Bueno, sin más demora, el segundo capítulo ^.^
Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, la historia si :)
Pairing: Pirate!InglaterraxFem!España (Arthur Kirkland / Isabel Fernandez Carriedo), leve RomanoxFem!España (Lovino Vargas / Isabel Fernandez Carriedo) Más adelante: FranciaxFem!Canada (Francis Bonnefoy / Madeleine Williams), Pirate!InglaterraxFem!USA (Arthur Kirkland / Emily Jones) (Y más: PrusiaxHungriaxAustria, SueciaxFinlandia)
EDITADO: Estoy en proceso de corrección total de la historia. Si has llegado a este punto, es que está corregido y has tenido suerte (?)
Capítulo 2
Isabel miró a los hombres durante unos instantes que se le hicieron eternos mientras ellos bebían y luego seguían riéndose a carcajadas.
Aquel nombre… Kirkland.
—Señorita, debería respetar más al Sr. Kirkland.
La castaña salió de prisa y corriendo de la casa, sin cambiarse de ropa siquiera.
—Lo siento, son órdenes del Sr. Kirkland.
Se apresuró a llegar a su lugar favorito, y se sentó en el suelo cogiéndose las rodillas mientras intentaba impedir que las lágrimas le saltaran de los ojos.
—El Sr. Kirkland nos dejó bien claro que si la encontrábamos por aquí debíamos enviarla de vuelta.
Todas aquellas personas que habían pronunciado su nombre como si fuera la mejor persona del mundo, como si fuera un santo. Pero él no era un santo, ni mucho menos. Había matado a su padre.
Lloró de pena y de frustración. Le quedaba tan poco para poder huir de allí. En unos meses tenía planeado irse para siempre. Y tenía que elegir el maldito capitán inglés ese momento para volver al pueblo.
Isabel, secándose las lágrimas, se encaminó rápidamente hacia la mansión de nuevo. El capitán probablemente estaría en su barco, o algo. Decidida, subió a su habitación ignorando a los piratas del salón. Se cambió a ropa más cómoda (unos pantalones piratas y una camiseta ancha que disimulara de gran manera sus grandes atributos), se colocó las botas que había conseguido en el pueblo y se recogió el pelo montando un moño desordenado pero que dejaba su cara limpia.
En una bolsa metió la poca ropa que poseía, algunos enseres personales de esos cinco años, y el dinero que había conseguido en todo aquel tiempo. Rápidamente salió de la habitación pero no contaba con que Mary estuviera buscándola.
—¿¡Pero qué haces así vestida!? Casi pareces un chico… Bueno, ya no hay remedio. Te está esperando en la cocina.
—¿¡Qué!? ¿¡Quién!? —Isabel palideció repentinamente y recibió una mirada reprobatoria de Mary.
—¿Quién va a ser? El señor Kirkland.
—No. Yo me voy de aquí. —Isabel empezó a caminar decidida a salir de esa casa antes de encontrarse con el hombre al que más odiaba.
—Hey, Mary, te estaba busc- —El joven (muy mayor para ser un chico, muy pequeño para ser un hombre) terminó bruscamente la oración al notar quien acompañaba a Mary y en su rostro se dibujó una sonrisa burlona —. Mira quien tenemos aquí.
Mary se limitó a poner una mirada de enfado dirigida al rubio pero se alejó del pasillo dejando a Isabel sola con el inglés.
—Vete a la mierda —fue el saludo de Isabel.
—Hey, esa no es una forma apropiada de saludar a tu capitán, ¿no?
—¿Mi capitán? Pero qué dices, bastardo. Te odio con toda mi alma. —Isabel se esforzó para no lanzarse contra él al mismo tiempo que decía esas palabras.
—Capitán Kirkland para ser más exactos.
—¡Muérete! —Isabel resopló y se encaminó lejos del inglés, pero este le cogió el brazo.
—¿A dónde crees que vas? Y yo creyendo que llegaría aquí y me encontraría a un muchachito para alistarse a mi tripulación.
—Já, sigue soñando.
—Pero tampoco me quejo de mi suerte… —Este comentario, junto con la mirada que le dirigió el capitán hizo que Isabel enrojeciera… de furia.
—¡Eres un bastardo idiota! ¡Te odio con toda mi alma! ¡He estado aquí encerrada durante cinco años! ¡Cinco años! Sin poder alejarme de este pueblo del demonio sin que alguien me regresara, porque es lo que el Señor Kirkland había ordenado. Joder, eres un hijo de puta cabrón. Me voy ahora mismo de aquí.
