II


Cuando la habitación se halla completamente vacía, Kreacher se atreve a salir de debajo de la cama donde se había aparecido minutos antes, esperando a que aquellos muggles se marchasen.

Miró alrededor y, con cuidado, cerró la puerta, sin hacer ruido, y se giró hacia su amo. Este descansaba en la cama, envuelto en gran cantidad de mantas.

Kreacher se acercó a él, se subió en la cama y sacudió el hombro de Regulus para despertarse. Poco a poco abrió los ojos, viéndose envuelto en todas aquellas mantas.

—¿Qué…? —inquirió mientras intentaba deshacerse de su envoltura sin mucho éxito. Tras un par de gruñidos frustrados, Kreacher se hizo cargo y lo liberó de aquella trampa —. Gracias —. Se levantó y miró hacia todos los lados. Le latía la cabeza como si alguien estuviera golpeando su cerebro desde dentro. Pestañeó, puesto que le molestaba la entrada de tanta luz de golpe en sus ojos. No reconocía aquella habitación —. ¿Dónde estoy?

—En una casa, amo —contestó Kreacher a lo que Regulus rodó los ojos.

—Eso ya lo sé.

—Oh. Está en Noruega, amo Regulus. Lejos de Londres —especificó entonces el elfo.

Regulus intentó ponerse de pie, pero, tras marearse, volvió a sentarse sobre la cama sujetándose la cabeza con ambas manos.

—¿Me has traído tú aquí? —inquirió y el elfo asintió— ¿Por qué?

—Los inferis estaban atacando al amo Regulus y Kreacher no podía permitir eso. Entonces me acordé de que el amo había planeado huir a Noruega antes del suceso de la cueva y Kreacher trajo aquí al amo Regulus —el elfo se retorcía nervioso las manos mientras esperaba la reacción de su amo—. ¿El amo está enfadado con Kreacher?

—No, no. Kreacher, no. ¿De quién es esta casa?

—De unos muggles; uno de los hijos te encontró tirado en la nieve donde Kreacher dejó al amo Regulus y le trajo hasta aquí. Ellos te han cuidado hasta ahora.

—¿Muggles? ¿Estoy en casa de unos muggles? —inquirió con incredulidad y el elfo asintió, temeroso—. ¿Dónde está mi varita?

—El amo Regulus la perdió en la cueva, la tiró al lago ¿recuerda?

—Mierda —maldijo Regulus dejando caer la cabeza entre sus manos. Sin varita estaba perdido y no podía regresar a Londres, El Señor Oscuro debería estar buscándole. De repente se acordó de algo importante —. ¿Dónde guardaste el medallón?

—Kreacher lo escondió en un lugar seguro, nadie lo encontrará, amo Regulus.

—Perfecto —murmuró Regulus mientras su mente funcionaba a mil por hora pensando en cómo continuar todo esto. Volver no era una opción, solo quedaba la posibilidad de quedarse aquí y hacerles creer a todos que había muerto hasta que llegaran tiempos mejores. Sí, eso era lo mejor —. Escucha atentamente, Kreacher: volverás a casa y actuarás como si no hubiera pasado nada ¿vale? De alguna forma tienes que conseguir que se filtre la noticia de mi desaparición y me den por muerto. Luego, y esta es la parte más difícil, tienes que traerme noticas de todo lo que pase en Londres a menudo y sin que nadie sepa lo que haces. ¿Has entendido?

—Sí, amo Regulus. ¿Se quedará aquí?

—Qué remedio —contestó el joven Black mientras se dejaba caer sobre la cama. Unos ruidos en la puerta los alertaron y provocaron que el elfo desapareciera. Regulus se incorporó sobre la cama, mientras la puerta se abría.

—Oh, estás despierto. He oído ruidos y no sabía qué eran. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? —inquirió una mujer mayor que le miraba amablemente. Regulus negó con la cabeza, inspeccionándola con la mirada. Y, finalmente, tras unos segundos la mujer desapareció de nuevo cerrando la puerta. Todo el semblante inexpresivo de Regulus cambió a uno de hastío.

Tendré que soportarlos como tapadera, al menos —pensó. Quizás no había sido del todo malo que aquellos muggles le hubieran recogido. Así, al menos, no le buscarían en aquel nido de ratas.

Se rascó la cabeza y miró a todos lados. Necesitaba asearse como fuera y, tras darse cuenta de su desnudez, pensó en buscar su ropa. Esta se hallaba encima del sillón que estaba frente a él, completamente mojada.

Genial.

Unos nuevos golpes en la puerta hicieron que corriera hacia la cama para taparse. Justo a tiempo para que abrieran la puerta y apareciera la cabeza de un chico.

—Oh, bien, estás tapado. Menos mal. Mamá me ha enviado a darte esta ropa. Quizás te queda un poco grande, pero creo que te servirá hasta que la tuya esté seca. Te la dejo aquí —el chico entró en la habitación y dejó la muda encima de la cómoda para después salir de nuevo.

¿Es que estos muggles no saben esperar a que se les dé permiso para entrar? —se preguntó Regulus mientras cogía la muda de ropa limpia. La sopesó durante unos segundos y la apartó con asco. No era de su talla y, desde luego, no tenía la suficiente clase. Esperaría a que Kreacher volviera y le pediría que le diera algo de ropa. Hasta entonces, no le importaba quedarse en la cama un rato más.

Se metió bajo las sábanas y sintió como todos sus músculos se relajaban. Suspiró. Realmente le venía bien el descanso, se sentía como si se hubiera caído de la escoba, hubiera rebotado contra el suelo y hubiera sido golpeado por el Sauce Boxeador como si se tratase de una simple bludger.

Otros golpes en la puerta le sacaron de su duermevela y Regulus estuvo a punto de maldecir a quién sea que viniera a llamarle esta vez. Se giró sobre la cama y enfrentó a la chica que le miraba fijamente.

—No te has cambiado de ropa.

—No es de mi talla —contestó simplemente Regulus encogiéndose de hombros mientras volvía a meterse entre las sábanas. Quizás si la ignoraba como el ser inferior que era se iría.

—No puedes pasearte desnudo por la casa —Regulus no contestó y el silencio se prolongó durante varios minutos —. ¿Me estás escuchando? —de nuevo no hay respuesta —. Al menos, ya que te hemos salvado, podrías tener la decencia de explicarnos qué haces aquí —silencio—. Está bien, sino nos quieres contar nada tus días aquí están contados. Será borde.

Regulus escuchó la puerta cerrarse con un portazo y sonrió. Quizás ahora sí que podría descansar un poco. Si es que a ningún otro estúpido muggle le daba por invadir su habitación de repente.