Disclaimer: Ningún personaje me pertenece a mí (son todos de Rowling y la Warner y no los tratan tan bien como yo) y no obtengo ningún rédito económico de esta historia.

Este fic participa en el Reto #42: "Pero con una condición" del foro Hogwarts a través de los años.

Personaje: Ron Weasley

Condición: Debe aparecer alguien de Slytherin


En el grupo de Facebook de Club de Lectura de Fanfiction se organizó un festival de AO3. Dentro de este se enmarcó una actividad consistente en editar un fic viejo que no hubiésemos publicado en AO3 y subirlo aquí, en un ejercicio interesante sobre cómo ha evolucionado nuestra escritura.

Escribí este fic hace justo tres años, en la última semana de junio/primeros días de julio. Era el segundo fic que escribía (el primero fue Sanando el corazón, que ya reedité al traerlo a esta plataforma) y me he quedado anonadado al ver cuánto ha cambiado mi narración en estos tres años. Para empezar, lo muchísimo que me ha costado regresar de la narrativa en presente para respetar los tiempos verbales del fic original. También, sin duda alguna, me he vuelto más pesaDESCRIPTIVO.

En esta reedición, he recuperado uno de las cosas que en su momento no me atreví a poner (el hecho de que Ron y Theo me gustan mucho juntos). La excusa en su momento fue... que en FF no podía etiquetarlos, así que... Ahora no sólo no tengo la excusa sino que más tarde esas ideas que no entraron dieron lugar a otros fics y tríos. Ruego perdonéis los fallos y carencias más allá del estilismo. El fic original, por si alguien tiene curiosidad en comparar, está en el capítulo anterior a este, he querido conservarlo porque forma parte de mi bagaje como ficker.

Y muchas gracias.


RONALD WEASLEY TENÍA RAZÓN

—¡Joder, ten más cuidado! —exclamó Ron, fastidiado, al chocar contra alguien que había doblado la esquina demasiado rápido y sin mirar, provocando que una de las bolsas que llevaba en la mano se le resbalase. Al agacharse a recogerla, alzó la mirada para enterarse de quién era el responsable de la colisión.

Los ojos de Theodore Nott, tirado en el suelo, estaban desorbitados por el pánico. Tenía una mano tras de sí, apoyada en el adoquinado para detener la caída, y la otra a medio camino de su cara, en un gesto instintivamente defensivo.

En el grupo de Slytherin que lo acompañaba, las reacciones fueron diversas. Ron puso los ojos en blanco cuando Malfoy y Parkinson se acercaron inconscientemente el uno a la otra, levantando la barbilla con un gesto de altanería. Sus labios se arrugaron en una fingida mueca de desprecio, muy diferente de las genuinas que cualquiera de los Gryffindor que llegaban tras Ron y enmudecían al percatarse de la situación, ha recibido de ellos en los años compartidos en Hogwarts.

Otros, más cautos, que al contrario que Malfoy siempre rehuyeron el conflicto directo, como Zabini y la mayor de las hermanas Greengrass, se encogieron igual que haría un perro que espera un golpe. No los juzgó, Ron es más que consciente de cuál es su actual posición social y cuántas puertas se han cerrado para muchos de los Slytherin, independientemente de su participación real durante la guerra. Aunque, si es sincero consigo mismo, no lo fue hasta que Hermione lo señaló, disgustada porque no le parecía justo empuñar una opresión contra la que se habían jugado la vida.

Probablemente, la reacción que más le impactó fue la de Goyle. El chico seguía siendo corpulento, somo siempre, pero ya no había rastro de grasa bajo su piel. Tanto él como Malfoy habían tenido que cumplir condena en Azkaban tras la guerra. Sin dementores, gracias a Kingsley y Hermione, que habían defendido ante el Wizengamot las bondades de la reinserción en lugar del punitivismo. Y corta, gracias a los testimonios de Harry, Luna o él mismo, dispuestos a enterrar el hacha de guerra. A él le había costado un par de discusiones con Hermione entenderlo, pero al final había accedido también.

«No los salvamos la vida en aquella maldita Sala para que se pudran con dieciocho años sin remedio en una prisión sólo porque estoy cabreado».

