Sin estrategia

— Vamos, Seth…

— No.

— Anda, chiquito. Solo un poco.

— Te he dicho que ya no quiero, Chris.

— No seas un llorón, Seth. Antes no te quejabas.

— ¡Pero eso ya no me está pareciendo! —le espeté. Lo miré con verdadero fastidio, mientas él, encima de mí, me miraba con verdadera ansiedad. En su mano izquierda estaba el encendedor que siempre usaba en estas sesiones.

— Vamos, chiquito —me colocó la mano derecha a la altura del pecho, en el arnés (habíamos entrado en el territorio superficial del sadomasoquismo desde que volvimos de la graduación de Jake; no me dio explicaciones para hacerlo), mientras me halaba un poco hacia arriba para acercarme a él. Se hubiera doblado hacia mí de no ser por su miembro, que estaba dentro de mí—. No seas nena. Ya te has dejado quemar un poco antes.

— Empiezo a creer que esto lo haces con intenciones más allá de las sexuales, Christopher. —murmuré. En eso, su mirada ansiosa se ensombreció ligeramente por unos instantes. Después, me volvió a sonreír.

— Estamos explorando nuevas áreas del placer, mi vida —me dijo con ese tono tan seductor. No pude evitar sonreírle. A modo de respuesta, él me metió un poco más su miembro, con lo que gemí y me aferré a sus brazos de manera apasionante—. Sí, así, mi amor.

— ¿Pero tenemos que involucrar el fuego otra vez? —inquirí entre gemidos.

— ¿No te gusta descubrir nuevos horizontes, mi cielo? —me preguntó, dejando finalmente el encendedor en el mueble al lado de su cama, y halándome por los arneses una vez más para poder besarme.

No entendía la conducta de Chris. El fuego realmente no me preocupaba —y ni lo haría, porque me sanaba rápidamente, cosa que él ya empezaba a sospechar—, sino lo que pudiese venir detrás de ello. Como había observado, sólo después de la graduación de Jake empezó a implementar los juegos sadomasoquistas, empezando por un par de sencillas esposas con las que me sujetó a la cama para poder penetrarme con rudeza. Después vinieron los trajes de cuero, látex y látigos. Y ahora estábamos con el fuego del encendedor. Algo leve, pero no podía evitar sentir que, más que placer, algo más se asomaba por sus ojos. Quizá posesión.

Tras unos minutos, se salió de mí y se acostó boca arriba en la cama, sonriéndome como siempre. Se señaló el miembro y yo, complaciente, me acomodé para sentarme en él mientras lo miraba, e hice mis sentadillas correspondientes.

Ambos gemimos mientras él ponía ambas manos en mi trasero, acariciándolo con suavidad. Me llevé la mano izquierda a la cara, y empecé a lamer seductoramente mi índice, cosa que encendió a mi novio.

— Oh, sí, Seth. Vamos. ¡Sé sucio! —le pidió mientras se arqueaba ligeramente por el placer. Y yo, aprovechando, hice mis sentadillas un poco más rápido—. ¡Mi cielo! ¡Sí, sí, sí! —me tomó por la cadera y añadió algo más de intensidad al acto al moverse él, con lo que yo también gemí—. ¡Te amo! ¡AHH! —y entonces se vino dentro de mí. Su orgasmo fue tan placentero en todos los sentidos que me llevé mi mano libre a mi miembro y me masturbé hasta que yo también me vine, con lo que parte de mi producto le cayó en el pecho y la cara. Ambos nos entregamos a las arcadas pasionales.

— Eres buenísimo. —le contesté entre hiperventilaciones. Él, sonriente, me agarró el miembro y me lo empezó a estrujar lentamente. Con lo sensible que lo tenía por mi reciente eyaculación, no pude evitar gemir un poco.

— Así, amor, así… —canturreó, mientras alternaba su mano entre mi miembro y mis demás zonas personales. Yo me moví para poder estimular más su miembro en mi interior. Le sonreí mientas sentía que él ya no resistiría más placer, así que me quité de encima y me acosté al lado suyo y le contemplé la erección. Se veía exquisita.

