Sin sangre
Me sentía como el hombre más dichoso dentro de la existencia de la Tierra.
Aún seguía gozando la satisfacción que me había invadido cuando vi el rostro destruido de Jacob cuando le confesé que amaba a mi Chris hacía tres semanas; era casi una droga para mí. Ni yo mismo me podía creer mi nivel de sadismo. Pero bueno, el muchacho finalmente lo sabía. Sabía el dolor que me había causado.
Pero ahora mismo me sentía mucho mejor, aprovechando la hora del almuerzo, en uno de los cubículos del baño. Intentábamos hacer el menor ruido posible, pero nuestras desmedidas pasiones nos tenían demasiado despreocupados. Además, si alguien entraba, el eco le delataba y pues nos manteníamos callados hasta que se salían las personas. Entonces nos reíamos por lo bajo.
— Calla, Seth, o nos van a cachar. —me dijo Chris ente sonrisas mientras me sujetaba las mejillas con ambas manos y me besaba la frente con devoción. Me ruboricé mientras mi novio me hacía sentir bien. Reí por lo bajo, casi en susurro.
— Tú calla y sigue. —le pedí, acariciándole los pectorales, ahora un poco más desarrollados. Se había ejercitado en el verano, y sólo por mí.
— Claro —me dijo sin apenas despegar sus labios de mi frente—, quiero aprovechar cada minuto de este último año. Aún no sabemos a qué universidades iremos, cielo.
— Seas cuales sean —le dije, separándome un poco y buscando sus labios con los míos—, prometo que nunca, nunca te voy a abandonar, mi Chris. —y lo besé de manera un tanto lujuriosa y apasionante. Él me devolvió el beso a la vez que me pasaba las manos por todo mi tórax, tanto por encima como por debajo de la camiseta.
— Qué bueno estás —me susurró mientras me mordía suavemente el labio inferior. Hice como que me quejé y procedí a hacer lo propio con lo suyo, con lo que siseó un poco y después se rió—. Eso es trampa, corazón.
— Calla, Chris —le dije, y me despegué un poco para besarle el cuello—, y disfruta del momento —le dije cada palabra entre cada roce con mis labios—. Sólo tenemos una hora.
— Es cierto —dictaminó, y una de sus manos descendió por mi espalda hasta llegar a mis nalgas, que manoseó con suavidad—. Mejor gocemos.
Nuestros labios se volvieron a encontrar, pero esta vez hubo más que besos: hubo empujes, hubo mordidas, hubo violenta pasión entre los dos. No eran besos suaves como los acostumbrados; realmente se podía sentir la testosterona por parte de cada uno de nosotros.
— Ya quiero que tengamos dieciocho, amor —me dijo entre hiperventilaciones por la boca—. He encontrado una tienda sexual en Seattle que tiene objetos que me interesa poder compartir contigo. Sólo tenemos que esperar unos meses…
— ¿Objetos? —inquirí, sin abrir los ojos y esbozando una sonrisa mientras nuestras narices se rozaban—. ¿Ahora seguiremos una tendencia sadomasoquista? No imagino cómo reaccionaría tu hermana si se enterara.
— No, cielo —rió—, no me refería a esos objetos. Y no sé —se puso un poco más serio, pero pude sentir que aún estaba algo animado—. Mi hermanita, Serena, puede pensar lo que se le dé la gana.
— Por cierto —intervine—, ¿qué pasará con ella? ¿No dijiste que vendría hacia acá?
— No. La muy dichosa se quedó allá en Londres a estudiar en un internado. Recién ingresó a la preparatoria, en una tal Academia Covington. Supongo que le irá bien.
— Conociéndola, o mejor dicho, basándome en lo que me has permitido conocer de ella con tus descripciones, le sentará de maravilla.
— Sí, bueno. No es tan molesta como quisiera creer. No como esa Jocelyn Quimey, la del salón.
