—Esto no es cierto.
Sophia pasaba los vestidos colgados en el armario de su habitación en Malfoy Manor, buscando con desesperación algo que no fuese un vestido negro de encaje, pero fue en vano.
—Deja de desordenar tus vestidos, Melania.
Sophia ignoró la voz de Druella y corrió hacia el tocador. Debía encontrar algo descente que ponerse en lugar de la toalla de baño que llevaba. Abrió los cajones y revolvió la ropa que había dentro, esperando encontrar al menos unos shorts. Nada. Ropa interior, medias, cintas, y algo que no sabía cómo se llamaba.
—¿Qué es esto? —preguntó la pequeña azabache, mostrándole a Druella un tubo forrado de tela con dos líneas de agujeros, dentro de los cuales habían cintas gruesas.
—Eso es un corsé —respondió la mujer como si fuera lo más obvio del mundo—. Honestamente, Melania, ¿cómo es que no conoces una de las prendas más esenciales de toda mujer digna?
—Pues... O es porque no soy una mujer (aún), o porque no soy digna. Una de dos.
Druella hizo caso omiso del comentario de Sophia y le quitó el corsé de las manos, lo colocó sobre la cama y se dirigió al closet. Puso uno de los vestidos junto al corsé, junto con un juego de ropa interior, un par de medias y una diadema para el cabello.
—Esto es lo que te pondrás para tomar el desayuno y para tus lecciones.
—Yo no uso vestidos —dijo la azabache cruzándose de brazos.
Druella la miró de arriba abajo con desdén antes de abrir una puerta al lado del closet, que resultó ser un segundo closet, un poco más pequeño que el primero, el cual estaba lleno de zapatos de diferentes estilos.
—Estos zapatos son perfectos para el vestido que escogí. No te preocupes, todos fueron mandados a hacer de tu talla, al igual que los vestidos.
Sophia miró los zapatos que Druella sostenía. Eran negros, de tacón, con cintas al frente. Eran muy bonitos, pero Sophia no creía que fueran adecuados para una niña de once años.
—La tía Andromeda dice que los tacones son malos para los pies de las niñas. Dice que puede deformarlos y...
—Silencio, Melania —regañó Druella con el ceño fruncido—. Hablas como si fueras una niña de cinco años, repitiendo todas las sandeces que escuchas por ahí. Estos zapatos son la última moda entre las señoritas de tu edad. Narcissa misma se aseguró de ello.
Sophia estuvo a punto de responder, pero se detuvo. Era cierto lo que le había dicho tía Andromeda, pero esos zapatos simplemente le gustaban demasiado. Una vez tío Ted le dijo que habían tres cosas que las mujeres no resistían: diamantes, hombres guapos (o mujeres hermosas, según el gusto de cada quien), y zapatos.
'Creo que esta vez sí tenías razón, tío Ted' pensó la azabache mirando los otros zapatos que quedaban guardados.
—Ahora, quítate la toalla, Melania. Es hora de vestirte para el desayuno.
—¿Disculpa? —se quejó Sophia poniendo sus brazos alrededor de su cuerpo— Tengo once años, Druella. Sé vestirme solita.
—Pero no sabes cómo ponerte un corsé. ¿Me equivoco?
Sophia sintió sus mejillas calentarse, lo que la hizo frustrarse aún más. Hace cinco minutos ni siquiera sabía qué era un corsé, pero ese no era el punto.
—Al menos déjame ponerme la ropa interior. A solas.
—Nada de eso —sentenció la mujer tomando una de las prendas de la cama y sosteniéndola frente a Sophia—. Con la mala crianza de la traidora, no creo que sepas lo que es esta prenda, para qué sirve o por lo menos cómo se pone.
Sophia miró la prenda con curiosidad. Era parecido a una camisa de tirantes, pero mucho más corta. Tenía dos almohadillas circulares al frente y un broche en la parte de atrás, además, los tirantes eran ajustables.
—Esto, Melania, es un brasier.
—¿Brasi... Qué?
