Disclaimer: el mundo mágico y sus personajes no me pertenecen, tampoco gano dinero escribiendo esto, solo dolor y sufrimiento.

Advertencias: Relación ChicoxChico. Slow Burn. Angst. Enemies to Lovers. Hurt/Comfort. Uso de drogas en menores. Homofobia, mucha homofobia. Un mundo mágico lgbtfóbico. Mención de suicidio. Depresión. Albus Potter es un mal amigo. Si cualquiera de estos temas te incomoda, te invito a buscar otra historia. En esta se va a sufrir mucho...

Pareja: Es un slow burn, así que esto pasará muuuuucho después, pero pongo de inmediato que la pareja es James Sirius Potter con Scorpius Malfoy

Nota de la autora: ¡Buenas!

Lamento mucho la ausencia, y no, no fue por los estudios. La verdad es que me deprimí horrible y dejé en pausa todas las cosas en mi vida porque estuve a un paso de ser internada jeje... Mi cabeza veía todo muy oscuro y si bien es cierto que me gusta escribir angst, el nivel de deprimente que estaban teniendo mis escritos estaba más allá del límite. De haber seguido por esa línea y actualizar lo antes posible, habría destruído a Scorpius de una manera en que luego no podría arreglarlo :c Por lo mismo me tomé tanto tiempo con este capítulo...

El cual, por cierto, me quedó larguísimo, pero no quise quitar nada. Creo que es importante mostrar los lazos que tiene el wiwi con lxs demás y cómo va madurando emocionalmente, dándose cuenta de lo que necesita, lo que lo lastima y así...


Capítulo 36: Confidente

Una vez fuimos a la playa y mamá me compró un balde y un rastrillo. Estaba en la orilla armando un castillo de arena cuando me di cuenta que una ola se había llevado mis juguetes. Mamá me preguntó por ellos al volver a casa, le dije que los perdí. No sé por qué evité darle los detalles, tal vez me sentí culpable y tal vez quise guardar esa culpa para mí.

Después de la ruptura lo que más ansiaba era que llegasen las vacaciones de invierno, en Hogwarts tenía que actuar con normalidad, pero en casa podría deprimirme y no tendría que fingir… O eso creí. Ese año mis abuelos habían decidido pasar las festividades con nosotros, eran visitas que nunca salían bien, tensaban el ambiente y a papá. Fue por ellos que regresar a la mansión se transformó en un martirio, las crisis que ya eran frecuentes se volvieron diarias y fue cada vez más difícil ocultarlas.

—Vamos, Scorpius —masculló mi padre, intentando mantener su tono controlado.

Estábamos en medio de un desayuno y se había iniciado una nueva discusión entre la abuela Narcissa y mi progenitor. No había entendido de qué se trataba o por qué había iniciado, estaba demasiado ocupado intentando llevar aire a mis pulmones que todo lo demás había pasado a un segundo plano. Mi nombre me trajo a la realidad y por un momento pensé que había hecho algo malo y que recibiría un regaño, la idea me hizo sentir peor. Antes de que pudiera comprender la situación, papá me sacó del comedor y me hizo caminar por los pasillos hasta su laboratorio.

—¿Scorpius? —dijo mi padre una vez cerró la puerta.

—Yo…

La voz se me quebró y sentí que me asfixiaba. Papá me sentó en el sofá y me obligó a beber una poción con un sabor dulzón. Poco a poco la mala sensación se esfumó, siendo sustituida por una extraña calma. Era como estar rodeado de una nube, había algo a mi alrededor que me protegía del exterior, pero que al mismo tiempo me aislaba.

—¿Mejor? —cuestionó luego de unos segundos.

Asentí.

—Scorpius… He notado que a veces te paralizas y empiezas a hiperventilar —mencionó papá con suavidad, como si temiera que me fuera a romper—. ¿Ha pasado algo?

—No lo sé —susurré, bajando la mirada—. No pasó nada, esto… esto solo pasa.

—Quiero ayudarte y para eso necesito saber qué te ocurre, Scorpius.

Respiré hondo, subí las piernas al sofá y las abracé. Tenía muchos secretos que no quería contarle, pero si tuviera claro por qué me ocurrían esas crisis, se lo habría dicho. Papá me estaba ofreciendo su ayuda de forma genuina y era una persona tan inteligente que le encontraría solución a mis problemas, de eso estaba seguro.

—Lo siento —murmuré, intentando esconderme—. De verdad no sé qué me pasa.

—Entiendo —él suspiró y se apartó—. Podemos intentar con algunas pociones, ¿puedes describir qué es lo que sientes?

Desde su mesa de trabajo, con una pluma en mano y un pergamino enfrente, papá comenzó a hacerme preguntas sobre las reacciones de mi cuerpo y de cómo me sentía frente a ellas. Luego de analizar sus anotaciones preparó un estuche con pociones, indicándome tanto las dosis como los horarios en las que debía tomarlas.

—No es una solución —advirtió con seriedad—. Para terminar con estos episodios que describes debes eliminar el problema de raíz, Scorpius.