— Oh, Chris, ¿ya ves que no te cuesta nada tener sexo básico y normal? —le dije sonriente. Él me devolvió la sonrisa, y se concentró en mis arneses, acentuando más la sonrisa—. Esto no cuenta —añadí, riéndome—. Sólo es una especie de disfraz.

— Uno que nos ha sentado bien en estos meses, querido. Por cierto, feliz veinte de enero. —me sonrió.

— ¿Qué tiene de especial el veinte de enero? —pregunté inocentemente. No había nada de importante, salvo el hecho de que hace seis días había sido el cumpleaños veintitrés de Jacob.

— Estamos juntos, mi vida —me canturreó al oído, besándome suavemente—, y eso requiere una celebración.

— ¿Pero qué dices, corazón? Tenemos más de seis años juntos.

— Seis hermosos años… —murmuró—. No puede existir un hombre más feliz que yo. Tenemos una relación estable, he considerado en poder hacer esto un poco más sencillo para nosotros con ciertas medidas, siempre has estado para mí sin importar nada, me eres fiel…

Sin importar nada… y serle fiel. Recordé el beso que Jake y yo compartimos hacía más de tres años, el que le di por error al agradecerle por su intervención en la golpiza. Mis ojos se concentraron en la nada al revivir ese recuerdo tan nítido. Me estremecí, y esto no pasó desapercibido ante mi novio.

— ¿Tienes fiebre, corazón? —me preguntó, abrazándome contra su pecho y acurrucándome con ternura. Negué con la cabeza.

— No, Chris —le dije mientras me abrazaba a su pecho—. No me pasa nada. Creo que ha sido algo involuntario.

— Está bien —se rio, luego me abrazo todavía más, acariciando mi espalda y mi trasero de manera muy sutil y romántica—. Lo importante es que estés conmigo, corazón.

Le sonreí mientras hundía mi rostro en su pecho. Entonces, el estómago me gruñó, lo que provocó la risa de mi novio.

— Ay, creo que tengo hambre. —me reí mientras alzaba la vista hacia él. Me miró con esa mirada tan seductora, y no pude evitar plasmarle un beso húmedo en los labios.

— Entonces vamos a desayunar, mi cielo. —concedió, y me devolvió el beso, con todo y lengua, antes de que yo me levantara. Sin siquiera molestarme en conseguir algo de ropa, me encaminé hacia la cocina. La nieve del exterior debía de poner fría la casa, pero a mí no me molestó en absoluto.

Llegué a la cocina y me asomé por la ventanita. Los copos caían en una danza lenta, sin apuro alguno por tocar el suelo. Los árboles se veían especialmente bellos con semejante decoración natural. La mezcla de blanco, café y verde existía como una armónica comunidad, tan hermosa como podía ser la naturaleza misma.

Entonces, detecté un cuarto color que no debía estar ahí. Era un tono oliváceo claro, de dos metros de altura, en cuya parte superior se apreciaba una corta cortina de cabellos negros. Los ojos marrones del hombre, que vestía sólo un pantalón color verde olivo, me miraban desde detrás de un rostro lleno de verdadera preocupación.

— ¿Jake? —pregunté. Él me reconoció y me calló al chistar y colocarse el dedo índice de la mano derecha en los labios.

— Silencio, Seth. No debo de estar aquí. —susurró quedamente; agradecí a mis genes metamórficos por permitirme escucharle con toda claridad.

— ¿Por qué no? —también susurré.

— En primera, porque no se supone que deba de verte nunca más. Tengo… una condición.

— ¿Cuál condición, Jacob? Puedes venir a verme cuando quieras.

— Temo que no, chico. Me ha costado mucho tiempo venir, porque no sabes el peligro que corres.

— ¿De qué estás hablando? —inquirí, sacudiendo la cabeza. Mi largo cabello me obstruyó la vista un poco, así que me lo eché por detrás de los hombros con un leve movimiento.

— Tienes que salir de ahí —vaticinó—. Estás en peligro, chico.

— ¿Por qué?

— Christopher no es lo que piensas —dijo con un tono aún más serio—. Es un demente, ¡tienes que escapar!

