A Sophia le costó diez minutos quitarse el dichoso corsé. Como ahora estaba pegado al sostén, tenía que quitar el broche antes de quitar los cordones, los cuales se habían hecho nudo. Al final, la azabache optó por cortarlo todo con unas tijeras que encontró en el gabinete del baño.
Pensó en darse un baño, pero recordó que la señora Weasley dijo que el desayuno estaría listo pronto, así que simplemente se cambió de ropa interior, antes de colocarse una camisa de The Beatles y unos pantalones con agujeros en las piernas.
Se quitó el trapo con el que se había amarrado el cabello, y un sentimiento de tristeza la invadió. La noche anterior había estado tan cegada por la ira, que no pensó en los efectos que traerían sus acciones. En aquel momento, con las tijeras en mano, sólo había pensado en verse lo más "vulgar" posible. Ni siquiera se paró a pensar que eso significaba renunciar a su largo cabello que tanto había cuidado la tía Andrómeda.
—Pero como Hugo el Engreído dijo: No hay victoria sin sacrificio —murmuró recordando una de las pocas clases de historia de la magia, antes de revolverse el cabello, que ahora apenas y le llegaba a los hombros.
Sonrió al ver a Áyax llegar al terreno de los Weasley por la ventana del baño, pero frunció el ceño cuando vio que, en lugar de irla a buscar, su búho se fue hacia uno de los árboles, en donde descansaban Hedwig y Honey. Su búho era un descarado malagradecido.
Cuando bajó a tomar el desayuno, los gemelos ya estaban en la mesa molestando a Percy, quien ya estaba bañado y peinado.
—Nosotros no hemos dormido desde anoche —dijo Fred en voz alta—, pero Perce...
—¡Son las siete de la mañana! —exclamó George— ¿Quién se baña tan temprano?
—¡Dejen en paz a su hermano! —exclamó la señora Weasley golpeándolos con un trapo de cocina— Y ya que tienen tantas energías, vengan y ayúdenme a servir.
Ambos rodaron los ojos, pero aún así fueron con la señora Weasley. Sophia tomó asiento frente a la silla de Fred, y unos minutos después bajaron Hally, Harry y Ron. Los mellizos se sentaron uno a casa lado de Sophia y Ron junto a Harry.
—¡Ginny, el desayuno! —gritó la señora Weasley poniendo dándole su plato a Percy.
Fred y George llegaron e hicieron como que se les caían los platos, sacándole un grito a la señora Weasley. Ambos pusieron los platos en la mesa y George se los pasó a Harry y Hally, mientras Fred puso el de Sophia.
A la azabache se le revolvió el estómago cuando vio que eran huevos, salchichas fritas y tostada. Las palabras de Draxler la noche anterior se reprodujeron en su mente. La carne la sacan de los animales. Animales como Pepper, el gallo al que tanto cariño le había tomado, o incluso Áyax, su hermoso y coqueto búho.
No quería comerse las salchichas, pero sabía que los Weasley no eran millonarios, y que se esforzaban por la comida, y ella no iba a desperdiciar lo que le ofrecían. Así pues, con su mano temblorosa tomó el tenedor y empezó a comer lo más rápido que pudo, cerrando los ojos cada vez que se metía a la boca un trozo de salchicha.
Ya iba a la mitad de su plato cuando Ginny bajó. Sus ojos estaban inchados y su rostro enrojecido, como si hubiera estado llorando. Sophia se preguntó qué le habrá pasado, si cuando salió de su cuarto estaba tan contenta. Miró a Hally pidiendo una explicación, pero la pelirroja parecía muy concentrada en su plato.
Sophia suspiró y pasó sus manos por su cabello, y el sentimiento de tristeza regresó al sentirlo tan corto.
—Tonta —murmuró tratando de acomodar los mechones más cortos tras sus orejas, pero éstos seguían regresando a estorbarle la vista.
—¿Por qué no pruebas una diadema? —dijo Harry sonriendo ante el dilema de su amiga.
—Porque no tengo una —respondió Sophia antes de apoyar su cabeza sobre el hombro del azabache—. ¿Me compras una cuando vayamos a Diagon Alley? —preguntó haciendo ojos de cachorro.
Harry sonrió un poco sonrojado, mientras Hally miraba nerviosa entre ellos y Ginny, quien comía su desayuno con la cabeza gacha. Junto a ella, Fred apretaba su tenedor con fuerza, mientras George ponía una mano sobre su hombro en señal de apoyo.
—Creo que voy a vomitar —murmuró Fred soltando el tenedor.