—Lo sé —dije, intentando no sonar demasiado a la defensiva—. Pero no sé cuál es el problema, papá.

—Ya lo dijiste, solo quiero que tengas en claro que las pociones te mantendrán calmado, pero que aún debes averiguar por qué te pasa esto —dicho aquello, levantó un vial con un líquido rojo—. Si sucede algo que te haga sentir algún síntoma, bebe un sorbo de esta, te ayudará a calmarte.

Al pasar los días, y siguiendo el tratamiento de mi padre, empecé a sentirme ajeno de mí mismo y del mundo. Ese distanciamiento evitaba que sobre reaccionara y así se desencadenara una crisis, pero también hacía más difícil identificar lo que sentía. No le di demasiada importancia y solo me refugié en esa niebla mientras las relaciones en mi casa se tensaban cada vez más gracias a mi abuela y sus intentos de controlar la vida de todos, en especial de mi padre.

—¿Te has sentido mejor? —preguntó papá unos días después.

El laboratorio donde mi padre hacía sus experimentos de alquimia había pasado a ser nuestro refugio. La abuela Narcissa odiaba tanto que papá se dedicara a cosas tan mundanas que jamás había pisado el lugar.

—Un poco, tuve que tomar la poción roja cuando discutiste con la abuela ayer —respondí con los ojos fijos en el libro—. Ya sabes, por el tema de que los Zabini pasarán las fiestas con nosotros.

Mi progenitor levantó la mirada de su caldero y me observó con el ceño fruncido. No había querido sonar acusatorio, pero no había podido evitarlo, soportar a mis abuelos y a mi madrina era demasiado para mi poca estabilidad emocional. Me hundí un poco en el sofá, sintiéndome culpable, y subí el libro que tenía en mis manos en un intento de salir de la vista de mi padre. La posición era incómoda para leer, pero no importaba demasiado, ya hace una hora que estaba en la misma página sin haber entendido ni una sola línea.

—Lo siento, tu abuela toma decisiones sin consultarme cuando se trata de Pansy —explicó mi padre con un tono cansado—. Lo que será desastroso, tus abuelos siguen con su discurso de la pureza de la sangre y este año Helios volverá a traer de invitado a su amigo, el chico Bolaño.

Solté el libro por la sorpresa y este cayó con un sonido sordo al suelo. Sintiendo mi rostro enrojecer, me agaché para recogerlo, evitando de paso la mirada de mi progenitor. Debía haber imaginado que Gabriel vendría con los Zabini, pero por alguna razón no había contemplado la posibilidad, quizás él tampoco lo habría previsto. Desde la ruptura no habíamos vuelto a hablar, el Gryffindor se había tomado en serio su política de "cero contacto" y, luego de suspender definitivamente las tutorías, había sido imposible que coincidiéramos a solas, incluso con la ayuda del mapa. No estaba preparado emocional ni mentalmente para enfrentar a mi ex novio en un sitio lleno de serpientes.

—Scorpius… —llamó mi padre.

Levanté la cabeza e intenté que mis manos temblorosas no volvieran a soltar el libro. Papá había dejado las cosas con las que había estado trabajando a un lado y me miraba como si quisiera decirme algo, pero no encontrara las palabras adecuadas. Bajé la vista y me volví a acomodar en el sofá, rogando que no me hiciera preguntas sobre el chico del tren. El año anterior le había dicho que el Gryffindor me agradaba, era probable que creyera que si venía junto con los Zabini, yo no estaría tan incómodo, cosa que habría sido verdad si Gabriel no hubiese cortado conmigo.

De pronto tuve ganas de llorar.

Mi padre soltó un suspiro y se giró para moverse hacia una estantería desde donde tomó una pequeña caja que usaba para guardar su correspondencia personal.

—La tía Andromeda no quiso aguantar a tu abuela este año y aceptó la invitación de los Scamander para ir a Gales —comentó, sacando una carta de la caja—. Si bien pasarías las fiestas en una reserva, estarías lejos de tus abuelos y de Pansy.

—¿Y tú?

—Debo quedarme aquí, soy el anfitrión —él sonrió en un intento de tranquilizarme y me entregó el sobre—. Luna nos había invitado también, puedo decirle que solo irás tú.

—¿No te molesta que te deje solo? Quiero decir… —apreté la carta entre mis dedos e hice una pequeña mueca antes de murmurar—: Luego iré a Hogwarts y no te veré hasta el verano.

Papá apoyó la diestra en mi cabeza y desordenó mi cabello con suavidad, un gesto que solía hacer mamá. Casi de inmediato apartó la mano y se acuclilló frente a mí para que nuestros ojos quedaran a la misma altura. Mantenía la sonrisa, pero su expresión se había transformado en una llena de preocupación. Era incómodo que me mirara así.

—¿Sabes qué le prometí a tu madre antes de que muriera? —cuestionó con suavidad, yo negué con la cabeza—. Que te iba a cuidar y proteger, pero fallé cuando robaste el giratiempos con Albus Potter.

