DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La historia es solamente mía.
"In the shadows"
CLUMSINESS
(Torpeza)
Tú me necesitarás
de la misma forma queyo a ti también.
Tú deja que ahora sea así.
Toma el sueño que hay aquí
y empieza a creer en mí,
y no te vayas jamás
Así jamás,
Nunca vuelvas hacia atrás,
No nos sacrifiques más
porque
Mientras que te quedes
Serás tú el más bello de mis males
Tú serás…
[Un hecho obvio – Laura Pausini]
…
Tocaba con mis dedos su suave cabello, escuchaba el sonido de su respiración lenta y relajada, miraba la manera en que sus labios se levantaban en un tierno gesto inocente. Tenía tantas ganas de besarlo pero no quería despertarlo. En momentos como este sentía que todo estaba en su lugar. Yo con él. Solos en este tórrido lugar que podríamos llamar nuestro nido de amor.
Sí claro.
Vaya mierdas que se me ocurrían.
Me alejé de él sentándome a los pies de la cama. Observarlo de lejos era mejor, tener tan sólo un poco de proximidad con Edward hacia que lo poco de cordura que me quedaba corriera lejos para no volver. Enrosque mis piernas llevándolas a mi pecho y atrapándolas con mis brazos. Me gustaba estar en esta posición. Todo parecía menos frágil. Me quede viéndole por demasiado tiempo, amaba memorizar cada detalle, cada falla que poseía. Sus marcas y gestos. Todo.
—No sé porque llevas tanto tiempo viéndome de esa manera. Creo que la vista debe ser buena. —Bromeó Edward con los ojos cerrados. Me había atrapado.
—Momentos como este no se ven todos los días, querido. —Le dije algo molesta, sin saber por qué. Oh, vamos. Sí lo sabía.
—Debí estar fuera de mis cabales cuando decidí caer en tu red pequeña ladrona. —Sin darme cuenta Edward atrapó una de mis piernas tirándome hasta su lado.
—¡Ey! —Le grité asombrada.
En un instante consiguió apresarme con su cuerpo quedando debajo de él. Nos quedamos así por una eternidad; mirándonos sin decir palabra alguna. Como siempre él intentando buscar algo, tal vez una señal, un indicio. Nunca lo sabría.
—Te noto diferente —dijo serio con sus ojos clavados a los míos—. Diferente en una manera que nunca antes había visto en ti, Bella.
Una extraña sensación recorrió mi cuerpo haciendo que mis pies se retorcieran entre las sabanas. En un acto involuntario mis manos se levantaron para acariciar su rostro. Con mis dedos toque lentamente sus facciones.
—Tal vez —le dije en voz baja—, pero sigo siendo esa mujer que se enamoró tonta y locamente de ti. —Admití—. Y quizás no estás viendo bien. Porque la verdad siempre ha estado ahí, cercándote, porque no hay otra verdad más que esa. Te amo. Sin más. Es todo lo que en verdad tengo.
Creo que nunca había hablado tan claro. Y es que no quedaba más que pudiera decir. Mi garganta comenzó a cerrarse producto de la emoción. Mis labios se secaron y mis manos comenzaron a sudar. Abrirme con Edward nunca había sido fácil.
—Nunca voy a entender la manera en que me haces sentir, tú, tus palabras y tu forma de ser —habló más serio de lo nunca le había visto. Intento desviar su mirada de la mía y lo que vi en sus ojos al momento de hacerlo no me gustó nada. Al contrario, me aterrorizo.
Se levantó de la cama en un movimiento rápido dejándome allí; abierta y necesitada de sus palabras. De su amor. De algo que tal vez no tengo y que nunca tendré.
Comenzó a vestirse rápidamente, abrochando sus pantalones y colocándose su camisa, todo de espaldas a mí. Edward no era capaz de enfrentarme. Ni yo de pedirle que se quedara. No esta noche.
—Te deje un regalo abajo. Espero verte allí mañana —Edward habló con una voz rasposa. Tomó su saco y salió por la puerta dejando su olor volando por la habitación y mi corazón apretado y aplastado por la decepción.
Le sentí bajar por las escaleras con demasiada prisa y cerrar la puerta con fuerza.
Después de eso todo quedo en silencio.
Estaba sola de nuevo.