—Deberías lavarte esa boquita. —Arthur se acercó rápidamente a ella, poniendo suavemente un dedo sobre su boca y alzando una ceja con una expresión divertida —. No está bien visto que una señorita tenga un vocabulario tan grosero.
—Señorita, tu puta madre. —Su "capitán" puso una mueca de fingido desagrado y la acercó más aún a él, quedando ambos pegados el uno al otro.
—Habrá que enseñarte modales, ¿no crees? —le susurró al oído en un tono de voz que a Isabel no le gustaba anda.
—Aléjate de mí… —Pero antes de que pudiera añadir cualquier insulto a su "petición" el inglés la cargó sobre sus hombres como si fuera un saco de patatas —. ¡Suéltame! ¡Maldita sea, te he dicho que me sueltes!
Arthur se limitó a reír con una sonora carcajada mientras bajaba al salón donde estaban algunos de sus hombres charlando animadamente (con algo de alcohol en sus venas, claro está).
—Está bien chicos, resulta que el pequeño chico que recogimos hace unos años ha sufrido una bonita transformación y nos ha dejado a una jovencita en su lugar.
—¡Bastardo, suéltame! —El "agradable" capitán hizo caso a su petición y la bajó al suelo, empujándola hacia un chico albino (el que le había desvelado sin saberlo la identidad de su capitán) que le cogió el brazo con firmeza.
—Llévala al barco, ¿vale? Cuando llegue hablaremos.
Le miró furiosa pero el que la tenía agarrada del brazo la empujó fuera de la casa.
—Kesesese, no te enfades con el capitán, en el fondo es una buena persona.
—A mi me parece un idiota en toda regla —resopló mientras empezaban a andar.
—Ja, no digo que no. Pero te acostumbraras. —Esas palabras sólo lograron que se deprimiera. No quería acostumbrarse a estar en un barco pirata principalmente porque no quería estar en un barco pirata. Y menos si el capitán era Arthur Kirkland —. Soy el asombroso Gilbert, a tu disposición.
—Mpf… Soy Isabel.
Al principio estuvieron en silencio mientras se alejaban de la mansión, pero al poco tiempo ambos estaban hablando animadamente.
—Yo no estaba cuando te encontraron de pequeña —comentó él en un momento dado —. Me uní a la tripulación un poco después. Ya verás, he de admitir que (aunque no tanto como yo) todos son bastante asombrosos. Te lo pasarás bien, estoy seguro.
—Bueno…
—Además… ¡No eres la única chica!
—¿Qué?
—Kesesese. Se me olvidó decírtelo… Estaba demasiado ocupado recordando lo asombroso que soy. Bueno, si, ella es una marimacha, pero una chica al fin y al cabo, ¿no? Si te soy sincero, y que esto no salga de aquí, soy demasiado increible como para que alguien lo sepa, es una de las mejores piratas que hay. Aunque está enamorada de un estúpido señorito, que es parte de la nobleza de no sé dónde.
—Bueno, pero es una chica, ¿no? Bien, así no tendré porque estar rodeada de hombres idiotas.
—Hey, yo no soy idiota, soy genial… —Parecía que iba a añadir algo más, pero un proyectil que iba a toda velocidad chocó contra su pecho y cayó al suelo —. ¡Gilbird! Kesesese, te dije que te quedaras en el barco.
El proyectil resultó ser un pollito amarillo pequeñito que aunque cuando piaba tenía una voz extrañamente parecida al estridente vozarrón del albino, conmovió el corazón femenino de Isabel.
—¡Oh, dios mío! ¡Qué monada!
—Lo sé, es mi asombrosa mascota. Se llama Gilbird. —El pollito empezó a revolotear alrededor nuestra.
—¿Los pollitos vuelan? —pregunté extrañada.
—Bueno, él es tan asombroso que si que puede volar. Kesesese. Se parece a su dueño.
Isabel le miró fijamente.
—Tienes el ego muy alto, ¿no?
—¿Yo? Mi increible persona es lo más humilde que puedas encontrar.
Ese comentario hizo que Isabel soltara una carcajada y empezara a reírse sin remedio. Al principio el albino le miró un poco molesto clavando sus ojos rojos en ella, pero luego también esbozó una sonrisa: la felicidad de Isabel era contagiosa.
No tardaron en llegar al barco, en el que sólo se encontraban los encargados de vigilarlo. No tenían nada que temer en esa zona, pero más vale prevenir que curar.
El que los recibió fue un suizo rubio gruñón no muy alto que miró a Isabel con desconfianza.
