Sin miedo

Ya ni sabía en qué clase de lío me había metido.

Aún cuando todavía no habíamos llegado a territorios más fuertes, Chris se esforzaba por sacar ese "lado sexual" que yo me estaba reprimiendo tanto. Y poco a poco iba lográndolo, lo que lo complacía, pues siempre decía que yo tenía ideas muy anticuadas con respecto a la relación entre dos hombres. Si es que se le podía considerar antigua.

"— No le des tanta importancia al amor —me dijo un día de noviembre—. Ahora me tienes a mí. No nos amamos, lo sé, pero bien que te la estás pasando conmigo.

Y tenía razón. Aún no estaba enamorado de él, ¡pero cómo me encantaba cuando nos besábamos y acariciábamos! Ahora, el hacerlo detrás de los edificios no bastaba; íbamos a zonas más peliagudas. Una vez, al estar estudiando en la biblioteca sobre las Trece Colonias, él deslizó su mano por debajo de la mesa y me acarició con verdadera insistencia; terminamos acariciándonos mutuamente. Ayudó mucho estar en el rincón menos transitado de la biblioteca.

Pero ahora no tenía cabeza para estar pensando en esas cosas. Me encontraba mirando hacia afuera de la ventana de la casa de Charlie, con ambos brazos cruzados sobre mi pecho, y mi mirada presuntamente perdida en el exterior. No tenía un punto fijo para distraerme. Edward, Bella y Jake todavía no estaban aquí, pero a mamá se le ocurrió que podríamos adelantarnos. Y por el plural se refería a Leah, Quil y Embry, además de Sam y Emily. Los de la manada de Sam se la pasarían en compañía de sus familias.

Detrás de mí, todos comentaban chistes navideños y cosas muy dignas de la Nochebuena. La cena olía simplemente deliciosa: pavo relleno de verduras y salsa de barbacoa con un toque de algo mexicano llamado "mole", receta tradicional de mi querida madre quien, si no me equivocaba, debía de estar compartiendo uno que otro beso con Charlie a la vez que repartía los platos.

— El tuyo —me dijo Leah, quien se paró al lado de mí y me ofreció el plato de pavo, con puré de papa y una ensalada muy verde. Apenas la miré y extendí el brazo para tomar mi porción.

— Gracias. —le dije, y me volví a concentrar en la ventana. Mi hermana no se movió de aquí para nada.

Suspiró y se acercó a mí, hasta que sentí su boca muy cerca de mi oreja izquierda, cubriéndome de Charlie y Sue.

— Sé lo que te preocupa, hermanito —susurró—, pero no nos pasará nada. Ya viste cuántos hay en la manada de Sam.

— Aunque sean doce —le dije con el mismo tono confidencial—, muchos de ellos ni siquiera han cumplido los once años. Es triste saber eso.

— Sam sabe lo que hace, y los Cullen también. Son treinta y dos vampiros, y somos diecisiete lobos. Podremos mantener a raya a los mentados Vulturis. No tengas miedo alguno, hermanito. —y empezó a comer de su plato, pero con parsimonia. La imité mientras me giraba hacia adentro. Todos y cada uno estaban relajados, como si lo que fuera a pasar en una semana —porque ya se tenía un estimado del día exacto— no fuese más que una ida a la playa.

— ¡Eh, vamos, chicos! —nos dijo Charlie, quien entraba con su plato. Mi mamá lo acompañaba. Leah y yo decidimos ir al sofá, ocupado sólo por Collin y Brady, quienes me miraban acusadoramente cada cierto momento, cosa que, gracias al cielo, nadie más notó.

No me extrañaba que me vieran de esa manera; les había prohibido terminantemente que comentaran algo acerca de Chris, pues ellos sabían perfectamente cuánto tiempo pasaba con él, y sospechaban lo que podía haber entre él y yo. No era un secreto a voces lo mucho que insistía por fugarme con él en los almuerzos, dejándolos descuidados.

Por enésima vez, agradecí que Edward no estuviera aquí cuando pensara en Chris. Bien podría decirle a Jake sobre mi nuevo… ¿novio? No, es más un amigo con derechos. En fin, podría decirle a Jake, ¿y eso le importaría? Seguramente, considerando que me lo tiré hace cuatro días.

Había valido mucho la pena abstenerme tanto ese tiempo como con Chris, con quien simplemente no me imaginaba en la cama. Era bueno besándome, sí, pero a él no lo amaba, como él había vaticinado, y por ende no podría acostarme con él. ¡Pero ah, cómo me prendía el condenado sexy! Cuando nos conseguíamos un cubículo en los sanitarios y nos despojábamos las camisas, descubría para mi deleite que estaba casi tan musculoso como Jake o como yo, lo que me ponía más caliente.

