LA TRISTE HISTORIA DE TU CUERPO SOBRE EL MÍO

Capítulo Segundo

Despierta en la más absoluta penumbra y recuerda los acontecimientos más recientes de su memoria: casi muere. Pero es un casi, porque, por seguro no se encuentra en el infierno. Aunque todo su cuerpo duele, y no puede ver ni la silueta de su propia mano, no hay nada etéreo en el ambiente. y sabe por seguro que el infierno que le espera después de la muerte no puede ser así de agradable.

Pasa largos minutos en reposo, en los que no encuentra fuerza para mover un músculo más que los necesarios para mantenerse respirando. En la habitación no hay movimiento alguno, ni siquiera de cucarachas alrededor. Eso le parece una buena señal. Significa que alguien ha limpiado.

—Creí que me habías abandonado a mi suerte —dice en cuanto escucha unos pasos acercarse luego de que una puerta se abriera.

—Esa habría sido la mejor decisión.

No lo dice en serio. Al menos él no lo cree.

Sorprendentemente, ella añade—. ¿Cómo te sientes?

—Como si estuviera regresando de la muerte.

No la ve, pero supone que asiente ante su respuesta—. Hay comida en el otro cuarto —ofrece con voz monocorde—. Me marcho.

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Kagura no vuelve al refugio. Okita lo sabe porque le tomó otros 3 días más recuperarse lo suficiente para poder andar, comiendo apenas el arroz frío y las conservas que ella dejó sobre una mesa. Ha actuado fría e indiferente, pero más que nunca, Sougo se convence de que es una fachada. Hay más señales de preocupación en cada grano de arroz y en cada vendaje que colocó en sus magulladuras y cortes, que desinterés en sus palabras.

Escapa de Edo con más dificultad de la que normalmente debería, las probabilidades de que el plan de Hijikata haya tenido éxito se materializan con cada guardia que debe sortear para abandonar la capital, con cada esquina extra que dobla para no ser visto y vulnerado. Todavía no se encuentra en su mejor rendimiento cuando llega a los improvisados cuarteles del Shinsengumi, jadeando, algunas heridas incluso han vuelto a sangrar. Los ojos de Shimaru se iluminan solo de verlo, y una nota de bienvenida en su cuaderno le espera al subir al porche.

—¿Dónde está Hijikata-san? —pregunta, el susodicho abre la puerta corrediza en el mismo instante.

—¿Dónde estabas, Sougo?

"Sobreviviendo" quiso decir, pero lo que salió fue en cambio—: Tomé mucho tiempo descansando que salir de Edo fue más difícil de lo que esperaba.

—Si es por eso —Hijikata saca un cigarrillo de su cajetilla— ponte desde ya a trabajar.

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Resulta que le toma dos semanas más recuperarse completamente. En el tiempo que hay en medio de la limpieza de los vendajes y las reflexiones por la inutilidad de su ser, la imagina cargándolo, desmayado, desde la primera casa donde él se ocultó, hasta el otro piso oscuro y recóndito donde lo resguardó. Es evidente que su corazón es más blando de lo que ella misma quisiera.

—Capitán —es Kamiya, uno de sus hombres. Uno de los dos que sobrevivieron a la última masacre, más concretamente—. ¿Cómo se encuentra?

—Estoy bien —dice, no por primera vez en el día y supone que tampoco la última—. En lugar de preocuparte por mí, deberías asegurarte que alguien haya regado las hortalizas.

—Lo haré tan pronto como me vaya de la habitación —dice el hombre seriamente. Kamiya mide un metro con noventa centímetros. Es muchísimo más alto que Okita y su cuerpo también es más grueso y con más músculos. A veces a Sougo le resulta raro dar órdenes a personas que no solo son mucho más corpulentas que él, sino que también son mucho mayores en edad—. Pero quiero agradecerle por aquella vez. Le debo mi vida.

—No me debes nada —masculla—. Solo hice lo que tenía qué hacer.

—Lo sé. Pero sé también que, si no apreciara a sus hombres, no se hubiera sacrificado como lo hizo.

—Sí, sí, lo que sea —desestima sus palabras con un ademán—. Acepto tus agradecimientos.

Kamiya entrega una pequeña reverencia y se retira.

