Psi…" balbucea contra su hombro con los brazos moviéndose sin fuerzas. Los abuelos se despiden con sendos besos en la mejilla, Emma deja uno sobre su frente con un gesto torpe y desmañado al intentar no incomodar a Regina al acercarse tanto a ella, y por último se acerca Henry.
"Adiós, peque". Susurra antes de darle un beso y un abrazo que también envuelve a Regina. "Nos veremos a la vuelta y te escribiré muchas cartas."
Pero Hope ya no responde, solo respira profundo y en paz contra el cuerpo de la alcaldesa. "Enseguida bajo. Algo me dice que no se resistirá mucho." Bromea antes de perderse en el interior de la mansión. La luz del pasillo se enciende y se apaga unos momentos después mientras su figura desaparece escaleras arriba. Y Emma es consciente de esto porque sus ojos no se separan de su silueta en ningún momento. Hasta que lo advierta. Unas miradas inquisidoras y molestas clavadas contra su mejilla.
Gira su rostro y se encuentra con sus padres, sus cejas arrugadas y sus morros torcidos. "¿What?"
"¿Qué pasa entre vosotras?" pregunta Snow.
"Náda". Responda con un recurso. Y en el fondo es bastante cierto…
"Emma, por favor..." resopla David rodando sus ojos.
"¡Es verdad!" se defiende inútilmente.
"Hasta hace dos días parecíais un matrimonio y ahora actuáis como dos robots que no se conocen". Insiste Snow, mientras Emma solo frunce el ceño ante esa descripción. "Sabes de qué hablar".
"Eso no es…" Comienza, pero Henry la interrumpe sin compasión.
"Mamá quería hablar con mami y declararse, pero mami interpretó mal la situación y, cuando entendió lo que pretendía mamá, a mamá le dio un paro cardíaco y desde entonces no ha sido capaz de recuperarse ni hablar de ello. Y ahora están las dos incómodas."
"¡Enrique!"
"Es la verdad".
"Chico…" llama David. "¿Podrías repetirlo otra vez pero ahora con nombres, por favor?"
"¡Papá!" protesta Emma.
"¿Has intentado hablar con Regina?"
"¡Mira, la abuela sí me ha entendido!"
"Parad de una vez, por favor". Suplica Emma, poniéndose en pie ruborizada, pero sosteniendo su nariz con dos dedos en busca de paciencia. "Hemos organizado esta cena para despedir a Henry, no para chismorrear sobre mi vida privada".
"Bueno, privada, privada..." responde Henry con sorna.
"No es privada porque todos somos chismosos".
"Y porque llevamos siendo años espectadores". add su hijo sin rendirse.
"Sí, esto ya es también un poco nuestro". Corrobora Snow y Emma observan cómo David a su vera asiente convencido.
"Lo que me faltaba…" gruñe Emma mirando al cielo. "Si también es vuestro asunto, igual que queréis hablar vosotros con ella".
"No, por dios. Eso es demasiado invasivo ya." Exclama David.
"¿Ah, eso sí?" responde sarcástica.
Cariño, escucha. Pide Snow, buscando su mirada hasta recuperar su atención. "Las dos estáis deseando esa conversación, sabéis qué va a pasar cuando os sentéis a hablar. Todo va a ir bien."
Emma escucha a su madre con paciencia a pesar de su desasosiego, pero no responde. Solo deja que su mente se aturulle con el terremoto de pensamientos que la sepulta cada vez que intenta aclararse. Tengo tanto miedo a que vaya mal como a que vaya bien. Sé que no tiene sentido, pero sufro imaginando que dice que no. Y me aterroriza que diga que sí. Y me muero de ganas de besarla y perderme en sus labios. Pero me aterra pensar en atreverme a acercarme así a ella. ¿Y si todo sale mal? ¿Y si no estoy a la altura? ¿Y si no soy lo que espera? ¿Y si lo estropeo todo? ¡¿Y si…?!
"Emma, ¿me escuchas?" inquiere la voz de Snow preocupada. La cascada de pensamientos se detiene y Emma alza la vista hasta ella. Puede ver el gesto turbado de su madre al encontrarse con su mueca de puro terror y confusión. "¿Qué es lo que piensas, cariño?"
"I don't know." Y cada palabra es una verdad absoluta. No tiene ni idea.
"Mamá, salta. Sin paracaídas, sin miedo. Mami te va a sostener. Ahora y siempre."
