Ambos se quedaron mirando como si fueran fantasmas del pasado. Sin embargo, ninguno se atrevió a hablar, permanecieron callados durante un par de minutos, observándose detalladamente y estudiando los cambios que habían hecho. Por su parte, a Quika le había cambiado el pelo, ahora lo tenía mucho más lacio que cuando le recordaba. Había encogido mucho más, además de encorvarse un poco. No obstante, seguía siendo aquella mujer que antaño fue, con una voz penetrante, contundente y muy segura de sí misma.

— ¿Qué haces aquí?— preguntó la anciana mientras él volvía a la realidad—. Hace muchísimos años que no vienes por aquí, ¿qué tal estás?— no dejaba de hablar—. Pasa, pasa, tienes que estar cansado— la obedeció mientras se adentraba en aquella casa en la cual ya había estado millones de veces—. ¿Te preparo un té?

— Sería perfecto. Gracias Quika— dijo mientras pasaba por la entradilla de la casa.

Miró a su alrededor y todo eran fotografías. En algunas aparecía él, con sus respectivos treinta años de juventud. En otras, aparecían Quika y la madre de Kendra, viejas amigas, muy buenas amigas. Para ella, Kendra siempre había sido como una ahijada. Se encargó de cuidarla cuando su madre murió de una enfermedad extraña, la misma que azotó el corazón de Kendra muchos años después.

Sin embargo, tras echar un vistazo en esa pared, giró su cabeza para toparse con sus dos pedacitos de cielos. En un enorme marco, aparecía un niño de siete años junto a un pequeño bebé de año y medio. Eran Anker y su pequeña hija. Se podía observar la felicidad de su hijo mayor, y como protegía a la pequeña bebé.

Anker continuaba como le recordaba. Con esa sonrisa traviesa, ese par de pecas, esos ojos verdes oscuros, muy parecidos a los de Kendra. Había crecido, era obvio, se había convertido en todo un hombre de veinticinco años. Él había heredado la forma de su rostro y su cuerpo, tal y como había podido ver en el cartel de se busca.

No obstante, al girar un poco más la cabeza, vio a una joven en su graduación. Sonreía ampliamente en la imagen, con un pequeño sombrero en la cabeza y una túnica negra. En sus manos, portaba el título que le llevaría a unos estudios superiores. Rayleigh miró atentamente a aquella chica y se sorprendió al ver el parecido irracional que tenía con su mujer. Eran exactamente idénticas: ojos verdes esmeralda, pelo ondulado, largo y castaño, unas pecas disimuladas por el rostro y una amplia sonrisa que le alegraba todo el rostro.

Aquella era su pequeña niña, a quien tan solo vio crecer durante unos meses. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. Había sido duro vivir durante tanto tiempo sin saber de ella, de su inocente y dulce Daenys. Años y años imaginándose a quién se parecería, cómo sería, qué quería ser de mayor… Su vida no había sido para nada fácil, ser un pirata jamás lo había sido. Pero los obstáculos se pusieron en su camino tras la muerte de Kendra, algo totalmente devastador para él que le supuso un punto y aparte de su vida anterior.

— Vaya, veo que les has descubierto— sonrió Quika—. Han crecido mucho, ¿verdad?— Rayleigh se quitó las gafas para secar sus ojos—. Anda, pasa por aquí. Tenemos que ponernos al día.

Ambos se sentaron a tomar el té en el salón. Allí, el de cabellos blancos se tranquilizó un poco y se acordó de lo que había ido a hablar con Quika.

— ¿Qué se supone que pasó?— Quika desvió la mirada mientras tomaba un sorbo—. Tenía entendido que los niños se quedarían contigo, durante el tiempo que fuese necesario. Eras la única persona que tenían, me refiero a persona estable y con la que poder confiar, Kendra lo dejó bastante claro.

— Las cosas se pusieron demasiado feas, Rayleigh-san…— la mirada de la anciana cambió radicalmente; ahora mostraba un semblante totalmente entristecido—. Kendra murió. Los niños estaban totalmente devastados, no dejaban de llorar. Pero Anker dejó de hacerlo al segundo día. Después del entierro de su madre, desapareció sin dejar rastro alguno, tan solo una nota— se levantó para llegar hasta el mueble, abrió el primer cajón y sacó un sobre lleno de notas—. Míralo tú mismo— le entregó un pequeño papel, con escritura casi infantil.

Daenys, Quika, gracias por todo. Después de todo esto, me he dado cuenta de que tengo que pedirle explicaciones a alguien. Un cordial saludo. Nos vemos pronto, Anker— leyó Rayleigh—. ¿Explicaciones?— asintió Quika—. Ya veo…

— Estaba totalmente obsesionado contigo. No dejaba de repetir por qué no habías venido al funeral de su madre, ni tan si quiera a verla cuando todavía estaba con vida. En cierto modo, Anker se sintió traicionado por su padre— el de cabellos blancos cerró los ojos poco a poco, entristeciendo—. Creo que su motivación para salir al mar y convertirse en pirata fue ese deseo por encontrarte y… hablarte.

