Toda facción de ese ser me resultaba tan bella y obsecionable, lo cual era enfermizo. Sin embargo no me interesaba. Ya nada me interesaba. Desde el momento en que uno encuentra a la persona perfecta para que este a tu lado toda una vida, las cosas cambian. Y yo no era una excepción. Desde que vi por primera vez a Ciel sentí sensaciones tan únicas y especiales que no podría explicar. El era todo mi centro de atención. El y solo el. Quizás nunca pensé o considere que terminaría enamorado de un hombre, pero sucedió.
Aunque claro, fue duro. Me costo mirar a mi padre a los ojos y decirle «soy gay». Sinceramente, el sigue sin aceptarlo. Y mi madre dice «¿Como un chico tan hermoso...?» y es perturbarte que deje esa frase abierta. ¿Es que acaso ella teme decir la palabra «gay»?. Desde aquello me siento tan solo. Estar al lado de Ciel es una bendición, realmente una bendición. Quizás el no pueda mirarme con otros ojos que sobrepasen la amistad, pero realmente aprecio todo el tiempo que pasamos juntos en la eterna y perfecta inocente amistad. Pero cuando Nagato aparece... todo se va al carajo.
Absolutamente al carajo. Sinceramente, lo odio. No podría negar que la envidia y rencor afectaron nuestra amistad, la cual ahora solo son vagos recuerdos, por supuesto. Pero claro, que se acercara a Ciel lo destruyo todo, absolutamente todo.
Caí, definitivamente. El vacío se sintió y fue algo tan traspasable, sin embargo no pude volver atrás. Estoy muriendo, otra vez. Estoy muriendo por la falta de amor, cada día me congelo más en tiempo, y detenerlo es algo imposible.
Pero morir por una causa como el amor es algo noble, tan noble como para no arrepentirme.
—Sasori.—murmuro una débil voz. Miro atrás y me encuentro a Sakura con una avergonzada sonrisa. Le devuelvo la sonrisa solo que un poco más seguro. Ella es una chica bastante agradable, una buena amiga.—Ciel.
Frunzo el ceño y arrugo la nariz. ¿Que tramaba?.
—Sigue.—le dije, tenso. El momento se volvió algo incomodo. Ella bajo la cabeza y empezó a jugar con sus dedos, rozándolos entre sí. Me desespero su silencio. La curiosidad había conquistado mis pensamientos y el impulso de golpearla hasta conseguir una respuesta.—Sigue.
—Konan me contó que vio a Ciel y Nagato besarse.—relato. Entonces mi mundo cayó. Mantuve la expresión más fría posible, intentando contener el dolor. Finalmente se lo doloroso que es esto y lo poco que duraría mi corazón luchando por amor.
No soy un guerrero ni un luchador. No puedo serlo.
—¿Konan, he?—repetí, intentando no mostrar ningún sentimiento. Ella solo asintió.—La iré a ver. Esto es muy extraño. Ciel es como un niño, no es común verlo haciendo ese tipo de "actos".—y sin notarlo, me preocupaba. Lo peor era que se notaba, Sakura lo notaba.
—Estas preocupado—sentenció ella, con una pequeña sonrisa. Le mire extrañado. Definitivamente tenía que reservarme, sino todo se iba a revelar. No iba a permitirles a ellos saber la verdad. Absolutamente no. Ellos no pueden saberlo.
—Claro que no.—contradecía, mostrando una falsa seguridad y una frágil frialdad. Ella arqueo una ceja, curiosa.—Esto es inusual, nada más.
Decidí empezar a caminar antes de tener que dar más explicaciones, pero Sakura me siguió.
—¿A donde vas?—pregunto ella, confundida. ¿Es que a caso no entendía?. Ella debía alejarse.
—Donde Konan.—respondí, intentando aun mostrar cordialidad hacia ella. Finalmente tome mis cosas del salón de clases y me dirigí a salir de la escuela.
Estaba al frente de la casa de Mizaki. Toque y espere hasta que alguien me abriera. Para mi suerte Mizaki me abrió. La observe. Sus cabellos de oro claro caían hasta sus hombros y sus ojos celestes me miraban con neutralidad. Sus pecas destacaban de su palida piel como sus colmillitos que le daban un toque algo tierno. Aunque claro, ella no era tierna.
Consideraba a Mizaki una chica noble de admirar. Ella sufrió la discriminación junto a su madre. La gente las enjuiciaba hipócritamente sólo porque su padre fue un famoso y despreciable estafador. La madre de Mizaki cayo en depresión y Mizaki sostuvo y revivió toda esperanza en sus vidas, como una luchadora. Ella echo fuera los rumores y defendió a su madre frente a todo, es algo realmente honorable.
—Sasori-kun—hablo ella con su fría y algo infantil voz. Parecía ser una niña ingenua, claro, que ella tenía el vacío en sus ojos. Le sonreí educadamente.—¿Sucede algo?
—Konan, te he venido a ver por un tema que realmente tengo curiosidad.—admití, sin rodeos algunos. Ella solo asintió.
—Claro, pasa.—dijo, abriendo más la puerta y retrocediendo. Entre lentamente. Ella cerro la puerta y me comtemplo con curiosidad.—¿Qué deseas saber?
—¿Cómo se encuentra tu madre?—le pregunte, haciendo caso omiso a mi real motivo de visita.
—Ah, bien. Se ha recuperado bastante bien, ahora trabaja en el extranjero. Viene cada cierto tiempo para revisar que todo este en orden.—contesto ella mientras jugaba con sus dedos. Asentí y sonreí otra vez.
—Es bueno escuchar eso.—le comenté, optimista.
—¿Ahora dirás tu real motivo de visita?—cuestiono ella, yendo directamente al tema. Konan no era alguien que hablaba con rodeos.
—Tu le dijiste a Sakura que viste a Ciel y Nagato besarse.—dije, bastante serio. Ella asintió. Parecía no llamarle mucho la atención.
—Seguramente te duele.—murmuro ella, sería. Sentí mis piernas temblar. ¿A caso ella lo sabría? No, definitivamente no. Mentir en momentos como estos no sería una mala acción, es necesidad.—Digo, que no te haya comentado nada. Absolutamente nada.
La mire demandante.
—¿Podrías comentarte como paso?—dije, manteniendo aún la calma. Por alguna razón hoy me alteraba más.
—Estaba tranquilamente en la sala de clases y oí como alguien entraba. Por alguna razón tropecé con algo y me escondí entre las mesas. Entonces ellos llegaron.—note como la mirada de Konan se perdía rápidamente en cualquier cosa que veía. A veces llegaba a pensar que estaba muerta, y eso me desesperaba.—Ciel era ligeramente empujado por Nagato, sin embargo ambos se sonreían como enamorados. En un instante, acole estaba pegado contra la pared, y Nagato acercándose a su rostro. Luego paso lo que paso.
Entonces mi corazón se siguió quebrando. En pedazos y pedazos hasta que no pude aguantarlo más.
—Puedes llorar, si lo deseas.—dijo ella, compadecida.
—No pienso hacerlo.—dije, sacando una sonrisa desde mis adentros con toda la fuerza que tuve.—Soy un guerrero, esto no me destruíra.
Dije, sin embargo mentía. Estaba destrozado por amor. Al parecer, la guerra se había perdido.
