.

.

Capítulo 25

Había una granja no muy lejos y por todas partes se extendían los campos recién arados. En las dehesas saltaban y brincaban los potrillos, galopando con las colas enhiestas. Más cerca crecían los narcisos con tal profusión que la tierra parecía dorada.

Encima de sus cabezas, las ramas retorcidas de un viejo roble se alargaban y entrelazaban contra el fondo azul del cielo. Candy oía la suave y deliciosa melodía de un pequeño arroyo. Suspiró satisfecha, cogió la mano que Albert había apoyado en su hombro y le cubrió de besos los dedos, uno tras otro. Luego pasó a mordisquearlos y hacerle cosquillas en las callosas puntas con lentos movimientos de la lengua.

Albert carraspeó, se puso rígido y miró a Candy, que descansaba la cabeza en su regazo y contra una rodilla doblada. Él tenía la espalda apoyada contra el tronco del roble y sonrió con melancolía, deslizándole un dedo por los labios.

–Milady, vuestra despiadada seducción difícilmente puede llevarse a cabo como es debido donde nos encontramos.

Ella alargó el brazo para acariciarle la mejilla, sonriendo.

–¿He logrado seducir a su señoría?

–Sí, y tened cuidado, no vayáis a descubrir lo que podéis obtener provocando a un lord -replicó él.

Ella volvió a reír, se levantó de un salto y bajó hasta el arroyo para refrescarse los pies. Rió alegre cuando él se acercó a ella y le deslizó los brazos alrededor de la cintura, susurrándole que era una picara desvergonzada por torturarlo de ese modo. Ella le echó los brazos al cuello y lo besó, atónita ante las sensaciones que la recorrían, fascinada por la ternura reflejada en los ojos de Albert, conmovida y aturdida por el amor que daba y recibía.

Él le cogió la mano y echaron a andar siguiendo el arroyo. Desde que Candy había llegado no habían cesado de hablar. Ante la chimenea de la alcoba ella había tratado de explicarle que jamás había querido matarlo, pero había jurado a su padre que no se rendiría. Le había confesado que se había ido enamorando poco a poco de él y que la intensidad de su deseo no había hecho sino aumentar sus ansias de escapar.

–No creí que pudierais amarme nunca -había respondido él.

Y la abrazó con ternura, confesándole que se había negado a amarla porque tenía miedo, y que después la había deseado tanto que no se atrevía a bajar la guardia.

Y paseando cogidos de la mano por Bedford, Albert le había hablado de Lisette y, por primera vez, las palabras le habían brotado con facilidad de los labios y había sido capaz de dejarla descansar por fin en su tumba. Le había hablado de su padre y hermano, y hasta descrito el día en que se dirigía a casa riéndose de la dulce, poco atractiva y tan querida esposa de Tom, quien también había muerto asesinada.

Ahora, Albert tiró de la mano de Candy y se internaron en un pequeño bosquecillo. La tendió en el suelo y la besó profunda y largamente.

–Será mejor que volvamos -jadeó ella-. Adeline debe de estar protestando a estas alturas.

Pero él no se levantó. Se apoyó sobre un codo en la blanda y húmeda hierba y la observó con embeleso. Al verlo tan próximo a ella, jugueteando distraído con una brizna de hierba, Candy volvió a experimentar intensas emociones. Lo amaba demasiado. Amaba la risa que ahora tan fácilmente asomaba a sus ojos; la juventud que había en torno a él. Era terriblemente apuesto y el poder que emanaba de él, que en otro tiempo le había parecido abominable, ahora la excitaba.

Más allá de la pasión, ella había conquistado su corazón y el trofeo le resultaba abrumador.

Sonrió, y él observó cómo se le ablandaba la mirada y no pudo evitar una punzada de celos.

–¿Le amabais tanto a él? – preguntó en voz queda.

–Sí, lo amaba -murmuró ella y, cerrando los ojos, añadió- Anthony os habría gustado. Jamás se precipitaba en juzgar a la gente y siempre estaba dispuesto a escuchar. Había estudiado en Oxford y Eton, y le encantaba la poesía, la música y la literatura. No quería luchar. Aconsejó a mi padre que nos rindiéramos y le dijo que la mayoría de la nobleza inglesa y galesa se mantendría al margen de la batalla. Pero mi padre era un soldado y mantuvo su juramento de lealtad. Y Anthony fue leal a mi padre. Era un hombre valiente, inteligente y encantador. Sí, lo amaba. – De pronto abrió los ojos y sonrió con aire arrepentido-. Pero jamás como os amo a vos -susurró-. Jamás sentí semejante…

–¿Lujuria? – sugirió él.

–¡Vil bellaco! ¡Las damas no sienten eso!

–Oh, pero es cierto. Y yo amo a mi lujuriosa dama, os lo aseguro.

–¡No tenéis modales, milord!

–¿Modales, señora? – Le cogió la mano y le besó la palma con ternura-. No tiene nada que ver con los modales. Sencillamente soy un hombre dichoso. No puedo tener celos de un pobre muchacho que murió en un combate del que no fue responsable.

–Celos… Hummm.

