Sin máscaras
Recibir el 2011 fue de las mejores experiencias de la vida, en especial porque me había quedado en el campus de la Universidad Diplomática y Cultural de Washington, para la carrera de Filosofía. Y lo que lo volvía más especial es que Chris estaba aquí conmigo, pero como estudiante de Literatura Inglesa.
Sinceramente no esperaba poder hacer muchos amigos en el primer semestre, ¿pero qué te digo? Hacia el final de la primera semana, muchos de mis compañeros ya me habían invitado a alguna parrillada o a ver algún partido. Lógicamente, rechazaba a todos. O bueno, a casi todos. Prefería pasar mi tiempo con Chris.
Me sorprendí mucho cuando, allá en junio del año pasado, finalmente pudo dar sus primeros pasos de vuelta. Estábamos en su apartamento, y cuando vi que de pronto se paró y dejó sus muletas de lado, me lancé llorando a su cuello, dichoso y lleno de absoluta alegría. Ese verano me la pasé haciendo terapias con él para recuperar mejor su movilidad. Eso sí, aún no podía correr y hasta la fecha todavía le costaba un poco, sobre todo porque no se acostumbraba al tornillo.
"— Te lo juro, querido —me dijo en Nochebuena—. No tienes ni idea del martirio que sufro al llevar esta porquería.
"— Sé que es complicado —le dije, mientras preparaba la mesa—, pero no tenemos alternativa. Te tienes que curar.
"— Lo que más me preocupa es que se me llegue a oxidar allá dentro con tanta sangre.
"—Dudo mucho que el oxígeno de la sangre sea suficiente como para echar a perder el tornillo, querido. No seas ridículo.
En la actualidad, estábamos a mediados de marzo, en Semana Santa. Cerca de la universidad se encontraba un parque, al cual nos habíamos dirigido desde la mañana. Ahora mismo nos encontrábamos sentados en una banca junto al lago principal, mirando a las familias y a los patos que se desplazaban por la superficie en busca de comida proporcionada por las personas. La luz del sol de la tarde, rumbo al crepúsculo, pigmentaba el ambiente de un hermoso color naranja.
— Te lo juro —me dijo—, la señora García es una idiota.
— ¡Oh, vamos! —le repliqué—. No puedes discutirle un punto así.
— Oh, claro que sí. Era evidente que el éxito de Shakespeare se debía a que sus textos eran demasiado dramáticos. En ese tiempo la gente era tan monótona y aburrida en sus vidas que no conocían el drama si no era por este poeta. Ahora conocemos, vemos y sentimos el drama en cada uno de nuestros días. Y no me vayas a decir que no es cierto —se volteó a verme, y con media sonrisa en el rostro me apuntó a la cara con un dedo índice—. Tú y yo reunimos una buena cantidad de drama. Con aquellos eventos de hace casi año y medio en los que casi me moría, contigo abstraído en la nada, con mi familia sin saber de lo que tengo contigo…
— Esto se me hace muy cruel —murmuré—. Ya llevamos más de cuatro años saliendo. Serán cinco años en octubre.
— Lo sé —fingió bostezar, se estiró, y cuando menos lo pensé me pasó el brazo izquierdo por encima de los hombros, dejándolos ahí. Típico.
— ¿Sabes algo, Chris? He estado pensando si no deberíamos decirles en mi cumpleaños diecinueve. O en el tuyo, que queda más cerca. —era cierto. Nos llevábamos exactamente un mes de diferencia, siendo él el mayor.
— Seguro —murmuró—. Mi regalo ideal para mi cumpleaños diecinueve es un manojo de nervios por presentarte a mis padres, que ni siquiera saben que su hijo es homosexual. He soñado tanto tiempo con que alguien me regale algo así.
— No seas tan cínico, amor —le dije mientras lo volteaba a ver—. En serio, Chris. Tenemos que ver más allá de todas las posibilidades. Hay que tomarnos esto en serio, mi cielo. Ya vamos para cinco años.