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Desperté con una mezcla rara entre baba y cabello pegado a mi cara. Sin quererlo me había quedado dormida en el mismo lugar que Edward me dejo. Me levante, al parecer, muy rápido ya que un pequeño dolor de cabeza me llegó. Me sentí un poco mareada al poner mis pies en el suelo para levantarme.
Una vez que pude entrar en razón y bajar las escaleras sin padecer un accidente me senté en el sillón intentando aclarar mis ideas.
Ayer en la tarde tenía planeado cenar con Garrett. Pero alrededor de las ocho, cuando comenzaba a ponerme mi vestido, le sentí llegar. Bastó con que me dijera unas cuantas palabras para que cancelara mis planes excusándome de un malestar estomacal con mi novio. No tuve ni una pisca de remordimiento en ese momento, claro que no, porque lo tenía a él alrededor de mi cuello atacando mi cuerpo. Nos quedamos en casa haciendo aquello en lo que funcionábamos tan bien, en lo que de un momento a otro había empezado a convertirse en lo único que podíamos hacer. Amarnos para mí, divertirnos para él.
En su momento parecía ser una gran idea. Alice tuvo que viajar por unos días lo cual le permitía a Edward pasar las noches a mi lado. Algo que un tiempo atrás hubiese sido tan atesorado por mí. Pero anoche, anoche lo sentí diferente.
Por raro que pareciera sentía que lo estaba perdiendo, sintiéndome imposibilitada de detenerlo. Sentía que esta vez no podría retenerlo a mi lado.
Quizás esto estaba llegado a su fin.
Unas olas de arcadas invadieron mi cuerpo de tan sólo pensar en aquello. Sentía que todo giraba a mí alrededor dejándome en un remolino de desolación al imaginar un mundo sin él, mi mundo sin Edward. Y por patético que sonara, Edward era mi mundo.
Mis manos se agarraron firmes de la tela del sillón para darme soporte, fue ahí que me di cuenta de la presencia de una caja dejada momentos antes. La caja estaba casi cubierta por un gran listón verde. Mi color favorito. Sin querer una mueca se formó en mi rostro, algunos dirían que era una especie de sonrisa, pero en mi caso era una cosa amorfa pegada a mi rostro. Sonreír en estos días era más difícil de lo que parecía.
Me tome mi tiempo en abrirla. Mis dedos se deslizaron por la suave superficie de ésta, lo cual me decía que había costado caro, muy caro.
Ahí estaba otra vez. Intentaba comprarme de nuevo.
Con esa conocida sensación de asco quité bruscamente la cinta abriendo el regalo que había dejado para mí. Envuelto en una especie de tela estaba un bellísimo vestido negro. Me quitó el aliento de solo verlo. Lo saqué por completo de la caja para verlo mejor, era delicado y sencillo. Algo no encajaba en todo esto.
¿Por qué lo había hecho? Qué planeaba Edward con todo esto.
En unos días más sería el aniversario de bodas de sus padres, por supuesto, me había invitado. ¿Es que acaso quería torturarme? ¿Esperaba que me quedara allí para verle jugar a la familia feliz con su esposa? Parecía como si Edward buscara una y mil maneras de pisotear mi corazón. De asfixiarlo con su desprecio.
Suspiré resignada.
Hacía muchos años que había aceptado esto. Como siempre, huyendo de mis pensamientos intenté olvidarme de esa situación.
Para pesar del vestido, nunca vería la luz.
Y para pesar mío, mi alma tampoco.
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—Me gustan tus ojos —dijo de pronto, atrayéndome a la realidad—. Se parecen a los mío.
No sé con qué cara le quede viendo a la niña, pero pareció ponerse nerviosa.
—No muerdas tus labios, se romperán —Leila deslizó sus pequeños dedos por las labios que estaban presos por mis dientes. Luego su mano acunó mi mejilla dándole una suave caricia.
Involuntariamente le sonreí.
Estar con ella apaciguaba un poco mi aquejada alma. Me daba paz. Leila se alejó un poco de mí para luego volver a acercarse. Al parecer no era la única que le costaba esta situación.
—Me gusta la primavera —con sus ojos se quedó viéndome mientras inconsciente cada cierto tiempo arrugaba la nariz, igual que Carlisle. Leila era físicamente parecida a mí, pero en todo lo demás era la copia de él. Y eso me perturbaba más de lo que pensaba.
—Me gusta pasar tiempo contigo —le dije luego de unos largos minutos de silencio. No sabía que más decirle, así que decidí empezar por la verdad. Por una vez en mi vida.