Aun así, Azkaban seguía siendo un lugar espantoso, helado e impregnado de la negatividad de los dementores, incluso en su ausencia. Malfoy, marcado siendo menor de edad y sin crímenes de sangre en su haber gracias a los recuerdos de Harry, sólo había estado unos pocos meses. Goyle, que ya era mayor de edad cuando aceptó la Marca, había tenido que sufrir algunos más. Tras su estancia, ambos habían adelgazado hasta quedarse en los huesos. Ron pudo distinguir que Malfoy había recuperado parte de su peso y que sus facciones ya no son tan afiladas, pero Goyle todavía no se veía recuperado, a lo mejor porque no hacía tanto que había salido de la cárcel. O porque haya sido un cambio perenne, aunque Ron esperaba, sinceramente, que al menos el de su mirada no lo fuese. Los ojos de Goyle, en todas las ocasiones que se habían encontrado desde que abandonó Azkaban, tampoco habían vuelto a ser los mismos desde aquella tarde, un par de años atrás, cuando los sacaron de la Sala de los Menesteres en llamas, y donde antes eran arrogantes, se habían vuelto esquivos.

Justo como en este instante, que tanto Goyle como Malfoy apartaron la mirada cuando Hermione, tras él, carraspeó y se aclaró la garganta, planteándose intervenir. Ron apretó los labios en un rictus pensativo, percatándose de cuánta razón tenía Hermione y cuán notorio era el cambio operado en los que un día fueron sus rivales en varios sentidos. Aunque, en opinión de Harry, en el caso de Malfoy ese cambio ya se había operado cuando los atraparon en Malfoy Manor y no los había delatado.

«Al fin y al cabo, una guerra cambia a cualquiera», piensa. Incluso a él mismo, que había tenido la suerte de crecer rodeado de personas que creían en una ideología más tolerante que muchos de los Slytherin de familias tradicionales, cuánto más perderla y tener que afrontar sus consecuencias penales.

Esos cambios, perceptibles a simple vista, aunque no traten con ellos, había animado al grupo de amigos de Ron a ofrecerles cordialidad. A mostrarse corteses con ellos y tratar de que el rencor de años no se impusiese a la buena voluntad de querer tender puentes. Algunos, como Dean, Ginny o Harry, más escépticos, no creían que fuese posible algo más que una fría cortesía. Otras, como Luna, más soñadora, y Hermione, decidida a que el mundo fuese tan justo como ella lo imaginaba cuando se embarcó por primera vez en la defensa de los elfos domésticos, afirmaban que serían unos excelentes amigos. O, al menos, personas interesantes a las que conocer, sin importar que no muchos años atrás las considerasen a una traidora a la sangre y a la otra sangre sucia.

«Si no dejan el pasado atrás y entienden que somos iguales, no habremos ganado la guerra, sólo aplazado el conflicto. Y podríamos perder esta vez», había dicho Hermione, en una de sus arengas a los jueces del Wizengamot que tenían que impartir justicia contra los mortífagos. «La justicia es reinserción, no venganza».

Siguiendo un impulso, como buen Gryffindor, Ron le tendió la mano a Nott. Este, todavía en el suelo, la observó con incredulidad.

—Vamos hombre, no tenemos todo el día —insistió Ron, poniendo los ojos en blanco al ver la expresión de sospecha en los ojos entrecerrados del otro chico.

Después de unos segundos más de duda, Nott extendió la mano y aferró la de Ron, que tiró de él, levantándolo con facilidad. En cuanto estuvo de pie, Nott lo soltó, deshaciendo el contacto físico con un gesto brusco, como si le quemara. Por un momento, casi pareció que evitaba restregarse la mano en la túnica para limpiarse.

—¿Queréis tomar una cerveza en las Tres Escobas? —dijo Ron, tratando de sonreír con amabilidad, a pesar del gesto, conteniendo el aire en el pecho, porque no ha hablado con sus amigos de esto.

Zabini, Pucey, Greengrass, Malfoy, Goyle y Parkinson intercambiaron una mirada asombrada. Nott se quedó de pie, inmóvil, mirando fijamente a Ron. Finalmente, parpadeando, consiguió contestar:

—No creo que a tus amigos les apetezca —dijo señalando con la barbilla detrás de Ron.

Ron miró por encima del hombro, como si no fuese capaz de comprender a qué se refería Nott. Tras él estaban Harry, Hermione, Seamus, Dean, Ginny, Neville y Luna. El ejército de Dumbledore, aunque no estuviera completo esa noche, seguía unido. El silencio conmocionado se había disipado y, salvo las expresiones de Dean y Ginny, más escépticas y resignadas, los otros sonreían con diferentes niveles de sinceridad y simpatía.

—Pues yo creo que sí.

—Ni siquiera les has preguntado —espetó Malfoy, arrastrando las palabras con desdén.

—¿Eso quiere decir que vendréis si dicen que sí? —Sin darles tiempo a negarse, Ron se volvió hacia sus amigos y gritó—: ¡Gente! ¿Os parece bien que vengan con nosotros a cenar?

—Pues claro, Ron —contestó suavemente Luna—. Será más divertido con ellos.

