La trama es mía.
Gracias a Lina Ferrer por sus lindas palabras francesas que utilizaremos en este capítulo un poquito y mas adelante. Gracias a Amber por el apoyo y a todas las chicas que me leyeron y siguieron siendo mis lectoras.
Merde = mierda.
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2. Isabella
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Ella, la chica sin sueños y llena de tristezas podía sentir que aún vivía, porque si bien debía actuar de una manera muy diferente a su realidad, siempre lograba sacar su verdadera alma hacia la luz. Hoy, como tantos días mientras perduraba el Sol, Isabella caminaba distraída a su trabajo.
Una simple blusa color cielo y unos vaqueros eran su vestimenta este día. Le resultaba mucho más cómodo estar en este lado de su vida, en donde no tenía que aparentar ser hermosa, en donde sus ojos, sus labios y su cabello estaban justo como ella quería.
Su bolso raído colgaba de su hombro y en él llevaba los libros que en su corto tiempo libre leía por puro aburrimiento y las partituras de música siniestra que tocaba en su piano como desahogo; ambas cosas las tenía que devolver hoy a la librería de Alice en donde trabajaba. Saludó con una mirada incómoda al conserje de su edificio; el era un muchacho joven que siempre la miraba demás, y sabía perfectamente que a Marie la miraba igual.
— Buenos días, señorita Isabella — le saludó acercándose a ella —. Ayer no la vi volver de su trabajo ni a la señorita Marie — a él le gustaba sólo un poco cotillear—, creo que ella se quedó con el señor James.
— Michael—muy pocas veces ocupaba su voz dura—, sería mucho mejor si usted sólo se preocupara de su trabajo. Gracias y adiós.
Caminó por las calles ya conocidas de Chicago. Le encantaba ese lugar por la simple razón de que no le hacía recordar sus tormentos, porque aunque no podía olvidarse de ellos por completo, un poco de libertad no estaba mal.
La librería estaba en un sector más selecto y apartado, por lo que para llegar a ella tuvo que pasar por calles muy solitarias, en las cuales comenzó a sentir que alguien caminaba junto con ella.
Como si tuviera culpa de algo, el vello de su espalda se erizó y sintió una gota de sudor formarse en su nuca. Las masculinas y fuertes pisadas seguían a la par de ella y aunque aumentara el ritmo nunca se detuvieron. Recordó entonces que eso venía sucediendo desde hace un mes, y lejos de tener miedo por su vida, sentía miedo por la vida de las personas que dependían de ella y temor porque la culpabilidad que sentía aunque aun no cometiera nada.
Y antes de que pudiera pensar o sentir otra cosa, los sucesos ocurrieron de manera rápida.
Ella cruzando a paso acelerado una calle…
… una voz desesperada gritando a su costado…
… su mundo poniéndose al revés. Todo sucedió en un segundo.
— ¡Cuidado! — sólo se dio cuenta que un carro la iba a atropellar cuando unas manos fuertes la tomaron de la cintura y la llevaron consigo a la orilla de la calle.
Miró con los ojos como platos al auto negro y de vidrios polarizados que acababa de pasar como si nada, prácticamente casi le quitaba la vida y el conductor seguía sin inmutarse o pedir unas disculpas. Comenzó a dar fuertes respiraciones y a mirar sus temblorosas manos mientras seguía entre los brazos del desconocido que la había salvado, pero no fue hasta que sintió el suave sonido de una ventanilla deslizándose que se dio cuenta de que el mismo auto que casi la mataba, estaba dando una marcha muy suave, y por la ventana salía el cañón de un rifle.
El desconocido que se había percatado antes de aquello volvió a tomarla y la arrastró pegada a su pecho hasta un callejón oscuro, mientras él con una maestría y experiencia esquivaba las balas y disparaba con el revólver que había sacado de su cazadora.
La dejó atemorizada y temblorosa en una de las murallas del callejón mientras él iba a verificar que todo hubiese pasado. Ella sabía que las calles de Chicago solían ser un poco peligrosas, pero nunca se imaginó que llegaran a ese punto, y se preguntó qué clase de hombre era el que la había salvado, después de todo, no había dudado ningún momento en disparar hacia el auto negro.
— ¿Está usted bien? — sus ojos verdes brillaban a pasar de la oscuridad a la vez que con su mano le apartaba el cabello largo y chocolate que le había caído en el rostro.