—A mí también —respondió ella con gran sonrisa. Sus pequeños dientes aparecieron.
Habían pasado algunos meses desde que la había encontrado. Con la ayuda de Renée puede arreglar unas salidas. De hecho habían sido varias. Como dije, estar con ella me traía más paz de la que nunca antes había tenido.
—¿Te gusta mi vestido? —Preguntó dando unas vueltas.
—Es precioso —le respondí. Estábamos sentadas en una de las bancas del parque. Había pensado que traerla a un parque con juegos iba a ser entretenido para una niña de su edad. Sin embargo, Leila no me había abandonado en ningún momento. Era como si estuviera cautivada por mí, de la misma manera en que yo lo estaba por ella. Luego entendí que para ella todo esto era nuevo también. Una pequeña punzasón me atravesó. Le estaba haciendo a mi hija lo mismo que me hicieron a mí.
—Un señor me lo regaló —admitió tímida.
—¿Un señor? —Pregunté dudosa.
—Sí. Me regalo una muñeca también —jugó con sus manos nerviosa—. Nunca había tenido una.
La cabeza pareció darme vueltas. No tenía ni que preguntar, pues ya sabía la respuesta.
—¿Te dijo su nombre?
—Era raro —ella respondió arrugando su frente, intentando recordar, frunció sus labios en una mueca graciosa, pero en ese momento lo último que podía hacer era reír—. Car… Carlisle.
Era oficial.
Estaba perdida.
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—Deja de moverte —me reprendió molesta Jane—. No será mi culpa si te ves como mi abuela, con todo el maquillaje corrido, Swan.
—¿No me escuchaste? —Dije algo histérica—. Está detrás de ella. Lo sé. ¿Qué es lo que voy hacer ahora?
—Quedarte quieta —respondió Jane afirmando mi rostro para que me dejara de mover. Los nervios me tenían presa.
—Henderson. —Moví mis manos al aire—, cuando le vi allí la otra vez nunca pensé que él quisiera mantener una relación con ella. Es más, pensé que estaba haciendo esto sólo para fastidiarme.
—¿Qué quieres que te diga, Bella? Es su hija, es obvio que va a querer acercarse a ella.
—No estás viendo todo el problema —agregue molesta—. ¿Qué pasa si se lo cuenta a Edward?
Jane negó enojada—. Algún día se tiene que enterar. Así es como tiene que suceder. Deja de evitar las cosas, Bella. Porque de un momento a otro se enfrentarán en contra tuyo. Terminaran por revelarse, noqueándote.
—No puedo dejar que eso suceda. ¿Qué pasará conmigo? ¿Y Garrett?
—Aquí estoy —dijo de pronto entrando por la puerta.
El aire pareció irse por completo de mis pulmones. Las náuseas se apoderaron de mí otra vez.
—Vaya… Te ves hermosa. —Comentó al entrar por la puerta. Venía vestido para la ocasión con un traje de corbata y un ramo de flores en su mano.
—Hola… —Le saludé algo consternada. Le rogaba a Dios que no hubiese escuchado nada. Por la sonrisa en su rostro supuse que no—. Llegaste temprano.
—Bueno, no es mucho lo que tengo que hacer con esto —dijo levantando el saco de su traje—. Pensé que sería bueno verte antes.
Garrett me tomo desde mi costado para acercarme a él y besarme. No pude evitar tensarme al sentir su toque, al parecer todavía sentía la presencia de Edward conmigo. Por desgracia estaba más penetrado en mí de lo que pensaba. Garrett pareció darse cuenta ya que al ver que no le correspondía de la misma manera que él, me soltó.
—Creo que me tocará esperar aquí —comentó dudativo sentándose en el sofá.
—Sólo un momento. Jane ya estaba casi terminando —aseguré con una sonrisa forzada. Tomé las flores que me dio para dejarlas en la cocina. Odiaba las flores.
—Terminando de lo que se dice terminando no —dijo Jane acercándose—. Hola Garrett.