—¿Quién es ésta, Gilbert?
—Si no me equivoco, la que os hizo creer que era un niño hace cinco años cuando la encontrasteis en un barco español. —Tras este comentario el rubio clavó sus ojos verde oscuros en los verde esmeralda de la joven, que le miraba con una ceja alzada.
—Tsk, está bien, subid… Supongo que el capitán nos lo explicará cuando llegue.
El albino y la castaña subieron al barco y se dirigieron a la cocina, donde una chica con una falda bastante corta estaba preparando algo de comer. Isabel se preguntó si esa a la que se refería Gilbert.
—Eh, Feliks, tenemos una nueva tripulante. —La chica se giró rápidamente haciendo que Isabel se diera cuenta de que… bueno… no era una chica.
—O sea, como que eres muy mona, ¿no? ¿Cuál es tu nombre, bonita?
—Em… ¡A si! Soy Isabel.
—Yo soy Feliks, encantado —contestó el polaco al tiempo que se miraba las uñas comprobando que no tuvieran ningún desperfecto —. ¿Te vas a quedar aquí con ella? —preguntó dirigiéndose a Gilbert.
—Si…
—Tipo, como que eso significa que por fin puedo salir a comprar ropa nueva. ¡Adiós!
Y dicho esto, Feliks salió de la cocina si darles tiempo a decir nada más.
—Es un poco…
—¿Afeminado? Sí, te acostumbrarás… No te acerques demasiado a él o te utilizará como una muñeca para probarte ropa. Con la marimacha hizo lo mismo.
Un instante después de haber dicho eso cayó al suelo al haber sido golpeado con una sartén. La mujer que sostenía dicho sartén le esbozó una sonrisa a Isabel para luego mirar al prusiano de nuevo.
—¿A quién has llamado marimacha?
—Ay, ay… Eres una bruta.
La mujer le pegó una patada mientras Gilbert se recreaba en cuanto le dolía (exageración) pero que alguien como él era demasiado asombroso como para golpear una mujer.
—Soy Elizabeta, encantada. —La española observó a su nueva compañera húngara. Tenía el pelo castaño, ondulado y largo, con una flor de adorno y unos ojos verde claro.
—Yo soy Isabel —respondió la más joven sonriendo —. Aunque creo que algunos aquí me conocen como Antonio…
Elizabeta sonrió, divertida.
—Bueno, parece que ya has conocido al hombre con el ego más alto sobre la faz de la Tierra. Él es Gilbert. ¿Te han presentado a alguien más?
—Bueno, no… Vi a algunos piratas en la mansión.
—Casi todos los que fueron allá son simples jóvenes sedientos de aventuras y dinero… Deberías conocer a la élite de este barco. No estamos aquí por dinero. Hay historias que nos unen unos a otros… Por desgracia, Gilbert está incluido en nuestro grupo.
—Kesese… lo que pasa es que me tienes envidia…
Elizabeta le explicó un poco a la española como se organizaban en ese barco.
—Yo duermo con Yekaterina… Pero supongo que te podemos hacer un hueco. Eso o dormir con algún idiota.
—Eh, no me gustaría causar problemas, pero…
—Ya, entiendo… dormirás con nosotras.
—Y Yekaterina es…
—Ella es nuestra cocinera. Aunque Gilbo siempre la ignora. Pobrecita.
—¿La ignora?
—Sí, bueno… ella es la persona más amable que vas a conocer jamás.
Isabel asimiló sus palabras mientras caía en la cuenta: eran piratas… No se podía estar haciendo amiga de esos piratas. ¡Era impensable! ¿Dónde tenía la cabeza? Ellos obedecían órdenes de Arthur Kirkland: la persona a la que más odiaba en ese momento. La húngara pareció no darse cuenta de los pensamientos de Isabel y siguió hablando.
—Si necesitas algo… simplemente habla con ella. Y si quieres algo especial para comer díselo. Le encanta salir de la rutina en cuanto a lo que cocina se refiere.
—Pff… Seguro que es todo una fachada —murmuró Gilbert, recibiendo por primera vez una mirada de la húngara que no era de enfado, reproche o desaprobación —. Es hermana del ruso loco. Lleva la locura en sus venas.
Isabel miró interrogante a la húngara, la cual le hizo unas señas de que no se preocupara, que no tenía importancia.
—¿Y quién era el rubio bajito gruñón? —preguntó la española, curiosa.
—¿El capitán Kirkland? —preguntó Elizabeta inocentemente, haciendo que Isabel empezara a reírse a carcajadas a las que pronto se unió el prusiano.