Desvié la mirada, más incómodo que antes. Sabía que la aventura que había tenido con mi mejor amigo había afectado la relación con mi padre de forma positiva, pero también sabía que él la había pasado mal mientras estuve desaparecido. Papá volvió a apoyar su mano en mi cabello y yo volví a posar mis ojos en su rostro.

—Sé que llevas meses sintiéndote mal y lamento que lo único que pueda hacer por ti sea darte pociones —susurró con una expresión culpable—. Quiero que sepas que puedes confiar en mí, que siempre te voy a amar y que no me enojaré o me sentiré decepcionado si no quieres pasar tus vacaciones con la arpía de Pansy… Yo tampoco querría.

Solté una risita nerviosa y cerré los ojos. La nebulosa a mi alrededor me impedía sobre reaccionar, pero eso no significaba que las palabras de mi padre no llegaran a esa parte de mi corazón que aún estaba de luto por la muerte de mamá. Papá me dio dos palmaditas en la cabeza, se levantó y volvió a colocarse detrás de la mesa de trabajo para así continuar con la poción que había estado preparando. Dejé el libro a un lado y me concentré en la carta, era un pase para ir al refugio que el matrimonio Scamander manejaba en Gales.

—Gracias, papá —susurré.

Él sonrió sin despegar su mirada del caldero.

—Más te vale que el regalo de este año supere mis expectativas —dijo con fingida seriedad—. Y no olvides traer un recuerdo, seguro encontrarás algo extravagante.

Volví a soltar una pequeña y corta risa. Los músculos en mis mejillas se sentían incómodos y me di cuenta que llevaba mucho tiempo sin reír.

—Traeré algo muy extravagante, lo prometo —respondí con una sonrisa.

La Navidad pasó rápidamente y sin mi padre.

Era la primera vez que pasaba las fiestas sin él, pero no tuve tiempo para pensarlo con todas las actividades que los Scamander tenían preparadas. Mis días en el refugio fueron una mezcla de extrañas tradiciones y ayudar a cuidar a las criaturas que allí vivían. Estaba tan ocupado haciendo algo o jugando con los gemelos que ni siquiera pude pensar en mi corazón roto. Fueron unas vacaciones diferentes, pero interesantes.

También hizo más fácil trazar un plan para fugarme en año nuevo sin que nadie lo notara. Al igual que el año anterior, James me había invitado a una fiesta muggle, lo que era una buena oportunidad para verlo y hablar con él. Aún no le había contado sobre la ruptura, sentía que mientras no hablara de ella, no se volvería real, pero también sentía que si James estaba conmigo, no me afectaría tanto. El estúpido Gryffindor tenía la habilidad de hacerme olvidar mis problemas con facilidad y justamente eso era lo que necesitaba.

Pasé horas imaginando distintos escenarios donde le contaba sobre la ruptura a James, incluso practiqué un discurso con el que pensaba soltar todo de forma simple. Sin embargo, cuando salí de la chimenea hacia la sala de Grimmauld Place, me di cuenta que el Gryffindor aún no había llegado y comencé a tener dudas sobre si debía decirle o no, no quería arruinar la noche ni hacerla girar en torno a mí.

—¡FELIZ AÑO NUEVO! —gritó James apenas llegó a la vieja casona.

Era claro que venía de la celebración con los Weasley y que se había pasado de copas, su risa era demasiado alta y escandalosa como para considerarlo un comportamiento normal. Ninguno de los hipotéticos escenarios en los que había pensado incluían a James ebrio, no tenía ni idea de cómo actuar o qué decir. Me mantuve en silencio mientras el mayor me agarraba del brazo y me guiaba por la mansión para ir hacia la salida, intentando procesar los nuevos factores.

—¡EL TÍO CHARLIE TRAJO ALGO GENIAL! —me gritó cerca de la oreja una vez estuvimos en la calle, todavía sujetándome—- ¿Y SABES QUÉ PASÓ? ¿LO SABES? ¡CON LOS JINETES LE DIMOS UN BUEN USO!

Colocó su palma izquierda a pocos centímetros de mi cara, sin detener su caminata zigzagueante. Tenía la mano vendada, así que no podía ver la herida que seguramente me quería mostrar, aunque por el olor a aloe vera y leña que desprendía las vendas supuse que se trataba de una quemadura a la que le habían dado primeros auxilios. Le agarré la muñeca y le hice detenerse para así poder analizar su mano.

—¿Pero qué trajo tu tío como para que tú y tus primos terminen lastimados? —cuestioné entre asombrado y preocupado con los ojos fijos en la venda—. ¿Te duele? ¿Estás bien?

James soltó varias carcajadas y empezó a contar una historia que incluía a un tal tío Dudley y a unos gnomos. Reanudó la caminata y me arrastró con él, parloteando sobre una serie de anécdotas que le habían ocurrido en la academia o con sus primos, saltando de una hacia otra sin concluir ninguna. El Gryffindor no estaba en su mejor momento y yo estaba demasiado ocupado en hacerlo caminar en línea recta y evitar que chocara con otros transeúntes como para cuestionarlo sobre lo que había traído su tío Charlie.

