8.
Dunkelferger era una ciudad alegre y ruidosa. Le gustó apenas llegar, no podía negarlo.
Puestos de comida en las calles, grupos coreando himnos y riendo por nada, parejas mostrando cuánto se amaban y gente mostrando sus intenciones de manera fuerte y clara junto al calor que sentía le estaban dejando una impresión que jamás iba a olvidar.
Estaba más que encantada.
–¿Te gustaría ir de compras luego de que lleguemos a casa, Roz?
Sonrió con un poco de desilusión, tratando de que no se notara.
Lestilaut no podía ir a recogerla por estar ocupado con un entrenamiento intensivo, así que Hannelore había ido en su lugar junto a un muchachito de quince o dieciséis años y un rostro amargo que no intentaba ocultar su descontento.
–¿Compras? –preguntaron Rozemyne y Laofeleg, el hermano menor de Hannelore, al mismo tiempo y en diferente tono.
–Imagino que tu ropa está bien para el clima de Alexandria y para la Academia Real, pero…
Se miró de inmediato y luego a su mejor amiga en el mundo. Sus atuendos no podían ser más distintos. Mientras que Rozemyne llevaba una blusa blanca de manga tres cuartos y cuello ovalado con un corsé castaño, pantalones de mezclilla y botines, Hannelore usaba shorts de mezclilla, tenis con calcetas cortas y una blusa holgada de tirantes. El hermano menor llevaba un atuendo similar, solo que su playera holgada tenía mangas cortas y un diseño sencillo con el emblema de los Lanceros de Amazonía a juego con una gorra de visera.
–Ya veo. Ahm, Hannie, ¿te importaría ayudarme a revisar si tengo ropa adecuada cuando me lleven a mi hotel? No traje tanto dinero como para ir de compras y…
–¡Entonces déjame regalarte algo! –le sonrió la chica de cabello rosa.
–¡Yo no quiero ir! Quedé con mis amigos para esta tarde.
Las dos miraron al único chico con ellas en el carromato antes de comenzar a reír. Rozemyne recordó como odiaba que la tratarán como una niña a esa edad, así que se contuvo de darle palmaditas en la cabeza, sonriéndole en lugar de eso.
–Es una pena, Laofeleg. Me habría sentido más segura si nos escoltabas.
–¡No te burles! –se quejó el joven cruzándose de brazos y mirando por la ventana al mismo tiempo que su nuca y el puente de su nariz se sonrojaban. A su lado, Hannelore solo se cubrió el rostro, incrédula, para luego intervenir.
–Hablaré con papá, Talfroscht. Es posible que Lestilaut se haya desocupado para entonces.
–Si, como sea.
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La casa de sus amigos era tan grande como su propia casa, aunque mucho más llena de plantas dentro y fuera de la misma.
Lord Werdekraft y Lady Sieglinde eran una pareja de lo más curiosa. Pronto la hicieron sentirse en confianza con la conversación, acompañada de algunas verduras con un jugo cítrico y un poco de picante, y té helado que la mantuvieron bastante fresca en la terraza donde estaban conversando.
A causa del clima, las casas de Dunkelferger contaban con terrazas y jardines amueblados para pasar el día. Rozemyne se sorprendió después, cuando iba caminando junto a Hannelore hacia el centro comercial debido a los edificios cercanos de cuyos muros parecían salir todo tipo de flores y enredaderas.
–Ya que aquí nunca hace frío como en la Soberanía, ni cae nieve, el Archiduque ordenó que haya plantas en todas partes para refrescar el ambiente, aunque sea un poco –le explicó su amiga–. Aquí es usual que las familias coman al aire libre, así que incluso los edificios y las casas más pobres tienen mesas y sillas afuera, rodeados de plantas.
–¿Qué pasa si llueve?
Tenía que preguntar. El día estaba soleado, era cierto, eso no quitaba que se sentiría incómoda y un poco molesta si le llovía encima mientras trataba de comer.
–Bueno, en caso de lluvias, colocamos un poco de mana en las mesas y se despliega un toldo especial para proteger a los comensales. Solo regresamos a comer dentro de las casas en caso de granizo.