—Brasier —repitió Druella con poca paciencia—. Brasier, corpiño, sostén, bra, como quieras llamarle.
—Oh.
—¿Y bien? ¿Sabes cómo ponértelo?
—¡Claro que sí! —respondió Sophia de inmediato, aunque en realidad ni siquiera sabía en qué parte del cuerpo iba aquello.
Druella la miró con la ceja alzada por unos segundos, dándole tiempo de retractarse y pedirle ayuda, pero eso no pasó. Sophia Black prefería morir antes que pedirle ayuda a una persona tan desagradable, y que para rematar, era familiar de Malfoy.
—Muy bien —declaró Druella luego de unos segundos—. Esperaré afuera. Quiero que me llames en cuanto te pongas la ropa interior. Lo quieras o no, necesitarás ayuda para el corsé.
—Mierda —murmuró Sophia una vez quedó sola en la habitación. ¿Por qué tía Andrómeda nunca le habló de esas cosas?
Lo intentó todo. Se los puso en la cabeza y en las rodillas, pero le quedaba flojo. Trato en el torso, justo sobre el ombligo, pero le quedó demasiado apretado. Hasta que finalmente lo logró.
Sophia se miró al espejo una y otra vez. La cosa esa le quedaba justo a la media, pero había algo que no le cuadraba. Un ligero destello sobre su mesa de noche llamó su atención, dándole la idea perfecta.
Se puso la camisa que usó para dormir y tomó de la mesa la canica de Draxler. Necesitaba al menos la opinión de alguien antes de llamar a Druella. Cerró los ojos y trató de pensar en alguna palabra que pudiera usar como clave, pero no se le ocurrió nada.
—¡Azul! —exclamó recordando el color de los ojos de su guardián.
Un segundo después, el mismo remolino verde de la noche anterior apareció en medio de la habitación, del cual salió Draxler usando el mismo traje oscuro y la misma expresión fría de anoche.
—¿Azul? ¿En serio? ¿La grandiosa y omnipotente Sophia Black usando algo tan tonto y cursi como palabra clave?
—Cierra la boca —siseó la azabache con las mejillas rojas—. Te llamé porque quiero que me digas si me he puesto bien esta cosa.
—No soy una asesora de modas.
—No, eres un estúpido imbécil al que le divierte insultar a una niña —respondió Sophia enojada—. Ahora dime si me he puesto bien esta porquería.
Draxler alzó una ceja, pero no dijo nada. Sus ojos siguieron el dedo de Sophia, que señalaba a su cadera. Sus mejillas se enrojecieron levemente al ver que la pequeña descarada solamente traía puestas unas bragas, y un cinturón de tela fina.
—El cinturón va sobre los pantalones, no sobre la ropa interior.
—No es un cinturón —aclaró la niña perdiendo la paciencia—. Es un brisor.
—¿Un qué?
—Un... Un... Ash, olvidé cómo se pronuncia, ¡pero no es un cinturón.
Draxler la miró confundido. Si no era un cinturón, no sabía lo que era, y tampoco podía acercarse más para verlo mejor. No cuando la prenda estaba en la zona en la que estaba. Él podía ser muchas cosas, pero un pervertido no era una de ellas.
El hombre suspiró y pasó una mano sobre su rostro. Él no era una maldita modista. Estuvo a punto de largarse, cuando captó algo en el espejo que lo detuvo.
—Date la vuelta —dijo con un hilo de voz.
—¿Qué dijiste?
—Date. La. Vuelta. —repitió luego de aclararse la garganta.
Cuando la pequeña lo obedeció, Draxler no supo si reír o llorar. Definitivamente, la niña frente a él no podía ser Sophia Black, la nædàr, la niña prometida, el gran prodigio, el ser más puro y poderoso en la faz de la tierra. Tenía que haber algún error.
—¿Qué? —preguntó Sophia mirándolo por el reflejo del espejo— ¿Por qué parece que quieres reírte? ¿Qué te causa tanta gracia?