Sin darme cuenta todos mis problemas habían desaparecido de mi mente, tenía toda mi atención en James y su integridad física.

A medida que caminábamos por las calles londinenses, James empezó a relatar anécdotas más coherentes y a no necesitar mi apoyo para caminar. Creí que se le había bajado un poco la borrachera, pero cuando llegamos a nuestro destino, una residencia desde donde se escuchaba el ruido amortiguado de una fiesta, volvió a comportarse como un borracho fastidioso.

—Esta vez no te irás de mi lado —advirtió James, tomándome la zurda con su mano buena—. Tampoco te dejaré beber tanto, solo un vaso. ¡No! Un sorbo, solo un sorbo.

—No seas así —me quejé, entrando detrás de él a la gran casa.

—¿Y dejar que te emborraches y me vomites de nuevo? —James cerró la puerta detrás de nosotros y me miró con una ceja alzada, la música sonaba más fuerte en el hall—. ¡Absolutamente no!

Quise objetar, pero mi atención fue a una de las puertas desde donde salió una chica vestida de negro, llena de cadenas y con el cabello de un color rojo sangre. La joven se nos acercó y solo cuando me sonrió recordé a la amiga muggle de James que me había consolado en el verano.

—¡Estrellita! —chilló ella, tirándose encima mío para abrazarme.

Di un paso hacia atrás por el impulso y sentí un tirón en el hombro, James aún me sujetaba, así que quedé con el brazo extendido mientras la chica me saludaba de forma efusiva. Me quejé por lo bajo y apenas capté un par de preguntas de todo el bombardeo que Marina me hizo, parecía muy interesaba en mi vida amorosa y mis sentimientos. Antes de poder abrir la boca, James tiró de mí, alejándome de la joven. Sus dedos se habían entrelazado con los míos, por lo que se me hizo más difícil escapar.

—¿A mí no me saludas? —reclamó el Gryffindor.

—Por eso odio a los deportistas populares —respondió Marina, rodando los ojos—. Se creen el centro del universo.

Ambos se pusieron a discutir y me arrastraron hacia el interior de la casa sin darme tiempo de opinar. Empezaba a comprender que tendría que enfrentar esa noche con absoluta resignación.

Estar de fiesta pegado al Gryffindor era toda una experiencia, no se podía quedar quieto y nos insertaba en cualquier grupo, saludando a un montón de personas que luego esperaban que yo me presentara y los saludara también. Marina me salvó un par de veces, llevándonos a la improvisada pista de baile donde no teníamos que hablar con nadie, pero ni siquiera en esas situaciones James me soltó, parecía que nuestras manos se habían quedado pegadas para siempre.

Varias personas se nos habían acercado ofreciéndonos vasos y botellas. El Gryffindor aceptaba todo el alcohol que llegaba, agarrando vasos y botellas con su mano vendada para mantener nuestras manos unidas. Fiel a su palabra, no me dejó beber nada, todo lo consumió él. Su nivel de borrachera aumentaba rápidamente, lo que lo hacía más pegote y pesado.

De nuevo fue la chica muggle quien se preocupó por mí y, al verme tan asfixiado, nos llevó al descanso de una escalera y me entregó una extraña y burbujeante bebida negra. Al principio me pareció horrible, pero a medida que le daba sorbos, le fui agarrando el gusto.

—Increíble que nunca hayas tomado Coca Cola —mencionó Marina, de pie y apoyada en la pared, fumando tranquilamente un cigarrillo.

—Ya sabes, una comunidad —explicó el Gryffindor arrastrando las palabras—. No hay de esas cosas.

James había decidido sentarse en uno de los escalones, apoyando la cabeza contra la pared con los ojos cerrados. Por su posición y por nuestras manos aún unidas tuve que acomodarme a su lado. Lo observé de reojo mientras le daba un nuevo sorbo a la Coca Cola, el futuro auror se veía mal, pero seguía bebiendo, llevándose una botella de cerveza a la boca con su mano herida.

—Hombre, deberías parar —mencionó Marina.

El Gryffindor subió nuestras manos unidas y levantó el dedo corazón, enseñándoselo a la chica. Ella rodó los ojos y se me acercó para colocar el filtro de un cigarrillo entre mis labios, no dudé en dar una calada y dedicarle una sonrisa como agradecimiento. Marina se había autoimpuesto el trabajo de darme cigarrillos y sujetarlos cuando yo no podía, realmente era mi salvadora en aquella fiesta.

—Esa mierda huele mal —refunfuñó James, bebiendo un poco más de su cerveza.

—Entonces suelta a la estrellita y deja que se pare a mi lado —respondió la joven.

Habían discutido lo mismo ya tres veces.

—Serás mi esposa, pero no te comparto a Scorpius —murmuró el Gryffindor—. Es mío.

