Terry abrochó su cinturón de seguridad y se recargó sobre su asiento, él estaba muerto de miedo, mientras el avión caía, pudo sentir como cada músculo de su cuerpo se tensaba por la adrenalina. Una señora que iba sentada al lado de él, tomó su mano y comenzó a rezar en voz alta, el rezó con ella en silencio.
Muchos recuerdos comenzaron a inundar la mente de Terry, la mayoría de ellos, eran sobre Candy. Él sabía que probablemente moriría al estrellarse el avión, y le partía el alma saber que Candy se quedaría sola, y peor aún, que se quedaría sola y con un bebé suyo en camino. Terry pensó que le hubiera gustado despedirse de su familia y de sus amigos, después cerró los ojos y les dijo adiós a todos en su mente.
El impacto del avión sobre el mar ocurrió muy rápido, Terry sintió como su cuerpo se impulsó hacia adelante y supo que todo había acabado. Se escuchó un gran estruendo y el agua entró de golpe a la cabina de pasajeros, por un momento, él no fue consciente de nada, todo estaba oscuro y sentía como algunas cosas lo golpeaban en el rostro y en el cuerpo.
Terry trató de zafarse de su asiento, pero el cinturón de seguridad estaba atascado, el luchó con todas sus fuerzas para desabrocharlo, cuando por fin lo consiguió, trató de nadar hasta la superficie, ya que comenzaba a faltarle el aire y necesitaba respirar.
Al salir, Terry logró sujetarse de lo que parecía ser una de las alas del avión, se subió en ella y comenzó a observar alrededor suyo, pero no parecía haber nada, más que el mar, y una parte del avión que se quemaba a la distancia. Él se sintió muy afortunado de estar vivo, y se dispuso a agradecer a Dios por darle esa oportunidad.
Terry se recostó por un momento y se dejó arrastrar por la corriente, le dolía cada parte de su cuerpo, así que cerró los ojos y se quedó dormido sin darse cuenta. Cuando Terry despertó, él pudo ver las luces de una ciudad próxima, y se dio cuenta de que ya comenzaba a amanecer. Una lancha que iba pasando por ahí, se detuvo al lado suyo, los hombres comenzaron a hablarle, pero él no entendía nada de lo que ellos le decían, uno de los hombres le extendió su mano y lo ayudó a subir a la lancha, Terry pensó que ya estaba salvado. Cuando llegaron a la orilla, Terry se bajó de la lancha y les agradeció por su ayuda, él se volteó y comenzó a caminar hacia la ciudad, en ese momento sintió un fuerte golpe en la cabeza y cayó al suelo, después de eso, no fue consciente de nada más.
Mientras Terry estaba inconsciente, él soñó con una mujer rubia que estaba sentada en un jardín enorme, ella se sobaba su vientre y le sonreía, cuando él trataba de acercarse a ella, un hombre de lentes aparecía y se lo impedía. En ese momento, Terry sintió que alguien lo jalaba de los brazos y escuchó el sonido de las olas del mar, cuando él reaccionó, se encontró de frente con unos ojos color azul cielo, que lo observaban fijamente. Al enfocar su rostro, se dio cuenta de que era un hombre joven, de cabello rubio y barba tupida, Terry se preguntó quién demonios era él.
El joven rubio había ido a correr a la playa por la mañana, mientras lo hacía, vio a Terry tirado en la arena, al aproximarse, él se dio cuenta de que Terry tenía una herida sangrante en la cabeza, él volteó alrededor, pero no encontró nada más, solo vio un pedazo grande de madera a unos metros. Por un momento, el joven pensó que Terry estaba muerto, pero al acercarse a tomar sus signos vitales, descubrió que aún respiraba. El joven jaló a Terry tierra adentro y después comenzó a buscar en sus bolsillos algo con lo que pudiera identificarlo, en ese momento Terry abrió los ojos.
- Vaya, que bueno que despiertas, ya comenzaba a preocuparme - Le dijo el rubio.