Él se levantó para saludarla con un beso en la mejilla. Por mientras yo juntaba mis cosas en mi pequeño bolso de mano. Me acerque al espejo que estaba en la sala mirándome: traía el pelo recogido en un moño hecho por Jane ya que yo era un asco peinándome, era por eso que casi siempre lo llevaba suelto. Aunque al maquillaje sólo le faltaba un poco de rubor estaba casi lista. En mi rostro iba mejor una capa liviana de maquillaje, el cual combinaba con mi vestido blanco sencillo, todo esto me daba un aspecto inocente. Al verme no pude evitar pensar en Edward. Ardería en cólera cuando me viera, pues no me había puesto el vestido que él me regalo. Luego de unas incontables vueltas me lo probé confirmando lo bien que conocía mi cuerpo, la talla era perfecta. El vestido se apegaba a mi cuerpo como si fuese hecho para mí. Sin embargo, luego de verlo en mi cuerpo, de tener la sensación de sentirle ganador de nuevo; porque eso sucedería. Si Edward me hubiese visto con el vestido se sentiría ganador otra vez. Me habría acallado como siempre comprándome con sus costosos regalos. Nos veríamos de nuevo en ese laberinto sin salida en el cual me dejaba, sin poder encararle, sin poder gritarle todo lo que esta situación de mierda me hacía sentir.
Por eso no lo use.
Ahora estaba escondido en el fondo de mi armario, cubierto por los miles de regalos que yacían como prueba de sus mentiras. Tal vez Edward pensaba que al no poder llenarme con su amor debía sustituirlo con algo más. Y es cierto, nunca me quejé, pues para alguien que nunca tuvo nada todo esto era un oasis en el desierto.
—Bella —me llamó Jane trayéndome al presente—. Siéntate para que terminemos.
—No hace falta —le dije—. Con esto estoy bien. Vamos, Garrett.
Recogí mi bolso añadiendo un labial y mi celular para luego despedirme de Jane.
—Después seguimos hablando —le susurré al oído cuando la abracé.
—Sí —respondí preocupada—. Cuídate.
Le di una sonrisa de despedida, tome la mano de Garrett y cerré la puerta detrás de mí.
Sólo Dios sabía lo que me esperaba.
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—¿Te sientes bien? —Preguntó Garrett en la entrada de la casa de los padres de Edward.
—Claro. ¿Por qué lo preguntas? —Le contesté con la voz más inocente que pude encontrar.
—No sé, te noto extraña —Garrett detuvo nuestro andar para ponerme enfrente de él y tomar mis manos—. Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea —aseguró con sus ojos en los míos. Su mirada mostraba preocupación de una manera tan tierna. Sin saber que decirle sólo le sonreí, fue ahí que supe que era un error. Todo esto lo era.
En un impulso me arrojé a sus brazos para refugiarme en ellos. ¿Sería capaz de contarle todo y pedir por su perdón?
Garrett me devolvió el abrazo en un firme agarre protector que envió un calor, que sonará estúpido pero llego hasta lo profundo de mí. Por primera vez en mi vida sentía que tenía otro camino que seguir. Un camino que tal vez no me traería tanta desdicha como siempre.
Intentó buscar mi rostro pero no pude darle la cara. No podía mirarlo a la cara y continuar con esta mentira. Debía tomar una decisión pronto. O sino terminaría con mi cabeza y mi corazón destrozados.
Me dio un tierno beso en mi frente para luego hablarme en una suave voz: —Nos podemos ir si quieres.
Estuve a punto de aceptar cuando sentí unos pasos acercarse a nosotros.
—Pero mira que hermosa pareja forman —habló Alice desde la entrada. Venía aferrada del brazo de Edward quien no traía la mejor de las caras—. Suenan campanas por aquí, Edward.
Garrett me soltó de sus brazos, a lo cual me resistí un poco. No estaba de ánimos para enfrentar a Alice y mucho menos a Edward.
—Cómo están chicos —dijo Garrett a modo de saludo. No tuve otra que tragar mis palabras y ponerme mi careta.
—Hola Alice —me acerqué para saludarle y luego volví a mi lugar con Garrett—. Hola Edward —le saludé pero como siempre, él me ignoraba en presencia de Alice. Sabía muy bien cómo jugar sus cartas. Era un maestro en temas de apariencia.
Hizo un gesto en forma de saludo para luego darme la espalda para hablar con Alice.
—Tengo que ir a ver a mi padres, nos vemos adentro —le dio un beso en la frente para luego ir entrar fugaz a la mansión.
—Vaya —comentó Garrett viendo por donde se había ido Edward—. Y qué anda mal con él.
