DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La historia es solamente mía.

"In the shadows"

MADNESS
(Locura)

Tomaste mi corazón y lo sostuviste en tu boca
y con una palabra todo mi amor se desbordó.
Y cada suspiro es lo peor,
vacío por una sola palabra.
Hay un agujero en mí ahora.

Pongo mi fe en algo que no conozco.
He estado viviendo en una dulce nada.
Pero estoy tratando de tener esperanza con nada que esperar…

Y no es suficiente que me digas que te importo,
cuando ambos sabemos que las palabras son aíre vacío,
tú me das nada,
nada…

[Sweet Nothing – Florence and the Machine]

Julio, 2004.

—Ya puedes respirar, Bella. —Dijo Carlisle tomando mi mano que estaba en mi boca mientras mordía mis uñas—. Estamos lo suficiente lejos. No nos podrán encontrar.

Mis ojos se posaron en nuestras manos. Su agarre era firme, supuse que era para que me calmara. De vez en cuando me miraba sonriéndome y otras ponía sus ojos en la carretera.

Di un sonoro suspiro. Lo había hecho, al fin tuve el valor de dejar todo atrás. Pero aun así no podía dejar de tener la sensación de que nada iba a estar bien. Que tonta.

Ya lo hiciste, me reprendí. Sólo necesitaba tiempo para asimilarlo todo. Una cosa era pensar e imaginarte cómo sería irte de tu casa y otra muy distinta es hacerlo, huyendo como una fugitiva.

Baje tanto como pude la venta de mi asiento dejando que el viento golpeara mi rostro. Todo se sentía demasiado real, demasiado cierto. Saque mi mano fuera de la venta moviendo mis dedos y después mi brazo haciendo pequeñas olas.

Y de pronto un pensamiento me golpeo; era libre.

Libre.

Inhale tanto aire como mis pulmones pudieron aguantar y luego lo solté de golpe sintiéndome liviana. Apreté mi mano que estaba junta con la de Carlisle levantándola, él se dio cuenta de ese movimiento mirándome. Sus ojos se posaron en nuestras manos y luego me dio una gran sonrisa mostrando todos sus dientes, yo hice lo mismo arrojándome a sus labios. El auto dio un fuerte ruido, quizás porque Carlisle perdió un poco el control de éste.

—Ups, lo siento —me disculpe riendo y volviendo a mi lugar.

Así estuvimos todo el camino, dándonos miradas furtivas, besos rápidos y sonrisas dulces. No sé cuántas horas nos llevó estar tan lejos, pero lo importante era poner la mayor cantidad de kilómetros entre Renée y yo.

De a poco el cielo se fue oscureciendo a medida que avanzábamos. Un poco de miedo se volvió a instalar en el medio de mi pecho. Algo estúpido de sentir. Había soportado todos los malos tratos de Renée, sus malas palabras, sus dejaciones. Había soportado todas esas noches sin dormir en las que Phil se quería colar a mi habitación, teniendo que sentarme detrás de mi puerta. Había soportado vivir con Marie Swan y Sue y había sobrevivido.

Esto no era nada en comparación con todo lo que había tenido que lidiar.

Carlisle se estacionó en una calle en la cual nunca había estado antes, supuse que estábamos en otra ciudad. El sonido de unas sirenas fue lo primero que escuche cuando me baje del auto. Carlisle tomo de mi mano y me llevo con él hasta la entrada de un edificio que parecía caerse a pedazos. Tenía un letrero con letras neón que se leía: Donde Molly, Motel

El sonido de las sirenas de policía fue ensordecido por la fuerte música que salía de los locales que estaban alrededor de donde entramos.

El motel tenía un vestíbulo estrecho eclipsado mayormente por un mostrador en el cual detrás de él se hallaba una mujer con el triple de su peso. Estaba sentada enfrente de un televisor comiendo lo que parecían ser papas fritas pero repletas de salsas. Metió un monto de papas en su boca con la mano derramando un poco de salsa sobre su ropa, luego chupo sus dedos sin darse cuenta de la gran mancha que estaba sobre su barriga.

Asqueroso, pensé, pero no lo dije en voz alta.