— Hey —me puse serio—. No te metas con Jocelyn. Ella es amiga mía. —le dictaminé. Y era cierto. La había conocido el año pasado en una clase de Historia, y en el momento en el que empezó a hacerme plática me cayó muy bien. Ella no vaciló en querer preguntare sobre Jacob Black, el chico que antes solía ver en la preparatoria gracias a una amiga suya. Le dije que estaba en la universidad, y ya. Me preguntó si éramos amigos, a lo que yo le había respondido que pudimos haber sido más que hermanos en alguna ocasión.
— Lo siento —se disculpó Chris, mostrando verdadero arrepentimiento—. Es que a mí no me gusta la gente que platica mucho.
— Ya me di cuenta de ello. Cállate. —le dije, y plasmé mis labios en los suyos.
Y perdimos la noción del tiempo. Nuestros juegos se volvieron más íntimos, sin caer en lo sexual. Imagínate, ¡terminar haciéndolo en los baños de la escuela! Vaya cliché. Como sea, cuando despegué mis labios de los suyos, fue porque me había gruñido el estómago. Chris emitió una risa muy tenue, despectiva.
— ¿Todavía tienes hambre, Clearwater, cuando me estás devorando a mí? —me sonrío pícaramente.
— No jodas, Windflower. También tengo que comer. Soy un ser humano. —le dije, intentando contener la risa ocasionada por la ironía de mis palabras. Él me la devolvió con todo y esa mirada tan tierna que me derretía.
— Vámonos, a ver si alcanzamos una rebanada de pizza. —me sonrió, y se acomodó la ropa para poder salir del cubículo. Abrió la puerta y salió triunfante, conmigo detrás de él.
Pero se detuvo. Extendió los brazos para impedirme el paso. Al principio no entendí a qué venía este hecho, pero cuando me asomé por encima de su hombro lo pude ver. En la puerta del sanitario, estaban tres muchachos, también de último año de nosotros, pero no eran muchachos cualesquiera. Eran los del equipo de fútbol, con todo y sus chamarras de cuero y mangas rojas. Nunca me había tomado la molestia de aprenderme sus nombres, pero el que estaba en el centro, el rubio y más fornido, sostenía una grabadora en alto. Nos sonreía maléficamente. Los otros dos, en cambio, nos miraban con asco.
Y entonces sentí que el color abandonaba mi rostro. Si bien estos chicos se las daban de los más rudos de la escuela, lo que los definía más era su intolerancia hacia todo lo que no fuese como ellos. No podías leer, no podías ser rockero, no podías tener skateboard, y especialmente no podías ser gay en presencia de ellos.
Y ahora estábamos metidos en el más grande de los embrollos.
— Vaya, vaya, vaya —canturreó el rubio, quien al compás de un clic se guardó la grabadora en la chamarra—, los rumores eran ciertos. Ya decíamos nosotros que últimamente comían menos de la cuenta.
— Aléjate de nosotros. —le espetó Chris, haciéndose todavía más para atrás, como si no quisiera que ellos me tocaran. Los tres se rieron en conjunto. Mi respiración empezó a hacerse más rápida. Yo debía estar enfrente de Chris, protegiéndolo, y no al revés.
Él era el humano que sí se llevaría sus buenos daños y su buen tiempo en sanarse de los mismos.
— ¿Qué te pasa, Clearwater? ¿Somos demasiado machos para ti? ¿Buscas algo más apropiado para ti, algo que necesite ser acariciado? —me preguntó directamente el rubio, quien empezó a tronarse los nudillos. Instintivamente, puse mis manos en los hombros de Chris para intentar hacerlo para atrás, pero mi novio se tensó más en su lugar.
— Jódete. —fue lo único que le pude decir mientras mi cabeza se sacudía ligeramente, intentando analizar un punto ciego para poder permitirnos escapar. Aferré más mis manos a mi novio, e hice como que quería halarlo. Él, en cambio, se volvió a tensar, extendiendo más los brazos para ampliar el rango de protección. ¡Si serás idiota, déjame a mí!
