—¡Un sangre sucia, de seguro! ¡Cómo te atreves a poner un pie en el hogar de un Lord sangre pura tan respetado!

El joven aludido ignoró a Druella, quien seguía apuntándole con su varita, y se dirigió hacia Lucius, entregándole un pergamino que el rubio jaló con brusquedad.

—Ah, sí —murmuró Lucius con desdén—, el empleado del Ministerio que cuidará de La pequeña Sophia en Hogwarts. Ahora que ya se presentó, señor Draxler, creo que es hora que salga de mi casa.

—Me temo que no puedo hacer eso, señor Malfoy —contestó Draxler manteniendo su expresión fría—. Mis órdenes son permanecer al lado de Sophia Black todo el tiempo, sin excepción.

Sophia, quien aún estaba en el suelo, miró a "su guardián" esperanzada. Si él se quedaba, no había forma en que los Malfoy pudieran intentar volver a dañarla.

—Pues lamento decirle que usted no es bienvenido a quedarse en mi casa, Draxler —siseó Lucius conteniendo su enojo.

—En ese caso, lamento decirle que tendré que llevarme a la señorita Black de regreso a la casa Tonks.

—¡Sí! —exclamó Sophia poniéndose de pie de un salto— Debo decirte, tía Luci, que no fue un placer visitarte.

Lucius arrugó el pergamino en su mano y miró con furia a Sophia, como si quisiera darle una buena bofetada. Sophia sabía que eso era exactamente lo que el rubio quería hacer, pero no se atrevería con un inefable presente. Igual de covarde que su hijo.

—¡Dobby! —exclamó Narcissa junto a su madre— Ve a preparar una habitación para el señor Draxler...

—¡Claro que no! —la interrumpió Lucius caminando hacia la chimenea—. Voy a arreglar esto ahora mismo. Fudge se encargará de ti.

En cuanto Lucius se fue, la sala se quedó en completo silencio. Narcissa permanecía junto a Draco, sujetándolo por los hombros. Druella apretaba su varita mientras veía furiosa a Sophia, y Sophia tenía su vista fija en su guardián, quien por alguna razón, no la había mirado desde que hizo su aparición.

Pasaron cinco minutos en silencio, hasta que Narcissa volvió a llamar a Dobby, quien se apareció al instante.

—Ve a arreglar la habitación juno a la de Sophia —ordenó la mujer mientras volvía a sentarse—. Lucius tardará en regresar, y no creo que consiga cambiar nada. No tiene caso esperarlo.

Sophia miró sorprendida a Narcissa. En las pocas veces que la había visto, la señora Malfoy se había mostrado como una mujer soberbia y superficial que obedecía en todo a su esposo, siempre y cuando conservara su vida de lujos.

—Volviendo al tema anterior —dijo Druella tomando su taza de té—, tus lecciones serán de ocho a tres, todos los días, incluyendo fines de semana.

» Te levantarás a las seis de la mañana, te asearás, te ejercitarás, tomarás un desayuno ligero, recibirás tus lecciones, tomarás una comida ligera al mediodía, regresarás a tus lecciones, tomarás el té a las cinco, pasarás tiempo con Draco, tomarás una cena ligera, volverás a ejercitarte, tomaras una ducha y te dormirás. Esa es la rutina que seguirás de ahora en adelante.

Sophia miró a mujer con la boca abierta. Hablaba como si nunca hubiera intentado lanzarle un hechizo a la cara. Un hechizo que sólo Merlín sabía lo que le hubiera hecho de no haber aparecido... Su guardián.

—Dime que es la demencia senil —murmuró Sophia, pero todos en la sala se giraron a verla con los ojos como platos.

—No balbucees, niña —la regañó Druella antes de tomar otro sorvo de su té—. Una señorita sangre pura debe hablar claro y con propiedad.

—Tú no eres mi jefa, y no haré nada de lo que tú me digas —dijo Sophia en voz alta—. ¿Ahora sí me oíste, hija de Matusalen?