—Queremos una habitación. —Habló Carlisle en una voz neutra.

La mujer recién en ese momento se dio cuenta de nuestra presencia. Se giró a vernos y dejo la bolsa con papas fritas sobre el mostrador. Me puse detrás de Carlisle sin soltar nuestras manos. La mujer se limpió sus manos en su blusa y luego busco detrás de su espalda moviéndose por una silla que al parecer tenia ruedas girándola siempre con el trasero pegado a ella haciéndolas sonar. Detrás de ella había una especie de repisa en la cual colgaban varios llaveros con números sobre ellas.

Ella le entrega unas llaves a él y comienza a decirle algo que no alcanzo a escuchar ya que su voz hace que me duela la cabeza y me alejo mirando por el estrecho pasillo. Mis ojos se posan en los distintos cuadros que están que se caen de las paredes, del papel sucio que cubre las paredes haciéndolas ver que en cualquier momento podrían venirse abajo. Una serie de puertas comienza a aparecer a medida que doy algunos pasos inseguros por el pasillo.

Me fijo especialmente en un cuadro en el que se ve a una mujer indígena dando de amamantar a un bebé, debajo de él se lee una frase que no logro a entender ya que está en español. Me acerco más para ver los rasgos precisos que fueron dibujados en él, en la cara del bebé representando la paz en sus ojos. Un ruido me saca de mi concentración, y es que estaba tan cerca del cuadro que podía escuchar el ruido que venía de detrás de la puerta. Eran gritos que luego pasaron a ser gemidos, horribles gemidos. Como el de un animal.

—¿Bella? —Me llamó Carlisle acercándose a mí—. Dónde andas, Bells. Te estaba buscando. Ven, ya tenemos donde pasar la noche.

Toma de nuevo mi mano y me lleva por el pasillo, después subimos unas escaleras casi a oscuras ya que la luz que está sobre nosotros parpadea a cada instante. Seguimos avanzando por otro pasillo siempre viendo puerta tras puerta. Tomo el llavero que está colgando de las manos de él y lo veo.

Son dos llaves unidas por una argolla y un pedazo de madera gastada en el cual está escrito con marcador negro el número 111. Miro hacia los números que están escritos en las puertas. 87, 89, 91, 93… doy un suspiro, haciéndoseme eterno el llegar hasta la bendita puerta. Me duelen mis pies y me pesan mis parpados. Mi cabeza palpita y siento que en cualquier momento se me va a partir. Sigo viendo los números: 105, 107, 109 hasta que por fin veo el deseado 111.

Carlisle vuelve a tomar las llaves que cuelgan de mis manos abriendo la puerta. Debería haber sabido que grandes lujos no iba a encontrar detrás de esta puerta pero aun así me costaba asimilar lo que me rodeaba. El cuarto era simple, con una cama en el centro, un velador y una tele, quizás, de los años ochenta por lo vieja que estaba. No había ni ventanas, ni cuadros.

Me senté en la punta de la cama con la mirada perdida. Resignarse no era una de las cosas que yo hacía, sin embargo, eso parecía ser lo que debía hacer. No me había dado cuenta, mis manos estaban sudadas, mis piernas tiritaban y ahora que estaba encerrada prácticamente en esta lejana y casi oscura habitación podía sentir el latir acelerado de mi corazón.

—¿Estás bien? —Preguntó él arrodillándose y quedando frente a mí.

—Yo… —Moví mis ojos hacia arriba queriendo no llorar en frente de él—. Sí, supongo. Es sólo qué…

—¿Es sólo qué? ¿No estás contenta? —Se levantó y comenzó a caminar por todo la habitación—. Pensé que esto era lo que querías. Lo que nosotros queríamos —con su dedo me apunto a mí y a él—. Aunque veo que no. Al parecer extrañas las cachetadas que te daba tu madre. Oh, no, espera, seguramente extrañas pasarte horas detrás de tu puerta sintiéndote presa en tu propia casa.

—No, claro que no. Carlisle, no quiero nada de eso.

—¿Entonces? ¿Qué te pasa? Porque déjame decirte que eres tan libre de irte en estos momentos. —Tomó de mi brazo tirando de mí mientras abría la puerta—. Ahí tienes, Isabella. Puedes irte en cualquier momento.