De pronto Albert se inclinó sobre ella ansioso.

–Candy, os confieso que hace tiempo conquistaron mi corazón, pero vos lo habéis liberado. Lisette…

–¡Oh, Albert! – Ella le acarició la mejilla. El viento mecía las copas de los árboles y se oía la silenciosa melodía del arroyo. Jamás había experimentado semejante dicha-. Albert, creedme. No tengo celos de vuestro pasado. Me alegro del amor que compartisteis con ella.

Él sonrió y la besó con tal pasión que ella le dio una palmada en el trasero y, cuando él se separó fingiendo indignación, ella rodó por el suelo para alejarse.

–¡Ni hablar, sir! ¡Aún me debéis una explicación! – bromeó ella.

Luego se puso seria, porque el asunto le había herido profundamente, y añadió- He oído decir que la pequeña Adeline podría muy bien tener una docena de hermanos en Eire.

–¿Cómo decís?

–¡Eso se rumorea!

–¿Cómo? – Albert se puso de pie y la levantó de un tirón, mirándola muy serio-. ¡Es mentira! Antes de cruzar el mar de Irlanda, estaba tan loco ya por mi lujuriosa galesa que no pude acercarme a ninguna otra joven.

–¿Es eso cierto?

–Por supuesto que sí. A propósito, ¿dónde lo habéis oído?

Entonces Candy recordó. Era Niell quien la había prevenido contra el comportamiento de Albert. Se apresuró a bajar los ojos con repentino temor. Albert había perdonado poco a poco a todos los que habían participado en la traición. Incluso el viejo sir Rolf tenía permiso ahora para volver a Edenby. Pero Albert odiaba a Niell. Candy estaba convencida de que si éste no hubiera contado con la protección de Enrique, Albert lo habría desafiado y matado hacía tiempo.

Levantó la mirada, odiándose por mentir pero sabiendo que era preciso.

–No me acuerdo. – Sonrió-. Sólo sé que corría ese rumor y me desgarró el corazón.

Él la acunó contra su pecho.

–Jamás volverá a desgarrároslo, amor mío, porque mi vida descansa en sus tiernos recovecos.

–¡Oh, Albert! – Candy le echó los brazos al cuello y lo besó, deseando permanecer eternamente bajo los árboles. Luego suspiró y añadió con tono meloso-: Debemos volver con Adeline.

–Sí, vamos, amor mío.

Se apresuraron a remontar el arroyo y anduvieron sobre los guijarros. Al pie del viejo roble se pusieron los zapatos; Albert se detuvo y contempló el paisaje.

–Os agradezco que hayáis venido. – La miró con cierta ironía-. ¡Y no sólo por la gratificación inmediata de la lujuria!

–Albert…

Él rió y la abrazó.

–No, pero la vida vuelve a parecerme bella, Candy. Jamás pensé que podría ocurrir. – Suspiró-. En fin, debemos volver. Estoy impaciente por ver la nueva ciudad de Edenby. Sólo desearía… bueno, dejar las cosas resueltas aquí. Ni Lisette ni mi padre han encantado esta casa, pero ocurre algo extraño. A Archie y a mí nos atacaron una noche en una calle de Londres…

Candy dejó escapar un grito.

–¡No me lo habíais contado!

Él se encogió de hombros.

–En ese momento no creí que os importara. Pero… -Se interrumpió al observar cómo los ojos de Candy adquirían un extraordinario tono esmeralda a causa de la preocupación.

Pensó en explicarle que los asaltantes no eran simples ladrones y que desde entonces estaba inquieto; pero cambió de parecer, porque sólo iba a conseguir preocuparla.

–No fue nada, Candy. Unos canallas que fueron rápidamente silenciados. No se por qué lo he mencionado ahora. Sólo que… bueno, me habría gustado demostrar antes de partir que ese «encantamiento» no es más que un truco de alguien de carne y hueso. En fin, Tom se quedará aquí y acabará atrapando al culpable, aunque me disgusta no resolver mis propios problemas.

Candy se preguntó si debía mencionar o no las sombras que había visto la noche de su llegada. No había vuelto a ver nada desde entonces y no quería que Albert pensara que ella creía en fantasmas.

Albert silbó y Pie, que había estado pastando en el bosquecillo cercano, trotó obediente hacia ellos. Sentó a Candy en la silla y luego montó detrás de ella.

Candy se recostó contra él mientras regresaban cabalgando con el viento, saboreando el calor de su pecho y sintiendo los latidos de su corazón.

Al llegar al señorío un joven mozo de cuadras se hizo cargo de Pie. Albert cogió la mano de Candy y juntos se apresuraron a subir por la escalinata. La puerta se abrió y Elena, con Adeline berreando en sus brazos, se encaminó con paso rápido hacia ellos.

–¡Oh, gracias a Dios que has llegado, Candy! Está muerta de hambre y tiene más genio que tú -le dijo con una sonrisa.

–Yo no tengo genio -replicó Candy mientras cogía a su hija y hundía el rostro en su diminuto cuello, deleitándose en su olor.

Adeline lloriqueó y apretó el rostro contra el pecho de su madre en busca de comida.

