Percy Jackson, pertenece a Rick Riordan.
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La Nueva Luz del Olimpo.
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24: Hago una llamada submarina.
El campamento dispone de un control climático de tipo mágico que es el último grito. Ninguna borrasca atraviesa sus límites a menos que el director en persona –el señor D- lo permita. Así pues, yo creía que haría sol y buena temperatura. Pero no: habían dejado que cayera una ligera nevada. La pista de carreras y los campos de fresas estaban llenos de hielo. Habían decorado las cabañas con lucecitas parpadeantes similares a las navideñas, salvo que parecían bolas de fuego de verdad. También brillaban luces en el bosque. Y lo más extraño de todo: se veía el resplandor de una hoguera en la ventana del desván de la Casa Grande, donde moraba el Oráculo apresado en un cuerpo momificado. Me pregunté si el espíritu de Delfos estaría asando malvaviscos o algo por el estilo.
—Uau —dijo Nico mirando el Campamento. Hasta que algo captó su atención — ¿Eso es un muro de escalada?
—Así es —respondí, sonriendo con cariño, ante este Nico infantil. Debo de recordarme decirle a Zoë que no permita a Bianca, venir a la misión.
— ¿Cómo es que chorrea lava? —preguntó Nico nuevamente.
—Para ponerlo un poquito más difícil... por favor: Nico, Bianca, Hazel, vengan conmigo: les voy a presentar a nuestro entrenador.
—Penny —me giré hacía Zoë —Por favor: Dile a Quirón que estaremos en la cabaña ocho. Cazadoras, seguidme.
—Os mostraré el camino —se ofreció Grover, con una sonrisa estúpida.
—Ya conocemos el camino —gruñó Zoë y yo lo lamenté por ella.
—De verdad, no es ninguna molestia. Resulta bastante fácil perderse por aquí si no tienes... —Tropezó aparatosamente con una canoa, pero se levantó sin parar de hablar. —... como mi viejo padre solía decir: ¡adelante! —Las cazadoras cargaron con sus petates y arcos, y se encaminaron hacia las cabañas.
— ¡Cuidaos, guapas! —les gritó Apolo a las cazadoras. A mí me guiñó un ojo. —Tú, Penny ándate con cuidado con esas profecías. Nos veremos pronto. ¡Nos vemos, Thalía! —gritó — ¡Y sé buena!
Me sorprendió lo vacío que estaba el campamento. Yo sabía que la mayoría de los mestizos se entrenaban sólo en verano. Ahora únicamente quedaban los que pasaban allí todo el año: los que no tenían un hogar adonde ir o los que habrían sufrido demasiados ataques de los monstruos si hubieran abandonado el campamento. Pero incluso ese tipo de campistas parecían más bien escasos.
Charles Beckendorf y Nissa Barrera de la cabaña de Hefesto, avivaban la forja que había junto al arsenal. Los hermanos Stoll, Travis y Connor, de la cabaña de Hermes, estaban forzando la cerradura del almacén. Varios chicos de la cabaña de Ares se habían enzarzado con las ninfas del bosque en una batalla de bolas de nieve. Y nada más, prácticamente.
La Casa Grande estaba decorada con bolas de fuego rojas y amarillas que calentaban el porche sin incendiarlo. Dentro, las llamas crepitaban en la chimenea. El aire olía a chocolate caliente. El señor D, director del campamento, y Quirón se entretenían jugando una partida de cartas en el salón.
Quirón llevaba la barba más desgreñada en invierno y algo más largo su pelo ensortijado. Ahora no tenía que adoptar la pose de profesor y supongo que podía permitirse una apariencia más informal. Llevaba un suéter lanudo con un estampado de pezuñas y se había puesto una manta en el regazo que casi tapaba del todo su silla de ruedas. Nada más vernos, sonrió. — ¡Percy! ¡Thalía! Y estos deben de ser...