—El trabajo —respondí al instante Alice con una falsa sonrisa. Ahí estaba de nuevo la dama de sociedad ocultando los trapos sucios de su fallido matrimonio.
—¿Por qué no entramos mejor? Está helando aquí afuera.
Una vez que estuvimos adentro, como siempre los lujos de esta familia me golpeaban de frente. El jardín de la gran casa parecía estar a tope. Gentío de personas que sólo le importaba el estrato social pululaba alrededor de la pareja festejada. Helena, la madre de Edward se veía radiante con vestido largo que la hacía ver elegante y refinada junto con una gran sonrisa que resplandecía. Pero no era lo mismo para su marido. Edward padre parecía hastiado y su mirada dejaba entrever un cansancio enlazado con cierto tipo de desdicha. ¿Por qué estaría así? Nunca había escuchado de ningún problema en su matrimonio, de hecho, hoy celebraban cincuenta años de casados. Algo no encajaba bien aquí. Tal vez Helena era tan buena como Alice para esconder los problemas.
Decidí que si tenía que soportar todo este mundo de hipocresía al menos necesitaría algunos tragos para anestesiarme.
Deambule por los pasillos de la casa sola ya que como siempre Geraldine había opacado a su hijo, y junto con su hija no parecían querer soltarlo. Mi poca paciencia ya se estaba acabando y no era lo suficiente para aguantar una larga plática de idioteces junto a mi suegra y mi cuñada, decidí dar un paso atrás.
Por lo que sabía la mansión se la había regalado su padre a Helena cuando se casó. Era lo mínimo que podía hacer si ya le había dejado casi toda la empresa a Joseph, el padre de Garrett. Pero al parecer sólo sobrevivían del dinero que la empresa les daba, o más bien Joseph, ya que el padre de Edward había perdido todo su dinero en el juego, eso me había contado Alice. De algo estaba segura y eso era que el matrimonio de ellos no iba nada de bien.
Me escabullí por unos pasillos demasiado largos. Mi vejiga no encontró un mejor momento para querer actuar que este. Comencé a buscar desesperada un baño lo más cercano posible. De tanto buscar hallé una habitación en la cual Edward y yo ya habíamos estado. Estaba casi al fondo de la mansión y por lo que recordaba allí había un baño.
Y así era. Entré lo más rápido que mis tacones me permitieron y alivie el pequeño malestar. Después de terminar lavé mis manos pero un ruido en la puerta me alerto.
—Sabes muy bien que no puedes estar aquí. ¿En que estabas pensando? —Habló Edward en voz baja pero furioso. Entre abrí un poco la puerta para ver con quien estaba.
Era una mujer. Pero no cualquier mujer, era imposible de confundirla ya que su rostro permanecía en mi memoria de forma imborrable. Era la misma mujer que había encontrado en esa casa, vestía un largo pero sencillo vestido. Se veía a leguas que no encajaba aquí.
—¿Es que no me escuchas cuando te hablo? ¿Cómo es que Lizzy te dejo venir?, Beth —habló de forma suave, de una forma en que nunca le había oído hablar—. Es muy peligroso que estes aquí. Imagina todo lo que pudo suceder.
La mujer parecía tener una mirada apenada pero fue cuando levanto la vista que el parecido me noqueo. Tenía los mismos ojos verdes que Edward, la misma boca, los mismo gestos, todo.
—No quiero que nada te pase —agregó Edward algo tímido. Enfrente de mí estaba un Edward que nunca había visto. Era como si fueran dos personas diferentes.
—Aquí están —escuché que dijo una voz femenina. Con gran preocupación entro Lizzy abrazando a la mujer que allí estaba—. Dios, mamá no sabes lo horrible que fue no encontrarte.
—¡Ya! ¡Está bien! —Dijo exasperada—. Sé los riesgos que corría al venir aquí. Pero no saben lo presa que me siento en esa casa, y… y no podía permitir que ¡esa mujer! Esa maldita mujer se saliera con la suya.
—Mamá —le reprendió Edward. Y fue un balde de agua fría. A pesar del parecido que tenía con esa mujer jamás imagine que fuese su madre. ¿Qué sucedía aquí? Esperen un momento, si Lizzy era hija de Beth y Beth era la verdadera madre de Edward, él me había dicho la verdad. Sí era su hermana. Y peor aún, ¿cómo encajaba Helena en esta historia? Nada parecía tener sentido.