–La llevaré arriba -dijo Candy a Albert.

El marido satisfecho sonrió.

–Enseguida subo -prometió.

A continuación dio las gracias a Elena por cuidar de su hija y proporcionarles unos preciosos momentos de solaz. Candy, que casi había llegado al pie de la escalera, se detuvo al oírlo gritar:

–Ocupaos de que Mary haga el equipaje. Mañana volveremos a la corte.

Candy asintió y se apresuró a subir por las escaleras.

La habitación estaba agradablemente cálida. Las velas ardían en los candelabros y todo parecía aguardar su regreso.

Habían retirado las colgaduras de la cama y dejado sobre ésta paños de lino limpios para el bebé. Mary sabía que a Candy le gustaba dar de mamar a su hija acostada, para descansar y observarle el rostro al mismo tiempo. Acunándola en los brazos, Candy empezó a desabrocharse el vestido mientras se acercaba a la cama. Pero se detuvo de pronto y se dirigió a la ventana, atraída por una curiosa luz que se movía al otro lado de la casa. Observó unos instantes con el ceño fruncido. En el bosquecillo próximo vio parpadear una luz y un par de sombras que se reunían subrepticiamente. Pegó el rostro al cristal y entornó los ojos para ver mejor. El bebé protestó y ella se lo llevó al pecho sin dejar de mirar por la ventana.

Distinguió las siluetas de dos hombres que se reunían a la sombra de los árboles e intercambiaban algo. Uno de ellos parecía entregar unos documentos y el otro recibir un dinero. Permanecieron juntos unos momentos más y luego se separaron.

Perpleja, Candy se apartó de la ventana y abrió la boca para llamar a Albert, pero se detuvo. Uno de los hombres salió del bosque conduciendo un caballo. Iba elegantemente vestido; Candy vio el reflejo de una medalla de oro sobre el terciopelo de la camisa. No podía verle el rostro, pero reparó en el porte, la forma de andar, el modo en que se balanceaba con garbo a lomos del caballo… Y lo reconoció, del mismo modo que reconoció el caballo castrado con una pata blanca, que procedía de los establos de su padre. Lo había montado en la batalla de Bosworth Field nada menos que sir Niell.

Contuvo un grito. ¿Qué se proponía? Debía contárselo a Albert, pero no podía. Albert se volvía poco razonable en lo que concernía a sir Niell y aprovecharía cualquier excusa para deshacerse de él. Candy se mordió el labio. Se sentía en deuda hacia Niell por su preocupación por ella y lealtad en el pasado. No podía decírselo a Albert. Tendría que abordarlo ella misma y preguntarle qué ocurría.

Preocupada, se tendió finalmente con Adeline en la cama. Ésta no tardó en quedarse dormida y Candy la llevó a la cuna. Luego acudió Mary y juntas hicieron el equipaje. Una vez listo, apareció Albert. Candy habría podido hablar entonces… pero se encontró de pronto en sus brazos y no había dicho una palabra. Y por fortuna o por desgracia, enseguida fue demasiado tarde para hablar.

Apenas habían regresado a la corte cuando a Candy se le presentó la ocasión de abordar a Niell, o más bien al revés. La misma noche de su llegada, Enrique se reunió con el alcalde de Londres y Albert.

Anne llevaba un rato en la habitación de Candy jugando extasiada con su pequeña prima. Su madre le había explicado que Albert le había dado el bebé a Candy y le preguntó a ésta si podía pedirle que diera otro a Elena. Candy rió y sugirió que sería mejor que ella se lo pidiera a Archie.

Mary entró para llevar a Anne a su madre y padrastro, y después acostarla. Poco después, Candy se hallaba inclinada sobre la cuna de su hija, cantándole en voz baja, cuando la puerta se abrió de par en par.

Se volvió con una sonrisa, convencida de que era Albert. Pero no fue él, sino Niell quien apareció en el umbral. Echó un vistazo al pasillo antes de cerrar la puerta tras de sí.

–¡Candy!

–¡Niell, tengo que hablar con vos! ¿Qué…?

–¡Oh, Candy! – la interrumpió él. Corrió hasta ella y la abrazó, acariciándole el cabello y estrechándola con fuerza.

Desesperada, ella trató de apartarlo. ¿Cómo había logrado entrar? Y entonces cayó en la cuenta de que Albert ya no la hacía vigilar noche y día.

–¡Basta, Niell! ¡Si Albert os sorprende aquí os matará!

–No temáis, está con el rey. Y mis hombres me avisarán si se acerca. Confiad en mí, amor mío, no pienso enfrentarme a él a estas alturas y echar por la borda todos mis esfuerzos. Candy, ha llegado el momento. He trazado concienzudamente los planes y lograré que pierda el favor del rey.

–Niell, por favor, dejad de…

–Por fin estaremos juntos.

–¡Basta, Niell! Es mi marido y ésa es nuestra hija. Se han enmendado todos los errores.

–¿No lo comprendéis, amor mío? – Niell sacudió la cabeza con una encantadora y triste sonrisa.