— ¿Viste eso? —preguntó uno de los mastodontes de atrás—. El marica inglés cree que puede pelear para defender a su morocho.
— Haré lo que sea necesario para que no le pongan un solo dedo a Seth. —espetó Chris, cuyos músculos se tensaron más. Lo pude sentir. No seas tonto, pensé, esperando que Chris pudiera reconocer mi desesperación al hundirle más los dedos en la carne, yo tengo más músculos que tú. Déjame defenderte.
Mi respiración se aceleró cuando vi que uno de los muchachos dio un paso hacia nosotros.
Entonces, armándome de valor, halé a Chris hasta intercambiar posiciones con él y me abalancé contra el rubio.
No sabía muy bien cómo iba a lograr salvar a Chris, pero tenía que intentarlo de alguna forma. Si podía, que él no peleara. Solo tenía que defenderme lo mejor posible, apoyándome sólo en mis músculos y en mi poca fuerza extrahumana. Nada de entrar en fase. Debía tener la cabeza fría a cierta manera.
Mi movimiento hizo que quedara colgado de él unos instantes, que lo hizo tambalearse un poco y trastabillar hasta chocar contra el lavamanos, directo en su riñón derecho. El golpe hizo que se arquera hacia adelante mientras aullaba de dolor, y pues caí de espaldas. Me quejé leve ente y después rodé fuera del camino del mastodonte.
Pero me vi cara a cara con otro problema. O mejor, dicho, cara a zapato. Tan ocupado estaba con el rubio que no vi el momento en el que uno de los otros dos me dio una patada directo a la nariz, misma que me dolió, sí, pero que cuando mucho sólo me hubiera pasado eso. O no sabía. Sabía que yo como metamorfo tenía resistencia física por encima de lo normal, ¿pero recibir una patada en plena nariz me causaría algo? Sólo si algún otro metamorfo lo hacía, ¿no?
Pero estaba Chris. Al comprobar que yo estaba perfectamente, me giré rápidamente para ayudar a mi novio. Vi que su cubículo estaba cerrado, y que los dos mastodontes trataban de tirar la puerta a como diera lugar. Me paré y me lancé hacia ellos. Primero, fui a por el que estaba a mi izquierda, el más alto, y por ende, el más capaz de sacar al puerta de su sitio. Me colgué de su espalda y le coloqué ambas manos al nivel del cuello para hacerle una llave. Apreté con fuerza, aunque no con toda. No quería matarlo, y no debería hacerlo.
El mastodonte rápidamente alzó sus brazos hacia mí por encima de su propia cabeza, pero por más que lo intentó no me pudo quitar. Empezó a girar en el reducido espacio, pero eso solo causó que él se mareara. Dejó de girar y se tambaleó un poco, cosa que aproveché para bajarme de él y darle una patada en el trasero, con lo que fe a estamparse de cabeza contra otro cubículo.
Y fue cuando escuche él desgarrado sonido del metal venciéndose, acompañado de un grito de auxilio de Chris.
No. Mi novio está en riesgo.
MI NOVIO. EN RIESGO.
CLARO QUE NO.
Enfurecido, me di la media vuelta y levanté un puño cerrado, justo a la altura del rostro del tercer jugador, quien ya estaba zarandando a Chris. El imbécil acosador ni siquiera advirtió mi puñetazo, que limpiamente produjo un sabroso crujido al impactar contra su pómulo izquierdo. El aulló y soltó a mi novio, mientras se tambaleó y sujetó dicho pómulo con ambas manos. Miré a Chris, quien estaba atónito.
— ¿Cómo lo hiciste, cielo? —peguntó, al borde del llanto. O de la histeria, no sé.
— Éstos músculos —me señalé el tórax y los brazos— no son producto de esteroides anabólicos, por ende, no son de adorno, querido. ¡Vámonos! —le tomé la mano, y pasando por encima de los toros dos mastodontes heridos salimos del baño.