Y eso estaba mucho mejor, porque me ayudaba a ocultar mi temperatura elevada de licántropo. Él siempre lo atribuía a la química entre los dos, lo cual me salvaba siempre.

Embry llegó a sentarse en el suelo justo enfrente de mí, y me sonrió.

— ¿Todavía no consigues sacarte el miedo, Seth? —inquirió con una sonrisa en los labios, pero manteniendo un tono respetuoso y muy bajo para los oídos humanos, lo que lo volvía perfecto para evitar que Charlie se alterara. Lo miré de mala gana—. Vale, ya. Será tu primera vez en el frente de batalla, ¿no? Tranquilo, no pasará nada. Los Cullen creen que no pasará nada, o al menos Carlisle lo cree. Tú lo sabes más que yo.

— Lo sé —repuse—, pero los demás no están pensando de esa manera. A ellos les preocupa que los Vulturi no se detengan a escuchar, lo cual es crítico.

— Relájate, Seth —me dijo la voz de Sam, por detrás de mí en algún punto de la sala—. Ten fe en todos, como siempre has logrado tener. Eras el alma de la manada, y sabemos que puedes volver a serlo en esta ocasión.

Asentí mientras le daba otro bocado a mi platillo. Dejé perder mi vista en la alfombra, cerca de las piernas de Embry. Por el momento no estaba muy animado para pensar en las fiestas.

Aunque eso tuvo que cambiar cuando Edward, Bella, Jake y Nessie llegaron. El ambiente en la casa se tornó tan animado y caluroso que todos empezaron a sentirse bien, salvo Bella y yo. Yo disimulaba estar entusiasmado, pero había algo en los ojos de la vampiresa que reflejaba todo lo contrario. Era como si también tuviera las mismas preocupaciones que yo, que reconociera que quizá no había esperanza alguna.

Que moriríamos sin remedio alguno.

Mamá nos estaba llevando a Leah y a mí de vuelta a la casa. Mi hermana, cuya debilidad por el alcohol se vio reflejada en cuanto Charlie sacó la magistral botella de vodka ("¿Es legal tomar esto a estas horas de la velada, oficial Swan?", le preguntó mi mamá pícaramente mientras se ofrecía a abrirla), roncaba fuertemente en el asiento trasero. Lo atribuí al hecho de que los descarados Sam y Emily derrocharan amor tanto en su presencia, tanto como Edward y Bella, o mamá y Charlie. Yo, en cambio, miraba por la ventana hacia los árboles que flaqueaban el camino. Mamá había tomado, sí, pero no lo suficiente como para perder el control tras el volante; ella resistía como nunca.

— Así que —empezó mi madre, claramente refiriéndose hacia mí. Como las ventanas estaban cerradas, se acentuó el olor a alcohol, que me hizo arrugar un poco la nariz—, ya no estás preocupado por lo que te hizo Jacob, ¿verdad, hijo mío?

— No quisiera hablar de eso ahora, mamá.

— No, no. Tenemos qué —hipó—. No estoy tan atontada como crees. No me gustó mucho la idea de que él se imprimara de la niña, ¿pero qué se le va a hacer, si Quil anda por el mismo rumbo?

— Nessie es diferente —le dije—. Ella es especial y crece rápido.

— Te lo tomas con tanta naturalidad. No sé si quiero creer que ya has olvidado a Jacob. Con lo felices que eran en el verano.

— He ahí, pues, el amor de verano tan cliché. ¡Soberbias y repetitivas mantas del amor, que apresan hasta al más bruto hombre y lo vuelven el más manso y controlado caballero digno de la realeza! —bramé. Mi mamá se rió.

— No sabía que tú fueras poeta, mi niño.

— No lo soy, mamá.

— Hasta podrías ir por el mismo camino trágico de Shakespeare. Me pregunto si él sufrió un desengaño amoroso.

— No sabría decirte. —le dije. Jamás me había tomado la molestia de abrir uno de sus libros, creo que ni siquiera tuve uno en mis manos.

Mi madre volvió a reír en cuanto cruzamos los límites de Forks.

— Ya en serio, hijo, ¿qué piensas hacer? En serio, apenas y pasas tiempo con nosotras. Te la pasas o en la escuela o en tu habitación. Y yo sé que no es por querer enfocarte completamente en los estudios. Algo tienes, hijo, que no nos quieres decir.

Intenté no ruborizarme ni dejar que mi pulso se acelerara, mucho menos dejar que mi vaho se manifestara en la ventana. ¿Cómo podía ella sospecharlo? Entonces recordé que las madres eran maravillosas, y ellas podían hacer de todo. ¿Qué les impedía tener un sexto sentido desarrollado? Nada. Era la magia de una madre.