Draxler miró con cierta represión el trasero de la pequeña, por muy mal que eso sonara. Resulta que el cinturón no era un cinturón, sino un sostén. De los que las mujeres se ponen en el pecho para... acomodar sus atributos. Y Sophia Black se lo había puesto en la cadera, con las copas en la parte de atrás, acomodando su... sus atributos traseros. Sus planos atributos traseros.
Sophia se dio la vuelta y Draxler tuvo que respirar hondo tres veces para calmarse.
—Lo reconozco, me has dejado sin palabras —dijo al fin, tratando de reprimir una sonrisa malvada—. ¿En donde creciste, en un establo?
—No, en un manicomio —respondió Sophia con aspereza.
—¿Y cómo dedujiste que esa prenda va ahí?
—Era el único lugar posible —respondió la azabache confundida—. ¿Qué? ¿Acaso tu sabes a dónde van? ¿Sabes cómo ponerlos?
—Digamos que tengo más experiencia en quitarlos, pero sí, sé dónde van.
Sophia lo miró con aprensión. No quería pedirle ayuda, pero tampoco podía pedírcela a nadie más.
—¿Melania? ¿Esta todo bien?
La voz de Druella le recordó a Sophia que no tenía mucho tiempo, por lo que, con un ligero suspiró, se tragó su orgullo y miró decidida a su guardián.
—¿Podrías ayudarme a ponérmelo?
De la nada, Draxler empezó a toser, mientras su cara se tornaba roja.
—¿Q-quieres que yo te...
—¿Melania?
—¡Ahora! —rogó Sophia, quitándose el sostén de la cadera y extendiéndoselo al hombre frente a ella.
Draxler bufón, pero tomó el sostén. Se lo puso con las copas en la parte del frente del abdomen y le indicó a Sophia que lo subiera hasta su pecho. La azabache lo obedeció y Draxler le subió un poco la camisa de atrás para poner el broche. Pensó en asegurarse de que la pequeña se lo había puesto bien, pero su pecho era demasiado plano, y él no era ningún enfermo para tocarle esa zona a una niña.
—¿Quien hizo esto? —preguntó de repente, mirando las marcas en la espalda de la pequeña.
—Qué te importa —respondió Sophia bajándose la camisa. El tipo la había tratado como la mierda desde que la conoció. Ni loca iba a contarle la historia de sus cicatrices a un idiota así.
Draxler pensó un momento en insistir. Habían varias marcas recientes, que seguro fueron causadas por su aventura con Voldemort a finales del año escolar, pero habían otras que eran mucho más antiguas, y algunas incluso más profundas. Pero lo pensó mejor. Como la misma Sophia había dicho, no le importaba.
—Listo —murmuró viendo de reojo los bultos que se formaban en la camisa a de Sophia. Esa niña apenas tenía doce años, y era más plana que la puerta del closet, por delante y por detrás. Sólo Merlín sabía qué demonios pensaba Druella pata obligarla a usar esas prendas.
En ese momento, entró Druella, quien al ver a Draxler parado frente a Sophia, quien sólo traía una camisa cubriéndole la ropa interior, se imaginó lo peor.
—¡¿Qué está haciendo usted aquí?! ¿Cómo se atreve a deshonrar a mi sobrina de esa manera? Típico de los sangre sucia, queriendo aprovecharse de señoritas sangre pura para escalar en nuestra sociedad.
—¿Por qué no mejor se calma, señora Rosier?
—¡Es Black! —exclamó Druella furiosa.
Draxler rió levemente, haciendo que la mujer se enfadace aún más. Sophia, por su parte, miraba a uno y a otro sin entender. ¿Qué importaba el apellido con el que la llamara?
—Estoy bastante seguro de que es Rosier —respondió Draxler con una sonrisa cínica—. Su esposo murió hace un par de años, y en su sangre no corre ni una gota de sangre Black, por mucho que quiera aparentar lo contrario. Usted no es más que una simple Rosier.