Y entonces el corazón me dio un vuelco.
Debía haber imaginado que los tres muchachos de allá adentro no podían haber sido los únicos que nos esperaban golpear, pero con la intensidad e inesperada naturaleza de la situación no lo imaginé siquiera. Afuera del baño, formando un semicírculo que nos retenía contra la puerta, estaba el resto del equipo.
Entonces así era. En cuanto los que estaban detrás de nosotros pudieran levantarse, nos acorralarían limpiamente. Y mi Chris saldría muy mal herido.
¿Y yo? Bueno, tal vez entre una docena de humanos fornidos sí podrían conseguir hacerme daño.
Miré de reojo a Chris, quien estaba con los ojos abiertos como platos. Bajé mi mirada hasta nuestras manos; en ningún momento se la solté. Y no lo pensaba hacer ahora. Subí la mirada de nuevo hacia todos estos matones, quienes nos comían con los ojos cargados de ácido, de veneno, de la promesa de la destrucción.
— ¡Atrápenlos! —gritó una voz desde detrás de nosotros—. ¡Atrapen a los maricas y mátenlos!
Por un instante creí que me quedaría paralizado, pero en cuanto vi el primer desliz por parte de uno de ellos, aferré más la mano de mi novio y literalmente lo halé mientas me escabullía por una pequeña ranura que nos habían dejado a la derecha, los muy imbéciles. Corrí con el alma en un puño, y con la mano de Chris en el otro. Sólo esperaba que él me pudiera seguir el paso. No me preocupé por las mochilas, que seguían en los cubículos; igualmente ninguno tenía tareas importantes el día de hoy.
Corrí como nunca, mientras escuché que muchos pasos venían detrás de mí.
— ¡Vamos, amor! —le grité a Chris, quien se rezagaba un poco. Pasamos frente a varios alumnos, que nos veían y constantemente comentaban sobre cómo le sujetaba la mano—. ¡Apúrate, Chris! ¡Nos van a alcanzar! —grité de nuevo, doblando hacia la izquierda en cuanto pasamos un edificio. Sentía que mis ojos empezaban a humedecerse. A su vez, me entraron unas enormes ganas de detenerme para poder cargar a Chris en mis brazos, pero eso sería muy, pero que muy contraproducente. Y me delataría sin importar nada.
Decidí seguir con mi novio a rastras; no quería pensar que corría el riesgo de arrancarle el brazo.
Llegados a un punto, sentí que los pasos se acercaban todavía más. Los acosadores gritaban constantemente "¡Detengan a esos maricones!" o "¡Nos la van a pagar, malditos enfermos!", cosas por el estilo. Yo corrí y corrí, sin tener plena conciencia de qué zonas de la escuela estábamos recorriendo.
Los homofóbicos se acercaban más, y yo me reprochaba por no atreverme a ir más rápido por temor a que Chris se cayera y lastimara. Ese era mi mayor temor: dejarle atrás. Era él el que importaba ahora era él el débil que posiblemente moriría si yo me apartaba de él.
No obstante, en cierto punto sentí que su mano se separaba de la mía. Me giré rápidamente; noté que él se iba hacia la biblioteca.
— ¡Chris! —le grité mientras vigilaba a los homofóbicos, que se iban acercando más y más. El grupo se dividió; algunos ya tenían los ojos fijos en la biblioteca. El resto, en el que estaban los tres del baño, estaban concentrados en mí.
— ¡Lárgate, Seth! —me gritó mi novio sin voltearme a ver—. ¡Corre, mi amor! ¡Tenemos más oportunidades si nos separamos!
Me congelé por un segundo. No lo quería perder de vista. Pero reconocí lo descabellado que sería seguirlo, sobre todo cuando los homofóbicos estaban a escasos quince metros de mí. Me di la media vuelta, y conteniendo las lágrimas, corrí tanto como mi forma humana me lo permitía.