— Casi cinco años… —murmuró, asintiendo para sí. ¡Qué rápido se había pasado el tiempo! Y pensar que me había perdido el cumpleaños veintiuno de Jacob. Ya puedes apostar, hijo, le diría Billy.
Mi novio chasqueó sus dedos enfrente de mi rostro.
— ¿Hola, Señor Abstraído? —me llamó Chris. Parpadeé un par de veces y me giré hacia él.
— ¿Ah, qué? —fue todo lo que pude balbucear al encontrarme con sus ojos.
Él se rió.
— En serio, Seth, ¡concéntrate un poco más! —se mofó, palmeándome el hombro izquierdo. Le sonreí en respuesta.
— Perdona, Chris. Es que no me imagino ocultando lo nuestro. Mi familia ya sabe de nosotros. Ya hemos cenado con ellos.
— ¡Pero tienes que imaginarlo y ver cómo es que me siento en realidad, Seth! —me graznó—. Piénsalo, amor. No tenemos la misma cultura que ustedes. No somos tan liberales.
— Pues en la reservación jamás habíamos sabido de homosexuales hasta que llegué yo. Bueno, y…
— ¿Y quién? —instó. Suspiré profundamente.
— Y Jacob.
— ¿Quién?
— Jacob Black. Ya sabes, el que me ayudó con los matones.
— ¿Él también es gay?
— Dice ser bisexual. —murmuré. Y también solía ser mi novio y el amor de mi vida hasta que se imprimó de esa semi inmortal, quise añadir.
— ¿Ustedes anduvieron? —me preguntó serenamente. Concentré mis ojos en los suyos y pude leerle la verdadera incertidumbre.
Así que había llegado el momento decisivo. Cielos.
— Pues… —fue todo lo que pude balbucear. Sus ojos, más exigentes, me taladraban en busca de respuestas—. Sí —admití—. Claro que sí.
— ¿Hace cuánto?
— Semanas antes de conocerte.
Asintió secamente, posó sus ojos en mí una vez más y, de pronto, bajó la mirada.
De acuerdo. Posiblemente la he cagado. Miré el perfil izquierdo de mi novio, que era el que me estaba mostrando, y su cabellera rubia, ahora peinada hacia atrás, me dejaba ver cada una de las arrugas que cruzaban por su rostro al intentar descifrar algo que no entendía completamente.
— No entiendo qué estaba haciendo en la escuela ese día. —murmuró.
— Si te sirve de algo, yo tampoco. —mentí. Al principio no lo sabía, pero no le iba a evidenciar que Brady había olvidado sus pertenencias.
— Dices que él y tú ya son ex novios. —murmuró.
— Sí.
— ¿Por qué terminaron? —siguió con la mirada enfocada hacia el piso. En eso, yo también miré hacia el piso.
¿Cómo le decía a Chris la razón por la que pasó? Oh, Chris, siempre he amado a Jacob, pero lo terminé porque se imprimó de una recién nacida. No, no lo veas como pedofilia, cielo, no es lo que parece. Hasta dentro de mi cabeza las palabras sonaban jodidamente estúpidas.
Entonces, no sabiendo bien cómo lo conseguí, hablé.
— Él y yo… bueno, en ese entonces él apenas estaba descubriendo su inclinación a por los hombres. No… no se sintió muy cómodo con la idea y pues me terminó.
— Idiota. —dijo por lo bajo antes de escupir en el suelo. Pasó todo un minuto en el que nadie dijo nada. Luego, él dijo una palabrota e hizo como si le doliera algo.
— ¿Qué tienes, cielo? —inquirí. No alzó la mirada.
— Tengo miedo, sinceramente —me miró, tomándome ambas manos con las suyas de una manera muy dócil—. No sé si…
Liberé una de mis manos y le puse el dedo índice entre los labios.
— Pase lo que pase, estaré contigo.
— Gracias, Seth. Es que me preocupa ese chico, Jacob.
— ¿Por qué lo dices?