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El año nuevo pasa sin ningún aviso de festividad más que los copos blancos cayendo a la medianoche. A su hermana Mitsuba siempre le había gustado ver caer la nieve y a él, por extensión, jugar en ella. Absorbe con la vista el páramo blanco junto al cielo sin estrellas. Es una noche oscura con una luna menguante, pero, incluso así, hay belleza en ella. Puede ser nostalgia o melancolía.

—¿No piensas a veces en ella? —le pregunta a Hijikata, quien limpia su espada con la puerta del recibidor abierta, dejando pasar el aire frío dentro.

Toushiro alza la vista, se encuentra con sus ojos rojizos por un breve segundo. Raramente hablan de ella, de Mitsuba, al menos no entre los dos. Okita con algunas pocas personas, Hijikata con nadie, sólo con él mismo—. A veces —admite.

Hace tiempo que la ira contra su superior ha abandonado el cuerpo de Sougo. A sus dieciocho años había entendido sus razones, sin embargo, entender no era olvidar y el rencor lo llevó adentro por mucho tiempo. Ahora envuelto en sus propias circunstancias, revisita esos pasajes de su vida una y otra vez. Si Mitsuba estuviera allí, si Hijikata hubiera decidido tomar su mano hasta el final, ¿dónde estarían ellos ahora?

—¿Todavía crees que fue la mejor decisión?

Hijikata blande su espada en vertical, revisando el filo—. Creo que fue lo mejor que pude hacer en ese momento. Pero nunca lo sabré. Solo trato de contentarme pensando que la decisión que tomé fue de la que menos me arrepentiría. Entre dos opciones… no, entre cientos de ellas, tomé la que me haría continuar con la cabeza en alto mientras la mantenía a ella a salvo.

—Supongo que tienes razón —cede, impropio de él. Él hizo lo mismo aquella noche en el barco.

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Cuando se separó de ella, estaba sin aliento y jadeante; en su boca la brisa salada del mar y el sabor de sus labios se mezclaban. Le robó un último beso, sólo la presión de sus labios. No estaba satisfecho, más bien besarla había tenido el efecto contrario. Aún tenía hambre, todavía no la había devorado.

—China, ¿dónde vas a dormir esta noche?

Kagura le abofeteó. Fuerte. Tremendamente doloroso.

No había sido una pregunta nacida de la pura lujuria, aunque algo había de eso, sino de la más absoluta desesperación por permanecer a su lado, convertirla en su norte en un momento en el que se sentía más perdido que un niño abandonado en el bosque. Pero entendió que lo merecía.

—¡Bastardo! ¿Qué haces proponiéndole indecencias a una dulce señorita?

Oh, una dulce, dulce señorita.

Sorry. Pero no veo ninguna seño… —otra bofetada qué parecía más un reacomodo de la mandíbula. Esa la merecía más que la primera, empero estaba de acuerdo en que se había hecho acreedor de ambas.

Kagura tenía las manos vueltas puños a los costados, el rostro rojo y sofocado, con la vergüenza escurriéndole por los poros.

Era hermosa.

—Lo siento —aceptó arrepentido y arropándola en un abrazo sorpresivo del que ella trató de liberarse más por un trámite que por fuerza de voluntad—. Fue una mala elección de ideas.

—Estúpido Chihuahua —el regaño sonó a media voz, su cara estaba escondida en su pecho—. Vete al infierno.

—Sí, sí.

Sin tentar más a su suerte, la dejó ir. Habían hecho lo suficiente y tenían suerte de que nadie los hubiera visto. Okita no tenía problema con ello, pero tenía la corazonada de que con Kagura sería muy diferente.

—Ve a dormir, China. Consigue ese sueño reparador o cómo sea que le llames.

Ella cruzó los brazos, enfurruñada—. Por supuesto que eso haré —agitó el cabello de una de sus coletas con petulancia—. Las mujeres hermosas necesitamos dormir al menos 12 horas para continuar siendo aún más hermosas que de estambre.

—Es costumbre —corrigió—. Estambre ni siquiera se le acerca, ¿seguro que sabes hablar japonés?

Kagura le tiró un puñetazo antes de salir pitando de allí.

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Cuando la nieve se derrite, los cabellos de Kamiya comienzan a tornarse blancos: la plaga está dentro de él. Es un final rápido, trágico a su manera, con una enfermedad llevándose hasta lo último de sus fuerzas. Lo despiden con honores, Okita da unas cuantas palabras a favor de su subordinado como último adiós, entonces lo entierran en el páramo, junto al resto de sus compañeros.