— Pues espero que me encuentre pronto … — bebió un poco de té mientras se tranquilizaba—. Y, ¿qué hay de Daenys? He visto en la fotografía de la entrada que se graduó en el instituto, ¿dónde está ahora?— Quika sonrió ampliamente.

— Oh, vaya, pensaba que habrías escuchado de ella. Consiguió una beca para estudiar en la Marina. Y ya ves, se fue a perseguir su sueño. Ahora está en el Cuartel general de la Marina, de científica. Hay veces que me envía cartas contándome lo que le pasa… Pero lo lleva bien. Tendrías que haberla conocido, Rayleigh-san … Es una chica fantástica, se parece muchísimo a…

— Kendra, ¿verdad? También lo he notado …

Terminaba de quitarse los últimos restos de sangre que se podían visualizar por todo su brazo. Ya estaba más o menos curada, y eso le aliviaba, podría volver al trabajo, a la investigación que casi le había costado la vida. Sin embargo, ¿qué pasaría ahora? Acababa de ver a Ace, de nuevo, tras muchos años sin saber de él.

Le observaba conversar con aquel anciano de la taberna. Veía su sonrisa dibujarse en su rostro, tan amable como le recordaba, tan suyo y tan amigable. El corazón le dio un vuelco al imaginarse cuatro años más sin verle, sin saber de él, desconociendo completamente su paradero. Pero eran sus vidas, sus destinos, y había que acatarlos tal y como eran, sin ningún cambio…

— ¿Dónde irás ahora?— le preguntó Daenys mientras se acercaba a la mesa donde ambos hablaban—. Se supone que… deberías volver, ¿no?— Ace la miró de arriba abajo, le hizo una señal con los ojos al anciano para disculparse, y se levantó para hablar un poco más tranquilos, pero sobre todo solos.

La arrastró desde el centro de la taberna hasta la habitación donde hacía un día la había traído. Se quedó completamente en silencio, mirándola, como si le estuviera reprochando algo.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué me traes aquí?

— No puedes preguntarme eso delante de cualquier persona. Recuerda que estoy buscado por la Marina y ofrecen millones por mi cabeza. Tengo que mantener en secreto a dónde voy, qué voy a hacer y por qué. Reglas de los corsarios…—explicaba el de cabellos negros mientras ella se cruzaba de brazos—. ¿Qué pasa ahora?

— Me parece que si ese anciano quisiera verte muerto ya habría avisado a la Marina. Además, te recuerdo que somos amigos de la infancia, te prometí que por nada del mundo te haría daño ni te pondría en peligro— arrugó un poco las cejas—. Solo quería saber… a dónde irías ahora …— Ace se quedó paralizado ante aquella pregunta.

Él sabía lo que era ahora ella. Una científica de renombre, que servía a la armada, que vivía en el Cuartel General de la Marina y que estaba bajo las órdenes directas de uno de los tres Almirantes. Sabía que podía confiar en ella, pero era muy arriesgado que supiera cuáles eran sus intenciones ahora que ya podía irse de Arabasta.

— Daenys, yo …

— Te entiendo— le pausó la de ojos verdes; ambos se miraron, como si en esa mirada se compartieran todo tipo de secretos, que tan solo ellos conocían y guardarían en secreto y bajo llave—. Tampoco puedo obligarte a que me digas a dónde vas…— sonrió la de cabellos castaños mientras Ace le devolvía la sonrisa—. Pero, debes de tener cuidado. Hagas lo que hagas, ¿sabes? Se habla mucho de ti por el Cuartel, se dice que eres temerario, sanguinario, cruel…— ambos estallaron en una risa escandalosa—. Espero que te vaya bien…

Se sonrieron mutuamente. El de cabellos negros se acercó a ella mientras sacaba algo de su bolsillo derecho. Al verlo, Daenys se quedó un poco sorprendida.

— Es una Vivre Card— rompió un pedacito pequeño—. No llevo ni dinero ni ningún tesoro encima— sonrió—. Pero es lo único que tengo…— se lo entregó—. Sí sucediera algo, cualquier cosa, por muy insignificante que sea, espero que me busques. Siempre indica en qué dirección estoy. Aunque…— cambió totalmente su semblante—. Creo que no deberías seguirme durante un par de meses. Estoy en una larga misión y no creo que sea adecuada para ti.

— ¿En qué estás metido?— Ace desvió su mirada—. Bueno… está bien— se rindió, no debía de hacer más preguntas de las que ya había realizado—. Ten cuidado…

De repente, él se acercó, poniendo su mano derecha detrás de su cuello. La acercó hacia él, chocando sus frentes, mientras ambos cerraron los ojos y se sumieron en aquel tierno abrazo que deseaba que no terminase nunca, pero que lo haría a pesar de sus deseos.

Daenys sintió como si su alma volviera a llenarse de esperanza, de cariño, de energía y de alegría. Se aferró a su espalda desnuda. No quería que acabara nunca, no quería abandonar aquel abrazo que le devolvía, en parte, años de vida, años de amistad, y quizás años de amor.

