7.

No esperaba un recibimiento de cientos de personas con pancartas y gritos de emoción… tampoco que solo fuera la familia de Sylvester con Eckhart a recogerlo a la estación del tren bala.

—Tío Ferdinand, ¿qué tal Bozweits? —preguntó el único Linkberg con una sonrisa agradable sin dejar de caminar junto a los demás al sitio de carromatos.

—Es un lugar interesante y pintoresco… aunque extrañaba el clima de Yurgensmidt, la humedad es terrible allá, en especial cuando hace calor.

Se formaron en la fila en lo que Eckhart era el único charlando con él, al menos hasta que fue su turno de abordar un carromato. Les había dado vacaciones de dos semanas a Justus y Margareth para que tuvieran tiempo de que su pequeño Francois se aclimatara a su nuevo entorno. El pequeño de tres años era muy listo, pero sería difícil que se adaptara a su nuevo hogar. Era una suerte que hubiera aprendido a hablar yurgensmithiano y solo algunas palabras de Bozweits, así que no necesitaban esperar a nadie más, o eso pensaba Ferdinand.

—Bueno, yo me despido aquí. Ha sido un placer verlo de nuevo, tío.

—Lo mismo digo, Eckhart, pero… ¿a dónde vas ahora?

El chico sonrió de un modo extraño en tanto su cuello y sus orejas se ponían un poco rojos, igual que la punta de su nariz.

—El chico tiene novia, Ferdinand. Vino a recogerla —explicó Sylvester como si le hubieran preguntado a él.

—¿Novia?

—Si. Heidemarie regresa hoy de la soberanía —comentó Eckhart sin dejar de sonreír de ese modo curioso en tanto sus ojos brillaban y el aprendiz de caballero tomaba una actitud un tanto tímida—. Los círculos de teletransportación están cerca de aquí, así que decidí venir a recogerla y escoltarla a casa. Va a presentarme con sus padres.

—No tenía idea de que ya estabas en esa edad. Buena suerte entonces, Eckhart.

—Gracias… a, por cierto… Rozemyne no está en casa. Se fue a visitar a su novio a Dunkelferger pero regresa dentro de una semana y media, así que no se preocupe por recibir visitas inesperadas en ese tiempo.

—¿Visitas inespe… Eckhart?

—Lasfam puede explicarle. Hasta luego.

Ferdinand abordó el carromato entonces, más porque Sylvester lo había jalado de la manga de su camisa que por otra razón.

Cuando miró a su hermano, este solo se encogió de hombros antes de cruzarse de brazos.

—No tengo idea de lo último, pero… tu shumil comelibros me prohibió hablar con ella del tema, así que no sé nada —le murmuró su hermano más alto de lo que debía porque Wilfried se adelantó en su asiento lo suficiente para mirarlo a los ojos desde el otro extremo de su asiento antes de mirar a Charlotte, sentada frente a ellos.

—¿Están hablando de Lestilaut? A papá no le agrada mucho, pero yo espero que se case con Rozemyne. ¡Me consiguió boletos gratis para el ditter cuando vino con su equipo! Fue una experiencia increíble y… ¡Ouuuuu! ¡Charlotte!

—¿Podrías aprender a leer el ambiente? —lo regañó la jovencita de un modo muy poco sutil antes de volver a sentarse como toda una dama y acomodarse el cabello.

Ferdinand no pudo evitar notar lo parecida que era la chica a su madre. En cinco años, la pequeña niña que siempre usaba moños en el cabello y portaba lindos y tiernos vestidos a la par que una hermosa y reluciente sonrisa cargada de inocencia había dado paso a una joven un poco más desarrollada que su propia madre, con el mismo porte grácil y elegante incluso cuando se mostraba molesta. Al parecer había decidido cambiar sus vestidos por un conjunto elegante y más maduro en los colores del invierno, resaltando el color de su cabello y de sus ojos.

—Tío Ferdinand, espero que pueda disculpar a mi hermano, que no tiene más que aire en el cerebro… por eso está aquí ahora, saltándose clases en lugar de estar en la Soberanía.

—¡Te dije un millón de veces que no me estoy saltando clases! ¡Pedí un permiso especial para venir a recoger al tío!

—Claro, claro, no tiene nada que ver con que me acompañaras con los Linkberg a dejar a Rozemyne a la estación de trenes bala hace media semana, ¿no? —hubo un pequeño silencio que lo hizo voltear. Wilfried se cruzó de brazos avergonzado y luego haciéndose el molesto con una mueca de lo más arrogante al voltear—. Te dijimos que Lestilaut no iba a venir a recogerla, te explicamos que ella iba a ir sola hasta allá, ¡pero nunca escuchas, Wilfried!