— Lo estoy — alzó la vista y se dio cuenta de que él seguía con la mano en su rostro casi petrificado. Tomó aire dos veces y se preparó para hablar y despedirse. —. Gracias, esto no suele suceder, sólo se ve en las películas, pero me salvó la vida— el la seguía mirando de la misma forma—. Creo que conoce a mi hermana Marie y me confunde con ella, somos mellizas casi idénticas — señaló sus ojos para marcar la diferencia de las dos y eso pareció despertar a su salvador.
Aun no podía ver bien quién era el hombre que la había salvado, pues sus ojos parecían pesados y vacilantes. Se relajó contra la muralla del callejón y dio fuertes suspiros mientras seguía sintiendo la mano suave y grande de aquel hombre en su rostro. Cuando se sintió preparada alzó los ojos y casi tembló al darse cuenta de quién era el hombre que estaba frente a ella, y supo perfectamente porqué conocía a Marie.
El sin duda era un hombre hermoso, de ojos verdes vibrantes e intensos, cuerpo fuerte y rostro de ángel con alas rotas. En su mirada se notaba que el ocultaba mucho y decía poco, Bella podía ver que con sus cejas fruncidas y su frente perlada por el sudor del esfuerzo que acababa de hacer, era la viva imagen de un hombre enigmático y con aires intensos.
No se dio cuenta en qué momento comenzó a tiritar, ni tampoco supo porqué lo estaba haciendo, sólo escuchó el sonido similar a una sierra que provenía de sus dientes. No era el temor a la muerte, sino que era el temor a no poder cumplir sus planes y a sucumbir a ese hombre.
El la miró con el ceño fruncido y miles emociones en su semblante perfecto, notaba que la desesperación estaba llegando a él, ¿Qué hacer con una chica histérica y claustrofóbica? Porque si, su pasado y sus miedos hicieron que ella hace algunos años adquiriera una fobia a los espacios cerrados y estar en ese oscuro callejón no la estaba ayudando, y salir de él no era una opción, no si corrías el riesgo de quedar con una bala atravesada en el cerebro.
Con una suavidad no propia en él ni en sus manos, la tomó del mentón para detener el frenético movimiento que producían sus dientes, pasó su otra mano por la nuca de ella y secó el sudor existente por la pequeña crisis que estaba teniendo, y como si fuera lo más suave de la vida, llevó sus labios a los párpados de ella y le obligó a cerrarlos, primero con uno y luego con el otro. Lanzó un suave suspiro al ver esos labios que eran menos rojos y vivos que los de ayer, pero apostaba que eran más dulces y tersos, tomó otra respiración profunda y la besó finalmente.
No fue un beso dulce y necesitado porque no se puede tener dulzura con una desconocida y no se puede necesitar algo que nunca has tenido. Ese beso fue voraz, intenso y auxiliador.
Bella se relajó y se perdió en esos ojos verdes entreabiertos, en la mano que empuñaba su cabello de manera fuerte, en el cuerpo de él aprisionado con el suyo, asfixiándola de deseo contra la muralla, y en los labios que devastaban los suyos, mordiéndolos, lamiéndolos y dejando la marca personal de él en la comisura, un pequeño roce que simulaba ser amoroso.
— Edward Masen, mi nombre es Edward Masen — dijo dejando el último roce antes de separarse definitivamente.
— Isabella Savarese — le costó decir su nombre, y más aun su apellido, pero lo dijo al fin. Edward se separó lentamente y camino de espaldas hasta chocar contra la otra muralla del callejón, y a pesar de la oscuridad, aun podía distinguir sus ojos verdes mirándola como un felino analiza a su presa antes de cazarla. Tomó aire para hablar, porque sintió la repentina necesidad de no perder ningún contacto con él. — ¿Conocía a esos hombres? — el se tensó inmediatamente y su mirada se perdió hacia el fondo del callejón.
— ¿Qué le hace pensar que yo lo sabría? — preguntó. Bella lo miró de pies a cabeza pasando por sus pantalones negros, su cazadora de cuero con la cual parecía un maleante, la camisa azul que se alcanzaba a distinguir y llegando a sus ojos curiosos.
— Llevaba un arma — respondió —, nadie lleva una cuando camina tranquilamente por una calle. — el soltó una risita y negó con su cabeza.