–¿En serio? ¿Y qué pasa con los plebeyos? Ellos no tienen mana suficiente.
–Es cierto. Ellos deben cargar con algunas piedras vacías que pueden llenar de mana en el templo cuando van a rezarle a los dioses, de ese modo, nadie queda atrapado en la lluvia o en el granizo mientras come.
Sonrió sin poder evitarlo. En realidad le gustaba como se manejaba ese Ducado.
Si bien, en Alexandria todos los niños asistían juntos a la escuela del templo sin importar su origen o estatus, comenzaban a separarlos poco a poco durante el tercer año de la primaria, luego los segregaban a mediados de secundaria y para la preparatoria la diferenciación se volvía clara. Los adolescentes con mana asistían a ciertas escuelas y los que carecían de esta asistían a otra.
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Las chicas visitaron las tiendas, se midieron ropa en algunos lugares y terminaron comprando un par de vestidos veraniegos en azul pálido y el otro en rosa, cambiándose poco después para ir a juego.
Estaban comprando helado cuando Lestilaut al fin les dio alcance, con el cabello húmedo y envuelto en un fuerte aroma a jabón y colonia que no le pasó desapercibido a Rozemyne.
–¿Acaban de comprarlos? –preguntó el peliblanco luego de dar un beso de bienvenida a su novia y sentarse en medio de las dos–, les quedan bien. Hasta parecen hermanas.
Las chicas sonrieron. Si ataba sus estrellas con Lestilaut, Hannelore pasaría a ser su hermana política y la idea era muy atrayente.
–¿Qué te demoró tanto, hermano?
–La práctica se alargó un poco. La archiduquesa decidió que justo hoy era un excelente día para vernos practicar, darnos felicitaciones y entregarnos algunos obsequios. Deberían estarlo transmitiendo en las noticias de la tarde.
–¿La archiduquesa hace eso? –preguntó Rozemyne desconcertada.
–Papá dice que el Archiduque anterior practicaba ditter con los equipos cada dos semanas. Al parecer tenía partidos de práctica agendados para todo el año luego de su primer temporada al mando del Ducado.
Fue una tarde divertida. Los hermanos la llevaron a ver una obra y a ver una exposición de arte en uno de los parques cercanos a la residencia.
Rozemyne estaba encantada mirando las pinturas mostradas frente a las bancas del parque y a las personas que bailaban alrededor de uno de los varios grupos de música cuando un chico de cabello verde se acercó a ellos. Hannelore lo presentó entonces como su novio Kentrips. A diferencia de Lanzartak, este no solo tenía ditter en la cabeza, también estaba por terminar una carrera en Erudición sobre Herramientas Mágicas.
Un poco más tarde los cuatro adolescentes estaban sentados en la terraza de la casa de los hermanos tomando la cena y casi a la séptima campanada, Lestilaut escoltaba a Rozemyne a su hotel.
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–¿Estás segura de que no preferirías quedarte en mi casa? –preguntó el chico conforme se paraban en una plataforma para subir al piso donde estaría descansando.
–Gracias, pero no. Podría terminar en tu cuarto más seguido y más tiempo de lo que es adecuado.
–¿Cuál sería el caso de ofrecerte asilo en mi casa si no supiera eso? –pareció burlarse el chico cuando llegaron a su destino.
Rozemyne soltó una risita educada y controlada antes de detenerse en la puerta de su habitación, colocando la tarjeta de acceso para abrir su recámara, permitiendo que Lestilaut pasara junto con las dos maletas con que ella había llegado antes de que el peliblanco cerrara la puerta y la tomara de la cintura, besándola y obligándola a caminar de espaldas hasta topar con algo.
Ambos cayeron a la cama. Rozemyne solo podía reír divertida mientras Lestilaut la besaba una y otra vez.
–¿Si sabes que no deberías estar riendo tanto? –le preguntó con una sonrisa ladina y divertida–. No es la primera vez que hacemos esto.
–Lo sé, solo… creo que todavía me pongo nerviosa.
Lestilaut la besó un poco más por la cara, manteniendo una mano contra el vientre de ella antes de besarla una última vez en los labios y enderezarse sin dejar de mirarla.