Refrendando sus palabras, el resto del grupo se acercó. Hermione se colgó del brazo de Ron y sonrió ampliamente. Harry esbozó una sonrisa tímida y Seamus abrazó a Dean por la cintura y susurró algo en su oído, probablemente una palabra de ánimo. Al fin y al cabo, Dean había sido atrapado también en Malfoy Manor y había sufrido una de las peores partes de las persecuciones durante la guerra.

La suerte estaba echada. Expectante, Ron observó al grupo de Slytherin, que oscilaban entre el asombro, la sospecha y la conmoción. Unos porque probablemente habían acabado creyendo, aunque no fuesen mortífagos o apoyasen a ese bando, que nunca gozarían de una oferta así en el mundo mágico en el actual panorama social. Otros, como Malfoy, porque los hábitos de años habían arraigado con fuerza. Y las que, como Parkinson, no terminaban de creerse que realmente estuviese hablando en serio y no esperaban semejante desenlace cuando Nott tropezó sin querer con Ron, tirándole las bolsas que llevaba en la mano.

—Pensaba que habías dicho una cerveza —intervino Zabini.

—Bueno, si tan sólo queréis una cerveza, nos conformaremos, pero nada os impide quedaros a cenar —repuso Ron.

—A Madame Rosmerta no le importará que seamos seis más. Puedo ir ahora y avisar a Hannah —aseguró Neville. El resto del grupo de Ron vitoreó sus palabras y bromearon sobre los motivos reales de Neville para adelantarse a ver a Hannah Abbott mientras este se ruborizaba con un color incandescente.

—A lo mejor os habéis golpeado la cabeza y habéis olvidado quienes somos —dijo Malfoy, de nuevo arrastrando las palabras, casi siseando. Había entrecerrado los ojos con tanto recelo, que estos eran una fina línea—. Eso, o los Gryffindor sois más idiotas de lo que recordaba.

—No todas somos Gryffindor aquí, Draco —le recordó Luna, con su voz atiplada. Malfoy dio un respingo que recordó a Ron que la chica había estado prisionera en Malfoy Manor también. Sólo ha escuchado el relato una vez, pues es un periodo oscuro de la vida de Luna que esta recuerda sin pizca de su habitual forma de ver el mundo, mágica e ilusionada, pero fue otro de los factores determinantes para ver a Malfoy con otros ojos, unos más compasivos.

—¿Asustado, Malfoy? —intervino Harry súbitamente, con una media sonrisa desafiante. Al lado de Ron, Hermione se río disimuladamente, apartando la mirada, y Ginny resopló, negando con la cabeza antes de dejar escapar una carcajada también.

—Más quisieras, Potter. —El grupo de Gryffindor puso los ojos en blanco. El de Slytherin suspiró.


Draco regresó a la mesa con cuatro jarras de cervezas de mantequilla, dos en cada mano, sosteniéndolas por las asas.

—Ahora vienen Adrian y Greg con las demás —dijo posándolas suavemente en la mesa y sentándose con naturalidad—. ¿Dónde está el resto?

—Por ahí, bailando —contestó Ron a la vez que se abalanzaba sobre una de las cervezas.

Ha pasado cerca de un año desde aquella tarde en que Ron se chocó con Theo y le tendió una mano que el otro chico aceptó. Los cambios son más que notorios. Las facciones afiladas de Malfoy no han redondeado mucho más, pero sus ojos no tienen los cercos oscuros que tenían en aquel momento y de los que Ron ni siquiera se percató. Seguía siendo elegante, casi felino, cuando camina, pero ya no lo hace con cautela, y la forma en la que mira a su alrededor al sentarse en la misma mesa que Hermione y él volvía a ser la de alguien que cree que el mundo está a sus pies.

Al menos, anímica y metafóricamente.

Quizá el cambio más brutal de todo el grupo había sido el de Goyle. Aconsejado por Dean y Hermione, los dos que se habían criado en un entorno muggle, lo habían convencido de hacer terapia. El resto se había tenido que conformar con superar sus traumas ayudándose unos a otros, no rindiéndose y rezando por no hacer pagar por ellos a nadie de su entorno, pero había estado claro que Goyle necesitaba algo más. Había funcionado a medias, por la gran cantidad de cosas a ocultar, pero le había dado el trampolín necesario. Un año después, había vuelto a coger peso, la mayor parte músculo debido al ejercicio que hace, y se había aficionado a construir maquetas de forma muggle, utilizando pequeños palitos de madera para ello.

En cualquier caso, ninguno de ellos era ahora la misma persona que hace un año, igual que en ese momento no eran iguales que durante la guerra.