— Eso no quiere decir nada — dijo riendo nerviosamente —, los policías andan armados durante todo el día, los del FBI también.
— Eso no quiere decir nada — le copió. El hizo una mueca divertida y en un impulso avanzó de forma salvaje hasta donde estaba Bella volviéndola a aprisionar con su cuerpo.
— ¿Y si fuera un guardaespaldas? — murmuró contra su cuello y ambos tuvieron un sentimiento de deja vu. — ¿Y si fuera un ladrón de bancos?
— Estaría bien, es tu vida, no la mía. — él le dio una sonrisa torcida y le indicó que comenzara a caminar tras él.
Se ocultó detrás de su espalda grande y miraba por el espacio libre que quedaba entre su torso y sus brazos. Edward era un hombre muy alto, y antes ella no lo había podido apreciar bien.
A pesar de ser un día muy soleado, parecía que nadie se atrevía a pasar por esa ahí pues se podía escuchar el movimiento de unas hojas y el casual sonido de los autos al deslizarse por las calles aledañas. Miró a Edward, quien antes de cerrar sus ojos verdes la miró con profundidad. Le pareció loco y estúpido quedarse con los ojos cerrados en plena calle, casi tanteando el ambiente, aunque debía reconocer que más estúpido era tener una crisis en un callejón.
Casi iba a sonreír cuando lo vio fruncir el ceño, pero las ruedas chirriantes de un auto los distrajeron, y fue demasiado tarde para Edward descubrir que era el mismo auto que anteriormente había intentado atropellar a Bella, y fue demasiado tarde para sacar su revólver por lo que sólo atinó a sujetar el delgado cuerpo de ella por los hombros y cubrirlo con el suyo, intentando y haciendo lo imposible por esquivar las balas, pero como nada era perfecto, su agarre en ella aflojó cuando sintió una punzada en su hombro.
— ¡Maldición! — gruñó Edward sintiendo que su camisa se humedecía por la sangre que salía desde su hombro.
Isabella lo miró asustada unos segundos: el auto negro había desaparecido al ver como Edward tomaba su hombro en un gesto adolorido.
— ¡Merde! — gritó saliendo de su trance. — debes ir a un hospital, ¿tienes un auto cerca o algo? — lo miró fijamente.
— A una calle — dijo —, y nada de hospitales, esto no es nada grave. — Bella lo miró indignada, y sin decir nada lo tomó del brazo y comenzó a caminar con el rápidamente y siguiendo sus indicaciones para encontrar su auto.
Tuvo la sensación de que el Ferrari negro que estaba aparcado afuera de una botillería era propiedad de Edward, y supo que no se equivocaba cuando él sacó las llaves de su cazadora y abrió las puertas.
— ¿Conducirás tu? — la burla en su voz era palpable. Edward soltó un gruñido y entró dentro del auto.
Al no obtener respuesta, se encogió de hombros y se deslizó por el asiento del copiloto. Quizás mañana le devolvería las cosas a Alice y volvería a trabajar. Le importaba muy poco lo que ella pensara, y sin duda, y por una extraña razón, le importaba mucho más cuidar y asegurarse de que Edward estuviera bien, ya que por su culpa él había sido lastimado. Le convenía más, también.
— Vamos a mi departamento— la voz tajante de ella le recordó a la pasada noche, por lo que sólo asintió y apretó los dientes y las manos contra el manubrio.
Siguió las indicaciones de ella y pronto estuvieron en unos lindos departamentos en el centro de Chicago. Miró con cautela hacia todos lados esperando encontrarse con el coche negro o con el sujeto que hoy estaba siguiendo antes de encontrarse con Isabella. Y al recordar a Isabella, recordó a Marie.
— ¿Tu hermana está aquí? — preguntó capciosamente y casi con burla cuando caminaron hacia la entrada del edificio.
— No — contestó simplemente y sin mirarle —, ella tenía una cita con James… ¿O era algo de su trabajo? — Se encogió de hombros — no lo sé, no somos tan unidas.
Edward no contestó nada, ella le había respondido mucho más de lo que él le había preguntado. Tenía varias cosas en su mente, porque ese beso había sido muchísimo más que el de ayer, y ahora entendía y sentía que conocer a Isabella no era para nada una casualidad, porque para él, éstas no existían.
