Disclaimer: Las aventuras de Orphen no me pertenece, es una obra de Yoshinobu Akita.

Advertencias: Posible OOC. OC.

Notas de autora: Este fue mi primer fic y por ello, he decidido continuarlo o al menos editarlo. Espero aún exista alguien dispuesto a continuarlo, si es así, bienvenido sea y le agradezco por darle una oportunidad.


Emprendiendo nuevos caminos.

Orphen.

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—Entonces, ¿realmente piensas volver? —cuestionó el pelirrojo con algo de incredulidad— Supuse que era cuestión de tiempo hasta que recibieras la propuesta, pero en el fondo creía que dirías que no.

—No es algo que haya decidido con entusiasmo, pero Majic merece estudiar allí —afirmó el hechicero, dirigiendo su mirada a su joven aprendiz algunas mesas de distancia—. Además, tengo que confirmar un par de cosas por mi cuenta.

—¿Te refieres a la vuelta de Azalea? —cuestionó Steph, causando evidente molestia en él— ¿Qué hay de Cleo?

—¿De Cleo?

—Tú y Majic se irán, ¿ella lo sabe? —insistió la mujer de las gafas.

Sin embargo, el hechicero no respondió.

—Deberías hablar con ella —sugirió Hartia.

—Ella siempre ha sabido que los viajes no serían eternos, además, también tiene una vida a la cual regresar —comentó el moreno, sin más.

—No puedo creer que seas tan insensible —le reprochó su amiga, colocándose en pie—. Si no te das cuenta del error que estás cometiendo pronto, seguramente te vas a arrepentir —añadió antes de marcharse.

El silencio volvió a apoderarse de la mesa, mientras que extrañamente el hechicero negro se limitaba a observar el trago en su mano. No fue hasta que los labios de su compañero se movieron con intenciones de restablecer la conversación, que dejó escapar un largo y sonoro suspiro.

—¿También dirás que soy un insensible? —cuestionó, ligeramente divertido.

—No lo haré. Tan solo insisto en que deberías hablar con Cleo. Es tu compañera, lo ha sido por dos años.

—Casi dos años —corrigió sin pensarlo, manteniendo aún su mirada en su trago.

Hartia sonrió ante la corrección y poniéndose en pie simplemente sugirió:

—Piensa bien en lo que estás haciendo, y sobretodo el porqué lo haces.

Crilancelo pensó rebatirlo, pero creyó entender a la perfección el comentario de su amigo.

«Demonios» pensó.

Tomó rápidamente su trago y colocando el vaso sobre la mesa, se marchó.


—No puedo. No puedo... No lo haré —repetía un tembloroso Eliot, mientras mojaba desesperadamente su rostro frente al espejo—. He estado enamorado de ella desde siempre, pero es mi amiga, es…

—Elliot, ¿Elliot, te encuentras bien? —cuestionó la voz desde el otro lado de la puerta.

—S-sí, si tan solo creo que estoy algo cansado. No quería preocuparte, ya saldré.

—Está bien, si deseas descansar podrías quedarte aquí, o puedo acompañarte a tu casa si lo deseas.

—Es muy amable de tu parte —comentó sonriente el joven, a medida que abría la puerta y se disponía a salir del baño—, pero de hecho estamos hospedados en la posada del señor Lin. Mi casa era un desastre luego de estar cerrada por tantos años sin el cuidado de la Señora Phelps, nuestra antigua ama de llaves, y de hecho quisiera ir al lago.

—Fue tan triste la noticia de su fallecimiento, recuerdo que venía cada mes a abrir los grandes ventanales y tener todo listo caso ese mes decidieras volver —comentó con nostalgia la rubia.

—Era una gran persona, una segunda madre para mi, me maldigo todo el tiempo por no haber vuelto a verla en todos esos años —confesó con evidente tristeza, recostándose contra la puerta tras de sí.

—Ella era muy feliz con tus cartas ¿sabes? Estaba muy orgullosa de que no te rindieras con la muerte de tus padres y decidieras convertirte en un gran hechicero, además, tú volviste a despedirla, ¿cierto?, habías llegado de visita a la ciudad un par de días antes de su muerte.

—S-sí, supongo que el destino quería que pudiera decirle adiós —con esto los ojos del joven parecieron perder todo rastro de luz, reflejando una inmensa aflicción ante dicha pérdida. La rubia lo notó e instintivamente rodeó su cintura en un tierno y tímido abrazo, un abrazo entre amigos que aunque no planeara admitir, necesitaba tanto o más que el chico frente a ella.