—Muy buena, Eli —le felicitó el albino, secándose las lágrimas de la risa.
—No… ese no… El que estaba cuidando del barco.
—¡Ah! Siento la confusión. Ambos coincidían en la descripción… ¿cómo iba yo a saber a quién de los dos te referías?
—Ese era Vash. Un amante de las armas. Ten cuidado con él por la noche. Es de los que disparan y después pregunta. A no ser que estés muerto.
—Gilbert se ha llevado unos cuantos sustos por su parte —le susurró la húngara.
—Tsk…
Elizabeta guió a una Isabel sonriente seguida de cerca por el peliblanco por el barco, mostrándole donde estaba cada cosa.
—Bien, este es mi camarote… Supongo que podríamos acoplar otra cama… Podemos buscarla, o robársela a Gil…
—¡Hey! ¡Qué estoy aquí! Jamás deberíais ni siquiera pensar en robar algo del asombroso yo. Quiero decir, se que os gustaría poseer cualquier cosa que me perteneciera (os comprendo perfectamente) pero son mis geniales pertenencias, y sólo pueden ser mías y además… ¿Isa? ¿Eli? —El ojirubí se dio cuenta de que las dos castañas se habían ido —. Kesesese… Que divertido es estar solo…
Mientras tanto Isabel y Elizabeta ya estaban de vuelta en la cocina donde había aparecido por fin Yekaterina, que tras la presión de estar acompañando al polaco de compras (Feliks puede ser abrumador cuando se lo propone… y sin proponérselo también) había decidido volver al barco.
—¿Te llamas Isabel? Así que eres el famoso niño que se salvó de morir a las manos del capitán… Yo me uní un año después… Encantada, soy Yekaterina —se presentó la ucraniana.
—Lo mismo digo. Oye, por casualidad… ¿no tendrás algo para comer?
—¡Ay! ¡Claro que sí! ¡Haberlo dicho antes! Tonta de mí, debería haberme dado cuenta. ¡Qué culpable me siento!
—Yekaterina, tranquila. Nada es culpa tuya, ¿vale? Sólo te ha pedido algo de comer.
—¿Eh? Ah, si tienes razón.
La española la miró con curiosidad. La joven (que poseía unos grandes atributos que hacían un ruido extraño cuando ella caminaba) era de estatura normal con el pelo corto y muy claro (no tanto como el albino prusiano) que se podía definir como rubio, y unos ojos enormes que irradiaban inocencia. Si sólo al pensar que por su culpa Isabel había pasado hambre, casi se había echado a llorar. ¿Qué hacía una chica como ella en un barco pirata con un capitán como ese?
Mientras comía, Isabel reflexionaba. Aquellas personas le caían muy bien, pero… echaba de menos su país. Ser libre. Tumbarse y contemplar el sol sin preocupaciones. Echaba de menos a su Lovi.
Probablemente él la habría olvidado ya. Dado por muerta, y estaría tras guapas jovencitas en Italia. No pudo reprimir un suspiro. Mientras ella se sumía en sus pensamientos, en la cocina habían entrado dos personas más que se encontraban hablando con la húngara.
—¿Quiénes eran ellos? —preguntó Isabel cuando se fueron.
—El pequeño, era Tino. Él es nuestro tirador. Se encarga de los cañones. De verdad, es el mejor en su trabajo. —Eso era sorprendente. Alguien tan inocente como Yekaterina. Más bien bajito, de pelo rubio, cara amistosa, y ojos de un bonito color violeta, con un aire alegre y una sonrisa brillante —. El alto era Berwald. Él es el segundo de a bordo. Puede parecer un poco serio e intimidante pero es una buena persona. Una vez te acostumbras a su acento, puede darte una conversación interesante. Corta, pero interesante.
—¿Su acento? —El nombrado Berwald era un hombre alto, rubio (también), con un aspecto intimidante, la verdad. Llevaba gafas que sólo le hacían parecer más serio. Justo lo contrario a Tino. Un alegre finlandés y un serio sueco.
—Sí… Ya lo averiguarás. Bueno, voy a ver si Feliks ha llegado… Tengo muchas cosas que hablar con él.
—Eh… Espera… —Pero Isabel se había quedado sola. En algún momento, también Yekaterina había salido de la cocina. Sin saber muy bien qué hacer, la castaña salió de allí a buscar un lugar donde sentarse a contemplar el cielo (que se había llenado de nubes).
Para su desgracia, no pasó mucho tiempo sola.