—¿Es qué acaso querías armar un escándalo? ¿Perdiste la cabeza, mamá? —Negó enojadísima Lizzy—. Todos nuestros planes se habrían arruinado, ¡diablos!
Edward parecía en calma, pero sabía muy bien que esa calma no era nada bueno. Se quedó un momento en silencio pensando tal vez en cómo salir de ese problema.
—Ustedes tienen que salir pronto de esta casa. No nos podemos seguir arriesgando. Mañana iré a visitarte y hablaremos sobre esto —ordenó en una voz fría y calculadora a lizzy—. Por favor, ten paciencia. Te prometo que esto terminará pronto. —le dijo cauto a Beth.
—Está bien.
Lizzy tomó del brazo a su madre para sacarla de la habitación pero Beth se detuvo—. Espera… Hijo —lentamente se acercó a Edward hasta que con movimientos torpes le abrazó. Al principio Edward estaba tenso pero luego le correspondió el gesto viéndose indefenso, algo que jamás supe que sucedería. Parecía un niño que se refugiaba en los brazos de su madre.
—Sabes que lo único que me importa es que tú estes bien —le dio beso para luego irse rápidamente.
Las mujeres salieron como una sombra de la habitación dejando a Edward solo. Se quedó viendo hacia a la nada por un largo rato. Sabrá Dios en que estaba pensando. Luego de unos minutos se fue. Conté hasta diez para salir yo también.
Mi cabeza parecía darme vueltas. ¿Cómo es que toda esta historia encajaba en la vida de Edward? Tenía miles de dudas, las cuales no sabía cómo responderlas.
—¿Bella? —Preguntó una voz detrás de mí—. ¿Qué haces aquí? —A grandes pasos llegó Edward hacia donde estaba.
—Edward —respondí sorprendida—. Estaba buscando un baño y me perdí —admití.
Se quedó viéndome con cautela, luego miró para ambos lados y de un momento a otro tomo de mi brazo para llevarme hasta otra habitación. Me pilló de sorpresa y sin darme cuenta me acorraló entre sus brazos.
—No te pusiste el vestido —fue lo primero que dijo con su aliento rozando mis labios.
Yo no sabía que decirle. Todavía estaba impactada por todo lo que me había enterado. Quise descifrar que es lo que había en su rostro pero fue imposible. Era como si el hombre que tenía enfrente de mí no fuera el mismo que estaba en la otra habitación. Su actitud me confundía hasta el punto en el que no sabía nada. Todo parecía tan efímero.
—¿Por qué querías que viniera? —Fue lo primero que soltaron mis labios—. Nunca quisiste que me acercara a tu familia, ¿qué cambio ahora?
—Todo —admitió. Su mirada se quedó en mi boca, tenía el ceño algo fruncido pensando en sus palabras. Con sus dedos acarició lentamente mis labios—. Te necesito.
Y sin previo aviso atacó mis labios apresándolos con los suyo. Fue un beso lleno de fuerza y pasión. Pero había algo más. Era como si sus palabras no pudiesen decir lo que su cuerpo me hacía entender.
—Tómame. —Dije en un gemido—. Aquí estoy. Toda tuya.
Edward hizo caso a mis palabras. Fugaz sus manos tomaron mis piernas desnudas por el vestido, levantándome en el aire. De un momento a otro nuestras manos se perdieron en el cuerpo del otro, reconociéndonos con todos los sentidos. Edward me dio vuelta dejándome jadeante pegada a la pared. Con sus dedos bajo lentamente el cierre para dejarme desnuda sólo con mis bragas. Sin previo aviso ataco la piel desnuda de mi espalda bajando por toda mi columna. Me sentía arder con sólo su toque, parecía que iba a estallar.
Con sus manos fue recorriendo la piel que iba dejando sus labios hasta que llego a mi trasero. Allí se tomó su tiempo en el fin de mi espalda baja, luego deslizo las delgas bragas que me quedaban. El trozo de tela salió volando, haciendo mi centro arder. Quería que me tocara allí, que me besara, que me penetrara con toda su pasión.
Tomó entre sus manos cada una de mis nalgas para amasarlas a su gusto mientras sus dedos rozaban mis labios llegando hasta mi centro.
—Edward… —Gemí sin aliento. Le necesitaba.