Terry trató de levantarse rápidamente, pero sintió un fuerte dolor en su cabeza, al tocarse en el lugar que le lastimaba, se dio cuenta de que tenía una herida y que estaba sangrando.
- Fue un golpe bastante fuerte, pudiste haber muerto... - Dijo el rubio.
- ¿Quién eres tú? ¿Qué me pasó? ¿Dónde estoy? - Preguntó Terry, asustado.
- Yo soy Albert, no tengo idea de que te pasó, de hecho, estaba esperando a que te despertaras, para que me respondieras esa pregunta, ah sí, y estás en Argelia. ¿Y tú?
Yo soy... - En ese momento Terry se dio cuenta que no sabía quién era, por más que intentó recordar su nombre, no pudo - Yo no sé quién soy...
- ¿Cómo que no sabes quién eres?
- No puedo recordarlo, no puedo acordarme de nada - Le respondió Terry, bastante angustiado.
- Vaya, ese sí que es un problema... Supongo que eso se debe al golpe que recibiste en la cabeza, pero no te angusties, en muchas ocasiones la memoria regresa al cabo de unas horas - Dijo Albert, mientras sacaba una venda de su mochila.
- ¿Eres doctor?
- Sí, aunque no de humanos - Respondió Albert, sonriendo - Soy veterinario.
- Ah... Que bien...
Albert vendó la cabeza de Terry, después él sacó algo de comida de su mochila y se la ofreció.
- Hay que llevarte al doctor para que te revise, esa herida parece ser sería. ¿Hablas árabe o francés?
Terry negó con la cabeza.
- Espero que eso no sea un problema, aquí casi nadie habla inglés y mi francés no es muy fluido. Pero bueno, ya nos daremos a entender...
- ¿De dónde eres tú?
- De Estados Unidos, del estado de Michigan, para ser preciso. Supongo que tú eres inglés, tienes un acento muy marcado, yo tengo familia en Londres…
- ¿Y qué haces aquí?
- Voy a trabajar en el Zoológico de Johannesburgo, en Sudáfrica.
- ¿No dijiste que estábamos en Argelia?
Albert comenzó a reír - Sí, bueno, quise tomarme unas semanas de vacaciones para recorrer el continente. Al llegar a África, hice una pequeña escala en Marruecos, después viajé hasta Argelia y en unas horas partiré hacia mi próximo destino, Egipto. Si quieres, puedes venir conmigo, nunca está de más un poco de compañía...
- Gracias, pero por el momento yo no sé qué es lo que va a ser de mi vida…
- Razón de más para que me acompañes, si logras recordar quién eres, al menos habrás visitado esa hermosa ciudad.
Albert llevó a Terry a una pequeña clínica que estaba cerca del hostal donde él se estaba quedando, en el camino, Terry contempló la belleza de la ciudad, con sus edificios blancos de estilo colonial. Para su buena suerte, el médico que atendía la clínica, hablaba francés e inglés, rápidamente, el doctor evaluó y curó la herida de Terry, que no era muy grave, afortunadamente.
- La herida es superficial, al parecer no llegó a tocar el cráneo - Dijo el doctor.
- Pero, ¿por qué no puedo recordar nada? - Preguntó Terry
- Lo más seguro es que tú amnesia de deba al traumatismo cerebral tan fuerte que sufriste.
- ¿Voy a recuperar pronto la memoria?
- Eso es algo que no podría asegurarte, la amnesia podría ser temporal o definitiva. Tal vez despiertes mañana recordándolo todo, tal vez pasen 20 años sin que recuerdes nada...
Terry volvió a sentirse angustiado, no sabía quién era, no tenía dinero, ni ninguna pertenencia y estaba totalmente solo, en un lugar donde ni siquiera hablaban su idioma.
Albert se dio cuenta de la angustia de su nuevo compañero, y rápidamente se dispuso a pagar los honorarios del médico - Vámonos amigo, tienes que descansar – Dijo Albert y después comenzó a caminar hacia la salida de la clínica, Terry lo siguió.