Era hermosa, quizás demasiado y nunca pensó que realmente podría llegar a ser así. Con sus labios sonrojados después de besarla desaforadamente, su cabello suelto y revuelto, sus ojos cálidos y no fríos, pero con el temor y la desesperación de la claustrofobia. No la podía dejar, no cuando nunca se sintió tan partícipe de un beso como en este caso, no cuando nunca fue de la misma manera con Jessica, Lauren, Victoria, Tanya y las otras mujeres.
Quizás no era amor lo que sentía por Bella, ella era una absoluta desconocida y no podía enamorarse a primera vista, esa mierda no existía, pero quizás si le podía gustar, sentir la atracción y querer besarla otra vez. No lo desaprovecharía.
Salió de sus pensamientos cuando Isabella comenzó a darle una mirada extrañada, pero aunque en su rostro era palpable la curiosidad, ella no dijo nada y sólo lo tomó del brazo y lo llevó hasta su departamento.
Esperaba sentir familiaridad, confort y calidez cuando entró, pero en vez de eso, sintió como el frío y la penumbra absorbían ese lugar.
Todo estaba perfectamente ordenado, pero sin vida, tal cual como su casa, y quizás lo único que relucía de toda la habitación era el piano negro junto a la ventana o la muñeca de trapo que estaba puesta despreocupadamente sobre una mesita.
Escuchó los pasos rápidos de ella por dentro de los cuartos, el ir y venir de algún lugar y el abrir y cerrar de cajones. Pasaron los segundos en los que se comenzó a sentir realmente mareado por la pérdida de sangre, tanto que tuvo que sentarse en el gran sillón blanco.
Su frente comenzaba a perlarse de sudor, y a modo de distracción, alzó la mano y tomó la muñeca hasta ponerla frente a sus ojos. Sintió algo parecido a la ternura al verla y se preguntó si la dueña de aquella muñeca de cabello naranja y ojos azules la estaría extrañando. Tenía pecas sobre la piel color crema y el cabello adornado con un cintillo color celeste. Le llamó la atención que no tuviera un vestido de esos antiguos como la mayoría de esas muñecas, en cambio tenía una falda verde, una playera celeste con una flor del mismo tono de la falda y un bolso verde limón cruzado en su pecho.
Los pasos de Bella lo interrumpieron y la vio cruzar la puerta de una de las habitaciones interiores con una botella de alcohol y paquetes de vendajes. Sólo pudo rodar los ojos.
— ¿Eres enfermera acaso? — se mofó dejando delicadamente a la muñeca sobre el sillón. Le sorprendió ver como ella se detenía y abría los ojos como platos al ver la muñeca.
— No… — dijo con amargura mientras dejaba las cosas en el piso y tomaba a la pequeña muñeca en sus manos. — Marietta…
— ¿Marietta?, ¿así se llama? — preguntó. — ¿de quién es? — Bella negó con la cabeza y la guardó rápidamente en un cajón.
— No es de nadie — dijo con voz amarga que trató de ocultar. —. Ahora quítate la cazadora y la camisa — Edward enarcó una ceja, pero la mirada de Bella le indicó que no estaba para bromas.
Bella hizo una mueca de dolor al ver como su brazo estaba cubierto de sangre. Ambos sabían que no había sido nada grave o de lo contrario estarían en un hospital, sólo que la bala había rozado la cazadora de Edward, y en ese acto, obviamente también había rozado y lastimado una pequeña porción de su hombro.
— ¿Por qué haces esto? — fue imposible no preguntar después de unos minutos en los que Bella aun seguía limpiando la herida. — no me conoces.
— Llámalo culpabilidad y gratitud. Posiblemente estaría bajo tierra si tú no me hubieses salvado, gracias a esto — señaló la herida. —, yo estoy viviendo.
— Pareciera que le das mucho valor a la vida — hizo una mueca cuando el alcohol comenzó a arder en su piel.
— Le das ese valor cuando tienes algo importante que hacer en ella, cuando no puedes morir hasta lograrlo.
Pasó otro momento hasta que nuevamente el tuvo la necesidad de interrumpir ese silencio.
— ¿No sientes miedo?, ¿intriga quizás? — preguntó suavemente, relajado por las caricias que ella le daba inconscientemente en su hombro al pasar sus dedos sobre el apósito.
— ¿Debería sentirlo?
— Llevo un revólver en la cazadora, cualquiera hubiese salido corriendo — los anteriores mareos habían desaparecido, pero sentía que mientras hablaba ahora volvían a aparecer.
