Amor de verano

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 16 La tristeza nos acecha

Neil y Candy se encontraban bien atareados peinando y maquillando a Karen Villalobos, la nueva imagen para la campaña del cáncer de mama. Una chica alta, escultural, castaña, de grandes y hermosos ojos marrones, con una personalidad extrovertida y a veces desesperante. Era exigente y tenía una prepotencia difícil de tragar. Había estudiado con Terry y prácticamente habían sido amigos desde la adoslecencia y por su experiencia Terry le dio la oportunidad de que trabajara ahí. Candy tenía un mes y medio trabajando ahí también y la mitad de ese tiempo soportando a Karen.

-Candice... esta combinación de sombras no me cuadra, no sé... no me siento yo. Neil, amor, por favor, ¿podrías maquillarme tú?

Se notaba que Karen no soportaba a Candy y lo demostraba cada vez que podía y luego que Candy se esmeraba dejándola hermosa para todos los ojos, menos para los de ella, Karen siempre tenía una queja hasta por el más mínimo detalle, pero este día, Candy no se encontraba en su mejor momento, su pasiencia estaba agotándose.

-Mira, Karen, ¿por qué no dejas a Neil como tu maquillista personal? No me lo tomes a mal, pero tu altanería ya me tiene harta. Si no te gusta como trabajo, ¿por qué diablos te sientas en mi silla y no te vas directamente con Neil?

El tono de Candy no fue nada amigable y tanto Karen como Neil se quedaron en shock.

-No te preocupes, Candy, yo me encargo, tómate un descanso.

Dijo Neil tratando de salvar la situación, conocía a Karen y lo quisquillosa que era, pero también conocía a Candy y había peligro.

-No se trata de eso, Neil, es obvio que no me soporta y siempre busca la manera de quejarse de algo. Esta es la última vez que trabajo con ella. De ahora en adelante, si tú no estás, que venga el diablo a maquillarla, porque yo no.

Candy estaba fuera de control.

-¿Qué pasa aquí? ¿Candy, bebé, qué pasa?

-¡Que no la soporto! Eso pasa.

Gritó Candy y salió sin mirar a nadie dejando a Terry desconcertado.

-Tranquilo, Terry, si ella no quiere hacer su trabajo y no acepta sugerencias...

Empezó a decir Karen, pero Terry la dejó con la palabra en la boca y se fue detrás de Candy y la encontró en el área de descanso de los empleados.

-Princesa... ¿Puedes explicarme ahora que pasó?

-¿Por qué la trajiste? Me ha hecho la vida imposible desde que llegó y todos se dan cuenta menos tú. No pierde tiempo para humillarme y critica mi trabajo delante de todos restándome credibilidad. Todos los días se sienta en mi silla para que la maquille y luego me hace removerle todo el maquillaje porque no le gusta y luego le pide a Neil que la maquille él. Lo hace a propósito.

La voz de Candy sonaba furiosa y Terry la miraba con comprensión. Sabía que Karen era un poco difícil, pero pensaba que Candy estaba exagerando.

-Princesa, yo sé que Karen no es fácil de digerir, pero trabaja bien y tiene un contrato, no puedo...

-!Nunca puedes nada, Terrence! O la asignas a otra área o me voy.

-¡Candice! Cálmate, por favor. No eres una niña y te he dicho que no me gusta que me hables así. Tú querías trabajar y en los trabajos no todo nos gusta, siempre habrá algo o alguien que nos resulte incómodo y no podemos mandar todo al traste cada vez que algo no nos agrade.

-No se trata de que no me agrada, Terrence. Es de las provocaciones de ella. ¿Es que no lo ves? Una cosa es que no me caiga bien y otra que se dedique a fastidiarme todo el tiempo. ¿Por qué tengo que soportar eso? ¿Cómo te sentirías tú si después que dejas todo tu pellejo grabando un comercial que sabes que es perfecto y que luego te digan que no lo quieren y se lo pasen a otro? Todo el tiempo.

Terry se quedó callado unos segundos. Ahora entendía su frustración. Eso le había pasado a él con su primer comercial y con los dos o tres que le siguieron a ese, hasta que al fin dio el hit con el comercial de halloween.

-Hablaré con ella, amor.

Le dijo Terry ya más calmado y tratando de acercarse.

-Hablarás con ella, sí, gran cosa. Ella seguirá haciendo lo que le de la gana y...

- Hola, Terry, disculpa, ¿se puede?

-Pasa, Karen, llegas en buen momento.