— No me habías hablado de él en todo este tiempo —murmuró. Entonces, su mano derecha fue directa a mi mejilla izquierda, que acarició con la palma—, y eso me tiene preocupado. Quiero creer que la razón por la que jamás me lo contaste…
— Fue para no ponerte incómodo. —ay, volví a mentir. Lo que en verdad quería decir era "para no poner incómodo a nadie, en especial a mí".
El sombrío rostro de mi novio se medio iluminó en una sonrisa forzada.
— Pero no lo amas todavía, ¿verdad? —fue todo lo que tuvo que decir para que mi mundo se viera amenazado con derrumbarse. No sabía qué respuesta tenía para ello.
Digo, amaba a Chris con locura, pero lo cierto era que, a pesar de estos casi cinco años de tanto drama, enojo, rencores y venganzas, Jacob jamás me había dejado de rondar por la cabeza ni por un segundo. Era como si mi obsesión por él en verdad no conociera límites.
Y me consideraba un maldito por ello.
Para las vacaciones de Semana Santa, los dos decidimos regresar a La Push. Nada más llegar, él contrajo una infección estomacal que lo tuvo confinado en su casa los primeros cinco días. Hubiera estado con él de no ser porque Leah me necesitaba en su casa para poder ayudarle con alguna que otra reparación. O eso me había dicho, porque las vacaciones de este año coincidían nada más y nada menos con mi cumpleaños diecinueve, y ella quería hacerme un festejo privado, entre ella y yo, a pesar de haberlo hecho tres días antes del mismo.
— Mira —me dijo radiante cuando, ante la mesa, servía el estofado de alce, un detalle personal de su última expedición como loba—, no me lo vas a creer, pero Jacob ha estado llamando más de lo común.
— Oh —dije, con medio corte de carne en la boca. Mastiqué como pude y me uní a su conversación—. ¿Y qué quería?
— No lo sé. Conversar conmigo, creo. Varias veces ha llamado cuando Quil y Embry están aquí (a los dos ya no les gusta mucho ir a casa de Emily pues, ya sabes, los casados están derrochando amor, hormonas y genes por doquier), pero siempre los ahuyenta por el altavoz. Lógico, ellos no se van, sino que se quedan en la sala mientras él y yo hablamos en el cuarto.
— ¿Y de que hablan?
— La mayor parte del tiempo hablamos de ti. Dice que está terriblemente arrepentido por… por haberte besado…
— Que no lo vuelva a mencionar. —dije. Aquello había sido un error de mi parte. Originalmente sólo iba a ser el beso en la mejilla como señal de agradecimiento, pero no sé qué pasó en ese momento cuando mis hormonas me traicionaron y me hicieron fácil el querer besarlo como solía hacer antes.
— Seguro no tarda en llamar. O quizá en venir. Últimamente no ha venido porque la chica, Renesmee, ha estado algo… ¿cómo lo digo? Especial. Ya está atravesando la etapa de la adolescencia.
— Oh, no la quiero imaginar. —me reí. Si de por sí la chica gustaba de morder a Jake por diversión (sí, aún siendo grande, o eso me ha contado él por las cartas o el correo electrónico), no la quiero imaginar en esas fechas tan peligrosas.
— No es al nivel que tú piensas, hermano, pero el punto es que ahora no lo suelta. Y con buena razón.
— ¿A qué te refieres?
Mi hermana vaciló unos instantes.
— Verás, el punto aquí es que tú no te debes sentir mal. Fue decisión del idiota de Jacob…
— Leah, ¿qué pasó? —insistí.
— Mira, Jacob habló. Ella le hizo la pregunta.
— La pregunta… —sopesé.
— Sí. Y ya has visto en las mentes de Sam, Quil, Jared y Paul cómo funciona esto. No había alternativa. El pasado entre Jacob y tú quedó expuesto ante la pequeña.
— ¿Y cómo lo tomó ella?
— Quiero pensar que no tan mal, pero ahora Jacob se ha convertido en algo así como prisionero de los Cullen. —dictaminó.
Vaya idiota de mi parte.