No pude evitarlo; sonreí incrédulamente.

— No lo es, Jake —dictaminé—. Él ha sido muy bueno conmigo.

— ¿Muy bueno?

— Muy bueno. —repetí.

— Dime, Seth, ¿no ha cambiado nada en su conducta después de mi graduación? ¿Cualquier detalle diferente, aunque sea insignificante?

De pronto me pasmé. Claro que había cambiado un poco.

Sus juegos sadomasoquistas, reconocí al instante. Lo que antes eran comentarios al azar, se habían vuelto acciones serias.

Y justo tras volver de la graduación de Jacob.

Bajé la mirada, hiperventilando por la obviedad de los hechos. Además de haber empezado con estas conductas, había querido ir subiendo de tono.

Levanté la vista hacia Jake y le señalé mis arneses con una mano.

— Eso supuse —murmuró—. No habías considerado ese tipo de cosas conmigo. Fue sugerencia suya, ¿no?

— Así es.

— ¿Hasta dónde han llegado?

— Eh… —no sabía cómo seguir. ¿Debía compartir con Jacob los detalles de mi vida sexual con mi novio? Posiblemente sí, si su teoría iba por el camino correcto—. Hoy intentó usar un encendedor.

Sus ojos se abrieron como platos.

— No me… —se interrumpió, e intentó dar un paso hacia la casa, pero al instante abrió más los ojos y extendió un brazo hacia mí—. ¡Seth! ¡CUIDADO!

Apenas tuve tiempo de pensar en lo que él me decía cuando sentí un dolor agudo en mi nuca, seguido por un ruido de metal vibrante. El mismo me tiró al suelo con rapidez, y un segundo golpe me produjo un dolor instantáneo de cabeza.

— ¡Seth! ¡SEEEETH! —gritó la voz de Jacob en el exterior. Unas manos me giraron hasta quedar boca arriba, y me topé con el rostro encolerizado de Chris, quien sostenía una de las palas cortas para nieve.

— ¡Te dije que no te quería ver por aquí, Black! —le gritó a la ventana. Posteriormente bajó la mirada hacia mí—. ¿Así que este era el tipo de hambre que tenías, eh? ¿Cómo me puedes hacer esto? ¡Maldita sea! ¡Yo soy tu novio! —me gritó, y entonces vi que preparaba la pala para golpearme de nuevo.

Reaccioné rápidamente. Empujé a mi novio fuera de mi alcance, con lo que él se golpeó la parte posterior de la cabeza en el suelo, lo que le hizo gritar. Escuché un golpe en la ventana, por lo que me giré. El rostro de Jacob denotaba impaciencia.

— ¡Seth! ¡Seth! ¿Estás bien? —preguntó histéricamente.

— ¡Estoy bien! —le comenté—. Sólo un poco molesto en la cabeza. Auch. —me llevé una mano a la nuca, pues el dolor empezaba a molestarme.

— ¡SETH! —volvió a gritar Jacob, y en eso Chris se abalanzó encima de mí por la espalda, tomándome por el cuello en una llave peligrosa. Me llevé ambas manos hacia su antebrazo, apretándole como podía, con intenciones de liberarme.

En el acto escuché que un vidrio se rompió. Miré hacia arriba y vi que Jacob quitaba el exceso de vidrios para poder pasar a la casa.

Y fue ahí cuando Chris me haló con fuerza y me aventó contra la estufa, con la que me golpeé en la frente. Maldije por lo bajo mientras escuchaba gritos y forcejeos de los dos hombres.

— ¡No, Chris! ¡Detente, por favor! —le grité mientras me paraba y veía que los dos hombres, parados, intentaban hacerse llaves el uno al otro. Al ver que no les funcionaba, Jacob empujó a mi novio y le dio un buen puñetazo en el hígado, con lo que él retrocedió unos pasos. Jake lo empujó hacia el lavamanos, para poder abrirse paso hacia mí.

— ¿Estás bien, Seth? —me preguntó, sujetándome por ambos brazos.

— Sí, estoy bien. ¿Y tú?

