Llevaba un par de minutos sentada en aquel lugar oscuro, apartada de aquel lugar del que acababa de escapar. Sin embargo, no todo había sido victoria, ya que uno de sus brazos se había cortado intensamente con uno de los cristales que había por el suelo. Lo llevaba bien incrustado y le dolía horrores. Pensó en arrancarlo, rápidamente y sin dolor, pero nada más tocarlo o moverse, le dolía muchísimo.
Pensó en levantarse, y lo hizo poco a poco mientras hacía uso de su otro brazo. Apoyó todo su cuerpo contra la pared e intentó moverse un poco más rápido para salir de allí en cuanto antes, sin embargo, alguien había llegado hasta allí, probablemente por el rastro que había dejado.
Respiró entrecortadamente, había perdido mucha sangre en aquel esfuerzo. Debajo, a sus pies, tenía un charco de esta que se notaba desde muchos metros. Estaba perdida, si la cogían en aquella situación estaba completamente acabada. Así pues, se quedó completamente inmovilizada, pero aquel sujeto caminaba pausadamente hasta llegar ahí, delante de ella.
Se desvaneció completamente.
Pero él la agarró con fuerza…
Al contacto con su piel, decidió reaccionar negativamente. Intentó separarse de él, pero aquellos brazos tan bien formados la sujetaban con fuerza. Mientras, su cabeza descansaba sobre aquel pecho tan maravilloso; aquel enviado no parecía llevarla al infierno, sino todo lo contrario.
— ¿Estás bien?— repentinamente, le levantó la cabeza con el dedo índice desde la barbilla—. Oi, Daenys, ¿Estás bien?— sus ojos verdes empezaban a acostumbrarse a aquel rostro; una cara tan bien formada, tan agraciada y dulce—. Dime algo …—sin embargo, no podía continuar de pie, se sentía completamente débil, y aunque estuviera en unos brazos como los suyos, no podía resistir más.
Cerró los ojos pausadamente mientras su cuerpo se desvanecía por segundos. Ace la agarró con fuerza y pudo observar el enorme corte y el cristal incrustado de su brazo. La sintió demasiado fría, tenía que hacer algo para ayudarla, pero desconocía totalmente cualquier tipo de curación rápida y eficaz.
La levantó con cuidado, tomándola entre sus brazos, mientras iniciaba el camino hacia algún lugar donde realmente la pudiesen ayudar. Y fue en uno de esos instantes, cuando le vio el rostro. Habían cambiado, ambos. Pero ella ya no parecía aquella niña de catorce años de sonrisa pícara. Continuaba con su esencia, con su verdadero ser, pero la veía más preciosa que nunca. Sus facciones se habían marcado un poco, tenía unos labios perfectos y unos ojos que, a pesar de estar cerrados, lograban conquistarle.
…
En otro lugar del Nuevo Mundo, muy alejado de Arabasta, un barco surcaba las olas en busca de alguna isla donde parar a descansar. Dentro de aquel buque, en el camarote principal, había un chico que miraba las actualizaciones de las recompensas que había puesto la Marina. Sonrió al ver su rostro en uno de esos carteles y la cantidad enorme de berries que ofrecían por su cabeza.
Ser pirata jamás había sido su sueño, sin embargo si deseaba ser libre, apartarse de cualquier conspiración e injusticia. No obstante, conforme pasaron los años, se percató que para ser pirata no debía de ser despiadado, sanguinario e impotente, tal y como lo habían definido en la Marina.
Llamaron a su puerta.
— Adelante.
— Buenos días, capitán— una joven de cabellos naranja y ojos color miel entró por la puerta; se apoyó en esta y se preparó para cerrarla desde dentro; al ver aquello, el capitán sonrió pícaramente mientras dejaba a un lado los carteles de se busca—. He escuchado que estaba un poco estresado y, bueno, me he pasado por aquí …
— Mi más sentida bienvenida, Karah— se levantó de su silla para acercarse a ella—¿Cómo va el rumbo?— la de cabellos naranjas se acercó a él sigilosamente mientras que con su dedo índice empezaba a bajar desde su boca hasta su ombligo—. Veo que va en buena dirección— el de ojos verdes rodeó su cintura con ambos brazos, atrayéndola hacia sí.
— Vaya, vaya, estás muy receptivo esta mañana…
Ambos se miraron intensamente mientras se fundieron en un largo y picante beso. Esto no quedó ahí, pues Anker aproximó mucho más a Karah y, con fuerza, presionó su trasero haciendo que esta diera un pequeño salto al contacto con sus manos. El de ojos verdes dejó de besarla para recorrer con la lengua todo su cuello, deshaciéndose lentamente de su camisa y viendo con detalle la perfección de sus pechos.