Mientras corría paralelamente a la 101 en dirección a la casa Cullen, gruñía para mis adentros. Casi esperaba que mi hermana, Quil y Embry entraran en fase para intentar dialogar conmigo, pero iba a ser un desperdicio de tiempo. No eran mi Alfa, y no tenían poder alguno sobre mí.
Bueno, Leah lo tenía. Pero, siendo sinceros, ¿me doblegaría ante mi propia hermana, cuando en vida humana no había sido posible?
Ladré un par de veces mientras esquivaba uno que otro arbusto, pensando en mi amigo Jake. ¿Cómo la estará pasando? ¿Nessie ya habrá sido advertida antes de las orientaciones sexuales? ¿Y si no le pareció y ahora no dejaba que Jake regresara a la universidad, lo tomara como rehén y toda la familia se mudara a otra parte para alejarlo de mí, todo con la intención de separarme del él?
Claro que no. Hacía casi cinco años que eso había pasado y no iba a dejar que Jacob simplemente desapareciera de mi vida. No otra vez.
De manera que, para cuando llegué al patio trasero de los Cullen, Edward ya estaba parado ahí, esperándome en una postura que indicaba absoluta tranquilidad. Sin embargo, cuando me vio en forma lobuna y con los labios retraídos para dejar ver mis colmillos, avanzó un paso.
— No, Seth. No es lo que tú crees —me explicó mi amigo vampiro—. Ella no le está haciendo nada malo.
Entonces explícame cómo es que Jacob no ha salido de su casa en estos días.
— Ella sólo lo quiere proteger.
¿Proteger de qué, exactamente? Hablamos de Jacob.
— Exacto —me respondió—. Hablamos exactamente de Jacob.
No cometas una tontería, me dijo la voz de Embry.
¡Maldita sea, Embry! ¡Vete!, le grazné.
Iremos a apoyarte, chico, intervino Quil. Tienes que calmarte un poco.
— No habrá ninguna actividad violenta el día de hoy —vaticinó Edward—. Puedes pasar a ver a Jacob, Seth, pero dudo mucho que puedas entrar en forma lupina.
Impídeme eso, murmuré, y avancé un paso. Edward, en un abrir y cerrar de ojos, se colocó justo delante de mí.
— Seth, hablo en serio. No puedes entrar así.
Bien, dije y salí de fase inmediatamente. Sin importar que Edward me viera, o alguien más, me desabroché el nudo del cordón para poder ponerme el short. Una vez que me lo puse, Edward me hizo un ademán para indicarme que pasara primero. Asentí y me encaminé hacia la casa blanca.
— Te has ejercitado. —me felicitó, mirando mis brazos. Sonreí y no pude evitar sentirme halagado.
— Es por presentación, tu sabes le contesté un poco más sereno—. Tengo que lucirme para mi novio.
— ¿Cómo está Christopher, por cierto?
— Sigue con la infección. Esta noche pasaré a verlo.
— Excelente. —me dijo Edward mientras subíamos los peldaños hacia la puerta. Al momento de estar frente a ella y extender la mano para abrirla, una cabellera rubia se dejó ver, y Rosalie se colocó en el marco con los brazos cruzados para impedirme el paso.
— Eh, ¿podrías…? —empecé.
— Nessie no quiere que entres. Ella saldrá.
— ¿Cómo que ella saldrá? —inquirí, pero Edward me colocó una mano en el hombro izquierdo. Me volteé a verlo y me miró con cierto aire de culpabilidad.
— No lo sabía. Lo acaba de decidir en cuanto percibió tu aroma. Lo siento, Seth.
— Descuida —le medio sonreí—. ¿Vendrá Jake?
— Me temo que no. —dijo una voz que sonaba como campanillas, pero un poco más agudas. La rubia se apartó y dejó pasar a la muchacha de rizos castaños, cuyos ojos color chocolate se concentraron directamente en los míos.