El chico algo sorprendido la rodeo con sus brazos, y dejó caer su rostro sobre su rubio cabello.

—Te extrañé, lo sabes ¿verdad? —le cuestionó, avergonzado.

—Y yo a ti. Pero sabía que querías alejarte de aquí luego de tantos malos recuerdos, aun así, nunca entendí porque dejaste de escribir, creí que era tu mejor amiga.

—Lo eres —afirmó, tomándola por sus hombros para alejarla de sí y mirarla a los ojos.

Ella sonrió.

—¿Los mejores? —cuestionó con inocencia alzando su dedo meñique, a lo que el chico la miró algo incrédulo—. No me digas que eres demasiado viejo como para realizar un juramento de meñique —le reprochó la rubia.

Él, tan solo sonrió y prosiguió a entrelazar sus meñiques.

—Realmente no has cambiado nada.

—Continúo siendo una niña malcriada —comentó ésta, más para sí misma que en respuesta al comentario anterior.

Una sonrisa nostálgica se formó en sus labios, ese tonto hechicero negro era quien la llamaba así.

—Más bien un chica tierna y gentil... Aunque no podemos descartar por completo lo de malcriada —añadió, despeinando su cabello.

—¡Hey! —chilló la chica.

—¡Chicos, ¿está todo bien?! —cuestionó a la distancia la Señora Everlasting.

—¡Si, lamento las molestias! ¡Enseguida bajamos! —respondió Elliot.

—Y luego iremos a nadar —añadió la rubia.


Había estado andando por lo que creyó ser más de dos horas. La ciudad no había cambiado en absoluto, pero podía sentir algo distinto en ella aun sin estar seguro de que se trataba.

Estaba intranquilo, demasiadas cosas rondaban por su cabeza aunque no tuviera certeza de cuáles fueran, dado que no había logrado concentrarse lo suficiente para averiguarlo. Necesitaba pensar, y probablemente fuera eso lo que lo forzó a alejarse un par de horas de los demás.

No había decidido un rumbo antes de salirse sin brindar explicaciones por la puerta de la posada, pero no imaginó que terminaría en el lugar en el que se encontraba. Observó el cielo, no había notado hasta entonces que ya había caído la noche y una muy hermosa luna llena era lo único que iluminaba el lugar.

Observó al frente, allí estaba aún la ruina de la antigua torre a la que solía subirse para pensar, luego se detuvo a observar el reflejo de la luna en el lago, era algo hermoso, sin dudas.

Podía entender a la perfección porque ella amaba tanto ese lugar, y se sorprendió a sí mismo al pensar en ello. Algo en ese lugar lo hacía sentir nostálgico.

Esa noche se parecía mucho a la noche en la que la había visto por primera vez, irónico pensar que lo que probablemente hubiera ido a pensar allí era como decirle que ya no la volvería a ver jamás.

Observó a la distancia, podía ver las luces apagadas en la habitación de la hija más joven de la familia Everlasting, su casa era realmente inmensa, pero recordaba a la perfección donde se situaba su ventana, aunque también recordaba no deber mirar a través de ella, al final de cuentas cierta rubia tenía una intensa tendencia a llamarle pervertido al malinterpretar muchas de sus acciones.

Rió ante el recuerdo, evidentemente ser enviado a volar por Leki no era de sus actividades predilectas, pero las constantes riñas con la rubia sin duda lo habían hecho de sus viajes experiencias interesantes.

Un crujido lo sacó por un instante de sus pensamientos y observó rápidamente hacia el lugar de donde creía había provenido y efectivamente, no muy lejos de la costa del lago al que había estado observando, una figura destacaba en la arena junto a un montón de ramas secas.

La figura pequeña descansaba plácidamente sobre la arena con su vestido y cabellera rubia completamente mojados.

«Y decía que le desagradaba acampar» pensó.

Pero rápidamente otra figura situada a poca distancia llamó su atención, se trataba del joven que había conocido horas atrás, Elliot. El joven abandonó su posición acostado sobre la arena y procedió a sentarse más cerca de la chica sin parecer notar al hechicero, volteó a un lado y comenzó a observar a la joven junto a él, algo que hizo al castaño apretar sus dientes inconscientemente

El hechicero clavó sus ojos en el suelo por un instante y se recordó a sí mismo en su conversación con sus antiguos compañeros en la posada, sonrió un instante y dirigiéndole una última mirada a la joven sobre la arena, se marchó.

«Ella definitivamente tiene una vida a la cual regresar»

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—Gracias por leer—

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