Candy pensó en cómo habían sido las cosas en otro tiempo, cuando Anthony, Niell y ella salían juntos de caza, reían en el salón de su padre y eran tan maravillosamente jóvenes e inocentes.

–¡No importa que estéis casada con él! No importará cuando esté muerto, cuando corten su cabeza sobre el tajo y deje de interponerse entre nosotros.

Horrorizada, Candy retrocedió.

–¡La cabeza de Albert! ¡Jamás! Oh, Niell, ¿qué habéis hecho? Os vi en Bedford Heath…

Él se echó a reír y, dejándose caer en la cama, la miró con lujuria.

–¡Documentos, Candy! ¡Oh, bendice a esos herederos Plantagenet fratricidas! Eduardo, Ricardo, Enrique… y luego Eduardo y Ricardo de nuevo. ¡Dios mío, utilizan los mismos nombres una y otra vez, generación tras generación!

–¿Estáis insinuando que…?

Niell se incorporó sobre un codo.

–Cartas conspiradoras, querida. – Volvió a reír, satisfecho de sí mismo-. Fue sencillo contratar un espía, un tipo realmente listo. Su hermano murió en un arranque de venganza de De Ardley, después de la debacle de Bedford Heath, y aceptó de buen grado mi dinero a cambio de convertirse en el «fantasma» de Bedford Heath. Trabajaba en las cocinas, así que podía entrar libremente en la casa. Y ¡he aquí el resultado! ¡Toda la correspondencia con media docena de herederos Plantagenet! ¡Dirigida al conde de Bedford Heath y firmada por el conde de Warwick entre otros!

Candy, ¿no lo comprendéis? ¡Es perfecto! Estas cartas fueron escritas una generación anterior, cuando Eduardo iba a ser proclamado rey, pero si se leen ahora dan a entender que el conde de Bedford Heath, el noble William Albert de Ardley, está tramando una traición con los contendientes yorkistas. En cuanto se me ocurra el modo de sacar estas cartas a la luz, de Ardley dejará de existir, milady. Seréis libre y el rey me concederá Edenby y a vos. – Se levantó de un salto y la rodeó con los brazos con tanto fervor que Candy, atónita por la información, apenas pudo detenerlo.

–¡Basta, Niell! ¡Escuchadme con atención! ¡No podéis hacerlo! ¡Es una locura! – Se estremeció.

Enrique no pondría en duda la lealtad de Albert. ¿O tal vez sí?

Se le heló la sangre. Debía detener a Niell a toda costa. Sin duda Enrique apreciaba a Albert, pero también era cierto, pensó Candy con el corazón encogido, que Enrique era muy receloso con respecto a contendientes por el trono. No quería que se derramara sangre, pero, si se veía obligado, podía ser implacable. Si creía que Albert, en quien había confiado plenamente, le había traicionado, podría mostrarse despiadado.

–Os amo, Candy. Siempre os he amado y siempre os amaré. Os he amado toda mi vida y ahora os tendré. Vengaré a vuestro padre y a Anthony. Vuestro honor será reparado y yo os amaré pese a todo, querida, a pesar de la mancha de sus caricias.

–¡Niell! – Ella lo miró con incredulidad. No sabía si se había vuelto loco, o estaba tan ansioso y patético en su deseo que resultaba conmovedor-. Por favor, no quiero que venguéis mi honor. Debéis detener esta locura. Escuchadme, Niell. Sois amigo mío y no quiero heriros, pero lamento que me améis, porque no puedo corresponder vuestro amor. Oh, ¿no lo comprendéis? Estoy casada con él y lo amo, y sólo deseo…

–¡Candy! ¡Querida Candy! – Niell meneó la cabeza, sonriendo con tristeza y una extraña ternura infantil-. Sé que estáis asustada y no puedo culparos. Pero todo se solucionará, os lo prometo. Me ocuparé de todo.

–No, Niell…

Él la besó en los labios, interrumpiéndola y dejándola sin aliento. Ella torció la cabeza, pero él no lo advirtió. La soltó bruscamente y corrió hacia la puerta.

–¡Deprisa, amor mío! – exclamó.

–Pero Niell… La puerta se cerró tras él.

–¡Esperad! – Candy salió corriendo al pasillo, pero Niell ya había desaparecido.

Adeline rompió a llorar, y ella volvió a la habitación y la cogió en brazos, pero estaba tan nerviosa que no logró acallarla y se obligó a serenarse. Finalmente la niña volvió a dormirse, y Candy la dejó en la cuna y se paseó por la habitación agitadamente. ¿Qué podía hacer? ¿Decírselo a Albert? Entonces Niell moriría, y su muerte pesaría sobre su alma y se interpondría entre ambos en el futuro. ¿Cruzarse de brazos y permitir que Niell sacara a la luz esas cartas, confiando en que el rey no dudara de la lealtad de Albert? Pero ¿y si Enrique lo enviaba a la Torre? Albert sin duda tenía enemigos, como todos los hombres de poder, y tal vez esos enemigos recordaran a Enrique que en otros tiempos Albert había sido yorkista a ultranza.