Albert era una persona alegre y bondadosa, que siempre buscaba la manera de ayudar a los demás. Desde que era pequeño, siempre le habían gustado los animales, por esa razón, él había decidido estudiar medicina veterinaria. Cuando su prima le dijo que había una vacante en el zoológico, él no dudó ni un segundo en aceptar su propuesta de trabajo, ya que además de todo, le encantaba estar en contacto con la naturaleza.
- Sigue en pie mi propuesta de que me acompañes a Egipto – Dijo Albert.
- No gracias, no quiero ser una carga para ti.
- No vas a ser una carga, a mí siempre me ha gustado viajar con compañía y tu pareces ser una buena persona, además, ¿qué vas a hacer aquí solo?
Terry sabía que Albert tenía razón, así que aceptó acompañarlo – Está bien, iré contigo a Egipto. Pero hay un problema, yo no tengo dinero, ni ropa.
- No te preocupes, yo tengo una buena cantidad de dinero ahorrada, así que ese no será un problema. Y por la ropa tampoco te apures, tal parece que tú y yo somos de la misma talla.
Albert llevó a Terry a la pequeña habitación dónde se estaba quedando, Terry entró al baño para darse una ducha en lo que Albert terminaba de empacar sus cosas. Una vez que Terry terminó de cambiarse, Albert le ofreció su cigarro de mariguana para que se relajara un poco, en lo que él metía a bañarse. Terry le dio algunas fumadas y después se recostó en la cama, cerró los ojos por un instante y sin darse cuenta se quedó dormido, una vez más la chica rubia se hizo presente en sus sueños.
Una vez que Albert estuvo listo, despertó a Terry; los dos partieron hacia El Cairo cerca del mediodía. Ellos viajaron de aventón en aventón, hasta su destino, de vez en cuando, paraban en algún pueblo del camino para comer y para descansar, después seguían con su viaje. Tardaron casi 4 días en llegar a Egipto, durante esos días, siempre que Terry dormía, él soñaba con la joven rubia de mirada triste; luego de dos días, él comenzó a preguntarse quién sería esa mujer que aparecía de manera recurrente en cada uno de sus sueños.
Albert y Terry se quedaron en El Cairo por una semana y recorrieron los lugares más emblemáticos de la ciudad, como el centro histórico, las pirámides de Guiza, la Ciudadela, el Barrio Copto, el museo egipcio y el mercado de Jan El-Jalili. Por alguna razón, que ninguno de los dos entendía, ambos se sentían en confianza, como si fueran amigos desde hace muchísimo tiempo. Una noche, mientras fumaban su acostumbrado churro de marihuana, los dos comenzaron a platicar.
- ¿Cuántos años tienes? – Le preguntó Terry a Albert.
- Veinticinco.
- Te ves más joven…
- Gracias, es algo que me dicen constantemente. Yo supongo que tú has de ser de mi misma edad.
- Tal vez si, tal vez no… ¿Tienes novia?
- No, soy viudo…
- ¿De verdad?
- Sí, me casé cuando cumplí la mayoría de edad, estaba locamente enamorado…
- ¿Y por qué no estás con ella?
- Ella murió, estaba embarazada y no aguantó el parto, tampoco nuestra hija.
- Lo siento…
- Creo que ya lo asimilé, durante mucho tiempo me sentí perdido, en más de una ocasión deseé morirme, al igual que ellas… Pero bueno, con el tiempo comprendí que lo único que podía hacer, era seguir viviendo mi vida de manera digna, de tal manera que mi esposa, desde el cielo, se sintiera orgullosa de mi.
- A veces me pregunto si yo también estoy casado…
- ¿Por qué lo dices?
- Porque todas las noches sueño con una mujer, una hermosa mujer rubia de ojos verdes, que me mira con tristeza y me pregunta que dónde estoy.
- Tal vez sea tu madre, o tu hermana.
- No creo, siempre que la sueño, yo siento como mi corazón se acelera y tengo unas enormes ganas de besarla, de abrazarla, pero siempre que intento acercarme a ella, me despierto.