—Soy Bianca di Angelo, este es mi hermano menor: Nico —se presentó Bianca y presentó a Nico, quien miraba maravillado a Quirón, mientras la pelinegra, extendía su mano, presentando a su compañera pelirroja y tez morena —y ella afirma ser nuestra hermanastra: Hazel Levesque. Penny, Annabeth, Thalía, junto a las Cazadoras de Lady Artemisa, nos salvaron de un profesor quien se transformó en un monstruo, nos dijeron que somos semidioses y nos trajeron aquí, en el bus de Lord Apolo, que Thalía condujo y los hundió en ese lago.
En ese momento entró Grover, trotando y sonriendo con aire alelado. Tenía un ojo morado y unas marcas rojas en la cara que parecían de una bofetada. — ¡Las cazadoras ya están instaladas! —anunció.
Quirón arrugó la frente. —Las cazadoras, ¿eh? Tenemos mucho de qué hablar, por lo que veo. —Le echó una mirada a Nico, Bianca y Hazel. —Grover, deberías llevar a nuestros jóvenes amigos al estudio y ponerles nuestra película de orientación.
—Pero... Ah, claro. Sí, señor.
— ¿Un documental de orientación? —preguntó Nico— ¿Será apto para menores? Porque Bianca es bastante estricta... —miró de reojo a Bianca, quien se esforzaba por actuar, como la hermana madura que era.
—Es para todos los públicos —aclaró Grover.
— ¡Genial! —exclamó el chico mientras los cuatro salían del salón y Artemisa volvía.
—Quirón: —dijo Artemisa al Centauro —Tengo ordenes de llevar al Azote del Olimpo hasta el monte, en donde ahora hemos elevado nuestra seguridad, con tal de que no sea usado en nuestra contra. Está aquí mismo. Tenemos que apresurarnos y debo de llevar a Penny conmigo.
—Por supuesto, mi señora —dijo Quirón, mientras Artemisa enseñaba una esfera de cristal, con unos extraños adornos en Bronce Celestial, pero no nos dijo de qué se trataba.
—Ven, vamos Penny —me dijo Artemisa sonriéndome, mientras nosotras nos retirábamos.
En ese momento, Nico irrumpió en el salón seguido de Grover y sus hermanas. — ¡Qué pasada! —gritó señalando a Quirón. — ¡O sea, que eres un centauro inmortal, que entrena Semidioses desde siempre!
Quirón logró esbozar una sonrisa nerviosa. —Sí, señor Di Angelo, en efecto. Pero prefiero permanecer con mi forma humana, en esta silla de ruedas, al menos durante los primeros encuentros.
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Artemisa y yo nos retiramos, hacía la playa y con un chasqueo de dedos, creé un casco de oxígeno, alrededor de la cabeza de Artemisa, antes de que ambas nos diéramos un chapuzón. Ahora ya era capaz de moverme a mis anchas bajo el agua, simplemente ordenando a las corrientes que se concentraran a mí alrededor y me propulsaran hacia delante. Podía respirar sin problemas en el agua y la ropa no se me mojaba si yo no quería.
Nos lanzamos hacia las profundidades.
Seis, nueve, doce metros. La presión no me molestaba. No había un límite de profundidad para mí; mientras tanto, Artemisa parecía estar bien. Sabía que los seres humanos normales no podían descender más allá de los sesenta metros sin quedar aplastados como una lata de aluminio. A aquellas profundidades, y en plena noche, no era posible ver nada, pero percibía el calor de los seres vivos y la temperatura de las corrientes. Es algo difícil de describir.
No es como la visión normal, pero me permite localizar cada cosa.
Al acercarnos al fondo, vi a tres hipocampos —caballitos de mar— nadando en círculos alrededor de un barco volcado. Eran preciosos.
En sus colas, de un brillo fosforescente, tremolaban los colores del arco iris. Los tres tenían crines blancas y galopaban por el agua igual que un caballo nervioso en medio de una tormenta. Algo los inquietaba.