Para reafirmar su punto, James me rodeó con el brazo con el que sujetaba la botella y me rodeó para darme un abrazo. Algo de cerveza cayó en mi espalda y apenas logré apoyar la mano libre en una de las piernas del mayor para no caer cuando me empujó hacia él. Había perdido la cuenta de todas las veces que el futuro auror me había abrazado de improviso en lo que llevábamos de la noche. El problema era que en ese momento estábamos sentados y no había forma de estar cómodo en esa posición.

—James, ¿me sueltas? —pedí, levantando un poco la cabeza para verlo.

Su rostro estaba a centímetros del mío, aunque él estaba demasiado ocupado observando mal a la chica muggle como para notarlo.

—Todo lo que es tuyo es mío, ¿recuerdas? —dijo al mismo tiempo Marina—. Si tienes a Scorpius, yo también puedo tenerlo.

James frunció el ceño al notar aquel detalle. Al parecer el supuesto matrimonio y mi hipotética tutela eran más importantes que escucharme. De un momento a otro el Gryffindor bajó con brusquedad la cabeza, lo que hizo que su boca, en específico sus dientes, chocaran contra mi nariz.

—¡Ay!

Cerré los ojos y me tiré hacia atrás por instinto luego del golpe. James al fin me había soltado del abrazo, aunque mantuvo nuestros dedos entrelazados, y empezó a balbucear disculpas. Dejé el vaso con la gaseosa sobre un escalón y llevé la mano hacia mi nariz para asegurarme de no estar sangrando, al parecer solo había sido un golpe doloroso.

—¡No lo puedo creer! —exclamó Marina entre carcajadas—. ¡Pudo ser romántico! ¡Pero fue cómico!

La chica se siguió riendo y pronto James y yo nos unimos. Se sentía extraño estar tan feliz por una tontería, pero me gustaba la sensación. Era como si no tuviera preocupaciones o fueran demasiado pequeñas como para prestarles atención. Cuando nos calmamos, Marina y yo comenzamos a hablar sobre mitología griega y nórdica, ella sabía mucho y a mí me gustaba escuchar las historias desde un punto de vista muggle. Estaba tan enfocado en el tema que no noté que James estaba dormitando sobre mi hombro hasta que en un momento de relajo soltó la botella y se sobresaltó por el ruido. Por suerte no la había roto.

—¡Muy bien! ¡Es hora de ir a casa! —exclamó Marina, recogiendo la botella.

—¿A casa? —pregunté confundido.

—No quiero, estoy bien aquí —balbuceó el futuro auror.

—A mi casa, estamos cerca de mi edificio —me explicó la joven para luego enfocarse en el Gryffindor—. Vamos, James, son solo 10 minutos caminando.

El futuro auror se recostó sobre los escalones y lloriqueó, parecía un niño haciendo un berrinche. Nunca había lidiado con James borracho, siempre había sido al revés, no tenía ni idea de qué debía hacer. Marina parecía tener más experiencia porque pronto consiguió que el Gryffindor se levantara y bajara las escaleras, mi único aporte fue sacarlo a la calle luego de jalar nuestras manos unidas.

Afuera estaba helado y había un poco de niebla, tuve un escalofrío y rogué que Marina se apresurara en llegar con nuestros abrigos. James cambió su actitud berrinchuda apenas sintió la brisa fría, pero eso no hizo que fuera más fácil tratar con él. Cuando la chica muggle salió con nuestros abrigos y bufandas, el Gryffindor no quiso soltarme ni escucharnos, más ocupado en cantar a todo pulmón algo inentendible. Nos tomó un par de minutos lograr que dejara de sujetarme y apenas estuvimos bien abrigados, volvió a agarrar mi mano y entrelazar nuestros dedos. Lleno de energía comenzó a caminar, parloteando a gritos y riendo cada dos frases.

—Espero que el aire frío le baje la borrachera —rezongó Marina a mi lado.

Las calles estaban casi vacías. Pequeños grupos se movían para ir a la siguiente fiesta o, como nosotros, para volver a casa. Cada movimiento imprevisto de James me jalaba el brazo y me hacía trastabillar, lo que hacía más lenta nuestra caminata. Marina me dio otro cigarrillo y, aunque el Gryffindor se había quejado un poco, pronto se le olvidó el tema del humo y el olor.

—¡Quiero papas! —chilló James unos minutos después—. ¡Vamos allí!

Mi mano fue jalada de nuevo cuando el futuro auror señaló un pequeño local donde jóvenes se reunían. Marina resopló, me dio un vistazo y luego al sitio.

—Esta vez invito yo —dijo la chica con un suspiro resignado para luego ir hacia el muggle que atendía.

No tuvimos que esperar mucho para que nos dieran tres cartones con nuestras papas fritas. Marina se fue a echarle alguna salsa a las suyas y James al fin me soltó cuando se vio obligado a usar las dos manos. Moví los dedos acalambrados y observé a mi alrededor de forma distraída, cada comensal estaba en sus propios asuntos, charlando con sus acompañantes o comiendo con la mirada perdida.