Me sorprendí ante el cambio radical de Renesmee —debo reconocerlo, en parte es culpa mía por no haberme aparecido aquí en dos años—, quien ahora lucía como una adolescente de catorce años. Estaba vestida con unos jeans azules, camisa verde pálido y sudadera gris, muy casual. Era ropa sencilla, pero su naturaleza, que la hacía ver muy atractiva, lograba que la ropa pareciera ser de diseñador.
— Permíteme unas palabras en privado, por favor. —pidió Nessie, y yo me pasmé. El tono autoritario no permitía réplica alguna.
— Está bien. —fue todo lo que pude decir, y me di la media vuelta. Allá, en la orilla del bosque, detecté a los tres lobos que esperaban ansiosos a que yo me reuniera con ellos. Con un rápido ademán me señalé horizontalmente el cuello, indicando que abortaran sus intenciones. Ninguno se movió.
— Vamos a la biblioteca. —sugirió Nessie, lo que me sorprendió. Me di la vuelta y vi cómo ella rápidamente se dirigía a las escaleras. Me encogí de hombros mientras Edward me apremiaba suavemente. Entré rápidamente y seguí a la chica. No miré hacia los lados, pero conforme entraba pude sentir las miradas y ligeros saludos del resto de los Cullen: Carlisle y Esme en la cocina, Jasper y Alice en el sillón de la estancia, Emmett al pie de las escaleras, Bella y Jacob en el sillón de la primera planta. Sólo volteé a ver a estos dos últimos; los dos estaban enzarzados en una plática muy intensa pero en voz baja, casi a susurros, como si yo no les pudiera escuchar.
—… imprudente, Jacob —le reprendió Bella antes de voltear a verme con sus ojos de color café dorado, bastante intensos. Vi por un instante la nuca de Jacob antes de que se girara a verme. Pude ver que al chico le había crecido la barba y el bigote, cuya etapa actual ya había pasado la de la sombra. Me sonrió a medias mientras yo apenas tuve tiempo de asentir, pues Nessie me apremió en las escaleras. La seguí.
Ya en la siguiente planta, ella se encaminó a las puertas dobles de la biblioteca personal de Carlisle. Al entrar, rápidamente se dirigió a una mesa en la que estaba un antiguo toca discos. Lo accionó y empezó a sonar una especie de ópera o una especie de coro angelical; la reconocí sólo por los cantos en grupo, y alargados.
— Ciérrala. —me dijo. Yo, incapaz de replicar ni media palabra, obedecí.
Los estantes del sitio no habían cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí, durante el embarazo de Bella. Apenas y se había añadido uno que otro libro; lo sabía por el nuevo estante pequeño al lado del escritorio.
— Bien —dijo ella, y se giró para verme. Tenía el rostro serio y los brazos cruzados sobre el pecho—, tenemos la ventaja de que tía Alice no puede ver a ninguno de los dos. Esta pieza, El Himno a la Alegría, distrae mucho a mi familia, a tal grado de que ni mi papá pueda concentrarse en leer mentes. Estamos a salvo.
— ¿Qué pasa, Nessie? —le pregunté, haciéndome el inocente. Me encogí un poco de hombros mientras extendía los brazos a mis costados, sólo lo suficiente para marcar mi desconcierto, y en parte enfado, por haber procedido de esta manera.
Ella me taladró con la mirada; agradecí que esto no hubiera sido su don. Ya Alice se había encargado de contarme el final que hubiera tenido nuestra "discusión pacífica" con los llamados Vulturis. Y por desgracia el mío no era muy dichoso. Tomé nota mental de alejarme de esa tal Jane. En caso de que volvieran a dar la joda, claro.
— Quiero saber algo —se puso aún más seria y dio un paso hacia mí: no había notado los tenis de suela gruesa hasta que dicho paso resonó como si hubiere sido producido con un tacón—, y quiero que me digas la verdad. Al principio, como es lógico, podré no creer lo que me digas. Luego, conforme avancemos, podría decirse que ahora sí te creería.
— No entiendo.
