Zacarías abrió los ojos con urgencia y su nuca picaba con un fuerte escozor. Se levantó, haciendo las sábanas a un lado y evitando despertar a Merrill, que dormía tranquila.
Bajo las escaleras con apuro y abrió la puerta de entrada, donde uno de sus tantos enemigos venía en busca de su felicidad.
—Johnnatan, ¿qué haces aquí?—preguntó el señor Everdeen, sin bajar la guardia.
—Vine a cobrarme lo que me debes.—contestó el hombre que lo esperaba fuera de la casa—. Escuche que tienes dos hijas, Zacarías.
—¿Qué es lo que quieres?
—Vengo a quitarte lo que amas, como tú me quitaste lo mío.
Johnnatan sujetaba entre sus manos una espada de mango dorado y la hoja de plata. Era una espada angelical, probablemente se la había robado a un guardián. Era peligroso, porque eran las únicas espadas que lograba herirlos, sin embargo, no tenía miedo, sino fuera porque él también poseía una de esas armas.
—Eva era todo para mí.—dijo el hombre, acercándose a él.
Zacaría empuño la espada, dispuesto a proteger la entrada de la casa de su familia a como diera lugar.
—Eva era un peligro para las creaciones.
—¡Eres un caído! Que importaban las creaciones.
Las creaciones es el nombre que los ángeles guardianes y caídos le dan a los humanos.
—Caído no significa matar a sangre fría. Eva era un peligro Johnnatan.
Eva, fue hace cinco años, la acompañante de Johnnatan. Era su novia. Johnnatan la conoció mientras cumplía su trabajo como ángel guardián cuidando a un humano.
Eva disfrutaba de la masacre de las creaciones, se deleitaba quitándole la vida a personas inocentes mientras le imploraban por piedad. Una noche en la guardia de Johnnatan, Eva apareció para matar a su creación, cuando éste la enfrentó, no pudo resistirse a los ojos verdes de la caída y quedó enamorado de inmediato de ella. Al principio se resistió, pues ella era inalcanzable ahora que ya no era de la corte celestial, pero a pesar de toda la lucha, su corazón ya le pertenecía a ella.
Lo convenció de caer, pero eso no sería suficiente, tenía que caer de una forma única, que demostrara que realmente la amaba, tenía que matar a la creación de la que era guardián y como era de esperarse lo hizo, cayó de inmediato, sin juicio.
Y las masacres no pararon ahí, continuaron, miles de creaciones estaban siendo masacradas, así que alguien tenían que pararlos.
Aquí es donde entra Zacarías, quien se ofreció a hacerlo. Los ángeles, no pueden matar a otros ángeles, pero siendo un caído ya no importaba, sin embargo, no lo hizo gratis, hizo un trato a cambio con la corte. Pidió que su vida estuviera ligada al de su familia, no deseaba la inmortalidad, ni vivir más, pues no habría sentido después de Merrill y las niñas, el trato se cerró y Zacarías tuvo que buscar la forma de entrar en la vida de Johnnatan y Eva, se hizo amigo de ellos y convivió por meses hasta que los dos le tuvieron confianza, hasta que por fin pudo terminar con ella. No vaciló ni un instante al asesinarla, pues era su oportunidad para tener una vida normal como humano, donde el tiempo el limitado para la vida.
—Eras nuestro amigo—dijo Johnnatan. —¿Cómo pudiste traicionarnos?
En ese instante Johnnatan salto hasta Zacarías, apuntando con el filo de la espada al corazón. Zacarías bloqueo el golpe con su espada, con los dientes apretados y con un movimiento desvió su espada y con un movimiento también atacó.
—Hice un trato—murmuro Zacarías, entre dientes, la espada era pesada, no podría ser levantada por un humano ni aunque fuera el más fuerte sobre la tierra.
—¿Qué trato?—preguntó Johnnatan, alejando un mechón de cabello rubio de su frente.
—Con la corte celestial.