—La esperanza es lo último que muere y de verdad quería estar aquí para recibir al tío Ferdinand… quiero saber si vio a las chicas de Bozweits hacer su baile del verano mientras estuvo allá. Unos amigos que fueron a un curso de especialización durante el verano me mandaron imágenes y video del evento multicultural de danza y música y… Brennwarme y Beischmacht debe tenerlas más que bendecidas si hacen eso cada año.

Fue el turno de Ferdinand de sonrojarse avergonzado y mirar al lado contrario sintiéndose culpable. Había hecho más que ver a las chicas bailando con sus reveladores atuendos por las calles de la ciudad… mucho más que eso con su compañera de trabajo… luego reparó en una parte clave del comentario de su sobrino.

—¿Cuál evento multicultural durante el verano?

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Tenía todo el sentido del mundo que la niña de sus ojos decidiera seguir adelante luego de ver semejante espectáculo. Rozemyne no era ninguna idiota, era más que seguro que había atado cabos de lo que podría pasar… de lo que, de hecho, había sucedido y se rindiera.

—Lord Ferdinand, bienvenido de vuelta a Alexandria —le saludó Lasfam en cuanto entró a su departamento sintiéndose mucho más culpable que cuando Kaylane rompió la extraña relación que tenían—. ¿Gusta que le sirva algo? ¿Té? ¿Algo de comer? ¿Quizás…?

—Gracias Lasfam, pero estoy bien. Vengo de cenar en casa de mi hermano.

—Comprendo, milord. Permítame ayudarlo con su equipaje entonces.

Ferdinand soltó las dos valijas que llevaba en las manos y Lasfam se encargó de inmediato de llevarlas a su estudio para comenzar a acomodar… lo cual era muy extraño, tendría que haber entrado primero a su habitación a guardar el equipaje.

—Lasfam… ¿Hay algo en mi habitación que te impida acomodar el equipaje?

—Milord debería entrar y averiguarlo por su cuenta… por favor lea bien las fechas de las notas.

Hizo tal y como le sugirió su asistente y entró a su recámara, encontrándose con que había obsequios en su cama y en su mesa de té junto a su área de lectura ligera.

Regalos de Rozemyne por el Día de la Renovación. Regalos de cumpleaños también. Los abrió todos, sentado en su sofá para poder apreciarlos con detenimiento.

Un suéter verde con filos dorados. Recetas de cocina. Un amuleto. Un escrito. Loción. Una camisa nueva con algunos adornos en los puños, el cuello y el dobladillo de la bolsa sobre el órgano de mana. En ese último encontró también una imagen impresa de un escenario con… chicas de Bozweits bailando animadamente con sus plumas y sus ridículas prendas cortas y reveladoras. Había una nota también.

'No voy a esperarte ni a perseguirte más. No tengo oportunidad alguna contra eso. Espero que hayas disfrutado mucho tu estancia en Bozweits. Si volviste acompañado, por favor déjame un mensaje por medio de mis padres y espera a que termine el verano para presentármela. Espero que la camisa te quede bien, es el último obsequio que te hago. Feliz Día de la Renovación.

El gremlin comelibros.'

Estaba más que jodido.

De pronto los reclamos de su hermano antes de llevarlo a su departamento por prohibirle a Rozemyne que le escribiera cuando ella quisiera de lo que ella deseara le cayó como un balde de agua helada. Él la había alejado con toda la estúpida intención de que lo olvidara… y parecía que al final lo había conseguido.

Solo fueron necesarias algunas chicas en plumas mostrando el escote, las piernas y el ombligo, moviendo con desenfreno las caderas al son de los tambores para desmoronar la poca seguridad que la joven tuviera en que había una oportunidad de que la viera como una adulta cuando volviera… ¡Que idiota había sido!

—¿Milord? ¿Está usted bien?

No podía parar de reír como un maniático ahora. ¿De qué le servía ser un genio si había perdido algo tan precioso e importante por sus propias acciones?

—¿Milord?

Entonces las palabras de Kaylane retumbaron en su mente. Las últimas que le dijera con seriedad antes de tratarlo como a un mero compañero de trabajo.

'Admite lo que sientes de una vez y vuelve a casa. Pelea un poco por tu Rozemyne.'

Soltó un suspiro de resignación cuando al fin logró calmarse, encorvado sobre los restos de la niña que lo había idolatrado y luego amado para ser despreciada porque había trece años de diferencia entre ambos. Bueno, ningún problema se resolvía manteniéndose impávido, ¿cierto?

—Lasfam, averigua a que parte de Dunkelferger se fue Rozemyne y consígueme un boleto de ida. Yo me encargo de lo demás.

—Por supuesto, milord. ¿Para que fecha le gustaría que se lo consiga?