–¿Debo dejarte dormir entonces o podemos jugar nuestro propio ditter antes de que me devuelva a casa?
Se sintió sonrojar. Era lindo que le preguntara en lugar de seguir adelante a pesar de que era obvio que quería seguir.
–Estoy en la tierra del ditter, así que…
Lestilaut no la dejó terminar, besándola y comenzando a pintarla con mana.
Un cuarto de campanada después, el chico estaba vestido y con el cabello revuelto, sentado al borde de la cama, besándola una última vez sin dejar de sonreírle.
–Si te quedaras en mi casa, podría dormir contigo después de esto, ¿sabes?
–Igual me dejaras sola cuando amanezca, ¿o me equivoco? Si no tienes práctica de ditter podrías quedarte a dormir aquí.
El peliblanco le sonrió, pegando su frente a la de ella antes de alborotarle el cabello y soltar un suspiro frustrado.
–En ese caso, que Schlaftraum te bendiga con un sueño dulce y reparador –deseo Lestilaut antes de depositar un beso en su frente.
–Que Schlaftraum te bendiga también con un sueño dulce y reparador, Lestilaut –sonrió ella, besando a su novio en los labios para luego verlo ponerse en pie y salir de la habitación.
Los demás días fueron similares. Ella salía en las mañanas con Hannelore a la biblioteca, el centro comercial o el parque de atracciones. Un par de veces las dos chicas fueron a buscar y apoyar a Lestilaut en el campo de entrenamiento, las demás el chico las alcanzaba entre la cuarta y la sexta campanada, luego de lo cual los tres pasaban la tarde juntos, cuatro si Kentrips se juntaba con ellos. Lestilaut solo se quedó con ella en la habitación de hotel una noche más, los otros días la dejó en la puerta de su cuarto con una bendición para dormir y una disculpa.
Tal vez por ser de otro Ducado a la joven le costaba ser tan efusiva con Lestilaut como Hannelore con Kentrips. Su amiga no dudaba en caminar tomada muy de cerca del brazo de Kentrips o devolverle los besos que él pedía con solo agacharse un poco hacia ella. Era un poco frustrante venir de un Ducado más reservado en sus muestras de afecto.
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–Mañana no habrá entrenamiento –le informó Lestilaut esa noche cuando subieron a la plataforma que la dejaría en su piso–. ¿Hay algún lugar al que te gustaría ir? Quiero compensarte por dejarte con Hannie la mitad del tiempo.
Estaba por contestarle cuando sintió algo que no había sentido en cinco años. Una presencia más que clara y… ¡No podía ser él!
–¿Roz?
No pudo decir nada de inmediato. Su corazón se había acelerado así como su respiración. Le picaban las yemas de los dedos y sentía que los nervios se le acumulaban en el estómago. Su madre solía enunciarlo en sus libros como "las diosas bailando".
–Lestilaut, lo lamento, ahm… ¿te contacto después por el comunicador?
Se sentía nerviosa y preocupada. No entendía que estaba pasando, pero le parecía una broma de lo más cruel por parte de los dioses.
–Si, por supuesto… ¿me dirás qué pasa?
Ambos bajaron de la plataforma y él la tomó de la mano, reteniéndola, evitando que ella avanzara al pasillo contrario del suyo.
–Yo… no puedo. Te contaré después, estoy bien. Ve a casa.
No parecía muy convencido así que Rozemyne ignoró la sensación que parecía tirar de ella para voltear a ver a su novio, colgarse de su cuello y besarlo. Uno de esos besos capaces de robar el aliento con la intención de tranquilizarlo y sacarlo del hotel.
Cuando se separaron, la mirada de Lestilaut parecía nublada y parte de su rostro lucía el noble color de Geduldh. Lestilaut no vaciló ni dudó más, deseándole dulces sueños de nuevo antes de retirarse por las plataformas descendentes.
Rozemyne se llevó una mano al pecho entonces, como si con eso pudiera controlar de nuevo sus emociones antes de comenzar a caminar. No había dado ni tres pasos cuando una de las puertas se abrió, dejando asomada la mitad del cuerpo de un Ferdinand recién bañado y bastante asombrado, casi tanto como ella.