—¿CÓMO TE ATREVES MALDITO SANGRE SUCIA? ¡MALDITA ESCORIA! ¡ENGENDRO DE LA INMUNDICIA!
—¿Tan desesperada estas por ser parte de la familia Black. Bueno, debiste estarlo para aceptar un contrato con el cerdo de Cygnus Black. ¿Pero llegar a copiar los rasgos de otros miembros? Porque, si no mal recuerdo, esos insultos eran de los favoritos de Walburga.
De repente, el cuerpo de Druella se tensó por completo, sus ojos se entonaron y su rostro se tornó pálido.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó rechinando los dientes— ¿Cómo, un vil sangre sucia como tú, sabe lo de mi contrato con Cygnus? ¿Y de dónde conoces a Walburga?
—Creo que tendrás que morir con la duda, Didi —respondió Draxler con una sonrisa siniestra antes de mirar a Sophia con desdén—. No vuelvas a llamarme para otra estupidez. Tengo mejores cosas que hacer que perder el tiempo contigo.
Acto seguido, Draxler desapareció en su remolino verde, dejando a Sophia sola con la furibunda Druella.
—¿Qué hacía ese hombre aquí? ¡Contigo vestida así! ¿Qué no te das cuenta de lo que esto le haría a tu reputación? ¿Qué pensarán nuestras amistades?
—Me. Vale. —respondió Sophia rodando los ojos.
Cuando Druella al fin se hubo calmado, tomó el corsé de la cama, y el infierno de Sophia empezó.
—¡Te dije que no respires! ¡Mete el estómago o no te ajustará!
Sophia se sujetaba con fuerza a la mesa del tocador, mientras Druella jalaba con fuerza las cintas del corsé, tratando de ajustarlo lo más posible.
Una vez terminó, le puso el vestido a Sophia, quien apenas podía respirar. Era azul oscuro de mangas cortas y un poco esponjadas, con cintas y lazos en el torso y encaje y algunos brillos en la falda, la cual le llegaba hasta las rodillas. Luego le puso las medias, del mismo color que el vestido, los zapatos y los guantes de encaje negros, y una delicada diadema de piedras blancas en el cabello.
—Listo —dijo Druella antes de llevársela a desayunar.
El desayuno lo tomaron en el comedor familiar, el cual era una habitación enorme, con una mesa para cincuenta personas. Lucius se sentó a la cabeza, con Narcissa a su izquierda y Draco a la derecha. Druella tomó asiento junto a su hija, y a Sophia la obligaron a sentarse junto a Draco.
El desayuno fue ligero. Demasiado ligero. Druella dijo que, a partir de hoy, Sophia iniciaría una dieta para ayudarla a "entrar en la taya de una señorita adecuada", por lo que no comería nada de grasas ni azúcar, en ningún momento del día.
El desayuno hubiera sido normal, de no ser por Lucius y Draco, quienes se mantenían mirándola de reojo. Mientras el primero la veía con una sonrisa muy extraña, el segundo la veía con una mezcla de miedo y curiosidad, como si temiera que fuera a revelar algún secreto suyo frente a sus padres. Narcissa por su parte, miraba a Lucius y luego a ella, mientras apretaba con fuerza el tenedor en su mano, y Druella se mantenía lanzándole miradas de advertencia a su hija.
Luego del extraño desayuno, Druella llevó a Sophia a una habitación aparte, en donde un mago de la edad de Dumbledore trató de enseñarle la historia de la familia Black. Trató, ya que Sophia no le puso atención.
Luego tuvieron un almuerzo ligero, en el cual Lucius no estuvo presente ya que tenía una reunión en el ministerio. Draco seguía mirándola raro, pero Narcissa ya estaba más calmada.
Tuvo una lección más antes de la hora del té. Los Tonks no se reunían a tomar el té, por lo que aquella fue la primera vez de la azabache, aunque tampoco fue la gran cosa. Narcissa y Druella chismeaban sobre otras mujeres ricas, mientras Draco la evitaba con la mirada.