Pasé los últimos días en La Push, planificando mis últimos movimientos. Hacia el veintinueve de diciembre, me incliné por algo descabellado.

Aún con short y una camiseta azul, salí así bajo la nieve y me fui a caminar a la orilla del mar en First Beach. No me molesté en ponerme calzado alguno. Aún con la nieve cayendo plácidamente, el mar no parecía haber encontrado ese punto exacto para congelarse. Pero eso no le impedía estar tan gélido como un vampiro. Las pequeñas olas que me llegaban a los pies me hacían gemir de sorpresa y dolor, muchas veces me dejaban sin aliento cuando salpicaban de más y me mojaban las piernas. No obstante, no me quité de este nivel. Disfruté este dolor tan glacial, porque la alternativa era morirme de miedo en mi casa o en la de los Cullen, mientras los asesinos italianos se desplazaban hacia nuestra localidad. ¿Cuánto tiempo les faltaba para llegar? ¿Y en qué vendrían? Eso intrigaba a muchos, tanto vampiros como licántropos. No sabíamos a qué hora llegarían, pero sí sabíamos que llegarían una mañana. Y eso no me dejaba mucho tiempo para moverme o hacer planes.

Aunque, para ser sincero, no había mucho por hacer, sólo una última cosa. Una urgente pero dolorosa despedida.

— Estás bromeando. —me dijo Chris al día siguiente, después de que se quedó pasmado unos momentos tras haberle contado que quizá tendría que irme mañana.

Estábamos en la sala de su apartamento. Era una buena noticia el hecho de que hubiera aprovechado justo el día de hoy, y justamente a estas horas tan tempranas de la tarde. Él iría por sus padres y hermana a Port Angeles, donde atracarían en un trasatlántico. En eso le pregunté si podría conocer a su familia, cosa que negó.

— ¿Y por qué no? —inquirí desconcertado.

— Nadie aparte de ti sabe que soy gay. Y Serena, mi hermana, no lo tomaría muy bien. Tiende a ser algo exagerada con las cosas que no entiende. Una vez estuvo dando mucha lata por dos meses acerca de sus deseos de prohibir las Matemáticas en todo el mundo. Naturalmente, todo mundo la tachó de loca o de niña malcriada.

No pude evitar reír. Desvié mi mirada hacia la cálida chimenea que resplandecía enfrente de nosotros. A eso, Chris también sonrió.

— A ver, señor Calenturiento… —me dijo, con lo que me trajo a la realidad. Lo miré, extrañado.

— ¿Cómo me llamaste?

— Oh, vamos. Hay una razón por la que apenas te echaste una sudadera guinda, cuando deberías estar con al menos cinco suéteres, considerando el condenado frío que hace afuera. Eso sólo me lleva a pensar que has estado pensando en mí, ¿verdad? No te tomó mucho llamarme.

— No, la verdad es que me dejaste intrigado con tu mensaje de anoche.

— Eso pensé, chiquito —me dijo, y se inclinó para besarme ardientemente y a jugar con el zíper de mi sudadera, que abrió por completo. Me la empezó a quitar con cierta lentitud, pero con movimientos bruscos. Se estaba conteniendo.

— Chris… —le susurré al despegar mis labios para tomar aire—, aún no me siento listo. —mentí. No había seguido su consejo de vivir el presente y de olvidarme del amor. Yo era un tonto colegial al que le encantaba la idea del amor, y el acto sexual sólo era factible para los que se amaban. No me gustaba que me desnudara con esas intenciones. Es más, nunca nos habíamos quitado más allá de la camisa. Él no me inspiraba confianza de alguna manera.

Ah, pero bien que lo calentabas y dejabas que te calentara, me dije a mí mismo mientras Chris arrojaba mi chamarra al suelo sin dejar de besarme, esta vez, el cuello. Mis manos se aferraban a su cabello corto mientras dejaba escapar unos gemidos de placer.

Y, como siempre, compartimos sólo lo esencial de una pareja.

— ¿Seguro que no puedes hacer nada para cambiar los planes de mañana, Sexy Seth? —me preguntó el rubio, quien respiraba entrecortadamente, con las mejillas encendidas en un interesante rubor y su pulso latiendo a mil por hora. Yo estaba igual, con mi rostro tan candente que no comprendía cómo no iba al tocador para mojarme la cara.

Ah, ya, porque estaba con Chris. Y un segundo lejos de él, aún en la misma casa, era imposible. Siempre terminábamos juntos.

— No —contesté apenado, también ruborizado—. Lo siento.