Entonces Johnnatan lo entendió todo. Lo había traicionado, jamás había sido su amigo, había sacrificado su felicidad por la de él.
—Maldito miserable—gritó y se lanzó de nuevo sobre él.
El choque de las espadas se escuchaba en el aire, Zacarías evitaba el ataque que Johnnatan le daba. Siempre había sido más listo, así que mientras aludía los golpes, esperaba a que la adrenalina del coraje terminará por cansar a su enemigo.
Zacarías salto para evitar un golpe que seguro iba a destrozarle la cabeza y en el aire, movió su espada para darle un corte limpio en el brazo a Johnnatan, quien soltó la espada al suelo, Zacarías pateo la espada lejos de su alcance y lo acorralo contra un árbol.
—Adelante—le dijo con desprecio el hombre. —. No dudes en hacerlo.
—Todo este tiempo supiste que no podrías ganarme y aún así viniste a enfrentarme.
—No podía morir sin intentar vengar a Eva—susurro Johnnatan.
Esa era la clase de valentía que Zacarías admiraba.
—Lo siento—dijo Zacarías.
Johnnatan se sorprendió pero no dijo nada.
—Reúneme con ella—suplico.
—¿Soportaras el infierno?
—La tierra ya lo es sin ella, soportare lo que sea con tal de volverla a ver.
Zacarías asintió y con un movimiento le apuñaló el corazón y Johnnatan estalló en llamas.
Se recargo sobre el árbol en el que el hombre había ardido hace unos segundos y miró al cielo sintiéndose un cobarde y un canalla, aunque se obligó a apartar esos pensamientos y comenzó a caminar a lo cálido de su casa, cerró la puerta de entrada y entro a su habitación, donde se llevó un susto, pues Merrill no estaba en la cama, sino en la ventana.
—¿Merrill?—preguntó él, con cautela.
—Asesinaste a ese hombre.—susurro y se dió vuelta para mirarlo con los ojos brillantes llenos de lágrimas.
—Merrill—Dió un paso hacia ella.
—¡No te acerques! ¡Asesinaste a ese hombre!
—No era un hombre, Merrill—trató de explicarle.
Estas discusiones ya las habían tenido, no era la primera vez que Merrill veía algo y Zacarías la hacía olvidar. Podría hacerla olvidar y todo seguiría como estaba, pero no lo hizo.
—¿Qué fue lo que viste?— preguntó él, sin saber bien cómo explicarle.
—¡Qué fue lo que vi!—exclamó gritando. —. Asesinaste un hombre y saltabas y traían espadas, Eso... eso... eso no es… normal.—titubeó
—Es acaso un secta, ¿estás en una secta?
—No.
Zacarías tuvo que contener una risa, porque le parecía bastante gracioso que Merrill creyera que se trataba de una secta.
—¿Qué es?—pregunto, sin despegar los ojos de él, temiendo por lo quién sea que fuera el hombre que estaba frente a ella.
—No me lo creerías.
—Oh, por favor—Casi suplicó.
La miró por unos segundos. Ya no había marcha atrás.
—¿Crees en los ángeles?
— ¿Qué?—chilló.
— ¿Crees en los ángeles, Merrill?— dijo, esperando con urgencia por una respuesta.
Su tono de voz reclamaba por una respuesta rápida. — Sí, creo en los ángeles.
Los hombros del Zacarías cayeron. Lo siguiente que le dijo a ella le pareció tan irreal que creía que le estaba tomando el pelo:
— Soy un ángel caído—lo había dicho por fin, después de doce años de ocultarselo —. Soy un ángel caído, poseo dones, esa es la razón por la que me viste moverme tan rápido y...—se interrumpió al ver su cara .
— ¿Estás consumiendo drogas?—preguntó preocupada, sin moverse de la ventana.
— ¿Qué?
—Ese tipo vino aquí en posición de cobrarte ¿o algo?
—Jamás he hablado tan enserio, Merril.