Cuando regresaron, James me dio un pequeño empujón con la cadera y señaló con la barbilla unos escalones de un edificio, estaba demasiado ocupado en llevarse varias papas a la boca como para hablar. Los tres nos sentamos en la escalera, con Marina un escalón más arriba y al medio de nosotros. Agarré una papa frita y me la llevé a la boca, no supe que tenía hambre hasta que la degusté. Por unos segundos reinó el silencio, estábamos más ocupados en tragar nuestras papas fritas que en tener una charla.

—¿Ya estás contento, James? —preguntó la joven, tirándose hacia adelante—. ¿Serás un niño bueno y dejarás de quejarte?

—Siempre estoy contento cuando estoy contigo —canturreó James, dejando un sonoro beso en la mejilla a la chica—. Por eso nos vamos a casar y soportarás mis quejas.

Marina hizo una mueca de asco al mismo tiempo que se apartaba y se limpiaba la mejilla. Casi de inmediato James soltó una fuerte carcajada, a lo que la joven le dio un empujón y masculló unos cuantos insultos. El Gryffindor pidió fingidas disculpas para luego apoyar su cabeza en el regazo de la chica, ella soltó un suspiro derrotado y, finalmente, le robó unas cuantas papitas. Me quedé inmóvil mientras la escena se desarrollaba, era curiosa la relación que tenían. El futuro auror parecía estar cómodo en presencia de la chica, lo que era extraño, Marina era muggle y no sabía que éramos magos, pero aún así James se veía más como él mismo alrededor de ella, sin colocar esa máscara burlesca que usaba en Hogwarts.

—Oye, Scorpius —llamó el Gryffindor, sacándome de mis pensamientos.

—¿Sí? —pregunté mirándolo.

—¿Vas a contarme qué te pasó?

Ladeé la cabeza y lo observé confundido, sin entender del todo su pregunta. James estaba ebrio, era claro por la forma en que hablaba, pero la sonrisa se le había borrado y se había vuelto a enderezar, quería tener una conversación seria.

—¿A qué te refieres? —pregunté algo a la defensiva.

—¡Pasó algo! ¡Lo sé! Estás… Estás… —el Gryffindor se desordenó el cabello frustrado y observó a Marina quien solo se encogió de hombros—. ¿Cómo se dice…? ¡Ah! Triste. ¡Sí! ¡Eso! Estás triste.

—Yo no…

—¡Shh! ¡Sin mentir! —James me apuntó con una papita—. ¡Dime! ¡No! ¡Dinos! Con Marina somos buenos guardando secretos.

—Es solo… —pensé en mentir, no había planeado un escenario así, pero era un buen momento para contarle, así que opté por confesar—. Es solo que Gabriel terminó conmigo hace unas semanas atrás.

Los tres nos quedamos callados. De improviso James le entregó el cartón con las papas a Marina y se me acercó para darme un fuerte abrazo. Aunque me sentí asfixiado, también me sentí consolado. Revelar lo que había pasado lo hacía real, pero al mismo tiempo me quitaba un peso de encima, había tenido que guardarme todo porque era una relación secreta y eso no me estaba haciendo bien. Sentía que ahora podía avanzar.

—¿Quieres hablar de eso? —preguntó dudoso, sin soltarme.

Negué con la cabeza y apoyé mi frente en su hombro. Debajo del olor a frituras, humo y alcohol podía notar el aroma de James. Era suficiente si podíamos estar así, solo necesitaba recargarme con ese olor a verano.

—No quiero pensar en él —susurré—. No había pensado en él hasta ahora.

—Bien —James se apartó, aunque dejó sus manos apoyadas en mis hombros—. ¡Bien!

Retomamos nuestro camino luego de comer en un incómodo silencio. Si bien el Gryffindor parecía estar algo más lúcido luego de llenarse el estómago, volvió a comportarse como un mocoso mimado cuando llegamos al edificio y se negó a subir al ascensor, obligándonos a usar las escaleras.

—¿Quién diría que una caminata de 10 minutos nos tomaría una hora? —bufó Marina.

La chica abrió la puerta de su departamento, dándonos espacio para que entráramos. El futuro auror pasó primero y fue directo hacia el sofá donde se recostó, abrazándose a un cojín y desde donde empezó a murmurar despedidas.

—¡Ay, no! ¡James! No te duermas allí —la chica hizo una mueca y me miró—. Acostémoslo en el antiguo cuarto de Sean.

No recordaba quién era Sean ni cuál era su cuarto, pero de todas formas ayudé a la joven a levantar al Gryffindor y hacerlo caminar hacia uno de los dos dormitorios del departamento. Era el mismo cuarto al que James me había llevado la primera vez que estuve allí, aunque ahora estaba prácticamente vacío, solo había una cama hecha y un clóset vacío.

Entre Marina y yo logramos recostar al Gryffindor, quien soltó un par de quejas y dio unos manotazos mientras le quitábamos la bufanda, el abrigo y los zapatos. Dejó de moverse cuando la muchacha lo cubrió con las sábanas. James se acurrucó usando casi toda la cama y nos dio las buenas noches en un balbuceo.