Candy torció los ojos, eso era lo que le faltaba.

-Yo quería disculparme si tal vez hice sentir mal a alguien... no fue mi intención...es que yo sólo quería quedar perfecta y... Candy... tú me maquillaste muy linda, pero no es mi estilo.

-Karen, vete al diablo.

Dijo Candy se marchó dejándola con la boca abierta. Tomó sus llaves, se dirigió a su jeep y luego de quedarse un rato con el motor apagado, pensando y secándose las lágrimas, arrancó y se fue a casa.

-Terry... yo no sé que le pasa a ella, yo sólo...

-Karen, eres una piedra en el zapato y lo sabes. Te estoy dando una oportunidad porque eres una buena modelo y muy profesional en lo que haces, pero creo que a veces te estás excediendo. Creo que tendré que cambiarte de área. Eres la única que se ha quejado del trabajo de Candy, mientras las demás aclaman porque las arregle ella. El mismo Neil aceptó encantado, ¿cuál es el problema?

-Ah claro, defiéndela. Como es tu novia... Tú la consientes demasiado y ella no es más que una niña malcriada. ¿Desde cuando te gustan las niñas, Terry? ¿Qué edad tiene ella, diesciseis?

-Muy bien, Karen, desde ahora estás asignada con Nannette. Ya Candy no será tu maquillista. Tu contrato termina en un mes, buena suerte en otra empresa.

-Terry... no estarás pensando... sólo porque tu noviecita...

-Mi mujer. Me conoces, Karen y sabes que hay muchas cosas que no soporto, una de ellas y la más importante es que se metan con ella. Ya no tendrás motivo ni ocación para coincidir con ella, así que si me entero que estás molestándola o que tratas de entorpecer su trabajo, vamos a tener serios problemas, Karen. Tú me conoces bien cuando estoy molesto.

-Pero, Terry...

-No quieras aventurarte por esos terrenos, Villalobos.

Le dijo Terry y se fue a su oficina dejándola a ella ahí plantada. Karen tenía una rabia incontrolable. Siempre había hecho lo imposible para que Terry se fijara en ella, pero a él simplemente le era indiferente su presencia. Karen siempre le pareció muy frívola y caprichosa para su gusto, además de que era trasero caliente como Susana y ese era motivo suficiente para que Terry se mantuviera a diez metros de ella en ese aspecto.

-¿Cómo dices, Albert? Voy para allá ahora mismo.

Candy tomó sus llaves apresuradamente y se montó en su auto directo hacia el hospital oncológico. Su madre había recaído.

-Dios mío, por qué tiene que pasar esto ahora, por qué...

Se decía Candy en su auto cuando ya se econtraba en el estacionamiento del hospital. Se secó las lágrimas para que su madre no la viera en ese estado.

-¡Albert!

Corrió hacia él abrazándolo. Lo encontró con el rostro bien abatido, sus ojos azúl cielo reflejaban una tristeza profunda y tenía una barba de varios días.

-Candy... el tumor está creciendo... va a tener que iniciar quimioterapias.

Le dijo Albert con un hilo de voz sin deshacer el abrazo.

-Pero... ¿cómo? Si ella estaba bien... estaba feliz...

-Esto es así, princesa... pero ella, ella no está triste. Está muy tranquila, tiene mucha fe...

-Quiero verla, Albert.

-Vamos.

Ambos se dirigieron a la habitación de Rosemary. Candy hizo su mayor esfuerzo por no llorar al encontrarla dormida en esa cama tan fría. Con el pelo desaliñado, un suero y un respirador. William se encontraba fielmente a su lado. Se veía cansado, ojeroso y abatido.

-Papi...

Fue Candy a los brazos de su padre ya sin contener las lágrimas.

-No llores, princesita, no lo hagas. Tu mami es muy fuerte, va a salir de ésta como siempre lo ha hecho.

-Es que no es justo... no quiero perderla, papi, no quiero.

Candy lloraba amargamente y Albert no podía soportarlo. Todo se había juntado, la separación con Paula que no sabía nada de ella desde el día que se despidieron y ahora su madre...parecía querer abandonarlo también.

-No vas a perderla, Candy... Ella está luchando.

Le decía William haciendo un esfuerzo sobrehumano para no desbordarse en llanto también.

-Candy... mi niña hermosa...

-¡Mami! Estoy aquí, mami.

Fue Candy directamente a ella abrazándola y besándola.