Con un grito de desesperación dejó de pasearse y cayó de rodillas al suelo, mordiéndose los nudillos. De pronto recordó que Niell estaba en posesión de aquellas cartas de las que hablaba. Candy había visto a su lacayo entregárselas en el bosquecillo y a Niell alejarse con ellas… ¿de vuelta a Londres, a sus aposentos en la corte? Si registrara sus aposentos, tal vez podría hacerse con los documentos y destruirlos. Niell ya no podría perjudicar a Albert y éste jamás se enteraría de que su enemigo había intentado hundirlo.

Era un plan temerario, pero estaba desesperada. Candy se apresuró a levantarse y salir furtivamente al pasillo. Sin aliento, se introdujo en los aposentos de la servidumbre, donde se alojaba Mary con otras doncellas. La joven estaba medio dormida, pero al oír la petición de Candy acudió al lado de Adeline y se quedó con ella.

Candy recorrió con paso rápido los pasillos, el corazón palpitándole con fuerza al darse cuenta de que no sabía adonde se dirigía. Tras doblar varias esquinas por un laberinto de corredores, se cruzó con un guardia y preguntó dónde se alojaban los caballeros, sir Niell en particular. El guardia se lo indicó y ella rezó para que Niell no se hallara en su habitación, ni la compartiera con nadie.

Finalmente encontró la habitación y echó un vistazo al pasillo antes de entrar. Cerró la puerta y se apoyó contra ésta, mirando alrededor. Todo estaba ordenado. Aún no habían encendido la chimenea y hacía mucho frío. Había unos cuantos baúles, una cama, un sencillo escritorio con una vela encendida que daba escasa luz. El corazón volvió a latirle con fuerza, pues Niell podía volver en cualquier momento.

Se apartó de la puerta y registró frenéticamente el escritorio, pero no encontró nada. Frustrada, se sentó. Al cabo de unos momentos volvió a levantarse y se precipitó al primero de los baúles, donde no había más que guantes, calzas y chaquetas de cuero. De nuevo se detuvo para acto seguido arrojarse sobre el segundo baúl, cada vez más inquieta. Arrojó al suelo calzones, camisas y botas, pero seguía sin encontrar nada. Deslizó los dedos por el fondo del baúl y entonces, tanteando, encontró el cierre de un doble fondo y tiró de él. Cayó hacia atrás cuando éste cedió y, con un débil grito de triunfo, alargó las manos hacia las cartas sujetas con una cinta. Arrancó las cintas, desenrolló uno de los pergaminos y lo hojeó rápidamente con un escalofrío. Dios mío, Niell tenía razón. Eran cartas dirigidas al conde de Bedford Heath por las facciones yorkistas, aceptando agradecidas su ayuda. Albert no era ese conde Bedford Heath. Sin duda se trataba de su padre, cuando Eduardo se disponía combatir en Tewkesberry muchos años atrás. Pero las cartas podían llevar ahora a Albert al cadalso.

Advirtió movimientos en el pasillo. Se guardó las cartas dentro del corpiño y se apresuró a cerrar el baúl. Se levantó de un brinco, corrió hacia la puerta y la abrió ligeramente para asomarse al pasillo. Luego salió a hurtadillas y echó a andar a paso ligero. Las velas de los candelabros parecían parpadear vacilantes, y su sombra se proyectaba en la pared mientras oía el eco de sus propios pasos.

–¡Alto!

La repentina orden la llenó de terror, convencida de que se trataba de Niell. Si la atrapaba, recuperaría las cartas y tal vez aprovechara ese momento para sacarlas a la luz. Echó a correr.

–¡Alto en nombre del rey!

No era Niell sino un guardia, y las cartas estaban a salvo en su corpiño. Respiró hondo y, aminorando el paso, se volvió. Pero el guardia no se detuvo a tiempo y chocó contra ella, que cayó y rodó por el duro suelo de piedra. Se golpeó la cabeza contra la pared y se quedó aturdida unos instantes…

–Milady…

Alguien se acercaba a ella para ayudarla, exigiendo saber por qué había echado a correr. Candy trató de incorporarse, luego oyó un crujido desagradable y se dio cuenta de que las cartas le asomaban por el corpiño.

Y de pronto percibió mucho movimiento. El pasillo, tan silencioso hacía unos momentos, se había llenado de gente. Oía ruido de pasos que se aproximaban corriendo y la rodeaban.

–¿Qué es esto?

Le arrebataban las cartas.

Candy parpadeó, tratando de salir del estado de aturdimiento y pensar con claridad.

–¿Cómo os atrevéis? – inquirió ella con tono imperioso-. ¿Dónde está vuestra galantería, caballeros? ¡Soy la condesa de Bedford Heath y duquesa de Edenby, y no tenéis ningún derecho a abordarme de este modo!

–¡Dios mío, mira esto, Arturo! Estas cartas son alta traición.

–¡Es una conspiradora! ¡Debemos mostrárselas al rey!

–Lady de Edenby es yorkista, siempre lo ha sido… Luchó contra Enrique.

Las acusaciones llegaban a sus oídos a través de la neblina que la envolvía. Por lo menos eran diez los guardias reales que la rodeaban.