Con su agarre firme me dio vuelta para que mi coño quedara a merced de su boca. Con una sonrisa en sus labios y su mirada llena de lujuria comenzó a besar poco a poco mi pubis, adentrándose en mí. Intenté acallar los gemidos mordiendo mis labios y mis manos se perdían en la cabeza de Edward.
Sentía como me iba mojando con cada caricia que me daba dejándome cada vez con ganas de más. El aire parecía acabarse mientras todo mi cuerpo se retorcía de placer. Estaba tan cegada por el placer que no me di cuenta cuando Edward dejo mi vagina para levantarme nuevamente y penetrarme. Fue duro y salvaje. Los dos necesitábamos esto. Sus estocadas una tras otra me enloquecían por completo. Mis dedos retorcidos y mis piernas enlazadas a sus caderas intentando profundizar aún más sus embestidas.
Nuestras miradas chocaron y ninguno de los dos fue capaz de decir una palabra. No había lugar para ellas, solo las caricias y lo toques, nuestros cuerpos hablaban por nosotros.
Le besé desesperada buscando liberarme de esto que crecía cada vez más dentro de mí. Nadie me hacía sentir de la manera en que Edward lo hacía. Nadie podría llenar el vacío que me dejaría su partida.
—No lo hagas —dije sin querer en voz alta.
—¿Hacer qué? —Pregunto entre gemidos.
—Olvídalo —le respondí escondiendo mi rostro en su hombro.
—Bella… —Con sus manos tomo mi rostro obligándole a verle. Odiaba que hiciera eso. Me sentía indefensa ante esos ojos verdes que me atraían como si fuese una polilla a la luz.
En una última estocada Edward se vino con un gemido que pareció salir desde el fondo de su pecho. Por su parte mi cuerpo le siguió intoxicándome en ese sublime remolino de pasión. Porque aunque me doliera, eso era todo lo que allí había… Pasión.
Nos quedamos un momento así, él dentro de mí y yo expuesta con mis sentimientos a flor de piel.
Había sido suficiente para mí.
Me salí de sus agarré para buscar mi ropa. No me tomo nada recogerla del suelo y entrar al baño para arreglarme. Ciertamente parecíamos unos animales en celo.
Cuando estuve lista le pedí ayuda para subir el cierre del vestido. Estaba apoyado en la pared con la camisa a medio abotonar, yo le ayude con los que le quedaban. Edward me miraba con cautela pero sin decir una palabra.
—Vamos, nos esperan afuera. —hablé luego de que la situación se volvió insoportable. Parecía como si alguien hubiese sacado todo el aire de la habitación.
Edward asintió. Me miró por un momento, cerciorándose de que estuviera bien.
—Espera aquí un momento. No es bueno que nos vean salir juntos.
—Sí —acepté sin más.
Tomó su saco y salió sin mirar atrás. Respiré profundo intentando relajarme y queriendo bloquear cualquier pensamiento.
Al entrar a la sala vi un grupo de personas cada una con una copa en la mano, al parecer había llegado el momento del brindis.
—Quiero agradecer a todas las personas que hoy nos acompañaron en esta celebración —comenzó hablando Helena—. Han sido unos maravillosos cincuenta años, amor mío —tomó la mano de su marido y levantando su copa al aire anunció: —Pero este aniversario ha sido el mejor de todos porque hoy no solo celebramos un año más de casados, sino que también la llegada de nuestro primer nieto. ¡Felicidades Edward y Alice!
Levantó la copa y todos los invitados dijeron al unísono:
—¡Felicidades Edward y Alice!
Menos yo.
Quien parecía que le habían arrancado el corazón dejándolo en esa habitación.
No podía negar un hecho obvio.
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¡Hola!
¿Qué tal el capítulo? Déjenme decirles que este ha sido el capítulo más largo de todo el fic. 21 páginas según Word. Madre mía.
Bueno creo que ahora las cosas han quedado un poco más claras. Beth y Lizzy llegaron para quedarse *O* ¿qué opinan de ellas? ¿Y del embarazo de Alice? ¿Se lo esperaban? Ahora queda ver que sucederá entre Bella y Edward con este cambio de planes.
La cuenta regresiva comenzó y cada vez son más poco los capítulos para llegar al fin. Muchas gracias a todas las chicas que comentaron el cap pasado, son un amor.
No olvidar que en el grupo de Facebook dejaré las imágenes del este capítulo.
Sin más que agregar me despido.
Con cariño Nala