- Tal vez te está buscando…
- Si, yo también lo he pensado, por eso, todas las noches, antes de dormir, le pido a Dios que si hay alguna persona que me esté buscando, la guie hasta donde yo estoy. ¿Sabes? A veces pienso que no debí moverme de Argelia.
- Creo que ya es tarde para arrepentirte, llevamos una semana en El Cairo y mañana partimos hacia Sudáfrica.
- Sí, creo que tienes razón.
El Cairo era la última ciudad que Albert pensaba visitar, antes de dirigirse a su destino final, que era el zoológico de Johannesburgo. A la mañana siguiente, ellos tomaron el tren que los llevaría hasta Gaborone, en Botsuana. Ellos tardaron más de una semana en llegar, los dos se maravillaron por los hermosos paisajes que contemplaban a través de la ventana del tren. Al llegar a Gaborone, tomaron una camioneta que los llevó hasta Johannesburgo. Una vez que llegaron a la ciudad, Albert hizo una llamada, al colgar, se dirigió a Terry.
- Mi prima va a venir a recogernos, ella es un poco… arrogante, antipática, pero bueno, es mi familia. Si no fuera porque realmente deseo trabajar en este lugar, ni siquiera hubiera pensado en contactarla. Le voy a decir que eres un viejo amigo, tendré que inventarte un nombre, si le digo que eres amnésico y que te encontré en el camino, ella va a poner el grito en el cielo.
- ¿Y cómo se supone que me voy a llamar ahora?
- Mmm… William, como mi padre.
- ¿William?
- Tú solo sígueme la corriente.
- Está bien…
Cerca de una hora después, llegó una joven a recogerlos, ella era alta y delgada, de cabello cobrizo, ojos color miel y piel blanca.
- Eliza, que gusto me da volver a verte – Dijo Albert, fingiendo alegría.
- Hola Albert, esperaba que llegaras antes, un mes antes para ser precisa… - Respondió ella.
- Discúlpame, es que tuve algunos contratiempos…
Eliza le lanzó una mirada rápida a Terry, pudo ver que era un hombre sumamente guapo, no pudo evitar sentirse atraída hacia él – ¿Y quién es él?… - Preguntó.
- Él es mi amigo Bill, lo conocí en Londres, hace cuatro años y tiene mi misma edad. Él está pasando por una terrible situación económica y me pidió ayuda, yo pensé que podría trabajar en el zoológico, de cualquier cosa…
Eliza lanzó un gruñido, si bien no le gustaba aceptar gente desconocida, tampoco quería despreciar a ese joven tan guapo – Ya veré dónde lo puedo acomodar – Dijo ella, un poco molesta.
Los dos hombres se subieron a la camioneta de ella, todos permanecieron en silencio durante el trayecto al zoológico. Al llegar, ella se detuvo en unas pequeñas cabañas, a las afueras del lugar.
- Ustedes van a dormir aquí, pueden tomarse el día de hoy para conocer el lugar y acomodar sus cosas, mañana les diré en dónde van a trabajar – Dijo ella.
Los dos hombres se bajaron de la camioneta y se dirigieron hacia las cabañas, Akanni, un hombre de color, que se encargaba de la seguridad del lugar, los recibió. Él les mostró dónde iban a dormir y después les recitó algunas de las reglas de convivencia.
Albert y Terry pasaron lo que quedaba del día recorriendo las inmediaciones del zoológico, realmente era un lugar hermoso, lleno de vegetación. Al día siguiente, Eliza los llevó a sus lugares de trabajo, Albert iba a trabajar con el Dr. Brown, un veterinario de edad avanzada, que llevaba muchísimos años trabajando ahí, y Terry iba a encargarse de la limpieza del lugar, junto con otras tres personas.
Los meses pasaron rápido para Terry, aunque había veces que se sentía deprimido por no poder recordar cuál era su vida, antes de que Albert lo encontrara, su nuevo amigo siempre se encargaba de levantarle el ánimo. Los dos salían afuera de las cabañas todas las noches, y se quedaban recostados en el pasto, contemplando el cielo.