-Candy, no estés triste... yo estoy bien... se necesita más que un cáncer para acabar conmigo, chiquita.

Rosemary rió y Candy le dio una débil sonrisa.

-Mami, tú no me puedes dejar ahora... por favor. Tienes que pelear, yo no voy a dejarte nunca...

-Candy, ¿quién dice que voy a dejarte? Aún me falta conocer a mi nieto.

Le dijo Rosemary con los ojitos llenos de emoción y acariciando el vientre de Candy.

-Mami... yo... todavía...

-Tienes ese brillo en la mirada, pequeña...

-Disculpe que les interrumpa, mis amores, pero ya la visita terminó. La señora tiene que descansar.

Anunció la enfermera amablemente. Una mujer de mediana edad, negra, con la sonrisa más dulce que se haya podido apreciar.

-Yo quiero quedarme con mi mamá.

Dijo Candy decidida.

-No, cariño, me quedaré yo. Tengo un permiso especial. Tú ve al lado de tu marido, princesa. Lo necesitas ahora más que nunca.

-Pero papá...

-Candy, hazle caso, deja que sea él quien esté a su lado.

Le dijo Albert poniéndole una mano en el hombro.

-Así es, mi niña, tú ve con Terry. Me debes un nieto hermoso.

Le dijo Rosemary guiñándole un ojo a su hija.

-Adiós, mami.

Candy le dio un beso en la frente y abandonó la habitación junto con Albert. Cuando llegaron al estacionamiento Candy estaba un poco más calmada.

-Albert... sé que lo de mamá nos está afectando a todos, pero a ti... te pasa algo más...

-No es nada, princesa. No quiero hablar de eso.

Le dijo Albert a la defensiva.

-Está bien, William Albert White. Pero por si acaso... ella está en la villa de Cabo Rojo.

Le dijo Candy y se montó en su jeep antes de que él pudiera reaccionar.

-Elly, ¿no vas a cenar?

-No, Tommy...

-¿Por qué, linda, te sientes mal?

-Es que... no sé, pero esos spaguetties... no me apetecen, come tú amor.

-No quiero que te acuestes sin cenar. Ven aquí, yo de daré los spaguetties para que sepan mejor.

Tom se la sentó en la piernas y con el tenedor enredó un poco de spaguettie y sólo se lo acercó a la boca cuando ella se paró de pronto con unas náuseas terribles.

-Perdóname, Tommy. Ahora vuelvo.

Él se quedó preocupado. No quería que ella fuera a enfermarse ahora que había separado un fin de semana completo para pasarlo con ella. Diez minutos después, Eliza estaba de vuelta con él.

-¿Qué tienes, Elly?

Le preguntó abrazándola y ella bajó el rostro y lo miró con temor.

-Tommy... es que yo...

-Dime, linda, lo que sea. ¿Quieres que te lleve al médico?

-No, amor, no hace falta.

Le dijo con el rostro apagado.

-¿Entonces...?

-Tommy... estoy embarazada. Seis semanas.

Le soltó sin poderlo mirar. No pudo evitar recordar aquél fatídico episodio hace dos años. Tom se quedó paralizado por unos minutos.

-Elly...

Murmuró con los ojos aún muy abiertos.

-Tom... yo... voy a tener este bebé... con o sin tí.

Le dijo firme y él salió de su estupor.

-¿Con o sin mí? ¿De qué hablas?

-De que no voy a...

-¿Qué? ¿Tú piensas que yo te iba a dejar sola? ¿Todo este tiempo y no me conoces, Eliza? ¿Por qué estás deduciendo que no lo quiero?

Le preguntó molesto. Le hervía que ella lo comparara todavía con aquél desgraciado.

-No quise decir eso, Tommy, sólo fue en caso de que... bueno, esto no fue planeado, no sabía cuál sería tu reacción y quise dejarlo todo claro...

Le explicaba nerviosa.

-Elly... necesito que por favor confíes en mí. Necesito que entiendas que te amo y que yo jamás te haría daño en ningún sentido.

Le dijo sujetándola dulcemente del rostro y mirándola a los ojos.

-Perdóname, Tommy, es que...

-¿Cuándo te enteraste?

-Hace una semana, es que no sabía cómo...

Se quedó callada de pronto. Tom le levantó la camisilla que tenía ella empezó a besar su vientre. Se arrodilló y colocó ambas manos en su barriga sin dejarla de besar. A Eliza le brotaron gruesas lágrimas de alegría y emoción. Todo fue tan diferente a aquella vez...