— No tengo miedo, hay peores cosas que eso. — le dio una pequeña sonrisa mientras guardaba las cosas en el botiquín. — ¿te pasa algo? — preguntó con el ceño fruncido al verlo entornar levemente los ojos.
— No es nada — el no era débil, ni debía mostrarle ese lado suyo a Bella, pero tampoco podía fingir que estaba bien si no era el caso, no cuando era evidente que se sentía como el demonio — ¿Puedo recostarme unos minutos? — Bella lo miró indecisa.
— Está bien, pero no en el sillón — le hizo un gesto para que la siguiera y lo llevó hasta una habitación oscura y con una cama antigua en el centro. No supo si ella le dijo algo o no, sólo atinó a recostarse sobre la cama y cerrar un minuto los ojos. Cuando los abrió se encontró con la mirada verde de una persona en una foto… ¿quién era? Por la oscuridad y por su vista nublada no alcanzó a ver ni a pensar mucho antes de sumirse en un profundo sueño.
Bella miró a Edward recostarse en su cama. Parecía un verdadero muerto, no se movía para nada ni hablaba nada. Esperaba que aquello no volver a verlo de esta manera nunca más, ya que estaba pensando realmente que ese hombre era sólo sinónimo de problemas para ella.
Antes de irse dio una rápida mirada hacia el espacio oscuro que quedaba bajo su cama sin poder evitar el estremecimiento que eso le trajo, y más aun, los recuerdos que tuvo.
Quiso olvidar eso y después de asegurarse de que Edward estaba durmiendo apretó el botón de su contestadora para ver los mensajes que tenía.
El primero era de Jacob.
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Sólo quiero que me llames para saber cómo te fue ayer.
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El segundo era de Alice.
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Tienes el descaro de faltar siempre y después de cobrar tu paga. Sabes que no te lo diría si fueras más responsable en todo lo que haces…
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Pasó al siguiente mensaje porque no quiso escuchar más de su "amiga". Era de Daniel, el chico que trabajaba junto con ella en la librería de Alice.
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Quería saber si estabas bien… ¿estás enferma? Ya que faltaste hoy otra vez…
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Suspiró con resignación y marcó primero el número de Jacob.
— ¿Bella? — su voz sonaba adormilada.
— Soy yo Jake, ¿Cómo estás?
— Bien, estaba durmiendo aun, sabes que ayer salí tarde del trabajo. — no se le daba mal mentir.
— Si, de eso quería hablar contigo… — Suspiró — No te vi anoche, y esperaba verte por si tenías algo que decirme.
— Entiendo, también esperaba eso, pero me mandaron a cuidar los coches — dijo —, aunque en realidad no tenía mucho que decirte, no ha sucedido nada que debas saber.
— ¿Cómo te tratan? — aun no entendía como él seguía en ese trabajo.
— Excelente, de eso no tengo quejas — Jacob escuchó a Bella suspirar de fastidio y volvió a hablar—. Sabes que yo no tengo nada que ver en esto, Bella. Si tú me dijeras que sucede, quizás te apoyaría, pero mientras no sea así no puedo hacer nada.
— Lo sé, sólo que es difícil, pero da igual.
— Entiendo, aunque no debe dar igual para ti, no si te pones así cuando hablo de esto. — suspiró con cansancio.
— Jake, lo siento, debo irme y llamar a Alice— dijo rápidamente. —. Te llamo yo luego, adiós. — y cortó para después marcar con desgana el número de Daniel.
Pasaron dos segundos antes que el contestara.
— ¡Bella!
— Hola Daniel, ¿cómo estás?
— Bien, ¿y tú? Hoy tampoco viniste. — le molestó la recriminación en la voz de ese chico que apenas conocía. No recordaría su nombre si él no la llamara tantas veces a su celular… ¿Cómo lo consiguió?
— Sí, creo que no fui — dijo con sarcasmo, pero luego habló de manera seria. —. Tuve un pequeño accidente, nada grave.
— ¿Estás bien? — inquirió preocupado.
— Lo estoy, gracias.
— Entonces… ¿quieres salir un día de estos? Bella, no me digas que no, sabes que te lo he pedido desde hace mucho.
— ¿Podemos hablarlo en la librería? — el suspiró, pero ella sabía que le haría caso.