— Muy bien. Ven, vámonos de…

— ¡JACOB! —grité, pero fue demasiado tarde. Estaba tan concentrado en mi amigo que no advertí a tiempo el cuchillo que Chris había conseguido…

… y que entraba limpiamente en la espalda de Jake.

De pronto fue como si todo mi mundo se hubiera venido abajo, como si todo en él hubiese perdido el sentido. Sabía que debía tener alguna especie de estrategia en estos casos, pero para ser franco, me quedé completamente en blanco.

Mi novio enterró un poco más el cuchillo en la espalda de mi ex, con lo que este empezó a gritar de dolor y a intentar girarse para enfrentar al agresor.

— ¡Te lo dije, hijo de puta! —estalló Chris, cuyos ojos infernales llameaban ira pura contra Jake—. ¡Te dije que jamás volvieras a ver a mi novio! ¡Es mío!

— ¡Christopher! —le grité, abalanzándome sobre Jacob para sostenerlo, quien empezó a caer hacia mi dirección. Lo atrapé antes de que se golpeara contra la estufa, y lo arrastré fuera del alcance de Chris, quien me miraba como si jamás me hubiese conocido. O bien, como si yo fuese una especie de anomalía o demonio que debía desaparecer.

Fue cuando vi que su mano izquierda rebuscaba detrás de él, quizá en busca de otra arma.

— ¡No! —espeté, y rápidamente le saqué el cuchillo a Jacob, quien se quejó.

Examiné el arma sangrienta que tenía en las manos. Casi toda la hoja se le había incrustado. Quería pensar que sus genes metamórficos lo ayudarían a salir de esta, pero la espalda de Jake ahora era una masa roja de carne, emanando sangre sin pausa alguna por dicha herida.

— ¡Jacob! —lo llamé con las lágrimas en los ojos y la voz quebrada—. ¡Jacob, por favor! ¡Despierta!

Él se quejó un poco en mis brazos. Miré a Chris en todo momento, quien finalmente había encontrado otro cuchillo.

— Mira lo que me hiciste hacer, Seth —me dijo él con tono suplicante, aferrando bien el mango de su arma—. Mira lo que tuve que hacer por tu error. Mira lo que provocaste por seguir revolcándote con Jacob Black… ¡apareces vistiendo sólo mis arneses en su presencia! ¡Lo tienes encima de tu cuerpo con sólo esa vestimenta!

— ¡Está mal herido! —le grité—. ¡Y no esperaba que viniera! ¡Baja eso Chris! ¡Tenemos que llevarlo a un hospital! —me desesperé. ¿Nuestros genes metamórficos nos cubrían de estos daños? No sabría decirlo; jamás me había herido con un cuchillo.

— ¡No! ¡Merece morir! ¡Te quiso robar de mí!

— ¡Claro que no!

— ¡Claro que sí! ¡Te ha estado viendo últimamente!

— Seth… —me llamó la voz susurrante y de ultratumba de Jacob. Lo giré en mi regazo para que su rostro quedara boca arriba—. Sálvate. Sálvate, por favor. Huye… huye, chico… —sus ojos empezaban a cerrarse.

— ¡No, no, Jacob! —le pedí mientras los sollozos empezaban a apoderarse de mi voz—. ¡No cierres los ojos, Jake! ¡Por favor! ¡Por favor no lo hagas! ¡No me abandones, Jacob Black!

No supe cuánto tiempo ni cuánta fuerza le invertí al llamado, pero todo fue en vano. Clavé mis ojos en los de Jacob, que se aferraban a la vida para poder verme una vez más, pero a cada segundo que pasaba se iban cerrando…. Y cerrando…

Y, entonces, se cerraron completamente.

— ¿Jake? ¿Jacob? —lo llamé, zarandeándolo por los hombros. El muchacho no me respondió. Mis lágrimas se me resbalaron sin que yo tuviese intención de quitármelas. Le acaricié el rostro, lívido—. ¡No, por favor no! ¡JACOB! ¡Monstruo! —le grité a Chris, a quien miré con verdadero odio—. ¡Lo mataste! ¡Lo mataste! —reconocí la pérdida con mucho dolor. El corazón me dio un vuelco terrible.