-Te amo, Elly... a los dos.

-Tom, yo también te amo. Con toda mi vida.

Tom se levantó y la besó a ella en los labios y le secó las lágrimas.

-Vamos a descansar, mi amor.

Se la llevó con delicadeza a la habitación y la acunó en sus brazos hasta que se quedó dormida.

Candy llegó al fin a casa, le tomó cuarenta y cinco minutos llegar. Estaba abatida y su rostro desencajado.

-¿Dónde estabas?

-Terry... yo... lo siento, es que...

-¿Por qué no contestaste mis llamadas?

Terry estaba furioso y la miraba con esos dos zafiros tan encendidos que daba miedo.

-Lo que pasó fue que...

-¿Dónde estabas, Candice?

-¿Me puedes dejar hablar?

Le gritó desesperada.

-Estaba en el hospital... Mami está mal, el tumor está creciendo y...

A Terry se le fue toda la rabia de golpe y se sintió miserable.

-Lo siento, princesa, es que... no me contestabas y por la forma en que te fuiste... me asusté.

Le explicó Terry avergonzado.

-Creo que se me quedó el teléfono en alguna parte, salí muy apresurada y... lo siento...

Dijo Candy rompiendo en llanto nuevamente.

-Princesa, no llores, todo va a estar bien, por favor, ven aquí.

Terry la atrajo hacia él y la abrazó.

-Es que, Terry... mi mami... yo no quiero que se muera, Terry...

-No digas eso, bebé. No se va a morir. Ten fe, ella no va a rendirse tan pronto, amor.

-Pero es que... si la hubieras visto, se veía tan frágil y...

-No te derrumbes, princesa, ella te necesita fuerte para que puedas transmitirle seguridad a ella. Si te le presentas así será peor.

-Terry... nunca me dejes de abrazar. Por nada del mundo me sueltes de tus brazos, por favor.

-Nunca, bebé. ¿Por qué dices eso?

-Porque tú me haces sentir segura. Desde la primera vez que me abrazaste. Siento que nada va a pasarme mientras estoy en tus brazos.

-Yo siempre voy a protegerte, mi cielo. No dejaré que nadie te haga daño.

-Terry...

-Dime, princesa.

-¿Me podrías cargar?

-¿Como a una niña, mi amor?

-Sí.

Le dijo Candy y de un brinco se le subió encima y él la sostuvo con reflejos excelentes.

-Bebé, estás más delgada. ¿Estás comiendo bien?

-Sí. Lo que pasa es que como paso tanto tiempo de pie y caminando de un lugar a otro... mi metabolismo es rápido y bajo de peso... además la dieta también...

-¿La dieta? ¿Otra vez estás con eso?

-Es que... estoy gorda. Todos se han dado cuenta.

-¿Qué? Mira, si lo dices por lo de aquél infeliz, avísame que voy y le parto la madre otra vez...

-Karen también me lo dijo.

-¿Karen? Ella está buscando que la mande al mismísimo diablo junto con el Anthony ese. Tú eres más delgada que ella, Candy. No puedes hacerle caso a esas personas. Lo que quieren es hundirte la autoestima. ¿No te has visto en el espejo? Tu cuerpo es perfecto, tú eres perfecta. Mejor ponte a recuperar el peso que perdiste y no quiero volver a escuchar la palabra dieta porque este o aquél dijo que estabas gorda.

-¿De verdad te gusto así, mi amor?

-Me encantas, princesa. Pero estás muy delgada ahora, mi amor, eso te hará daño.

-Terry...

-Dime, muñequita.

-Mami me dijo que me brillaban los ojos y que ella no se iría hasta conocer a su nieto.

-Ves, tiene ganas de luchar, amor. Y ese es un buen motivo.

-Pero es que yo todavía... todavía no hay bebé, Terry.

Le dijo con la carita frustrada.

-¿No hay bebé, princesa?

Le preguntó él con voz añoñada como si ella fuera una niña.

-No. Nada, mi amor.

Le dijo haciendo un puchero.

-Awww ¿y tú quieres uno, mi cielo?

-Sí. Uno con tus ojitos y con esta carita de niño arrogante.

-¿Sólo con mis ojitos, mi amor?

Le preguntó Terry besándola y levantándole la blusa mientras la acariciaba ardientemente.

-Ummm... con esta naricita también.