Para empezar, Ron había tenido que replantearse muchas cosas con respecto a su relación con Hermione, su orientación sexual y el concepto de vida que su familia le había inculcado desde pequeño. Afortunadamente, Charlie había sido una ayuda crucial para entender cuál era el camino correcto, para él en particular, que podría funcionarle. Por el momento, así lo parecía, y, aunque todavía no se habían decidido a hacerlo público en el grupo, sí se lo había confiado a Harry.

—¿Potter está bailando?

—¡Ah, que preguntabas por Harry! Pensaba que te referías al resto en general. —Las mejillas de Draco se sonrojaron y sus ojos plateados brillaron con momentánea ira. Con una carcajada, Ron se apiadó de él—. Está fuera del pub, le ha llamado uno de sus compañeros muggles del trabajo por felétono.

—Teléfono, Ron —le corrigió suavemente Hermione, poniéndole la mano en el brazo.

Draco hizo un ruidito para darles a entender que los había escuchado, pero no contestó, limitándose a dar un sorbo a su cerveza. Lamiéndose un poco de espuma que se le había quedado en la comisura del labio, habló en voz baja.

—Es curioso. —Hizo una pausa y Ron y Hermione lo miraron con curiosidad—. Cuando hace unos meses Theo se tropezó contigo, Weasley, pensaba que nos ibais a llevar ante los aurores. Y aquí estamos, celebrando vuestro compromiso.

—Siempre has sido un poco dramático —respondió Ron—. Además, no te lo creas demasiado, es porque esperamos un buen regalo de bodas de tu parte.

—¡Ron! —le reprendió Hermione, aunque dejó escapar una carcajada. Luego se volvió hacia Draco, escandalizada por la idea de que este pudiese creer semejante tontería—. No es cierto, Draco. Realmente queremos que estés ahí. Que estéis todos.

—Claro que sí —concedió Ron, todavía riéndose. Draco ha recuperado, o quizá nunca la perdió, parte de su susceptibilidad y encuentra muy divertido hacerlo saltar.

—Pero sí, quién iba a decirlo, ¿verdad? —dijo Hermione, suspirando, todavía pensando en las palabras de Draco.

—¿Qué os casabais? Se veía venir desde cuarto año, Granger. —«¡Oh, sí!», pensó Ron, conteniendo una carcajada y dirigiendo la mirada hacia la pista de baile del pub. «Hay tantas cosas que eran obvias en cuarto año y nadie supo verlas, que fliparías, Draco».

—No, que íbamos a llevarnos así de bien —repuso Hermione, sin embargo, deslizando la mano por debajo de la mesa hasta alcanzar la rodilla de Ron para darle un apretón cariñoso y dirigirle una sonrisa llena de amor que este correspondió al instante.

Ron regresó la mirada a donde estaba el resto, buscando. Primero divisó a Luna, que estaba bailando con Daphne. Las dos habían congeniado rápido y no habían tardado mucho en empezar a salir, siendo el primer lazo entre los grupos que se había forjado. Aunque, quizá, el primer vínculo había sido el de Harry y Draco, que se veían casi a diario desde que Ron y Theo tropezaron en Hogsmeade. Harry había utilizado la excusa de necesitar devolverle la varita a Draco, una que este ya había repuesto por su cuenta comprando otra en Ollivanders para escribirle una carta y luego quedar en persona. Debió salir bien, porque no parecía que se hubiesen matado. Incluso, Ron admitía estar un poco celoso de que Draco pudiera ser una amenaza para quitarle el puesto de mejor amigo, pero en las últimas semanas había trabajado mucho el tema de los celos y la posesividad.

Un poco más allá de Luna y Daphne, Seamus y Dean, abrazados por la cintura, charlaban con Neville y Hannah cerca de la barra. La chica había sido la última incorporación al grupo cuando por fin había acorralado a Neville para pedirle salir y este, que estaba comenzando sus prácticas como profesor de Herbología en Hogwarts, había aceptado. Adrian y Greg, cargados con cervezas también, hablaban con Blaise, Ginny y Pansy, que habían estado bailando juntos. Seguramente, Adrian y Pansy no tardarían mucho en anunciar su compromiso. En el caso de Ginny y Blaise, Ron no estaba muy seguro de cuán en serio iban, pero no creía que fuesen a robarle el protagonismo hasta que su boda haya concluido. En el caso de Greg, el chico no tenía ninguna intención de embarcarse en una relación de ese tipo, ni con alguien del grupo ni con una persona que no lo fuese.