Chris, parado en su lugar, soltó el cuchillo, que rebotó estrepitosamente en el suelo. Pensé que se iba a poner a lloriquear o a gritonearme, pero en lugar de eso, se echó a reír. Primero empezó con una risa contenida, luego siguió a una risa normal, que terminó evolucionando en una carcajada que le hizo echar la cabeza para atrás, mientras su burlesca reacción se desarrollaba sin vergüenza alguna.

— Sí, finalmente —dijo tras dejar de burlarse. Lo seguí fulminando con mi húmeda mirada—. Yo le había advertido en su baile que se alejara de ti, pero no me hizo caso, ¡y esto es lo que pasó!

— ¿Así que eso fue por lo que tenías la nariz sangrante? —le pregunté. Recordé esa noche en la que lo vi con la nariz rota y él se excusó con el hecho de que se había resbalado en el baño con un poco de agua tirada.

Él asintió.

— Lo hice por ti, chiquito —me dijo, con una creíble máscara de dolor y arrepentimiento. O así la quería hacer ver, porque yo no me la creí mucho—. No quería que nada nos separara, así que tenía que eliminar los obstáculos.

— ¿Matando a mi amigo? —se me quebró la voz. Empecé a sentir ciertos temblores que me recorrían la espalda baja, los brazos y las piernas. ¡Oh, no! ¡No ahora, por favor!

— Sé lo mucho que te duele la muerte de Jacob Black, pero era necesaria para que nuestro amor prevaleciera.

— ¡No tenías que matarlo! ¡Asesino! ¡Monstruo! ¡Delincuente!

— ¿Es así como me verás ahora, como un asesino? —extendió sus brazos a ambos costados, mostrando su desconcierto—. ¡Por favor, Seth! ¡Te creía más inteligente que eso!

— ¿Inteligente, dices? —no supe ni cómo, pero reuní las fuerzas suficientes como para pararme y enfrentarlo cara a cara, ante el cadáver de Jake—. ¡Te he visto cómo lo matabas! ¡Lo inteligente aquí sería que te dejara!

Su rostro, que intentaba ser el de una víctima, se ensombreció en un parpadeo y dejó ver esa máscara peligrosa que tenía hace unos momentos al enfrentarse a Jake.

— Estás equivocado si crees que me vas a dejar —espetó, levantando ambos puños y apretándolos estruendosamente—. Tú no me vas a dejar, Seth.

Se acercó un paso hacia mí con la determinación del cazador que tiene a su presa acorralada. Yo también levanté mis puños y me puse en una postura defensiva.

Él se abalanzó contra mí en menos de lo que esperaba. La fuerza fue tal que no tuve tiempo de interceptarlo, con lo que ambos caímos al pasillo afuera de la cocina. En él, los dos empezamos a forcejear y a rodar por el mismo, hasta que sentí que chocaba con una mesita. Miré en derredor los segundos suficientes como para notar que estábamos en la sala.

Puse mis manos enfrente de mi pecho, pero no pude evitar recibir el puñetazo que iba dirigido hacia mí. Se me entumeció el pómulo derecho.

— ¡Muévete! —le grité, pues él estaba encima de mí y tenía la ventaja de la pelea. Entonces, se me vino a la mente ese fatídico Año Nuevo…

Y le escupí en la cara a Chris. Él se quedó pasmado mientras se limpiaba mi saliva.

— ¿Eso es todo? —me retó. Y su nuevo puñetazo vino derecho a mi nariz.

Empecé a sentirme de manera extraña, de una manera que no me esperaba. El odio empezaba a tomar parte de mi persona, mientras las temblorinas se aumentaban a cada segundo. No era el hecho de que él me estuviese pegando, sino la poca importancia que le puso al hecho de que él era el asesino de Jacob.

Jake… muerto… vi pasar nuestras vidas enfrente de mis ojos, y entonces supe lo que tenía que hacer.

Me odiaría a mí mismo por el resto de mi existencia, pero no tenía más oportunidades de asegurarme el éxito.