—Mi padre fue Dionísio Rosier y mi madre Acacia de la casa Parkinson —respondió Druella sosteniendo su taza con fuerza—. No conozco a ningún Matusebel.

Sophia rodó los ojos al escuchar el último apellido. Tenía que ser familiar de Pansy Parkinson. Hasta hace un año le habría parecido raro que Pansy estuviera detrás de Draco estando emparentados, pero luego de enterarse de la historia de la familia Black...

—El punto es que no pienso levantarme a las seis de la mañana en vacaciones.

—Pues lo harás a partir de mañana. Deberías estar agradecida de que una dama de sociedad como yo se tome el tiempo de enseñarte los verdaderos modales de una señorita sangre pura.

—¿Qué tiene que ver la sangre? —preguntó Sophia cruzando los brazos— Pensé que las señoritas de sociedad son las hijas de políticos adinerados y reconocidos. Mi padre es un prisionero en Azkaban, no un político.

Narcissa y Druella hicieron muecas de disgusto idénticas, antes de que la última respondiera.

—Para empezar, todos los políticos reconocidos y adinerados del mundo mágico son sangre pura. Como si un sangre sucia o un media sangre haya llegado a ser más que un empleado en el ministerio.

» Segundo, tu posición social la dicta la pureza y antigüedad de tu familia. Tú, niña, eres la heredera de la familia más antigua, noble y pura en el mundo, la familia Black. Además, eres el último miembro y única heredera de la familia de tu madre. Los Sinclair son la familia escocesa más poderosa y antigua del mundo mágico.

—¿Ah, sí? ¿Más poderosa que los Malfoy?

Druella se puso pálida, y Narcissa la miró con suspicacia. Sophia sonrió inocente mientras esperaba una respuesta. Esa podría ser su vía de escape.

—El poder de una familia no sirve de nada si no hay quien la dirija —respondió Druella recuperando la compostur—. El último jefe de la casa Black murió antes de que tú nacieras.

—¿En serio? —preguntó la azabache fingiendo interés— ¿Y quién fue?

—Orion Black, por su puesto. Hubieron otros Black mayores a él en su tiempo, pero fue el quien se casó con la primogénita de la línea directa, y como las mujeres no pueden ser jefe de familia, el título quedó a cargo de Orion. Desafortunadamente no soportó la muerte de su heredero, se fue exactamente un año después.

Sophia se quedó en silencio. Cuando habló con Cygnus Black en la oficina de Dumbledore, el odioso retrato mencionó a un Orion, pero no creía que fuera el mismo. En la familia Black habían varios nombres repetidos, como Regulus y Cygnus.

Además, el Orion que el retrato mencionó era su abuelo, padre de Sirius Black, pero Sirius no había muerto, había sido encerrado en Azkaban, y eso había pasado casi un año después de su nacimiento.

—Pronto será hora de cenar —dijo Narcissa poniéndose de pie—. Creo que es hora de que cada quien vaya y se arregle para la cena. Dragón, lleva a Sophia a su habitación. Señor Draxler, la suya será la contigua.

—Se lo agradezco, señora Malfoy —respondió el aludido mirándola con detenimiento.

Sophia siguió a Malfoy por los pasillos de la inmensa mansión, tratando de recordar el camino hacia la salida. No planeaba quedarse mucho tiempo en aquella jaula.

—Así que, Dragón —se burló Sophia mientras caminaban por el tercer piso.

—Cierra la boca, Black.

—Oh, muy mal, Dragón. Esa no es forma de hablarle a tu huésped. ¿Dónde están tus modales de señorito sangre pura?

Draco miró a Sophia sobre su hombro, a punto de decirle algo, pero vio a su guardián caminando tras ella, con sus fríos ojos azules fijos sobre él, por lo que de inmediato se giró hacia adelante de nuevo.

—Aquí es —murmuró Draco señalando la puerta al final del pasillo. Le señaló a Draxler su habitación y salió corriendo del pasillo.

—¡Nos vemos en la cena, Dragón! —le gritó Sophia antes de que el rubio bajara las escaleras para el segundo piso.