— Es triste, Seth. Ya te estoy echando de menos.

— Lo sé, Chris, lo sé.

— Y es una pena —prosiguió—. Todo un semestre juntos, y todavía no hemos… ya sabes.

— Me da miedo.—susurré. Él me tomó las manos entre las suyas y me miró directamente a los ojos.

— No tengas miedo —me susurró—. No te haré daño. No habrá lesiones, bomboncito.

— Espera. ¿Cómo pensaste que yo era…?

— Eh, podemos turnarnos si así lo deseas —se rió, pero paró al instante al ver mi reacción—. Oh, vamos, ricura. No me dejes colgado esta vez. Estamos en la víspera de la víspera de Año Nuevo, y mis padres no llegan sino en cuatro horas. Concédeme esto, Sexy Seth.

— ¡Oh, cómo castra que me digas así! —le contesté entre risas. Él me acompañó y una de sus manos fue a parar a mi mejilla derecha, que acarició suavemente.

— Bomboncito, ¿somos novios, verdad?

— Eh… —no sabía qué decir, nunca habíamos formalizado nada. Ninguno se declaró al otro, simplemente dejamos que nuestras hormonas actuaran por si solas, hasta que yo intervenía. No me imaginaba en la cama con otro que no fuera Jake, el chico con el que todavía tenía esperanzas. No había mostrado resistencia alguna cuando me le lancé la última vez, todo por las ganas que siempre me aguantaba con Chris. Era algo así como una bolsa acumulativa que invertí con Jake. ¡Y vaya que había sabido en dónde invertirla, pues el premio gordo había sido mío! En esa vez ninguno se había contenido, dando como resultado un mágico clímax, en el que ninguno se calló.

El sabor de sus labios contra los míos me devolvió al presente. Chris me miraba anhelante cuando se despegó de mí.

— Lo sé, lo sé. No te me he declarado, ni tú a mí, pero esto no lo hace cualquiera.

— He leído de los amigos con derechos, y funcionan.

— ¡Oh, vamos! Ninguno de los dos tiene novio. ¿A quién queremos engañar?

— Al parecer, a tus padres. No quieres contarles sobre mí.

— Ni siquiera saben que soy gay. —repuso. Se puso tenso, pero no se alejó de mí.

— Chris…

— No, Seth. No me salgas con esos tonitos. Hay algo que te pasa, chiquito, pero no me quieres decir...

— No podría. —confesé. Y en verdad no podría decirle que mañana me convertiría en un perro gigante para pelear al lado de vampiros contra otros vampiros, una lucha en la que muchos no podrían sobrevivir. Esa era la manera en que yo lo veía.

Él se inclinó un poco más sobre mí y me besó tiernamente, separado completamente de la lujuria que nos envolvía siempre.

— Prométeme que volverás, mi Seth.

Pero yo no tenía respuesta para eso, así que culminé la conversación al enrolarme con él y prescindir de nuestras camisetas, como siempre.

Esa noche, apenas dormí.

Consciente de que nuestro trabajo empezaba al salir el sol, no dejé de rondar por mi habitación desde las dos de la mañana. Estaba muy ansioso por la llegada del amanecer, la irónica hora para morir, en el principio del todo.

Las horas pasaron con verdadera parsimonia mientras yo no dejaba de ver por mi pequeña ventana o me salía a la sala a admirar todos los muebles y retratos nuestros que evidenciaban nuestros años de infancia. Reparé inmediatamente en una foto mía a los ocho años, en el que yo estaba emocionado por mi disfraz de Woody el Comisario, para Halloween. Era divertido verme con él, sobre todo cuando Leah, de catorce en ese entonces, se había resignado a usar un intento de vestido de Rosa, el seudónimo que le habían hecho adoptar a la Princesa Aurora. Sonreí; esos cuentos de hadas eran tan inocentes en comparación con los verdaderos cuentos, los de la magia Quileute.

¡Qué diferencia! ¡En ese tiempo éramos tan inocentes, y ahora estábamos comprometidos en algo mucho más grande, impensable!

Hacia las cinco y algo de la mañana, Leah apareció por el pasillo. Estaba medio dormida, pero en cuanto me vio sentado en el sillón se le despejaron los signos de adormecimiento.

— Tampoco tú… —me dijo, y caminó hacia mí. Se sentó al lado mío y me miró con ojos vidriosos; signo del sueño con el que se cargaba.

— Tampoco yo. —repuse.

Y sollocé.

Leah fue rápida y me acunó contra su pecho, abrazándome como jamás había hecho, transfiriéndome todo ese amor fraternal que tanto había faltado en los últimos meses, desde la muerte de nuestro padre, para ser exacto.