A pesar de todo, me sentí más ligero a la hora de correr. Sin temor a tirar a mi novio, ahora podía desplegarme como el joven veloz que era. No obstante, los pasos seguían estando extremadamente cerca para mi gusto, los gritos despectivos seguían sonando, y la gente me seguía mirando conforme pasaba a su lado tan veloz como una flecha
Y entonces giré hacia la derecha al acabarse un edificio. Visualicé un pasillo no tan soleado como el resto de la escuela; la posición actual del sol y la orientación del edificio hacían que esta zona fuese más sombría. Reduje un poco la velocidad, asombrado de a dónde habíamos llegado.
Y entonces escuché los pasos.
Me habían seguido hasta la cara posterior de uno de los edificios, paralelo a un muro con jardinera en la que, desgraciadamente, también había gente. Pero la desventaja de este patio era que estaba en la parte trasera de la escuela, en la que muy rara vez se veía algún maestro o prefecto, lo que lo volvía el lugar perfecto para las parejas heterosexuales. Pude sentir el aura de esos fenómenos. Era fácil de interpretar, y se podía leer la determinación que sentían por querer ponerme un dedo encima.
— ¡Eh, Clearwater! —me gritó el rubio a mis espaldas, encolerizado. Aceleré mi paso; no tenía la menor intención de convertirme en su saco de boxeo.
Y entonces, como idiota que fui, no vi aparecer al otro grupo de jugadores que se presentó enfrente de mí, bloqueándome por completo el paso. Las pocas parejas que estaban aquí se separaron y se concentraron en nosotros. Frené en seco, reconociendo que no tenía escapatoria. Por el rabillo del ojo vi que las parejas que se habían quedado dentro del área se pagaban lo más posible a la pared para tratar de pasar desapercibidos. Siempre los chicos se pusieron enfrente de las chicas, dejándolas entre ellos y la pared, para que no les pasara nada.
Miré a los nuevos chicos que me habían cerrado el paso. Eran tres, y estaban en posiciones amenazadoras. Aunque íbamos a la par en musculatura, lo que asustaba de ellos no era el hecho de que tuvieran unos buenos músculos (claramente un producto de esfuerzos y arduo trabajo, y no de unos genes metamórficos), sino el hecho de que sus intenciones eran sumamente desagradables y viles.
De inmediato pensé en Chris. ¿Cómo estará él? ¿Se habrá salvado en la biblioteca o habrá cometido el tonto error de llegar al baño a refugiarse? ¡Ay, mi vida!
— Tienes unas piernas largas, chico —me dijo la misma voz a mis espaldas—, pero no lo suficiente.
— ¿Qué demonios quieren? —inquirí, volteándome a ver al líder, el rubio al que le había golpeado el riñón contra el lavamanos. Intenté permanecer lo más neutral posible para no dejar ver mi miedo ni mi facilidad para entrar en calor, por si acaso entraba accidentalmente en fase. Lo último que me gustaría hacer en medio de una situación así sería evidenciar a los Quileute.
— Sabes bien lo que queremos, marica. —me dijo el rubio, quien empezó a avanzar hacia mí. Levanté los puños hasta la altura de mi cara, listo para enfrentarme a lo que fuese que se me atravesara enfrente.
El rubio sonrió mientras se adentraba al círculo. Sus compañeros, como se esperaba empezaron a hacer bulla y a decirme de cosas, mientras alentaban a su amigo. Levanté más los puños, listo para lo que viniera.
Y en eso, mis puños fueron fuertemente agarrados y colocados a mi espalda con muy poca delicadeza, a la vez que un brazo me hizo una llave al nivel del cuello. Alguien me había inmovilizado.