Eliza comenzó a tratar de seducir a Terry, sin mucho éxito, ya que él no se sentía atraído por ella, aunque ella no parecía darse por vencida, ella era una de esas mujeres que siempre conseguía lo que se proponía.
Ocho meses después de que Albert y Terry llegaran a Johannesburgo, Eliza recibió la visita de su hermano, Neal y de una de sus sobrinas, Annie. Los dos venían de pasar una larga temporada en Londres, solo habían ido a Sudáfrica a visitar a Eliza y después partirían hacia Estados Unidos. Neal tenía 32 años y era el hermano mayor de Eliza, él era un hombre bastante ambicioso y con muy pocos escrúpulos. Annie era hija de uno de sus primos y también era familiar de Albert, ella tenía 18 años y había vivido la mayor parte de su vida en Londres, ella pensaba viajar a Estados Unidos, para tomarse un descanso de la escuela y decidir qué carrera iba a estudiar.
Cuando Annie vio a Terry, lo reconoció enseguida, ella había visto una de sus películas y además, había visto publicada, en los periódicos, la nota de su accidente. Dos meses antes, ella había visto en la televisión, que lo habían declarado muerto. Por un momento, Annie no supo cómo actuar, así que decidió contarle a su tío Neal, sobre sus sospechas.
- ¿Estás segura Annie?
- Sí, es él, su nombre no es Bill, si no Terrence, Terrence Grandchester, y es hijo de una famosa actriz de teatro y de un importante empresario inglés. Él también es actor, no entiendo cómo fue que llegó hasta aquí, su familia lo estaba buscando, de hecho estaban ofreciendo una recompensa a quien diera informes de su paradero.
- Vamos a hacer esto Annie, tú no vas a decir ni una sola palabra, yo voy a viajar a Londres para ver si puedo contactar a su familia.
- Está bien tío.
Neal viajó a Londres e investigó sobre la familia de Terry, descubrió que en efecto, él era hijo de Richard Grandchester, uno de los empresarios más ricos y poderosos de la ciudad. Él consiguió la dirección de su oficina y fue a visitarlo.
- Buenas tardes, soy Neal Leagan, vengo buscando al señor Richard Grandchester – Le dijo Neal a la recepcionista.
En ese momento, Stear llegó a la oficina, él había ido a firmar unos papeles importantes, por un momento se detuvo en la recepción para que la recepcionista le entregara su correspondencia. Él no pudo evitar escuchar la conversación.
- El señor Grandchester no se encuentra en éste momento, él salió de viaje de negocios, si gusta, puede venir a buscarlo dentro de una semana o déjeme sus datos y cuando el señor Grandchester regrese, yo le digo que se comunique con usted.
- No, el asunto que vengo a tratar con él es de suma importancia, se trata de su hijo…
Stear volteó a ver a Neal - ¿Qué pasa con su hijo? – Le preguntó.
- ¿Quién es usted?
- Yo soy Stear Cornwell, un amigo muy cercano de Terry y de su familia.
- ¿Podemos hablar en privado? – Preguntó Neal.
- Sí, por supuesto – Dijo Stear y después se dirigió con Neal a su oficina.
- ¿Y bien? ¿Qué es lo que tiene que decirme sobre Terry?
- Él está vivo.
- ¿Está bromeando?
- No señor, él está vivo, en este momento se encuentra en Johannesburgo.
- ¿Él está bien?
- Sí, aunque al parecer, él no recuerda nada de su vida pasada.
- ¿Alguien más lo sabe?
- Solo mi sobrina.
- ¿Cuánto quiere por guardar silencio?
- ¿Disculpe?
- Usted y yo vamos a hacer un trato, yo le daré una jugosa suma de dinero a cambio de que usted no vuelva a repetir nada de lo que me acaba de decir…
Los ojos de Neal brillaron y una sonrisa perversa de asomó en su rostro – Muy bien señor Cornwell, tenemos un trato.