—¡No hay otra explicación!—gritó en un susurro para no despertar a las niña. —. Ese tipo vino a cobrarte y como no tenías el dinero te iba a matar y tu lo mataste a él.—dijo, tratando de encontrar una explicación mundana a lo que había visto.
¿Qué podría hacer para que su mujer le creyera? Bajo la mirada a su mano y aquel objeto que adornaba su dedo le dio la respuesta.
—Toca mi anillo—ordenó.
Ella arqueó las cejas en duda, pero se acercó a él.
—Ese no—protestó—. Ese es el de matrimonio, toca el otro.
Siguió sus órdenes sin protestar y con recelo tocó el anillo de oro. Su piel comenzó a arder, aunque no no suficiente para causar dolor y su cabeza se llenó de imágenes. Imágenes de ángeles guardianes cuidando a las creaciones, ángeles del cielo, iluminados por luz dorada, sin embargo no podía verles el rostro, no podía saber quienes eran. De pronto todo pasó a la imagen de su esposo, imponente, joven y con alas. Así es, con alas blanca en la espalda y estaba siendo echado del cielo.
El le alejó su mano cuando sintió que Merrill ya había visto suficiente. Zacarías apretaba los labios aguantando el dolor que le producía el anillo.
—¿Qué fue eso?—preguntó Merrill.
Observo el anillo con el grabado en letras cursivas «Angelus reprobi».
—Te lo dan al desterrarte del cielo, es un recordatorio de lo que perdiste—explicó, mirando el objeto—¿Ahora me crees?
Merrill asintió, tragando saliva. Su garganta estaba repentinamente seca.
—Dijiste hace unos momentos algo sobre dones—Espero a que dijera que sí para continuar—. ¿A qué te referías con ello?
—Aunque seamos desterrados, nosotros nos quedamos con los dones porque son un regalo al nacer y los regalos hechos por Dios no tienen autorización quitarlos, yo puedo moverme rápido, además de controlar, utilizar y hacer olvidar lo que sea con mi voz...
—Espera ¿con tu voz?—Lo interrumpió.
Merrill sintió duda, miedo, desilusión y finalmente ira. Ella se había enamorado de él no sólo por su encanto y cualidades, sino por su voz, su hermosa y melodiosa voz. Si el podía controlar con la voz, eso quería decir que su matrimonio era una farsa, que en realidad ella no lo amaba y solo era una ilusión creada por uno de sus dones. Se sentía traicionada.
—¿Has utilizado el don conmigo?—preguntó, temiendo a la respuesta. Él dijo sí y ella vaciló antes de seguir preguntando—¿Lo has utilizado para obligarme a amarte?
Zacarías se sorprendió—No, no.—repitió, con desesperación—. Jamás haría eso.
—Entonces ¿para qué lo has utilizado?
Suspiro con pesadez.
—Soy inmortal, Merrill—dijo y la vió a los ojos, que estaban clavados en él que le insistían en que continuará. —Es uno de los castigos de los caídos y me he ganado varios enemigos con el paso de los años, varias veces han intentado acabar conmigo—dijo, con la esperanza de que se ablandara—. Te he hecho olvidar peleas que has presenciado porque a veces te habías asustado tanto que no había nada más que pudiera hacer. Tú y las niñas son todo para mí, Merrill.
Mencionar a las niñas fue como un interruptor en su mente ¿qué pasa si ellas eran como él? ¿Y si eran inmortales? Ella sería la única mortal que moriría de la familia.
—Las niñas ¿son como tú?—pregunto.
—Son nephilims—contestó—. Una combinación ángel y humano.
—¿Son inmortales?
—No.
Un peso se liberó de los hombros de Merrill, pudo relajarse un poco.
—¿Poseen dones?
—Sí, pero son ilimitados—contestó—. Katniss es rápida, como yo y Primrose tiene la habilidad de curación, como tú, solo que a un nivel más alto.