— Jacob me confesó algo relativamente curioso hace casi un año, mismo en el que yo me he documentado y he inspeccionado hasta terrenos algo complejos, incluyendo ciertas… opiniones de masas mayores. Pero no termino de comprenderlo bien. Necesito que tú me lo digas.
— ¿Qué es?
— ¿Cómo está eso de que tú y Jacob sostenían una relación?
Maldita sea. Era la segunda vez que se me preguntaba eso en un año. Cuando Chris abordó ese tema en aquél parque, habíamos discutido un poco. Me mostró un lado de él que yo jamás conocía: era celoso y posesivo. Digo, además de closetero, me sale con eso.
Miré fijamente a los ojos de la chica, que me comían sin dudarlo.
— No busques pretexto alguno, Seth. Él me lo contó todo. Y me refiero a todo.
— Entonces no veo qué preguntas puedes hacerme.
— Tú eres el gay aquí. No te interesan las mujeres.
— No. —dije con firmeza. Eso era algo de lo que me sentía orgulloso y que nunca iba a negar. No más.
— Entonces, tu percepción de la vida es un poco más enriquecida que la de muchos de nosotros. Ves cosas que no vemos.
— Siento cosas que ustedes no sienten.
— Vives situaciones que a nosotros nunca nos pasarían, exacto. Necesito que me digas cómo se siente.
— ¿Por qué yo y no Jacob?
— Ya te lo dije. Él no aplica porque me alega ser bisexual. Necesito una perspectiva, una opinión, completamente homosexual. Es crucial saberlo.
— ¿Y no conseguiste a nadie más para esto?
— Claro —se rió ligeramente—. Iré a Port Angeles a buscar entre los transeúntes y les preguntaré sobre su vida como homosexual y su forma de ver al mundo desde dicha perspectiva. Se sentirán tan confiados conmigo que me lo contarán todo.
— ¡De acuerdo! ¡De acuerdo! —respondí agitando las manos alrededor de mi cabeza. ¡Caray! Había heredado el mismo tono sarcástico de su madre—. No sé qué decir exactamente.
— Lo que quieras. Infórmame. He oído que muchos gays marchan en desfiles del orgullo y eso. Podrías hacer algo así.
— Claro. Invitaré a todo Forks a que marche. —ahora era mi turno de ser sarcástico.
— No, no. Sólo me tienes que convencer a mí. A ver —se descruzó los brazos, extendió su mano derecha hacia mí con el ademán para pedir un minuto, mientras que con la izquierda se tocaba la frente—, vamos por algo más básico, o fácil. ¿Por qué Jacob?
La miré con ansias. Era una buena pregunta. ¿Por qué Jacob, en verdad?
Las palabras se me salieron sin apenas esfuerzo.
— Porque es el muchacho más comprometido, dedicado y sincero que jamás he conocido. Por ser ese muchacho que siempre ha estado ahí para sus amigos más cercanos, en especial los más chicos, como yo. Porque, a pesar de tener sus problemas, siempre trató de ser optimista para darnos un buen ejemplo a los demás. Porque siempre me trató bien. Porque siempre me vio con cariño. Porque siempre me defendió de todo. Por ser un ejemplo a seguir. Por... simplemente ser como es. —dije casi atropelladamente, con apenas margen para tomar aire entre cada frase.
Ella me miró como su jamás hubiera visto a alguien como yo, lo cual técnicamente era cierto hasta cierto punto.
Se cruzo los brazos sobe el pecho de nuevo, pero ahora su rostro denotaba asombro y perplejidad.
— Cielos —musitó—. Es… intenso lo que sientes por Jake.
— Así es, Nessie —ahora fue mi turno de cruzarme los brazos sobre el pecho, más por postura que por muestra de ánimo—. No ha sido fácil sobrellevar el hecho de… ya sabes, la imprimación, pero he hecho lo mejor por él.
— Como salir con otro chico. Ya me contó de él.
— Yo… —me pasmé. No sabía qué decir con respecto a Chris. Quería decir que andaba con él por mi cuenta, porque amaba a ese inglés rubio tan sensual.