—¿Qué dijiste, Freddie? —preguntó Hally mirándolo mal.
—Que creo que voy a reventar —dijo esta vez en voz alta, antes de ponerse de pie—. Creo que me iré a la cama y...
—Alto ahí, Fred Weasley —lo detuvo su madre—. Si te pasaste la noche vagando por ahí es culpa tuya. Ahora, tú, George y Ron, quiero que vayan a desgnomizar el jardín.
La señora Weasley sacó un libro de un tal Gilderoy Lockhart, el nombre más estúpido que Sophia haya oído antes. Casi toda la portas a la ocupaba la fotografía de un tipo rubio de ojos azules con cara de idiota, que les guiñaba el ojo a todos.
—Es igual de vanidoso que tú, Soph —dijo Hally riéndose—. ¿Estarán emparentados?
—Lo dudo, la mitad de mi familia está muerta y la otra mitad en la cárcel, además, no creo que ningún Black se vea tan ridículo —respondió la azabache haciendo una mueca de asco.
Sophia y los mellizos se ofrecieron a ayudar a Fred, George y Ron en su tarea del jardín, pero mientras salían, se escuchó un ruido, como el que hace una chimenea cuando se enciende. Los Weasleys corrieron hacia la chimenea, de donde salió un hombre alto y pelirrojo, quien Sophia dedujo era el señor Weasley. La azabache pensó en ir a saludarlo, cuando un par de figuras aparecieron detrás de él...
—¡SOPHIA ALGHIEBA MELANIA BLACK SINCLAIR!
—Mierda...
—¿CÓMO PUDISTE ESCAPARTE DE ESA MANERA!
—Yo...
—¡A MITAD DE LA NOCHE!
—Es que...
—¡SOLA Y SIN DECIRLE A NADIE A DÓNDE IBAS!
—Pero yo...
—¡UNA SIMPLE NOTA...!
—Ya, ya, Dromeda, ¿qué tal si te calmas y dejas que la niña nos explique lo que pasó?
Sophia miró agradecida a tío Ted, pero éste tenía una expresión seria que la azabache jamás había visto en él.
—N-no se queden aquí —dijo la señora Weasley señalando al sofá—. Por favor, tomen asiento, ¿gustan un poco de té?
—No gracias, Molly —dijo el tío Ted con amabilidad, mientras su esposa mantenía su furiosa mirada sobre su sobrina—. Les ofrezco una disculpa a ambos por la intromisión.
—No te disculpes, Ted —dijo la señora Weasley antes de darle un codazo a su esposo, quien se había quedado mirando a Sophia con la boca semi abierta—. ¡Arthur !
—Por la tanga de Merlín...
Los gemelos estallaron de risa ante el balbuceo de su padre, mientras éste se acercaba y le extendía la mano a Sophia.
—En versado es un honor ser el Weasley al que le tocara ver éste día...
Sophia sonrió un poco incómoda ante las palabras del señor Weasley, quien siguió hablando de lo honrado que estaba al conocerla y de que el sueño de varias generaciones de Weasleys era conocer a la Nædàr. Ya hasta se había olvidado del problema en el que se había metido, hasta que la tía Andrómeda se aclaró la garganta, haciendo que el señor Weasley la soltara.
—Los dejaremos solos —dijo la señora Weasley sonriendo, antes de mirar a sus hijos y echarlos al patio.
—No estás en problemas...
—Estás en serios problemas...
Sophia sonrió cuando sus tíos hablaron al unísono, pero una mirada de la tía Andrómeda hizo que se borrara en seguida.
—Dromeda —suspiró el tío Ted mirando a su esposa—. Dijimos que–
—No me importa lo que dijimos —lo interrumpió tía Andrómeda con la mirada dia en Sophia—. ¿Tienes idea de lo que te pudo haber pasado andando sola en medio de la noche? ¿O de lo que pudieron haberte hecho los Malfoy si te atrapaban luego del espectáculo de anoche?
—Yo... Espera, ¿como se enteraron de eso?
—Para esta hora, todo el mundo mágico lo sabe —respondió el tío Ted mirando hacia una de las ventanas—. En la gala estaba Rita Skeeter, una famosa columnista del Profeta.
—¿Eso es todo lo que planeas decir? —inquirió tía Andrómeda— ¿No piensas explicar por qué hiciste algo tan imprudente y que sabías que te causaría tantos problemas?
—¿Y qué querías que hiciera? —espetó Sophia harta de tanto reproche— ¿Sentarme y fingir ser una señorita mientras me obligaban a comprometerme con un mocoso engreído hijo de papi? Sobre mi cadáver iba a dejar que me hicieran eso. Además, tú eres la menos indicada para reprocharme algo.