No supo en qué momento lo alcanzó, tan solo se dio cuenta de que no había parado de caminar hasta él cuando estuvo de pie mirando el cuerpo medio desnudo de su antiguo tutor y comparándolo con el de Lestilaut, insegura de porque se sentía excitada a pesar de que había una obvia diferencia en el estado físico de ambos.
Lestilaut tenía un cuerpo trabajado, de músculos marcados y tonificados con constancia y dedicación en tanto Ferdinand parecía que solo ejercitaba lo suficiente para mantenerse sano, de modo que sus músculos estaban apenas insinuado.
Lestilaut tenía la mayor parte de su piel bronceada, tomando un tono dorado claro en parte de sus piernas, su torso completo, sus brazos y su cara… Ferdinand tenía el mismo tono de piel pálido por todos lados. Era un erudito a fin de cuentas. Su trabajo evitaba que tomara sol en exceso.
Claro que eso no era lo más curioso de todo. Lestilaut le gustaba y se sentía atraída por él… pero en definitiva no era un sentimiento tan fuerte como el que estaba experimentando ahí de pie frente al hombre de cabello azul claro envuelto solo por una toalla y cuyas orejas comenzaban a tomar un adorable tono carmín en las puntas.
–Rozemyne –susurró Ferdinand trayéndola de nuevo a la realidad–, no pensé que me encontrarías tú a mí… ¿quieres pasar? No tardaré mucho en vestirme.
Su voz profunda rivalizaba con la de Lestilaut, seduciéndola con más fuerza por alguna razón. Estaba por aceptar entrar cuando el recuerdo de su última conversación el día de su graduación pareció repetirse en su mente una y otra vez.
Su cabeza se enfrió en ese momento.
Sentía la garganta seca y una necesidad inmensa de arrebatarle la toalla y entrar a reclamarlo como suyo, pero su mente le decía que eso sería inapropiado… ella tenía un novio ahora… uno que acababa de dejarla en ese mismo hotel y al que había besado como si lo amara.
–Yo… no. Mi madre me dijo que no entrara en habitaciones pequeñas con hombres en toalla.
La cara de confusión de Ferdinand seguida de una ceja fruncida y la otra levantada terminaron por tranquilizarla y hacerla sonreír. Era un gesto conocido que le permitía lidiar ahora con la situación.
–¿De verdad? ¿En qué momento Elvira te dio una indicación tan explícita? ¿De repente hubo muchos hombres en toalla invitándote a sus habitaciones y jamás me enteré?
El tono era entre juguetón, incrédulo y molesto… más molesto que nada casi al final.
–Quizás sabrías si no me hubieras restringido que información podía enviarte y en qué momentos –atacó ella sintiendo que su desilusión del año anterior era cubierto por molestia. Ella ya no era la ingenua quinceañera que él conocía.
–¡Es cierto! –suspiró él con un aire derrotado que le veía pocas veces, descolocándola–. Ya que ambos estamos aquí… demasiado conscientes del otro, ¿te parece si nos vemos en el restaurante del hotel dentro de un cuarto de campanada?
Lo pensó un momento. Un cuarto de campanada era suficiente para que su molestia se esfumara y ella solo se dejara relajar por la presencia nítida de Ferdinand demasiado cerca de su habitación para poder soportarlo.
–Diez minutos. Dudo que necesites más tiempo para ponerte presentable… a menos que necesites de un asistente para poder vestirte –se burló ella con una sonrisa torcida.
Sabía qué, aunque la ropa había sido modificada y simplificada para que todos pudieran vestirse a sí mismos, todavía existían muchos archinobles que preferían ser vestidos por sus asistentes. ¿Hasta qué grado? Era algo que desconocía. Ella prefería vestirse sola y recibir ayuda de Liesseleta solo para terminar de acomodar la tela de su espalda y peinarse. En ocasiones le pedía a Liesseleta o bien a Hannelore que la ayudaran con el maquillaje cuando quería dar una impresión mayor a la usual.
–Muy bien. Te veo en diez minutos. Tenemos que hablar.