— Está bien… — dijo — Alice llegó, hablamos después. Que estés bien, Bella — terminó con tono apesadumbrado y colgó.
Ahora le tocaba la tercera llamada…
— ¡¿Bella?! — alejó el teléfono de su oído para no romperse el tímpano con la voz de Alice. — ¿Se puede saber porque faltaste hoy?
— Alice… — dijo con cansancio.
— ¡Alice nada! — Gritó —, por dios, ¡tú no tienes corazón! Eres una irresponsable y sabes bien que no te digo esto por el trabajo ni por los libros que no has devuelto. Todo esto es la rabia que tengo acumulada. — escuchó el sonido de como su paciencia se agotaba.
— ¿Y rabia porqué?, ¿Quién eres Alice? Eres mi jefa, ¿mi amiga quizás?, pero no eres nada mas… ¿Crees que tienes derecho a decirme lo que tengo que hacer? Te lo he repetido muchas veces, es-mi-puta-vida.
— ¡Por supuesto!, es tu puta vida pero juegas con las de dos personas de paso, y sabes que ellos no tienen la culpa de nada. ¿Acaso no te da pena? Prometes y prometes, pero no cumples nada.
— Yo siempre cumplo mis promesas, y deberías saber eso.
— Esa es una mierda — suspiró —si tu madre estuviera aquí…
— Escúchame bien, Alice Brandon, porque te juro que es la última vez que hablo de esto contigo y no me verás nunca más si encuentro tu nariz metida nuevamente en mis asuntos — Dijo —. No hables de mi madre, no te atrevas siquiera a nombrarla, nunca más. Mi vida ya cambió, la de ellos cambió y si queremos ser felices, debo seguir con todo esto.
— No harás más que sufrir, y de paso sufrirán ellos. No tienes sentimientos, no piensas en nada más que cumplir tu dichoso sueño.
— Adiós, Alice— Suspiró —. Nos vemos mañana por la tarde. Iré a arreglar mi vida, si te parece bien.
Cortó antes de que ella le dijera otra estupidez.
A lo mejor no debía seguir de esta forma. No sentía culpa por dañar a ciertas personas ni por actuar de la forma que lo hacía, pero sentía que a veces nada le traía los frutos que debía cosechar. Caminó lentamente hacia su habitación ocupada por Edward, tomó la foto que estaba en su mesita de noche y la escondió en un cajón antes de recostarse junto a él. Por ningún motivo debía verla. Ella no quería recordar al ver esos ojos, ya había tenido suficientes recuerdos con la sangre de Edward, y él no debía enterarse que esa persona existió y en parte sigue existiendo en su vida.
Y quizás ahora junto a Edward estaba haciendo lo correcto, porque nada era casualidad, ni el auto negro que trató de matarla, ni el sujeto que la seguía por las calles, ni Edward.
— Seré Bella un poquito más. — concordó consigo misma. Y como para cerrar un pacto alzó ligeramente la cabeza y dejó un suave beso en los labios de Edward.
¡Uuo! ¡Se conocieron! y de que manera... será un poco así desde este momento.
Espero que les haya gustado. Es un poco extraño, pero desde el próximo capítulo las cosas avanzarán mas rápido y nos encontraremos cuando varias cosas ya han sucedido. Nada que no entiendan, sólo que el tiempo es un poco inútil.
Muchas en el capítulo anterior confundieron a Bella con Marie, y que quede claro: Bella no apareció en ningún momento, siempre se dio el nombre de Marie. En ese capitulo fue mas la vida de Marie, en este está la de Bella. Son bien parecidas, por algo obviamente, y a la vez muy distintas.
Ellas dos son bien extrañas, y Bella no es a la que todas estamos acostumbrados, tendremos que lidiar con su flojera y sus "pequeñas mentirillas".
Gracias a las chicas que comentaron y me pusieron en sus alertas y/o favoritos. Algunas ya sabían una parte del cap porque se los di cuando les devolví el review.
No tengo como devolver los reviews se las chicas sin cuenta o la que se llaman "guest", pero a vanpirita le respondo que actualizaré cada una semana. Gracias por tu opinión y teoría que no puedo responder :D
- Si yo fuera ustedes confiaría en Marie, porque ella asume sus mentiras; confiaría plenamente en Edward y menos en Bella. -
Espero que estén bien,
Isa.