Alguien pone unas flores, una margaritas, por encima de la humilde lápida.

El sentimiento que queda entre los supervivientes es la certeza de que la vida es efímera.

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Sus asuntos sin resolver, las palabras de su superior le llegan a la mente, tienen nombre, aunque no apellido.

Se calza las sandalias la noche siguiente, para asegurar su pase de incógnito a la ciudad. Shimaru le ve salir y escribe un mensaje en su libreta. "¿Por cuánto tiempo te irás?". Se encoge de hombros, porque no lo sabe.

—Algunos días. Lo que sea necesario.

Espera que una semana sea suficiente. Para él, una semana es lo suficientemente largo.

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Okita bajó a su camarote horas después, con la cabeza fría. Todavía le era forastero el impulso que tuvo por la tarde de besarla. Comprendía que aquello había nacido de la atracción y afinidad que sentía por ella, pero ¿luego qué? En ese barco no había un futuro, en tierra firme todo era incierto.

No se arrepentía, pero hubiera sido mejor que no lo hubiera hecho. Ahora quería más y no sabía si podía tomar más y qué consecuencias acarrearía. Así que cuando entró en su habitación designada —por él mismo— pasada la medianoche y la encontró recostada en el pequeño camastro mirando sus manos, contemplativa, el primer sentimiento que burbujeó en su pecho fue el fastidio .

El fastidio y el miedo a lo incierto.

—¿Qué haces aquí?

Kagura tuvo la decencia de avergonzarse cuando lo escuchó hablar. Al parecer estaba tan distraída que no oyó el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse. Empero, aun con el sobresalto, respondió con socarronería—. Dormir. ¿No estás viendo, uhm?

—En primer lugar no estás dormida —declaró lo evidente, el tono de voz más grave de lo normal. No estaba para bromas—. En segundo lugar: esta es mi habitación.

Dirigió sus ojos azules a él, grandes, la mirada de inocencia que no parecía cuadrar en esa ecuación—. No vi tu nombre.

—¿De verdad quieres hacerme creer que de todas las habitaciones vacías elegiste por coincidencia la mía? —sus labios formaron una fina línea. ¿Por qué estaba tan molesto?

—No la hubiera elegido si hubiera sabido que era tuya —rezongó con una endeble excusa—. Por eso apesta aquí. Huele a Chihuahua.

—Si huele tan mal, entonces largo.

—No quiero.

—¿Siquiera sabes lo que estás haciendo? —se acercó amenazador a ella, a un lado de la cama, sentándose en el filo del viejo colchón. Kagura se recargó sobre los codos para levantarse a medias para el duelo de miradas. Estaba sonrojada, estaba abochornada, pero aún así estaba desafiante.

—¿Lo sabes tú? Yo soy la que está aquí.

La urgencia de besarla volvió, esta vez fue una oleada con mucho más fuerza. Pero era peligroso, hacía apenas nada compartieron un primer acercamiento. Cerró los ojos con fuerza, pensó en la mayonesa de Hijikata, en matar a Hijikata, en volar algunos edificios con su bazuka, en la plaga blanca, en cosas horribles, lo que sea con tal de tranquilizarse—. Está bien —dijo ya sin paciencia, la última pizca de autocontrol pendiendo de un delgado hilo. Necesitaba salir de ahí. Su tren de pensamiento no estaba ayudando—. Yo me largo.

Pero era obvio que no le iba a dejar. Ella era la que estaba allí después de todo, ya lo había dicho.

Le jaló de la camisa para ponerlo a su nivel, luego cubrió sus labios con los suyos, estableciendo un tono de urgencia en cada uno de sus movimientos: desde su agarre hasta la distancia que los separaba. Sentía el calor de su cuerpo siendo irradiando hacia él… Y eso era malo. La acción, el sabor, el lugar, lo que significaba o dejaría de significar… pero no pudo forzarse a no corresponderle.

¿Con qué fuerza de voluntad? Ya la había perdido desde la tarde.

Ella estaba siendo audaz, abriendo su boca para un beso desenfrenado al que no podía seguirle el ritmo, una de sus manos pálidas dejando el cuello de la camisa de donde se aferraba hasta alcanzar sus botones, intentando desabrocharlos sin éxito. Él le apartó la mano y abrió su camisa él mismo, escuchando el tintineo de los botones al caer al piso por el desgarrón de la tela. Si ella estaba necesitada, él lo estaba aún más.

