"Esta vez te saliste con la tuya, pero ni el patriarca de esta familia es más astuto que Elroy Ardlay". Y con este enunciado, la tía sellaba el destino de Albert.

La amenazadora nota, dejada a propósito en la entrada de su habitación, estaba acompañada de una cajita de madera. Pequeña, tan pequeña que Albert no pudo evitar pensar que se trataba de una de esas cajas que guardan…

–¡No puede ser! – pero sí podía. Era un anillo, pero no de cualquier tipo. Era uno de compromiso.

La gema principal era de color verde, probablemente una esmeralda, con un par de piedras rojas de un color tan intenso como las rosas en verano. Dos rubíes que le hacían guardia de cada lado. La argolla era de plata y tenía una inscripción poco legible, percudida por el tiempo. Era un anillo precioso, y viéndolo con atención, sabía su procedencia.

Había sido de su hermana, Rosemary. Albert había visto ese anillo alrededor de su dedo, hacía muchos años a lo largo de su infancia.

"La tía Elroy cae cada vez más bajo", pensó Albert. Estaba recurriendo al chantaje emocional. Podía escuchar las palabras de la tía en su mente: "Es lo que Rosemary hubiera querido para ti, que formaras tu propia familia".

Cerró con fuerza aquella cajita de madera y, por tercera ocasión en esa semana, se sintió desfallecer. La tía Elroy no estaba jugando con sus intenciones de desposarlo; nada la dejaría en paz hasta verlo comprometido, al menos no mientras estuvieran bajo el mismo techo.

Un golpe en la puerta se escuchó a lo lejos y, como nadie atendió el llamado, George, el asistente de Albert, entró a la habitación.

–Señor, le he estado llamando y…

George vio como Albert se levantaba del escritorio de manera automática. La expresión de su rostro, aturdida; sus ojos, mirando al infinito.

–¿Qué ha pasado? Parece como si hubiera visto a un muerto.

Albert caminó a su lado y le entregó la pequeña caja de madera. George inspeccionó su contenido, y por un momento su cerebro no procesaba lo que estaba viendo.

–¿Esto es…?

–Quiere que me case ya, George. Es de parte de la tía Elroy. –Dijo Albert, quien parecía necesitar un buen trago.

–Creo que la señora se ha pasado un poco en esta ocasión. Ni siquiera tiene una prometida formal.

–Eso no le importa. Podría ser cualquiera, claro, que represente a una familia de abolengo.

–Señor, creo que es hora de que hable de sus verdaderos sentimientos con Madame Elroy.

–Huir ¡tienes razón!

–¿Qué dijo?

–Es una excelente idea, George, en verdad, gracias. Ha llegado la hora de cambiar de residencia.

–¿En qué se parece mi idea de encarar a la señora Elroy con esconderse de ella?

–Creo que tienes razón, irme hacia dónde se mudan Stear y Archie me da el pretexto perfecto con la tía Elroy. Inclusive, puedo hacerles mis aprendices en el negocio familiar. Mejor que inicien de inmediato, de todas formas, algún día tendrían que hacerlo.

–Al parecer, estoy hablando con una pared que piensa por sí misma. – Dijo George, quien se había sentado en el escritorio más cercano, tratando en vano de encontrarle sentido a la súbita locura de Albert.

–¿Y la señorita Candy?

Albert paró en seco y, por un momento, George se sintió esperanzado de que nombrándola le trajera de vuelta a la realidad.

–Candy vendrá a la cena de despedida de los chicos.

–¿Y no piensa decirle que se irá?

–Sólo será por un par de meses, hasta que la tía Elroy se vaya a su temporada por Europa y se le olvide que debo casarme para evitar que la familia desaparezca. Seguro me dará un año más de ventaja para pensar en otra solución.

–Pensé que estaba haciéndose más cercano a la señorita Candy y querría informarle.

–Siempre hemos sido cercanos.

George tomó la cajita de madera, la posó en la mano de Albert, miró en dirección del anillo, luego a los ojos de su jefe, se dirigió a la puerta y le dijo: –Creo que en lugar de huir, debe de poner sus sentimientos en orden. No se vaya de Chicago sin comunicarle esto a la señorita Candy, creo que eso puede ayudarlo a aclararse. – Salió del cuarto, dejando a Albert con más dudas que certezas.

–Qué raro es George, parecía como si estuviera desconectado de la conversación. En fin…

Alber reflexionó sobre decirle a Candy lo que había pasado. Tan solo imaginarlo le provocaba un gran bochorno. Podía verla reírse de él y de su infortunio, de cómo la tía Elroy lo había acorralado y de que tendría que salir en citas con una fila interminable de interesadas. Eso pasaría únicamente bajo su tumba. Se iría de ahí por unos meses mientras la tía Elroy se ausentaba y nadie se daría cuenta. Punto.

–¡Señor!

–¡Ah, George! ¿En qué momento volviste?

–Hoy es la cena de despedida, recuerde. Debe de alistarse para la ocasión.

–Gracias, George, eso haré.

Mientras su asistente se iba, Albert pensaba si la tía Elroy no le tendría alguna sorpresa preparada para esa noche y de que esperaba que, en caso de ser necesario, Candy le pudiera ayudar a escaparse, una vez más.

oOoOoOoOoOo

Gracias por seguir interesados en la historia. Un abrazo a todos y espero les guste este pequeño capítulo posterior a otro gran evento.