Emma traga una enorme bocanada de aire que se convierte en un suspiro infinito. "Puede ser…" comienza a musitar, cuando unos pasos rompen el ceremonioso silencio a su alrededor.
"Como predije, coser y cantar. Ya está en el quinto sueño." Canturrea Regina al entrar en el porche. "¿Interrumpo algo?" pregunta incómoda encontrarse al cuatro rostros girados hacia ella con miradas incisivas.
Nadie responde de inmediato y Emma siente como se estrangula su voz antes de romper el maldito silencio:
"No, que va. ¿Alguien quiere más vino?" propone con un gallo tan evidente que parece que se pronuncia únicamente con la i. Rellena su propia copa antes de que nadie pueda responder y unos instantes después se la termina de un trago, buscando un consuelo que no llega.
A pesar de la luz tintineante de las farolas y de las sombras que se dibujan a lo largo de la calle, reconoce la figura de Regina al instante. La reconocería en la oscuridad absoluta. Y, por lo general, le encantaría encontrarme con ella. Pero ahora mismo está tentada de dar media vuelta. Y, si no lo hace, es por ese estúpido atisbo de dignidad que aún le queda. Y sobre todo porque Regina no se lo merece. No se merece nada de lo que ha acontecido los últimos días. Y Emma está luchando con todas sus fuerzas para romper con ese círculo vicioso en el que ella misma las ha encerrado. Pero no lo está logrando.
Y no lo va a lograr si, al ver a Regina sola esperando en la puerta de Granny's, su primera reacción es salir corriendo. Pero no puede evitar esa sensación de terror al ver que han llegado las primeras. Justo ellas dos.
Por un momento piensa que aún está a tiempo de dar media vuelta. Pero Regina, mirando hacia todas partes y ninguna en particular, se cruza con sus ojos y la localiza. Y ya no tiene escapatoria. No si no quiere quedar como una enajenada por huir hacia la casa que comparte con esa misma persona.
No, no puede hacerlo. No tiene sentido. No, no, se repite quizás demasiadas veces como para estar convencida de verdad.
Regina eleva su mano con un dulce saludo y queda claro que ya no puede huir. Solo desearlo. Camina un poco más rápido y le devuelve el saludo con una sonrisita, hasta que llega a su vera.
"Somos las primeras, ¿eh?" comenta a modo de saludo. Vale, todo va bien. Suena informal, suena natural, puedo con esto.
"Eso parece." Responde con las manos en los bolsillos y encogiéndose de hombros. "¿Te dijeron que se retrasarían?"
"No…" murmura y alcanza su móvil. "Y ahora tampoco han dicho nada."
"Estarán al llegar."
"Si…"
La quietud de la noche de verano de Storybrooke con sus grillos y el sonido lejano del mar suena como una orquesta descontrolada en medio de su silencio, hasta que las bisagras de la puerta de Granny's rechinan a sus espaldas.
"¡Ya estáis!" exclama Ruby desde el marco de aluminio.
"Faltán mis padres con Hope". Responde Emma por si no fuera obvio.
"Podéis esperarles sentadas". Propone desde el restaurante la voz de la abuelita.
"Claro, por qué no". Acepta Regina, encaminándose hacia las escaleras.
"No, por aquí no. Estamos pintando parte del local y os hemos colocado la mesa en el patio trasero. Dad la vuelta al edificio y os espero allí." Aclara antes de cerrarles la puerta en las narices.
"¿Sabías que había un patio detrás?" pregunta Regina girándose hacia Emma, que echa a andar extrañada.
"Para nada. Y viví aquí." Musita tan enfrascada en este nuevo misterio que sus propios nervios se le olvidan. Al esquivar unos cubos de basura y rodear la cafetería, una zona ajardinada rodeada de arbustos y un par de rosales se abre ante ellas. Algunas pequeñas mesas dispersas ocupan el césped, iluminadas por guirnaldas rojas y naranjas que, con el movimiento de la brisa nocturna, parecen velas meciéndose en el aire por arte de magia. En el centro de toda esa escena, una mesa corrida de madera preside el lugar. Hay cuatro recipientes crema que Emma jamás ha visto en la cafetería, un juego de copas de vino y champagne para cada uno y una cubertería dorada sobre unas servilletas de lino que está segura de que jamás se han enfrentado a unas grasientas manos llenas de sándwich de la abuela
"Supongo que esa es la nuestra". Balbucea Regina torciendo el rostro confuso.