Por fin, lo encontró. Theo estaba en el centro de la pista, dándolo todo con una bruja muy guapa que no alcanzaba a reconocer desde la mesa. Con una intuición asombrosa, una que había puesto en aprietos a Ron en más de una ocasión de todos estos meses, Theo se giró en su dirección y sus ojos castaños se clavaron en los azules de Ron, un poco cubiertos por el flequillo lacio con el que se peina. Un guiño y una sonrisa, y sigue bailando.

—¿Por qué? —La pregunta de Draco lo distrajo de seguir observando a Theo con una sonrisa embobada, y Ron no tuvo más remedio que regresar su atención a él.

—Perdón, me distraje. —La ceja de Draco, sarcástica, se levantó, delatando que sabía perfectamente con qué, con quién, se había distraído—. ¿Qué decías?

—Que por qué nos invitasteis a cenar con vosotros, Weasley.

—¿Ahora preguntas eso? —Ron frunció el ceño, un poco desconcertado. Era cierto que la situación se había dado un poco por casualidad y que todos se habían dejado llevar por aquella corriente, unos por inacción y otros por curiosidad de ver hasta dónde podía llegar, pero no creía que eso tuviera importancia a estas alturas. Sin embargo, Draco siguió mirándolo con la ceja levantada, insistente—. Bueno, creíamos que era buena idea hacerlo. Siempre ibais juntos, y veíamos como os trataban y no nos parecía justo. Supongo que ese podría ser el resumen.

—¿Quieres decir que fue por lástima, Weasley?

—No, Draco. Quiero decir que no creíamos que todos tuviéramos que pagar durante toda la vida una guerra luchada antes de los veinte años. No sólo vosotros —incidió, adelantándose al mordaz comentario de Draco sobre la diferencia entre vencer y ser vencido—. Creímos que ya no estabais conformes con lo que os llevó, a vosotros o vuestras familias, a pelear en aquella mierda. Os veíamos como nosotros, con ganas de divertiros y pasarlo bien. Juntos, podíamos hacerlo. —A su lado, Hermione asintió, orgullosa de él por cómo se había expresado y entrelazó la mano con la que estaba acariciándole la rodilla con los dedos de la de Ron.

Draco apretó los labios, frunció el ceño y entrecerró los ojos. Una actitud que había mostrado a menudo las primeras semanas que habían reiterado las invitaciones para seguir saliendo juntos a divertirse o bailar. Hostilidad mezclada con desconfianza y, esto lo había entendido tiempo después, esperanza. Ladeando la cabeza con interés, pues recientemente Draco había vuelto a mostrar esa actitud, como si necesitase una confirmación que le reiterase lo que él ya sabía, Ron señaló al resto del grupo con un gesto discreto, queriendo demostrárselo con pruebas. Suspirando profundamente, Draco asintió y trazó círculos con el dedo en la cerveza derramada encima de la mesa. Sin embargo, se le escapó una mirada de reojo en dirección a la puerta.

—Estoy seguro que no tardará, Draco —dijo Hermione, sonriendo compasiva al tiempo que apretaba los dedos alrededor de los de Ron para impedir que se burlase.

—No estaba mirando por él —respondió este en tono seco, sin darse cuenta de que acababa de delatar que, efectivamente, estaba mirando en esa dirección de forma intencionada. Y admitiendo que sabía de quien hablaba Hermione.

—Draco… —Ron esperó a que este le mirase con la ceja levantada y el gesto de fingida condescendencia en el rostro—. Funcionó. Nos llevamos bien, somos amigos. Estamos celebrando mi compromiso con Hermione y pronto tendremos que celebrar el de Adrian y Pansy. Nos tiramos a la piscina y nos salió bien.

—Porque obviasteis un montón de mierda por nuestra parte. —Ron resopló y puso los ojos en blanco.

—Todos cambiamos, ninguno somos los mismos que íbamos al colegio —acotó amablemente Hermione.

—Sí, sí, ya lo sabemos. Pero no me refería a eso. Quiero decir, Hermione tiene razón, todos necesitamos que nos tiendan la mano cuando erramos el camino y nos permitan volver. —Ron se mordió los labios, hundido momentáneamente en recuerdos impregnados de color gris por la influencia macabra de un horrocrux—. Yo también lo tuve que aprender por las malas. Pero pude regresar y estoy aquí gracias a que me abrieron los brazos cuando lo hice. Vosotros os merecíais volver también y todo eso. Pero yo me refiero a que no lo entiendo, Draco.

—¿El qué?

—No entiendo por qué sigues siendo el único que usa nuestros apellidos con todos nosotros cuando es evidente que nos tienes tanto aprecio como nosotros a ti.

—Es la costumbre, Weasley —dijo Draco, demasiado rápido, descartándolo con un ademán de desdén.

—Pues yo creo que es un método de autodefensa porque quieres mantener una fachada de indiferencia que no sientes y que crees que usar nuestros nombres es confesar el cariño que nos tienes.