— ¡Cobarde! —espeté rabioso—. ¡Maldito cobarde! ¡Déjame pelar como se debe, infeliz! —el rubio se limitó a sonreírme y a venir directo hacia mí, con el puño formando el característico gancho…
Y casi todo el aire se me salió de golpe con el impacto. El dolor fue tal que incluso me quejé un poco al intentar respirar por la boca. Todos los presentes hacían ruido, y las parejas gritaban cosas ininteligibles. Creo que pedían que se me dejara en paz, no sé bien.
Y entonces escuché un grito procedente de una voz familiar, aunque jamás la hubiera escuchado gritar.
— ¡Déjenlo! ¡Ya déjenlo!
Me controlé lo suficiente para poder abrir los ojos y notar que Jocelyn Quimey trataba de abrirse paso por los grandulones, pero uno de ellos le sujetó ambas muñecas con una mano, la zarandeó violentamente y la envió de vuelta hacia fuera del círculo, aventándola, con lo que ella derrapó sobre el rasposo asfalto sus buenos dos metros. Eso me paralizó y contemplé con ojos abierto el suceso. ¡Esos imbéciles se habían atrevido a lastimar a una mujer, en especial ese malnacido!
Calma, me dije a mí mismo, pues ya empezaba a sentir los temblores característicos.
Y el segundo puñetazo me dio directo al estómago, con lo que me lograron sofocar completamente. El corro alrededor, ya formado tanto por los jugadores como por más estudiantes metiches, tanto en las ventanas del edificio, exclamó impresionado ante el gancho que me hizo perder el equilibrio en las piernas y quedar colgando, pues el idiota que me agarraba para evitar mi escape no me había movido ni un ápice. No culpaba a los estudiantes por reaccionar con esa exclamación. El joven y musculoso Clearwater, de último año, siendo derrotado ridículamente en una situación fácil de librar, sobre todo al ser un metamorfo.
Pero no tenía mi cabeza bien. Estaba muy preocupado por mi novio, que apenas me daba cuenta de lo que estaba sucediendo conmigo. Conmigo pues, ¿qué importa?, en el peor de los casos me curaría completamente hacia el crepúsculo.
Pero no debía confiarme. Ni de chiste debía recurrir a mis habilidades metamórficas, aún cuando estos imbéciles me habían grabado mientras me besaba con Chris.
— ¡Estúpido homofóbico! —le espeté al rubio, escupiendo saliva, quizá con algo de sangre, directo ante sus pies. Me importó un cuerno que ahora todos en la escuela supieran mi orientación sexual; sólo quería librarme de ellos para poder ir a ver a Chris y salvarlo—. Te crees fuerte por enfrentarme al lado de tus amiguitos, ¿no? ¡Maldito y asqueroso cobarde de mierda!
— ¡Te vas a enterar, maricón! —me amenazó con el gancho, preparándolo de nuevo para golpearme—. ¡Maldito seas, marica hijo de…!
Pero nunca me enteré qué era mi madre, porque en ese instante una silueta se movió, ágil, entre el corro, y un puñetazo, ágil, veloz y consistente, había llegado a su pómulo derecho, provocando que mi agresor cayera limpiamente al suelo, donde quedó casi inmóvil. Hubo un silencio absoluto, sólo roto por los quejidos leves del agresor, de Jocelyn Quimey, y la hiperventilación del chico que me salvó, del cual sólo veía la espalda, su camiseta azul marino y su piel olivácea, muy familiar.
— ¡Le vuelves a llamar así, o a ponerle otro dedo encima alguna vez más, y te rompo toda la puta cara de mierda que tienes! —exclamó la voz de Jacob, quien estaba totalmente fuera de sus cabales.
¡Jake! ¡Aquí, en fechas de clases! ¡Jacob Black, aquí en la preparatoria de la reservación, y no en la universidad! ¡No me la creo! ¿Qué estaba haciendo aquí?