Dicho esto, la puerta se cerró y ella comenzó a deshacer su camino, encontrándose a Lestilaut en el lobby junto a las plataformas con un sonrojo demasiado notorio y el rostro deformado en una mueca que no lograba comprender.
–¿Lesti…?
–¿Rozemyne? Qué… yo, no quise… no fue mi intención, es solo que…
Rozemyne posó una mano sobre el hombro de su novio, mirándolo sin comprender por un momento antes de que las cosas tuvieran sentido. Se sonrojó avergonzada al retirar su mano y abrazarla contra su pecho.
–Esta bien–suspiró Rozemyne en un intento por tranquilizarlos a ambos–. ¿Lo viste?
Lestilaut cubrió sus ojos, no sin que ella notara el destello multicolor en sus pupilas antes de esconderlos detrás de su palma.
–Subí a devolverte tu sombrero cuando los vi hablando. ¿Quién es y porque estaba en toalla en medio del pasillo?
Se cubrió el rostro con ambas manos, preocupada, tratando de adivinar que cara estaba poniendo ella cuando Lestilaut los vio.
No podía saberlo.
No estaba segura.
Tomó un poco de aire y luego tomó a Lestilaut del brazo para guiarlo al restaurante, sintiendo que le acomodaba su sombrero de ala ancha sobre la cabeza en el camino.
No mucho después, los dos estaban sentados en una mesa con un par de vasos de agua.
–No sé que viste, pero no deberías preocuparte. Es mi antiguo tutor, Ferdinand. Ha sido amigo de mi padre desde hace mucho tiempo.
–¿Segura que no debo preocuparme por ese hombre? La forma en que lo mirabas…
–¡Solo estaba sorprendida! Se fue a Bozweits hace cinco años. Debería de estar en Alexandria en este momento, no entiendo porque…
–Volví ayer a Yurgensmidt y llegué hoy a Dunkelferger –la interrumpió la voz de su tutor, haciéndola tensarse y mirar como el hombre se sentaba con su elegancia usual y su rostro neutro frente a ambos–. Ferdinand Zohn Festreneh, erudito archinoble y antiguo tutor académico de Rozemyne.
–Lestilaut Zohn Angfelger, aprendiz de caballero archinoble y novato en el equipo de los Lanceros de Amazonía. Soy el novio de Rozemyne.
–Eso supuse –respondió Ferdinand antes de que los dos varones iniciaran lo que parecía un concurso de miradas hoscas en el cual ninguno parecía dispuesto a dar su brazo a torcer.
Rozemyne se sentía de lo más incómoda ahora, tomando el menú y pidiendo de inmediato una parrillada y una jarra de té de frutas con hielo.
Sus acciones no parecieron del agrado de ninguno de los dos hombres aún si ninguno intentó decirle algo al respecto.
–¡Aquí está su orden! –anunció la mesera con alegría–. ¡Qué lo disfruten!
–¡Gracias! –respondió la pelíazul rezando por dentro para que su madre tuviera razón en eso de que a los hombres se les calmaba primero por el estómago y luego por el oído.
La mujer lidiaba con tres hombres Linkberg, a veces cuatro. ¡Algo debía de saber!
–¿Cenamos? –preguntó de inmediato.
–¿Te quedaste con hambre en mi casa? –le preguntó Lestilaut sorprendido, sin atreverse a tomar ningún plato.
–¡No, no! Pero, bueno, yo…
–Rozemyne siempre ha sido muy considerada con otros –comentó Ferdinand tomando un plato y comenzando a servirse como si no pasara nada extraño, levantando la jarra y vertiendo té en su vaso–. Por cierto, tenía mucho que no te veía con una falda tan corta. ¿No es un poco como tu uniforme de la secundaria?
La chica se miró de repente, inspeccionando su ropa y dándose cuenta de que, en efecto, la falda tableada blanca con el doble filo dorado y la blusa de manga corta a juego con el corbatín azul debajo de las solapas se parecía mucho a su uniforme negro con plata y corbatín rojo, haciéndola reír un poco.