—No tengo a donde ir —dije con mi labio temblando. Mis ojos ardían.

Sus ojos se posaron en los míos. Me soltó y de pronto sus brazos se cernieron sobre mí apegándome a su pecho—. Lo sé, lo sé. Pero tú no te das cuenta. Soy todo lo que tienes. Somos todo —con su mano comenzó a acariciar mi cabello y sus labios se quedaron en mi frente—. Soy tu única familia ahora, Bells.

Me mordí mi labio para evitar un sollozo que sabía que no iba a ayudar en nada a esta situación.

—Vamos a ser felices, te lo prometo. —Me beso de una manera tan necesitada. No sabía si yo lo necesitaba más a él o él a mí—. Sólo dame un poco de tiempo, ¿si, nena? Tiempo, tiempo es todo lo que necesitamos.

Tiro de mí arrojándome a la cama. Sus manos rápidas vagaron por mi cuerpo y se prendieron del borde de mi blusa quitándola tan rápido y fuerte.

No quería hacerlo aquí. No en está cama que quién sabe cuántas personas pasaron por ella, sobre este colchón en el cual sin duda no quería mi cuerpo desnudo en él. Pero no pude negarme. Mi boca se desconectó por completo de mí dejándome en silencio. Para el momento en el que me di cuenta ya estaba casi desnuda con tan sólo mis bragas. Su boca estaba por todo mi cuerpo causando estragos y sensaciones nuevas para mí. Había estado con muchos chicos de mi colegio, pero con ninguno sentía lo que sentía cuando estaba con Carlisle. Era como si fuera una chica virgen ante aquel hombre con mucha experiencia en sí y con el amor que sentía por él.

¿Era eso amor?

Quería creer que sí. Con todo mi ser quería creer que todo lo nuestro era amor de verdad, del bueno.

Cerré mis ojos y me deje llevar por las caricias que me entregaba y por el deseo que me embargaba. Se puso entremedio de mis piernas quedando su rostro frente al mío, podía sentir su aliento acelerado y su respiración errática. Con sus manos abrió un poco más mis piernas para así tener un mayor acceso, me beso apretando sus labios con los míos y rozando mi lengua con la suya, fue en ese momento en el que entro en mí, sus ojos se abrieron observando atento a cada gesto que hacía.

Con cada estocada que le daba a mi cuerpo sentía el calor recorrer a través de mí, acelerando, más, quería más. Sus ojos se cerraron y vi en su cara como el placer y la lujuria se arremolinaba. Carlisle era guapo. No, era hermoso. La manera en la que sus labios se fruncían o como sus ojos me miraban e incluso como sus musculosos brazos me apresaban a su alrededor haciéndome sentir segura. ¿Si esto no era amor, entonces qué es lo que era?

Comenzó a gemir más fuerte y la manera en la que nos acoplábamos creaba una dulce fricción que acababa con mis sentidos. Mis mejillas se sentían calientes y mis labios secos, estaba cerca.

Estaba cerca, muy cerca. Sólo necesitaba un estímulo más para llegar. La habitación era pequeña y hacia que el calor se encerrara en ella haciéndome sudar, los dos estábamos muy sudados y acalorados. Apreté mis dedos de los pies retorciéndome debajo de Carlisle. Una estocada final y el calor en mí me abrumo, luego sentí como se corría dentro de mí. Mis manos vagaban por su espalda sudorosa y mi boca mordía su hombro para contener un fuerte y ruidoso gemido.

Nos quedamos ahí, en ese colchón viejo, con esas sabanas de nadie, con nuestros cuerpos sudados y desnudos. Y por un momento me olvide de todos mis problemas, de mis dilemas internos y mis dudas. Éramos sólo Carlisle y yo.

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Me despertó el agobiante calor. Estaba sudorosa y pegajosa y con Carlisle casi sobre mí. Su brazo me tenía atrapada ahogándome, mi vista estaba pegada al techo blanco contando cada segundo que pasaba. Necesitaba salir de ahí, ahora.