–¡No, no son una traición! – exclamó ella-. Son…

–¡Implican a lord De Ardley! – exclamó alguien.

Y entonces otra persona se adelantó y miró fijamente las cartas y luego a Candy. Ésta lo reconoció vagamente. Se trataba de sir Nevill, miembro de una numerosa y poderosa familia, siempre ávida de poder. Ellos también tenían relación con la Corona.

–Sir… -empezó ella, pero él la interrumpió con brusquedad y entornó los ojos, mirándola con astucia y recelo.

–La acuso de alta traición. ¡Llevadla a la Torre mientras voy a buscar a De Ardley!

Sir Nevill dio media vuelta.

Candy advirtió que la cogían rudamente por ambos brazos. Trató de librarse, conteniendo las lágrimas que se negaba a derramar en público.

–¡Andaré! ¡No me toquéis!

Y caminó, pero con el corazón tan encogido de miedo que las rodillas apenas la sostenían. ¡La Torre! Los prisioneros permanecían en la Torre durante infinidad de años. Y sir Nevill había ido en busca de Albert con todas las cartas en su poder. Y lo traería de vuelta a rastras…

¿Y Adeline? ¿Lloraba? ¿Se había despertado y echaba de menos a su madre? ¿La necesitaba, tenía hambre? ¡Oh, Dios, tarde o temprano se despertaría! ¿Qué sería de su precioso e inocente bebé si ella y Albert eran llevados a la Torre?

Candy dio un traspié. Uno de los guardias la sujetó por el brazo con gentileza, pero ella lo apartó, cegada por las lágrimas. Trató de mantener la cabeza erguida y se volvió hacia el hombre con dignidad.

–¿Serías tan amable…? – Le falló la voz y tuvo que empezar otra vez-: ¿Serías tan amable de buscar a lady Elena, esposa de sir Archibald de Cornwell, y encomendarle el cuidado de mi hija?

–Desde luego, milady. – El guardia era un hombre de buen corazón. Hizo una cortés reverencia y envió a un hombre.

Los pasillos parecían prolongarse interminablemente hasta que por fin salieron por una puerta trasera al río Támesis y detuvieron a gritos a un barquero.

Candy oía el azote del agua contra el bote. Logró levantar la vista hacia el cielo y vio un millar de estrellas y la luna llena brillando en lo alto. Era preferible mirar el cielo que al otro lado del río. Oía los remos hender el agua, despacio pero rítmicamente. Tragó saliva y contuvo las náuseas y el miedo, tratando de no pensar, de no hacerse reproches, pero la bilis le subía por la garganta sin que pudiera evitarlo. ¿Qué podría haber hecho? Se había visto obligada a intentar destruir las cartas. De lo contrario habrían acusado a Albert de traición, o Niell habría muerto y podrían haber acusado a Albert de asesinato.

Albert … ¿Dónde estaba ahora?

Albert miró con fría cólera a sir Nevill, al otro extremo de los aposentos privados del rey. No había pronunciado una palabra acerca de los cargos imputados contra él, de hecho no se había movido de donde estaba cuando Nevill había irrumpido en la habitación. Había seguido bebiendo el exquisito Burdeos del rey, sentado en una postura despreocupada ante el fuego.

–Como podéis ver, majestad -prosiguió Nevill. Enrique estaba sentado a la mesa ante la carta recién firmada que iba a constituir Edenby en municipio-, esta correspondencia es una prueba irrefutable…

–De que mi padre, mi familia y yo mismo combatimos por el rey Eduardo en la batalla de Tewkesberry -interrumpió finalmente Albert. Miró a sir Nevill con hastío, luego se acercó al rey y, deteniéndose a su lado, señaló la carta-. ¡Mirad, el conde de Warwick tiene diez años! Ésta no es la caligrafía de un niño de diez años…

–¡Tonterías! – exclamó Nevill-. Los clérigos escribirían las cartas…

–Y si me molestara en buscar en los registros, majestad, le demostraría que esta caligrafía pertenece a Eduardo III.

Enrique apartó la carta y miró fijamente a Nevill.

–No necesito recurrir a documentos del pasado; he estudiado muchos y sé que es la letra de Eduardo. El pergamino está viejo y gastado, y hasta un ciego sabría que no se trata de una misiva reciente, sino una antigua y borrosa correspondencia. ¿De dónde ha sacado estas cartas, sir Nevill?

Nevill parecía malhumorado y derrotado, pero ahora no podía volverse atrás.

–Se hallaban en poder de la duquesa de Edenby, sir. – Se inclinó hacia Albert-. La esposa yorkista de milord De Ardley.

Albert se puso rígido. ¡Candy! La habitación empezó a dar vueltas a su alrededor. Se encolerizó y se negó a creerlo hasta que finalmente tuvo que admitirlo con amargura. Candy había acudido a Bedford Heath y le había susurrado palabras dulces al oído, y él se había dejado seducir, como lo había hecho en otra ocasión. Había caído en la trampa de su sensualidad, de su dorada belleza, de su pasión.