Pero otra parte de mí luchaba contra mi consciente y lo confundía, retorciendo ideas hasta niveles inimaginables. Fue entonces cuando mis labios se movieron por sí solos.
— No quería causarle más molestas a nadie, en especial a Jake. Él ya te tiene a ti; no me necesita más.
En eso, una tabla al otro lado de la puerta crujió sonoramente. Tanto Nessie como yo nos volteamos a ver, y en un segundo ella pasó veloz como flecha al lado mío. Ella abrió la puerta y nos encontramos con el rostro de Jacob, quien estaba contrariado. Sus ojos se posaron en ella, llorosos, antes de volverse hacia mí. Sus hermosos ojos se enfocaron en los míos, y viceversa, y supe lo que estaba sucediendo.
Fuese como fuese, nuestras vidas estaban en vías equivocadas. Algo en ellas estaba mal, muy mal, como si los lazos que antes nos unían se estuvieran rompiendo, y al cabo de dos años más, cuando Nessie cumpliera los siete años y dejara de madurar, eligiera a Jacob y dichos lazos se terminaran de romper. Por ahora, lo único que nos sostenía juntos eran unas cuantas hebras, delgadas pero firmes, que representaban la esperanza.
Una esperanza seductora, asesina. Una destructora de emociones. La discordia de la balanza irregular en la que ahora pendíamos.
— Seth, ¿me oyes? —me preguntó Chris mientas estábamos sentados en una de las jardineras del campus. Atravesábamos la mitad del mes de mayo, fecha de los exámenes finales.
— Oh, lo siento —despejé mi mente y me giré hacia él, que estaba sentado justo a mi derecha. Me tomaba la mano derecha con ternura—. ¿Qué me decías?
— Que tengo algo que entregarte, tontito. —me sonrió, y me giró la mano que tenía en su poder hasta que mi palma quedó extendida y boca arriba. Entonces, en el acto, noté el papel doblado que depositó en ella.
— ¿Qué es esto? —sonreí tímidamente mientras miraba mi mano.
— Desdóblalo. —me sonrió y me besó la mejilla. Últimamente no le importaba mucho el hecho de manifestar su amor por mí en el campus; se comportaba como alguien nervioso, inseguro y posesivo en varias veces, pero lo consideré algo normal.
Desdoblé el papel y me sorprendí por la brevedad del mensaje, demasiado importante.
Vivamos juntos. Múdate a mi apartamento.
Levanté la vista, perplejo.
— ¿Va… en serio?
— Muy en serio —me sonrió—. Obviamente, en vacaciones podríamos pasar el tiempo allá. Aquí en el campus… podríamos hacer trámites para poder compartir la habitación.
— Pero ni somos de la misma carrera, corazón. —le dije. Él volvió a tomar mi mano entre las suyas.
— Eso es lo de menos, cielo. Buscamos un edificio neutral, que nos quede igual de cerca a nuestras facultades, hacemos los trámites que se requieran y lo hacemos. ¿Qué me dices?
— Yo… —me pasmé, sinceramente. Esto sí que no lo veía venir.
Miré directo a los ojos de mi novio, esperando que esto fuese una especie de broma o algo por el estilo. No encontré nada de ello en su mirada.
— ¿Y qué dices, mi cielo? —me preguntó con un tono muy emocionado, dichoso. No supe ni qué contestarle.
Eso era algo muy repentino. Estaba bien que ambos ya tuviéramos diecinueve años y eso, pero yo jamás me había enfocado en esos detalles tan serios con Chris, a pesar de que el tiempo estaba muy a nuestro favor.
Funcionábamos como una pareja seria, estable. ¿Pero sería así estando ya en la práctica de incluso compartir el mismo techo? Sería un paso interesante. Más interesante que mi insistencia por querer conocer a sus padres.
Entonces empecé a sopesar esa posibilidad, mientras el sonido de la brisa primaveral hacía silbar las hojas de los abetos y los sauces que estaban plantados en el campus.