Ella hizo lo mismo, se deshizo de la camisa de su capitán, así como desabrochó los pantalones de este lentamente. Lo empujó con su mano derecha hacia la mesa, obligándole a sentarse sobre ella. Karah bajó su fina falda para subirse sobre él y empezar a gemir.
Los gritos podían escucharse a miles de quilómetros, pero a ninguno de los dos le importaba. Estaban siendo ellos mismos, sinceros, compartiendo el amor que sentían el uno por otro, así como el gusto por lo que hacían. Anker echó la cabeza hacia atrás, sentía que llegaba esa explosión de placer. Mientras, Karah, saltaba sobre él, moviéndose lentamente y disfrutando. Hasta que, por fin, ambos estallaron en un grito unísono.
Libres y cansados, se tumbaron sobre la mesa entre tanto papeleo. La de ojos miel le tocó el rostro con dulzura, agradeciéndole en cierta manera esos momentos tan íntimos. Mientras, Anker la miraba también con ojos de cordero, dándole un beso en la frente para que se sintiese reconfortada.
— ¿Qué es todo este desastre?— dijo Karah mientras reía a carcajadas al verse envuelta por tanto desorden.
— Son las recompensas— la joven cogió uno de los carteles de se busca, percatándose de que era su capitán; se lo enseñó entusiasmada—. Sí, estoy un pelín más valorado de lo que pensaba— ambos empezaron a reír, mientras Karah buscaba otros a los que equiparar a su capitán.
— ¿Quién es este hombre?— le enseñó uno de los carteles—. Se parece… bastante a ti— lo puso al lado de su cara para compararlos—. Tenéis el mismo rostro… Marcado, nariz afinada…— repentinamente, Anker agarró aquel papel y lo tiró al suelo, quedando Karah completamente asustada—. ¿Qué pasa? ¿Quién es ese hombre?
— Son asuntos personales, Karah…— dijo mientras se levantaba de la mesa y empezaba a vestirse—. Tenemos cosas que hacer— agarró las prendas de la joven que estaban esparcidas por el suelo y se las dejó en la mesa—. Vístete, por favor.
…
Caminaba por toda aquella sala esperando a que le dijera algo. Estaba completamente nervioso, algo totalmente inusual en él. Se rascaba la cabeza a cada paso que daba y no dejaba de observar en dirección a la habitación en la que se encontraba.
Él tan solo había llegado a Arabasta para buscar a Barbanegra, era la misión que él mismo se encomendó, como capitán de la segunda división de los piratas de Barbablanca. Sin embargo, las sorpresas llegaron a su vida en forma de dos personas: Luffy y Daenys. Hacía unos días que había visto a Luffy tras años sin saber nada de él. Se había convertido en un pirata, con su propia tripulación, así que podía estar tranquilo, además, sabía de antemano que Luffy era tan fuerte como él, incluso más.
Sin embargo, la posibilidad de haberse topado con Daenys era completamente nula. Ni tan siquiera sabía si estaba en la Marina o continuaba cursando sus estudios. Además, la despedida que tuvieron no fue del todo acertada, algo con lo que había pensado miles de veces, y de lo cual se arrepentía.
Arrepentirse no entraba dentro de su vocabulario, pero realmente aquella última visita a la habitación de Daenys le había hecho replantearse muchas cosas que, sí, tendría que haberlas hecho de otro modo. Pero él había sido joven, como todo el mundo, deseaba ser libre, salir a la mar, y lo consiguió.
Muy a pesar de haberse arrepentido día y noche de haberse marchado sin ni siquiera verla, todavía quedaba en su interior cierto rechazo por su ausencia aquel día. Comprendía que lo primordial para ella eran sus estudios, pero no sabían cuando volverían a verse. Y, aunque por casualidad se habían visto en Arabasta, siempre le quedaría la pregunta de "y si hubiese venido?". Tal vez las cosas habrían sido de distinta manera. Pero todo pasa por algo, y eso es lo que se llama destino.
— Señor Ace— el anciano salió de la bodega para avisar al de cabellos negros; este giró la cabeza al instante para mirar al tabernero—. He podido hacer algo. Le he quitado el cristal, pero le estaba obstruyendo una vena bastante importante. Ha perdido mucha sangre, pero…
Pero nada. Ace entró de cabeza a la habitación para poder ver con sus propios ojos cómo estaba. Abrió la puerta y, al entrar, ella estaba completamente dormida, con toda la tranquilidad del mundo. Observó su brazo vendado y se acercó para poder sentarse a su lado, aunque fuera en el suelo de aquella bodega fría y sin color.