En ese momento, la puerta del pub se abrió, azotando contra la pared, y una ráfaga de viento invernal silbó con tanta fuerza como para oírse por encima de la música y el murmullo de las conversaciones. Draco levantó la cabeza al instante, mirando ansioso en su dirección, pero sólo entró una pareja que no conocían. Ron y Hermione soltaron una risita que provocó que el otro chico se volviese hacia ellos con aire ofendido. Ron se echó hacia adelante, con una sonrisa maliciosa.

—Otra cosa que no entiendo, Draco —dijo Ron, imitando la forma afectada de arrastrar las palabras de este cuando quiere hablar despacio y pretender que lo que dice es obvio—, es a qué estás esperando a comerle la boca a Harry, cuando es obvio para todos que ambos lo estáis deseando.

Draco se atragantó con la cerveza. Rojo por la tos y la indignación, boqueó. Ron se arrellanó en la silla, petulante, esperando su contrataque, pero la puerta del pub volvió a abrirse, atrayendo nuevamente la atención de Draco, que siguió a Harry con la mirada. Este se dirigió hacia la barra para pedir una bebida, ignorante de las cervezas que ya estaban encima de la mesa.

—No digas tonterías, Weasley. Ronald. Ron. Como sea —concedió Draco, con un punto de mala gana, cediéndole la victoria—. Harry ha hecho bastante perdonándome tantas cosas. —Bajó la mirada mientras dibujaba en la condensación que se había formado en su jarra.

—Harry ya te había perdonado antes de que os invitásemos. Fue cosa suya que lo hiciéramos —confesó Hermione, apiadándose del apuro de Draco—. No sabíamos cómo hacerlo, la verdad.

—Iba a escribiros él, pero las cosas surgieron de aquella manera —dijo Ron, apoyando a su prometida—. A veces, hay que extender la mano cuando la snitch pasa por delante de ti, sin florituras.

—¿Y tú, Ron? —El retintín con el que Draco pronunció su nombre lo puso en alerta, recordando que el chico rubio tendía a no dejar pasar ni una sola ofensa imaginaria y devolvía todas y cada una de las bromas—. ¿Para cuándo vas a admitir que tienes una snitch de ojos castaños revoloteando a tu alrededor desde hace meses?

Con una risotada, ante la mirada patidifusa de Draco, Ron levantó la mano para atraer la atención de Theo y llamarlo.


Draco se había quedado en shock el resto de la noche. Había alucinado cuando Theo se había acercado presto a la llamada de Ron. Y había abierto los ojos de par en par cuando su amigo se había sentado con ellos en la mesa, un poco sudoroso al bailar, sonriendo con la misma expresión embelesada con la que Ron tendía a mirarlo cuando creía que nadie lo observaba. El carácter de Theo había cambiado mucho en aquel último año, aunque Draco dudaba que Luna o cualquiera de los Gryffindor fuesen conscientes de ello, ya que apenas lo conocían de antes.

Durante su adolescencia había sido un chico tímido. Atractivo más por su introvertida personalidad que guapo, fue el primer amor de Draco antes de que la pubertad hiciese su aparición y las exuberantes cualidades de Pansy primero y de Blaise después adquiriesen prioridad en su calenturienta y febril imaginación. Después, llegó la guerra y a nadie le importaron aquellas cosas.

Como Ron y él mismo, Theo provenía de una familia tradicional. Las diferencias entre los Weasley, los Nott o los Malfoy provenían más de la ideología política que de los aspectos morales. O, podría decirse, las dos últimas familias estaban en un punto mucho más extremo que los pelirrojos, posicionados más cerca de familias conservadoras como los Greengrass, que habían tenido la mala suerte de dejarse cegar temporalmente por ideas demasiado reaccionarias cuyos extremismos no llegaron a compartir jamás.

Quizá por eso la personalidad de Theo había dado aquel salto durante aquellos meses, abriéndose como una flor en primavera y dejando ver, tras la introversión del tímido adolescente, un chico sumamente inteligente de sonrisa melancólica que habría hecho las delicias de cualquiera y que había atrapado sin querer al mismo chico que se enamoró de la bruja más inteligente de su promoción. Al principio, Draco había pensado que, antes o después, aquello daría al traste con todo lo que estaban construyendo, por eso se mostraba suspicaz y trataba, como bien había sabido ver Ron, de construir una coraza preventiva al mismo tiempo que no podía evitar la tentación de seguir quedando con Harry, pese a cualquier propósito que se jurase a sí mismo.