"Sí…" responde caminando hacia allí por inercia. Aparta la silla de la mesa solo para comprobar que es de bambú y en lugar de estar cubiertos con los clásicos cojines rojos de la abuelita tienen dos suaves almohadas color marfil. Toma asiento frente a Regina y, a pesar de la suavidad con la que le recibe su silla, intuye que muchas cosas no encajan.
"¡Buenas noches, chicas!" Ruby interrumpe su escrutinio con su cantarina voz. "¿Os pongo algo de beber mientras esperáis?"
"Claro, gracias. Rosado para mí, Ruby".
"Hecho, Regina. ¿Y tú?"
"Lo mismo, trae una botella si tienes".
"Claro que sí, apuntado". Canturrea tomando nota, hasta que su boli se detiene sobre el papel. "Uy, ¿es el teléfono?"
"Yo no escucho nada". Responde Emma agudizando el oído.
"Sí, estoy seguro. ¡Ahora mismo vuelvo!" réplica corriendo hacia la cafetería.
"¿Tú tienes oído algo?" Cuestiona a la Salvadora en voz baja.
"Nada. Pero quizás sea el súper oído de loba".
"Quizás…" medita, cayendo de nuevo en el silencio que los pasos de Ruby rompen medio minuto después.
"Emma, eran tus padres". Anuncia mientras sirve dos copas de vino, antes de dejarlo dentro de una cubitera de latón con hielo. "Que se les ha complicado la noche y no pueden venir, pero se quedan con Hope, ¿qué queréis de primero?"
"¿Perdón?" Exclama Emma, buscando su móvil.
"Igual aún no os ha dado tiempo a leer la carta, ¿no?"
"¿Y por qué no nos han llamado a nosotras?" insiste confusa.
"Ruby…" gruñe Regina apoyando sus manos sobre la mesa amenazante.
"¿Prefieres que te recomiende alguna especialidad?" insiste la loba bailando su boli sobre el cuadernillo blanco que sostiene en una mano.
Emma tuerce el morro ante el cariz cada vez más surrealista que va tomando la cena y las piezas inconexas se unen de golpe frente a sus narices "Ruby, esto… ¿esto es un intento de encerrona?"
"…No." Responde con una sonrisa estática y terrorífica. La loba alterna la mirada entre ambas mujeres y la Salvadora repara en el gesto furibundo, casi peligroso, del rostro de Regina. Es una encerrona.
"Emma, vámonos, esto no está bien". Gruñe Regina y solo al acercarse a ella rebaja unos grados las llamas infernales que están proyectando sus ojos color miel.
Pero Emma no se levanta. Ni siquiera echa su silla atrás como Regina. Solo estira la mano y atrapa la suya.
No sabe si es todo ese teatro, o el esfuerzo que tanta gente ha puesto tras esa simulación, o quizás los farolillos y la suave brisa. No sabe si tal vez hasta su vergüenza, sus inseguridades y sus miedos tienen un límite. No sabe por qué, pero sí sabe que ese es el momento.
"Espera, por favor". Susurra muy bajito y aprieta su mano.
Regina detiene todos sus movimientos. Ruby gira sobre sus talones y corre cafetería a dentro. Y el tiempo se detiene hasta que vuelve a abrir la boca.
"Si esperamos hasta que sea yo la que me atreva, tendremos que ir a la cita con bastones".
"Emma, no quiero que te sientes obligada a..."
"Nadie me obliga a nada". Responde con suavidad, interrumpiéndola. "Solo me dan el empujoncito que necesitaba."
Regina traga hondo, paralizada, dejando su mano a merced de la de Emma. "¿Estás segura de esto?"
"Como no lo he estado en mi vida." Murmura acariciando sosegada el dorso de Regina. "Sobre todo por lo de los bastones".
Regina deja escapar una pequeña carcajada y Emma siente como su mano se relaja bajo la suya. "No hay prisa alguna. Lo sabes, ¿verdad?"
"Sí. Y es una de las mil cosas que te agradezco. Tu paciencia."
Regina baja su cabeza, negando suavemente. "No hay nada que agradecer, Emma".
"Hay millones, Regina". Susurra girando su mano, y entrelazando sus dedos, hasta que los ojos color miel regresan a los de ella. "Has convertido el que iba a ser el peor año de mi vida en los meses más extraordinarios del mundo. Tiene significado todo, para mí y para Hope."