Le tocó la frente y sintió un escalofrío por dentro. Estaba completamente congelada. No obstante, eso tenía fácil solución. Él era fuego. Su temperamento era superior al de una persona normal. Así que, como pudo, intentó meterse en aquella estrecha cama para poderle dar calor. Sintió como poco a poco volvía a su temperatura base.
— Si no hubiéramos sido tan jóvenes…Tal vez esto podría haber funcionado desde hace mucho tiempo— le susurraba mientras la miraba—. Pero veo que has salido adelante, con todo lo que tienes y a por todas…
Ella estaba completamente dormida, ahora ya respiraba con más tranquilidad y su piel pálida ya había vuelto a la normalidad. Mientras, él se mantenía atento por si algo le sucedía y se percató del nivel de dependencia que tenía en ese mismo momento. Siempre iba a sus anchas, obedeciéndose a sí mismo y sin anteponer a nada ni a nadie en su camino. Sin embargo, en ese largo camino se acababa de topar con ella, pero qué era exactamente ella, ¿un obstáculo? O, tal vez, ¿una simple pista en el trayecto que le indicaba por dónde tenía que seguir verdaderamente?
Siguió observándola mientras dibujaba una pequeña sonrisa en su rostro, recordando viejos tiempos.
…
Era fin de semana, sus días preferidos para realizar todo tipo de atropellos. Se levantó entusiasmado mientras despertaba a Luffy con un par de gritos. Pero nada. Decidió salir él solo a respirar un poco de aire libre, sin desayunar ni nada parecido.
Al llegar al bosque, a su distintiva casa del árbol, se encontró con que Daenys estaba allí, organizando todas las cosas para mantenerlo todo en orden, como le gustaba a ella. Él, silenciosamente, se quedó contemplándola desde la puerta. Su pelo largo y castaño le fascinaba, además, la mirada con la que lo ordenaba todo le encantaba, era una mezcla entre enfado, concentración e inocencia.
— Has madrugado mucho para llegar antes que yo…— dijo el de cabellos negros mientras se acercaba a ella; por su parte, Daenys giró su cabeza para sorprenderse al ver a Ace allí—. ¿Qué se supone que haces?
— Aprender un poco de tecnología— le enseñó una cámara de fotos que andaba por allí perdida y la cual intentaba reparar—. No estaría mal tener un par de recuerdos, luego agradeceremos tener nuestras fotografías, al menos para saber cómo éramos de jóvenes y esto.
— A ver— Ace estiró la mano para que le prestara la cámara; Daenys se la dio—. ¿Cómo funciona?— pregunto mientras observaba cada detalle del aparato.
— Tienes que darle al botón de arriba. Ese que se encuentra en el extremo izquierdo.
De repente, la mirada de Daenys se vio afectada por un flashazo.
— Ya le he pillado el tranquillo— la de ojos verdes se abalanzó sobre Ace para arrebatarle la cámara y gritarle una y mil veces qué se suponía que hacía—. Oi, oi, ¡para!— dijo Ace mientras caía al suelo, siendo arrastrado por la de cabellos castaños—. ¡Vas a romperla del todo!
— ¡Es tú culpa!— se la quitó de las manos y, sin querer, cliqueó el botón, realizando una fotografía a la cara asustada de Ace—. Por dios, ¡qué buena!— empezó a reírse, mientras las fotos salían por debajo—. Mira, parece que hayas visto a un fantasma.
— Mucho peor. Te he visto a ti…— salió la foto de Daenys con cara de pocos amigos—. Pero, ¿y esta cara? ¿Tú te has visto?
— ¡Ace!
— Voy a guardármela. Sería un problema que alguien encontrara la foto del monstruo del Lago Nes…
…
Ponía los últimos alimentos en aquel pequeño barco. Ya lo llevaba todo, agua, frutas, cereales… todo lo necesario para realizar un pequeño viaje al lugar donde conoció el amor y la felicidad. Suspiró. Hacía casi veinte años que no iba a aquel lugar, pero tenía sus motivos para no haber ido a despedirse. Sin embargo, ahora tenía vía libre y quería saber qué había pasado para que su hijo apareciera en los carteles de se busca, ya que él tenía entendido que habían sido criados por una amable señora, fiel confidente de la familia de su mujer.
— Que tengas mucha suerte— dijo aquella mujer de corto cabello negro.
— Gracias. Tengo que averiguar qué ha pasado…
Puso rumbo hacia el East Blue mientras recordaba la primera vez que pudo visualizar al amor de su vida, recogiendo flores para adornar su nueva casa.