Empujé a Chris lejos de mí mientras me movía en la alfombra y estallaba en mil pedazos, extendiéndome, destruyendo los arneses a mi paso…

Media mesa sucumbió ante mi metamorfosis, pero no me importó. Ahora estaba en mis dominios, y él me las iba a pagar. Me paré en mis cuatro patas y le gruñí, asegurándome de mostrarle todos mis dientes. Chris se paralizó al instante; recorriéndome de arriba a abajo con sus ojos desquiciantes. En eso supe que yo tenía la victoria de mi lado.

Él intentó decirme algo, pero no encontró la manera. Se quedó ahí, sentado, boquiabierto y pasmado, mirándome. Le seguí mostrando los dientes en mi gruñido.

Entonces, un ruido procedente del pasillo se efectuó. Era demasiado grande como para ignorarlo. En eso, vi por el rabillo del ojo que el asesino se dirigí rápidamente a la chimenea. Intenté detenerlo al querer agarrarle una pierna con mi hocico, pero él llegó rápidamente a su destino: el atizador para la chimenea. Apenas y tuve tiempo de frenar mi intento de detenerlo cuando la punta del mismo me fue clavada cerca del ojo derecho, con lo que aullé y me caí de costado.

En eso fue cuando escuché un grito humano, un desgarre de ropa, y vi que un lobo de pelaje marrón se paraba al lado de mí, gruñéndole furiosamente a Chris.

Perdona la tardanza. No me sentía muy dispuesto, me dijo Jake.

¡JAKE!

Hice caso omiso de mi herida y me paré. Ambos le gruñimos a Chris.

¡Jake, Jake! ¡Estás vivo!, lloriqueé de felicidad.

Sí, Seth. Lo estoy. Creo que me he desmayado por lo agudo del dolor.

¡Eres un idiota! Yo pensé que estabas muerto, Jake.

No me iba a dejar ir tan fácil, chico, me dijo con un tono sonriente. Entonces, los dos miramos al asesino, que nos miraba con los ojos fuera de sus órbitas, claramente asustado.

— ¿Qué mierdas es esto? —espetó gritando, presa del miedo. Levantó más el atizador y se preparó para golpear a alguno de los dos—. ¡Son unos monstruos!

Miré al rostro de Jake, claramente satisfecho. Entonces pensé en lo verdaderamente valiente que había sido al venir aquí conmigo. Los pensamientos de él iban más o menos en la misma dirección, pero había algo que claramente lo perturbaba.

¿Qué vamos a hacer con él?, le pregunté. Jake se la pensó un poco.

Bueno… el nos iba a matar…

No, Jake. No matamos humanos, los protegemos, le recordé.

Entonces sólo me dejas una opción, chico. El Consejo debe deliberar.

¿El Consejo?

El Consejo entero, puede que ambas manadas enteras y la tribu en sí.

¿Pero esto de qué nos servirá?

Salvaremos una vida humana, por más patética y miserable que sea la misma. Salvaremos a este pedazo de mierda, porque no somos como él, dictaminó al fin, con la voz autoritaria del Alfa.

El pequeño patio de la casa de Emily apenas y nos podía recibir a todos. Nevado como el resto del área, provocaba que todos nosotros resaltáramos. Menos mal que la casa de la muchacha no estaba en un área pública o cerca de la carretera.

Me distraje lo suficiente como para evitar percibir a tiempo la mano de mi hermana, que se estampó limpiamente en la mejilla derecha de Chris, con lo que lo tiró al suelo.

— ¡Bastardo canalla! ¡Desnaturalizado sin madre! —le gritó, y le escupió. No pude evitar esbozar una sonrisa—. ¡Atreverte a asesinar a Jacob! ¡Y a mi propio hermano! ¡Maldita escoria! ¡Y tan bien que me habías caído!