Le respondió besándosela. Terry la desvistió completamente y se quedó un rato admirándola. Se sentó en la cama y se la colocó a ella a horcajadas sobre él y luego la echó hacia atrás para besarla desde los muslos hasta el rostro. Cuando él comenzó a pasar su lengua por sus pezones ella sentía que iba a partirse. Su cuerpo estaba más receptivo que nunca.

-Te amo, princesa. Amo todito de ti.

Le decía besándola en los labios mientra masajeaba sus pechos. Ella volvió a inclinarse hacia el frente para desvestirlo a él. Cuando le quitó la camisa comenzó a recorrer con sus uñas su torso firme y perfecto. Le llenó el cuello de besos y según él acariciaba sus pechos y la apretaba contra su erección ella comenzó a gemirle en el oído.

-Te amo, Terry. Te amo mucho, mi amor.

Ella se retiró un momento de encima de él para que él se quitara los pantalones y el calzoncillo.

-Eres tan perfecto, Terry...

Le dijo acariciando su dureza y él se estremeció. Ella lo empezó a besar ahí mismo para luego llevarlo al cielo con su boca y su lengua.

-Princesa... tú eres...divina.

Le dijo con los ojos desorbitados sujetándola suave del cuello.

-¿Te gusta, mi amor?

-No sabes cuánto... pero esto me gusta más.

La levantó y se paró de la cama con ella enganchada a él y la comenzó a embestir fuertemente, la tenía cargada sacudiéndola de arriba hacia abajo sin dejar de besarla ni un sólo momento.

-Terry... ahh.. que rico...

Le gritaba mientras se agarraba fuerte de su espalda y él no disminuía el ritmo. Nunca la había amado con tanta fuerza y ella estaba en la gloria.

-Eres mía, Candy... sólo mía...

-Sí, mi amor... ahh..ah... todita tu..tuya...ahhh.. No pares, por favor..

-¿No quieres que pare, princesa?

-No, mi amor...ahh ahhh... quiero tenerte dentro..ahh por siempre... ahhh... no quiero que esto ahh.. ah... se acabe nunca...

-No va acabarse nunca, princesa. Nunca vas a dejar de ser mía. No serás de nadie más...

Terry había dejado toda su delicadeza y se la estaba gozando sin ningún tipo de pudor. Ella gritaba y gemía como loca.

-Yo no quiero...ahh...ah... ser de nadie... sólo ah... tuya...

-¿Puedes repetirmelo otra vez, preciosa?

-Soy.. ahhh tuya, Terry... ahhh...

Candy y Terry habían alcanzado las estrellas juntos y él se desplomó sobre la cama encima de ella.

-¿Tienes sueñito, mi amor?

Le preguntó Candy con voz añoñada mientras le besaba la frente.

-Sí. ¿Me puedo dormir aquí?

-Claro, mi cielo. Yo te cuido.

Terry se quedó encima de ella y acomodó su cabeza de lado encima del pecho de ella. Estaba muy añoñado por ella que le acariciaba el pelo y la espalda.

-Te amo, pecas.

Le dijo bostezando y cerró los ojitos.

En Cabo Rojo, una chica castaña se encontraba sentada sobre las rocas con sus ojos tristes y perdidos en el vaivén de las olas. Hacía más de un mes que Paula se había ido para alejarse de los recuerdos, porque en el área metro ya casi no quedaba un lugar dónde no hubiera alguna marca de Albert. Ella no había podido sonreir jamás. Se sentía tan sola, sin amigos y sin amor. Susana dejó de buscarla cuando ella dejó de prestarle dinero e invitarla a los lugares donde ella se codeaba, pues Paula poco a poco quiso eliminar de su vida todo lo que no valía y la amistad de Susana era parte de eso. Susana le restregó en la cara haberse acostado con todos los pretendientes de ella. A Paula no le importó. Eso no podía afectarla ya, ahora su corazón se había encadenado a Albert.

-¿Cuánto por su pensamiento, señorita?

Paula dio un brinco y por poco se cae al agua.

-¡John! ¿Qué haces aquí?

Lo saludó con sincera alegría y sorpresa. John había sido un amigo de toda la vida, un joven de veintiocho años, alto, tez blanca y pelo negro, sus ojos eran marrones, era bastante guapo en realidad y con su pasatiempo de sufear gozaba de un cuerpo pecaminoso en todos los sentidos.

-Estoy de vacaciones, guapa. Además, sabes que donde hay playas y olas, estoy yo, belleza. ¿Y tú por qué estás aquí?

-Yo... pues de vacaciones, ¿qué más? contestó sonriendo.