—¡Dios! Se pone tan pesado —se quejó Marina—. James, muévete para allá, dale espacio a Scorpius.

El Gryffindor refunfuñó y se movió hacia el rincón. No pude evitar reírme, siempre era yo el que estaba en peor condición, era extraño que los papeles se intercambiaran. La chica se giró hacia mí y me sonrió.

—Ven, haré un poco de té… Tengo solo bolsitas, no es problema, ¿verdad?

Le devolví la sonrisa y la seguí hacia la cocina. Me quedé en el marco de la puerta para no molestar mientras ella preparaba las infusiones. La chica solo me habló para preguntarme si quería azúcar o leche, pero en general se mantuvo callada. Me sentía cómodo en ese silencio.

—Sé que no nos tenemos tanta confianza, pero puedo escucharte —dijo Marina al entregarme una taza—. James es un amor, pero es idiota. Si quieres, puedes desahogarte por lo de tu ex conmigo.

—Estoy bien —mentí, agarrando con fuerza la oreja de la taza.

La chica suspiró y negó con la cabeza. Salió de la cocina y fue hasta la sala donde dejó su té apoyado en un pequeño librero.

—Estrellita, no finjas que no te duele —dijo con suavidad—. Una ruptura nunca nos deja bien.

Las luces estaban apagadas, pero el exterior iluminaba lo suficiente como para distinguir nuestro alrededor. Marina se apartó para abrir una ventana y luego se acomodó en el sofá. Algo dudoso me senté a su lado. Enseguida ella extendió una manta gruesa sobre nuestras piernas, la brisa fría que entraba era contrarrestada con aquella tela. La joven colocó un cenicero entre nosotros, sacó su cajetilla, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar.

Me estaba dando tiempo y espacio, podía percibirlo.

—Es solo… es que es complicado y no lo entiendo —comencé inseguro, jugueteando con la taza—. James me daría una solución, pero…

—Pero es idiota, lo sé —concluyó ella por mí—. James cree que solo hay una forma de hacer las cosas: la suya. Entiendo que no puedas hablar con él sobre esto, antes ya te obligó a decir cosas cuando aún no estabas preparado.

Por alguna razón Marina me daba una extraña confianza. Desde la primera fiesta en la que nos vimos siempre había sido amable conmigo y era tan inteligente e intuitiva que me leía fácilmente. Sentía que, aunque yo no supiera decir algo, ella me entendería. Además, apenas me conocía, no tenía ninguna expectativa sobre mí que yo pudiese romper como tampoco prejuicios que le impidieran escucharme. Al parecer el anonimato me daba confianza para abrirme.

—Las cosas se complicaron a mi alrededor y en algún punto cometí un error —murmuré, observando mi bebida—. Gabriel no me explicó qué hice mal, solo… solo terminó conmigo.

—¿Fue por lo del verano?

Negué con la cabeza y di un sorbo al té.

—No, dijo que no tenía que ver con Albus, pero… —me hundí un poco en el sofá—. Yo siempre estaba con Albus, porque él estaba enojado conmigo y Gabriel… ¡Ah! —negué con la cabeza, lleno de frustración—. Es que esto viene desde hace meses e involucra a más gente.

Marina asintió de forma comprensiva y encendió otro cigarrillo, ofreciéndomelo. Le di una calada, esperando que la ansiedad disminuyera. No quería tomar de las pociones que me había dado papá porque sabía que era algo extraño para los muggles, así que me debía conformar con otros métodos. Recién en ese momento me di cuenta que no había necesitado de esas pociones hasta ese momento, James realmente lograba que olvidara mis problemas.

—Puedes contarme si quieres —volvió a ofrecer Marina en voz baja.

Respiré hondo, le devolví el tabaco y traté de ordenar los acontecimientos en mi cabeza.

Luego le conté todo.

Le hablé sobre todas las cosas que habían pasado desde que el año escolar había comenzado, sacando al fin lo que me había guardado por meses. Había muchas cosas que no podía decirle a Albus, aunque era mi mejor amigo; había otras que no podía compartir con Gabriel, incluso cuando éramos novios; y había algunas que no podía hablar con James. En algún momento de mi vida todo lo importante se volvió algo que debía ocultar y poder decirlo en voz alta después de tanto tiempo me sacaba un peso que me había estado hundiendo cada vez más.

—Entiendo que es una situación difícil y creo que por lo mismo no te has dado cuenta de lo que en verdad sientes —dijo Marina cuando terminé de hablar—. El sol siempre sale, así que a veces nos olvidamos de su existencia. Para ti debió ser tan natural enamorarte que no lo notaste, pero tu ex sí lo hizo.

Un incómodo vacío se instaló en mi estómago ante las palabras de la chica.

—De verdad no hay otra persona —murmuré desanimado.

Nos habíamos acurrucado en el sofá y la manta casi nos cubría por completo, solo teníamos los brazos y las cabezas fuera. Entre nosotros, sobre un cojín, se equilibraba el cenicero y en el librero habían sido abandonadas nuestras tazas ya vacías. Llevábamos tres cigarrillos entre los dos y podía notar que mi garganta estaba resentida por el exceso de humo.