–Si estuviera en los colores contrarios y trajera calcetas largas, sería igual –dijo más tranquila, sirviéndose un poco de comida y agradeciendo en cuanto Ferdinand rellenó su vaso antes de ofrecerle té a Lestilaut.
–¿Té?
–No, gracias –respondió su novio receloso antes de mirar de uno a otro, suspirando cansado y colocando un poco de carne y verduras en su propio plato–. ¿Puedo preguntar que hace tan lejos de Alexandria? Imagino que luego de pasar tanto tiempo fuera del país, preferiría estar en su casa con SU FAMILIA.
Rozemyne hizo lo posible por suprimir un temblor, cubriendo su boca con una servilleta antes de mirar a su novio y a su tutor con nerviosismo. Ambos parecían tranquilos ahora, sonriendo de manera amable incluso, sin embargo, ella podía sentir que el ambiente seguía tenso entre ellos.
–Agradezco su preocupación, pero soy soltero, así que vivo solo. No hay nadie esperando por mi en casa. En cuanto a qué hago aquí, vine a hablar con Rozemyne y a visitar a un viejo amigo. Tal vez lo conozcas, es jugador en un equipo de ditter, solo que no recuerdo bien cuál.
–¿En serio? –preguntó Lestilaut con sarcasmo. Era obvio que no había creído lo último–. ¿A quién viene a visitar? Tal vez pueda decirle en qué equipo está reclutado.
–Heisschitze Zohn Beerman Adotie Hattleria.
Era como si Lestilaut hubiera masticado un insecto ponzoñoso por la cara que acababa de poner, frunciendo el ceño antes de mirar a Ferdinand con recelo.
–¿De dónde conoce a ese hombre con exactitud?
–Sus especializaciones en ditter coincidieron con una de mis carreras en Erudición y dos de mis especializaciones. Ambos pertenecíamos al club de gweginen, de hecho, tengo mucho que agradecerle. Su compulsión por retarme y apostar hizo posible que fuera mi benefactor al llenarme de materiales para mis prácticas.
–¡No es cierto! –se lamentó Lestilaut cubriendo su cara, dejando uno de sus ojos escarlata al descubierto entre sus dedos–. ¡Usted no puede ser el amigo y rival del superior Heisschitze!
–¿Está en tu equipo? –preguntó Ferdinand con tan poco asombro que Rozemyne dudaba si estaba sorprendido o no–. ¡No me digas! Yurgensmidt es más pequeño de lo que pensaba. Le traigo algunos saludos y obsequios de Bozweits por parte de un lanzenaviano al que logró arrastrar al campo de ditter… más de una vez según Leonzio.
El sonido del puño de Lestilaut impactando contra la mesa la sobresaltó.
Ferdinand solo se recargó en su mano como si estuviera aburrido sin lograr engañarla esta vez. Podía notar a la perfección la diminuta sonrisa de victoria en su rostro.
–Le informaré a Lord Heisschitze sobre su visita. Si me pudiera facilitar su código de contacto en el comunicador…
–Rozemyne lo tiene guardado en su comunicador. Estoy seguro de que ella puede darte mi código y cualquier otra información que ese fanático del ditter pueda solicitarte.
La mirada de Lestilaut era mordaz. El rostro estoico de Ferdinand ocultaba que el hombre se estaba divirtiendo ahora molestando al peliblanco, provocándolo y fingiendo que no era su intención.
–Ahm… Lestilaut, ¿te veo mañana temprano? Dijiste que me llevarías a dónde quisiera.
–Claro –respondió su novio todavía molesto y sin dejar de mirar a Ferdinand cómo si fuera un enemigo al que no debiera darle la espalda–. No te quedes mucho aquí con tu, "tutor" y mándame un mensaje cuando estés en tu habitación.
Al fin había volteado a verla, relajando un poco el ceño antes de atraerla para besarla.
Podía sentir los labios de Lestilaut más demandantes de lo usual y su lengua tratando de entrar, pero no pudo más que acunar su mejilla para alejarlo sin que Ferdinand viera las intenciones de Lestilaut o el rechazo de ella. Se sentía cohibida besándose frente al treintañero en la mesa.