— Suficiente, Leah. —le dijo Sam. A pesar de que él ya no era su Alfa, ella obedeció y volvió a tomar su puesto en el círculo que estaba alrededor de Chris. Todos lo habíamos cercado mientras exponíamos la historia, incluyendo el hecho de que nos hubiéramos transformado enfrente de él. Como consecuencia, los mayores —Billy, mamá y el Viejo Quil— no tuvieron más opción que contarle nuestras historias y explicarle todo con calma antes de tomar un veredicto. Esto me molestó. La única foránea que había tenido derecho a las historias era Bella. Ni siquiera la madre de Embry estaba al corriente, a pesar de que este ha tenido tantas oportunidades para preguntarle por su verdadero padre.

— Intentó asesinar a mi primo —dijo Collin, con la voz cargada de ponzoña. Claramente se refería a Jacob, ya que Billy era hermano mayor de la madre de Collin—, opino que debe morir.

— Yo digo que lo dejemos ir —intervino Quil—. Dudo mucho que, si decide hablar, alguien le crea sobre lo que vio. Con el pasado que tiene, no será fácil creerle.

Yo me encargué de encontrar y proporcionar ese pasado. No fue fácil, pero con una rigurosa investigación en todo su departamento encontré los archivos clínicos de Chris. Tres internados psiquiátricos. Los dos primeros fracasaron y escapó del tercero con ayuda de sus padres, que lo destinaron a Estados Unidos como si fuese una carga.

Sus padres eran unos devotos religiosos intolerantes. Consideraban a su hijo como una especie de carga inservible, y en eso me compadecí de él. No me extrañaba ahora que no les quisiera contar sobre nosotros, en parte porque nunca lo aceptarían, en parte porque se podría decir que yo era lo único que lo hacía sentirse bien. Cuando contó su relato, no pude evitar llorar, pero los brazos de Jake me tomaron por los hombros y me consolaron en lo que pudieron.

— No sé mucho de psicología —intervino mi mamá en dirección al acusado—, pero tus acciones no son justificadas por el abandono.

— Es cierto —dijo Embry—. La psique humana es toda una red de complejos sucesos que se entrelazan para formar una secuencia de vivencias con sentido. El que muchas de ellas estén mal no son las herramientas para que una persona justifique sus malas acciones. Tantas cosas que yo debería hacer si me basara en eso y sin embargo no lo hago, porque no es lo correcto.

— Ni yo —musitó Leah—. No me ven arrancándole la cabeza a Sam o a Emily por lo que pasó. —miré a la pareja mencionada, y vi que en sus rostros se denotaba la incomodidad del asunto.

— ¿Entonces qué hacemos con este… este sujeto? —preguntó Billy con un tono despectivo, agresivo, mientras apuntaba al muchacho, que todavía seguía en el suelo, mirando a los ojos de todo aquél que pudiera. En un momento se encontró con los míos, y desvió rápidamente la mirada.

— ¿Saben? —intervino al fin—. No hagan nada conmigo —espetó. Lentamente, empezó a ponerse de pie—. No quiero que me ayuden ni me toquen. Ustedes son unos locos, ¡todos unos locos! ¡Mira que convertirse en perros gigantes! Ya sabía que tú eras una perra desgraciada —me dijo, apuntándome con un dedo índice—, y que andabas en brama con el imbécil de Jacob. ¡Eres un maldito hijo de…! —me espetó, pero ahora fue mamá la que se salió del círculo y agarró a Chris por el cuello de su chamarra gris, que apenas pudo ponerse gracias a nuestra presión.

— ¿Hijo de su qué? ¿¡Hijo de su qué!? —le espetó mi madre al muchacho, a quien le propuso sus buenas cachetadas. Nadie intervino. Mamá se desquitó con el psicópata hasta que lo tiró de nuevo al suelo y se regresó a su lugar.

Todos contemplamos en silencio a mi ahora ex novio. Subí mis manos hasta el nivel de los hombros para encontrarme con las de Jake, que me aceptaron las mías con delicadeza. Me susurró al oído derecho que ahora todo podría ir mejor, aunque yo me mostré un poco reacio a entender eso. No entendía cómo iba a superar esto sin alguna estrategia bastante efectiva, pero tendría que hacerlo.

Entonces los copos de nieve empezaron a caer otra vez, y no pude evitar distraerme a propósito en ellos.