Sophia se giró para mirar a su guardián, pero una mano le apretó con fuerza el brazo y la metió con brusquedad a su habitación.

—¡Oye! —exclamó tratando de zafarse del agarre.

—No, tú oye —siseó Draxler sacudiéndola para que dejara de moverse—. ¿Acaso crees que esto es un juego, niña?

—¿Qué te digo? Me gustan los juegos bruscos.

Sophia vio a su supuesto guardián entornar los ojos con furia. ¿Cuál era el problema de ese tipo?

—Esa mujer... Druella te lanzó un crucio, ¿y luego tú vas y la sigues molestando? Dime, ¿qué está mal contigo?

—¿Por dónde quieres que empiece? —dijo Sophia rodando los ojos— ¿Y qué si me lanzó un hechizo? No es la primera que lo hace.

—No me extrañaría que lo hayan hecho, pero ese era un maleficio imperdonable. No puedo permitir que un hechizo así te toque, por muy tentador que suene.

—¡Hey! No entendí bien lo que dijiste, pero sonó muy parecido a un insulto.

Draxler rodó los ojos y la soltó con brusquedad, haciéndola perder el equilibrio.

—Eres una idiota.

—¡Y tú eres un estúpido amargado! —exclamó Sophia enojada—¿Cuál es tu maldito problema? Se supone que estás aquí para cuidarme, no para tratarme como la mierda.

—Créeme, niña, este es el último lugar en el que quisiera estar. He pasado la última semana tratando de convencer al ministro de que envíe a alguien más, pero tal parece que la señorita con deseos suicidas es demasiado importante como para tener a un auror normal como escolta.

El veneno con que escupió aquellas palabras dejó a Sophia sin habla. El tipo frente a ella, que no podía tener más de veinte años, parecía odiarla con una intensidad que jamás había visto. Ni siquiera Parkinson o Malfoy la habían mirado así. ¿Qué Le había hecho ella para...? Claro.

Las palabras de Dumbledore se le vinieron de golpe a la mente. Una de las razones por las que había sido dejada en un horfanato muggle, lejos del mundo mágico, era porque las personas a las que su padre había dañado podrían querer vengarse con ella. Estaban dispuestos a lastimar a una niña por los crímenes de un hombre al que ella jamás conoció, ni conocería.

—¿Qué fue lo que te hizo? —preguntó sin darle vueltas al asunto. Tía Andrómeda le había dejado bien en claro que no tenía que dejarse amedrentar por nadie.

—No sé qué hablas —murmuró Draxler dándole la espalda.

Sophia apretó los puños con fuerza y se paró frente a él. Si había algo que odiaba eran los tipos que empezaban peleas y luego se acobardaban. Tipos como Draco.

—¿Qué te hizo Sirius Black? —preguntó usando el mismo tono que con Druella— ¿Y por qué piensas que puedes desquitarse conmigo? ¡Yo no he hecho nada!

Una media sonrisa se formó en el rostro de Draxler, pero sus ojos seguían fulminado a Sophia.

—Lo único que tu padre hizo mal fue concebirte.

Entonces Sophia lo comprendió. Aquella misma noche en que Dumbledore la sacó del hospital, le contó que aún en la actualidad, habían personas que seguían pensando que ella era una abominación, que no debió de haber nacido.

—¡Largo! —exclamó la azabache sacando su varita y apuntándole a la cara a Draxler, quien no se movió ni un centímetro.

—Baja eso antes de que le saques un ojo a alguien.

—¡Dije que te largues! —volvió a gritar Sophia, repasando en su mente la lista de hechizos con los que atacarlo.

Sin embargo, antes de que pudiera hacer nada, Draxler la tomó de las muñecas y la tiró al piso, en donde apretó su agarre y la miró con elismo odio de hace unos minutos.

—Creo que tu cabeza es demasiado dura para entender —escupió mientras sus manos lastimaban las muñecas de la niña—. Yo no estoy aquí por gusto, pero debo cumplir con mi misión. ¿Sabes lo que significa? Pero qué digo, por su pues o que no lo sabes.