"Es lo que os merecíais". Contesta entrecortada, tragando hondo. Emma estrechó su mano con cariño y Regina le devolvió el apretón con dulzura. Pero los ojos azules persiguen insistentes los de la alcaldesa y estos apenas le sostienen la mirada medio segundo antes de regresar a la mesa con una exhalación renqueante.
"¿Qué sucede?" susurra la Salvadora.
"Nada..."
"Regina, soy una experta en vergüenzas y pánicos, no puedes disimular ante mis ojos expertos".
Regina tuerce el morro, divertido. "Payasa..."
"Pero sabía". Insistir Regina deja volar media carcajada, pero Emma no ve señales de más respuestas. Y la desesperación, o la curiosidad, o las malditas ganas inhumanas la llevan a dejar su silla. Suelta su mano y camina hasta la silla junto a Regina y, al separarla de la mesa, la gira hacia la alcaldesa. "Hola." Susurra con sus rodillas junto al bambú de la silla de Regina, que sonríe con docilidad. "¿Qué ocurre?"
Entierra su rostro entre sus manos, apoyándose en la mesa y sosteniendo su frente y mechones de su pelo. "Tengo miedo…"
"¿Miedo?" Repite Emma acariciando su hombro.
"Sí…" gime mirándola a duras penas. "Miedo a hacerte daño… y miedo a que este año juntas te haya podido…" Nunca acaba la frase y traga hondo antes de poder continuar. "Nariz."
"¿Confundir?"
"Si." Gimotea.
Toma aire, queriendo absorber cada ápice de duda en Regina. "Hay algo que nunca te ha contado. Algo de Killian".
Niega con la cabeza, apurada. "No tienes por qué hace..."
"Regina, lo sé. Pero quiero". Musita y se atreve, en un alarde de locura y emoción, a acariciar su mejilla, para detener su movimiento renqueante y reclamar su mirada. Regina se deja hacer, se apoya contra su mano y cierra sus ojos un par de segundos antes de volver a clavarlos en Emma, más luminosos y tintineantes de lo que jamás los ha visto.
"No quiero que vuelvas a revivir todo aquello". Musita sin moverse de su caricia.
"Ese pasado ya no puede hacerme daño. Y si nunca te he contado esto es por pura vergüenza, no por dolor. Pero ahora quiero hacerlo."
"All Right." Susurra recomponiéndose. Se aleja de Emma y se pone en pie sólo para girar su silla y poder mirarse frente a frente, con sus rodillas en contacto.
La Salvadora toma aire y Regina deja caer sus manos sobre las piernas de Emma. La Salvadora sonríe, acepta encantada la invitación y las retiene entre las suyas, notando cómo la acarician con un plácido roce. Solo entonces se adentra en sus recuerdos y comienza lentamente a hablar:
"Killian me hizo dudar de todo. De cada centímetro de mí. De mi realidad. De mi valor. De mi intuición. Mi instinto me suplicaba que huyese, pero estaba tan aplastado bajo las botas de Killian que era incapaz de escucharle." Rememora y con cada palabra nota la tensión que se acumula en las manos de Regina, pero no se detiene. "El día de mi huida dudaba de todo. De si estaría siendo una niñata, una histérica, si algo de lo que esperaba hacer tenía sentido o si estaba loca y él tenía razón. Cuando comenzaron los gritos y las burlas, una vez más me vine abajo, me hundí y descarté huir. Y entonces lo hizo."
"¿El qué?" pregunta temerosa y con los ojos humedeciéndose con cada palabra. La Salvadora aprieta sus manos y sonríe con una serenidad que intenta contagiarle.
"Hablar de ti". Murmura calmada. "Echarte la culpa de todo. Acusarte de confundirme y envenenarme para separarnos. Te defendí con las pocas fuerzas que me quedaran y entonces él cavó su propia tumba. Me ladró que estabas enamorada de mí, que siempre lo habías estado y que por eso querías destruir nuestro amor."
"Yo nunca..." gime con la voz húmeda.
"No tienes ni que decírmelo. Siempre supe que era él quien trató de envenenarme… pero al intentarlo me devolvió la esperanza, las fuerzas… encendió una luz en mi pecho que ya no pudo pisotear."
"Emma..."