—No te atrevas a usar eso contra mí, jovencita.
—¿Por qué no? Tú también huiste porque no querías que te comprometieran.
—Sí, pero yo ya era mayor de edad cuando lo hice. ¡Tú tienes doce años!
—Corrección, tengo once, y la edad es lo de menos. ¡Ellos querían convertirme en un juguete para su hijo y robarme el dinero y poder de los Black, y no les importó mi edad! ¡Yo no iba a esperar hasta que me acorralaran para huir!
—No digo que debiste dejarlos, pero tampoco debiste enfrentarlos. Debiste habernos escrito, o a Dumbledo–
—¿Para qué? ¿Qué iban a hacer ustedes, si por su culpa tuve que ir ahí en primer lugar? —escupió Sophia cerrando los puños con fuerza— ¿Y qué iba a hacer Dumbledore? Probablemente me habría dado una palmada en el hombro y habría dicho algo estúpido como que debo enfrentar mi destino con valor.
—Nosotros sólo nos preocupamos por ti, Sophia —dijo tío Ted luego de un momento en silencio—. Lo hemos hecho desde que llegaste a nuestro hogar–
—Desde que tengo un año de vida, ningún adulto me ha servido de nada —lo interrumpió Sophia mirando a la nada—. Sé que ustedes me dejaron vivir en su casa por casi dos años, y que me ayudaron a no parecer un fenómeno, pero ustedes no evitaron que Dumbledore me llevara al orfanato, ni que las monjas me llevaran al manicomio, no evitaron que me inyectaran líquidos que me quemaban por dentro, ni que me dieran drogas ilegales, ni los golpes cada vez que no comía, o la tina llena de cubos que hielo o las terapias o los gritos o...
Tío Ted tuvo que sacudirla para sacarla del trance en el que se hayaba, y le pasó un pañuelo para que se limpiara las lágrimas del rostro.
—No es justo que nos culpes por algo de lo que no teníamos conocimiento —murmuró tía Andrómeda limpiando sus propias lagrimas—, cuando nosotros aún no nos hacíamos cargo de ti...
—¿Entonces crees que deba culparte por la vez que casi me matan en el bosque prohibido? ¿O cuando Voldemort estuvo a punto de asfixiarme luego de haberme envenenado, quemado y cortado?
—Sophia...
—Yo no los culpo por nada de eso —aclaró la azabache suspirando—. Pero tampoco me pidan que confíe en que un adulto resolverá mis problemas cuando son los mismos adultos los que los causan.
Los tres guardaron silencio un buen rato, tía Andrómeda llorando calladamente, tío Ted pensando, cubriéndose el rostro con las manos, y Sophia mirando sus manos, recordando cómo se veían cuando aún tenía aquel veneno en su organismo.
—Creo que les avisaré a los demás que estás bien —suspiró tío Ted poniéndose de pie.
—¿Los demás? —preguntó Sophia confundida.
—Albus, Dora, Alastor, Kingsley y–
—Y nadie más —se apresuró a decir tía Andrómeda sujetando con demasiada fuerza el pañuelo.
—Dromeda...
—He dicho que no, Ted. Él no tiene derecho...
—Sí que lo tiene. Ella misma se lo otorgó, ¿recuerdas?
—¡Pero él renunció! Ted, él mismo renunció a ese derecho hace más de diez años.
—¿De quién hablan?
Ambos voltearon a ver a Sophia asustados, como si acabaran de recordar que estaba allí. Tío Ted fue el primero en recobrarse, esbozando una ligera sonrisa.
—Eso no importa ahora —dijo antes de caminar hacia la chimenea y sacar una pequeña bolsa de su túnica—. Un consejo: siempre carga una bolsa de polvos flu contigo.
Sophia quiso preguntarle a tía Andrómeda de quién hablaban, pero cuando la miró, ésta tenía una expresión de dolor y sorpresa en su rostro.
—Tu cabello...
Inconscientemente se llevó una mano a la cabeza, y por alguna tonta razón, sintió sus ojos arder al sentir lo corto que estaba ahora. Tía Andrómeda se sentó junto a ella y puso una mano sobre sus hombros. A lo lejos se oía la escandalosa risa de Dora.
—Quédate aquí, iré a hablar con los señores Weasley un momento. Ya vuelvo.