John se sentó a su lado y siguieron conversando y poniéndose al corriente de sus vidas.

-Pues decidimos terminar. Ella seguía con comportamiento infantil, sin aspiraciones y sin sueños de futuro. Yo ya tengo casi treinta años, así que decidí que ya estaba bueno de hacerme el loco. Quiero estar tranquilo ya y tener una familia.

Mientras él le decía esas cosas ella sólo pudo verse a sí misma, en el mismo barco que él.

-Entoces viniste a buscar a la mujer de tus sueños, que gracioso.

Le dijo irónica porque ella había ido por todo lo contrario.

-La mujer de mis sueños la encontré hace tiempo, ahora tengo que buscar la que me ame.

Esa respuesta la dejó un poco desconcertada, pero no indagó en el asunto.

-¿Y tú, Paulie, cuando vas a casarte?

A Paula se le desencajó el rostro completamente. Ya estaba cansada de enfrentar esa pregunta y más cuando se la hacían estando ella tan dolida.

-Creo que nunca, Johnny. El amor no es para mi.

Cupido no entiendo, alardeas de ejemplo

de juntar corazones, un experto en conexión

te fallaron las flechas y de tantas violetas

que por tí he regalado en mi jardín no hay ni una flor

Pues dile al amor que no toque a mi puerta

que yo no estoy en casa, que no vuelva mañana

que me fui de vacaciones, lejos de los amores

dile al amor que no es grato en mi vida

dale mi despedida, cuéntale las razones

La respuesta de Paula estuvo cargada de dolor, desilusión y resignación. John se dio cuenta.

-Creo que eres muy joven para pensar así, Paulie. Llega cuando lo dejas de buscar.

-Pues eso es lo que estoy haciendo, no quiero ni voy a buscarlo. Es más, creo que ya no voy aceptarlo.

-Uno siempre dice eso, después de una decepción, pero luego... vuelve a caer como idiota.

-Pues yo ya no más, Johnny.

Le dijo con el rostro apagado y él la abrazó. Pensando que si ella supiera que él siempre la había amado y que ella era la mujer de sus sueños, lástima que ella no había correspondido. Hubo una vez que tal vez tuvo la oportunidad de haber tenido algo, pero Susana se metió en el medio y lo arruinó todo. Empezó a mostrar un interés demasiado exagerado por él y Paula automáticamente se alejó sin darle tiempo a que sus sentimientos por él se agudizaran.

Cupido no entiendo, si la suerte me odia

y me ha dado de herencia la fortuna del desamor

y te pido disculpas, pero no aciertas una

mis febreros son largos aunque no sea tu intención

Pues dile al amor que no toque a mi puerta

que yo no estoy en casa, que no vuelva mañana

que me fui de vacaciones, lejos de los amores

dile al amor que no es grato en mi vida

dale mi despedida, cuéntale las razones

-Pero ya no estés triste Polly Pocket.

-Polly Pocket, hacía tiempo no escuchaba eso.

Dijo ella y le dio un abrazo. Él la retuvo un momento entre sus brazos y ella disfrutó de ese calor, por alguna razón se sentía muy bien esa cercanía y se dejó arrullar en esos brazos fuertes.

-¿Quieres dar un paseo, Paulie?

-Sí, llévame lejos, por favor.

Paula accedió si pensarlo dos veces. Se iría con John al fin del mundo, con tal de olvidar por un instante todo su dolor.

Albert estaba en su auto, después de pensarlo por horas muertas, decidió ir a buscarla. Se metió todo su orgullo en los bolsillos y se estaba arriesgando, después de tanto tiempo, se arriesgaba. La verdad la estaba pasando bastante mal. La ausencia de Paula lo estaba matando. Sus noches eran largas y vacías. Sus mañanas y tardes no tenían alegría, pues ella había llenado todo su mundo y ahora ni siquiera tenía nada que hacer, porque sin darse cuenta, todo lo hacía con ella, todo excepto amanecer a su lado y eso de pronto comenzó a volverse una necesidad para él.

-Pau... no sabes cuánto me arrepiento de no haberme podido dar cuenta a tiempo que tú si eras diferente. Si yo tan sólo no hubiera tenido tando dolor, si no me hubieran envenenado tanto el alma.