Y los dos lloramos en silencio, con el fin primario de no preocupar a mamá.

Hacia las seis y algo de la mañana nos salimos de la casa, no sin antes susurrar el posible último adiós hacia nuestra madre. Bueno, yo lo consideraba el último adiós, pero mi hermana lo hizo casi con el estilo "volveremos para la merienda, mamá". A veces necesitaba ser como ella.

Mientras íbamos trotando hacia el sitio de encuentro, ninguno pensó gran cosa. Lo que había que decirse, se diría después, ahora, los cinco lobos de la manada teníamos bien definido nuestro propósito: ayudar a los Cullen y sus amigos a poder frenar a los italianos, aunque fuese el tiempo suficiente para hacerlos entrar en razón. Eso sería algo complejo, considerando que la última vez se nos pidió que nos fuéramos para evitar problemas con ellos.

Aunque esta vez era diferente. En lugar de evitarlos, teníamos que alejarlos.

Llegamos a nuestro destino mientras el sol se intentaba asomar entre las nubes. Ahí estábamos los diecisiete: los cinco de la manada de Jake, y los doce de la manada de Sam. Miré a uno de los lobos más pequeños y escuálidos, de color madera de pino, que me miraba con ojos vidriosos. Quisiera saber el nombre del niño; debía de ser uno de los que ni siquiera tenían once años.

Moví la cabeza en un intento de tranquilizar al niño, pero una gruesa lágrima resbaló por su pelaje. Un lobo ligeramente más grande que él, Brady, se acercó y le acarició el lomo con el hocico. Intentaba consolar al niño.

Esto no está bien, dijo Embry, devastado por la mirada del niño. En su tono pude sentir la devastación, y me uní al llanto silencioso del niño.

No llores, Seth, me dijo Jake, quien me miraba fijamente. Sam sabe por qué los está dejando combatir. Me dice que no podría haber nada que impidiera que los vampiros italianos fueran a buscarlos después.

Es decir que no importara si no asistiera nadie. Seríamos perseguidos hasta la muerte, y pobre de aquél de que se regresara a La Push. Pondríamos en riesgo a nuestras familias, la generación en la que no hubo licántropos.

Y moriríamos con una culpa recargada.

El claro detrás de estos árboles se llenó de pasos y efluvios atrapados en lo empalagoso a nivel tóxico. Eso significaba que los vampiros ya estaban presentes, listos para recibir al enemigo.

En una de esas, Jake se da la media vuelta y sale disparado hacia el claro. Nadie intenta detenerlo; es comprensible su actitud. No puede estar separado de Nessie, menos en esa situación tan problemática.

Los nuevos olores me quemaron la nariz. Un espasmo me recorrió el lomo, incitándome a pelear, pero mi hermana me calmó al instante.

Los pasos se iban acercando más y más, y los vampiros buenos comentaban cosas entre sí. Todo iba aumentando la desesperación, en especial por lo que mis amigos se comentaban entre sí. Me acerqué a la orilla de los árboles para escucharlos mejor.

Las palabras de Edward fueron el colmo. Las susurró apenas.

— Cayo y Aro vienen a destruir y aniquilar. Han preparado múltiples estrategias. Si la acusación de Irina resulta ser falsa, están dispuestos a encontrar cualquier otra razón por la cual cobrar venganza, pero se sienten más optimistas ahora que han visto a Renesmee. Todavía podemos hacer el intento de defendernos de las acusaciones falsas, y ellos deben detenerse para saber la verdad sobre la niña —una ligera pausa—. No tienen intención de hacerlo. —vaticinó al final. Las cinco palabras que marcaban la sentencia final.

Eso me encabritó. Sabía el dolor que le causaría a Jake el hecho de perder a Nessie, y no lo pensaba permitir.

Sí, estaba dispuesto a protegerla, todo por Jake, aunque me doliera dicha unión.

Jake era feliz, y yo querría eso. No importaba si no siempre conseguía acostarme con él en memoria de los viejos tiempos de amor auténtico entre nosotros dos.

Fui el primero en salir de los árboles, y finalmente los divisé. Al menos treinta de ellos se desplazaban en una impresionante formación, todos ellos con capas negras a distintos tonos, siendo el centro el de los tonos más oscuros. Detrás de ellos había al menos otros cuarenta, vestidos a diferentes ropas. Al salir, sentí que los demás lobos venían. Leah se posicionó a mi izquierda, mientras Embry lo hacía a mi derecha.

Juntos, me dijo Leah.