Se separó de sus labios para delinear la línea de su mandíbula con la lengua. Ella jadeó en respuesta y recorrió con las yemas de los dedos sus pecho, tocando por encima de los músculos marcados, los vendajes y las viejas cicatrices. Si estaban yendo demasiado rápido, ella no dijo nada, estiró en cambio el cuello, dándole espacio para que su lengua pudiera seguir su recorrido hasta su clavícula. Él aceptó el ofrecimiento, besando, chupando y mordisqueando por encima de la palpitante yugular. Las suaves marcas de sus dientes no durarían en su piel más de una noche, lo sabía, pero aún así quería intentarlo.

—Abre las piernas —comandó, mirándola a los ojos. Razonar con ella para detenerse parecía un pensamiento que nunca hubiera cruzado por su mente ahora.

Kagura fue descarada y sonrió con petulancia a su solicitud. Ambos estaban sentados en el camastro, jadeantes y despeinados. Los ojos de él brillaban con un fuego que solo podía ser comparado con el que reflejaban los propios ojos de ella.

—¿Quién lo pide?

Sougo solo pensó que no debió haber dicho eso.

Con un empujón de su mano la obligó a acostarse en la cama, se acomodó encima de ella y la arrastró por las caderas para acercarla, su mano se acercó a su entrepierna y comenzó a acariciarla por encima de los pantalones. Incluso a través de la tela, podía sentirla húmeda y caliente. Pudo verla también cerrar sus ojos y mordisquear su labio inferior, reacia a dejar ir algún nuevo sonido.

—No lo estaba pidiendo —jadeó Sougo en su oído, la respiración entrecortada, el sudor comenzando a formarse en su frente—. Te lo estaba ordenando, cerda.

La vio queriendo responder, pero su mano colándose por debajo de su ropa interior la hizo olvidar la respuesta. Kagura arqueó la espalda y finalmente un gemido largo escapó de sus labios. Y luego otro. Y luego otro. Kagura perdió el sentido de la razón en el momento en que sintió sus dedos trabajando dulcemente sobre su clítoris; se retorció debajo de él, moviendo las caderas para conseguir más placer, hechizada por la magia de sus dedos.

Se aferró a su espalda, sin aliento, viendo más allá de él y de todo, lo rasguñó sin pensarlo, la suave piel rompiéndose fácilmente bajo sus uñas. A Okita le dieron ganas de adorarla, de ponerse a sus pies y besar su centro caliente, comprobar su sabor, pero un vistazo a su rostro extasiado solo provocó que los pantalones le apretaran cada vez más y más.

Con una habilidad casi ensayada, se deshazo de sus pantalones mientras ella se recuperaba del casi orgasmo que le provocaron sus dedos. Lanzó también su camisa hecha jirones a algún rincón de la habitación, sin meditar si la necesitará más tarde.

Kagura, arrodillada sobre la cama, con sus jugos humedeciendo la cara interna de sus piernas, se desnudó frente a él hasta quedar en ropa interior, un rubor cubriéndole suavemente las mejillas, los ojos más azules, más brillantes de lo normal. Un pensamiento tardío acechó a su mente. ¿Es esta acaso su…? No era posesividad el sentimiento que recorre el cuerpo de Okita, ni ninguna clase de celos enfermizos, era el regocijo de saber que le había elegido a él para atravesar por todo aquello… La urgencia se desvaneció de su cuerpo dando paso a un sentimiento más complejo que la lujuria. Todavía quería desesperadamente estar con ella, pero no de una forma descuidada como antes, después de todo sabía que simplemente era un humilde samurai al servicio de su señora.

—Déjame ayudarte —dice en voz queda. Coloca las manos sobre sus hombros y sin apartar la mirada baja los tirantes al mismo tiempo. Besó suavemente su hombro, casi con devoción, y luego su mejilla, cerca de la comisura de los labios, al tiempo que sus dedos desabrochaban el sujetador de su espalda, el cual cayó sin gracia sobre el colchón, liberando sus frondosos pechos de su prisión de tela.

Cogió su seno izquierdo, sintiendo su peso, palpándolo lentamente. Pasó su pulgar por encima del pezón erecto, maravillado por el rosa que lo cubría.