–¡Por supuesto! –respondió con entusiasmo antes de plantarle dos besos más, rápidos y certeros para luego obligarlo a salir de su espacio personal–. ¡Ya quiero que sea mañana!
Lestilaut se despidió entonces, lanzando una mirada cautelosa a ambos antes de retirarse.
Rozemyne volvió a respirar. No se había dado cuenta de que estuvo conteniendo el aliento desde que se despidiera y hasta que el peliblanco salió de su campo de visión, olvidándose de ese detalle cuando escuchó la risa discreta de su antiguo tutor.
–Parece un buen chico –comentó Ferdinand de inmediato–. ¿Segura que estarás satisfecha con un caballero? Que seas una Linkberg no significa que un cuerpo lleno de músculos sea suficiente para ti.
–¿Y justo ahora te preocupa con quién salga?
–No. Me preocupa con quién te cases. Ese muchacho va a protegerte con todas sus fuerzas y seguro será sincero siempre… pero dudo que sea suficiente para ti. Eres más inteligente que él, eso sin hablar de su mana.
–¿Es en serio?
Lo vio beber un poco de té. Cuando Ferdinand dejó el vaso en la mesa la estaba mirando a los ojos con la misma concentración que usaba cuando le daba clases.
–Puedo sentirte a la perfección. Te detecté desde un par de calles antes de que entraras al hotel. Estaba tan asombrado que no pude moverme hasta que noté que estábamos en el mismo piso. En cuanto a él… es una presencia apenas insinuada. Si te casas con él, tendrán problemas para tener descendencia. La diferencia de mana es un problema y a ti te encantan los niños.
–¡Podríamos adoptar! –dijo ella como si se estuviera defendiendo de algún tipo de insulto sin retirar la mirada, notando la sonrisa venenosa en el rostro de Ferdinand.
–¡Es cierto! Sin importar si es tuyo o adoptado, serás una madre estupenda, no me cabe duda… pero te perderías algunas cosas.
–¿Y era de esto de lo que querías hablar conmigo? ¿De mi pésimo futuro si me caso con un jugador profesional de ditter?
–No. Es un asunto más… egoísta, injusto. Llámalo como quieras, no voy a justificarme ni a evitar que me insultes cuando me lo gané a pulso.
Se quedó sin habla. Ferdinand nunca admitía que cometía errores, menos aun si sabía que admitirlo vendría con reclamaciones.
Lo observó comiendo un poco más y tomar algo de té antes de sacar una imagen de su saco para entregársela.
Era la misma imagen que ella le dejó para explicar que se rendía durante el Día de la renovación.
–Me equivoqué. Te lastimé en el proceso y en serio lo lamento. No espero que me perdones. Ni siquiera creo que me vayas a dar una oportunidad. No en este momento al menos, pero no quiero distanciarme más de lo que ya lo hemos hecho.
Ferdinand no solo jamás había admitido cometer un error. Por más que pensaba y buscaba entre sus recuerdos, nunca lo había escuchado disculparse con nadie.
–¿Ferdinand…?
–No, por favor. Déjame terminar… te estoy dando la única primera vez que puedo ofrecerte… Me equivoqué al desdeñar tus sentimientos como un capricho infantil y lo lamento. Me equivoqué al prohibirte que me escribieras de lo que quisieras y cuando lo necesitaras. Fue una estupidez. No importa lo que estaba pensando en ese momento, merecías una conversación previa, merecías que te escuchara y merecías que te diera tiempo para madurar sin… lanzarte lejos con todas mis fuerzas. También mereces saber que me di cuenta de que lo que siento por ti es profundo y tan fuerte que me da miedo.
'¿Eso es una…? ¡¿Se me está declarando?! ¡No! ¡No ahora! ¡¿Por qué justo ahora?! ¡Esto es trampa!'
Su monólogo mental duró un poco más después de eso. Cuando recobró el control de sus pensamientos se dio cuenta de que Ferdinand no había vuelto a decir nada y que le lanzaba miradas de soslayo entre un bocado y otro, acomodando sus cubiertos y limpiando su boca cuando la notó atenta otra vez.