Le explico a detalle todas sus dudas y respondió a cada pregunta durante toda la noche hasta el alba, le habló del trato que había hecho para atar la vida con la de su familia. Pero había algo que no podía quitarse de la mente, mientras a él lo buscaran, las buscarían a ellas, iban con el paquete completo.
—Jamás se acabará esto ¿cierto?
Sus ojos se colocaron en los de Merrill con gran preocupación —Me temo que no.
—Y ese trato que hiciste—Tragó saliva antes de continuar—, es trato ¿si tu mueres nosotras morimos?
—No. No funciona así. Ustedes tendrían que morir.
Merrill asintió para hacerle saber que entendía. Y pensó en la seguridad de sus hijas, que estaba mucho más allá de su matrimonio.
— Debes dejarnos —susurró.
—Merrill—La llama dolido.
—No estaremos seguras mientras estés cerca.
—Estarán seguras—Se acercó tomando sus manos en las suyas.—. Yo las protegeré.
Nada de lo que dijo pudo convencerla, nada podía borrar el miedo que sentía no solo por sus vidas, sino también por su esposo. Así que le pidió que las dejará, que recogiera todas sus cosas y se marchara.
Cuando el Zacarías termino de empacar, se apresuró a salir por la puerta principal pero cuando quiso girar el pomo de la puerta se detuvo para darle a Merrill un último beso que ella aceptó.
—Adiós, Merrill—se despidió y camino a la puerta—. Te amo.
Y salió por la puerta de la habitación.
Cuando mamá y papá estaban juntos, no hubo un solo momento en que no demostraran cuánto se amaban. El mejor matrimonio que jamás podría verse. Mi madre era feliz, cocinaba, bailaba y trabajaba medio tiempo como enfermera en un hospital a media hora de aquí, mientras mi padre cantaba, adoraba a mi madre y a nosotras. La vida era buena en la familia.
Sin embargo, cuando todo parece estar en calma y que nada puede salir mal, ocurren cosas terribles, como la noche en mi padre se fue, después de una pelea con mi madre. Y desde esa noche, siempre veo la silueta del recuerdo de mi padre en la puerta con una maleta en la mano y los ojos a punto de las lágrimas. Se despidió de ambas con un beso en la coronilla y un abrazo que no pareció lo suficiente para despedirnos. Después de su partida siempre me pregunté ¿qué habíamos hecho mal? ¿Era nuestra culpa?
Prim lloraba en silencia todos los días y con los ojos irritados y la nariz roja, siempre seguía colocando su plato en la mesa en el lugar donde él se sentaba, con la esperanza de que volviera. Jamás sucedió y al poco tiempo, Prim dejó de colocar el plato y comenzó a cuidar a mamá, mientras perdía su vida y color.
Mi padre no llegaría hasta mañana, lo que le puso los cabellos de punta a mi madre, ¿qué era eso tan urgente para mi madre necesitar a mi padre?
Pregunto por Prim después de hablar con papá y curase la idea y a parecer se relajó bastante cuando le dije que estaba con Rue.
Me preocupaba la actitud que había tomado después de la visita de la chica, ya que no solo me estaba prohibiendo salir, sino el ver a Peeta. Cerro las cortinas y sello las puertas en toda la casa, como si hasta del aire tuviera miedo que entrara.
Me dispuse a preparar algo para cenar, mientras mamá daba vueltas en el mismo lugar pensando.
— ¿Pasa algo?— pregunto.
Se detiene y me mira por unos instantes antes de responder.
—Esta noche quiero que duermas conmigo.
— ¿Enserio, mamá?— Debe estar en broma—. ¿Qué es lo que te preocupa?
— Te lo explicare cuando tu padre esté aquí— contesta.
Todo esto es absurdo, pero me limito a asentir por el simple hecho de que no tenía ganas de discutir con ella.