—Bien, Melania, ya que has acabado tus lecciones de hoy, puedes pasar un poco de tiempo con Draco.
—Creí que no podía estar con chicos a solas —dijo Sophia tratando de zafarse. Cualquier cosa con tal de no pasar tiempo con él estúpido de Malfoy.
—Pero Draco es alguien digno y confiable —respondió Druella tratando de soñar convincente—. No habrá problemas en que se queden solos.
Druella y Narcissa salieron de la habitación, dejando al par de niños solos sin saber qué hacer.
Sophia lanzó una mirada por la habitación buscando algo para entretenerse. Se puso de pie y tomó el periódico que estaba sobre la mesa de té, se sentó en el asiento más alejado de Malfoy y se puso a leer, ignorando por completo a su "compañero de juegos".
Cuando Sophia terminó, apenas y habían pasado diez minutos, por lo que tomó una de las plumas que había sobre uno de los muebles y empezó a pintar las caras de las personas en las fotografías, quienes se quejaban y trataban de huir.
Luego de dibujarle un hocico de cerdo a una mujer vestida por completo de rosa, Sophia se puso a contestar el crucigrama que había en la última página. No era lo más emocionante del mundo, pero al menos serviría para pasar el rato.
—¿En serio prefieres hacer eso a hablar conmigo?
Sophia levantó la vista de su crucigrama casi completado y miró a Malfoy confundida.
—¿Me estas diciendo que el gran Draco Malfoy quiere hablar con esta simple plebeya?
—Lo que digo es que yo soy mucho más interesante que un estúpido crucigrama.
—¿Qué dijiste? —preguntó Sophia fingiendo que no lo escuchaba— ¿Que eres mucho más estúpido que mi interesante crucigrama? Eso ya lo sabía, Dragoncito.
Sophia regresó su vista al crucigrama. No le interesaba hablar con un ser tan desagradable como el albino senado frente a ella.
—Avalon.
Sophia miró sobre su hombro y se sobresaltó al encontrar a Malfoy, quien estaba ligeramente inclinado, mirando su crucigrama.
—¿Qué dijiste? —preguntó la azabache a la defensiva, poniendo sus manos sobre el periódico para ocultar sus respuestas.
—La número diez vertical —murmuró sin mirarla a los ojos—. Hogar de la antigua bruja Morgana y tumba del rey Arturo. Avalon.
Lentamente, Sophia se giró y retiró sus manos del periódico. Contó las casillas que habían para la respuesta y escribió lo que Malfoy dijo. Ká azabache se sorprendió al ver que el albino tenía razón, pero trató de disimularlo.
Malfoy, por su parte, caminó lentamente hasta tomar asiento junto a ella y se quedó ahí, totalmente quieto y en silencio, mirándola escribir.
Media hora después los llamaron para la cena. Lucius había regresado del ministerio, por lo que sus miradas extrañas y la tensión de Narcissa regresaron. Draco, por su parte, se veía un poco más relajado, pero seguía mirándola de vez en cuando.
Cuando al fin llegó la hora de dormir, Sophia corrió hacia su cuarto y miró por la ventana. Harry le había prometido enviarle una carta el primer día de vacaciones, ya que la azabache se había negado a llevar a Áyax a Malfoy Manor.
—Tonto Potter —murmuró la pequeña al ver el cielo totalmente despejado, sin rastros de Hedwig, Honey o de ninguna otra lechuza.
Cansada, se quitó el odioso vestido y deshizo como pudo los nudos del corsé, arrojándolo tan lejos como pudo, al igual que el maldito sostén y los tacones.
—Estas cosas no son para niñas —murmuró mientras se metía a la cama.
Llevó su mano hacia su pecho, en donde descansaba el medallón de sus padres, y se preguntó si su madre la habría obligado a usar esas cosas, o si su padre la habría forzado a aprenderse la historia de la casa Black.
Amo leer sus comentarios tanto como Remus ama su chocolate ;)
Dulces de limón para ustedes!