Sin embargo, todavía quedaba algo que le sorprendería aún más. Mucho más que una Vivre Card, un abrazo, una despedida… mucho más.

Siempre pensé que lo nuestro era una tontería de adolescentes — le susurró a la oreja—. Pero durante todos estos años, me he dado cuenta que te he seguido queriendo. A mi manera, y a pesar de todo lo ocurrido. Lo sigo haciendo. Y te deseo, de todo corazón, de adversario a adversario, que te vaya bien. Que sigas en ese trabajo que tanto te emociona, que continúes tu sueño, pero con una condición— se miraron ahora de cerca—. Que nos volvamos a ver. De nuevo. Aunque hayan pasado días, meses, años… Porque, ¿sabes? Estoy seguro de que entonces, todavía te querré.

Acababa de salir al mar. Respiró de nuevo el aire a liberta, la brisa marina, las olas a su merced y todo un camino por delante. Estaba dispuesto a dirigirse al barco principal de Barbablanca, tenía todavía un asunto pendiente allí. No obstante, no podía dejar de pensar en lo que acababa de hacer y decir. Se había despedido de ella, de tal manera, que la había dejado peor que como estaba.

Nunca había sido bueno para las despedidas, y mucho menos con ella. Pero sintió la necesidad de hacerlo, de decirle lo que había sentido y el nudo en la garganta que le provocaba cada vez que le miraba a los ojos. Su lema siempre habría sido que no debía de arrepentirse de nada, y no lo hacía. Tan solo era que no quería tenerla esperando, toda la vida, aunque realmente le gustaría tener un futuro en el que, al finalizar su etapa de piratería, ella estuviera en el puerto de su hogar, de brazo cruzados, pero con una gran sonrisa, esperándole, junto a los demás.

Pero sabía que aquel destino, era totalmente inalcanzable.

Observaba uno a uno los mapas que tenía delante. Sabía a ciencia cierta que su padre debía de encontrarse por allí. Tenía en mente parar en aquella isla para descansar, tomar un respiro de tantos días sin cesar.

Su padre estaba demasiado bien escondido, y lo comprendía, totalmente. Había sido uno de los piratas más buscados de los mares junto a Gol D. Roger. Pero Rayleigh desconocía de qué pasta estaba hecho Anker. Era su hijo, sí, pero no sabía nada acerca de él, de su poder… nada.

Sin embargo, algo le iba molestando en su pensamiento. Desde hacía un par de meses, se escuchaba el revuelo de una rebelión por parte de Barbanegra, militante en el barco del Yonko Barbablanca. Había oído que este robó una de las Akuma no mi que tenían, matando a uno de sus compañeros y escapando.

Comprendió, en cierto modo, que era una traición directa hacia el capitán. Y que, desde su posición, debía hacer algo al respeto. No solo por lo que había hecho Barbanegra, sino para recuperar el orgullo de aquel majestuoso hombre del que siempre le había hablado su madre.

Recordó las palabras de Kendra mientras llegaban a la isla.

Anker, ¿te gustaría ser pirata?— el pequeño pecoso detuvo las estocadas que daba sin parar a un árbol, con una espada de madera—. ¿Me has escuchado?— Anker asintió.

Bueno, la abuela lo fue, el abuelo lo es, y papá… lo sigue siendo, ¿es así?— respondió el de ojos verdes mientras su madre se acercaba dulcemente; se agachó hasta estar a su altura, y entonces le revolvió el pelo.

Pues claro. La gran mayoría de nuestros familiares son piratas. Pero no son piratas cualquiera, cariño, debes de tenerlo en cuenta— el pequeño observaba atentamente—. La abuela fue famosa por todos los mares, pero tuvo que retirarse porque esperaba un bebé. Ese bebé era yo— se señaló—. No obstante, fue conocida mundialmente como Persea Phoenix, rápida y contundente— el pequeño sonreía sin parar—. Después, está el abuelo, de él ya te he hablado un par de veces. Es uno de los piratas más fuertes que hay en la tierra. Le buscan muchos, pero pocos pueden llegar a ser como él, y ni si quiera se atreverían a tocarle. Dicen que junto a Roger, serían imparables…

¿Por qué no le conozco?— Kendra entristeció.

Es una lástima, cariño. Es casi imposible que le conozcas, al menos por ahora. El abuelo sabe que es muy peligroso acercarse aquí, demasiado. Nos pondría en peligro, no a nosotros solos, sino a toda la Villa— el pequeño entendió—. Sin embargo, él os conoce. A ti y a tu hermana. Sabe quiénes sois, y si os llegara a ocurrir algo, estaría ahí para salvaros… Nunca lo olvides.

Entonces, le vino a la mente qué hacer. Su madre le había abierto los ojos desde el recuerdo. La única familia, para él, que tenía en el mar acababa de ser traicionada, y eso no lo iba a permitir. A pesar de no haberle visto nunca, ni si quiera conocerle, les unía un lazo muy fuerte, un lazo que era su madre.