Disclaimer: Las aventuras de Orphen no me pertenece, es una obra de Yoshinobu Akita.
Advertencias: Posible OOC. OC.
Notas de autora: Este fue mi primer fic y por ello, he decidido continuarlo o al menos editarlo. Espero aún exista alguien dispuesto a continuarlo, si es así, bienvenido sea y le agradezco por darle una oportunidad.
Emprendiendo nuevos caminos.
Orphen.
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—Es un muy buen chico. Siempre lo fue —comentaba con entusiasmo el señor Lin, mientras pulía insistentemente una copa—. Recuerdo que se marchó cuando su madre murió, fue algo repentino, no supe de él sino hasta que Magic me contó que había estado estudiando con él en la Torre. No me sorprendió del todo, ese chico siempre…
—¡Padre! —exclamó el rubio con alegría, mientras corría en su dirección.
—¿Magic? —preguntó extrañado, mientras atrapaba al joven en un fuerte y esperado abrazo.
—¡Te eché mucho de menos, padre! Lamento no haberte informado que vendríamos, es que..
—No tienes porqué disculparte, nada hace más feliz a un padre que tener a su hijo en casa —interrumpió—. Además, tus amigos me dijeron que era probable que pronto estuvieran aquí.
La mirada del hombre se dirigió a tres jóvenes que se encontraban en el lugar.
—Señorita Stephani, maestro Artia… Eris —finalizó, evidentemente sonrojado.
—Señora Stephani —corrigió rápidamente la joven de cabello largo azulado, esbozando una gran sonrisa, mientras exhibía con orgullo la alianza es su dedo.
—No creí encontrarlos por aquí, mi maestro se llevará una gran sorpresa —sonrió el chico, mientras arrastraba una silla.
—La Torre solicitó nuestros servicios en el pueblo, y supuse que quizá los encontraríamos por aquí —dijo el pelirrojo—. De hecho, Eris nos recomendó la posada de tu padre para que caso vinieran pudiéramos encontrarlos.
La atención del chico se situó nuevamente sobre la joven y tímida hechicera, causando que ambos se sonrojaran y que Stephani riera al notarlo. La situación se había vuelto extraña y el despistado pelirrojo no lograba entender la razón.
Una figura inconfundible se avistó entrar, y tras saludar al dueño del establecimiento, se acercó a ellos.
—¿Qué hacen ustedes aquí?
—Tu siempre tan afectuoso —bromeó la mayor.
—Es que el maestro está algo celoso del amigo de Cleo.
—¡Que no estoy celoso de esa mocosa! —gruño entre dientes el hechicero, mientras le dedicaba una fulminante mirada a su aprendiz.
—Por supuesto, ¿cómo pude olvidar a Cleo? —interrumpió por primera vez Eris— ¿Dónde está ella?
—En su casa, con Elliot y su familia —respondió Magic— ¿vino con ustedes, verdad?
—Sí, este es su primer viaje desde que finalizó sus estudios. Al volver se convertirá en mentor, por lo que quiso aprovechar esta oportunidad para volver al pueblo. No sabía que conocía a Cleo.
Orphen frunció el ceño con el comentario. Era extraño, pero en verdad parecía molestarle la cercanía entre ese chico y su compañera.
—Has crecido mucho —exclamó encantada Mariabelle— aún puedo recordarlos a ti y a mi hermana nadando en el lago siendo apenas unos niños.
—O cuando le pediste a la mano de Cleo a mi difunto esposo —recordó entre risas la Señora Everlasting, mientras les servía el té.
Su comentario los avergonzó notoriamente, por lo que la rubia tomó casi instintivamente su taza, posándola como escudo frente a su ruborizado rostro. El joven decidió imitarla, pero se paralizó al escuchar el sonido de la fina porcelana al impactar el suelo.
Su mano había dejado de responderle por un instante, causando que la pequeña taza se le escapara de entre sus dedos.
—¿Elliot, te encuentras bien? —cuestionó con preocupación Mariabelle, al notar que este temblaba con su mirada perdida en el suelo.
—¿Elliot?, ¡Elliot! —insistió Cleo, posando su mano sobre el hombro del chico. Éste finalmente reaccionó avergonzado y a juzgar por cómo se veía, aterrado también.
Se disculpó reiteradas veces y sin brindarle importancia a sus manos desnudas, comenzó a recoger los trozos de porcelana del suelo.
—No te preocupes querido, deja eso que vas a herirte —anticipó correctamente la madre de las jóvenes.
Efectivamente había herido sus manos, y un fino hilo de sangre comenzaba a brotar de su dedo índice derecho.
—¿Podría pasar al baño? —preguntó, aún tembloroso.
—Por supuesto, ¿recuerdas dónde está? —le respondió Cleo, quien ahora comenzaba a notar el sudor que se escurría por la frente del chico— ¿Elliot te encuentras bien?
El joven de los profundos ojos azules no respondió, solo caminó en dirección al baño a gran velocidad.
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—Gracias por leer—
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