Ella era más hermosa de lo que había pensado.

—Estoy lista —dijo ella a media voz, tomando su rostro entre sus manos y elevándolo para un beso. Okita mordisqueó su labio inferior y dirigió una de las pálidas manos de ella hacia su entrepierna, por encima de su boxer. Ella lo palpó con timidez, dándose cuenta de su gran erección, lo duro que se encontraba por tenerla.

—Yo también.

La acomodó encima suyo, ahora sentados sobre el lecho, completamente desnudos. Ella se estabilizó con sus hombros y él le tomó por las caderas, alineando su entrada contra su miembro; quería darle el poder que solo ella podía tener sobre él, adorarla con ella encima suyo como su fiel siervo y, tal vez, en el futuro, la tomaría de la forma desenfrenada con la que había deseado al inicio.

Kagura bajó las caderas, poco a poco introduciendo el pene duro de él dentro de su caliente y mojada vagina. Cuando estuvo completamente adentro se quedó sin aliento, sus pulmones incapaces de inspirar por aire. Quizá era su talla, su primera experiencia o que estuvieran ambos haciendo algo que a ninguno se le había cruzado por la mente antes lo que la sobrecogía, pero él fue paciente, tratando de no dejarse llevar por lo estrecho y húmedo de su centro, besando su cuello, su clavícula y sus pechos mientras se acostumbraba a él para darle confianza. Entonces comenzó un lento vaivén de caderas que Sougo tomó casi por un castigo, y fue solo el pequeño gesto de dolor en el rostro de Kagura mientras lo montaba lo que lo detuvo de acelerar el ritmo entre los dos. No pasó mucho tiempo antes de que ella comenzara a gemir nuevamente, perdida en el placer sin poder contenerse. Okita tomó aquello como una señal de participar más activamente en aquel ritual y se encontró con las caderas de ella a medio camino, duro, desacompasado. El sudor bajando por su frente hasta perderse en su barbilla.

—China —susurró sin ningún propósito en particular. Ella no le respondió, ni siquiera estaba hablado, todo lo que salía de su boca eran incoherencias y jadeos desesperados mientras naufragaba en busca de su propio clímax—. China —repitió un poco más lúcido. Estaba siendo ruidosa, necesitaban ser más discretos—, cállate —pidió más como una súplica que como una orden. Ella en respuesta lanzó un grito, extasiada, a punto de llegar al orgasmo.

"Mierda", pensó, tragándose sus propio gemidos la besó para acallarla acaparándola, buscando estar en todas partes: dentro suyo, en sus caderas, su pecho, sobre su boca…

Kagura liberó un grito extasiado, llegando al orgasmo todavía montándolo, se aferró a él con las pocas fuerzas que le quedaban mientras él seguía martilleando, buscando su propia liberación. Cuando lo logró, salió de ella y se derramó por encima del colchón, justo al lado de ella.

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No supo en qué momento se quedó dormido, no era su intención dormir, en el estricto sentido de la palabra, con ella en el mismo lecho, y ahora unos suaves hipidos a su lado lo despertaron. Con el rabillo del ojo vio su espalda desnuda temblando como una hoja y algo se encogió dentro de su pecho al darse cuenta de que Kagura estaba llorando.

La realidad lo golpeó de forma repentina: la Plaga Blanca, Gintoki desaparecido, Kondo y Katsura en la cárcel, sus compañeros caídos, la sociedad cayéndose a pedazos… Ellos dos esa noche, cruzando un límite que no debieron. Okita cerró los ojos nuevamente, por cobardía o por darle privacidad, se fingió dormido.

Kagura se vistió en cuanto logró calmarse y abandonó la habitación con el suave clic del cerrojo de la puerta.

Un nudo se formó en la garganta de Okita mientras una certeza flotaba en su mente: esa era la consecuencia con la que desde el principio sabía que no podría lidiar.


En mi vida solo he escrito smut dos veces en mi vida: una de forma poética y otra de forma mediocre. Esta está tirando más a mediocre a pesar de que demoré casi 5 días revisando, escribiendo, corrigiendo. En fin, por las ganas de deshacerme de esto, habrá un capítulo más ya que esto es ofensivamente corto y no resuelve nada. La próxima parte terminaré rápido tomando en cuenta que ya decidí que no escribiré más porno por el bien de la humanidad.