—Para mañana, si es posible.

—¿Mañana? Pero, milord, acaba de volver y…

—Descansaré después, Lasfam. Tengo que arreglar un par de cosas con ella antes de que pase algo más.

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Si tenía que ser sincero, nunca había pisado Dunkelferger por una razón… no era un fanático del ditter.

Apenas bajar en la estación de trenes, enormes pantallas de mana y banderines inmensos lo recibieron con un único tema. Ditter.

Los Dunkelfergianos, además, gritaban demasiado, reían demasiado y peleaban demasiado.

A diferencia de la tranquila estación de trenes de Alexandria, con sus pláticas en voz moderada, las despedidas llenas de sonrojos, miradas tímidas y uno que otro abrazo entrañable y sincero o sus recibimientos cargados de moderadas palabras de afecto y las modestas muestras de alegría por volverse a encontrar, los Dunkelfergianos gritaban para despedirse y gritaban para dar la bienvenida.

A dónde fuera que viera podía notar gente riendo y llorando a la vez. Hombres empujándose con miradas fieras antes de reír a carcajadas y darse los brazos o poniéndose en pie… por no hablar de las parejas. Juraría que había visto como mínimo a cinco o seis mujeres tacleando a algún recién llegado antes de sumergirse en besos íntimos y pasionales sin que les importara estar en el medio de la masa humana que se desplazaba hacia una y otra dirección.

–Y pensar que sale con uno de estos brutos –suspiró apretándose el puente de la nariz.

Cuando salió iba más que aturdido.

Una entusiasta banda de música cantaba a todo pulmón un himno de guerra… o más bien… de ditter, dedicado a uno de los equipos nativos del Ducado. Los cantantes ondeaban banderas, tocaban tambores o platillos, los otros músicos acompañaban con un par de harspiels dos flautas y un enorme corno immerdiano de metal en qué estaba enrollado el dueño de semejante instrumento ruidoso y enorme.

Que hubiera gente deteniéndose a cantar con el grupo, a dejarles monedas en un caldero o botellas de vize "para después" era algo más allá de su comprensión.

Se paró entonces en la fila para los carromatos y sacó los pocos apuntes que Lasfam le entregara junto con su boleto de tren esa misma mañana.

Tendría que viajar al centro de la ciudad. Tenía la dirección de un hotel donde se hospedaría un par de días y luego… luego de eso no tenía idea. Había un par de direcciones que señalaban un campo de ditter, un campo de entrenamiento y una dirección misteriosa. ¿Una casa? ¿Una oficina tal vez? ¿Una tienda de algo? ¿Una biblioteca?

No estaba seguro, solo dio la dirección de su hotel en cuanto logró abordar un carromato y miró el paisaje fuera de la ventana.

Dunkelferger era tan exuberante como su gente a tal grado que era imposible dilucidar a simple vista quienes eran nobles y quiénes plebeyos por sus modales, su vestimenta o incluso sus casas.

Heisschitze se lo había explicado una vez. Todo niño devorador de Dunkelferger, como él, conservaba el nombre de su familia plebeya antes de ser adoptado por una familia noble a modo de patrocinio. De ahí que las diferencias entre una parte de la población y la otra fuera algo tan borroso. Los niños crecían con sus padres hasta que conseguían un trabajo y dinero para mantenerse incluso si eran adoptados en una familia noble, en cuyo caso las dos familias compartían tiempo y al niño en cuestión.

Cuando llegaron a destino, Ferdinand pagó el importe de su viaje, tomó su única maleta y entró al vestíbulo. Dunkelferger no era tan grande como Bozweits aunque si como su ciudad principal. Esperaba que las direcciones conseguidas por Lasfam le dieran pistas suficientes para encontrarla pronto, disculparse por ser tan estúpido y prejuicios y solicitarle una oportunidad. Lo que hubiera hecho con el chico de Dunkelferger no le importaba, solo los sentimientos de su shumil comelibros. Tal vez no fuera todavía muy tarde para reparar el daño y su error.

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Notas de la Autora:

Espero que mi pequeña descripción de Dunkelferger desde el punto de vista de Ferdinand les haya gustado, jejejeje, prometo complementarla con el PoV de Rozemyne, recordemos que ella ya tiene como media semana ahí.

¿Alguien esperaba que Ferdinand se fuera a Dunkelferger de inmediato? ¿Cómo creen que reaccione Rozemyne cuando la encuentre? ¿Qué hará este idiota para recuperarla?

Algunos expresaron que esperaban que Ferdinand batalle para recuperarla... si es que la recupera. Bueno, habrá que ver, después de todo el miércoles toca el PoV de Rozemyne, así que esténse pendientes.

SARABA