"Supo desde el primer instante que había sido un error. Esperaba asco o al menos incomodidad por mi parte. Algo que me hizo dudar de tus intenciones. Pero en lugar de eso le planté cara, seguí defendiéndote cada vez con más fuerza y la discusión terminó a mi orden y no cuando mis ánimos desaparecían entre lágrimas, como era habitual. Hook estaba aterrado y tenía razones para estarlo. Yo sólo podía pensar que si tú me amabas no podía estar loca, ni ser una niñata histérica sin razón ni valor. Si merecía que alguien como tú se fijara en mí, yo merecía la pena.
"¿Cómo pudiste siquiera dudar de que las merecías?" Las lágrimas rompen la voz de Regina y con el primer pestañeo se precipitan por sus mejillas.
"Así es como lo hacen los hombres como él." Murmura, intentando contener su propia emoción al verla romperse frente a ella. Suelta sus manos sólo para poder sostener su rostro y borrar el rastro húmedo que dejan a su paso sobre la piel olivácea. "Como no puedes ofrecerte nada, te anulan hasta que sientes que tienes que estar agradecida de que alguien te soporte. Pero tú fuiste mi luz en medio de esas tinieblas. Había fantaseado mil veces con huir, ¿sabes? Y siempre me imaginaba refugiándome en la mansión contigo."
"Ojalá lo hubieras hecho". Gimotea Regina.
"Ojalá me hubiera parado a pensar en lo que mi subconsciente me estaba gritando…" Sonríe, tratando de bromear y acariciando su mejilla. "Pero no era capaz de afrontarlo y más aún al creer las mentiras de Hook. Sentía que me abrirías la puerta, me mirarías con pena, me dirías que estaba exagerando un poco… Pero esa noche, desde el momento en que me escupió ese sucio secreto, supe que quería dejarle atrás, pero sobre todo supe que quería ir contigo."
"Emma…" Un suspiro con la forma de su nombre en medio del llanto silencioso.
"Hook lo supo antes que yo. Creo que por eso te odiaba tanto. Siempre tuvo claro que era un mísero reemplazo e hizo todo lo que estuvo en su mano para alejarme de ti y que no abriera los ojos. Pero nadie puede tapar el sol con un dedo. Y menos él. Solo necesita tiempo para sanar, volver a ser yo y ser capaz de afrontar lo que realmente deseaba de ti. Lo que he deseado siempre." Susurra con voz firme pero la respiración cada vez más entrecortada, sus latidos desenfrenados, sus manos ardiendo contra las mejillas húmedas de Regina.
"¿Y…?" mustita sin dejar de llorar.
"Has sido mi amiga, mi mentora, mi confidente, mi refugio…" murmura inclinándose osada hasta apoyar sus frentes y rozar su nariz con la de ella. "Eres mi familia, Regina".
"Y tú la mía". Gime alzando sus manos hasta recalar en su cuello con tímidas caricias, pero cada vez más atrevidas. Y, sin embargo, se detiene, retiene sus movimientos y deja distancia entre ellas para musitar: "¿Pero y si lo estropeo? ¿Y si todo cambia y te hago daño…?"
Emma chasquea la lengua y susurra divertida: "Vivimos juntas y tenemos dos hijos en común. ¿Realmente te preocupa si vamos a funcionar como pareja cuando ya somos un matrimonio?" Están tan cerca que las carcajadas de Regina reverberan contra su cuerpo y cuando se ríe el melodioso sonido lleno sus oídos y sus pulmones de pura felicidad. "Pero el solo hecho de que tengas ese miedo es señal de que jamás me harías daño." Susurra separándose para sostener su barbilla y mirarse con apenas un suspiro de distancia. "Quiero estar contigo... Si tú quieres, claro."
Regina aprieta los labios entre sí, conteniendo una sonrisa y entrecerrando los ojos interpretando la peor cara de ponderación de la historia. "No sé, sí, igual puede estar bien".
"Bueno, si no lo tienes claro, siempre podemos esperar..." bromea con su mejor fachada de seriedad, apartándose lentamente.
"Y una mierda". Gruñe y tira sin contemplaciones del cuello que retienen sus manos.
En los dos segundos que su boca tarda en chocar con la de Regina, escucha sus carcajadas, entremezcladas, que se enmudecen con una sonrisa cuando al fin se encuentran. Y cuando lo hacen, todo su cuerpo se derrite contra ese beso que lo es todo. Tal y como prometió Snow.