» Significa que, a partir de ahora, seré tu sombra. Me encargaré de que tú y tus odiosos amiguismos no vuelvan a meterse en problemas. Pero eso no significa que sea tu sirviente. Jamás vuelvas a darme una orden, porque lo lamentarás, ¿entendido?

Durante todo el discurso, Sophia no paró de moverse, tratando de deshacerse del fuerte agarre del tipo. Sabía que no tenía caso gritar por ayuda, la mansión era demasiado grande, ni siquiera había gente en el mismo piso... ¿O tal vez sí?

—¡Dobby, ayúdame!

Casi de inmediato, el cuerpo de Draxler salió volando hasta estrellarse contra la pared.

—¡Dobby no dejará que Draxy lastime a Sophia Black! —exclamó el elfo parándose entre la niña y el auror— ¡Dobby nunca ha matado a un mago, pero lo hará si Draxy vuelve a lastimar a Sophia Black!

—¿Crees que le temo a un simple elfo doméstico? —espetó Draxler poniéndose de pie con su varita en la mano.

—¡Dobby conoce cinco formas de desaparecer los cuerpos de los magos muertos! ¡La tercera es la favorita de Dobby!

—Vete si no quieres que tu amo Lucius se entere de que atacaste a un mago del ministerio.

Sophia vio como Dobby bajaba sus orejas y empezaba a temblar. Lucius debía ser realmente malo con sus elfos.

—Puedes irte, Dobby —pidió la azabache. No quería que el pequeño elfo se metiera en problemas por ella.

Dobby dudó un momento antes de girarse hacia ella, hizo una reverencia y desapareció, dejándola sola con Draxler.

Ambos se quedaron en silencio un buen rato Sophia miraba a Draxler sin entender el porqué de su odio. Muchas personas debían pensar que ella era un monstruo, o que un ser con sus poderes no debería existir, pero eso no explicaba la actitud de Draxler. Se supone que esas personas debían despreciarla, pero Draxler parecía odiarla, como si ella hubieraatado a roda su familia o algo así.

—Toma —dijo Draxler rompiendo el silencio. Sacó algo de su túnica y se lo lanzó a Sophia.

La azabache lo atrapó antes de que conectara con su nariz. Era una delgada cadena azul con una canica plateada como dije.

—El ministro dijo que debía estar todo el tiempo contigo. Yo permaneceré dentro del dije el tiempo. Si quieres que aparezca, toma la canica en tu puño y utiliza la palabra clave.

—¿Cuál es la palabra clave?

—Elije tú —respondió Draxler antes de que un pequeño remolino verde lo envolviera y lo hiciera desaparecer. Casi al instante, la canica brilló tres veces antes de regresar a su color normal.

—¿Cómo será vivir en una canica? —se preguntó Sophia, antes de que una enorme sonrisa se formara en su rostro— Me pregunto qué pasará si un martillo le cayera encima.

Serías encarcelada por asesinato.

Sophia dejó salir un pequeño grito al oír aquella voz en su habitación vacía.

—¿Quién está ahí? —preguntó asustada.

—¿Cómo puedes ser tan estúpida?

—¿D-draxler? —preguntó Sophia mirando la canica atónita.

Mientras tengas la canica en tu mano, podré escuchar todo lo que pase afuera, y tú podrás escucharme a mí.

—¿Solo yo? ¿Estás hablando en mi mente?

Vaya, al parecer aún te quedan una o dos neuronas vivas.

Sophia frunció el ceño enojada. Tomó la canica y estuvo a punto de tirarla al piso, pero una brillante idea la detuvo. Podría utilizar a Draxler en su beneficio.

Se puso la cadena alrededor del cuello. Era más pequeña que la que sostenía el medallón de sus padres. Mientras el medallón le quedaba en el pecho, la canica Le quedaba sobre la clavícula.

Sophia se estiró cansada. Por primera. Vez desde que salió del hospital, no tenía ánimos de cenar. En su lugar, se echó sobre la suave y enorme cama en el centro de la habitación y, casi de inmediato, se quedó dormida.