Se decía Albert estando de camino y recordando su corto y fallido matrimonio cuando tenía veinte años. Él se enamoró perdidamente de una chica que iba a su instituto. Se enamoró de una manera, que cuando sus padres le dijeron que había algo que no les daba confianza en ella, recogió sus cosas y se mudó con ella y cuando cumplió los veintiuno, se casó. Ella aceptó encantada y lo primero que hizo fue dejar de estudiar y ahí comenzaron las primeras peleas. Después ella simplemente no quería hacer nada, ni estudiar, ni trabajar, ni siquiera la limpieza del pequeño apartamento que tenían. De repente el impulso de Albert había convertido su vida en un infierno. Sólo a la hora de la intimidad había algo de paz entre los dos, pero con los meses hasta eso fue un infierno. Albert desesperado y desilusionado empezó hacer sus investigaciones. Se metió a su computadora y encontró muchas conversaciones de hombres diferentes en el chat donde estaba claramente en qué ella ocupaba todo el tiempo libre. La mayoría eran sexo cibernético, unas barbaridades que él simplemente no podía creer, fotos de ella desnuda en posiciones bastante comprometedoras y muchas cosas más que él prefería no recordar. Cuando él le reclamó, ella ni siquiera se inmutó. Recogió sus cosas como si nada y lo único que le dijo fue que el divorcio costaba cien dólares si se hacía en mutuo acuerdo. Albert se había deprimido por un largo tiempo, pero se metió de lleno en los estudios y en el trabajo. Recuperó la autoestima y de ahí en adelante comenzó su vida de soltero. Disfrutaba sin comprometerse, no daba ni exigía nada.

-Pero tuve que conocerte a tí, Pau. ¿Ahora cómo te digo que yo también me enamoré? ¿Cómo convencerte ahora de volverlo a intentar?

Demasiado triste demasiado solo
Paso estos días tan lejos de ti
Del hombre que fui un día sólo quedan trozos
Y un cuerpo en pena que va por ahí
Y mi mundo entero se derrumba poco a poco
Sé que te he perdido lo debo admitir
Y si te dañé, te juro me arrepiento
Yo cargaré mi culpabilidad
Sé que no hay perdón por tanto sufrimiento
Pero en verdad las estoy pasando mal
Aunque a veces quiero ser indiferente
Las horas sin ti son una eternidad

Albert sabía que tal vez ella ni siquiera querría escucharlo, pues nunca contestó ninguna de sus llamadas, pero él quería dar su último intento. Estaba volviéndose loco sin ella. Se arrodillaría si fuera necesario, pero se había jurado regresar con ella.

Te llevaste mi vida, mi sueños, mi ganas, mi todo
Me has desgarrado el alma
Es que sin ti yo me pierdo, me asfixio, me ahogo
Se me esfuma la esperanza
De que yo pueda sin ti sobrevivir
De que yo pueda sin ti sobrevivir

-No creo que me hayas olvidado tan rápido, Pau. Voy a ir por tí, así tenga que traerte arrastrada. No voy a vivir así. Si me amas como dijiste, vas a volver a mi, no importa si tengo que bajarte el cielo para eso. Con gusto lo haré, pero vendrás conmigo.

Si me devolvieras tan sólo un momento
De lo que fue nuestra felicidad
Olvidaría todo y detendría el tiempo
Para que tú no te vallas jamás
Aunque con los días la heridas sanarán
Esto ha sido amor un herida mortal

Te llevaste mi vida, mi sueños, mi ganas, mi todo
Me has desgarrado el alma
Es que sin ti yo me pierdo, me asfixio, me ahogo
Se me esfuma la esperanza
De que yo pueda sin ti sobrevivir
De que yo pueda sin ti sobrevivir

De todos modos que te vaya bien
De todos modos te recordaré
Y le pido a Dios mantener la fe aunque no te vuelva a ver

Te llevaste mi vida mi sueños mis ganas mi todo
Me has desgarrado el alma.

-¿Te la pasaste bien, Paulie?

-De maravillas, Johnny. Hacía tiempo no me divertía tanto. Creo que hacía tiempo no tenía un amigo de verdad.

Le dijo abrazándolo y sonriendo sinceramente. El carro de Albert había llegado en ese preciso momento, cegándolos con luz, pues ya era entrada la noche. Se bajó para comprobar lo que acababa de ver.

-Buenas noches, Pau.

Le dijo con una sonrisa cínica y muerto de celos.

-Albert... ¿qué haces aquí?

Le preguntó nerviosa.

-¿Quién es él, Paulie?

-Ah... John, él es Albert, un amigo... Albert, él es John...

-Mucho gusto, John, encantado.

Dijo Albert estrechándole la mano, pero su tono era bastante irónico.