Empieza tan lento que no es más que un delicado reconocimiento, una prueba fehaciente de que el destino existe, de que lo han logrado, de que están ahí, al fin. Hasta que los labios de Regina se mueven reclamando más y los de Emma la siguen obedientes, sin freno alguno, recreándose en un paraíso tan salvaje y maravilloso que todo su ser se vuelca en el beso. Hunde su mano en los oscuros mechones y recorre con las uñas su nuca hasta que Regina gime contra su boca y Emma siente cómo sus miedos, sus inseguridades, sus dudas se desintegran con el calor casi insoportable que está invadiendo sus entrañas.
Está besando a Regina y, si la idea de por si es lo suficientemente poderosa como para volar su raciocinio por los aires, la realidad está nublando sus sentidos hasta que sólo queda el perfume de Regina, sus gemidos, la suavidad de su piel, el sabor de sus besos. Por eso, cuando de repente nota que los labios de Regina se alejan, gruñe disconforme con un sonido entre animal y pueril.
Los dedos de la alcaldesa acarician su boca y abre los ojos a regañadientes. Y su gesto mohíno debe ser de lo más cómico, porque a Regina le cuesta aguantar la risa.
"Solo quería decirte una cosa…" susurra alternando la mirada entre sus ojos y esos labios que aún acaricia con lentitud. "Sé que Hook ya me ha reventado la sorpresa, pero aun así me hace ilusión…" bromea encogiéndose de hombros. "Te amo, Emma".
Contiene el aire, pero no la sonrisa. Si es cierto. Ya lo sabía. Quizás siempre lo supo. Incluso antes de que Hook se lo soltara a bocajarro. Pero escuchelo con su voz, con su sonrisa, con el brillo de sus ojos tintineando al son de esa declaracion, hinchando su pecho de una felicidad que se siente eterna e inmortal.
Aprieta sus labios, sonríe aun así, e inspira. "Yo también te amo, Regina". Con su murmullo, el rostro frente a ella se ilumina y su sonrisa irradia tal belleza que cuesta un mundo no devorarla. Pero sonríe a su vez y añade: "Agradezco que, al menos, ni mis padres, ni Henry, ni Ruby, ni ningún otro entrometido se me haya adelantado con la declaración."
Regina suelta una carcajada, acercándose a su rostro. "Viendo lo que han organizado... seguro que han estado a punto."
"Seguro…" asiente con un gruñido, a sólo unos milímetros de sus labios. Ni siquiera ha terminado de pronunciar cuando su boca se arremete contra la de Regina. No hay lugar para la paciencia, no hay lugar para la calma. Ahora que lo ha probado, que por fin se ha atrevido, es incapaz de alejarse de Regina. Necesita perderse en ella. Y lo necesita ya.
Y por la forma en que Regina registra su boca con absoluta devoción y avidez, Emma no es la única sin gota de temple.
La Salvadora mantiene los ojos cerrados, pero sus manos se pierden por la cintura de Regina sin necesidad de ver. Sus dedos se enclavan en las deliciosas caderas y la alcaldesa invaden su boca sin contemplaciones. Emma se deja hacer con una engañosa docilidad, antes de rodear su cintura con fuerza y tirar de ella hasta sostenerla sobre sus piernas.
"Emma..." gime Regina contra su boca, un segundo antes de morder su labio inferior y recrudecer el beso con un hambre animal. "¿Crees que les sentará mal que nos vayamos sin cenar?" jadea traviesa.
"No creo ni que quede nadie en la cafetería". Farfulla acariciando con una mano su nuca, mientras la otra se pierde en sus caderas, bajo la blusa.
"Con lo cotillas que son..." jadea.
Emma reflexiona menos de un segundo y asiente: "Cierto."
"¿Entonces…?" pregunta tirando del cuello de su camisa.
"Vámonos a casa". Gruñe arañando sus costillas.
Ahora mismo. Gime moviendo su muñeca en el aire hasta que las rodea una neblina púrpura.
"Me encanta cuando haces eso." Las palabras de Emma y las carcajadas de Regina son lo último que resuena en la noche antes de que el patio de la cafetería vuelva a estar invadido por la quietud total.
Hope encabeza la comitiva del pueblo al completo en su bici naranja flúor sin pedales. Tras ella, el resto del pueblo de Storybrooke. Pero a la pequeña de cuatro años no le intimidan las multitudes. Y menos cuando hay de por medio fuegos artificiales. Si por ella fuese, montaría a todos los vecinos en bicis para que corrieran más.