Ella había vuelto a traicionarlo, hablándole no sólo de pasión, sino de amor; yaciendo con él una y otra vez en éxtasis, abrasándole el corazón, el alma y los sentidos. Seduciéndolo, embaucándolo de tal modo que él habría estado dispuesto a morir ahogado en su dulce fragancia.

Sintió un intenso dolor, como una puñalada que lo dejara sin fuerzas. Sin embargo, no podía desfallecer ante Nevill. Candy era su esposa y la guerra que libraba con ella siempre había sido privada, y era la madre de Adeline … No, no podía desfallecer ante Nevill.

Adoptó una expresión rígida y glacial.

–¿Dónde está mi esposa?

–Camino de la Torre.

–¡No he firmado ninguna orden de arresto! – bramó Enrique.

–¡Majestad, lo consideré una traición! ¡Es yorkista!

Albert hizo caso omiso de Nevill y se volvió hacia Enrique.

–Majestad, iré a recuperar lo que me pertenece y tomaré las medidas que crea oportunas.

Enrique suspiró, observando a Albert.

–Tal vez estéis juzgándola demasiado duramente -dijo.

–No -replicó Albert con amargura-. Ha vuelto a traicionarme. Pero es asunto mío. Os pido permiso para llevármela de la corte. El asunto que nos ocupa ha quedado zanjado. Con vuestro permiso, la encerraré en mi propia torre.

El rey asintió y Albert salió raudamente de la habitación.

–¡Oh, Dios! – exclamó Candy sin poder evitar estremecerse cuando la puerta del Traidor se alzó de pronto ante ella como la misma boca del infierno.

El guardián de la Torre aguardaba el bote en un resbaladizo y húmedo muelle cubierto de musgo. Candy sintió que el corazón empezaba a latirle con fuerza y pensó que no iba a ser capaz de permanecer de pie, que se desmayaría y caería.

–¡Alto allí! – oyó a sus espaldas.

Se volvió en el oscilante bote de remos y vio que se aproximaba otra embarcación semejante con Albert a bordo, la capa ondeando a sus espaldas. «¡Bendito sea Dios!», pensó ella al ver que no iba encadenado. Sostenía en la mano unos papeles, que entregó con frialdad al guardián en cuanto el bote se detuvo y él saltó a tierra.

–La dama ya no es vuestra prisionera. Debéis entregármela bajo mi custodia.

El guardián hojeó la orden con el sello del rey y asintió.

Uno de los guardias le tendió la mano para ayudarla a bajar del bote. Miró a su marido. Tenía el rostro en la penumbra, pero vio su expresión dura, y al posar los pies en el resbaladizo escalón sintió el calor de su cólera. No la tocó, se limitó a escudriñarla con frialdad. Sin embargo estaba allí para llevársela. ¡No lo habían arrestado!

–Milady, por favor -masculló e inclinó la cabeza, señalando el otro bote.

Candy se tambaleó al subir a bordo. Él la cogió por el brazo bruscamente y ella se mordió el labio para no gritar de dolor. Él la soltó y le indicó con un ademán que se sentara.

Un frío y oscuro silencio se cernió sobre ellos mientras el barquero empujaba el bote y dejaban atrás la puerta del Traidor. Soplaba la brisa y Candy volvió a oír el continuo azote del agua contra el casco del bote. Quería hablar, arrojarse a los brazos de Albert, expresarle su miedo y angustia, y decirle cuánto se alegraba de que no lo hubieran apresado.

Abrió la boca, pero no consiguió emitir ningún sonido. Lo miró y Albert le pareció extraño, y el terror se apoderó de ella mientras las estrellas se reflejaban en el foso y sobre las aguas del río Támesis.

–Albwmert, yo… -Finalmente recuperó el habla, pero sonó como un graznido y no tuvo fuerzas para continuar.

Él se inclinó hacia adelante y le sujetó dolorosamente la barbilla.

–Ahora no. Oiré más tarde lo que tengáis que decir.

Ella no intentó hablar de nuevo hasta que el bote los dejó en tierra. Tras una larga y agotadora caminata regresaron a sus aposentos.

Elena, que se hallaba sentada en la cama meciendo la cuna de Adeline, se levantó presurosa al verlos entrar.

–¡Candy! – exclamó abrazando a su sobrina-. Oh, estaba tan preocupada…

Albert la separó de Candy y la condujo hasta la puerta.

–Buscad a Archie -ordenó secamente-. Decidle que mañana volveremos a casa. Pedidle que acuda al rey para recoger nuestros papeles y solicitar formalmente permiso para partir.

Elena asintió con tristeza y Albert cerró la puerta tras ella.

Candy lo miró afligida, pues no atinaba a comprender su cólera. Susurró su nombre y alargó el brazo para acariciarle el rostro, pero no llegó a tocarlo. Albert la abofeteó con fuerza y el impulso la arrojó sobre la cama.