Tiré sin medir fuerza lejos el brazo de él, sabía que cuando Carlisle dormía ni una tormenta lo despertaría. Fue un alivio quitar su pesado cuerpo de mí, pero aún así el calor y la suciedad no salían de mi cuerpo.

Di un largo suspiro y busque algo que ponerme. Me coloque mi brasier que se quedaba pegado por el sudor de mi cuerpo molestándome, enojada tiré de él sacándomelo y poniéndome tan sólo mi delgada blusa.

Necesitaba agua y una ducha, mi garganta estaba tan seca que ardía y mis labios se sentían pajosos.

En todo lo que podía pensar era en agua, la deseaba tanto, así que cuando salí del cuarto con tan sólo mis viejos jeans y esa desgastada blusa sin brasier di a tientas solitarios pasos.

Intenté con todas mis fuerzas tratar de recordar por dónde habíamos pasado ayer sin logro alguno. Los pasillos parecían laberintos perdiéndome en ellos. Por momentos estaba pasando cerca de la habitación 80 y al siguiente por la 16 y luego de nuevo por la 84. Frustrada di un golpe fuerte con mi puño a la pared.

—¡Mierda! —Exclamé cuando sentí el golpe en mi puño ardiendo—. Estúpida, estúpida.

—¿Necesitas ayuda? —Dijo una voz nerviosa detrás de mí.

Era un chico de quizás dieciséis o quince años, algo alto pero con rasgos de niño y moreno. En sus manos tenía una bolsa de basura y en la otra un trapero, así es que supuse que trabajaba aquí.

Pase mi mano no-adolorida por mi pelo desordenándolo, nerviosa—. Sí —le conteste—. Necesito agua.

El chico me miró directo a los ojos y luego sus mejillas se sonrojaron desviando la mirada.

—Bueno… en el mesón tenemos la cocina y… digo yo podría darte agua ahí, si quieres claro. —Su pie repicaba una y otra vez sobre el piso.

—Sí —repetí sin más que agregar.

Él asintió, movió sus labios queriendo decir algo pero no lo hizo, con su mano señaló el camino para que lo siguiera sin mirarme en ningún momento.

Caminé detrás de él viendo a mis pies dándome cuenta que había salido descalza. El chico parecía conocer muy bien el lugar. Tras ir por dos simples y angostos pasillos llegamos a la entrada principal.

Y ahí estaba el mostrador con el que nos topamos ayer por la noche pero esta vez no estaba aquella mujer regordeta. Detrás de él se hallaba otra mujer, de edad más avanzada con el cabello en rizos pegados a su cabeza y de piel tan blanca como la mía.

—Seth. —Le llamó la mujer más como una reprimenda.

El chico bajó la mirada y hablo tan bajo que llegue a dudar si en verdad había dicho algo—. La señorita quería agua. ¿Podemos?

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La llave de la cocina hizo un chirrido cuando Molly, la dueña del motel, la abrió poniendo un vaso debajo de ésta. Vi como caía el agua en el vaso. Era estúpido, pero deseaba tanto eso como si fuera la mejor de las bebidas.

—Aquí tienes —dijo pasándome el vaso. No dude un segundo en ponerlo sobre mi boca tomando a bocanadas sin parar toda el agua—. Vaya. Eso se llama tener sed. —Rodeó la mesa sentándose enfrente de mí—. Y… dime ¿qué hace una niña como tú con alguien como Carlisle?

Me mordí el interior de mi boca, nerviosa—. ¿Lo conoce?

Molly rió tan fuerte pero luego se quedó viéndome, supuse, porque vio algo en mí que le quito las ganas—. Querida, aquí todos conocen a Carlisle. Así que repito mi pregunta, ¿qué hace una niña como tú con un hombre como él?

Sentí como hizo el recalco en la palabra niña.

—Realmente, ni yo misma lo sé —admití.

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¡Hola!

Espero que les haya gustado. Sé que me no se avanza mucho con este capítulo pero era necesario ponerlo. Estaba pensando hacer un fic aparte contando la historia de Carlisle y Bella ¿qué les parece? No sé, todavía es una idea vaga.

En fin, ahora estoy trabajando en el siguiente cap y en lo que será mi nuevo fic ñ.ñ

¡Saludos!