Apenas y tuve tiempo de apreciar lo que veía cuando Jake se giró hacia mí y vino hecho una furia. En eso, mi captor me soltó, pero mi amigo me rodeó y fue directamente hacia él. Apenas tuve tiempo de caer de rodillas cuando escuché gritos ahogados y el sonido característico de hueso contra hueso. En estos instantes, sólo quería llegar ante Jocelyn Quimey, ver si estaba bien, y salir corriendo a con Chris. Jake podría con estos matones.
Así pues, presa de mis deseos, corrí hasta la orilla del corro, con los puños en alto por si los jugadores se metían conmigo. Jocelyn estaba siendo sujetada por dos de sus amigas; estaba llorando. Su brazo y pierna izquierda estaban raspados, llenos de gravilla y en carne viva en ciertos puntos. Verla me dio lástima. Verla me provocó querer volver a partirle la cara al pendejo que la empujó.
— ¡Jocelyn! —la llamé al verla así. Me invadieron unas enormes ganas de abrazarla, pero sus amigas la tenían muy bien sujeta. La chica seguía llorando—. Por el amor de… ¿te puedo ayudar en algo? Lo que sea.
— Estoy bien, Seth. —me contestó con la voz muy quebrada, pero con un matiz seco; se hacía la fuerte a pesar de sus heridas.
— ¿Y ustedes a qué esperan? —me dirigí hacia sus amigas, mirándolas como si fuesen las cosas más tontas del mundo—. ¡Llévenla a la enfermería, joder! Las apremié con ademanes. Ellas, claramente molestas porque yo les di órdenes, se fueron a toda velocidad. Entonces me giré hacia el corro, y pude ver que Jacob estaba esquivando a todos los jugadores homofóbicos que trataban de hacerle daño. En eso, uno de ellos sorprendió a Jake por la espalda, y le metió el pie para que cayera.
¡No!
Veloz como una flecha, me metí de vuelta al círculo en cuanto vi que el muchacho estaba alzando la pierna para pisar a Jake. En eso grité y corrí hacia él, directo para estamparme contra él y tirarlo. El jugador apenas me pudo ver cuando yo choqué contra él, lo hice trastabillar y caer de manera rápida. Me erguí y me giré hacia Jake, a quien levanté de los hombros. Los dos nos colocamos juntos, espalda contra espalda, girando en un pequeño círculo mientras veíamos a los jugadores que seguían de pie.
— ¿Qué cojones haces aquí, Jacob? —fue lo único que pregunté.
— Me avisaron que mi padre se había puesto mal, tomé un vuelo y vine a cuidarle.
— ¿Y en la escuela?
— El tonto de Brady Fuller olvidó unos efectos personales. Pasaba por la casa de su familia y su madre me interceptó para que se los trajera.
—Será imbécil. —murmuré, mientras miraba con desprecio a los jugadores que quedaban. En eso, el corro empezó a disiparse. Miré en todas direcciones, preguntándome qué pasaba, hasta que vi al director de la escuela venir directo hacia acá. Bajé los puños al instante.
— ¿Qué significa esto? —preguntó con los ojos abiertos como platos, mirando a los homofóbicos en el suelo y a Jake y a mí en medio del círculo.
— Fueron ellos, señor —intervino uno de los muchachos de las parejas—. Ellos vinieron persiguiendo Seth Clearwater e intentaron golpearlo, y luego este muchacho… como se llame, vino y ayudó al joven.
El director nos miró de detenidamente a Jake y a mí. Se concentró en él.
— ¿Y tú quién eres?
— Jacob Black, señor —contestó Jake con serenidad—. Ex alumno.
— ¿Y qué hace aquí si es ex alumno?
— Yo tenía entendido que los egresados podíamos volver con toda libertad a la escuela de la reservación cuando quisiéramos. —le respondió Jake cínicamente. No pude evitar reírme.
— Basta, joven. Usted, ¿Seth Clearwater, no?
— Así es —le respondí de la manera más respetuosa que se me ocurrió. El director, en cambio, me miró con so hubiera pasado una tragedia—. ¿Qué pasa?
— Mire… hay alguien que pidió por usted.