Al aproximarnos, nos encontramos con que se trataba del Ofiotauro (a quien yo llamo Bessie Y SIGO CONVENCIDA DE QUE ES HEMBRA). Estaba atascada bajo el barco en una red: una de esas grandes redes que usan los pesqueros de arrastre para llevárselo todo a la vez. Yo aborrecía aquel tipo de artilugios. Ya era bastante horrible que ahogaran a las marsopas y los delfines. Pero es que además acababan atrapando en ocasiones a criaturas mitológicas. Cuando las redes se enganchaban, siempre había algún pescador perezoso que las cortaba, dejando morir a las presas que habían quedado atrapadas.
La pobre criatura, por lo visto, había estado deambulando por el fondo del estuario Long Island Sound y se había enganchado en las redes de aquel barco de pesca hundido. Al intentar liberarse, había desplazado el barco y se había quedado aún más atascada. Ahora los restos del casco, que se apoyaban en una gran roca, habían empezado a balancearse y amenazaban con desmoronarse sobre Bessy.
Los hipocampos nadaban en círculos de un modo frenético, con el deseo de ayudar, aunque sin saber muy bien cómo. Uno de ellos se había puesto a mordisquear la red, pero sus dientes no estaban preparados para eso. Aunque poseen un gran vigor, los hipocampos no tienen manos ni son muy inteligentes. «¡Ayuda, señorita!», dijo uno nada más verme. Los otros se sumaron a su petición.
—Penny, —comenzó Artemisa —quizás deberíamos de...
—Prepara la trampa, para cuando Bessy sea liberada.
— ¿Bessy? —me preguntó la diosa de la caza, con incredulidad, al descubrir que yo le había dado un nombre.
—Muy bien —dije a los hipocampos—. Necesito que me ayuden a empujar. Pero exactamente como yo os diga. Empezamos a mover el barco. No era fácil, pero con una fuerza de tres caballos logramos desplazar el casco de modo que no pudiera írsele encima al bebé de vaca-serpiente. Luego me puse a trabajar en las redes; las desenredé junto a una mortificada Artemisa tramo a tramo, desenmarañamos anzuelos y pesos de plomo y arrancamos los nudos que trababan las pezuñas del animal. Nos llevó un buen rato. Vamos, fue peor que cuando tuve que desenredar los cables del mando de mi consola. Y durante todo el tiempo, mientras la vaca marina mugía y gemía, yo iba habiéndole y asegurándole que todo saldría bien. —Ya casi está, Bessie —le dije.
Finalmente, conseguí desprender la red y la vaca-serpiente se deslizó bajo el casco y dio un salto de alegría en el agua.
Los hipocampos relincharon de contento. «¡Gracias, señor!»
— ¡Muuuuuu! —La vaca-serpiente me rozó con el hocico y me miró con sus grandes ojos marrones, mientras yo le acariciaba.
—Bueno —dije, mientras le acariciaba la cabeza—, ya está. Vaca linda. Y no te metas en líos.
— ¡ES EL OFIOTAURO, NO UNA VACA MASCOTA DE CORRAL! —Me rugió mi novia... ¿esposa? Con incredulidad.
—Lo sé. Pero Bessie jamás nos haría daño, Artemisa —dije yo, mientras veía a un grupo de Náyades aparecer y a Artemisa, activar la trampa, colocando a Bessie en una pecera, que sería llevada al reino de mi padre.
Salimos disparados hacia la superficie y nos acercamos a Quirón, para decirle que el Ofiotauro, estaba de camino al reino de Papá.
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Tuve una llamada con mi madre, diciéndole que estábamos bien y que Apolo nos trajo al Campamento. Sentí la presencia de Papá y con una sonrisa que la desconcertó, le dije que le deseaba lo mejor con Paul y que Papá estaba celoso.
Mamá se atrevió a retar a Papá, diciéndole que no tenía derecho a ponerse celoso, pues ha tenido cientos de semidioses, a espaldas de Anfitrite y mi sonrisa creció, mientras le comunicaba a mi madre, que esperaba que fuera feliz con Paul y que Papá se asustó ante sus palabras y que su presencia acababa de irse.
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Quizás la noche de mañana, tendríamos un Captura la Bandera con las Cazadoras de Artemisa.