Tía Andrómeda se levantó y Sophia fijó su vista en la chimenea. El cuerpo del tío Ted cubría su vista casi por completo, aunque podía distinguir una parte del sombrero de Kingsley dentro de la chimenea. Ya antes sus tíos le habían hablado sobre la Red flu, pero nunca antes había podido ver cómo funcionaba.
Mirando de reojo la cocina, en donde tía Andrómeda y los señores Weasley le daban la espalda, caminó de puntillas hacia la chimenea, escondiéndose tras el sillón más cercano a sólo un par de metros. Justo en ese momento, tío Ted lanzó otro puñado de polvo y dijo una dirección, pero Sophia no alcanzó a entender por el ruido de las llamas..
—¿Ted?
Sophia dedujo qué se trataba de un hombre por su voz ronca y raposa, pero tío Ted se movió de nuevo, bloqueándole la vista.
—¿Remus?
Sophia se mordió la lengua para evitar reírse. Remus era uno de los primeros nombres que pensó para Áyax, ya que fue uno de los fundadores de Roma, quien junto a su hermano fue criado por una loba, lo cual había aumentado el interés de la azabache en ese nombre, aunque al final decidió que el nombre de un guerrero le quedaría mejor a su búho.
—¿La encontraron?
—Sí, está con los Weasley. Llegó en la madrugada.
Sophia trató de acercarse para escuchar mejor, pero el ruido de la madera ardiendo no la dejaba escuchar con claridad.
—Que bueno...
—Pero lo dices con una cara...
—¿No has leído El Profeta?
—Remus, ya te dije que ella no es...
Una de las ramas del fuego se reventó, impidiendo que Sophia escuchara el resto de la oración, pero lo que sí escuchó fue el drástico cambio de tono de su tío, quien pasó de estar tranquilo a tensarse de inmediato ante la pregunta del hombre de la chimenea. ¿Qué habría de malo con que leyera el periódico?
—... niña vestida así, Ted.
—Tuvo sus razones.
—Y frente a tanta gente.
—Sí, ¿de quién crees que lo sacó? —inquirió Ted con sarcasmo— Sé que él era osado, pero ella no se quedaba atrás.
—Espero que de ninguno.
—¿Cómo puedes hablar así?
Sophia se mordió el labio inferior al escuchar el tono frío de su tío. No en balde llevaba tantos años casado cinco una Slytherin.
—No sería bueno que se pareciera a ellos, Ted, y lo sabes.
—Pues qué mala suerte que sea una mezcla de ambos, y qué triste que te expreses así de ellos.
—Tú sabes...
—Sí, sé lo que hicieron, pero también sé que fueron tus mejores amigos y estuvieron contigo siempre que los necesitabas. Pero lo que le hiciste a ella...
—Sabes por qué lo hice. Lydia me necesitaba...
—Casada o no, era la mujer que amabas, y faltaste a su última voluntad...
Hubo un largo silencio, y Sophia pensó que habían cerrado la conexión. Se asomó por un costado del sofá, y logró ver parte del rostro del hombre, quien tenía la mirada perdida.
—Lo sacó de ella —murmuró como si estuviera en trance—. Vi las fotos... Sólo ella podía moverse así...
El hombre levantó la vista, y antes de que Sophia pudiera volver a esconderse, sus ojos se encontraron con los de ella. La chimenea estaba un poco lejos, y la imagen se disorsionaba por el humo y las llamas, por lo que Sophia no pudo ver bien su rostro, pero sus ojos ámbar se veían tan definidos como si los tuviera frente a ella. La azabache jadeó al ver la sorpresa mezclarse con nostalgia en los ojos del hombre, quien la miraba sin parpadear, como si no quisiera perderse de un segundo de la vista.
—Cerrar conexión —murmuró el hombre, quien jamás despegó su mirada de la de Sophia, y su rostro desapareció entre las llamas.
Sophia aprovechó que tío Ted volvió a hacer otra llamada, esta vez al ministerio de magia, y se arrastró lo más rápido que pudo hacia el sofá tener donde tía Andrómeda la había dejado.
Tía Andrómeda regresó unos minutos después, pero junto a ella pasaron corriendo Harry, Hally, Ron y los gemelos con la edición de ese día del Profeta en la mano.
—Tienes que ver esto, Soph —dijo Hally poniendo el periódico en la mesa de café de los Weasley.
Sofía casi se va de espaldas cuando vio una enorme foto mágica que la mostraba bailando mientras cantaba vestida de Madonna en medio del salón de Malfoy Manor, junto a un enorme encabezado que decía:
"SOPHIA BLACK MARCA EL RITMO DE LA ALTA SOCIEDAD"
AN: Remus!!!