Siempre, le contesté. Bella giró un poco la cabeza para mirarnos por el rabillo del ojo. Estaba situada entre Edward y Jake, mientras Nessie colgaba de la espalda de su madre. Me coloqué en el flanco izquierdo, con mi hermana, Embry, Collin, Brady y tres nuevos. Los otros ocho lobos fueron a parar al otro flanco.

Los Vulturi reanudaron su marcha, pero sólo para quedar a pocos metros de donde se detuvieron. Carlisle habló serenamente con Aro, el líder, lo que me extrañaba, considerando que ahora estaban preparándose para luchar contra el otro. No obstante, ambos líderes de clan conversaban como nunca, amistosos, sí, pero exponiendo sus términos y justificaciones. En algún punto, Edward fue llamado para ir a con Aro, lo que provocó que se me acelerara el corazón. El vampiro, sin embargo, fue serenamente a encontrarse con el enemigo, sin mostrar signo alguno de debilidad. Yo palidecí un poco.

Sereno, Seth, me pidió Leah. ¿Pero cómo lo quería, cuando Edward fácilmente se podía entregar a los brazos de la muerte?

El líder Vulturi ha quedado complacido, pero por poco, pues ahora había pedido ver a Nessie. Se le condicionó con verse a mitad del terreno, pero a la vez se le permitió ir con dos acompañantes. Así, pues, eligió a dos llamados Félix y Demetri, dos vampiros realmente aterradores. Bella se adelantó, no sin antes pedir por Jake y Emmett. ¡No, a Jake no!, pensé, pero luego recordé que él no se separaría nunca de Nessie.

No, realmente no podría, me contestó el interpelado mientras avanzaba hacia la línea enemiga, en el territorio de nadie.

Por favor cuídate, le dije.

Siempre lo hago, chico, me sonrió mentalmente.

Todos llegaron a la línea media, donde Aro conocía a Nessie. Tras unos instantes realmente tensos, Aro vaticinó que ella no es inmortal. A su vez, el Vulturi se preguntó si nosotros podríamos serle de utilidad, lo que me hizo gruñir. ¡No somos semejantes perros caseros como para que nos considere de esa manera! ¿Qué le pasaba por la cabeza?

El anciano decidió querer reunirse con los otros dos, el de cara de aburrido y el severo de cabello blanco; la excusa perfecta para que cada quien volviera a su posición original. Detrás de los hábitos negros, los que no los llevan empiezan a impacientarse. De pronto, el rubio empezó a discutir sobre la veracidad de Nessie a lo que Aro contestaba con la verdad. Realmente estaba convencido de que ella era real, no cabía duda alguna. Sus palabras, más que verídicas, fueron como una bofetada hacia el rubio, quien de pronto nos mencionó. A Aro le apenó esa observación. El rubio alegó acerca de los Hijos de la Luna y de la caza furtiva que le dio en el Viejo Mundo hasta casi extinguirlos, y de cómo Carlisle permitía la existencia de una "plaga" tan grande. Edward salió rápidamente en nuestra defensa, alegando sobre la plena luz del día. ¿Acaso era cierta la versión de Hollywood, sobre los que se transforman sólo con la luna llena, infectan a otros humanos con las mordidas y mueren con plata? Eso sí que no me la creía.

Edward, aún en nuestra defensa, dijo que nosotros ni siquiera éramos licántropos. Está bien, eso me sacó de onda. ¿Qué estaba pasando aquí?

— Mi querido Cayo —dijo Aro—, te hubiera pedido que tocaras este punto si hubieras compartido conmigo tus pensamientos. Aunque esas criaturas se consideren licántropos, en realidad no lo son. "Metamorfos" los describe mejor —vaticinó. ¿Metamorfos? ¿En serio? ¿Eso éramos? No podía ser. Y entonces me acordé de Taha Aki y su fortuna de encontrar un lobo que le permitió compartir el cuerpo. ¿Acaso Aro sabía más de los secretos de nuestras leyendas? imposible—. La elección de la figura lupina es pura casualidad. Podría haber sido la de un lobo, un halcón o una pantera cuando se realizó la primera metamorfosis. En verdad te aseguro que estas criaturas no tienen relación alguna con los Hijos de la Luna. Únicamente heredaron esa habilidad de sus ancestros. La continuidad de su especie no se basa en infectar especímenes de otras, como ocurre en el caso de los hombres lobo. —el rubio, Cayo, miró con irritación a Aro, cuyos argumentos eran tales que no había forma alguna de contrarrestarlos. ¡Y que lo diga! ¡Tiene razón en todo! ¿De dónde tuvo acceso a nuestras leyendas, si sólo se contaban en el consejo? No pudo haberle leído la mente a Bella, pues siempre decían que ella tenía un escudo. Además, nunca vi que la tocaran. Y ella era la única foránea que conocía las historias. ¿O acaso ella había sido tan amable de reproducirlas para su esposo o para Nessie cuando ella estaba aburrida? Lo consideraba más factible. Si no, ¿cómo Aro sabía a detalle lo que pasaba con nuestras historias?