No pasa nada, puede esperar. Aunque se muera de ganas. Ya ve a lo lejos el malecón y las mesas llenas de comida y bebida para celebrar el solsticio de verano. Y ahora tiene casi más ganas de tarta y refresco que de fuegos artificiales. Pero no, los fuegos siguen ganando. Sobre todo porque son únicos. Son mágicos. Hijo de ellas. Sus madres.
Frena la bici clavando los dos pies y echa la vista atrás. Todas las familias y amigos quedan andando pero sin dejar de hablar y reír. Así van a tardar mil años… Y, delante de todos ellos, Emma y Regina, de la mano, andando acompañadas y sin prisa, tan sonrientes y luminosas que la multitud gira de forma instintiva a su ritmo. Incluso Henry, Snow y David, a unos metros de ellos, parecen seguir su estela.
Pero Hope no se deja eclipsar. Su pequeña paciencia tiene un límite. "Vamos, o no llegaremos nunca".
"Tu hija te reclama". Señala Emma con inocencia.
"Me encanta como pasa de ser nuestra a mía cuando te conviene..." bromea gruñona. "…aunque claramente esa impaciencia la haya sacado de ti."
"No es impaciencia, es liderazgo. Y eso claramente es tuyo, alcaldesa."
Regina gira los ojos con dramatismo y resignación y Emma termina a carcajadas. Lo que les vale que Hope se gire una segunda vez con gesto de reprimenda y ambas acaban apretando el paso.
"Vale, igual ese personaje sí es un poco mío".
"¡Lo que yo decía!"
Al llegar al puerto, todo el paseo marítimo y el malecón se llena de habitantes, algunos apoyaron contra las vallas, otros de pie y los más pequeños sentados en corros, todos con la vista hacia el cielo estrellado. Al final del muelle, con algo de distancia con el resto, Emma agita sus brazos y estira sus manos bajo la atenta y divertida mirada de Regina.
"¿Lista?" pregunta la alcaldesa.
La Salvadora observa a su alrededor antes de contestar. Mira más allá de la multitud hasta que distingue a sus hijos y sus padres, ya unos cuantos amigos. Contempla la negrura que es ahora el mar y disfruta del cielo estrellado que se funde con el agua en un horizonte invisible.
Y sonríe.
Feliz de sentirse en casa, consciente de que todo está bien, de que ya no hay miedo a que un barco cochambroso pueda aparecer en la lejanía del mar, de que le daría igual si tras años sin noticias de él, intentara volver.
Porque ahora lo tiene todo y no hay nada más que pueda pedir ni nadie que se lo pueda arrebatar. Porque este es su final feliz y no es un final, es una vida entera.
"Contigo, siempre". Sonríe entrelazando los dedos con los de Regina, que se deja hacer encantada. Sin mediar palabra, elevan las manos que quedan libres y con dos movimientos ágiles, da comienzo el espectáculo.
Los fuegos artificiales estalan contra el cielo estrellado y toda la ciudad se ilumina bajo los vibrantes colores desatados por la magia de Emma y Regina.
Explosiones cada vez más altas, cada vez más grandes, sin estridentes estallidos, pero dibujando formas y figuras que se disuelven en humo antes de ser borradas por una nueva tanda de luminosos fuegos.
A su espalda el pueblo entero aplaude y se funde en un clamor sorprendido. Emma advierte cómo Regina se gira y mira a su espalda buscando a Hope. Su hija, en los hombros de Henry, mira al cielo con una expresión de absoluta fascinación y Regina lanza entonces una nueva ráfaga de color naranja chillón tan intensa y soberbia que los vítores se multiplican y el rostro de la pequeña se ilumina de emoción.
"Eres maravillosa". Susurra Emma contra su oído, sabiendo que todos los ojos están puestos en el cielo sobre sus cabezas.
"No estoy mal". Bromea con soberbia girando hacia su rostro. "Feliz solsticio, cariño".
"Feliz solsticio, mi amor". Susurra antes de descender hasta sus labios y robarle un beso lento, profundo y muy minucioso. Al hacerlo, la magia sobre ellas se desata encantada y los fuegos artificiales iluminan el cielo al completo en una preciosa y radiante traca final.
ALETA