Cuando me voy a dormir, mamá ya está profunda en su sueño. Yo, por el contrario tardo unos minutos en dormirme y al hacerlo comienzo a soñar con mi padre, mi mente me transporta a un recuerdo con él, cuando tenía doce años e íbamos a pescar al lago casi todos los sábados.
— Nada mejor como el pescado fresco, Katniss— decía en el sueño, levantando el anzuelo con una trucha.
Mi padre sonreía, mientras guardaba el pescado y yo le devolvía la sonrisa. Sin embargo, el sueño se transformó en pesadilla y una ola de agua dulce nos tragó a los dos y nos hundimos en el lago. El agua me transporto al día de la lluvia, en el que me ataco el perro salvaje, el cual volvía a estar frente a mí, con su aliento apestoso y de repente fue arrastrado por una figura de luz dorada, torso descubierto y cabellos rubios. Era Peeta, que sujetaba al animal del cuello. Me sentí aliviada, hasta que mató al perro con un cerrar de puño, después volteo hacia mí, pero sus ojos no eran el mismo azul, eran negros, se veían vacíos.
Y de pronto desperté, mi madre estaba acariciando mi cabello con sus dedos, mientras yo le daba la espalda, acurrucada de lado. Acepte su gesto en silencio y la dejo que me acaricie el cabello, unos minutos después se levanta y abre la regadera para darse un baño, yo hago lo mismo, pero me dirijo a mi habitación.
Merrill salió de una ducha rápida envuelta en una toalla y mientras se vestía, escuchó que llamaban a la puerta, se apresuró a colocarse un vestido y a cepillar su cabello y lo dejó suelto.
Bajo las escaleras con el corazón acelerado en su pecho ¿cómo reaccionaría al verlo? cómo reaccionar al ver por primera vez en cuatro años a tu ex esposo. Se animó de valor y abrió la puerta. No había cambiado en nada, excepto por el cabello oscuro que lo traía más largo, no había cambiado ni un poco, sus ojos conservaban ese brillo que había enamorado a Merrill.
— Hola—saludó él, con una sonrisa.
—Hola—respondió.
No sabían qué decir, o mejor, ellos no necesitaban decir nada porque estaban necesitados de ese momento, de verse el uno al otro.
—Me llamaste—susurró.
—Sí, pasa. Te explicaré dentro.
Merrill se hizo a un lado para dejarlo pasar, caminó hasta la cocina sin que se lo indicará porque seguía recordando la casa donde vivió por trece años. Le preparó té y mientras se lo tomaban le explico lo que había pasado y el porqué de su preocupación.
—Así que un ángel caído anda detrás de nuestra hija—murmuró.
—No solo uno, son dos.
— ¿Qué es lo que quieres hacer?
Merrill suspiro.
—Quiero decirle a cada una lo que es.
Zacarías miró a su mujer después de tomar un sorbo a su taza, seguramente pensando en lo mal que había salido con ellos dos.
—Creo que es más peligroso que lo ignoren. —dijo Merrill.
— ¿Cuándo?
—Cuando antes, por lo pronto solo a Katniss, Primrose no se encuentra aquí, está con los Smith.
—Bien.
—Pero, no sé cómo decirles.
— Entonces...— insistió, con un poco de impaciencia Zacarías.
—Es por eso que te llame. — admitió—. Tú eres uno de ellos, por lo tanto sabes mucho más que yo y podrás explicarles. Zacarías, sus dones están cada vez más sueltos, más que los de Primrose— dijo, refiriéndose a Katniss— , seguramente es porque ha estado rodeada de ellos sin que yo me diera cuenta.
— Entonces es tiempo de que sepa. — Bajó la voz a lo mínimo, me acerque para escuchar mejor—. Es tiempo de que sepa que ella es hija de un ángel caído y que ella es una nephilim.
De repente se abrió la puerta de la cocina y Katniss entró por ella agitada y confundida.
— ¡Una qué!—grito, haciéndoles saber a Merrill y Zacarías que había escuchado su conversación.