–¡No, milady! – bramó-. ¡No volveré a caer en la trampa de vuestra belleza y mentiras, a causa de mi desesperado deseo! Me susurrasteis que me amabais, y lo hicisteis con convicción, porque, necio de mí, que ya había sentido el hierro de vuestra traición, permití que volvierais a embaucarme con la dulce seducción de vuestros complacientes brazos y muslos. ¿Por qué vinisteis a Bedford Heath? ¿Acaso por amor? ¡Bah! Buscabais el modo de hundirme, pero esta vez os equivocasteis. ¡El rey no es estúpido y supo en el acto que la acusación de traición era falsa!

Horrorizada e incrédula, Candy miró fijamente el fiero semblante de Albert, que permanecía ante ella, tan inalcanzable como un soldado indómito en el campo de batalla. Le ardía la mejilla del golpe, pero las lágrimas que acudieron a sus ojos no eran de dolor. Albert creía que había robado los documentos, que había registrado los libros y la casa para calumniarlo. Que le había mentido. Que su amor, que con tanto dolor había reconocido, no había sido más que una mentira.

–¡Te equivocas!

Había tanto dolor y sufrimiento en la voz de Candy que Albert vaciló. Deseaba creerla, alargar la mano y atraerla hacia sí. Estrecharla en sus brazos, enjugarle las lágrimas y amarla con ternura…

¡No! De nuevo trataba de engañarlo con su belleza y encantos. ¿Quién sino un necio caería una y otra vez a causa de la urgencia de su deseo y la tempestad que se desataba en su corazón?

–¡Señora, ya habéis interpretado el papel de traidora demasiadas veces conmigo!

–¡Albert, no es verdad!

–¿Ah, no? – exclamó él. Candy se encogió de miedo cuando él la sujetó por los hombros, obligándola a mirarlo a la cara. La zarandeó y le echó la cabeza hacia atrás para encontrarse con aquellos ojos llenos de lágrimas-. Entonces ¿qué?

Ella rió y lloró al mismo tiempo. Podía acusar a Niell… y entonces él lo mataría. Pero ni siquiera eso la salvaría de su cólera, porque él creería sencillamente que había conspirado con Niell. No tenía escapatoria.

–Albert, por favor…

–¡Hablad!

–No puedo…

Él la apartó bruscamente y ella cayó sobre la almohada, aturdida. De pronto Adeline empezó a llorar de hambre. Al oírla Candy sintió un pinchazo en los senos, rebosantes de leche. ¡Estaba tan cansada! A duras penas logró levantarse para atender a su hija, pero Albert ya se había adelantado como un tigre.

Desquiciada, Candy quiso creer que cogería al bebé de la cuna y se lo tendería. Y, en efecto, lo cogió de la cuna, pero se encaminó hacia la puerta. Candy se levantó alarmada, porque él ya había abierto la puerta con su hija en brazos.

–¡Detente! – Corrió tras él, pero se detuvo cuando Albert se volvió hacia ella con una mirada glacial.

Con las mejillas húmedas de lágrimas, Candy se limitó a tenderle los brazos, suplicante.

–Albert, ¿qué os proponéis?

–No estáis capacitada para criarla.

–¡Es mi hija!

–Y la mía, milady.

–¡Oh, Dios mío, cómo podéis ser tan cruel! Por favor, tened compasión. ¡No podéis arrebatármela!

Albert permaneció de pie, despiadado e implacable. Ella cayó de rodillas ante él, con la cabeza gacha.

–Por Dios, Albert, haced conmigo lo que queráis, pero no la apartéis de mí… -Se le quebró la voz y se desplomó.

Albert bajó la vista hacia la hermosa cabeza rubia inclinada ante él. ¡Deseaba con toda su alma confiar en ella! Esperaba una milagrosa excusa que demostrara su inocencia. Ansiaba acunarla en sus brazos… La amaba con todo su ser y la deseaba más que nunca.

Se le nubló la vista y apenas podía verla, pero su fragancia lo envolvió como una nube de dorada belleza que suplicaba a sus pies.

Adeline empezó a lloriquear. Albert respiró hondo y, apretando los dientes, tendió una mano hacia su esposa y la ayudó a levantarse. Luego le devolvió el bebé, y oyó sus fervientes y turbadas palabras de gratitud.

Por un instante permaneció allí, observando cómo Candy llevaba a Adeline a la cama y se acostaba con ella. Vio al bebé aferrarse al seno de su madre y se estremeció ante la belleza de esa tierna escena que nunca dejaba de conmoverlo.

Entonces Albert se volvió y salió, cerrando la puerta tras de sí con una brusquedad más hiriente que cualquier palabra que hubiera podido pronunciar.

CONTINUARÁ

Hola a todas, he estado un poco perdida porque he estado muy ocupada con mis manualidades, les cuento que no he leído ni los comentarios que amablemente me han dejado, asi que me pondre en la tarea y de antemano, mil gracias..

Un capitulo que me hizo sentir mucho coraje, con ganas de entrar en la novela y darle dos cachetadas a Candy para formatearle el Windows, y decirle" ¡Candy, las tontas no van al cielo!" , la verdad se paso de tonta. Es mas que obvio que ese Niell esta más loco que una cabra ó como perro atado de las bolas. : )

Ya faltan dos capitulos para finalizarla, creo terminarla sin mas tardar hoy.

Un abrazo enorme y bendiciones.

Aby.