Sin embargo, con el tiempo parecía que Theo se había conformado con la relación platónica que sostenía con Ron y que esa química que borbotaba entre ambos con la intensidad de una poción al fuego vivo no iba a quemarlos a todos. A Draco no se le habían escapado las miradas de anhelo de hacía unos meses, así como tampoco el tiempo que Ron y Hermione estuvieron más serios de lo habitual, aunque luego la alegría había regresado a la pareja antes de que anunciasen su compromiso la semana anterior y Draco había supuesto que Ron había, al fin y al cabo, elegido la opción más tradicional. La misma que duda mucho que Theo o él mismo sean capaces de escoger para sí mismos, por mucho que disgusten a sus familias.

El asentimiento de Theo cuando Ron le había pedido permiso para contárselo a Draco había sido una de esas cosas que no habría podido predecir de ninguna manera. Su amigo le había explicado que, aunque Ron sí se lo había contado a Harry, él consideraba que la mejor discreción era la que no se divulgaba antes del momento oportuno. No se había disculpado, pues había actuado como se esperaría de él, del mismo modo que lo habría hecho Draco, pero tampoco se había enfadado con él. No hasta que, comprobando con un vistazo rápido que ninguno de sus amigos estaba mirando, Theo se había inclinado hacia Ron, besándolo fugazmente en los labios, a modo de demostración de que, definitivamente, el pelirrojo había decidido atrapar la snitch y marcar con la quaffle.

No pudo escuchar los detalles de su acuerdo, aunque sí los suficientes para saber que Theo estaba de acuerdo con el compromiso de Ron y Hermione y que estaba deseando ser el tercer padre de sus hijos. También que, por lo visto, no había nada entre él ni Hermione, aunque si querían vivir juntos para que Ron no tuviera que repartirse entre dos casas y criar una familia atípica incluso en el mundo muggle.

«Que le den a lo típico y a la puñetera tradición sangre pura que nos destruiría a todos si le dejásemos la oportunidad», pensó Draco, inspirando el aire frío de la calle hasta llenarse los pulmones cuando todos salieron a la helada noche, charlando y riendo entre ellos.

La madrugada ya estaba avanzada y era el pub que más tarde cerraba, así que no había donde ir a seguir la fiesta. Por eso, durante unos minutos, el grupo fue un caos de abrazos y besos mientras se despedían unos de otros. La calle estaba desierta, ellos eran los últimos en irse a casa a dormir. Aquellos que no vivían en Hogsmeade no tardaron en aparecerse en dirección a sus casas, desanimados por el relente nocturno a alargar la despedida. A Draco no se le escapó la mirada de complicidad de Theo y Ron y comprendió que, si el primero se marchaba antes de que lo hiciese la pareja protagonista del compromiso que celebraban, era por mantener un poco de tiempo más el secreto y no robar el protagonismo que Hermione merecía, pero que los tres iban a dormir en el mismo lugar. Incluso aunque no fuese en las mismas habitaciones.

Al final, sólo quedaban en medio de la calle Draco, Harry, Ron y Hermione.

—Bueno chicos, nosotros también nos vamos —se despidió la chica, cuyos ojos somnolientos delataban su cansancio. Como organizadora de la quedada, todos habían querido despedirse de ella y de Ron, felicitándoles una vez más por la noticia, pero al ver sus ojos Draco se preguntó cuántas de sus ilusiones sobre formar una familia habían sido planes futuros y cuántas de la necesidad de adelantarse a un hecho consumado.

—Buenas noches, Ron. Buenas noches, Hermione —estaba diciendo Harry, abrazando y besando a ambos con evidente cariño.

—Buenas noches, Weas… Ron. Buenas noches, Hermione —Draco estrechó la mano de Ron que tiró de él y le dio un abrazo, palmeándole la espalda del mismo modo que había hecho con Harry.

—¿Miedo, Draco? —susurró su amigo al oído, de forma que nadie más los escuchase.

—Más quisieras, Ron —dijo al separarse, en voz alta. Harry los miró a ambos con curiosidad, pero no dijo nada.

Se despidió de Hermione también. La chica imitó el ejemplo de Ron y lo abrazó para estamparle un beso en la mejilla. Desconcertado y poco habituado a ese tipo de muestras de cariño, salvo quizá con Pansy, Draco se tocó la mejilla en el punto donde la leve humedad de sus labios se helaba al instante. La pareja se despidió una última vez, diciendo adiós con la mano a la vez que Hermione los aparecía a ambos.

—Bueno, Draco. —De repente, Draco se dio cuenta de que Harry y él se habían quedado solos—. Yo vivo al otro lado del pueblo, pero he bebido demasiadas cervezas como para aparecerme, así que voy a ir dando un paseo. Supongo que tú duermes en Wiltshire. —Draco asintió, pero no se decidió a aparecerse, a pesar de que Harry parecía estar esperando a que lo hiciese para poder marcharse.