—Mira quien tenemos aquí. —La espalda de Isabel se tensó cuando oyó la voz de Arthur detrás de ella. El inglés apoyó sus manos sobre sus hombres y se inclinó hasta que sus labios quedaron a la altura del oído de Isabel, mientras ambos contemplaban el mar —. Espero que hayas encontrado de tu agrado mi humilde navío. Ya que será tu residencia durante los próximos años.
Aquello deprimió a Isabel.
—A no ser que logre escaparme.
—Como si fuera a permitir eso.
—¿Por qué? —exclamó Isabel furiosa, girándose hacia el ojiverde —. ¿Por qué no me dejas irme? No tengo nada que ver contigo, ni con piratas, ni nada… Sólo quiero volver a mi casa.
La expresión del inglés se endureció. ¿Por qué no la dejaba volver a casa? Ni él mismo lo sabía.
—En primer lugar, deberías estar muerta por el simple hecho de ser española —escupió él —. Da gracias que sigues con vida. —Acto seguido, dio media vuelta y se marchó.
Isabel se quedó quieta unos instantes hasta que Gilbert se acercó a ella.
—Hey, Isa. ¿Qué pasa? ¿Ya has conocido a más gente?
La española se limitó a suspirar y a sentarse de nuevo.
—¿Es cosa del capitán? Puede ser muy egoísta cuando se lo propone, ¿eh? Va de duro por la vida pero tiene un corazón enorme.
—¡JÁ! Lo dudo… Ese hombre no tiene corazón. —Este comentario provocó que el albino soltara una carcajada.
—Yo pensaba lo mismo, ¿sabes? Dejo muy malherido a mi querido hermano pequeño, y fui a buscarle para matarle. Y por cosas de la vida acabe en su tripulación.
—Eso no son cosas de la vida y punto. ¿Qué ocurrió en realidad?
—Acabó contándome su historia… Supongo que después de oírla tu opinión sobre él cambiaría.
—Cuéntamela.
—Kesesese. No puedo, el asombroso yo prometió guardar el secreto.
Isabel puso cara de desilusión.
—Jo…
—Si quieres saberla… deberías preguntárselo a él directamente.
—Le odio. No le voy a preguntar nada.
Pronto se hizo de noche, y se hizo de nuevo de día. En el barco sólo estaban Gilbert, Elizabeta, Isabel, Feliks (a ratos), Yekaterina, Vash y de vez en cuando Berwald y Tino. Isabel no tenía ni idea de quien más formaba parte de la tripulación. Ni tampoco quería saberlo.
Lo único que tenía claro es que quería salir de ese barco.
No podía hacerlo cuando aún estaban en esa maldita villa, pero sí que podría hacerlo más adelante.
Podía confiar en la Marina, ¿verdad?
Eso era.
¡Ahí estaba la solución!
La Marina… ¿Cómo no se le había ocurrido?
Isabel ya estaba ansiosa: tenía claro que cuando se presentara no iba a dejar pasar la oportunidad.
Con estos pensamientos pasó otro día entero, y cuando se quiso dar cuenta, ya habían zarpado.
Cuando la Tierra dejó de ser visible se sentó junto a Gilbert a contemplar el mar.
El prusiano pasó un brazo sobre ella amistosamente.
La castaña sonrió.
Sin saberlo, se estaba adentrando en un mundo del que luego posiblemente no podría salir.
Y hasta aquí el capítulo 2 :)
Comentarios: Bueno, presento algunos de los miembros de la tripulación de Iggy, aunque me gustaría incluir alguno más. Comienzan los roces entre los protagonistas, pero bueno, es que Isabel le tiene mucho rencor guardado. Al final todo el mundo cae en las redes de Arthur (?) He exagerado un poco el comportamiento de Gilbo, pero es porque está emocionado por conocer a alguien nuevo... Si es que Gilbert es en realidad como un niño pequeño :3 Y por lo demás, no hay mucho que agregar... Veremos mucho a la húngara rondar por ahí, y seguida a ella a nuestro albino preferido.
Avances: Más adelante saldrá nuestro primer miembro de la Marina junto con una sorpresa para Arthut. Además, tengo planeado incluir otro barco pirata, que sería capitaneado por Ivan Braginski (nuestro querido Vanya).
Y otro capítulo más corregido. Los comentarios que hice en su días los dejo, porque son parte de la historia. Aunque a veces me parezcan mas superficiales de como opinaría ahora, ufu~
Si alguien lee esto alguna vez, gracias por todo!
Muchas gracias :3