Cayo mandó llamar a una chica llamada Irina, quien se presentó con lentitud. En cuando la vi me pasmé, pues era muy parecida a dos amigas de los Cullen. Las busqué entre la multitud, y noté que ellas se tensaban.

El líder rubio le empezó a hacer varias preguntas a la chica, quien lanzaba respuestas algo forzadas, y cuando se le pidió hacer una denuncia formal, la negó. Se responsabilizó por sus acciones y declaró inocente al clan. Por un momento sentí que estábamos a salvo.

Hasta que la mujer, Irina, rápidamente fue despedazada y envuelta en fuego.

Se desató la chispa. Las dos rubias se descontrolaron, e hizo falta un buen arsenal de vampiros para frenarlas. Miré al rostro de Cayo, quien sonreía maléficamente. Reconocí una de las estrategias alternativas. Esa era una.

El caos se siguió desatando. Ahora los que estaban detrás de las capuchas negras se veían demasiado desconcertados. Aro, como siguiente movimiento, habló con algunos de nuestros aliados sobre la niña, cosa que no le llevó más de unos instantes. Aún así, insistió en querer saber el futuro de Nessie. El vampiro que estaba con una de las rubias empezó a dar un discurso bastante interesante sobre la opresión y la tiranía, lo que llevó a Aro a pedir paz al joven, al que llamó revolucionario.

— ¿Revolucionario? —inquirió el interpelado—. Si me permites la pregunta, ¿contra quién me estoy alzando? ¿Acaso eres tú mi rey? ¿Deseas que yo también te llame amo, como tu guardia servil?

Aro, en un intento de remediarlo, justificó sus palabras al usar la aparente fecha de nacimiento del vampiro, llamado Garrett. Aro se gir hacia sus acompañantes, los de detrás de las capuchas, y les preguntó sobre lo que pasará. Algunos de ellos no quieren luchar, y poco a poco se iban retirando algunos. Los tres, Aro, Cayo y el de cara mortalmente aburrida se pusieron a discutir, y es entonces cuando Bella separó a Nessie de su cuello. Le dijo unas palabras que yo no escuché por tener cierto embotamiento en los oídos, pues el momento final estaba justo aquí.

Edward cargó a su hija y se abrazaron con fuerza. Sollocé. Y me giré para ver a mi hermana, quien me miraba con lágrimas que corrían silenciosamente por sus mejillas lobunas.

— Entonces, ¿no hay esperanza? —inquirió Carlisle.

— Definitivamente hay esperanza —dijo Bella—. Sólo conozco mi propio destino.

Me desconcertaron sus palabras, por lo que me volteé a verlos. Nessie estaba sentada en el lomo de Jake, y ella misma llevaba una mochila muy grande y abultada para ella, como si llevase demasiadas cosas para dos personas.

Oh.

¡Oh!

Dos personas, las dos personas que debían sobrevivir.

Sólo dos personas.

Los demás nos quedaríamos a morir para ganar tiempo a su favor.

Cómo lo lamento, me dijo Jake, sollozando. No quiero que esto pase. Quiero que todos nos salvemos.

No, le contesté, también con lágrimas. Nessie y tú son los que deben vivir.

Te quiero, Seth. Los quiero a todos.

Yo también te quiero, Jake.

Perdóname por la imprimación.

Me importa un bledo. Te sigo amando de todas formas, gran imbécil. Tu felicidad me importa más que mi encaprichamiento contigo. Mi hermoso Black, gracias por aparecer en mi vida.

Lo mismo digo, joven Clearwater.

En eso, Edward y Bella intercambiaban un diálogo singular. Se decían el uno al otro acerca del escudo, y que Bella estaba detrás de todo esto. ¿A qué se refería?

Todos los demás se estaban despidiendo también. Era trágico pensar que estábamos tan cerca de la muerte.

— Prepárense —susurró Bella—. Está a punto de empezar.

¿Qué estaba a punto de empezar? No veía nada.

Y entonces Edward susurró los eventos. Una Vulturi llamada Jane estaba intentando atacar, lo que provocó el desconcierto de una de las rubias. Se explicó que el procedimiento habitual era separar e invalidad a los contrincantes antes de dar el "voto final", que siempre acababa en ejecución.