—Cuando te enamoras estás dispuesto a hacer cualquier cosa para que la otra persona sea feliz, cada vez que dices su nombre o su rostro llega a tu mente sonríes y sientes mariposas en el estómago, siempre le estás buscando con la mirada y el mundo se vuelve perfecto cuando hacen contacto visual —susurró ella—. Al amar intentamos sacar nuestra mejor versión de nosotros y nos volvemos estúpidos porque apreciamos todo lo bueno.

—Me pasaba eso con Gabriel, sentía mariposas, quería que fuera feliz y que no viera mi lado patético —dije rápidamente—. ¿Por qué nadie me cree que de verdad me gusta él y no alguien más?

—No quiero decir que no querías a tu ex, Scorpius —aclaró mientras se giraba hacia mí para mirarme—. Quiero decir que tu ex no era la primera persona en la que pensabas al despertar o irte a dormir, no era la persona a la que querías contarle todo lo que te pasa, por muy tonto que fuera, no era la persona de la cual recuerdas cada pequeño detalle y no era la persona por la cual harías cualquier cosa para que nunca pierda la sonrisa.

Enterré mis uñas en las palmas y traté de no centrarme en la incómoda sensación que me empezaba a envolver.

—¿Esos no son los amigos? —murmuré.

—¿Eres así con tu mejor amigo? —preguntó de vuelta—. ¿Las cosas parecen mejor cuando estás con él?

Ni siquiera tuve que pensarlo cuando negué con la cabeza y observé hacia el frente. Sentía que estaba en una de esas situaciones donde todos sabían qué hacer, menos yo, como si en mi sistema no existiera ese razonamiento obvio que los demás tenían. Marina me dio suaves palmaditas en el hombro y me sonrió cuando la miré.

—En el fondo tú sabes quién es esa persona, Scorpius, solo necesitas entender tus sentimientos —mencionó mientras se levantaba—. Ahora será mejor que duermas un poco.

No supe qué responder, así que solo me despedí y me fui hacia el dormitorio donde estaba James. Tenía un par de horas antes de tener que volver al Refugio, pero estaba seguro que no podría dormir, aunque sí quería descansar. Al ver al Gryffindor usando casi toda la cama suspiré y lo empujé un poco para recostarme dándole la espalda, tratando de tirar de las sábanas para cubrirme. James, aún dormido, movió un brazo para abrazarme y apegó su pecho contra mi espalda. Por alguna razón quise darle un codazo, pero solo quedó como un pensamiento.

—¿Por qué tienes que ser tan James Potter? —me quejé en un murmurllo, frunciendo el ceño—. Tú me habrías dicho… Me habrías dicho con esa sonrisita de superioridad, habrías dicho algo como… —carraspeé y me preparé para imitar la voz del mayor—. "Esa inteligencia tuya logra que puedas follar en la torre de Gryffindor sin ser descubierto, pero es incapaz de relacionar el hecho de gustar con tal persona. No me sorprende del chico que tuvo una crisis porque se besó con el que le gusta y me terminó vomitando encima".

Hice tan buena imitación que resoplé enojado con James. Lo que era estúpido, el Gryffindor estaba demasiado muerto como para haber hecho algo. Pero de todas formas tomé su brazo y lo aparté con brusquedad.

—Buenas noches, estúpido James Potter —murmuré, quitándole las sábanas.

Casi de inmediato me dio remordimiento, por lo que tuve que asegurarme de cubrirlo bien. La mitad de su cara se aplastaba contra la almohada y de su boca entreabierta caía baba, además apestaba a cerveza y a frituras, un olor que venía de su aliento cálido, de sus ropas y su cabello. Era la primera vez que lo veía durmiendo tan ebrio. Le piqué la mejilla y James se removió un poco, aproveché de usar más espacio de la cama. Creí que sería difícil conciliar el sueño, pero apenas cerré los ojos me quedé profundamente dormido.

Si lo pienso ahora, siempre fue fácil adivinar quién me gustaba más, todas las señales estaban allí. Sin embargo, eso no significó que los hechos no fueran complicados. Los seres humanos somos complejos, así que las relaciones que entablamos también lo son. Quizás me habría gustado darme cuenta antes de mis propios sentimientos para haber disfrutado más mi adolescencia. Aún así no me arrepiento de todos los momentos que viví, cada uno fue especial y me llevó a estar en el sitio correcto en el momento correcto. Y es que al final solo me quedaron los recuerdos de esos momentos, de una felicidad efímera.


¡Muchas gracias por leer!

Como se habrán dado cuenta estamos en el paso de "superar a tu ex" y el "date cuenta amiga", ambos tomarán un poquito más porque desarrollo de personaje, especialmente el segundo jeje
También conseguimos que nuestro bebé tenga un método para lidiar con su ansiedad, aunque habrá que ver si en Hogwarts le funciona...

Nos vemos en el próximo capítulo: Abrir los ojos