-Paulie, yo me voy. Los dejo para que hablen, adiós, belleza.

-No, John, no tienes que irte... Albert sólo estaba saludando, él ya se va...

-Ah, ¿me estás echando, Pau?

Dijo Albert molesto e indignado.

-Pues yo no recuerdo haberte invitado, así que puedes irte por donde viniste.

Mientras Paula decía eso, John le dio un beso en la mejilla y se fue. Albert tuvo que hacer un gran esfuerzo para no golpearlo ahí mismo. Los celos lo estaban matando.

-Veo que no has perdido tiempo. Que rápido me estás olvidando.

-Albert, con todo el respeto... lo que yo haga o deje de hacer no te concierne más. Tú lo dejaste muy claro, no tenías nada que ofrecer, así que adelante. Sigue con tu vida y déjame en paz.

Le dijo y se giró para entrar a la cabaña, pero él la tomó bruscamente del brazo y la giró hacia él.

-¿Estás con el imbécil ese, verdad? ¿Por eso no contestas mis llamadas, por eso quieres que me vaya?

Le reclamaba con sus ojos azules nublados de celos y rabia.

-Soy libre de estar con quien yo quiera, Albert. Tú me dejaste libre, ¿se te olvidó? Me deseaste que encontrara lo que tanto anhelo y que fuera feliz.

-¿Y lo encontraste?

Le preguntó acercándose peligrosamente a ella, sus bocas casi chocaban y su corazón latía desenfrenado.

-Tal vez. Ahora, por favor... estoy muy cansada, disculpa mi descortesía, pero tienes que irte.

Le dijo tratando de soltarse de su agarre, pero él aumentó la fuerza y la atrajo hacia ella. Albert sin más la besó violentamente sujetándola fuerte de la cintura. Ella lo empujaba y le mordía los labios para apartarlo, pero él le agarró los brazos con fuerza y le devolvió la violencia en el beso lastimándola también. Ella se rindió finalmente y él suavizó el beso convirtiéndolo en uno muy apasionado, dulce y necesitado. Ella volvió a la realidad cuando su celular sonó y se apartó abruptamente de él abofeteándolo.

-¡No vuelvas hacerme esto! Nunca en tu vida.

Le gritó molesta y con los ojos llenos de lágrimas. Él se quedó en shock mirándola.

-¿Por qué? ¿Ahora eres tú la que tiene miedo de afrontar lo que siente?

-¡No tengo miedo de nada! El que te quiera no significa que voy a dejar que juegues conmigo a tu antojo. Vete de aquí y déjame sola.

-Entonces no me has olvidado...

-¿Y viniste para asegurarte de eso? Que maldito egoíta eres, Albert. Cada vez me decepciono más de tí.

Esas palabras fueron un puñal para Albert. Se sintió como una basura.

-Pau, no, yo vine... en realidad vine a buscarte...

-¿A buscarme? ¡Já! ¿Para calentar tu cama? Te hubieras ahorrado un viaje tan largo. Hay tantas zorras dispuestas a hacerte ese favor.

-Paula, por favor, ya deja el sarcasmo, yo de verdad quiero...

-Vete, Albert, ya no te lo diré más de buena forma.

El celular de ella volvió a sonar. Albert se lo arrancó de las manos y al mirar la pantalla vio quien estaba llamando y se enfureció más.

-Ah ya entiendo... Es por él, ya encontraste un reemplazo.

Sus celos estaban jugando con él y no lo dejaban pensar con claridad.

-Te repito que no es tu asunto, así que por favor, dame mi teléfono...

-¿Para qué? ¿Para amanecerte hablando con tu nuevo amor?

-¡Dámelo!

Le gritó en un arranque de furia.

Él se lo dio y la miró con tanta ira que ella tuvo miedo.

-No voy a rendirme, muñeca. Vas a ser mía nuevamente. Ya lo verás.

Le dijo arrogante. Le robó un último beso que la dejó con las piernas dobladas y se fue a la villa de su tía, que gracias a Dios la podía disfrutar para él solo.

Continuará...

Hola chicas! Como ven, ya estamos brincando a otra etapa en esta historia. Llegaron los momentos de prueba para todos. La tristeza esta acechando a nuestras parejas. El drama está a flor de piel. Vamos a ver como se resuelve esto. Espero que me sigan acompañando.

*Canción de Paula: "Dile al amor" Romeo Santos

*Canción de Albert: "Herida mortal" Jerry Rivera