Pasados unos instantes, finalmente la vi. Pequeña, como una niña o preadolescente, lanzó un siseo y se preparó para saltar, pero otro niño la detuvo. Él, sonriente, se concentró en nosotros, y varios momentos después empezó a temblar. No sabía a qué se debía esto, pero entre ambos bandos surgió una buena fisura en la tierra, como si se quisiera detener algo.

Y entonces reparé en la niebla casi transparente que se deslizaba a centímetros del suelo y que, limpiamente, pasaba por encima de la fisura como si nada. Miré a los tres ancianos Vulturi, quienes se habían separado y contemplaban la escena. Entonces Aro convocó una votación para destruir a Nessie. Cayo dijo que sí, el aburrido dijo que no, lo que dejó a Aro con el voto final. Edward pidió aclarar un punto final acerca de Nessie y su destino final. En eso, Edward pidió que Alice salga a reunirse.

¿Alice? ¿Su misma hermana, Alice Cullen, quien se fue hace casi cuatro semanas o un mes? ¿ALICE CULLEN?

Y sí, en efecto, Alice y Jasper aparecieron por mi izquierda, caminando seguros, directo hacia los Vulturi. Los seguían un hombre alto y una mujer hermosa, ambos con olores dulzones. Pero uno de ellos olía raro, casi como Nessie.

Los desconocidos se presentaron y contaron su historia. Nahuel, el hombre, es como Nessie, mitad vampiro y mitad humano. A su vez reveló que creció hasta los siete años de nacido, momento en el que dejó de envejecer. Su dieta era sangre y comida humana, justo como Nessie. A su vez, explicó que tiene medias hermanas, todas creados por alguien llamado Joham, y que ellas no eran ponzoñosas. Los Vulturis pretenden visitarlo, por lo que Nahuel pidió inmunidad para sus hermanas.

Los Vulturis vaticinaron que no existía el peligro aquí, y se retiran. ¡Se retiran! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Así como así? ¡Qué cobardes!

Oye, estamos vivos, ¿no?, me pregunta Jake.

— Ojalá se pudran. —dijo uno de los Dráculas.

Y todos estallaron de emoción, incluidos nosotros. Todos en el claro derrochábamos felicidad, salvo los dos Dráculas, que partieron inmediatamente. Allá ellos, comenté, mientras mi hermana me abrazaba como podía con su cabezota y su lomo.

Estamos vivos, canturreó, y pude sentir sus lágrimas en mi lomo.

Sí, lo sé, le dije.

Y sonreí.

Estaba a las afueras de la casa de los Cullen, esperando a Jake. Nosotros, su manada, no volveríamos a La Push sin él. Teníamos que contar la historia a Billy, mamá y el Viejo Quil. La historia de sobre cómo ahuyentamos a más de setenta vampiros con el simple hecho de estar ahí parados.

Porque realmente no hicimos nada. Bella se llevó todo el crédito de la heroína con su escudito.

Entonces él salió por la puerta, bostezando y los cuatro le aplaudimos.

— ¡Bienvenido de vuelta, Jake! —le dijo Quil, quien abrazó a su viejo amigo. A continuación repitió el mismo gesto con Embry, e incluso con mi hermana, pero conmigo se detuvo y se quedó parado, mirándome.

— Eh, chico…

— No ocupas decir más. Sólo ocupas dejarme hacer algo.

— Lo que quieras.

Lo tomé como una buena señal, y lo besé como si no existiera el mañana. Si Edward estaba al pendiente de esto, no me importó. A Nessie no le molestaría sino hasta dentro de unos años, cuatro o cinco, quizá.

Hasta entonces, podría decirse que le echaría una mano a Jake para librarlo de tensiones que no necesitaba.

Si es que se volvía a dejar, claro.

Tenía qué, considerando que todavía había reacciones por su parte.

— ¿Listo para la cena de Año Nuevo? —le pregunté cuando despegué mis labios de él al final.

— ¡Maldición! Olvidaba que hoy era víspera —contestó adormilado—. Realmente querría dormir en una cama.

— De acuerdo. Te acompaño. —le dije, guiñándole un ojo. Todos rieron un poco.

— ¿Se acabó el celibato, hermano? —inquirió Quil.

— Cállate, que tú esperarás más gracias a Claire.—le bramó Jake.

— Eh, que no tengo prisa ni ganas de verla así, si ella no me lo pide.

— Ah, pues es lo que me pasa con Nessie.

— ¿Y cuando eso pase?

— Que el destino me lo diga. Por ahora, creo que podría vivir con esto —me miró directamente a los ojos—. A menos que usted no quiera, señor Clearwater.

— No podría pedir algo más, señor Black. Regrese a mí, gran imbécil.

Y me sonrió una vez más antes de que yo plasmara mis labios en los suyos por enésima vez.