–Vi las fiestas del verano –confesó el hombre alargando la mano y golpeteando la imagen que ella había dejado olvidada en la mesa–, también conocí a alguien con quién aprendí algunas cosas, entre ellas, descubrí que tan celoso podía sentirme con respecto a ti.
–¿No deberías haber unido tus estrellas con ella? –preguntó como si le lanzara un insulto sin dejar de mirar a las hermosas mujeres de la imagen.
–No. Temo que me "adoptó" como uno de sus tantos… entretenimientos. No me molestó saber que la estaba compartiendo con otros tres compañeros de trabajo, solo me pareció extraño. Por otro lado, Sylvester me dijo que estabas saliendo con tu novio actual… estuve furioso desde que leí su carta y hasta que pasó el fin de semana, puede que más tiempo. Tuve que aceptar lo que ella me estuvo diciendo desde el primer día.
–¿Qué cosa?
–Que te amo, Rozemyne…
Estaba en shock. Que la estuviera mirando como si sufriera no ayudaba en nada. Al menos pudo cerrar la boca cuando se dio cuenta de que no era una alucinación.
–No me parecía correcto –suspiró el hombre frente a ella mirando la mesa con las orejas rojas–. Me engañé a mí mismo por bastante tiempo. Pensé que te veía como una hija o una hermana, pero, la realidad es que no sentiría la necesidad de matar a tu novio y ocultarte en mi casa si te viera de ese modo, ¿no lo crees?
Quería llorar.
Quería golpearlo y patearlo y aplastarlo con toda la fuerza de su mana. Estaba segura de que esta vez podría someterlo.
También quería besarlo y llevarlo a su habitación para pasar la noche, pero era más el dolor y la ira que sentía en ese momento que otra cosa.
Hizo su plato a un lado. Su mente y su órgano de mana eran un desastre en ese momento, al menos hasta sentir la mano fría y conocida de él sobre la suya, haciéndole levantar la mirada, encontrándose con un par de ojos oro pálido que la miraban con afecto y paciencia.
–Ve a tu habitación, descansa y no le des vueltas. Disfruta de tu relación el tiempo que lo desees. Voy a esperarte hasta que estés lista. Yo te hice esperar solo los dioses saben cuánto tiempo. Es mi turno de esperar. Lo que siento no desapareció luego de separarnos por cinco años, no va a desaparecer por esperarte cinco o incluso diez más.
Debía estar llorando porque la otra mano de Ferdinand alcanzó su mejilla para limpiarle uno de sus ojos. Lo observó dedicarle una sonrisa un poco triste a pesar de la mirada llena de determinación y algo más, algo que quería aplastar y reducir a cenizas como había pasado con ella. Quería matar su esperanza.
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Notas de la Autora:
No sé ustedes, pero he oído mucho que los atletas de alto rendimiento deben pasar muchísimo tiempo entrenando para poder ser profesionales y mantenerse posteriormente en sus equipos, así que tomándolo como cierto, pienso que Lestilaut habría estado dedicando su tiempo de arte a Rozemyne durante su visita.
Por otro lado... Si bien Rozemyne ya no es una niña, es todavía joven, le falta experiencia en ciertas áreas y pues, pensé que sería natural que el reencuentro con Ferdinand la pusiera en este estado de confusión. Está resentida. Está furiosa con él... pero también está todavía ese vínculo que se descuidó por tanto tiempo. Las cosas, en definitiva, no pueden volver a ser como eran antes entre ellos, sin embargo, no creo que eso signifique que el vínculo no pueda repararse y fortalecerse y seamos sinceras... ¿cuántas no hemos vuelto con un ex luego de que nos busca para rogarnos por una segunda oportunidad? También aplica a los chicos, no se hagan.
Espero hayan disfrutado con este capítulo y no olviden dejar sus comentarios por aqui tanto si les ha gustado como si no, si quieren mentarle la madre a Ferdinand o darle a Rozemyne un "amiga, date cuenta". Por otro lado, de entre los que me han dejado sus comentarios hubo varios solicitando que Ferdinand la sufra un poco... así que de algún modo creo que van a disfrutar la primera mitad del capítulo siguiente.
Cuídense mucho y feliz ombligo de semana. Nos vemos el viernes.
SARABA