—Pot… Harry. —Este lo miró con curiosidad, con las cejas enarcadas, divertido por el uso de los nombres propios que estaba haciendo Draco esa noche—. ¿Te importa si camino contigo hasta tu casa?

—No necesitas preguntarlo, Draco —respondió Harry, con una amplia sonrisa, tan contento como él de alargar un poco más la charla. Aunque Draco no estaba muy seguro de estar contento, porque la opresión que sentía en el pecho era un tanto contradictoria.

Caminaron en un apacible silencio. Ambos llevaban las manos en el bolsillo, pero caminaban hombro con hombro, como si el frío les hiciese juntarse en busca de calor mutuo. Aunque, pensándolo, Draco pudo recordar un par de momentos durante el verano en los cuales habían hecho algo similar. En uno de ellos, al menos, lo habían hecho en escobas. Draco no rompió el silencio hasta que habían dejado atrás el centro del pueblo.

—Ron dice que lo habías planeado. —Resoplando con impaciencia ante la genuina expresión de desconcierto de Harry, le dio contexto—: Lo de invitarnos a salir. A los Slytherin —añadió, ruborizándose como un idiota, pero el otro chico no pareció darse cuenta de su matiz.

—¡Ah! Sí —asintió Harry, con sencillez—. Lo habíamos hablado varias veces. Fue después de los juicios, creo. Ya sabes, creímos que sería interesante conoceros mejor. —Draco levantó la ceja, exasperado por la costumbre de Harry de tartamudear cuando no quiere mentir, pero tampoco decir toda la verdad. Aunque, a estas alturas, a Draco le importaba un comino si lo habían hecho por lástima, por justicia o porque los Gryffindor, y Luna, eran unos idealistas irredentos. Harry pareció llegar a la misma conclusión—. Al final, todo salió perfecto de manera natural, sin necesidad de forzarlo.

—También cree que debería comerte la boca —dijo Draco, maldiciéndose por juntarse con Gryffindor, cuyos impulsos eran indudablemente contagiosos.

—¿Qué? —preguntó Harry, mirándolo atónito.

—No me mires así —se defendió ante la mirada inquisitiva y sorprendida de Harry—. He utilizado sus palabras textuales.

—Y… ¿tú qué opinas al respecto? —Como si estuviese acostumbrado a que la gente le contase que debería comerle la boca, Harry se detuvo junto a la cancela del jardín de su casa y lo miró de nuevo, tan pensativo que Draco lo maldijo mentalmente, preguntándose dónde estaba el adolescente que se deshacía de nervios cuando tenía que hablar con una chica, según sus recuerdos del cuarto año.

«Probablemente, en el mismo lugar que la timidez de Theo, la agresividad de Goyle y mi soberbia», pensó, comprendiendo que no sólo había habido cambios por parte de los vencidos en estos pocos años que han pasado tras la guerra.

—Que tiene razón. —«Maldita valentía Gryffindor»—. Pero sólo si tú quieres.

—Demonios, Draco, claro que quiero. Sólo me falta hacerte señales de humo —masculló Harry, frunciendo el ceño de la misma forma que lo hacía años atrás, cuando divisaba la snitch durante un partido.

Fue Draco quien se acercó a él, despacio. Con movimientos lentos, como quien quiere convencer a un león de que no tiene malas intenciones, sostuvo la cara de Harry entre las manos. Este acabó con cualquier atisbo de delicadeza al sujetarlo de la cintura y estrecharlo con impaciencia contra su cuerpo, eliminando la distancia que los separaba.

Durante unos segundos, ninguno tuvo prisa por reducir la escasa distancia que separaba sus labios. Draco estaba demasiado ocupado en perderse en los ojos de Harry, de color verde oscuro esa noche por el efecto de las pupilas dilatadas y la penumbra del alumbrado de la calle. Por fin, Harry inclinó levemente la cabeza y Draco levantó la barbilla, saliendo a su encuentro y salvando el trecho que se había convertido en un abismo instantáneo y lo besó delicadamente, apenas un roce de labios.

«Ronald Weasley tenía razón», concluyó, al pensar en todos los besos que habría deseado atreverse a darle antes a Harry, tan electrizantes como este.

Y tan excitantes e impetuosos como los que le siguieron justo después, de labios abiertos y lenguas húmedas que se buscaban la una a la otra al mismo tiempo que Harry tanteaba detrás de sí, abriendo la cancela para arrastrar a Draco hacia el interior de su casa, que definitivamente no dormiría en Wiltshire esa noche.