— ¿Quién? —inquirí. El director me siguió mirando como si le estuviera doliendo algo en su cuerpo.
— Mire, joven… no sé cómo tomará la noticia, pero un muchacho ha pedido por usted. Por el momento no podemos movilizarlo; la ambulancia llegará pronto.
— ¿Quién ha sido? —insistí. Sentí que empezaba a sentir un poco de temblores, pero rápidamente sentí una mano cálida en mi hombro izquierdo. Rápidamente la miré y vi que se trataba nada más y nada menos que de Jacob. Alcé la mirada y noté que me miraba con cierta compasión.
El director suspiró.
— Verá, nos han llegado ciertos datos, y creo que no me equivoco al dictaminar que se trata de su muy íntimo amigo Christopher Windflower.
— Seth, de verdad lo siento. —me repitió Jacob por enésima vez mientras manejaba su vieja Caribe detrás de la ambulancia. Yo miraba por la ventana del copiloto, incapaz de detener mis lágrimas o mis convulsiones. Estaba en posición fetal en el asiento, literalmente con las piernas subidas al asiento, mientras me las sujetaba con los brazos.
No podía superarlo. Me había hecho a la idea de que mi querido estaba a salvo, que había podido llegar a la biblioteca, pero algunos testigos afirmaron que Chris se había tropezado y algunos de los matones le alcanzaron ahí mismo, sin darle oportunidad de levantarse. A mi pobre novio le habían roto las piernas y desfigurado el rostro; que ahora era una especie de masa hinchada, sanguinolenta e irreconocible. Jake tuvo que batallar para quitarme de la camilla de mi novio, a quien no me dejaron escoltar dentro de la ambulancia.
Por eso Jacob era el que me estaba llevando en su auto.
— No sé cómo poder hacerte sentir mejor —prosiguió Jake, mientras la ambulancia entraba en Forks. Se había dictaminado que esto necesitaba las buenas manos de Carlisle Cullen—. Cómo me encantaría poder consolarte, pequeño...
— ¿Podrías limitarte a seguir la ambulancia, por el amor de Dios? —le corté antes de volver a sollozar.
Llegamos al hospital justo detrás de la ambulancia, y en cuanto no pudimos avanzar más yo me bajé del auto, antes incluso de que sacaran la camilla de la ambulancia. Los paramédicos no me permitieron acercarme, por lo que me tuve que resignar a sólo verles trasladar a mi chico hasta urgencias, conmigo siguiéndolos a tres metros por detrás.
Cuando metieron al chico en la sala, me quedé detrás de las puertas, porque de ninguna forma me dejarían pasar. Miré por una de las ventanas circulares hasta que lo perdí de vista. Entonces me abracé a mí mismo y sollocé.
— Tranquilo —me dijo la voz de Jake a mis espaldas, y me colocó sus manos en mis hombros—. Tranquilo, querido amigo. Estoy aquí. Estoy aquí para lo que necesites.
Lo que necesite… por el momento sólo quiero pensar que mi querido novio estará bien. Sólo eso es lo que estoy pidiendo.
Lentamente, Jake me dio la medía vuelta hasta que quedamos de frente el uno al otro. Y, sin previo aviso, me abrazó.
— Perdóname por haber sido un idiota, amigo mío, hermano mío. —me susurró. Y yo, tan malo como estaba en estos instantes, tomé su abrazo como un consuelo que me hacía falta, como el lugar al que realmente pertenecía en verdad. No miento; sus brazos parecían amoldarse perfectamente a mi cuerpo, como si hubiesen sido diseñados exclusivamente para abrazarme.
Y me sentí mal por haber sido un imbécil con él en estos meses.
Supuse que ahora podríamos volver a ser amigos, pero yo tenía que ser el que diera el primer paso, porque yo lo estaba alejando de mí.
Pero no más, ya no más dramas. Le devolví el abrazo a la vez que simple y sencillamente le otorgaba su perdón.
